7. El peso de las alas
De Encyclopædia Universalis: Diccionario ilustrado de las ciencias y de las culturas humanas (tomo único, edición del año 6.47):
Sección tercera ("C")
Chamán (por Mara.a Karanqui)
"Canalizadores de las energías contenidas en la naturaleza, usualmente la tierra, plantas y agua, por medio de la sincronización con la propia energía corporal y espiritual. La habilidad de percepción y sincronización de energías es una característica innata y hereditaria recesiva, y chamanes pueden interactuar directamente con las energía desde el vientre de su madre. El reconocimiento y capacidad de interacción con espíritus naturales es una habilidad secundaria de este tipo de usuarios de energía, siendo además la característica más importante que los distingue de magos y hechiceros. No obstante, sin la debida instrucción, un chamán difícilmente alcanzará a ejercer su habilidad por completo, ni llegará a concretar acciones físicas.
La materialización de las energías para su uso concreto requiere de la potencialización máxima de la habilidad de sincronización por medio de ritos, siendo el canto, la invocación de espíritus, la ofrenda y sacrificio unas de las prácticas más comunes para ello, así como también se exige una constante comunicación e interacción con las energías más empleadas.
Debido a su dependencia de las energías puramente naturales, los chamanes rara vez habitan en poblaciones grandes y ciudades, sino que se asientan en clanes de tamaño reducido y habitan montañas, bosques, selvas y regiones costeras aisladas. Dentro de la categoría de chamán, los distintos clanes se diferencian a partir de sus hábitats y su magia tiende a especializarse de acuerdo a las fuerzas naturales predominantes de estos. Comúnmente, los chamanes se desempeñan roles de curanderos, así como de mediadores entre el mundo espiritual y el físico y por ende de líderes espirituales y/o religiosos."
Los días soleados habían sido desde siempre de su desagrado, no porque le desagradase en sí el sol o la luz, sino porque buen clima significaba buenas condiciones de vuelo. Él no era como su hermano, quien al más mínimo rayo de sol ya se adhería a los ventanales, aplanando la nariz como un cachorro entusiasmado que esperaba desesperadamente a que le abrieran. No, él era de los que permanecían parados en un rincón oscuro, mirando hacia las áreas doradas, tocadas por el sol, esperando nerviosamente a que una sirviente viniera y abriera las ventanas. Miguel siempre corría hacia él y lo tomaba de la mano, llevándolo al exterior de la mansión. La luz siempre le golpeaba los ojos y tenía que apretar los párpados, cubriéndose el rostro con el antebrazo libre. La voz de Miguel se perdía en cuanto lo soltaba y Julio se veía parado solo en el patio, apenas viendo en el panorama blanco a su hermano alejarse corriendo.
La primera vez que había visto las alas de Miguel, una sensación liviana de asombro se anidó en lo boca de su estómago. Ver a su hermano elevarse pocos metros por encima del suelo, escoltado por un guardia de armadura ligera que lo instruía, incitó una cierta envidia y un deseo de poder alzarse también de esa manera. Cuando poco a poco Miguel fue perdiéndose en la luz del sol y finalmente las nubes, Julio deseó tener también aquella misma libertad, quiso verse liberado.
Esa misma noche había llorado hasta caer dormido, agobiado por el temor de que, en cinco años ya, le devolvieran sus alas, guardadas por tanto tiempo bajo el sello de su espalda. Las alas podían ser la libertad de elevarse ilimitadamente por encima de todos, pero eran también una responsabilidad.
Miguel notaba poco lo mucho que realmente le preocupaba el asunto. Solía decirle que volar era lo mejor del mundo, que las alas lo llenaban de orgullo. Julio, en silencio, contemplaba las plumas inmaculadas y se preguntaba si sus alas sería igual de hermosas a la vez que una duda venenosa se reía de él. No, claro que no. ¿Cómo iba a tener Julio alas tan bellas siendo que Miguel era único en toda la familia? Había escuchado los rumores y los cuchicheos de la servidumbre, la manera en que miraban asombrados las alas de su hermano. Cuando su abuela recibía visitas, Miguel debía mostrarlas y las viejas soltaban exclamaciones de asombro mientras tocaban sus plumas casi con veneración. Pero no todo en esas alas era bello, al parecer.
"Así que era verdad, sus alas no son como las de su familia."
"¿De verdad es hijo legítimo del señor Prado!?"
