12. El estallido de la tormenta

A doce pesetas, nada menos -declaró la gorda mujer con tono severo, expresión aburrida y cabello grasoso.

Tal vez no debía estarse fijando demasiado en el físico de los demás, siendo que iba igual o peor, pero Martín no estaba de humor para volver la mirada hacia su propia persona, por lo que concentró su odio hacia la gigante vendedora de papas. La mujer, seguramente en sus sesenta, lo miró con un pesado gesto de superioridad y el mago hizo uso de hasta la última pizca de fuerza de voluntad que le quedaba para no convertirla en un cerdo. Era un hechizo prohibido después de todo y la consecuencia sería su muerte inmediata.

A sus espaldas, Miguel se removía, esperando impaciente y muerto de hambre. Cuando se dio la vuelta hacia él, el alado apenas alzó ambas cejas, hundiendo más las manos en sus bolsillos, y tornó sobre sus talones para terminar el recorrido por el pequeño mercado de aquel pueblo. Martín suspiró, decidiendo que le daría más tiempo para digerir su enojo, para asimilar la situación en la que se encontraban y, eventualmente, perdonarle. Podía también jugar al drama y lo sabía, de la misma manera que era consciente de que un berrinche por parte suya solo empeoraría las cosas. No iba a ponerse a su altura, decidió. Podría decir que lo había tenido todo planeado desde el principio, que sabía que, de no fingir estar del lado de los humanos, jamás escaparían con vida de allí. Sonaba muy lógico, después de todo, Martín conocía a los humanos y a los rebeldes. Miguel no tenía por qué ponerse así ahora, siendo que el mago actuó en todo momento por el bien del noble.

La cosa es que ni él estaba del todo convencido de la veracidad de aquel cuento.

-Adiós pueblo número equis -murmuró mientras salían a paso moderado por el portón principal de aquella localidad, dejando atrás otra pequeña aglomeración de casas que les resultó inútil en su búsqueda por el hechizo que restaurara las alas de Miguel.

No era poco común que los pueblos tuvieran pequeños registros y bibliotecas, si bien no eran ricos, albergaban uno que otro manual de magia que podría servir a un potencial futuro mayordomo. Si uno sabía husmear y tenía suerte, tal vez incluso encontraría algo antiguo y de valor. Los alados nunca hicieron esfuerzo alguno por abiertamente oponerse a la instrucción del pueblo común. La escuela básica tanto para blancos como mágicos estaba abierta a todos, independiente de su estatus social (que de por sí dentro del vulgo pocas matices contenía). No obstante, Martín no era idiota, sabía cuál era el razonamiento detrás de aquella maniobra. No era el de seducir con falsa generosidad, sino directamente usar su idiotez. No había mejor esclavo que el ignorante que cree no serlo, de la misma manera que no había mejor manera de prohibirle algo a alguien, que haciéndole creer que no lo necesitaba. Para todos los secretos de la oligarquía que dominaba aquel continente, no había mejor escondite que frente a las narices de su pueblo. Algo que no se oculta, obviamente no sería importante para los humanos. No necesitaba que Miguel le dijera aquello, podía verlo con sus propios ojos al desempolvar tomos enteros de distintas artes mágicas. En aquel último pueblo había topado con una enciclopedia que contenía un artículo muy interesante sobre necromancia, que gustoso habría hecho desaparecer entre sus manos. La mirada reprobatoria de Miguel fue lo que lo detuvo.

No obstante, el ritual central de la ceremonia de liberación no existía en ningún lado. Alguno que otro manual lo mencionaba entre los hechizos más complicados permitidos, mas no desperdigaban más información que aquella. Aparentemente, aquello era algo que los magos y hechiceros personales aprendían exclusivamente cuando llegaba su hora de ejecutarlo. Temía que, de realmente ser así, su única esperanza se encontraba guardada en la biblioteca privada de algún alado o, lo cual sería aún peor, tener que recurrir a un mago que ya conozca el ritual.

-¿Significa que otra vez no hubo caso? -habló Miguel repentinamente y el rubio alzó el rostro, saliendo de sus cavilaciones.

Era más una afirmación que otra cosa, una ventana abierta a la conversación. Martín dejó escapar un suspiro y asintió.

-Eso mismo.

-A este paso llegaremos antes a Casa Prado.

-Bueno, de ser así, al menos ahí hay una biblioteca íntegra...

-Y el mago de mi padre.

