11. Corriendo a oscuras

El Maqui Suni dividía el territorio occidente de los Prado en norte y sur, delimitando toscamente la región más fértil de la menos productiva. Aquel extenso y sumamente caudaloso río nacía en el corazón de la cordillera, descendiendo como un pacífico arroyo que poco a poco iba tomando fuerza hasta convertirse en el mayor caudal fluvial del continente entero. A Lo largo de su litoral se extendían campos de cultivo, nutridos por el agua que fluía ricamente todo el año.

Después de las lluvias post veraniegas, el río había vuelto a crecer hasta alcanzar su promedio máximo. Ante Puerto Moreno, uno de los puntos de cruce más importantes, viajeros se encontraban con un trayecto de quince kilómetros. El tránsito de ferrys era constante durante todo el día, todos los días y todo el año, y aun así la gente se aglomeraba ante el pequeño puerto, esperando en extensas filas bajo el sol en compañía de niños, ganado pequeño y bultos. Vendedores recorrían las filas, pregonando sus productos, por lo general alimentos, y el ambiente era llenado por ensordecedoras voces, griterío, ruidos animales y un constante zumbido, así también como el penetrante olor a sudor, heces y comida putrefacta, sobre todo a pescado. Ya más alejados del extremo sur, las temperaturas eran nuevamente más elevadas, aún a fines de otoño.

Miguel se paró en puntillas, tratando de ver al frente, pero tal era la multitud que apenas podía ver la embarcación. Martín permanecía tranquilo a su lado, acostumbrado a esperar entre la muchedumbre, pero el alado no lograba contenerse y dejar de removerse como un niño impaciente. Quiso regañarlo en un inicio, espetarle entre dientes que se comportara o que atraería atención innecesaria, pero supo de inmediato que no tendría sentido hacerlo, que únicamente apenaría a Miguel por media hora antes de que retomara su silenciosa pataleta. Aquello de esperar igual le hacía bien. Luego ya por el resto de su vida podría olvidar aquel momento de incomodidad y seguir recibiendo todo servido inmediatamente.

No obstante, cuando habían pasado dos horas durante las cuales no se habían movido ni un ápice de donde se encontraban, él también comenzó a impacientarse. Comenzó con miradas disimuladas a su alrededor y en especial al frente. Observó de reojo cómo Miguel renegaba por lo bajo y pateaba el suelo. Entorno a ellos, más gente se quejaba, removía y miraba impaciente, aburrida y enojándose cada vez más rápido. Le tomó varios segundos entender en qué dirección se estaba moviendo todo aquello mientras ellos permanecían inmóviles, y se maldijo por haber tardado tanto en tomar en cuenta los murmullos que los envolvían y finalmente entenderlo. Cuando finalmente el primer grito estalló y la multitud vibró ansiosa, protestando, en el mismo segundo en que la situación se volvió explícita, Martín conectó los cables.

-¡Estas tierras son humanas! ¡Este dinero, que son obligados a pagar, es humano! -rugió un hombre de mediana edad, fornido y ancho, alzándose por encima de la multitud, parado sobre unas cajas apiladas frente al muelle.

Junto a él permanecía parada un chico adolescente, flacucho y con expresión perdida, pero Martín supo ubicarlo de inmediato. Lo había visto en el bosque, considerablemente menos flaco y cansado y sin esa bandera roja entre sus manos. ¿Era una broma? ¿Rebeldes en plena luz del día? Martín se tensó aún más cuando notó que estaban rodeados por guerrilleros libertadores, pero reaccionó a tiempo para tomar a Miguel de la muñeca y calmarlo antes de que hiciera alguna estupidez. El alado lo miró confundido, preocupado y sobresaltado, sintiendo claramente la necesidad de reafirmar su posición en el orden social que llevaba profundamente enraizado.

-¡Hermanos, oriente ya alzó su voz y se hizo oír! -continuó rugiendo el grandulón sobre las cajas-. Nuestros iguales se han levantado y han recuperado sus ciudades, sus hogares y sus campos. ¡Ahora es nuestro turno!