"Tiene las alas de un ángel. Es tan especial… "
Y Julio no. Lo más probable era que sus alas fuesen marrones, tal vez moteadas como las de su difunta madre, y pequeñas y poco interesantes. Después de todo, no se necesitaban alas tan grandes para un cuerpo tan enclenque y reducido. No es que importara, solo era el segundo hijo, su mayor fin en la vida era contraer un matrimonio mínimamente conveniente para el nombre y ya. No iba a ser importante, no iba a ser nadie influyente, nadie de renombre y nadie que tuviera algo que decir.
Cinco años pasaban en un pestañeo cuando se tenía miedo cada día.
Julio tenía doce años y el pavor ante la ceremonia de liberación era mayor que nunca. Sabía que en cuanto cumpliera trece años, su padre no toleraría más días de espera, no más piedad.
Cada día soleado era un día con más miedo de lo usual.
Julio era un niño enfermizo. No era algo común entre alados, pero las condiciones de embarazo de la madre de Julio habían sido complicadas. Su madre no había sido una alada alta y robusta como lo suelen ser los de su especie y tras el embarazo de Miguel, se le ordenó no tener más crías. No obstante, no todo en la vida era controlable y eventualmente su médico tuvo que confirmarle que estaba esperando un segundo hijo. El embarazo de las hembras aladas era breve, pero drenante. El huevo que se gesta en su vientre crece velozmente, succionando toda su energía hasta alcanzar el punto en que está listo para ser separado de su cuerpo e iniciar su última etapa. Su esposo, en un vano intento de salvarla, trató de convencerla de que abandonara a la pequeña criatura, que se deshiciera de ella antes de que tuviera un rostro, un pulso y un nombre. La mujer se negó a borrar algo que nacería de ella. Para su desgracia, nunca llegó a sostener a Julio en sus brazos. Murió dos semanas tras la extracción del huevo, a meses aún de que el pequeño bebé rompiera el cascarón. A pesar de que era una cría minúscula, las nodrizas lo mantuvieron con vida. Lo alimentaron y lo criaron. Eran mujeres dedicadas, pero Julio nunca sintió realmente un amor maternal. Por muchos años tampoco entendía por qué su padre se negaba a mirarlo a la cara. Con el tiempo, la actitud del señor de la casa se calmó, pero no por eso se abrió a su hijo. Fueron los cuchicheos de los sirvientes y archivos médicos los cuales completaron el rompecabezas de su nacimiento y su madre. Entendió que nunca debía esperar algo de su padre, pero que, en cambio, debía entregarle todo.
Julio vivió, pero no fue fácil. Enfermaba constantemente, crecía con lentitud y era socialmente retraído. No era como si hubiera mucha gente con quien socializar en su día a día, pero en las fiestas se mantenía cerca a la matrona a cargo de él o detrás de su hermano. Estar junto a Miguel implicaba que el mayor atrajese la atención hacia sí mismo, pero siempre existía el riesgo de que alguien se distrajera y notara al niño más pequeño. A modo que iba creciendo, aprendió a mentir y hacerse el enfermo cuando había eventos que no fuesen de tanta importancia. Pero para su desgracia, las veces que realmente enfermaba se daban más seguidas que las de mentira.
Pocos días antes de su cumpleaños número trece, se desmayó en plena cena y tuvo que guardar cama durante varios días, días eternos que se extendieron hasta alcanzar las dos semanas. Permaneció entrando y saliendo de la inconsciencia, sintiendo apenas lo que sucedía a su alrededor y como si flotara sobre las sábanas, perdido entre las altas temperaturas que sacudían su frágil cuerpo. Finalmente, su padre se dignó a llamar al médico de la familia.
-Sabe que siempre será una constante en su vida, ¿no? -suspiró el médico tras inspeccionarlo y darle un brebaje que lo sumiría prontamente en un sueño devastador pero reconfortante por igual.
El señor de la casa apenas se encogió de hombros.
-¿Entonces no debería hacer más por él?
-No he dicho eso -corrigió el hechicero-. Lo que puede hacer por él es traer a alguien especializado para ocuparse de su cuidado.
-¿En otra palabras un enfermero?
-Un curandero suena como una buena idea -replicó-. Idóneamente, podría monitorear las energías de su hijo y...
-Un enfermero -el alado asintió y dio por sentada la conversación con un movimiento de la mano-. Consígale uno y me avisa cuando esté aquí.