Oh, eso ofendió más de lo esperado. Martín no pudo evitar, por una fracción de segundo, pensar algo remotamente como un "pero yo soy su mago", maldiciéndose mentalmente por ello en el mismo instante. ¿Por qué le importaba ahora? De tener la oportunidad, tal vez volvería a dejar que aprisionaran a Miguel. Entonces, ¿a qué vienen esos pensamientos tontos y contradictorios?

Tomó aire y asintió.

-Como quieras -fue todo lo que dijo antes de volver a sumirse en un silencio incómodo.

Miguel lo miró de reojo. Luego de un rato señaló un granero que se hallaba a lo lejos, alegando que podían pasar la noche allí. Martín asintió, no queriendo decir nada al respecto, pero en eso sintió el dorso de la mano de Miguel rozar la suya. Presionó sus labios, mas no le impidió entrelazar sus dedos. Estaban totalmente solos en el desolado camino y el sol poniente lo teñía, junto con los campos que lo flanqueaban y los dos viajeros que lo recorrían, de un naranja profundo, casi poético. Era ciertamente un paisaje romántico y Martín hubiera deseado no sentir aquel muro entre ambos. Podía identificar aquel casi desesperado intento de Miguel de también superarlo, pero su gesto no lograba ni raspar con las uñas aquella roca fría. Decidió, de todas maneras, sujetar su mano con firmeza, no rindiéndose, al menos no ahí.

Relajó su cuerpo cuando alcanzaron el granero. Miguel soltó su mano y dejó que les abriera el candado. Entraron, siendo recibidos por el aire húmedo y fresco del almacén. Miraron a su alrededor y decidieron comer en la oscuridad y echarse a dormir.

Contrario a lo que dijo Miguel, estaban aún lejos de casa. Caminando se avanzaba tan lento...


El siguiente pueblo al que llegaron era ya algo más grande. Llegaron un día después del de mercado, mas igual se las arreglaron para conseguir abastecimiento. Almorzaron en una posada pequeña pero hogareña, atendida por un dueño hablador y su hija, una mujer joven y coqueta, que al mover balanceaba las caderas como el péndulo de un reloj, pesado y armonioso. Martín la observaba de reojo y luego volvía los ojos hacia Miguel, que lo miraba en silencio. No intercambiaron muchas palabras allí, sino que comieron rápidamente y salieron de la posada. Tenían aún algunas horas de luz que decidieron aprovechar buscando la biblioteca para luego poder seguir su camino.

Hallaron el local cerca a la plaza central. La gente parecía sumida en un día ocupado y agitado, cosa poco común en los pueblos. Mas aquella parecía una localidad creciente, acercándose ya al nombre de pequeña ciudadela, por lo que no le prestaron mucha más atención a la gente que pasaba apurada a su lado. Cuando alcanzaron la biblioteca y se detuvieron en la puerta, Miguel echó un vistazo por encima de su hombro.

-¿Vas a demorarte? -pregunto susurrando y Martín, empujando la puerta, alzó una ceja.

-Yo creo, este lugar me tiene un tanto optimista. ¿Por?

El alado sacudió la cabeza y entró detrás de él. Saludaron al bibliotecario, alegando ser aprendices de un pueblo cercano, en busca de un libro específico, y se dispusieron a inspeccionar los distintos libros que correspondían a la categoría necesitada. Sobrevolaron portadas e índices, hojeando en los libros cuyo contenido parecía mínimamente prometedor, pero los ojos e Miguel parecían temblar nerviosos y se desviaban constantemente hacia la puerta o la ventana.

-Martín -rompió finalmente el silencio y el mago respondió con un monosílabo-. Tenemos que irnos pronto.

-¿Cómo?

Martín levantó el rostro y frunció el ceño. Les faltaban aún poco menos de la mitad de libros, pero Miguel no dejaba de mirar disimuladamente a su alrededor, como si tratara de solapar su inquietud. Quiso preguntar qué había visto, pero algo lo mantuvo callado. El alado parecía estar prestando especial atención a lo que oía.

-Las noticias llegan más rápido aquí -murmuró Miguel bajo y se dispuso a terminar de revisar su torre de libros.

Martín no estaba muy seguro si preguntarle qué rayos quería decir con ello, pero calló cuando sintió más gente entrar en la biblioteca. Oyó amortiguadamente al bibliotecario hablar y luego unírsele otras voces, mas no pudo discernir del todo lo que conversaban. Supuso que Miguel sí podía, pero que no debía ser de gran importancia si el alado no se mostraba más alterado. Decidió que le preguntaría a la noche.

