9. Recuerdos
Era temprano aún y el agua de la laguna estaba inmóvil, reluciendo uno que otro refulgir cuando el sol lograba colarse entre el follaje y llegar hasta su superficie. Los reflejos de diamantina brillaban como constelaciones de verano, si bien el frío que lo rodeaba le recordaba dónde se encontraba. Martín lo contemplaba en silencio, concentrado en las ondas que ocasionalmente se generaban cuando una hoja caía en la laguna. Podía sentir perfectamente cada vibración que aquello emitía, podía sentir el movimiento y a la vez la calma absoluta que emanaba de aquel lugar. El agua era conocida por sus cualidades canalizadoras, considerada medio universal, y aquellas aguas eran puras, cristalinas y totalmente transparentes, sin nada que pudiera alterar la energía que Martín trataba de captar e interpretar. Las hojas y ramitas que flotaban en ella no obstruían el flujo puro ya que sus respectivas energías eran muy débiles a comparación de la fuerte corriente viva que emanaba aquella fuente. Muy en contra de sus creencias y convicciones, tenía que aceptar que efectivamente aquella era una energía espiritual y que, por ende, estaba conectada a un ser vivo. Un ser con el que tenía que comunicarse. Cerró los ojos, tratando ahora de percibir la energía únicamente con su sexto sentido, tratando de descifrarla, de captar su tono y lentamente... poco a poco… de a pocos darle una forma...
Y nuevamente, nada.
Frustrado, abrió los ojos y maldijo entre dientes.
A estas alturas ya se sabía que Martín había escapado y Miguel seguramente estaba o en su casa o buscándolo al haberse regresado a Casa González y descubierto que su mago no se hallaba. Y él estaba perdido en el bosque, tratando de sacarle una conversación, pensó frustrado. Podía volver en cualquier momento donde los González, pero en caso de que Miguel no estuviera ahí, podía encontrarse con reprimenda incluso si no eran sus patrones. Seguían siendo alados, después de todo.
Ciertamente había pensado que sería más fácil. Sí, dijo que era un hechizo difícil y era consciente de que acceder a los recuerdos de alguien a quien ni se percibía completamente sonaba casi imposible, pero Martín nunca en su vida había tenido mayores problemas para dominar cualquier acción que le fuera enseñada. Sin embargo, había pasado todo el día anterior luchando con concretizar al ser del bosque, tratando en vano de darle una forma y una vida a la energía que sonaba a su alrededor. Era todo tan abstracto y en ningún momento pudo sacarse de la cabeza la voz altiva de Antilef repitiéndole con sorna "magos, siempre tan racionales, no logran ver más allá". ¿Ver más allá de qué? Martín podía percibir con sus seis sentidos energías míticas que el humano común no era capaz ni de sentir con uno. Podía sentir el temblor cuando lo tocaban, verlas cuando llenaban una estancia, oír el zumbido que producían, oler y hasta saborear sus distintos sabores, y ni hablar del hecho de que podía manipularlas como a un miembro más de su cuerpo. Pero esto, esto ya era ridículo.
Toda la charla sobre energías con Antilef el día anterior le había traído muchos recuerdos de la escuela, días que recordaba sin pesar en vista de que siempre le había ido bastante bien, siempre había sido popular y había estado resguardado por la inocencia infantil. No obstante, ahora que se ponía a meditar más en ello, le enojaba un tanto haberse dejado adoctrinar tan ciegamente. La opción de instruirse más profundamente en las distintas artes de las energías (o mágicas, como las llamaban los alados en un intento muy acertado de frivolizarlas) estaba fuera de alcance para cualquier humano que viviese dentro de la sociedad, tanto en el sur, en la comunidad del Río de la Plata, como en los Extremos del Norte. Si tan solo pudieran tener la libertad de conocer más de sus habilidades, más de sí mismos...
-¿Y? ¿Cómo va todo?