Martín cerró los ojos, no pudiendo creer lo que sus oídos captaban. ¿Oriente? Momento, eso significaba…

-Martín -siseó Miguel bajo y tiró de su manga-. ¡Vámonos de aquí!

El mago apenas tuvo tiempo de asentir y presionó sus labios, sintiendo la tensión causarle verdadero dolor en el cuerpo, especialmente la espalda. Susurró un "vamos" y trató de empujar a Miguel hacia el borde de la muchedumbre reunida con el fin de escurrirse disimuladamente. Ambos se movían con cuidado de no llamar la atención, deteniéndose constantemente para que pareciera que únicamente se reacomodaban mientras escuchaban el interminable discurso del líder de los libertadores, no que se alejaban. Martín tomó aire, inhalando profundamente al notar que quedaban apenas unos pocos metros. Ni bien alcanzaran el borde, se deslizarían entre los soldados, se distanciarían un poco y él…

No obstante, la proclamación de "¡Hombres a las armas!" le confirmó que huir sería imposible. En el último segundo quiso aun gritarle a Miguel que huyera, que alzara vuelo y que no importaba si él se quedaba. Era un mago, después de todo, podría venderse como pieza valiosa para la revolución. Pero no le alcanzó el tiempo para reaccionar. Unas manos rudas lo tomaron del brazo y lo arrastraron hacia unas mesas improvisadas donde un viejete apuntaba nombres y edades en una lista. Miguel, alarmado, se dejó llevar también sin oponer resistencia, temiendo que le hicieran daño a Martín, no notando la mirada desesperada del rubio. "¡Lárgate!" quería darle a entender, pero Miguel parecía más enfrascado en saber qué sucedía con el mago.

-¡ALTO! -por un segundo, el mundo entero se congeló-. ¡No, no pueden hacer esto! ¡Nosotros sufriremos las consecuencias!

Martín no supo qué tanto lo debían amar los dioses o los espíritus, pero en ese momento aquel hombre de avanzada edad que comenzó a reclamar a gritos le era más que bienvenido. No lo dudó ni un solo segundo, tomó a Miguel del brazo y se invisibilizó mientras nadie los miraba, sacándolo de ahí. Corrieron sin mirar hacia atrás, oyendo los gritos, las protestas, más gritos y finalmente el caos que poco a poco se iba acallando conforme se alejaban más y más.

Hallaron cobijo en un pequeño cúmulo de árboles, el cual no llegaba a portar el nombre de bosque, pero que bien servía de escondite. Miguel se deslizó hasta el suelo, totalmente agotado, confundido y asustado. Martín descendió igualmente hasta el piso y lo miró fijamente en lo que le tomó calmar su agitada respiración. Durante largos minutos, casi eternos, ninguno de los dos desperdigó palabra alguna. Finalmente, cuando Martín alzó el rostro, Miguel estaba mirándolo.

-Rebeldes -susurró apenas y Martín sabía que sí, había señalado lo más que obvio, pero detrás de su voz temblorosa se escondía un miedo mayor.

¿Y si descubrían quién era Miguel? No quería ni terminar de imaginarse dicho escenario, mas su cerebro era más veloz y ya lo había ilustrado ante sus ojos internos. Sacudió la cabeza y tomó la mano de su amante.

-Tranquilo, estás conmigo -respondió en un tono suave y tranquilizante-. Nadie te hará nada.

Miguel sonrió apenas y presionó su mano, tirando de ella para atraer al rubio. Martín se dejó caer sobre él y lo abrazó en la incómoda posición que quedaron. Miguel se preocupó de sostenerlo, costándole poco, pero necesitando sentir el aliento y el corazón del mago cerca. Cerró los ojos, esperando a calmarse también completamentem, y Martín volvió a susurrarle que estaba a salvo.

-Debemos irnos -dijo finalmente el alados-, ahora mismo.

Martín se separó de él, sacudiendo rápidamente la cabeza.

-Imposible -replicó-. Nos verían y sabrían de inmediato quién eres, pueden seguirnos por horas hasta que debas aterrizar. No, hay que esperar a que oscurezca...

-¡Pero puedes hacernos invisibles! -quiso argumentar Miguel y Martín resopló.

