8. El bosque de los laberintos infinitos
Ya iban a ser las once de la mañana. El ruido constante y casi melodioso de las gotas de lluvia golpeteando el vidrio era todo lo que llenaba aquella estancia. Desde afuera podía sentir pasos ir y venir, ir y venir, ir y venir… En algún lado, un reloj finalmente señaló las ocho y Miguel no había vuelto aún. Martín no podía hacer más que esperar sentado en su habitación. Se iba a volver loco. Se estaba volviendo loco.
Eventualmente enloqueció y pateó el pie de su cama.
Aquella mañana, cuando despertó junto a la ventana en la que se había quedado dormido y descubrió que Miguel aún brillaba por su ausencia, Martín había salido a buscar directamente al sucesor de los González. No le importó verse desalineado debido a una noche sin verdadero descanso más que aquellas precarias dos horas en una silla, ni tampoco le prestó atención a su posición social. Simplemente golpeó la puerta del heredero y luego irrumpió sin mayores miramientos. El alado se había tenido que despertar de golpe y Martín vio cómo, primero confundido y luego furibundo, se incorporaba en su cama. Manuel no había ocultado el día anterior que el rubio era de su total desagrado, y si bien no lo expresó abiertamente, su mirada había valido más que tres monografías explicativas. Martín era consciente de que, adicionalmente a ser humanos, los magos no gozaban de mucho prestigio a comparación de hechiceros, y que irrumpir así en el dormitorio del noble tampoco iba a aumentar el aprecio que el amargado ese le tenía. Pero Martín no tenía tiempo ni humor para andarse de rodeos.
-¿Que dónde está Miguel? -resopló el alado y por poco consideró que su estado de ánimo era peor que el propio-. Debe haber sobrevolado el bosque y tomado una carroza a casa. ¿Pero qué rayos te pasa a ti? ¿Irrumpir así en mi pieza? ¿¡Tení idea de qué hora es?
Martin solo rodó los ojos.
-Miguel no se iría a Casa Prado sin mí -gruñó y dio un paso hacia la cama.
Estaba por dar uno más, sin embargo se detuvo en seco cuando sintió una tercera presencia en el marco de la puerta. Manuel se masajeó la sien y alzó una mano, deteniendo cualquier acción defensiva u ofensiva de su hechicero. Martín echó un vistazo por encima de su hombro y alzó sus manos abiertas a la altura de su pecho, señalando que no pretendía atacar al alado. Este soltó un suspiro y se sentó en el borde de su cama, todavía mirando a Martín con mala cara.
-¿Cuánto tiempo estás bajo el servicio de Miguel como para poder afirmar algo así? Hablas como si fueras alguien de importancia y sé que es culpa del tarado gordo. Pero déjame ser quien te de las noticias del día: no eres importante, querido mago de segunda, eres una extensión reemplazable, un sirviente y por encima de todo, un humano. ¿Entiendes a qué me refiero?
Martín bajó los brazos, apretando los puños. Las palabras de Manuel no habían llegado verdaderamente a herirlo como tal vez había pretendido, mas eso no significaba que no llenaran de ira al mago. No le faltaba la convicción de que Miguel lo veía como una persona, no una herramienta de diversión, pero cada cosa que había salido de la boca de Manuel había despertado en él un asco profundo, contaminante y ardiente.
-Mira, dejémonos de tanto sentimentalismo, ¿sí? -continuó Manuel, poniéndose de pie para dejar que la bata que se acercaba flotando a él se colocara debidamente-. Cuando los demás invitados partan, te colocaremos también en una carroza y te irás de vuelta a dónde perteneces. ¿Nos entendimos?
Martín achicó los ojos.
-No. Quiero que alguien salga a buscar a Miguel. Si nadie va, iré yo mismo -contestó tercamente y en este punto Manuel soltó una risa burlona.
-¿Salir a buscarlo? ¿Tú solito? -se mofó abiertamente-. Lo siento, pequeño humano, pero por si no te has dado cuenta al venir, hay un bosque separándonos del resto del territorio. Nadie que no sea un guía lo ha atravesado jamás a pie, ni siquiera siguiendo la carretera. No lo llaman por nada el Bosque de los laberintos infinitos.
-Entonces iré solo -concluyó Martín sin hacer mayor caso, cosechando un resoplido exacerbado por parte de Manuel-. Bosque laberíntico o no, Miguel no ha vuelto y voy a buscarlo.
Manuel soltó un improperio entre dientes.
-Ya que -masculló y miró a su hechicero-. Enciérralo en su cuarto, Carlos.
El chico apenas asintió. El cuerpo de Martín se puso alerta en menos de una fracción de segundo, pero el hechicero ni pestañeó, teniendo la varita ya en manos. Todo se volvió confuso y luego negro, tan de golpe.
