10. Dosis de inmersión
De Encyclopædia Universalis: Diccionario ilustrado de las ciencias y de las culturas humanas (tomo único, edición del año 6.47):
Sección primera ("A")
Abir (por L. canor de Dá.ila)
"Criaturas híbridas de mamífero y ovíparo, de apariencia humana con alas. A pesar de su aspecto físico, los abires muestran una habilidad cognitiva inferior a la humana, al mismo tiempo que su fuerza, velocidad y vista son mayores. En general, sus instintos animales están más enraizados y dominan su comportamiento, impidiendo en gran medida la construcción de sociedades.
Culturas humanas antiguas consideraban su existencia un mero mito, utilizando su figura como prototipo de ángeles o mensajeros divinos. Si bien son criaturas curiosas que no encajan en las clasificaciones animales convencionales, no han mostrado estar mínimamente relacionados con las energías espirituales superiores. Poseen una capacidad reducida de percepción y manejo de ciertas energías no físicas, pero su habilidad no les es de mucha utilidad práctica.
Los alados habitan el archipiélago del sur lejano, sobre todo en la isla principal Gheros, en pequeños clanes o manadas nómadas. El contacto entre humanos y alados ha sido prácticamente nulo, con excepción de contadas expediciones al sur, las cuales demostraron el poco interés de estas criaturas por interactuar con humanos. No se muestran ni hostiles ni especialmente amigables, si bien cuando son provocados, tienden a comportamientos violentos, propios de los depredadores mayores. Carecen de enemigos naturales y no parecen tener dificultad a la hora de cazar, por lo que es fácil encontrarlos merodeando libremente por las praderas, montañas y playas.
Debido a su aislamiento del continente, la considerable distancia de este y el rápido crecimiento que se ha documentado en las últimas expediciones al sur (a pesar de que una hembra no suele tener más de dos crías), se presume que en un futuro no muy lejano la especie de los alados terminará por exterminar a las demás habitantes de las islas. Se predice una recaída en el canibalismo y finalmente la desaparición de la especie, posiblemente incluso antes del fin de este siglo."
El sol estaba aproximándose nuevamente al occidente cuando Martín y Miguel alcanzaron el borde del bosque. Ante ellos se extendía un vasto prado, detrás del cual Miguel podía divisar campos de cultivo. A su derecha, lejanas pero igualmente imponente, se erguía la cordillera, la gran división del territorio dominado por la Casa Prado. Sus picos estaban todo el año blancos, pero ahora la nieve llegaba hasta pasada la mitad, un claro indicativo de que los días estaban enfriando aprisa.
-Podemos subir a lo largo de la cordillera -sugirió Miguel y Martín lo miró curioso-. Hay menos vigilancia y población para ese lado, pasaremos desapercibidos.
-Entiendo -asintió el mago y escrutó sus alrededores una vez más-. ¿Dónde querés pasar la noche?
-Podemos quedarnos una noche más en el bosque, creo que será más seguro -respondió Miguel en voz baja y comenzó a caminar aún entre los árboles, a lo largo de la frontera del bosque-. Sería problemático si alguien nos ve salir del bosque.
Martín asintió nuevamente, dándole la razón. Caminó a su lado, siguiendo su camino hacia el oriente. Sus pensamientos se escaparon involuntariamente hacia la cordillera, pensando en todo lo que se hallaba detrás de aquella muralla de piedra maciza. ¿Cómo podía ser que su hogar tan repentinamente se sentía tan cercano, aun estando a kilómetros y semanas de viaje? Era irónico, se dijo. Había solo una cordillera en medio, pero a la vez había toda una cordillera de unos diez mil metros de altura en medio.
Durmieron junto a un árbol, nuevamente protegidos por una pequeña cueva que Martín hizo surgir para ellos. Miguel roncaba bajo, respirando por la boca, mientras su mago miraba al negro vacío, pensando en su familia. No pegó un ojo en toda la noche, pero aún así logró portar una sonrisa y ocultar sus ojeras cuando Miguel despertó. Fue así como en medio día de viaje más, alcanzaron la cordillera.