Martín se volvió, encontrándose con la sonrisa de Amuyen. El hombre terminó de acercarse a él, sentándose a su lado. El mago suspiró y dobló las piernas, apoyando los codos en sus rodillas, mirando irritado hacia la laguna. Las vibras míticas que esta expulsaba comenzaban a molestarle y a saturarlo, sintiéndose como las cosquillas molestas de cuando un miembro se te duerme o la picazón que queda en la mordida de un mosquito. Amuyen dejó un pequeño bulto envuelto en cuero a su lado y Martín lo tomó, hallando comida. Sin dudarlo, comenzó a comer, estaba muerto de hambre.
-Mal -masculló sin ganas y su amigo soltó un silbido.
-Eso veo. ¿Ni cerca?
-Nada -se quejó Martín-. Simplemente no puedo comunicarme con alguien de quien no creo ni que existe.
Amuyen se encogió de hombros.
-Entonces mejor déjalo.
-No puedo, necesito respuestas. Necesito saber qué hacer -murmuró Martín-. Y te lo dice alguien que usualmente toma sus decisiones solo.
-¿Tanto así? -Amuyen lo observó de reojo antes de volver a mirar hacia el agua-. ¿Tan desesperado estás por encontrar a tu amo?
-Algo… Miguel es un tanto torpe, podría haberle sucedido algo.
Amuyen soltó una carcajada y negó con la cabeza.
-Nadie habla así de un amo.
-Yo lo hago. Y Miguel no es tanto mi amo. O sea, de que lo es lo es, pero tenemos un mejor trato. Somo amigos si así lo querés.
-Entiendo -respondió bajo y suspiró-. Entonces mejor no te molesto más.
Se volvió a poner de pie y se sacudió las hojas secas adheridas a su vestimenta.
-Por cierto -se detuvo una vez más-. A veces es bueno abrir un poco más la mente… Aceptar que nadie posee la verdad absoluta.
Le dedicó otra sonrisa más y emprendió su camino de regreso a la tribu. Martín se quedó mirando hacia los arbustos entre los cuales desapareció y luego de nuevo hacia la laguna. Terminó de comer y suspiró, masajeándose la cabeza.
¿Acaso lo había llamado cerrado de mente?
Tras esperar unos segundos, se puso de pie también y caminó hacia el borde de la laguna. La superficie de esta reflejaba su silueta oscurecida. Echó un vistazo por encima de su hombro y volvió a mirar el agua, procediendo finalmente a quitarse los guantes sin dedos que siempre utilizaba cuando se encontraba al exterior. Una mirada más a su alrededor y una inspección de las energías más próximas, y Martín procedió a desvestirse completamente. Dejó todo doblado a un lado y se puso de pie, tomando aire. Apretó los labios y, antes de poder darle más vueltas al asunto, entró al agua. Avanzó con algo de dificultad, hundiéndose más y más. El suelo era fangoso, sus pies se hundía en él y podía sentir como el barro energía entre sus dedos. El agua estaba imposiblemente helada y la energía sumbaba fuertemente en sus huesos y en sus músculos. Tragó y trató de relajarse, queriendo llegar hasta el centro. Era difícil en ese frío. Poco antes se detuvo, inhalando profundamente.
-Abrir la mente… Nadie es dueño de la verdad absoluta, ¿eh? -jadeó entre riendo y casi maldiciendo, tiritando-. Pero vos tenés que saber qué sucede dentro tuyo.
Y apretó los párpados y se sumergió, nadando bajo el agua para avanzar más. Notó que el centro de la laguna era muy, muy profundo. Mantuvo los ojos fuertemente cerrados, tratando de dialogar con la energía que lo envolvía por completo. Le pareció ver colores, pero apretó más los párpados y trató de oír algo, de sentir algo…
Salió disparado y tosiendo, jadeando por aire y puteando para sus adentros. Inhaló largamente, degustando el limpio y helado aire sureño que penetraba sus pulmones hasta lo más profundo, como dagas filudas. Se pasó las manos por el rostro, sacándose el exceso de agua de los ojos y miró a su alrededor. Movió los brazos para no hundirse, buscando ubicarse.
-¿Debería intentarlo una vez? -preguntó al aire y miró hacia las arboledas que lo cubrían.