Cuando Martín despertó, eran las nueve y cuarenta y ocho. Su cabeza daba vueltas y su estómago bailaba inseguro, claros indicios de haber sido noqueado con un cochino hechizo de manipulación mental. Cómo los odiaba. Se sobó la cabeza y, sintiendo las rodillas querer flaquear, se puso de pie, arrastrándose de vuelta a la silla en la cual había esperado el retorno de Miguel. Desde la ventana podía ver al mar, lo que significaba que su habitación daba al sur. En otras palabras, debía rodear la casona y luego llegar al bosque sin ser interceptado. Ese otro hechicero rubio no parecía la gran cosa, pero ciertamente podía sorprenderlo con más trucos sucios. Era injustamente rápido. Y Manuel… era pesado y ya, era claro que no iba a dejarlo ir por su cuenta. No era como si eso fuese a detener a Martín, quien decididamente se acercó a la ventana y posó sus manos en...
Inmediatamente echó el brazo hacia atrás, escupiendo un insulto.
-¡La puta que los parió! -bramó furioso al ver el aura morada que recubría los vidrios y luego la marca roja brillando en su mano herida.
Miró a su alrededor, pudiendo ver como el aura ahora agitada se manifestaba claramente en todas las paredes del cuarto y en la puerta. Lo habían encerrado y su mano que ardía como mil demonios dejaba en claro que no lo pensaron mucho, ni que pretendían andar lidiando con la posibilidad de que se escapara. Pero… Ningún hechicero promedio podía hacer un conjuro inquebrantable, debía tener alguna dificultad, algún punto débil o ciego. Martín inspeccionó la estancia con la mirada, sabiendo que no debía tocar directamente el campo de fuerza. Podría intentar quebrarlo, pero nada le aseguraba que en efecto fuera más poderoso que aquel hechicero. Claro, que fuese veloz no era garantía de su poder, solo de sus reflejos. No obstante, la habitación en la que se encontraba estaba aislada mediante magia, no solo imposibilitaba la entrada y salida de cuerpos físicos, sino también la de energías, la fuente de poder de Martín. Incluso si era más fuerte que ese tarado de la varita, tendría que invertir tiempo, valioso tiempo, en atrapar la poca energía que flotaba en la estancia. Era frustrante, pero muchas opciones no parecía tener. La otra, en todo caso, era sentarse a esperar a que lo metan a una carroza con guardias, probablemente noqueado. Ni hablar.
Renegando, se sentó en el suelo, aún encarando el ventanal, y posó sus manos en el suelo. Podía sentir el campo de fuerza extenderse debajo de él, lo suficientemente enterrado en el suelo como para no lastimarlo. Chico listo. Probablemente en la habitación de abajo se podría ver el aura morada en el techo. Tomó aire y cerró los ojos, concentrándose…
Comenzó a llover…
La energía era muy poca, pero menor era la paciencia de Martin.
-¡Hijo de puta! -bramó cabreado y pateó la cama por segunda vez.
El reloj del pasillo tocó las once y un cuarto.
Ya casi tenía suficiente energía, solo… solo no sabía de dónde más sacarla. ¿Acaso sería suficiente la que tenía? Si no lo era, el rebote sería terrible. Tragó, necesitando un minuto para darse ánimo y alzar sus brazos. Cerró los ojos y se volvió a concentrar, inhalando, exhalando para tranquilizar su respiración y su pulso. La energía absorbida del lugar le hacía cosquillas en las yemas de los dedos y podía sentir una sensación casi eléctrica en la nuca y detrás de los ojos. Inconveniente oyó en su cabeza la voz de su maestro recordándole qué sucedería si fallaba. A lo mejor solo era rostizado por el choque con el campo de fuerza, pensó con cierto tono sarcástico y se maldijo instantáneamente, teniendo que volver a empezar desde cero. Piensa en Miguel, se dijo y la determinación se asentó en su vientre. Apretó los párpados un segundo y luego los relajó. Sus manos temblaban ligeramente, costándole mantenerlas tanto tiempo quietas, más con energía fluyendo y vibrando por ellas. Se relamió, sintiéndose un tanto nervioso, pero eventualmente halló su calma y se centró en un solo punto de la ventana. "Cuenta hasta cinco" le había dicho su maestro. Uno: Estabiliza el cuerpo. Dos: Fija la mirada. Tres: Detén la energía. Cuatro: Nada.
Cinco.
El destello celeste impactó la barrera morada y de inmediato la habitación se llenó de una potente luz. Martín casi gritó eufórico y aterrado a la vez, y sin saber qué había sucedido exactamente, cerró los ojos con fuerza, tratando de cubrirse como podía con sus brazos. No le quedaba energía para un campo de fuerza, así que cualquier cosa que rebotara hacia él, lo tendría que recibir con su cuerpo. Una ráfaga filuda lo golpeó y retrocedió varios pasos, pero no esperó a que esta se calmara, tratando de abrir los ojos para poder ver el resultado: el suelo cubierto por cristales violáceos. Soltó un jadeo y luego terminó de exhalar lentamente, aliviado. Su cuerpo temblaba agotado pero se encontraba entero. La ventana no había resistido el impacto de energías y se quebró junto con el campo de fuerza. Una sonrisa se formó en su rostro a la vez que poco a poco los pedazos de vidrio iban perdiendo color y la energía del hechicero de Manuel se fue evaporando en el aire.