El médico apenas tuvo tiempo de asentir y acceder a la orden antes de que el señor abandonara la estancia. Julio trató de reprimir una tos, no queriendo llamar su atención, pero aquello resultó en una que casi lo asfixia. El doctor rápidamente se acercó y le palmeó la espalda, auxiliándolo. El pequeño apretó los párpados, odiando hasta lo más mínimo de su existencia, deseando que ojalá su padre simplemente se desentendiera de él y no lo obligara a aceptar su menospreciativa ayuda. Cuando el doctor se despidió, dejando en su lugar a una sirvienta, el niño tiró de la sábana y la subió hasta llegar a sus ojos. Su mirada se mantuvo fija en el techo, ignorando a la pobre humana que tenía que quedarse hecha estatua a su lado. Le gustaría haberle dicho que tomara asiento o se sentase en el suelo si no quería causar molestias, pero la garganta todavía le causaba incomodidad y hablar de por sí consumía energías, energías de las que no disponía.
Su único consuelo era que tenía una excusa para aún no ser sometido a la ceremonia que tanto pavor le causaba…
Varios días se sucedieron antes de que su padre volviera a dignarlo con su presencia. Julio terminaba de tomar desayuno y cuando la cabeza de la familia apareció en su dormitorio, las sirvientas rápidamente reunieron la loza en una bandeja y abandonaron con prisa el lugar. El menor apretó las sábanas por debajo del cubrecamas, sin saber si saludar primero o qué.
-¿Cómo te sientes? -preguntó su progenitor mientras se detenía al pie de su cama.
-Estoy bien -fue su escueta respuesta y su padre se dio por contento con ella.
-En unos momentos llegarán con tu curandero. Quiero que sepas que estará siempre en tu presencia, así que tendrás que comportarte en cada momento.
Oh. Claro, ¿por qué otra razón vendría su padre a verlo en persona? Julio solo asintió sumisamente. Su padre permaneció inmóvil hasta que llamaron a la puerta. El doctor entró, haciendo una breve reverencia al ser saludado por su gobernador.
-Mi señor, disculpe la demora -empezó y luego miró de soslayo a quien lo acompañaba y continuó en un siseo-. Preséntate.
El sujeto inclinó la cabeza educadamente, manteniendo sus manos ocultas tras su espalda.
-Mi nombre es Francisco -contestó con un tono que denotaba mansedumbre pero a la vez dignidad-. Soy el chamán...
-¿Chamán? Pensé que traería a un curandero.
-Somos lo mismo -aclaró el muchacho en voz baja, agachando la cabeza.
-Está bien -el noble claramente no quería perder más de su preciado tiempo.
Julio se removió, jugando con sus dedos. Alzó el rostro, creyendo que tal vez el hombre le dedicaría alguna palabra más, sin embargo el hombre lo miró, dudando por una fracción de segundo, para al final abandonar en silencio la habitación, seguido por el médico una vez que este le había susurrado unas últimas indicaciones al nuevo. El chamán parecía igualmente incomodado por aquella presentación tan parca y seca, pero mantuvo la compostura, escuchando y asintiendo.
Una vez a solas, los dos se miraron. Se veía que el humano no sabía si acercarse o decir algo, que esperaba que el ser socialmente superior hablara primero. Julio estaba cansado, débil, pero igual hizo el esfuerzo:
-Entonces… ¿vas a reemplazar ahora a mi niñera?
Francisco se tensó, pero sacudió la cabeza.
-No, mi tarea es cuidar de tu salud, asistirte -explicó y Julio asintió lentamente.
No le importó que lo tuteara. Tenía un rostro amable, piel bronceada como la gente de los campos y de las provincias, cabello similar al suyo. Era alto a pesar de aparentar pocos años. Era apenas un adolescente como él pero mayor, tal vez de diecisiete años. El chico dio un paso hacia él y la mirada de Julio recayó en sus grandes manos. Se veían callosas, rasposas, y un pensamiento extraño saltó en su mente. ¿Alguna vez eras manos matarían a alguien? Resistió el impulso de sacudir la cabeza y levantó la mirada cuando el chamán llegó a su lado.
-¿Necesitas algo en este momento? -preguntó el chico con voz suave y tranquila y Julio no pudo evitar sentir cierta calidez.
-No, gracias -graznó Julio torpemente.
Francisco era extrañamente sincero. Y en parte era como tener su propio hechicero, un privilegio reservado a los herederos y recién cuando estos fueran mayores de edad.