Se estaba congelando, preferiría salir del agua y secarse lo más rápido posible, pero aquel había sido su intento más desesperado. La idea de no saber en dónde andaba Miguel metido no lograba dejarlo en paz, lo perseguía como una mala conciencia y salirse del agua solo lo haría sentirse peor. Claro que no era su culpa que Miguel desapareciera, pero él era su mago, ¿no? ¿De qué le servía si no podía ni encontrar a su amo? ¿Qué podía hacer Martín si no podía ni cuidar de la persona a la que amaba? Apretó los puños y tomó una gran bocanada de aire, cerrando los ojos y sumergiéndose. El agua volvió a vibrar a su alrededor y la energía estaba ahí. Podía sentir que no era solo la espiritual esta vez, era la no física. ¿Dónde estaba entonces el ser y sus memorias? ¡Tenían que estar ahí! Poco a poco, Martín volvió a quedarse sin aire y su frustración le pesaba como una sensación desagradable en el vientre. No del todo seguro, decidió volver a subir a la superficie. Se estaba quedando sin aire de nuevo,sabía que debía salir, pero entonces abrió los ojos y en ese momento, su cuerpo entero se paralizó.
Frente a Martín, un bosque infinito se extendía a sus pies y a la vez, árboles tan grandes como picos nevados lo rodeaban. Se volvió sobre sí mismo, jadeando asombrado al ver animales cruzarse frente a él. "Estos deben ser sus recuerdos" pensó para sí mismo, boquiabierto. Lo había logrado. ¿Lo había logrado, verdad?
El suelo bajo sus pies comenzó repentinamente a vibrar y Martín miró a su alrededor, confundido. Un venado salió brincando de un arbusto y corrió a través de él, seguido inmediatamente de una horda de distintos animales, todos corriendo en la misma dirección. Antes de que pudiera preguntarse qué rayos había sido aquello, llamaradas lo envolvieron y gritos se oyeron. Una flecha lo atravesó y un soldado profirió un alarido, cayendo al suelo para ser aplastado por sus compañeros que huían despavoridos del fuego. Su corazón casi se paraliza cuando en medio del fuego, soldados de distintos uniformes se lanzaban unos contra otros, sembrando muerte a diestra y siniestra.
Apretó los ojos, trastabilló y gritó. La temperatura a su alrededor pareció descender nuevamente y cuando abrió los ojos, se halló rodeado por un campo de batalla destruido, totalmente calcinado hasta el suelo y cubierto por cadáveres mientras que más soldados patrullaban por encima de ellos.
-¡Denle muerte a todo soldado que aún respire! -vociferó un hombre con uniforme de general, alzando la espada y bajándola con un movimento veloz y mortal.
Martín gritó horrorizado, olvidando que aquello era un recuerdo y brincó hacia atrás. El recuerdo se desvaneció inmediatamente.
Sus manos temblaban y apenas podía respirar, jadeando entrecortadamente hasta que notó que el humo había desaparecido. El bosque estaba nuevamente verde a su alrededor, pasto crecía mansamente bajo sus pies y aves anidaban en las copas de los árboles. Parecía que era primavera. Soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello. ¿Qué recuerdo había sido aquel? Una batalla, claramente, pero Martín no recordaba haber leído de ninguna batalla en el bosque de los laberintos infinitos. ¿Por qué había humanos luchando contra humanos? ¿Eran los soldados de los alados? ¿Pero por qué no había ningún líder alado al frente, sobrevolándolos? Se preguntó si su enciclopedia contendría algo sobre aquello…
-¿Falta mucho? -aquella voz lo sacó de sus pensamientos y se volvió, encontrándose con dos personas que caminaban hacia él.
Se trataba de dos hombres de mediana edad, altos y muy fornidos, claramente guerreros de muchos años y batallas, acompañados por un muchacho adolescente. El chico trotaba ligeramente para seguirles el paso y no quedarse atrás, y Martín no se explicaba cómo había hecho el repentino salto.
-¡Ya casi llegamos! -exclamó uno de los mayores-. El campamento debe estar acá cerca. Hay ya mucha gente ahí, así que es imposible que no lo hallemos...