No pasó ni un minuto y ya se oían pasos y voces exaltadas, indicándole al mago que no tenía ni un segundo más que perder. Corrió a la ventana y sin pensárselo brincó. Probablemente no su mejor movimiento. El impacto con el suelo fue terriblemente doloroso, pero Martín no se detuvo a inspeccionar su pierna, ni a quejarse por lo desgarrador que fue aquel golpe. Con esfuerzo se incorporó y comenzó a rodear la casa con paso apurado pero a la vez moviéndose a gachas, pasando rápidamente frente a los ventanales y rogando que no hubiera guardias al doblar las esquinas. Para su gran alivio, no había nadie guardando los alrededores de la casa y pudo alcanzar el frente sin problema alguno. Echó a correr lo mejor que pudo hacia el bosque. ¿Por qué de pronto estaba tan lejos? Desde la ventana se había visto tan cercano. Apretó los dientes, tratando con todas sus fuerzas de pensar en llegar a los árboles y no en el desgarrador dolor que le devoraba la pierna derecha. Apretó los ojos y corrió ciegamente, esperando hacerlo en línea recta. Sus pies tropezaron y se fue de bruces al suelo, pero su cuerpo parecía funcionar automáticamente. Se levantó, soltando un quejido ahogado, y cojeó los últimos metros. No se atrevió a mirar hacia atrás, no sabiendo si lo seguían, si estaban cerca, si siquiera habían notado que era él quien destrozó la ventana. Continuó avanzando sin pensar, como sumido en un trance o en una especie de modo de supervivencia, guiado puramente por sus instintos, hasta finalmente agotar absolutamente todas sus energías y no poder ignorar más el dolor. Su cuerpo se rindió, desplomándose en la tierra.
Debía ser poco antes del mediodía, tal vez las doce, pero cayó en la cuenta, ahora que se había detenido y miraba a su alrededor, que dentro del bosque reinaba penumbra. El follaje era tan denso que a duras penas permitía el paso de la luz y a Martín le tomó más de un pocos minutos para acostumbrar la vista a aquel entorno húmedo, frío y tan cerrado. A donde mirara, había más y más árboles, arbustos, plantas trepadoras y… más árboles. Volvió la mirada, buscando el camino por el que había venido, si bien llamarlo "camino" era halagar demasiado la ruta que recorrió.. Le costó, pero eventualmente estuvo seguro de qué lado había venido y en qué dirección debía seguir. "Al norte", se recordó, pero decidió primero echarle una mirada a su pierna.
Con dolor y esfuerzo se apoyó en un árbol. Ahora que no se sentía perseguido, el dolor había aumentado a un grado totalmente insoportable. Quemaba y se sentía como si miles de perros enrabiados se pelearan por sus huesos, tironeando todos en sincronía de ellos. La tibia se había fracturado prácticamente a la mitad y su punta quebrada asomaba por entre la carne de su pierna. No era una de las vistas más agradables que haya tenido en su vida y las arcadas no se hicieron de esperar. Su cuerpo se dobló hacia un lado y se tumbó, jalado por su propio peso, vomitando. Pudo apoyarse a tiempo en sus manos para no irse de cara contra su propio vómito, pero estas inevitablemente se ensuciaron. Maldijo frustrado, sintiendo que sus ojos se humedecían y que su garganta ardía mientras volvía a escupir repetidas veces. Se empujó lejos del charco de color indefinido, no soportando su olor ni la misma imagen. Bajó los párpados y trató de respirar y de ignorar el asqueroso sabor que dominaba en su boca. Se trató de apoyar en el árbol sin estar muy cerca a su vómito y echó la cabeza hacia atrás, inhalando y exhalando con lentitud, tratando de calmarse y de no pensar en el dolor, sino más bien en el rico flujo de energías que lo envolvía ahora. No lo había notado al correr, pero el bosque vibraba de tanta vida, tanto que sentía que le era inevitable temblar junto a él.
Eso al menos estaba bien. Apoyó una palma en el suelo y la otra en el tronco que lo sostenía, comenzando a analizar la energía que lo rodeaba. Era sumamente variada, versátil, veloz, colorida y… y a la vez todo parecía ser uno solo. No era de esperarse menos en un sistema tan puro como lo era un bosque intacto. Perfecto. Solo un poco de aquella fértil energía bastaría para deshacer el dolor y curar provisoriamente su herida. No era médico, pero había tenido que ayudar a más de un compañero accidentado. Sería suficiente hasta salir de aquel lugar, se dijo mientras sentía como su hueso se acomodaba bajo sus dedos entrelazados. La energía se sacudía con fuerza en su cuerpo y le hacía cosquillas debajo de las costillas, bajo los pies y detrás de las orejas.
Ya estaría listo para continuar. Sólo tenía que caminar en línea recta, ¿cierto? Supuso que esa era la ruta que había tomado Miguel volando. Si de verdad había decidido irse solo, Martín llegaría hasta el siguiente lugar poblado y pagaría una carroza. La gente podrá decirle si vio a un alado pasar volando o si habían oído algo.