-¿Y vos te pensás que puedo usar magia ilimitadamente? ¿Que no gasté prácticamente toda mi energía sacándonos del puerto?

-¡Pero mi familia debe saber! ¡Hay una rebelión alzándose!

-¿¡Crees que no lo sé!? -alzó la voz también y Miguel calló de golpe-. ¡También estuve ahí, Miguel, lo ví! ¡Pero creéme si te digo que sé cómo son los rebeldes! !Eres el enemigo y un trofeo!

Miguel agachó la cabeza y Martín resopló, poniéndose de pie. Se pasó las manos por el cabello y volvió a respirar profundamente, buscando calmarse. Maldijo entre dientes y pateó el suelo. El alado permaneció en silencio.

-Mirá, no quise hacerte sentir mal… Che, tenés que entender eso -murmuró volviendo a acercarse lentamente al noble.

Se agachó a su lado y acarició su cabello. Miguel no alzó la mirada, pero asintió apenas.

-Lo siento…

-No, está bien. Perdón por gritarte -dijo en voz baja y besó su sien.

Miguel se recostó en su hombro y suspiró.

-¿Volar de noche es totalmente seguro?

-Sí, llegaremos en nada donde tu familia. Seguramente de noche aún no hacen guardia, todavía nadie sabe de ellos ni son una amenaza -argumentó Martín, si bien el enterarse de que al otro lado de la cordillera ya habían sucedido levantamientos y con éxito no lo dejaba del todo en paz.

-Bueno -Miguel volvió a sonreír y apoyó una mano en su muslo-. Comamos algo entonces y descansemos.

Martín asintió y se pusieron de pie, acomodándose para esperar la noche. Cazaron y comieron pequeños conejos silvestres, y luego Miguel se volvió a reclinar en su hombro, cerrando los ojos. Martín no logró hallar calma, sintiéndose perseguido por sus pensamientos, por las cosas que ignoraba y las que solamente conocía a medias. Se preguntó una y otra vez cómo estarían sus primos y mentalmente repasó cada detalle que lograba recordar de las cartas de Sebastián, buscando algún indicio, cualquier cosa que delatara si estaban o no involucrados de alguna manera u otra en la rebelión, y si les habría ido bien igual en cualquier caso. La noche cayó con su usual manto en degradé y el mago la contempló fatigado y consumido. La luz del sol debilitada aún llegaba a ellos cuando empujó a Miguel. Este se sobó los ojos y buscó un beso que el rubio solo cedió con automatismo.

-¿Listo? -preguntó este y Miguel asintió-. Vamos, entonces.

Miguel se puso de pie, se quitó la casaca que Martín le había conseguido, asegurándosela a la cintura, y desplegó sus alas, las cuales contra la luz agonizante del sol lucían macizas y de un gris oscuro que las convertía en roca. Martín lo contempló en silencio, observando como las estiraba, como las plumas se erizaban libres, y como también estiraba sus brazos, girando sus articulaciones. Sería un viaje largo y agotador, y Martín agradeció poder cederle mayor parte del trabajo al alado. Comieron lo que les quedaba de sus provisiones. Mientras tanto, Martín paseó sus dedos por el denso plumaje de Miguel, pensando en las comodidades de Casa Prado. No podía negar que las extrañaba, pero con la rebelión en sus talones, a punto de derribar aquella puerta, no estaba del todo seguro de querer estar ahí en ese momento. Tal vez debería replantearse su bando. Tal vez debería simplemente huir, cruzar la cordillera e ir por sus primos. ¿Qué importaban los alados, los demás humanos y su rebelión?

-Tincho, ¿ya está suficientemente oscuro?

El mago salió de sus cavilaciones y miró a su alrededor, hallando únicamente penumbra y dos ojos amarillos flotando en ella. Asintió, sabiendo que Miguel lo vería.

-Vamos -volvió a pronunciar en un hilo de voz, y se pusieron de pie.

Salieron del bosque y Miguel estiró aún más sus alas, llevándolas a su máxima extensión. Miró hacia donde consideraba que se encontraba el norte y Martín suspiró, reacomodándolo.

-¿Acaso querés llevarnos de vuelta con los rebeldes? -masculló y Miguel soltó un bufido.