Una imponente fortaleza natural se alzaba frente a ellos, montañas que crecían de manera casi perpendicular del suelo. No por nada aquella asombrosa cordillera sureña era famosa y muy admirada en todo el continente. La familia Prado se jactaba sobretodo de haberla vencido, de poder dominar un territorio que la naturaleza había dividido, pero que ellos con un dominio rígido y mano de hierro mantenían unificado. Martín, en lo personal, nunca se había sentido identificado con el lado occidente del territorio Prado, ni sus impuestos lo lograban. No cabía duda que incluso como sirviente se vivía mejor en el oeste, donde vivían todas las familias importantes del sur.
Caminando a lo largo de aquellas cuestas pedregosas, donde la vegetación apenas se imponía, Martín no podía dejar de pensar en sus primos, en que nada le costaba pedir a Miguel cruzar la cordillera. Podrían hacerlo, todavía no era la época más fría del año y con las habilidades de caza de Miguel no les costaría hallar qué comer. Se mordió el labio, mirando al alado caminar delante de él, su importante marca en la espalda destapada. En serio, ¿qué le costaba? Había que solo poner la cara adecuada y Miguel no se atrevería a negarle nada, después de todo Martín era consciente del poder que había ganado sobre el noble.
Entonces, ¿por qué no lo hacía?
Porque no tenía sentido. ¿Para qué haría un viaje tan agotador? Y en todo caso, Miguel debía llegar a tiempo a Casa Prado para su cumpleaños. De no hacerlo, Martín podía darse por muerto.
Desistiendo en sus deseos ridículos, Martín soltó un pequeño suspiro. Miguel se volteó, sonriéndole.
-Puedo ver un pueblo allá atrás -le informó, señalando muy al horizonte.
Martín solo pudo discernir una pequeña mancha más oscura que el resto del paisaje, pero igualmente asintió. Les tomaría como mínimo cuatro horas más llegar hasta allí, pero la distancia parecía idónea. Llegarían poco antes del anochecer, podrían pasar la noche ahí cómodamente y al día siguiente continuar con su viaje de peregrinación. Miguel parecía animado gracias a la idea de dormir nuevamente es algo que se pareciera mínimamente a una cama. Sin embargo, poco antes de llegar, Martín se quedó parado detrás de un árbol.
-Esperá -detuvo al alado, tomándolo de la muñeca-. No podemos ir así como si nada.
Miguel lo miró extrañado, pero antes de que pudiera preguntar, Martín se había quitado ya la casaca y se la acomodó sobre los hombros. Miguel lo miró por encima de su hombro, alzando ambas cejas.
-¿No vas a tener frío? -quiso saber, pero Martín le restó importancia al asunto con una sonrisa despreocupada.
-Tranquilo, todavía no hace tanto frío.
-Seguimos muy en el sur, ¿sabes? -murmuró Miguel igualmente consternado, mas Martín no se dejó convencer.
-No quiero líos solo porque el heredero del gobernador apareció repentinamente en un pueblucho del sur.
Miguel no pudo responderle a eso y solo agradeció la chaqueta. Gracias a que el mago ocupaba una talla más que él, sus mangas cubrían con facilidad las suyas. Esperó que fuese suficiente para evadir sospechas. No obstante, ninguno de los dos pudo evitar sentir cierta paranoia desde antes de poner el primer pie en el pueblo. Cada mirada era percibido como un peligro y cada persona que se les cruzaba parecía saber perfectamente quiénes eran.
-Acabemos rápido con esto -masculló Martín perdiendo ya los estribos, pero Miguel lo retuvo.
-Quiero comprar comida.
-Podemos comer en la posada cuando encontremos una donde quedarnos -replicó el mago, pero Miguel arrugó los labio en un puchero.
-Quiero conocer el pueblo.