No obstante, ese era solo su plan B. Sinceramente, Martín no creía que fuera así y por una razón muy sencilla. El bosque era gigante. No importaba que fuese volando, Miguel jamás cruzaría esa distancia. Tenía alas sumamente fuertes, pero su aguante era pobre y, tal como dijo Manuel, Martín había visto que la extensión del bosque no era de subestimarse. Miguel tenía que haber aterrizado en algún lado y en eso haberse calmado. Si no volvió hasta entonces a la mansión, no podía ser nada bueno. Al menos eso le decía su intuición. Tincho nunca había sido una persona muy de seguir su instinto sin pensárselo dos veces. Le hacía caso, pero también se detenía a contemplar la situación en función de su propio beneficio. No era tan estúpido ni impulsivo como lo pintaban los envidiosos. Sin embargo, desde que despertó aquella mañana, un sentimiento incómodo y desagradable pesaba en la boca de su estómago y no había sido capaz de deshacerse de él.
Se puso de pie, sintiendo aún los residuos del dolor mantenerse, mas eran fáciles de ignorar. Su pierna se movía sin resistencia alguna y el pie pudo sentarse con confianza en el piso. Era hora de seguir caminando, así que caminó, pero...
Martín no sabía cuánto había pasado caminando dizque en línea recta, pero cuando pasó por quinta vez por aquel árbol que parecía un hombre retorcido, su paciencia llegó nuevamente a un límite.
-Me perdí -susurró para sí y apretó los puños-. No… No puede ser...
Apretó los párpados y se sobó la sien, mirando luego al cielo, pero era inútil tratar de ver algo decente. A su alrededor ya estaba casi completamente oscuro y de no ser porque la energía en ese bosque parecía ser tan infinita como sus dichosos laberintos, Martín ya estaría deambulando a ciegas. Decidió treparse en uno de los árboles más robustos que halló a su alrededor. Empujando ramas y hojas, fue avanzando en la arboleda, buscando el cielo, hasta que finalmente logró atravesarla. Estaba oscureciendo, y si bien aquello no era precisamente el mejor panorama, tampoco era su mayor problema. No importaba en qué dirección mirara, no hallaba el fin del bosque. No veía el mar, no podía ver dónde estaba la casona de los González, ni el hueco por el que debería pasar la carretera que atravesaba el bosque. ¡Ni siquiera podía ver dónde se ponía el sol! Todo parecía una sola masa uniforme, sin huecos, sin fin: un océano verde que lentamente se tornaba negro.
Cuando volvió al suelo, Martín supo que jamás en su vida había estado tan perdido como en ese momento. Se sentó en el suelo. Sabía que estaba más seguro pasando la noche en un árbol, pero de alguna manera no halló la forma de levantarse más. La energía que lo rodeaba no disminuía ni un solo segundo, sino que cada vez la sentía pulsar más fuertemente, envolverse más y más y más…
Despertó a causa del frío. Y tal vez por algo más. La energía era la misma aún, nada había cambiado en ella, pero Martín podía sentir algo más en la cercanía. Algo acechando. Miró a su alrededor, pero estaba rodeado de oscuridad absoluta. ¿Qué tan peligroso sería iluminar su cuerpo en un momento así? Podría atraer animales salvajes, pero no hacerlo también lo exponía a ser atacado totalmente por sorpresa. Decidió hacerlo. Observó su entorno una vez más, no descubriendo na…
-¡MIERDA!
El mago se puso de pie de un salto y retrocedió trastabillando, evitando solo por un pelo a la enorme bestia que se había lanzado sobre él. ¿¡Qué rayos era aquello!? ¡Parecía una especie de lobo con porte de león! El animal no le dio ni tiempo para reaccionar y saltó tras él. No pudiendo ni gritar, Martín echó a correr entre los árboles. Al menos aquel lugar angosto no le permitía a aquella criatura correr tan hábilmente como él, si bien un vistazo sobre su hombro le mostró que esquivaba bastante bien los árboles. Maldijo para sus adentros, sabiendo que debía subirse a un árbol y ya. Pero debía lograr ganar tiempo para que no lo atrapara a mitad de camino. Maldición, no tenía ni tiempo para pensar en alguna buena escapaba por medio de magia. Volverse invisible era inútil, dudaba que ese animal no lo oliera, y desaparecer no era factible si no podía visualizar en dónde aterrizar. Moriría más rápido por medio de su propia magia que en las garras del animal. Afortunadamente, sus pies no tropezaron y, sin pensarlo, Martín saltó por encima de un arbusto.
De golpe, el suelo desapareció bajo sus pies. El mago profirió un grito horrorizado cuando cayó por su propio peso, deslizándose una pequeña cuesta. Creyó oír el rugido del león o lobo a sus espaldas y su respiración en su mismísima nuca. Rodó descontroladamente hasta detenerse otra vez de golpe, estrellándose dolorosamente contra un tronco. Soltó un quejido lastimero e intentó levantarse, cuando de pronto, se quedó helado. Se sentía rodeado y el animal volvió a rugir, pero entonces, inesperadamente, su alrededor se iluminó.
-Está bien, estás a salvo.