Pasadas como dos horas, los dos se rindieron. Guardaron todos los libros (con un poco de ayuda de la magia) y tras despedirse del bibliotecario, se retiraron del local y de la ciudad. Miguel no volvió la mirada, Martín apenas echó un vistazo por encima del hombro.

-¿Qué fue eso? -preguntó finalmente cuando llevaban caminando ya aproximadamente media hora y se hallaban solos en el camino de tierra.

Miguel se encogió de hombros.

-Se nota que ya no estamos en la periferia.

-Ya, eso está claro -asintió-. ¿Qué tiene?

Miguel soltó un suspiro y miró al cielo. Una bandada de aves migradoras ya buscaba su camino al norte, hacia el centro del continente donde sobrellevaban el invierno, más cálido en aquellas tierras. Martín supuso que estaba deseando sacar sus alas, que llevaba días queriendo hacerlo. Notaba los movimientos incómodos que hacía cuando se creía no observado, la forma en que se estiraba, torciendo los hombros en direcciones opuestas y doblando la espalda. Se preguntaba si para un adulto, contener las alas por mucho tiempo en su espalda se volvía incómodo. No debería, razonó, después de todo las alas estaban en el sello y no en el cuerpo de Miguel mismo. Aún así, era posible que sus alas estuvieran dobladas dentro de él y que la restricción, siendo miembros ya adultos, a la larga empezara a ser molesta y quizás hasta dolorosa.

-Las noticias viajan lento, pero viajan sin detenerse -explicó Miguel después de un rato, volviendo a mirar al frente-. Mientras más cerca estemos a mi casa, más pueblos hallaremos donde se ha corrido la voz de que el heredero está ausente. Hay rumores sobre ti… Que me has secuestrado y entregado a rebeldes…

-¿Qué? -soltó Martín incrédulo, si bien no lograba sonar del todo sorprendido.

Bueno, sí se podía decir que lo había entregado a rebeldes…

-Eso… además, pienso que yo ya no debería entrar más a los pueblos.

-¿Crees que alguien pueda reconocerte?

-Sí. A ti aún no te conocen casi, después de todo aún no ha sido la ceremonia de cumpleaños, pero yo… digamos que soy famoso.

Y soltó una risita, tratando de hacer sonar gracioso el chiste. Martín sonrió por no hacer más pesado el momento, pero la tensión lo tenía aferrado por la nuca con sus garras filudas y metálicas.

-Igual no tiene que ser -opinó y Miguel alzó una ceja, mirándolo curioso-. Soy un mago, ¿olvidas? Puedo transformar tu rostro mientras estemos entre la gente.

-¿Eso es posible? -susurró y Martín soltó una sonora carcajada.

-Pelotudo, ¿querés ofenderme o qué?

Miguel frunció el entrecejo y los labios.

-No soy un… ¡Agh, que ofendido que eres! -exclamó y le dio un empujón suave, el cual igual le hizo perder un poco el equilibrio al rubio.

Martín solo continuó riéndose y le devolvió el empujón, echándose a correr para escapar del que le vendría de regreso. Miguel soltó un resoplido y se lanzó a perseguirlo, viendo como el mago saltaba fuera del camino y huía por el campo de tierra. Le gritó que se detuviera, que era un vil tramposo, sin dejar de correr tras él. Le sorprendió ver que el humano, por muy débil que fuese a comparación suya, corría bastante rápido, sintiéndose inalcanzable por un segundo. Le volvió a gritar, sintiendo que le faltaba ya algo el aire, mas trató de disimularlo corriendo más rápido. Por un momento muy breve, sus pies se engancharon consigo mismos, tropezando por poco. Maldijo asustado, mirando el suelo para no caer, y cuando alzó la vista, casi volvió a caer, mas por otra razón.

Martín había desaparecido.

Creyó por una fracción de segundo que se le paraba el corazón del susto. Sí, susto tremendo. La verdad era que siempre (y más desde el incidente en Puerto Moreno) que perdía a Martín de vista inesperadamente, su cuerpo era apresado por un temor que vivía hacía mucho en él, que anidaba en su interior como un parásito mortífero.

Supuso que, en ese momento, el mago o se había hecho invisible, o había alcanzado el bosque que se erguía ante él. Miró a su alrededor, luego a sus zapatos llenos de tierra, y finalmente otra vez hacia el bosque. Grito el nombre del rubio.