El rubio maldijo para sus adentros, pero finalmente se vio obligado a ceder, acompañando a su amo por las estrechas callejuelas de aquella pequeña e insignificante localidad. Apenas hablaron durante su breve paseo, probablemente por el cansancio, así como porque Miguel se encontraba más ocupado absorbiendo todo lo que se hallaba a su paso. Eventualmente llegaron a las puertas de una pequeña posada, apenas ocupada debido a que ningún camino de importancia pasaba por allí. Martín se encargó de hablar y pedir dos habitaciones y una cena. Como pagó de inmediato, el dueño de la posada no hizo muchas preguntas y les indicó que tomaran asiento en una de las mesas.
Miguel no podía decir que no estaba algo decepcionado cuando finalmente le sirvieron la cena, pero cualquier comentario elitista que podría haber pensado, se lo guardó y Martín se lo agradeció. No quería llamar más la atención, las miradas que de por sí atraían por ser forasteros ya eran suficiente. Que Miguel abriera la boca y evidenciara sus orígenes era totalmente innecesario. Estaba seguro que la gente había notado que la calidad de sus ropas era otra cosa a la que estaban acostumbrados, pero a la vez estaba sucia y la camisa de Miguel tenía un desgarro en el costado. Una vez que estuvieran en una de sus habitaciones, se ocuparía de limpiar todo y arreglarlo… ¿O sería eso demasiado sospechoso? ¿Debería esperar a salir del pueblo?
Las miradas que llevaban en la nuca a todos lados estaban por volverlo loco. Podía ver que a Miguel estaba yendo igual. Era extraño verlo tan callado, pero aún más que estuviera tan visiblemente tenso. La hora de retirarse no podía llegar lo suficientemente rápido.
-Dios, estoy acabado -murmuró Miguel, desplomándose en su cama y dejando que Martín le quitara las botas.
-¿Ya te arrepentiste de tu pequeña aventura? -musitó el rubio, pero Miguel se rio, negando con la cabeza.
-No, claro que no -negó-. Solo estoy cansadito. Y ya.
Martín se rio también, echándose verticalmente en la cama, con las piernas colgando por el borde y los pies fijos en el suelo.
-Bueno, fue un viaje largo. Y no vamos ni a la mitad.
Miguel asintió, llevando una mano a su cabello.
-La gente parece saber…
-No saben, tranquilizate.
-Ya sé, pero igual pareciera.
-Solo estás paranoico -cuchicheó Martín, echando su cabello hacia atrás, fuera de su rostro para poder mirarlo directo a los ojos.
Miguel se mordió el labio, no sabiendo qué responder. Permanecieron un largo rato recostados en aquella posición, Martín paseando sus dedos por las hebras negras del alado, sintiendo como se ponían grasosos.
-Mejor me voy a mi cuarto o me dormiré aquí mismo -suspiró finalmente, poniéndose de pie.
Miguel retuvo una pequeña protesta, pero lo dejó ir. Suspiró también y terminó de acomodarse en la cama. No se tomó la molestia de meterse bajo las sábanas y fue tal vez por eso que el frío lo despertó en la madrugada.
Martín se había quedado dormido ni bien se había metido bajo las sábanas y no había tenido la intención de despertarse hasta que saliera el sol, pero unos ruidos en medio de la noche acabaron con sus planes. Primero no estaba seguro de si lo había soñado o qué, pero en eso volvió a escucharlos, reconociendo pasos y un rasqueteo en el suelo. Abrió los ojos con dificultad, pesándole todo el cuerpo debido a que seguía ebrio de sueño, pero en eso el aire se le atoró en la garganta.
Un par de ojos enormes, amarillos y filudos brillaban en la oscuridad, mirándolo fijamente. Pensó por un segundo que se trataba de un búho o de una lechuza, pero en eso oyó claramente una respiración ya conocida y soltó un resoplido.
-Miguel, ¿qué chucha?
-Martín -susurró el alado, acercándose más a la cama, cayéndole la poca luz que entraba por la ventana-. ¿Te desperté?
El mago rodó los ojos.
-¿Sos retrasado o te hacés?
-Perdón -farfulló el noble y su mago suspiró-. ¿Puedo echarme contigo? Tengo frío.
-Entrá.