Martín pestañeó repetidas veces, teniendo que acostumbrarse de nuevo a la repentina luz que chocó contra su rostro. Vio piernas y pies moverse a su alrededor y entonces una mano extenderse hacia él. Alzó la vista y achicó los ojos, tratando de reconocer quién le hablaba. Un hombre de unos aparentemente cuarenta años, de rostro curtido pero amable le sonreía. Volvió a parpadear, sumamente confundido, y un hombre más entró en su campo de visión. Sujetaba una antorcha y lo miraba con curiosidad.
-Un forastero -oyó una tercera voz.
-¡Un humano! Estaba siendo cazado por el aullador.
Decidió tomar la mano que le era ofrecida y se levantó, sintiéndose aún adolorido.
-El animal… -comenzó diciendo, pero el sujeto que le había hablado primero negó con la cabeza.
-Tranquilo, lo espantamos. Te dije, estás a salvo.
No supo qué decir, apenas logró balbucear un gracias muy, muy descolocado y confundido. Cuando el grupo de personas, de las que solo podía ver lo que alumbraban las antorchas, comenzó a moverse, se dejó llevar con ellas. Caminaron apenas unos veinte minutos cuando llegaron a lo que parecía un campamento o incluso un pequeño pueblo. Miró todo muy extrañado y sorprendido, agradeciendo nuevamente cuando fue invitado junto a la fogata y le fue ofrecida comida. Estaba famélico y lo recordó ni bien dio el primer bocado. Tenía muchas preguntas, pero no llegó a decir nada más hasta haber saciado su hambre. Varias personas se sentaron junto a él, rodeando la fogata y mirándolo curiosos y hasta divertidos.
-¿Qué es esto? ¿Quiénes son ustedes? -preguntó mirando de uno al otro, quedándose finalmente en el que mayor se veía.
Este le sonrió apenas, acercándose un poco.
-Somos la gente del bosque. No tenemos otro nombre, no lo necesitamos -respondió con voz rasposa y parsimoniosa, como la de alguien que ya traía demasiados años encima.
Martín alzó ambas cejas.
-¿Viven en este bosque? Pero me dijeron que nadie habitaba estos bosques. O algo así.
-Sí, nadie vive aquí -dijo el anciano con calma-. No somos nadie y es mejor así. Si alguien no existe, no puede ser atacado, no debe rendir tributos ni impuestos. Los nobles de estas tierras simplemente fingen que no saben de nosotros y eso hace ya muchos años.
-¿Los González? -cuestionó Martín con cierto recelo y el viejo asintió.
-Esos mismos. Se puede decir que estamos bajo su cuidado al no ser reportados en ningún censo.
El mago lo miró incrédulo. Bueno, de alguna manera vivir en un lugar así, lejos de toda opresión sonaba ciertamente utópico en un mundo como el suyo. ¿Pero por qué los González ocultaban a aquellas personas? ¿Era eso algún tipo de altruismo? Cuando pensaba en Manuel, le costaba creerlo.
-¿Y bien? -interrumpió el sujeto que se encontraba a su otro lado-. ¿Quién eres tú? ¿Qué hace alguien cruzando el bosque infinito a pie y solo? ¿Es que nadie te advirtió que es imposible si no conoces el lugar?
-Sí, me dijeron -murmuró Martín con una mezcla de vergüenza y orgullo herido-. Me llamo Martín Hernández y…
Dudó por un segundo, inseguro si revelar su identidad. Debería mentir, dudó que Miguel y su familia gozaran de mucho prestigio entre esa gente. Por otro lado... los ojos de aquel anciano le advertían de no mentir, de no intentar ocultar algo en un lugar tan puro. Tragó.
-...s-soy el mago de Miguel Prado, heredero de Casa Prado.
Varias exclamaciones hicieron la ronda alrededor del fuego y su cuerpo se tensó, esperando que en cualquier momento lo ataran o lo echaran del lugar. Mierda, ¡tal vez hasta lo matarían por poner en peligro el secreto de su existencia! Murmullos no se hicieron de esperar.
-¿Casa Prado? -exclamó el que había preguntado, mirándolo asombrado, sorprendido y asustado.
-Así que un mago -musitó el anciano, quien, opuestamente, seguía calmo-. ¿Y por qué te perdiste en el bosque?
Martín se removió incómodo en su lugar y trató de reír.
-Es una historia algo larga. Mejor dicho, algo tonta -farfulló-. Estaba buscando a mi señor. La noche pasada abandonó Casa González y no ha vuelto a la mañana y yo… decidí ir a buscarlo.
Juraría haber escuchado un "un perro fiel entonces" por algún lado, pero no vio a nadie moverse ni hablar más. El anciano lo observaba pensativo, poniéndose de pie finalmente.
-Deberías descansar. El bosque es un lugar grande y engañoso, además tu pierna tiene una pinta terrible -dijo con voz firme y Martín no se atrevió a negarse, imitándolo-. Sígueme.
Martín echó una mirada a la ronda de personas junto al fuego y agradeció apresuradamente por la comida antes de seguir al viejito. Un hombre más se puso de pie, siguiéndolos, y Martín lo reconoció como aquel que le había dado la mano en el bosque. Había pensado que se trataba del líder, dado que fue quien guió al grupo que lo había encontrado.