-Tú eres el que quiere volar de noche. Podré ver en la oscuridad, pero no por eso llevo un compás incorporado.

-Ya.

El rubio rodó los ojos y no dijo más. Se paró delante del alado, dándole la espalda. Miguel lo rodeó con sus brazos, pensando en que ya había pasado un tiempo desde la última vez que había volado. No era como si cualquier cantidad de tiempo pudiera hacerlo olvidar cómo hacerlo, simplemente era una sensación agradable el tener sus alas liberadas otra vez. Era estar él mismo liberado, ser él mismo. Tomó aire, elevándose hacia las nubes.

Martín se aferró a él, aún no acostumbrándose al vértigo, al intenso frío y la fuerza con la que el viento golpeaba en esas alturas. Miguel se sentía como una montaña firme e inamovible en su espalda, si bien sabía que estaban moviéndose a una velocidad increíble. Podía sentir el batir de sus alas cada tanto y, de no haber soplado tan fuertemente el viento, podría también haberlas oído. Cerró los ojos, que ya le lagrimeaban intensamente, pensando en que pronto llegarían a la seguridad de la mansión, que tal vez esa misma noche podría aún dormir una hora o dos en su cama, descansar sobre un colchón de verdad y en ropa limpia.

Sin embargo, aquello habría sido demasiado fácil.

El grito de Miguel perforó sus oídos de maner estruendosa, pero su corazón se detuvo en el instante en que notó que el alado había perdido el control del vuelo, que una de sus alas se enroscó de golpe y que comenzaron a caer en picada. Maldijo en un grito asustado, aferrándose al otro a la vez que buscaba desesperadamente una energía de la cual alimentar su magia y salvarlos. El viento silbaba violentamente junto a sus oídos y el suelo se sentía cada vez más cercano, la oscuridad se los tragaba más y más.

Unos arbustos los atraparon, amortiguando junto con el débil hechizo de Martín su caída, mas no lo suficiente. Supo que perdió la consciencia por al menos varios segundos, mientras que Miguel permanecía totalmente inmóvil a su lado. Pudo sentir algo húmedo y no supo si era su sangre o la del alado. Trató de moverse, pero solo pudo sentir un frío helado mantener sus músculos férreamente inmóviles. Apenas logró encrespar las puntas de sus dedos y eso ya le dolía.

A lo lejos oía voces, volviéndose estas más y más claras, más y más fuertes, y por último, luces se encendieron a su alrededor.

Los tenían.


Estaba seguro que estuvo inconsciente toda la noche. Cuando despertó, brillaba el sol.

Fue interrogado, pero hablar siempre había sido uno de sus fuertes. Martín podía jugar la víctima cuando tenía que, y por encima de todo, sabía simpatizar con rebeldes. Pan comido. Las miradas que le dedicaba el guerrillero sentado al otro lado de la mesa no eran ni intimidantes, ni serias para él, pero ciertamente sabía que debía elegir bien sus palabras y jugar cautelosamente sus cartas. No porque los considerara realmente sus enemigos, sino porque sabía cómo funcionaban las sencillas mentes de los guerrilleros. Cualquier enojito podía acabar en su cadáver siendo tirado a una fosa anónima.

-¿Qué sucederá con el alado? -preguntó una vez que lo vio ponerse de pie, carraspeándose luego-. O sea, el que me tenía de rehén.

Su interlocutor se encogió de hombros.

-El general al parecer ha decidido transportarlo hasta la ciudad y ejecutarlo mañana a primera hora. Necesitamos mucho público para eso, tenemos a uno importante en nuestras manos después de todo.

Martín asintió.

-Totalmente lógico -musitó y dejó que también lo escoltaran fuera de aquella celda.

Hacerse de amigos nunca le costó a él.

Al salir al exterior notó que se encontraban en Puerto Moreno todavía. Las "tropas" rebeldes estaban instaladas, engrosadas y motivadas, ocupando todo su campo visual. Deambuló entre los hombres y su ajetreo, buscando conversación y rumores y chismes.

-¿Entonces es verdad que atraparon al heredero? -quiso saber uno por encima de su cerveza.

Martín asintió animosamente.