-¿Martín? ¡Tincho! -alzó más la voz tras no recibir respuesta-. ¡Martín, ya sal!

Al no recibir respuesta, soltó una maldición por lo bajo y alcanzó el bosque en pocas zancadas. Trató de escuchar algo, los pasos o la respiración agitada del humano, y creyendo tener algo, siguió aquel ruido. Apresuró nuevamente el paso, volvió a correr. Juró oír, ahora sí, claramente los pasos de Martín y con más decisión los persiguió. Aceleró más y con cada paso que él daba, más cerca lo oía hasta finalmente volver a percibir con más exactitud su olor.

-Ya vas a ver cuando te atrape -gruñó por lo bajo, soltando un jadeo entre cada sílaba, cuando de golpe, oyó un alarido casi bélico y de golpe Martín salió de la nada, saltando sobre él-. ¡Puta, Martín!

Gritaron ambos cuando el alado perdió el equilibrio, Miguel iracundo y Martín muerto de la risa. Tropezó el menor y ambos cayeron entre arbustos y raíces, rondando en la ligera cuesta en la cual se encontraban hasta que un macizo árbol los detuvo dolorosamente. Miguel soltó un quejido y sin pensárselo, le asestó un golpe en el estómago al mago.

-Vaya imbécil -masculló ignorando las risas ahogadas y llenas de dolor de su amante, a quien le estaba costando más levantarse del suelo.

-Ya, vamos que solo era una bromita -suspiró Martín, aceptando gustoso la mano que Miguel le extendía.

Se puso de pie algo tembloroso y se sacudió el polvo. Miguel miraba a su alrededor, creyendo tal vez que se habían adentrado demasiado en el bosque, pero entonces el alado dijo:

-Este lugar se me hace conocido…

-¿Conocido? ¿Has estado antes aquí? -inquirió-. Aunque si he de serte sincero, los bosques tienden a verse iguales todos...

-No lo digo por el bosque -resopló Miguel y rodó los ojos exasperado-. Algo del lugar se me hace como familiar… Tal vez el olor.

-El olor...

Martín alzó ambas cejas, poco convencido, y Miguel se limitó a suspirar y echar a caminar, sin esperarlo. Martín lo llamó, reclamando, y se apresuró a seguirlo, si bien cojeaba ligeramente. Miguel no se volvió a ver si lo seguía bien o no, sino que incluso se apresuró más, apartando las ramas que se interponían en su camino. Martín trató de alcanzarlo, cosa que recién logró cuando, de golpe, Miguel se detuvo.

-¿Y ahora qué? -renegó el rubio apoyando las manos en las rodillas, respirando con cierta dificultad.

Miguel no respondió, mas el mago no necesitó más palabras ya que, al alzar la mirada, lo vio él mismo.

Habían vuelto a salir del bosque, mas ante ellos no se extendían sembríos, sino un pastizal amplio y, a lo lejos, una casa de tamaño considerable, regular, pequeña para una mansión, pero aún así más grande que cualquier cosa que pudiera habitar un humano. Parecía ahora menos ilógico que Miguel pudiera haber estado por ahí en un pasado.

Notó que el alado había estado conteniendo la respiración cuando soltó el aire y echó a correr nuevamente. Martín maldijo entre dientes, disponiéndose a seguirlo otra vez, gruñendo de mal humor. Entendía la prisa de Miguel por recuperar sus alas y volver a casa, huir del peligro al que estaba expuesto sin alas y con un mago, pero aún así podía tener aunque fuese un mínimo de consideración hacia él, mero humano.

-Estúpido noblecillo -gruñó entre dientes, dándole igual si Miguel lo oía, pero a más se acercaban a la mansión, más comenzaba a contagiarse de la inquietud de Miguel.

Absolutamente todos los vidrios estaban rotos. Los muros del edificio estaban ensuciados de negro, evidenciando el paso de fuego. A pocos pasos, notó que se suponía que había una cerca rodeando el área, pero que esta había sido derribada. El jardín delantero se encontraba cubierto por rocas que parecían provenir de pequeñas estatuas que debieron adornarlo, así como de otros orígenes menos obvios. La reja que rodeaba el territorio descansaba horizontalmente, besando el suelo, derrotada. Nada se veía del típico pasto simétricamente cuidado que tanto caracterizaba los jardines de los nobles, sino que en su lugar rodeaba la casa un campo de huecos de barro, charcos de lodo oscuro moteaban el suelo que antes debió ser llano y perfecto, pero que ahora más se asemejaba a un campo de batalla. Ni siquiera estaba del todo seguro si eso era solo tierra mojada.