-Puedes dormir en mi hogar -le ofreció el hombre y Martín asintió-. Soy Amuyen.
-Gracias -respondió Martín en voz baja-. Te debo ya más de una...
El sujeto le sonrió y junto al anciano lo guiaron a una de las tiendas. Cuando finalmente pudo recostarse en un grueso tapiz que al parecer servía de cama, Martín no pudo sentirse más agradecido. El anciano inspeccionó su pierna y tras un par de murmullos y de aplicar hierbas, la vendó y le indicó que la tuviera quieta, que probablemente al día siguiente podría seguir caminando sin problema.
-¿Es usted un chamán? -se apresuró Martín a preguntar tras agradecer nuevamente.
El anciano apenas curvó los labios.
-Supongo que sí, aunque a veces también me las doy de brujo.
Sin más, el viejo se despidió y lo dejaron dormir. Creyó primero que le sería imposible conciliar el sueño, pero antes de darse cuenta, Martín había quedado totalmente noqueado por el agotamiento tanto físico como mental.
La mañana llegó con gorjeos alegres que sonaban armoniosos a pesar de que no había dirigente alguno que le dijera a los pájaros cómo y cuándo cantar. Era maravilloso de alguna manera, aunque Martín no lo veía del todo así. Más bien, le habría gustado poder dormir aunque fuese media hora más. Estaba exhausto aún y dormir casi sobre el suelo no era una de sus actividades favoritas. Agradecía de corazón la hospitalidad de aquella tribu, pero su estilo de vida prácticamente espartano no era lo suyo.
No debía ser muy temprano, la luz aún era escasa. Sabía que los días ahí en el sur no empezaban con el alzarse del sol, sino mucho antes, por lo que poco le sorprendió ya oír voces afuera de la tienda. Era obvio que la gente de la tribu ya estaría levantada hace horas. Se puso de pie y fue en busca de su anfitrión.
-Buenos días -lo saludó Amuyen con una sonrisa amable y lo invitó a sentarse junto al fogón-. Asumo que tienes hambre.
-Inhumana -murmuró Martín y se rió bajo, agradeciendo la comida que le fue ofrecida.
Mientras tragaba el pan y tomaba el vaso de leche tibia, su mente trató de reconstruir el sueño que había tenido aquella noche. Había soñado con sus primos, pero no recordaba bien qué había sucedido, qué hicieron o qué dijeron. Tratando de rememorar pudo oír la voz de Sebastián repitiendo líneas de su última carta. "Creo que un día volveré a casa y no la encontraré si las lluvias siguen de esta manera" había dicho y Martín se había reído. Ahora que lo recordaba, Daniel había estado extrañamente callado en su sueño y solo lo miraba…
-¿Está bien?
-¿Eh? -el mago alzó la mirada, perdido al ser traído tan repentinamente a la realidad-. ¿Perdón?
-Que si está bien si me acompañas a ver a Antilef -repitió Amuyen y Martín enarcó una ceja-. El anciano. Le gustaría conversar contigo antes de que partas. Porque asumo que partirás pronto si estás buscando a tu amo, ¿no?
-Ah, sí -Martín asintió-. Sí, me gustaría hablar con él también.
-Perfecto.
El sujeto se puso de pie y una mujer joven, pero cuyo rostro ya tenía primeros indicios de arrugas, entró al lugar, saludando educadamente a Martín. La recordaba vagamente de la noche anterior, juraría que fue ella quién le había dado de comer. El hombre de la casa, su esposo aparentemente, le indicó que saldrían y Martín se puso de pie apresuradamente, despidiéndose de la mujer. Los dos hombres salieron de la tienda y Martín se puso junto a Amuyen, caminando a su lado.
-¿Y por qué el viejo quiere hablar conmigo? -quiso saber el rubio y su anfitrión lo miró de reojo.
-Tienes cara de tener muchas preguntas -respondió divertidamente-. O al menos eso dijo él. Aunque yo pienso lo mismo.
Martín volvió a asentir.
-Pues sí, tengo algunas preguntas. Me gustaría saber más sobre los González y ustedes -admitió en voz baja-. Me sorprendió un tanto.
-Es comprensible -le sonrió y asintió-. Es raro que unos alados nos tomen bajo su cuidado, ¿no? No nos protegen directamente, pero nos hacen un gran favor al dejarnos vivir en paz y sin deberle nada a nadie.
-¿Entonces no les deben nada por protegerlos? -indagó el mago y el chico negó con la cabeza.
-Hasta donde sé no. Nuestra gente lleva muchas décadas viviendo aquí y nunca los vimos como nuestros señores. Yo supongo que para ellos es simplemente más conveniente no meterse al bosque.
-Yo no lo vería así -replicó Martín serio-. Desde el punto de vista de un alado, esto es muy torpe. Un bosque como este es ideal para amparar una rebelión de números muy elevados.