El rubio se arrimó contra la pared y Miguel se metió a la cama. Venía descalzo y sus pies estaban helados. Un escalofrío lo recorrió y su primer impulso fue alejarse de él, pero luego se apegó a Miguel, rodeándolo con sus brazos. Su cuerpo en sí estaba bastante caliente, Miguel solía tener una temperatura corporal considerablemente más elevada. Anteriormente se había preguntado si todos los alados eran así o si solo Miguel era tan caluroso. Pero sus pies se enfriaban con relativa facilidad. El alado los empujó bajo los de Martín, si bien estos no estaban mucho mejor.
-Me pareció oír a alguien andar por el pasillo -murmuró el alado-. Pero cuando me asomé no había nadie.
-Lo habrás soñado -razonó Martín, sobando su espalda-. Tratá de dormir.
-¿Y si nos descubrieron? -balbuceó Miguel temeroso, escondiendo el rostro debajo de su mentón.
Martín soltó un suspiro.
-Miguel… -murmuró y entonces apretó los labios con fuerza-. ¿Qué hacés?
El alado se quedó quieto, pero mantuvo la boca pegada al costado de su cuello. Esperó unos segundos antes de presionar la lengua entre sus labios, rozando la piel del mago apenas con la punta. Aun así, fue suficiente para disparar una breve descarga eléctrica hasta los dedos del pie de Martín. El mago soltó un jadeo y tragó.
-Miguel -repitió con la voz más temblorosa, esforzándose por sonar inmutado pero tensando el cuerpo-. ¿Qué pretendés?
Miguel nuevamente se negó a responder, abriendo más la boca para comenzar a depositar besos mojados sobre su garganta. Martín mantuvo los ojos abiertos como platos, aferrados al oscuro techo mientras sentía la boca se Miguel derretirle el cerebro. Las manos tibias de su amante bajaron por sus costados, llegando luego a su estómago, comenzando a juguetear con los botones. Los fue abriendo poco a poco, exponiendo su pecho para poder continuar descendiendo con sus besos. El mago trató de matar en su garganta los pequeños suspiros y jadeos que aquello desataba, pero uno que otro lograba escapársele, complaciendo notoriamente a Miguel. El mago terminó de acomodarse sobre él, alejando más la camisa para contemplar a Martín en la oscuridad.
-Mierda, Tincho… ¿Por qué eres tan perfecto? -murmuró el alado.
Martín en ese momento no tuvo tiempo de recordar que los de su especie tenían visión nocturna. Las garras cortadas de Miguel apenas rozaron su piel y esta se erizó. Llevó sus propias manos a los muslos de Miguel, apretándolos por encima de la tela de su pantalón. El chico soltó un ruidito, dando a entender que le gustaba que por fin quisiera participar, y se volvió a inclinar sobre él, lamiendo su pecho, acorralando una de sus tetillas. Martín, por su parte, primero se entretuvo en acariciarlo por encima de la ropa. Su amante se presionó más contra él, un movimiento rodante de su pelvis para mostrarle lo rápido que estaba haciendo reaccionar su cuerpo.
-¿Solo viniste a coger? -se mofó Martín casi sin aliento, odiando el sentir que su cuerpo estuviera respondiendo ya también.
-Vine a estar contigo -fue la respuesta del alado, repitiendo su traviesa acción, pero esta vez con mayor presión y más acalorado-. Pero si tanto te empeñas en que me vaya…
-No -Martín lo interrumpió, casi alzando demasiado la voz, apretando nuevamente sus muslos-. Quedate.
La sonrisa que Miguel le regaló fue suficiente. Sí, apenas pudo ver sus colmillos brillar en la oscuridad, pero eso fue suficiente. Martín nunca se había detenido a pensar si hacerlo con alguien de otra especie, incluso un alado, estaba bien o mal. Sabía que socialmente lo estaba, pero eso no le importaba. Lo que le importaba era la sensación de la piel de Miguel bajo sus dedos, una piel que se sentía tan humana como los suspiros y murmullos que el moreno dejaba caer cuando lo tocaba.