No obstante, su presencia no pareció aliviar el verdadero problema de Julio. El vacío que se comía poco a poco las entrañas de su pequeña, tan joven alma no se redujo tan fácilmente. Julio continuó postrado en cama, no teniendo las fuerzas necesarias para querer vivir. Francisco hacía lo que podía para ayudarle. No podía negar que su esfuerzo despertaba algo en él, que cuando sus manos recorrían su espalda, esparciendo ungüento mientras recitaba en un murmullo, la piel de Julio se erizaba, como si las palabras roncas y misteriosas del chamán fuesen con el único fin de invocar aquella reacción. Era la magia infalible de Francisco.
-Tu sello es bello -susurró un día el chamán y fue como un apuñalada por la espalda.
Apenas tuvo tiempo de forzar una risa y negar con la cabeza.
-Es obra de un humano -dijo con aspereza.
Francisco alzó una ceja.
-Pero ustedes nos buscaron por eso -comenzó a decir-. Eso se dice…
Julio no respondió. La historia no era precisamente la materia favorita de un alado, de ninguno.
Una vez que terminó, Francisco se lavó las manos en la bandeja de porcelana que siempre estaba sobre la cómoda junto a la cama de Julio. Llamaron en eso a la puerta y su niñera entró.
-Señorito Julio… -comenzó diciendo y se carraspeó-. Me fue dicho que la semana que viene su ceremonia tendrá lugar.
Ni bien las palabras habían salido de su boca, la sangre en todo su cuerpo se heló por completo y Julio palideció drásticamente. Creyó haber dejado incluso de respirar.
-¿C-cómo? -jadeó con dificultad y Francisco, alertado por su palidez, se volvió a acercar a su cama.
La niñera se veía incómoda.
-Sí, su padre afirma verlo en condiciones. Por eso quiere que salga mucho al aire libre… Hace un clima precioso igual, le va a hacer bien.
Lo último lo dijo mirando de soslayo al chamán y Julio tragó. Pudo verlo sonreír, pero aquello no ayudó. Igualmente forzó una sonrisa y resopló apenas.
-Odio salir.
-Por eso estás tan pálido y débil -rio Francisco y si Julio quiso responder de manera hiriente, no pudo.
Reía como su hermano, pero a la vez tan distinto. Era igual de honesto y tan sencillo, menos escandaloso que Miguel y con un algo que el pequeño no supo descifrar. Tragó y desvió la mirada, eligiendo cerrar la boca. Francisco abrió las ventanas, continuando hablando sobre los beneficios de un paseo diario al día. Julio solo se volvió a tapar hasta la nariz. Quería que la niñera volviera a irse.
La ceremonia de liberación en sí no era la gran cosa. La de Miguel se había llevado a cabo en la capilla familiar, iniciada por un sermón del hechicero de su padre, quien le explicó una última y mucho más solemne vez a su hermano, quien a duras penas podía mantenerse quieto en su nuevo traje de espalda abierta, cómo desdoblar sus alas. Julio imaginó que la suya sería similar y mucho más humilde. Cerró los ojos y se imaginó el techo de la capilla, sus preciosos ventanales de cristales coloridos abiertos, y se sintió agotado de solo imaginar que debía subir volando hasta él, salir como primero del recinto religioso, seguido por los demás (probablemente pocos) asistentes. ¿Y si sus alas le fallaban y caía al vacío? ¿Y si ni siquiera era capaz de despegar los pies del suelo? Julio no sabía cual de ambas opciones era la peor.
Francisco insistió con eso de sacarlo a caminar y Julio lo odió con todo su corazón, especialmente porque aún le costaba caminar por sí solo y se veía obligado y ir de su brazo. Mientras avanzaban a paso lento y pausado por el laberinto, Pancho iba charlando calmadamente a su lado, sin esperar a que Julio interrumpiese su monólogo. Había notado que el chico silenciosamente agradecía sus conversaciones unilaterales, que de alguna manera se distraía con ellas. Incluso le había descubierto una que otra sonrisa cuando la anécdota era graciosa. Nunca le contaba cosas sumamente íntimas, de hecho eran puras trivialidades, pero se sentía bien también para él. Ver una expresión más relajada en el rostro de Julio lo hacía llenarse de cierto orgullo.
-¿Qué se supone que se encuentra ahí? ¿Un invernadero? -preguntó una vez que llegaron al centro del laberinto.
Julio asintió.
-Es el mausoleo familiar -añadió y Francisco parpadeó.
-¿Invernadero o mausoleo?
-Ambos. ¿por qué?