-Oí que así lo hicieron en la última gran rebelión, aunque mi padre dice que nunca llegaron a interactuar con ellos. Habría sido romper la tregua con los González y era muy riesgoso. Pero los alados también llegaron a saber que se escondieron aquí -respondió su nuevo amigo-. Por eso vigilan que nadie entre. Está prohibido, ¿no sabías?
Oh. No, no tenía idea. Martín soltó una risotada y negó con la cabeza.
-Vaya a dónde me vine a meter -murmuró, pero no se sentía preocupado ni nada por el estilo.
La energía de aquel bosque realmente le hacía bien.
Continuaron caminando hasta alcanzar el centro de la tribu y Amuyen lo guió a la tienda de Antilef. Martín entró apartando el pesado cuero que cubría la entrada, mirando curioso a su alrededor. El anciano se encontraba sentado en una estera, bebiendo de un pequeño contenedor. Al verlos, alzó la mirada y se carraspeó:
-Ah, buenos días -saludó con voz calmada, poniéndose de pie-. Ven, sentémonos afuera que no tiene caso desperdiciar las horas de luz.
Martín asintió, siguiéndolo. Los dos hombres se sentaron en un viejo tronco frente a la tienda y Amuyen se despidió de ellos, partiendo hacia el bosque. Martín lo vio alejarse, recordando lo más importante que debía preguntar.
-Me dijo que quería hablar conmigo -comenzó educadamente y el viejo asintió-. ¿Me permite preguntarle algo?
-Adelante.
-¿Su gente conoce la totalidad del bosque?
El viejo alzó ambas cejas.
-Claro que no, no seas ridículo -dijo casi riendo-. El bosque es demasiado grande como para que alguien lo conozca en su totalidad. Además, solo nos movemos en esta pequeña zona que pertenece a los González.
-Parecen respetarlos mucho -murmuró Martín y el viejo se encogió de hombros.
-Son buenas personas dentro de lo posible. Y una familia de código. Era apenas un jovenzuelo cuando la tregua fue hecha, pero los recuerdo bien
-¿No piensa que podrían haber cambiado?
-De haberlo hecho habrían venido a buscarnos -alegó el anciano-. ¿No crees? Además, ¿qué beneficio podrían encontrar en este bosque salvaje?
Martín asintió apenas, pensativo.
-Aparte de energía, no hay nada más de valor que se obtenga sin demasiado sacrificio -murmuró bajo-. Y los alados no atesoran energías mágicas. Los pondría en desventaja.
El anciano sonrió y asintió.
-Eso mismo. Eres un chico perspicaz, ¿eh?
Martín se rio y se encogió de hombros, sintiendo su ego inflarse. Vamos, que lo sabía, pero es lindo cuando te lo dicen, ¿no?
-Supongo que por eso fui escogido como mago asistente del heredero -suspiró y miró hacia arriba, notando que incluso ahí el follaje apenas dejaba ver el cielo completamente-. Y hablando de él, ¿no puede decirme entonces cómo hallarlo?
-Puedo a lo máximo decirte como volver al sur -contestó el anciano con tono pesaroso-. ¿Estás siquiera seguro que tu amo se encuentra aquí?
Martín se mordió el labio, volviendo a mirar al viejo.
-¿La verdad? No tengo idea -confesó y el señor se rio entre dientes.
-Ustedes jóvenes siempre actuando sin tener un plan -musitó-. ¿Entonces qué pretendes hacer?
-No sé -murmuró Martín y se sobó la sien-. Podía buscarlo con un hechizo rastreador, pero no tengo ningún objeto suyo y ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo vi como para extraer su energía de mi propio cuerpo…
Se interrumpió casi de golpe, como atorándose con sus propias palabras. Mierda, este viejo era un chamán o brujo, ¿cómo no pensó antes en que entendería qué significaba eso? Pero Antilef ni se inmutó, por lo que su cuerpo volvió a alejarse.
-Y eso -farfulló-. No sé qué hacer.
-Podrías preguntarle al bosque -replicó el anciano con soltura y Martín alzó una ceja.
-¿Al bosque? -cuestionó-. O sea a sus energías… ¿no?
El viejo solo se rio.
-Pregúntale al bosque -insistió y antes de que Martín pudiera protestar, continuó explicando-. Vamos, eres un mago, ¿qué sientes?
-Siento muchas energías… y a la vez es como una sola -describió lo que percibió desde el momento en que se adentró a aquel lugar-. Yo supongo que el ecosistema es tan armonioso que sus energías se entremezclan sin el más mínimo problema.
-Entonces no te has concentrado lo suficiente. ¿Qué es eso de ecosistema? Deja de hablar patrañas -lo regañó el viejo y le golpeó la pierna sana con su bastón-. Esa energía que describes como una sola es una sola. Es la energía del bosque. Todo lo demás son energías menores que se alimentan de la principal, como plantas trepadoras. Es así como los bosques nacen.
-Eso… eso es ridículo -resopló Martín sobándose la pierna-. Un bosque no puede tener una energía propia. El bosque se compone de miles de seres vivos y de elementos naturales que tienen una energía.