Miguel tiró más de las sábanas para cubrirlos, pero entre empujones y cambios de posición mientras terminaban de desvestirse, estas volvieron a resbalarse por su espalda y acabaron arrugadas al pie de la cama. No obstante, a ninguno de los dos le importó. La piel de Miguel estaba ardiendo nuevamente y Martín buscaba su calor en ella, moviéndose contra su cuerpo. Las piernas de Miguel lo atrapaban en un cálido nido donde frío y soledad eran lo último en lo que se le ocurriría pensar. Sus bocas se alimentaban mutuamente mientras Martín lo embistía en un vaivén frenético, un tanto perdido y desesperado, pero a fin de cuentas así eran sus encuentros sexuales. La pasión que se reservaban casi exclusivamente para esos desbordes los dominaba por completo.
-Martín… Tincho… -balbuceó Miguel mientras su mano desaparecía detrás de la cabeza del rubio, tironeando de su cabello-. Mierda… más duro.
El mago se rio entrecortadamente y le mordió la boca, bajando a succionar luego un punto específico bajo su oreja mientras lo sentía tensarse más. Conocer tan bien los puntos débiles de su amante le producía una sensación tan altamente placentera, un sabor dulce y adictivo que dominaba todos sus sentidos. Sus movimientos se volvían más apresurados y erráticos hacia el final, pero Miguel ya estaba totalmente deshecho debajo suyo, gimiendo su nombre contra su clavícula, esforzándose por no delatarlos al resto de la posada. sus contracciones se volvían más seguidas hasta que, mordiendo con demasiada fuerza el hombro de su mago, se vino entre ambos. Martín maldijo adolorido y con un gruñido se vino.
Una marca más para su colección, al parecer. Miguel siempre olvidaba lo afilados que sus colmillos realmente eran, que si lo mordía con la misma fuerza con la que mataba a sus presas del bosque, obviamente le atravesaría la piel también a Martín. Pero al rato sintió su lengua pasearse por su hombro. Suspiró y se desplomó sobre él, esperando a que Miguel terminara de limpiarlo.
-Sos boludo -murmuró mientras llevaba su mano derecha a su hombro, buscando detener el sangrado y el dolor.
-Lo siento -susurró Miguel incorporándose para recuperar las sábanas y estirarlas sobre sus cuerpos sudados y aún vibrantes.
Martín no respondió, sino que lo atrajo de vuelta a su pecho, abrazándolo. Cerró los ojos, aún más agotado que antes, pero de alguna manera más tranquilo y satisfecho. Ventajas de un orgasmo, pensó. Ventajas también de tener el cuerpo de Miguel a su lado, repartiéndole besitos por los hombros y el cuello, susurrándole mimitos a la herida que provocó. El mago retuvo una risa cuando pensó en lo jodidamente enamorado que estaba de esa fiera apasionada y algo bruta.
-Mejor durmamos ya -runruneó, ya a cuestas de Morfeo.
La mañana estaba helada y Miguel podía ver su aliento con cada exhalación. Se estiró, inclinando un poco más su cuerpo fuera de la ventana. La vista no era lo que alguien calificaría como espléndida, pero Miguel se dejó embriagar por la pequeña vida que se deshacía bajo él. Un colorido rompecabezas de hombres caminando por las calles, mujeres asomándose en las puertas y juntando las narices, niños corriendo tras un perro, una carreta tirada por una vieja mula que se detenía en la plazuela y jovenzuelos corriendo a descargarla… Las voces, risas, canto de pajaritos y todos los ruidos que los envolvían se entremezclaban con las imágenes para ofrecer un único humilde cuadro.
-Tené cuidado o te vas a caer -advirtió Martín a sus espaldas, cerrando la puerta.
Miguel se volvió con una amplia sonrisa, separándose de la ventana.
-Es muy lindo el lugar -comentó encandilado y Martín solo sonrió, dejando en la cama la ropa que había salido a conseguir.
No quería hablar de las cosas que Miguel no veía por pura ignorancia.
-Ponete esto para cuando nos crucemos con humanos -le dijo señalando las prendas y el alado se acercó curioso a inspeccionarlas.