Quiso seguirlos, pero ni bien dio un paso, su entorno volvió a transformarse y se halló en la tribu que lo había acogido. La pudo reconocer sin problema alguno, incluso vio al viejo Antilef sentado en su tronco frente a su casa.
-Sí, oí de unas islas al sur -musitó una voz conocida y Amuyen apareció de atrás suyo, atravesándolo en compañía de otro hombre, vestido de manera distinta a la de la gente del bosque, más como un sirviente de alados-. Puedes llegar hasta el borde del bosque y seguirlo, tengo entendido que llegarás al mar en algún momento. Tú y tu familia estarán bien, solo procuren construir un buen barco.
-Creí que esas islas al sur… que solo eran leyenda. También oí que están a miles de kilómetros...
-Pues tendrás que correr el riesgo. Si los alados están tras de ustedes, no les queda otra opción. Ellos jamás irían hacia allá. O pueden quedarse aquí.
-Si un solo alado sabe de este lugar, no me fío -murmuró el hombre que lo acompañaba-. Pero muchas gracias por todo.
-No hay de qué, Francisco. Solo tengan cuidado.
El sujeto asintió y Martín entendió que no podía quedarse parado en el mismo lugar. Los recuerdos cambiaban más rápidamente si estaba en movimiento o se quedaría atrapado viendo uno a uno los recuerdos del bosque y no volvería nunca. Apresuró el paso y atravesó múltiples escenarios, cruzándose con distintos habitantes del bosque, distintos tiempos, seres y eventos. Avanzó sin detenerse, frustrándole que ninguno de aquellos recuerdos pareciera seguir un orden cronológico, local o de cualquier tipo en sí.
-Necesito encontrar a Miguel, bosque estúpido -gruñó, girando la cabeza en todas las posibles direcciones.
Vio alas, pero cada vez era otro par que no era el de su Miguel. No eran esas alas blancas, inmaculadas, grandes y majestuosas. Tenía su imagen demasiado engrabada en su mente como para poder alguna vez olvidarlas. Estaba seguro de que, de tener que dibujarlas, podría reproducir hasta la más mínima pluma. Podría incluso pintar la misma suavidad de aquellos copos blancos, el mismo olor a lirios inocentes. Cada curva elegante era completamente suya porque las guardaba con un celo feroz en su memoria...
Se detuvo de golpe al identificar un par de alas idénticas a las que acababa de visualizar.
-¡Agh! -gritó Miguel y Martín se quedó inmóvil de golpe, resistiendo la necesidad de correr hacia él para no perderlo.
Vio al pobre principito caer de entre las ramas hasta el suelo. Una de sus alas estaba extrañamente doblada y supo de inmediato que había tratado de aterrizar pero que había fallado y que el bosque se lo tragó sin piedad alguna. El alado se puso de pie con piernas temblorosas y torció el cuello, tratando de alcanzar a ver su ala herida, mas fue en vano. Volvió la vista a su alrededor, notándose nervioso y asustado, y Martín tragó y cerró los ojos con fuerza.
No necesitaba ver más. Agitó los brazos y apretó los ojos.
Surgió del agua tosiendo violentamente, sintiendo que estaba apunto de ahogarse. ¿¡Cuánto tiempo había estado sumergido!? Miró al cielo, notando que el sol parecía brillar aún desde la misma posición. ¿Se lo había imaginado acaso todo? Dejó que la duda rondara por su cabeza mientras nadaba hacia la orilla, pero cuando caminó los últimos metros donde el agua sólo le llegaba al muslo, estaba convencido: Miguel ciertamente cayó al bosque. Y sabía dónde, había algo en él que le daba la certeza de que sabía a dónde dirigirse.
Tomó su ropa, se secó con su casaca, colocándose los pantalones y su camisa, y echó a correr de regreso a la tribu.
-Señor, estamos listos.
Un hombre de avanzada edad alzó la mirada de unos papeles desgastados pero con tinta nueva.
-¿Toda la tropa?
-Todas las tropas.