Miguel se había quedado parado frente a los restos de la reja, mirando el escenario con una mezcla de pesar y nerviosismo. Martín sabía bien lo que debía estar pasando en ese momento por su cabeza, la explicación que estaba poniéndole a aquella situación. Definitivamente no fue un incendio accidental, no habiendo las agitaciones que había en el territorio. Miguel giró el torso para mirarlo, mordiéndose el labio, para luego pasar por encima del metal de la reja tirada.

-Creo que sé qué casa es esta -murmuró y dio otro paso hacia el edificio abandonado, tratando de reconocer el escudo engravado encima de la entrada-. Juraría que esta es Casa Ayala.

-No me suena el nombre -respondió Martín-. ¿Nobles pobres?

-Ni tanto. Eran negociantes que manejaban el paso entre occidente y oriente, pero se encuentran subyugados a los Gómez ya desde tiempos de mi bisabuelo. O se encontraban…

Se terminó por acercar a la entrada, empujando lo que quedaba de las altas puertas de madera. Martín imaginó que debieron haber estado alguna vez barnizadas y bellamente ornamentadas con tallados, pero quien quiera que haya pasado por allí, se ocupó de robarles su esplendor. Entraron a un recibidor poco esplendoroso, venido abajo por el saqueo, el fuego y la lucha. Miguel se mordió el labio, pudiendo percibir bien el olor a sangre, a carne quemada y a miedo. Mas no dijo nada, sino que caminó con lentitud a la siguiente puerta, pasando a lo que parecía haber sido en su tiempo una sala de estar.

-Deberíamos ver si hallamos aún algo comestible y pasar la noche aquí…

-¿Aquí? ¿En una casa asaltada? -cuestionó Martín.

-Ya no hay nada ni nadie aquí y dudo que vuelvan -replicó Miguel y Martín asintió.

-Está bien -accedió y se desplazó a otra estancia.

Una hora más tarde, habían hecho un pequeño fuego en el patio interior de la casa y se sentaron alrededor de él, repartiéndose los pocos alimentos aún ingeribles que hallaron. Miguel se acercó a Martín y apoyó la cabeza en su hombro.

-¿Hace cuánto crees que lleve la casa así? -quiso saber el mago.

-No mucho, parece muy reciente todo… A lo más una semana.

-No es nada, casi simultáneo con lo de Puerto Moreno.

Miguel asintió.

-Eso mismo -susurró y Martín pudo percibir el temor en su voz.

-Estoy seguro que tu familia está bien -trató de calmarlo, rodeándolo con su brazo para apegarlo más a su cuerpo.

Miguel cerró los ojos y se acurrucó. No dijo nada, pero pudo sentir que sus miembros se relajaron un tanto. Suspiró bajo y acarició su brazo derecho, besando su coronilla. Cuando el fuego comenzó a morir, se acurrucaron más y se echaron entrelazados junto a las cenizas, tomando el calor de ellas y del cuerpo del otro.


Cuando la mañana despuntó, Martín despertó cubierto de rocío y con la garganta adolorida. Habían tenido una mala idea aparentemente. Miguel dormía aún a su lado, profundamente, y su cuerpo expulsaba harto calor. El mago se separó y se estiró, sintiendo al rato un gruñido provenir desde su estómago.

-Sí, sí, lo sé -respondió bajo y suspiró, empujando a Miguel para que despertara.

El alado frunció el ceño y luego abrió un ojo, soltando un gruñido casi animal.

-¿Qué?

-¿Cómo que qué? ¿Te creés que estamos en tu casa? -se rio Martín con ironía-. Tenemos que seguir, llegar como mínimo a un pueblo para comer.

-Ya te dije que no debería entrar más a los pueblos -contradijo Miguel incorporándose.

Se sentó y entrecruzó las piernas, dejando sus manos descansar en sus rodillas.

-Y yo te dije que puedo cambiar tu rostro.

Miguel lo miró con escepticismo.

-¿Seguro? -susurró y Martín resopló.

-¿Un poquito más de confianza? -masculló-. Sí, me va a drenar bastante energía, pero creo poder mantenerlo por el suficiente tiempo que permanezcamos en un pueblo.