-Pues entonces retiro lo que dije sobre ti, claramente desperdicias tus talentos -renegó el viejo-. Aunque no te culpo, es típico de los magos. Siempre tan racionales, no es de extrañar que no logren ver más allá y sean vistos como los más débiles.
-No somos los más débiles -protestó Martín ofendido, frunciendo el ceño.
-¿No? -inquirió el viejo-. ¿Entonces te enseñaron a tratar con energías espirituales?
-Las energías espirituales son distintas a las contenidas en cuerpos físicos.
-¿Así que eso es lo que les enseñan?
-Nos enseñan que hay tres tipos de energía: las físicas, las no físicas y las espirituales -recitó Martín las enseñanzas que tan fuertemente había internalizado-. Últimamente se ha estado hablando de una cuarta, la mental, pero es un campo sin explorar aún.
-¿Y las energías no físicas qué son?
Martín lo miró de lado, no gustándole mucho su tono de profesor de primaria, pero aun así respondió:
-Energías contenidas en masas y energías físicas, tanto seres vivos como objetos inertes -continuó repitiendo sus enseñanzas-. ¿A dónde quiere llegar?
-Ya vas a ver -el viejo Antilef sonrió con cierta travesura brillando en sus ojos-. Continúa explicándome lo que son las energías espirituales.
-Son un tipo especial de energía que reside solo en seres vivos. Los magos y hechiceros no nos metemos con esas porque no las comprendemos y podríamos alterar un orden transcendental que desconocemos. Cada vez que alguien que no sea un chamán intentó apoderarse de ellas, cosas malas sucedieron. No tenemos esa habilidad, aunque hasta donde sé, ni siquiera todos los chamanes pueden manejarlas directamente, solo las contemplan.
El viejo asintió.
-Estás bien informado -concedió-. Las energías espirituales no son fáciles de dominar, son frágiles y tienen una voluntad propia, no son meras energías manipulables y por eso son distintas. Un chamán común podría a duras penas manipular la propia, lo cual no tiene mucho sentido. ¿Para qué cambiarías tu propia esencia?
Martín se mordió el labio, notoriamente frustrado.
-Sigo sin entender a qué va toda esta charla.
-Bueno, nos fuimos algo lejos ahora, pero lo característico de las energías espirituales es que solo se manifiestan en seres vivos. Como mago no puedes interactuar con ellas, pero puedes distinguirlas como mínimo. ¿Acaso no has notado que la energía principal del bosque es diferente?
El mago guardó silencio durante varios segundos, analizando tanto las palabras del viejo como el ambiente que lo rodeaba y sus energías. Era verdad que aquella energía global, como era que la había decidido llamar Martín, era curiosa. No se había atrevido a tocarla directamente, sino que durante su estadía, había solo absorbido energía directamente del suelo o de las plantas, así como no se había detenido a inspeccionar en detalle la energía que estaba en todos lados, pero ahora que lo hacía, junto con las palabras de Antilef, la imagen que trababa de solucionar poco a poco se volvía más nítida.
-Es una energía espiritual -susurró-. Espera, eso no puede ser… ¿Está implicando que el bosque es un ser vivo? Eso…
-¿Eso no tiene sentido? -el viejo se rio-. Ay, magos…
El rubio se mordió el labio y resopló bajo. Bien, no podía refutar la existencia de aquella energía, pero eso no significaba que fuera del bosque mismo.
-¿No será un espíritu que habita en este bosque?
-Claro que no, el bosque es un ser vivo con cuerpo físico -respondió Antilef como si fuera obvio y poniéndose irritado-. ¿Qué? No me mires así. No te estoy diciendo que utilices la energía espiritual del bosque, pero sí que interactúes con él directamente. Como con una persona, ¿entiendes?
Martín rodó los ojos.
-Bien, suponiendo que existe ese espíritu, asumo que su solución es que me comunique con él y pregunte por el paradero de Miguel, ¿no? Pero olvida un pequeño detalle.
-¿Y ese sería?
-No soy un chamán, soy un mago. No me comunico con espíritus.
Antilef le restó importancia al asunto con un gesto de la mano.
-¿Y los magos no pueden ver los recuerdos de otros seres vivos?
-Es un hechizo difícil -murmuró Martín un tanto tenso-. Más si tengo que invocar los recuerdos de un territorio. Es algo que nunca se hizo.
-Mentiras. Y tienes suficiente energía a tu disposición, solo procura no tocar la energía espiritual y estarás bien -el anciano se puso de pie-. Ven, te mostraré una laguna que puede servirte.
-¿No puede hacerlo usted por mí? -masculló Martín-. Usted sabe de qué habla…
-Yo no le hago la tarea a nadie -negó Antilef-. Y además te estoy haciendo un mayor favor así. Ya apúrate.
Martín se puso de pie, caminando a su lado un tanto seguro. ¿Esa era la solución? ¿Hablar con un espíritu que para empezar no había ni notado? No obstante, si Miguel había entrado en el bosque o si lo había siquiera sobrevolado, este podría darle la respuesta. Sospechó que no tenía más opción que creerle al viejo y seguirlo. Miguel le iba a deber una grande cuando se reencontraran.