-Es la primera vez que veo algo así…
-Podemos entrar para que veas cómo es -sugirió Julio en voz baja, no muy seguro de por qué se tomaba la molestia si estaba tan cansado.
Pero la idea pareció gustarle mucho al curandero y la curiosidad lo llevó a asentir entusiasmado. Bueno, diez minutos más de paseo no lo matará, decidió Julio mientras se encaminaban hacia la entrada. Tras darle una mirada fugaz a los guardias, estos les abrieron las pesadas puertas y Julio suspiró. Los ojos de Francisco se encendieron al ver el hermoso panorama florido. Un silencio solemne se posó en su boca y solo sus pasos resonaron en la discreta grava. El chamán iba leyendo los nombres que Julio ya conocía de memoria, hasta que finalmente llegaron a la última tumba y Julio lo detuvo con un ligero tirar de su brazo.
-Esta es mi mamá -rompió el silencio-. Me gustan mucho sus flores.
Francisco apretó los labios. Podía sentir que no se sentía cómodo, que estaba perdido en cuanto a qué responder a aquello y la verdad era que no iba a culparlo. Hablar de los muertos era difícil para todas las especies.
-Esta bien, ya está muerta e igual nunca la conocí -trató de quitarle peso y seriedad al momento, soltando una risita ahogada.
Francisco le sonrió.
-Son verdaderamente flores bellas -opinó.
Cuando volvió a su cuarto, Julio sentía que llevaba al mundo en sus hombros. Durante la cena, su padre se había tomado la molestia de hablarle respecto a la ceremonia y Miguel no dejó de contarle con sumo detalle y harta reiteración la emocionante vida que se le venía encima. Julio se limitó a asentir y a reír, a hacer promesas poco serias, queriendo únicamente escapar de aquel enorme comedor, por lo que se sintió muy aliviado cuando Francisco lo guió fuera de él y luego lo tomó en brazos, cargándolo a su pieza. Cerró los ojos mientras veía en su cabeza los pasillos interminables de la mansión. Cuando Francisco lo depositó en su cama, los mantuvo cerrados y se dejó cambiar al pijama.
El menor de los Prado tomó una decisión: no iba a seguir con esta mierda.
Para alguien que vivía en una burbuja, aislado del mundo exterior, y que era apenas un niño de trece años, ciertamente conocía muchas formas de acabar con su vida. Desde ingerir aquel veneno de ratas que guardaban en un rincón de la despensa principal hasta colgarse de una de las esquinas de su armario, a Julio se le ocurrían muchas opciones por haber pasado el último año dándole vueltas al asunto. Tenía mucho tiempo a su disposición después de todo. Si bien descartó rápidamente el beber cualquier cosa mortífera debido a que consideró que no soportaría el sabor, entre colgarse, tirarse del techo y abrirse las muñecas no veía demasiada diferencia. Eventualmente eligió la última.
Los sirvientes estaban en su hora de cenar y Francisco estaba incluído en aquel grupo. Era el único momento del día en que estaba solo, por lo que debía aprovecharlo. Se salió de la cama con algo de esfuerzo y, sujetándose de la cómoda, avanzó varios pasos. A pesar del enorme agotamiento, logró llegar hasta su escritorio y abrió el tercer cajón. En algún lado debía estar la navaja que recibió por su cumpleaños. Torció los labios en una sonrisa irónica, hallando el estuche debajo de un libro.
Se sentó en el suelo, apoyado en el escritorio. ¿Para qué esconderse si eventualmente lo encontrarían? Tomó una bocanada de aire, y otra y otra más, esperando hallar el instante en que la convicción fuera absoluta. No podía fingir que el cuerpo no le temblaba y trató de calmarse cerrando los ojos. Solo necesitaba un momento de absoluta seguridad, solo un segundo que le diera la última pizca de valor que requería.
Solo un instante…
El ardor que corrió hasta su codo era insoportable. Ya solo el pinchazo inicial cuando hundió la filuda navaja en su carne fue estremecedor. La sangre brotó a borbotones y su vista se nubló, horrorizado ante la cantidad. No había esperado aquello. El pánico burbujeó en su estómago, pero ya estaba medio camino, debía terminar. Con la mano temblándole furiosamente se acercó la navaja a la otra muñeca y apretó los párpados, tratando de contar hasta tres.
Uno…
Dos…
Tre...
-¿¡JULIO!?