-Bien.
Se puso de pie, doblando los papeles y guardándolos en su casaca. Cuando puso los pies fuera de la pequeña y sombría casa en la cual se habían retirado, los soldados reunidos frente a ella se pararon derechos y saludaron al estilo militar.
-Señores, ¡la ciudad es nuestra! -pausó brevemente, sobrevolándolos a todos con la mirada mientras dejaba que los vítores se calmaran-. Pero la guerra apenas inicia. La lucha, nuestra lucha, apenas empezó y no acabará pronto. ¡Pero eso no significa nada! ¡No significa nada porque como tomamos la ciudad, tomaremos el oriente y luego el occidente de la cordillera! ¡Por la libertad humana!
Sonrió complacido, dejando que gritaran en coro.
-¡Por la libertad humana! ¡Por la victoria!
Martín no se quedó ni a comer, sino que partió con un bolso de provisiones, el paso ligero y la mente focalizada. De alguna manera, sus pies sabían perfectamente en qué dirección correr. Él no se lo explicaba, pero era como si al haber visto tantas imágenes del bosque, este ya no le fuera un desconocido laberinto verde. Debió de correr como casi una hora cuando comenzó a distinguir el aura de Miguel cerca, tan distinguible para él. Era imposible equivocarse, conocía demasiado bien aquella energía cálida y blanca, y a más corría, más fuerte la podía sentir.
Miguel se encontraba sentado en una roca, ligeramente encorvado. Sus alas le colgaban flojamente, llegando hasta el suelo, y a Martín le dio un vuelco ver el estado deplorable en que se encontraban, especialmente la derecha. Apresuró el paso, aunque a pocos metros, se detuvo abruptamente. Miguel alzó la mirada sobresaltado, abriendo los ojos sorprendido al verlo surgir tan repentinamente ante él. La imagen ciertamente shockeó al mago, no pudiendo apartar los ojos del conejo muerto que descansaba en el regazo de Miguel, ni de su boca y manos ensangrentadas. El alado rápidamente se pasó la manga por la boca, intentando limpiarse inútilmente.
-¿¡Martín!? -exclamó incrédulo, poniéndose de pie de un salto y dando un paso al frente, y el aludido terminó de acercarse a él-. ¿Pero qué haces a-
Antes de que pudiera terminar su frase, el puño de Martín había arremetido contra su rostro y Miguel retrocedió, casi trastabillando, boquiabierto.
-¿¡Pero en qué mierda estabas pensando!? -bramó el rubio fuera de sí, temblándole los puños y la voz.
El alado, visiblemente poco afectado por el golpe, cerró la boca y desvió la mirada. Volvió a sentarse en la roca y suspiró bajo.
-Lo siento -murmuró apenado y Martín maldijo para sus adentros.
-¿Lo siento? ¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Te das cuenta de la enorme estupidez que hiciste? ¿¡Qué pasaba si yo no te encontraba!? ¿Creíste acaso que ibas a lograr salir de aquí sin volar?
Cuando logró dejar de bombardearlo con preguntas (recriminaciones), solo su respiración agitada se oía. Miguel mantenía la vista apartada de él, claramente sin intención de responder cualquiera de sus acusaciones. Tampoco era que Martín esperara que lo hiciera, no las había lanzado con la intención de recibir excusas. Escupió un improperio y se aproximó a Miguel.
-Dejame ver tu ala -ordenó arrodillándose y escrutando con pena las plumas ensuciadas con tierra y sangre.
Miguel ni se movió y el mago se dispuso a examinar con mayor detenimiento la herida que parecía haber dejado de sangrar, pero que indudablemente era demasiado grande como para permitirle volar. Aun así, no era nada que Martín no pudiera solucionar, mucho menos con una fuente de energía tan grande como de la que disponía de momento. Pasó una mano por debajo de las plumas, ignorando el pequeño sobresalto y la exclamación de dolor que el noble trató de reprimir, y lo obligó a estirar el ala lo más que podía. Que no era mucho. Pensó en lavar la herida, pero no le pareció una buena idea desperdiciar el agua que traía consigo, por lo que se concentró primero en eliminar la suciedad. Una vez que logró eso, colocó su mano derecha en la roca y mantuvo la izquierda sobre la herida. Miguel lo observaba de reojo, no pudiendo resistirse a la curiosidad que Martín siempre suscitaba en él.