Mientras se ponía los pantalones marrones y sueltos, asegurándolos con una soga áspera, Martín tomó la camisa de tela blanca (pero que ya se iba tornando amarillenta). La extendió sobre el colchón y suspendió sus manos sobre la espalda, marcando con cuidado un hueco lo suficientemente grande para dejar pasar las alas de Miguel. Su luz celeste solo relumbró una fracción de segundo, no lo suficiente para que Miguel viera lo que sucedía. Después de ello, Martín le ayudó a ponerse la camisa y el abrigo.
-Listo -musitó y se dispuso a cambiarse la ropa también, metiendo la que ya no usaría en la bolsa de las provisiones.
Se había preocupado principalmente de conseguir agua. Los ríos no escaseaban en aquellas regiones, sin embargo no traían mucha agua alrededor de aquella estación que enfriaba rápidamente.
Salieron del pueblo sin despedirse de nadie, caminando uno junto al otro. Miguel insistió en cargar las provisiones y Martín eligió dejarlo ser. El día había amanecido nublado, inicialmente arropado en espesa neblina, pero esta se disipó rápidamente. El camino que siguieron esta vez era angosto, pero no presentaba mayor dificultad. El paisaje se fue tornando más y más verde, pero las laderas de la cordillera permanecieron rocosas y empinadas. Mientras su camino los llevaba a lo largo de la pared maciza, Martín se perdió hablándole de los veranos lluviosos, de noches acampando bajo cielos estrellados y de interminables campos que cultivaban al salir de la escuela. Le habló por primera vez de sus padres, de las noches en que los esperaba junto a la puerta y de los brazos de su tía que lo llevaban siempre a su cama, los mismos que lo sostuvieron mientras vio sus cuerpos arder en una plaza principal. Eso último prefirió no decirlo, pero la imagen renació repentinamente en su mente, como un fénix oscuro que se niega a desaparecer por más que lo ahogue una y otra vez.
Atravesaron múltiples pueblos pequeños, poblaciones que poco a poco iban agrandándose conforme más al centro se acercaban. Al tercer día comenzaron a alejarse de la cordillera y a la mañana siguiente llegaron a una pequeña y adorable ciudad, cuyo nombre les sonaba a ambos. Mientras paseaban por las pintorescas callejuelas, devoraron un puñado de manzanas de la cosecha tardía que habían comprado en una de las entradas de la muralla. Miguel sonreía tranquilamente, observando el semblante relajado de su mago, la manera en que se le formaban hoyuelos cuando lo hacía reír y cómo su manzana de adán brincaba cada que tragaba otro mordisco de fruta.
Martín era consciente de las miradas de Miguel, un pequeño premio que siempre atesoraba. Le gustaba sentir su admiración y su adoración, saber que no estaba perdiendo el tiempo en un amor unilateral. Perder el tiempo y la dignidad no era lo suyo, al menos eso era lo que pensaba. Le llenaba el pecho de orgullo y el estómago de bichitos revoltosos. Se sentía ridículo y a la vez la calidez de Miguel a su lado lo relajaba infinitamente. Sin embargo, cuando llegaron a la plaza central y sus ojos recorrieron el lugar, todos esos sentimientos desaparecieron de golpe.
-Esperá -llamó preocupado a su compañero de viaje, repentinamente alerta-. Venimos en mal día.
-¿Cómo?
-Recaudación de impuestos -fue su rápida respuesta y Miguel comprendió de inmediato.
-Soldados -farfulló y asintió, entendiendo que sería mejor abandonar la pequeña ciudad lo más rápido posible.
El mago apretó su mano, jalándolo a un lado, a las sombras.
-Hay que salir de aquí… -comenzó diciendo, pero de golpe se interrumpió a sí mismo, deteniendo su paso de golpe.
Miguel quiso preguntar qué había sucedido, pero antes de que pudiera hacerlo, Martín lo había rodeado con sus brazos, apretándolo fuertemente. El alado quiso protestar, que qué hacía, pero en eso la luz de Martín los envolvió. Luego nada, o eso creyó. El mago volvió a tomarlo de la mano y echó a correr hacia la plaza. Miguel entró en pánico al notar que se acercaban directamente a donde se encontraban los embajadores del gobierno.