La cuchilla cayó de su mano cuando el chico profirió un grito asustado, causando un estruendo estremecedor, y fue en ese momento que cayó en la cuenta de que gordas lágrimas corrían por su rostro, imitando la sangre que fluía descontroladamente por su brazo. Francisco corrió hacia él y en un segundo estaba a su lado, apretando su muñeca. El dolor escaló brutalmente y Julio volvió a gritar, pero Francisco fue veloz en sus movimientos. Pateó la cuchilla lejos de ellos, presionando la herida en un intento de impedir que la sangre siguiera corriendo. El niño temblaba y la voz de su curandero no llegaba a sus oídos más que como un rumor poco claro, como el murmullo de los árboles en el violento viento sureño.
-...ien, solo respira… respira -logró entender finalmente y sus ojos apenas lograron discernir cómo el chamán soltaba una de sus manos y subía la manga de su pijama hasta el hombro, tratando de dejarla ahí para poder trazar un figura algo deforme en su brazo.
Julio tragó y los murmullos místicos de Pancho comenzaron a hacerse oír por encima de sus jadeos ahogados. Una sensación caliente volvió a envolver su brazo y otro grito estaba por escapársele, pero el chamán lo apegó a su cuerpo, rodeándolo con su brazo libre mientras seguía rezando. Un gimoteo logró liberarse de la boca del alado, pero fue ahogado en el pecho del mayor. La sensación quemante se intensificó más y más hasta casi llegar al límite de lo que Julio consideraba soportable. Y en un segundo, desapareció.
El niño parpadeó, oyendo ya solo su respiración agitada. Lentamente Francisco soltó su muñeca y lo rodeó con ambos brazos, sosteniéndolo aún en ese abrazo tan dolorosamente reconfortante. Julio hipó débilmente y luego no pudo contener más los sollozos, aferrándose a lo que parecía ser el único calor que le pertenecía en ese momento, el único apoyo. Dolía, pero a la vez el suicidio dejó de sonar lógico, dejó de tener todo significado. ¿Por qué había pensado que era una solución? El miedo a lo que podría pasar después era demasiado grande, demasiado destructor para una pequeña y vulnerable criatura como él. ¿Qué haría más allá de sus muñecas cortadas y del ardor de su carne, sin quien lo abrazara de la manera en que Francisco hacía?
No sabía cuánto tiempo lloró, pero cuando ya no tenía lágrimas ni fuerzas, su cuerpo entero estaba entumecido. Francisco sintió que trató de moverse, por lo que lo acomodó contra el escritorio. Los párpados de Julio pesaban ya demasiado, por lo que no vio cómo lo desnudó, aseó y volvió a vestir. No llegó a sentir cuando lo acostaron en la cama, ni vio a Francisco limpiar la sangre esparcida por el suelo, pero de alguna manera supo que el chamán no se apartó de su lado esa noche.
Ni los días siguientes.
-No le dije a tu padre -respondió cuando Julio preguntó-. A nadie.
El menor apretó los labio y apenas asintió, si bien su gratitud excedía aquel mínimo gesto. Francisco suspiró y atrajo una silla, sentándose junto a la cama. Julio se tensó y desvió la mirada, no pudiendo negar la infinita vergüenza que todo aquello le producía. El chamán, sin embargo, no parecía mirarlo con reproche, desdén o decepción. Tomó con cuidado las manos del niño y las acarició, dibujando círculos en sus palmas y dejando que la energía reconfortante del viento que entraba por las ventanas lo calmara. En el brazo de Julio no había quedado marca alguna del corte, su piel estaba impecable y perfecta.
-¿No vas a decir nada más? -preguntó el noble cuando ya no soportó más el silencio.
Francisco alzó ambas cejas.
-¿Qué se supone que diga?
-No sé… que estuvo mal, que soy tonto… estúpido...
-No eres nada de eso -negó el chamán y sonrió apenas-. Pero ahora solo trata de descansar, quedan pocos días para la ceremonia.
Julio hizo una mueca y asintió, sabiendo que ahora era totalmente inevitable. Francisco llevó una mano a su cabeza y le acarició el cabello. Cerró los ojos, inclinándose más hacia el tacto y el curandero sonrió apenas. Un movimiento rápido y fluido y sus labios estaban presionados contra la frente del menor, separándose luego apenas a tiempo cuando se abrió la puerta y entró Miguel, seguido por una sirviente que traía el desayuno de Julio. El chico estaba totalmente rojo, mas logró evadir las preguntas de su hermano mientras Francisco se hacía a un lado.