-Ya no duele -avisó en un momento determinado y Martín contempló satisfecho la herida cerrada.
-Dame un segundo -pidió y palpó la parcela de piel expuesta, invocando la imagen de sus alas sanas.
Miguel curvó ligeramente las comisuras de su boca al ver como plumas nuevas surgían donde las había perdido.
-Gracias -susurró y Martín se puso de pie, sacudiéndose el polvo, pero Miguel lo detuvo del brazo cuando quiso alejarse-. De verdad…
-No tenés que agradecer algo así, soy tu mago -le recordó Martín, mas Miguel sacudió la cabeza.
-No tenías que venir a buscarme. De hecho… ¿cuántas reglas rompiste para venir acá? ¿Sabes que castigan con pena de muerte a los humanos que tratan de entrar en el bosque?
Martín tragó, pero igualmente forzó una sonrisa de oreja a oreja.
-No, no sabía -musitó y Miguel suspiró, soltándolo.
-No deberías estar aquí -comenzó a decir y cuando Martín frunció el ceño, rápidamente añadió-: Pero estoy feliz de que lo estés.
El mago se mordió el labio y cuando el noble dobló sus alas y las guardó en su espalda, se sentó a su lado.
-Estaba preocupado -admitió a regañadientes y Miguel sonrió, tomando su mano.
-Supongo que por algo has venido, ¿no?
-¿Te vas a burlar en serio? ¿Sos consciente de en qué bosque te tuve que buscar?
Miguel rio bajito.
-Sí, y me sorprende que lo hayas logrado. Y me alivia, claro, mi ala estaba hecha mierda.
Martín rodó los ojos.
-O sea, tampoco debería sorprenderte tanto… -murmuró-. Pero tuve cierta ayuda.
Miguel alzó ambas cejas, mirándolo curioso, y el mago en un par de frases le resumió lo vivido desde el día anterior.
-La conclusión es que Manuel es un pelotudo -añadió al final, no queriendo hablar demasiado de la tribu.
El alado se rio y asintió.
-Pensé que eso era obvio -alegó divertido y Martín le sonrió por fin con sinceridad.
Alzó una mano y rozó su mejilla. Miguel cerró los ojos y se inclinó más hacia aquel contacto, y Martín pudo sentir como su ser se relajaba por completo. Se arrimó más hacia él y lo rodeó con sus brazos, acunándolo contra su pecho. Permanecieron en aquella posición, sumidos en un silencio manso y restaurador. Cuando se cansaron, se recostaron y Miguel se acurrucó y, lentamente, como si le tomara una enorme cantidad concentración, fue sacando una sola ala de su espalda, estirándola y luego posándola sobre ambos a modo de sábana. Martín lo miró sorprendido y Miguel se rio bajito.
-Meses de práctica -aseguró.
Podían sentirse mutuamente, Miguel los latidos de su mago, la sangre pulsar por sus venas, y Martín su energía fluir armoniosamente junto a la propia. En ese momento, no había razón alguna por la que no debieran estar juntos así, por el resto de sus vidas.
-Oye, Martín -lo llamó Miguel en voz baja y el humano respondió con un pequeño zumbido, ni pensando en moverse.
-¿Sí?
-No quiero ir a casa -susurró y Martín debió verse muy contrariado, pues apresuradamente aclaró-: O sea sí, pero no tan pronto. Quiero… volver a pie.
-¿¡A pie!? -el rubio se separó de él y lo miró atónito, como si hubiera enloquecido por completo-. ¡Pero nos tomará como mínimo más de una semana!
-Lo sé -respondió Miguel tranquilamente-. Pero lo necesito. Necesito tiempo lejos de todo, de mi familia, de la corte… de todo. Menos de ti. Quiero que me acompañes.