-¡Martín, nos van a ver! -exclamó.
-Callate, van a descubrirnos -resopló el rubio-. Fijate bien, nadie nos ve.
El moreno parpadeó, pero no pudo corroborarlo, ya que Martín continuó arrastrándolo consigo hasta alcanzar la multitud. Rodeándola lo mejor que pudo, trajo a Miguel consigo hasta pararse prácticamente junto a la mesa del recaudador. Miguel quiso preguntar que qué pretendía, pero sabía que no podía abrir la boca, por lo que se limitó a permanecer quietecito. Su mago permanecía igual de inmóvil, totalmente serio.
Conocía bien aquella escena. Padres desesperados rogando por paciencia, viudas, suplicando por piedad, huérfanos tratando de convencer con angustia. Las conocía todas de primera fila. Los soldados y recaudadores del gobierno eran igual de impasibles sea de un lado de la cordillera o del otro. La violencia nunca se hacía de rogar con ellos, más de una persona fue arrastrada al calabozo o al centro de la plaza para infringirles castigo de flagelación. Demasiados gritos llegaban hasta ellos, demasiado llanto...
Cuando consideró que Miguel había visto suficiente, apretó su mano y lo sacó de ahí. Con pasos apresurados abandonaron la pequeña y triste ciudad y solo Miguel miró hacia atrás.
En el aire aún se percibía el característico olor a petricor, pero ya había dejado de llover. Por fin. A su alrededor corrían hombres y voces. Los veía trotar con ligereza nueva, ganada, pero a la vez un peso que antes no estaba. Era el costo, se dijo, el precio a pagar, pero que al final todo iba a estar bien. Las noticias de la toma de las ciudades norteñas del oriente habían sido la última motivación, el último empujón que la rebelión central necesitaba para tomar la comuna de Río de la Plata.
Por fin. Era el primer día en que su ciudad natal, su tierra, era libre después de siglos.
Daniel tomó varias bocanadas de aire, tomándole más de un segundo lograr asimilar que aquello estaba realmente sucediendo. Varios hombres pasaron a su lado, dándole palmadas en la espalda o hasta despeinándolo, pero había algo en su trato, una cierta reverencia o un respeto muy pesado, que era distinto. Ya no se sentía un niño, era un adulto. No, era más que eso. Era un guerrero.
-¿Estás listo?
Manuel no apartó la mirada de la ventana, teniéndola enganchada del bosque oscuro que los acorralaba contra el mar. Su hermana se acercó por detrás y se colocó a su lado, abrazándose de su brazo.
-¿Está todo bien? -preguntó en voz baja y Manuel la miró de soslayo.
-Sí, no te preocupes -respondió el heredero apenas respirando-. Solo no me gusta la Casa Prado.
-Solo es una fiesta algo más grande que las demás -trató de animarlo Tiare y Manuel se rio apenitas.
-Sí, lo sé, lo sé.
-¿Crees que Martín haya encontrado a Miguel?
-Lo dudo.
-¿Y que Miguel haya vuelto a su casa?
Manuel dudó por un segundo, pero luego suspiró largamente.
-Yo qué sé -murmuró y se separó brevemente de su hermana para terminar de ponerse los guantes.
Volvió a ofrecerle su brazo y la muchacha lo tomó, reclinándose en su costado. Los dos hermanos salieron de la casa escoltados por el hechicero de Manuel y dos doncellas que se quedaron paradas frente a la carroza, viéndola partir. Tiare se apoyó junto a la ventanilla, viendo su hogar alejarse poco a poco antes de que la carroza diera una curva y desapareciera en el bosque. Manuel traía un libro consigo, pero no sentía ánimos de sacarlo y ponerse a leer. Sus pensamientos se encontraban dispersos y una sensación incómoda e inquietante no dejaba de perseguirlo. Pero a la vez, no tenía nada, nada que pudiera culpar con una explicación. Así que prefirió guardar silencio.
El día estaba nublado, pero no llovía.