La ceremonia finalmente pasó como una especie de sueño del que Julio despertó hundido en estupor y confusión. La desconocida sensación de sus miembros más importantes surgiendo de su espalda, el peso de ellas tirando de él hacia atrás, la incomodidad de mover y la incomodidad de mover una extremidad que estaba totalmente dormida fueron tal vez las peores cosas. No pudo evitar darse una sacudida y batirlas con poca fuerza, viendo sus plumas algo aplastadas erizarse ante el frío de la capilla.
Sus alas eran, en efecto, moteadas. No hubo ninguna exclamación de asombro, ningún "¡Ah!" o "¡Qué hermoso!" de parte del pequeño público que era su familia y los nobles más cercanos a la ella. No era ningún espectáculo, pero de alguna manera no fue tan malo como pensó. Volvió a batir las alas y su cuerpo se sintió liviano.
Sus pies olvidaron el suelo muy pronto.
Volar… Aquello borraba el peso de cualquier responsabilidad, de cualquier nombre y cualquier padre. En su hábitat natural, en el lugar al que pertenecían, no había jerarquías, no había familia. Había nubes, frío y estaban el sol y el viento que guiaban sus rutas. Sentía como si sus alas fueran todo lo que necesitaba...
Sin embargo no era así.
Una vez que volvía a descender, las cosas cambiaban o, mejor dicho, volvían a ser iguales que antes. El mismo padre, la misma casa, la misma vida. Y sus alas no bastaban y era ahí donde volvía a necesitar de un abrazo o unas palabras reconfortantes, tal vez una sonrisa cómplice mientras Francisco y él se escabullían al jardín tras supuestamente irse a dormir. Cuando el chamán murmuraba conjuros y masajeaba su espalda, su piel ya no se erizaba sino en el momento en que las manos del humano se distraían y delineaban ensimismadas las líneas de su sello. A pesar de que habían pasado ya casi tres años, todavía sentía el mismo cosquilleo, la misma sensación extraña de sentir un contacto tan… humano. Tal vez era una cosa de alados eso de no saber expresar sentimientos sinceros, pensó, o cosa de los humanos el emanar tantos. Aunque aquello no cuadraba, ninguno de los sirvientes lo trataban como Francisco, con esa cercanía y esa genuinidad… ¿Acaso su… su amigo, sí, se volvería como ellos si permanecía tanto tiempo como ellos trabajando en aquella mansión? Si Francisco dejaba de ser así… No quería ni imaginárselo.
-A mí me gustan tus alas -comentó el chamán una vez que Julio expresó que envidiaba las de su hermano por su hermosura y fuerza.
-Las mías son muy comunes -replicó Julio y las empujó fuera de su espalda.
Oyó la risa de Francisco a sus espaldas y tembló cuando sintió los dedos del humano rozar sus plumas. Aquel tacto no le gustó del todo, pero tampoco quería perderlo. Suspiró bajo y le pidió que no las acariciara en la dirección contraria a la que crecía.
-Descuida, no lo haría -respondió Pancho entretenido, observando los distintos tonos de marrón que formaban el diseño de aquellas jóvenes alas-. Oye…
-¿Mhh?
-¿Qué es lo más alto que puedes volar?
Julio dudó por un minuto.
-No lo sé…
-Dicen… Mi abuelo nos contó una vez, que no hay límite para el vuelo de un alado… Que si no se quemaran, llegarían al sol.
El adolescente soltó una risita.
-¿Y le creíste? -se mofó y su amigo se encogió de hombros.
-¿Acaso ha sido refutado?
-Hay un punto donde ya no se puede respirar bien -murmuró Julio-. Y en todo caso, para qué querríamos llegar al sol. No se puede vivir ahí.
-Sería una muestra de poder -susurró Francisco y sus dedos llegaron al punto donde nacían las alas de Julio.
Este se estremeció y soltó un quejido, por lo que los subió más por su espalda, llegando a su nuca. Julio cerró los ojos y apretó los labios, no pudiendo no sentirse algo nervioso. ¿Cómo podía negar que lo que Francisco le causaba ya tenía nombre? Le costaba mucho fingir que el humano no le quitaba el piso de debajo de los pies y que ni sus alas eran suficientes para mantener el equilibrio cuando lo hacía.
Soltó un pequeño suspiro y con cuidado volvió a guardar las alas. Se separó de Francisco y se puso la pijama. La luz de las velas que el chamán encendía ahora a la hora de masajear su espalda le daban un toque romántico al dormitorio y su respiración en su nuca no ayudaba demasiado. Tomó bocanadas de aire, tratando de calmarse.