Martín todavía lo miraba estupefacto, buscando las palabras necesarias para hacerle entender a Miguel que su idea era estúpida, aunque al final no pudo. Algo en la mirada un tanto perdida y a la vez determinada de su amante lo convenció.
-¿Por qué? -preguntó entonces y Miguel se removió en su lugar, sintiendo el impulso de volver a apartar los ojos, pero resistiéndose para sostenerle la mirada a Martín.
-Necesito tiempo para pensar. Y tal vez ver el mundo con mis propios ojos. Bueno, al menos mis tierras, por ahora.
-Suena lógico -aceptó el rubio y se rascó la cabeza-. ¿Esto es por el enano?
Miguel sacudió la cabeza.
-No… bueno, no solo. Eso… me hizo entender que no sé muchas cosas, pero también me hizo pensar más en lo que tú siempre me dices. Sobre tu gente y esas cosas…
Martín asintió, no pudiendo negar que sintió cierto orgullo al oír eso. Sonrió apenas y volvió a atraerlo, buscando esta vez su boca. Miguel se dejó arrastrar, nunca oponiéndose a un beso de Martín, y enredó los brazos en su cuello mientras volvía a olvidar todo. Era muy fácil con esa boca.
Permanecieron un buen rato en aquella roca, robándose aire y luego separándose para comer. Miguel estaba famélico (según él) y las provisiones de Martín repentinamente parecían muy pobres. Luego de eso, volvieron a ponerse de pie y comenzaron a caminar hacia donde, según Miguel, quedaba el norte. Martín tomó su mano, entrelazando sus dedos mientras seguía completando la historia de cómo lo halló.
-No entiendo por qué te costaría tanto -opinó Miguel al final-. Eres un gran mago.
Martín sonrió halagado y apretó más su mano, acariciando su pulgar.
-Es que era raro. Tampoco parecías tan convencido cuando te dije que el bosque es como una persona.
-Ya, pero tú… tú estás más familiarizado con eso, ¿no?
Martín se encogió de hombros.
-No realmente. No es mi especialidad, por así decirlo. De ningún mago.
-Mhh, ya sé, lo dijiste una vez. Tu especialidad es lo físico. Eso era, ¿no? Es por eso que a los magos usualmente los ponen en el ejército.
Martín apenas asintió.
-¿Y cuál es la especialidad de los hechiceros?
-¿Los hechiceros? -el rubio soltó un suspiro-. Los hechiceros suelen hacer conjuros más duraderos. Como encantamientos, embrujos, maldiciones…
-Como los sellos que les ponen a nuestros bebés -concluyó Miguel y Martín no pudo evitar rodar los ojos.
-¿Vas a empezar de nuevo con el tema de los hijos? -murmuró desganado y Miguel rápidamente negó con la cabeza.
-No, no era por eso. Solo… era una pregunta.
-Está bien, tampoco importa -suspiró y sonrió apenas-. Es gracioso si lo piensas… Tanto alados como humanos que dominan la magia tienen un sello en sus cuerpos.
Miguel alzó ambas cejas, curioso.
-Es verdad -dijo un tanto sorprendido por la idea, no se había detenido a verlo de esa forma-. Solo que nosotros la tenemos mejor…
-¿No es siempre así? -se río Martín y Miguel supo que esta vez no era ni sarcástico ni malintencionado.
Solo era un hecho.
-Me gustaría poder hacer que te quiten ese sello un día -comentó el alado y Martín arrugó el entrecejo.
-¿Y para qué?
-Para poder ver hasta dónde realmente llega tu poder.
El mago soltó una pequeña carcajada.
-¿Y si me vuelvo en tu contra?
-No seas ridículo -replicó Miguel y se rio también.
-Ok, ganás por esta vez -musitó Martín y sonriente miró al frente.
Continuaron caminando en silencio por varios minutos, pero finalmente Miguel lo volvió a romper.
-¿Puedo decir algo respecto a futuros hijos? -preguntó con timidez y Martín lo miró de soslayo, no pudiendo enojarse del todo esta vez.
-Dale.