-El mismísimo Miguel Prado -confirmó-. ¿Acaso no sabés en dónde lo mantienen preso?

-Pues sé en dónde mantienen a los presos, obviamente en la comisaría.

-¿Dónde queda eso?

-Ah, eres de los curiosos.

-Sí, ni cómo esconderlo -admitió Martín apenado y se rio con los demás hombres.

Apoyó su vaso vacío en la mesa y quiso ponerse de pie, cuando una mano pesada aterrizó en su hombro. Reconoció la voz de aquel a su espalda de inmediato, no pudiendo tampoco no ver las posturas de respeto que los demás adquirían.

-Quería conocerte en persona y me dijeron que te encontrabas aquí -explicó el autonombrado general-. Mi mano derecha te interrogó hoy en la mañana, espero que no haya sido muy áspero contigo.

Martín torció una sonrisa, negando mientras dejaba que le sirvieran otra cerveza más. El hombre que el día anterior había asaltado el puerto y lo había hecho suyo, comandando la nueva rebelión de occidente, ahora le sonreía amistosamente y no le costó notar que, a pesar de ser un guerrillero un tanto bruto, tenía carisma de luchador.

-Entonces… mago del heredero, ¿eh? -inició este mientras pedía más cerveza.

-Aún no -corrigió Martín-. Aún no cumple la edad necesaria.

-Es cierto -suspiró el hombre-. La gran celebración aún está por darse.

-Eso mismo -asintió Martín, perdiendo los ojos en su vaso dorado-. Y qué celebración…

-Las celebraciones de los alados siempre son una molestia. Los gastos que causan, no tienen medida. Pero tú descuida, tú ya eres libre.

El mago sonrió.

-Qué alivio, gracias.

-No debes agradecer nada. Nosotros queremos liberar a todos como a ti.

-Sí, lo sé. Por eso son los libertadores… Es un camino noble y honroso.

-Tú también puedes tomarlo ahora -ofreció el general, mirándolo directamente a los ojos.

Martín no flaqueó, sabiendo que aquello llegaría. Y no iba a dudar.

-Sí.

-Asumo que contamos entonces contigo, ¿soldado?

Martín rio y alzó su vaso.

-¡Por la libertad! -exclamó y su alrededor se llenó de vítores.

La cerveza se sintió como un trago mágico que lo iba encendiendo más y más. Se volvió a reír y pasó su mano libre por su cabello. Le tomó un segundo más de lo acostumbrado, pero halló las palabras que necesitaba.

-Siempre supe que no podría rehuirle a la rebelión -murmuró por lo bajo y su interlocutor alzó ambas cejas.

-¿No?

-Mis padres eran rebeldes -relató con cierto tono nostálgico-. Murieron temprano y apenas los conocí, pero el saberlo siempre me ha seguido a todos lados.

-Es una ascendencia noble -opinó el general-. Y además eres un hechicero.

Martín no se tomó la molestia de corregirlo, aún estaba muy agotado para eso. Apuró su cerveza y sonrió de oreja a oreja, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

-¿Puedo preguntar algo? -susurró entonces, inclinándose hacia adelante y el general asintió-. ¿Dónde queda la comisaría?


La celda era oscura, húmeda y probablemente no medía más de cuatro metros cuadrados. Desde que había recobrado la consciencia, había dado interminables vueltas sobre sus propios pies y arrastrándose a lo largo de la pared. Podía ver bien ahí adentro, pero de nada le servía eso en ese momento, ni en las horas que permaneció allí enclaustrado. El espacio era tan pequeño, tan incómodo, tan distinto a cualquier cosa que pudiera haber experimentado en su vida, incluso en los últimos días. La celda era vieja, pero parecía haber sido reforzada ante la noción de que un ser con fuerza superior la ocuparía. Malditos humanos, esta vez la habían pensado bien.

¿Cómo era que siquiera había acabado ahí? Se suponía que volarían de noche porque no vigilarían. No se suponía que los descubrieran, que los vieran y los derribaran. El dolor aún latía vivazmente en su ala herida, la cual solo con mucho esfuerzo autocontrol logró esconder en su espalda antes de que se las pudieran cortar. Miguel se sentía perdido, sin entender, y repetía sus preguntas una y otra vez en su mente. ¿Cómo terminó ahí, lejos de su familia, de las comodidades para las cuales nació y de la seguridad de sus seres queridos? Se suponía que todo iba a estar bien, que al amanecer estarían más cerca a llegar a casa, Martín había dicho que...