Francisco se lavó las manos y Julio se recostó, mirándolo con poco disimulo. El chamán lo notó y le sonrió de soslayo.
-¿Necesitas que te cuente una historia para dormir? -bromeó y se sentó en el borde de la cama.
Julio soltó una risa ahogada.
-Necesito que te acuestes conmigo -se le escapó e instantáneamente su cara se tiñó de carmín al notar como había sonado aquello, que lo había dicho en primer lugar.
El chamán alzó las cejas.
-Oh… pensé que nunca me lo pedirías -soltó con tono bromista y Julio quería morirse.
-Vete a la mierda -gruñó y se cubrió hasta la nariz.
Francisco volvió a reírse, pero esta vez con mayor suavidad.
-Vamos, ¿no me estabas invitando? -preguntó en un susurro y Julio abrió los ojos como platos.
-¿...en serio? -susurró luego de una pausa.
Francisco solo asintió y Julio eligió no dudar más, haciéndose a un lado. Francisco se quitó los zapatos y los pateó bajo la cama, subiéndose en ella para echarse a su lado. El menor lo cubrió con una esquina de su sábana, costándole dominar el temblor de sus manos. Por varios minutos no dijeron nada, prestando a la respiración del otro a la vez que jugaban a evitar mirarse.
-Julio -el chamán tomó aire-. Sé que no es muy cómodo decirte esto estando juntos en una cama… pero hace tiempo que estaba pensando en sincerarme contigo.
-¿De qué hablas? -murmuró el menor y Francisco torció una sonrisa.
-¿Me vas a decir que no lo sabes? A este paso hasta tu padre podría notar que te miro demasiado…
-Es tu tarea -replicó Julio y el humano sacudió la cabeza.
-No de esta manera -afirmó y se puso de lado, inclinándose hacia el adolescente.
El segundo en que su boca se posó en la suya, Julio juraría que un rayo había irrumpido en la pieza y lo había matado. No atinó primero a reaccionar, ¡no podía si Francisco lo besaba!, pero cuando él quiso alejarse, sus manos se dispararon hacia su cuello y se lo impidieron.
-No pares -jadea contra sus labios y el humano no se hizo de rogar.
Nadie podía decir que Julio solo estaba desesperado por amor. Tal vez sí, por el de Francisco, y tal vez fue muy obvio lo feliz que aquello lo había hecho. Por unos meses creyó que la vida no podía ser tan mierda, que al final también él iría a ser feliz, que incluso su salud mejoraría así, pero eventualmente todas las cosas buenas se acaban. Quizá fue su culpa, quizás debió ser más atento a los sentimientos que expresaba mediante sus ojos, sus gestos y sus sonrisas. Quizá debió prestarle más atención a Francisco mismo, a su mayor temor, pero no lo hizo y así la noticia de su partida lo tomó desprevenido.
Francisco le había asegurado que lo amaba, pero también que ningún amor borraría las diferencias entre ellos.
-Somos lo que somos -murmuró el chamán en voz baja aquella última vez en su escondite en el tercer piso-. Tal vez en un mundo donde alados y humanos no sean irreconciliables… Uno donde yo no tenga que temer por mi familia solo porque quería amar libremente...
Julio no encontró las palabras. Había querido detenerlo, rogarle que se quedara. Quería prometerle, jurarle que sería más cuidadoso, que ya no volvería a suceder que estuviesen a nada de ser descubiertos besándose. Había quería asegurarle que él protegería a su familia, inventar cualquier mentira de esas que tan bien le salían. Pero a Francisco nunca le había mentido.
-Su familia migró al sur, desplazamiento de mano de obra -explicó su padre cuando quiso tocar el tema durante la cena-. Y él quiso irse con ellos, él mismo me lo dijo. ¿Quieres acaso otro chamán?
La estancia estaba relativamente callada y ni Miguel estaba hablando. Julio negó con la cabeza, sintiendo la espalda fría y el vientre caliente.
-No… no importa -susurró-. Igual ya estoy mucho mejor…
Julio se juró que lo estaría. Eventualmente lo olvidaría, eventualmente sabría aceptar que aquello no habría sucedido si no hubiera confiado en un humano en primer lugar. Supuso que todos los alados que no escuchaban a sus padres debían aprender la lección de alguna otra forma…
Eventualmente aprendería a vivir en el mundo real.
Eso no quitaba que fuera frustrante ver a Miguel correr en la misma dirección y no poder detenerlo sin tener que dar explicaciones.