-No sé si te lo han comentado, pero el hechicero o el mago también tiene la tarea de proteger a los huevos de su amo.
-Pues yo solo pienso cuidar un par de huevos -masculló Martín y Miguel, con sonrojo y todo, le dio un codazo.
-Pendejo -resopló pero se volvió a reír-. Ya, en serio.
-En serio -musitó Martín y una pequeña sonrisa se le escapó-. Che…
-¿Mh?
-Cuando te tengas que casar y eso de tener hijos… ¿Dejarás de amarme?
-No, no dejaré de amarte nunca- respondió Miguel serio-. Además ningún alado se casa por amor.
-Tu padre amaba a tu madre.
-Sí, bueno… ellos ya estaban comprometidos desde el huevo -suspiró Miguel-. Supongo que ahí uno va haciéndose la idea y encariñándose con su prometido. Y mi mamá era imposible de no amar.
-Supongo que es lo único donde los humanos tenemos una ventaja.
-¿En qué?
-En elegir casarnos por amor. Así debería ser.
Miguel sonrió apenas.
-Al menos yo podré elegir. Julio se casó con una mujer mayor que apenas conoce.
-¿Y ya has escogido a alguien?
-No, claro que no. Soy joven, déjame disfrutar de la vida primero -se rio Miguel y Martín sonrió.
-Más te vale que la disfrutes.
-Pues también depende de ti en gran medida.
-Entonces voy a hacer lo posible y más -declaró el mago, acariciándole la espalda con cariño.
La piel de Miguel estaba caliente a pesar del clima helado. Se mordió el labio y lo atrajo más a su cuerpo, acercando los labios a su oído.
-¿Sabés que te amo como a nada más? -susurró y Miguel sintió el corazón subírsele por la garganta de golpe.
-¿Te quedarás conmigo hasta el fin? -preguntó en un hilo de voz-. ¿Incluso cuando sea la cabeza de la familia que oprime a la tuya?
-Incluso cuando tengas que dormir todas las putas noches con una zorra con alas -jadeó Martín en voz baja.
Miguel cerró los ojos y tragó, deseando más que nunca que Martín no fuera Martín, sino una Martina con alas.
Permanecieron otro buen rato pegados el uno al otro, sin decir nada ni prestando atención a nada, solo dejando que sus últimas palabras se hundieran en sus cuerpos y que la promesa tomara peso poco a poco. Martín sabía que acaba de vender su alma, pero a la vez no le importaba. No costaba hacerlo cuando el comprador tenía alas de ángel. Tal vez era engañadizo pensar así, pero si estaba en manos de Miguel, no creía que pudiera acabar muy mal.
Se separaron cuando notaron que comenzaba a oscurecer y Martín decidió construirles una pequeña cueva para pasar la noche. Se acomodaron en ella y la cerró, dejando que Miguel se reclinara en su hombro. Afuera comenzó a llover nuevamente, pero ninguno de los dos se percató, estando completamente amparados en aquella pequeña edificación de roca, no al menos hasta que Martín decidió abrir un pequeño agujero para poder respirar.
-Oye -lo llamó después de una hora o dos de silencio, la mirada fija en algún punto de la negrura que los envolvía-. ¿Dormís?
-No, dime.
-Cuando estaba en los recuerdos del bosque, vi cosas que me parecieron raras -murmuró el rubio, iluminando un poco la palma de su mano derecha.
-¿Qué cosas? -preguntó Miguel con la mirada fija en la pequeña y apacible luz.
-Guerras -respondió Martín-. Guerras humanas.
Miguel suspiró y luego sonrió.
-Claro, es un bosque viejo.
-Vos no parecés tan sorprendido.
-Claro que no. Es uno de los temas que no dudan en enseñarnos de la historia de este continente. Los humanos y su pasado bélico. Siempre nos recalcan que ustedes estando solos derramaron más sangre que bajo nuestra tutela. Es la justificación de nuestra soberanía si así lo quieres.
Martín no respondió nada a aquello, dejando que las palabras de Miguel se asentaran en su cabeza. Cerró los ojos y dejó que poco a poco la luz se fuera apagando.