-Miguel.

El alado alzó la cabeza sorprendido, encontrándose con su mago. Venía rodeado por soldados y a su lado se posicionó el mismo sujeto que comandó la toma del puerto. Miguel apretó los puños, entendiendo que debía hallar la manera de liberar a Martín y sacarlos de ahí aún con el ala herida. Se mordió el labio y se acercó con cautela a los barrotes de la celda.

-Martín -suspiró-, qué alivio verte a salvo…

Habló apenas en un susurro, pero estaba seguro de que Martín había entendido. ¿Por qué estaba entonces tan serio, mirándolo tan fijamente?

-Aquí está -musitó el líder de los rebeldes, plantándose frente a Miguel con expresión triunfante.

El alado frunció el ceño. De preferencia habría escupido sobre las poco pulidas botas del que se hacía llamar "general", pero tenía la boca seca y, para ser sinceros, se sentía bastante intimidado. Su mirada voló de los zapatos sucios del dizque soldado a Martín, buscando algo de la seguridad y protección que siempre había creído aseguradas en ese rostro amable. El mago apenas se movió, mucho menos correspondió a su mirada.

-Somos conscientes de que esta suerte no se repetirá tan fácilmente, pero igual nos permite tener esperanzas -comenzó el general, volviendo a pararse junto al rubio, palmeándole la espalda.

-Cuando los alados sepan de esto, se asegurarán el poder que tienen sobre los hechiceros y brujos -advirtió este-. Hay que contar con que más de uno decidirá ir contra nosotros, pero debemos ser firmes en nuestra promesa.

-¿Cuál sería tu veredicto, camarada Hernández?

Martín suspiró, ignorando al atónito noble encarcelado.

-Los hechiceros personales parecen leales… Será difícil, diría que la mayoría no nos apoyará -murmuró, sobándose las sienes-. Por lo que pude ver, llevan vidas cómodas, y si bien no son tratados como iguales ni como seres dignos de respeto, no les faltaba nada.

-Entiendo, eso puede ser un problema -resopló el general y se alejó de la celda.

Los demás soldados se fueron alejando también, dispersándose para retomar sus respectivas tareas. Solo Martín permaneció de pie frente a la celda, mirando al preso.

-No… no es verdad -exhaló Miguel, apenas en un hilo de voz.

Martín frunció el ceño.

-¿En serio vas a aferrarte a esa fantasía?

-¿Vas a dejarme aquí? ¿¡A merced de esos!?

-Humanos, Miguel, humanos -gruñó el rubio, apegándose a los barrotes-. Los míos. Vos sos mi enemigo.

-Pero pensé que… -la voz de Miguel se quebró y el labio inferior le tembló.

El nudo que se formó en su garganta dolía, pero no tanto como la expresión de desdén de Martín.

-Te lo estuve diciendo todo este tiempo, te lo repetía casi a diario. Tu familia está matando a la mía. ¿Y aun así pensaste que me quedaría a tu lado? ¿Creíste que me haría el loco, que cerraría los ojos y no miraría hacia donde ustedes saquean, aprisionan y torturan a mi raza y sangre?Decime, ¡¿qué clase de ingenuo más imbécil sos?!

Miguel no respondió. No podía. Cada palabra de aquellas pocas había sido un dardo que se hundía más y más en su carne. Su sangre no corría, pero podía sentir como comenzaba a flaquear, como perdía las fuerzas. Creyó poder sentir físicamente como los pedazos de su corazón se clavaban en el interior de su pecho cada que trataba de inhalar. Finalmente alzó el rostro, buscando encontrar algo que le desmintiera los últimos minutos, una mirada o un gesto que dijera que todo era una broma o una treta para sacarlos de ahí. Buscó los ojos de Martín y reprimió un quejido de dolor.

No halló nada en ellos.


Martín se echó hacia atrás, viendo las chispas que desprendía el fuego mientras a su alrededor un corillo de risas, cánticos libertadores y conversaciones se entretejían. No recordaba la última vez que había estado en compañía de tantos humanos, en una congregación tan colorida, tan animada y tan espontánea y feliz y triunfante. Se sentía como en casa, menos frío, distinto pero muy similar. Cerró los ojos y soltó un suspiro, largo y tendido. Los volvió a entreabrir al rato para captar a las justas como unas muchachas (seguramente escapadas de casa y coladas al "campamento") lo ojeaban curiosas y con admiración. Su identidad ya no era un secreto y se le hacía gracioso. No tardaron en acercársele y buscarle conversación, al igual que otros soldados que querían también un poco de la compañía de aquellas jóvenes. Traían alcohol y pipas, sentándose en torno al fuego y charlando alegremente. Martín los observaba mientras dejaba pasar la noche.

Debía ser pasada la medianoche cuando decidió que había sido suficiente. Su mundo se tambaleaba un poco, pesándole las copas que no pudo rechazar. Cerró los ojos e inhaló profundamente, tratando de analizar la energía que fluía bajo sus pies. Exhaló pausadamente y abrió los ojos, pudiendo ahora discernir claramente el escenario ante él. Se preguntó si los alados veían de esa manera en la oscuridad o si era distinto para ellos. ¿Siquiera veían igual que ellos cuando había luz?

-Con permiso -musitó y se puso de pie, sintiendo como la congregación entorno al fuego giraba cual carrusel entusiasmado a su alrededor-. Voy al baño…

Se alejó del alegre grupo y del calor de la fogata, recordando apenas la distribución de aquel pequeño pueblo porteño. Se tambaleó por el centro de la calle principal y luego se apegó a uno de los costados, entrando por una de las callezuelas que había marcado en su memoria. Cuando llegó a su destino, entró con cautela, si bien sabía que estaría abandonado. La comisaría se encontraba vacía, extrañando incluso el guardia que debía vigilar a Miguel. ¿Por qué debería quedarse allí si todos los demás celebraban la revolución y su libertad? ¿Qué no era él también un humano y un rebelde hecho y derecho? Martín sonrió de lado, saboreando aún aquellas exitosas palabras.

Halló el lugar silencioso y apenas alumbrado por una pobre lámpara de aceite colocada lejos de la celda. Dentro de esta, nada se movía.

-¿Miguel? -lo llamó inseguro, dudando por un segundo si acaso el alado había logrado escapar por su cuenta, suficiente tiempo para que se disparara ya una novela mental pintándose qué haría de ser así, dónde acabaría…

-¿Qué quieres, humano? -gruñó la familiar voz del heredero y los miembros de Martín se volvieron a relajar.

-Miguel… -volvió a balbucear y se detuvo a unos dos metros de la celda, mirando a su amante, quien le devolvía la mirada con ferocidad.

-¿Vienes a burlarte de mí?

-¿Qué? No, claro que no. ¿Cómo se te ocurre?

-¿En serio preguntas cómo? -gruñó el menor y Martín volvió a tensar, notando que aquello sería más difícil.

-Migue -volvió a intentarlo, suavizando más su voz-, vine a sacarte de acá. Para irnos.

-Claro -resopló el alado y se rio irónicamente-. ¿Y ahora esperas que te crea?

-¿Sí? Obvio que sí -se desesperó un poco el rubio y Miguel soltó otro bufido, dando un paso hacia la reja, pero se detuvo en seco.

-¿Martín? -se oyó una voz femenina y al rubio se le heló la sangre en las venas.

"Puta, puta, puta" pensó aterrado y echó un vistazo por encima de su hombro. Una de las muchachas de junto a la fogata se asomó en la comisaría, sonriendo al verlo.

-Ah, sabía que estabas aquí -musitó con voz cantarina y terminó de entrar, acercándose al mago hasta colgarse del brazo de este.

Martín apenas logró soltar una risa nerviosa. La chica se volvió curiosa a ver qué hacía allí y torció una sonrisa desagradable para el alado cuando lo notó.

-De cerca no es la gran cosa -declaró la muchacha y soltó una risita.

Martín reprimió un resoplido y posó una mano en su espalda baja. Pudo sentir su estremecimiento y las pulsaciones de su energía.

-¿Podrías adelantarte un ratito? -le habló en un murmullo, empujándola suavemente hacia la salida.

La joven le sonrió coquetamente y asintió, saliendo a paso ágil. Cuando Martín se volvió otra vez hacia Miguel, este lo miraba de brazos cruzados y con una ceja en alto.

-Vaya, qué rapidito -soltó el noble y Martín casi vuelve a espetar un improperio.

-Te digo que…

-No quiero ni pensar en todas las que te levantaste en mi casa...

-¿Mierda, en serio ahora vas a salir con esto? -resopló Martín-. ¡Miguel, por la puta! ¡Escuchame!

El alado soltó un bufido y le dio la espalda. Martín se sobó el puente de la nariz y decidió no perder más tiempo arriesgándose. Se acercó a la reja, pero Miguel parecía no reaccionar. Se agachó ante la grande y oscura cerradura, tomando aire profundamente. Exhaló lentamente, concentrando una pequeña fracción de la energía de su cuerpo contra el cerrojo. Un suave sonido metálico se hizo oír. Sonrió de lado y se irguió, mas la alegría le duró apenas un segundo, ya que al siguiente, una fuerza casi sobrenatural lo arrastraba al suelo y unas manos de hierro se enroscaron en su cuello. Tosió y trató de inhalar desesperadamente, cuidando no gritar el nombre de Miguel, pateando y retorciéndose.

-¡B-basta! -jadeó apenas, no pudiendo ni queriendo alzar más la voz.

Los ojos de Miguel brillaban tenebrosamente en la oscuridad casi absoluta de la comisaría, su ancho cuerpo tapando la lámpara. Sintió un mareo y por un mínimo instante, creyó haber perdido la consciencia. Oyó un gruñido cercano a su mejilla, sintiéndola caliente y húmeda bajo el aliento de Miguel.

-Si me traiciones una vez más, te arrancaré los intestinos y me los comeré frente a ti -susurró este en una voz muy ronca y muy gruesa, apenas moviendo los labios.

Martín, mirándolo aún con los ojos brutalmente abiertos, apenas pudo asentir.

Miguel se puso de pie, sacudiéndose la tierra y la paja, sin detenerse a ayudarle al rubio o a verificar que estuviese bien. El mago se incorporó algo torpemente y se quitó también la suciedad, suspirando bajo. Se asomó con cuidado fuera de la comisaría. A unos pasos, esperaba aún la chica y el mago maldijo para sus adentros. Pensó en mandarla más lejos con algún engaño, pero decidió que no tenía ganas para eso. Empujó a Miguel hacia su celda, ignorando cuando el alado se tensó y le gruñó, y se acercó a la ventana, haciendo que los barrotes se derritieran rápidamente. No sin cierta dificultad salieron los dos jóvenes adultos por aquella abertura cuadrada. Migue inhaló profundamente al sentirse liberado de aquella apestosa prisión.

-Saca tus alas y volemos lo más rápido que puedas -murmuró Martín, removiéndose con prisa.

No obstante, Miguel soltó una carcajada cortante y apenas audible.

-Sí, verás, tus amiguitos, los rebeldes, tienen también hechiceros y uno de ellos bloqueó mi sello nuevamente -respondió Miguel como si comentara el clima-. Tienes que liberarlas primero.

-¿Qué? -balbuceó el mago y palpó la espalda del alado, tragando nervioso-. Miguel, no puedo hacer esto ahora acá a la rápida...

-Corramos entonces -bufó Miguel y no esperó a que Martín lo siguiera.

El mago lo miró incrédulo y resopló, siguiéndolo apuradamente para no perder al chico que ya se escabullía entre las sombras de la calle. Hasta ellos llegaban aún la música, las risas y el montón de voces charlando y exclamando versos revolucionarios. Martín trató de hacer oídos sordos y ojos ciegos a todo, tomando simplemente la mano de Miguel y dejando que este, convertido repentinamente en una bestia de puro instinto, lo guiara por la penumbra absoluta, lejos de los humanos.