Miguel asintió.

-Bueno, entonces hagámoslo -accedió y buscó alguna sobra de lo que habían comido el día anterior, mas sin mucho éxito.

Martín se rio divertido al verlo.

-¿Y vos por qué pensás que te estoy insistiendo para ir a un pueblo? -se mofó y Miguel hizo un puchero.

-Valía la pena intentarlo -renegó mientras se paraba.

Martín lo imitó, mirando a las cenizas húmedas y frías, pensando si sería mejor ocultar su estancia o dejar todo tal como estaba. Miguel no le dio tiempo a decidir y lo tomó del brazo, jalándolo de regreso al interior de la casa. Martín lo siguió hasta lo que dedujo que debió ser el comedor. Miguel se acercó a la mesa que aún permanecía en pie y se sentó en ella, mirándolo expectante. El mago se acercó a él, comenzando a dudar ahora un poco.

-No sé si acá sea el mejor lugar…

-¿Por qué no? Acá nadie vendrá a interrumpirnos -señaló Miguel, pero Martín sacudió la cabeza.

-La energía… No me agrada. Y es poca.

-Pero en cualquier lugar será peligroso, pueden descubrirnos.

En eso tenía razón. Pensó en que podrían volver al bosque, pero no tenías ganas de hablar mucho con la garganta así, por lo que solo asintió y se plantó frente a él. Miguel lo miró con una mezcla de ansiedad y curiosidad, una cara que ya había visto muchas veces y que, no negaba, tenía cierto encanto. Como una especie de inocencia inalada. Llevó sus manos a su rostro y lo escrutó por unos cortos segundos, cerrando luego los ojos. Trató de visualizar un rostro concreto para hacerse la tarea más fácil y la primera que se le vino a la mente fue la de su primo, de su Dani. Sonrió sin percatarse y la energía almacenada en sus dedos se tradujo en una suave luz celeste que recubrió el rostro de Miguel. Tomó apenas unos segundos, tal vez uno a dos minutos, y esta se volvió a extinguir. Apartó sus manos, dio un paso hacia atrás y abrió los ojos.

Daniel le sonrió.

-¿Qué tal?

Martín le sonrió de vuelta.

-Te queda bien.


-¿Todavía nada?

-Nada, Alteza, lo sentimos -respondió el mensajero y Antonio Prado soltó un pequeño suspiro.

Asintió y despachó a los guardas y al mensajero, volviendo a sentarse a su escritorio. Apoyó los codos en la superficie y cruzó las manos, cuando al rato volvieron a llamar a su puerta.

-Adelante -masculló irritado y un criado asomó la cabeza.

-Señor, su hijo y su señora han vuelto. El señor Julio desea verlo.

-Mándalo -pidió el cabeza de familia, volviendo a ponerse de pie, viendo al siervo desaparecer nuevamente.

Dio un par de pasos indecisos, volviendo la espalda hacia la puerta. Cuando oyó a Julio entrar, no se volteó a verlo, pero lo invitó a sentarse con él en el sillón.

-¿Cómo estuvo tu luna de miel? -quiso saber al tenerlo cara a cara.

Julio arrugó la nariz.

-No quiero hablar de eso -respondió secamente, queriendo ir directo al grano-. ¿Es cierto que mi hermano está desaparecido?

Su padre lo miró con expresión severa, mas no le recriminó la rudeza de su tono.

-Efectivamente -soltó tras dos segundos de contener el aire-. Se le perdió el rastro después de que, aparentemente, hizo un escándalo con los González y se fugó de su casa.

-Se habrá perdido en el bosque -murmuró Julio tensamente, pero su padre sacudió la cabeza.

-Créeme que preferiría eso, sin embargo, hemos sabido de avistamientos cerca al centro. Y además…

-¿Qué?

El menor de los Prado miró a su padre con ojos desafiantes y recibió de vuelta una mirada severa.

-Julio, el centro está totalmente ocupado. Se habla de...

-¡Por Dios, ya déjate de rodeos!

-Dicen que ha sido ejecutado.

Julio abrió la boca, creyendo por un instante que la boca se le caería al suelo o que su corazón había huído por ella. Por un fracción de segundo, su cerebro trató de hacerle creer que había oído mal, pero Julio no lo dejó.

-¿Cómo? -contestó en un hilo de voz y su padre suspiró, masajeándose el puente de la nariz.

-Hay rebeldes que afirman haberlo capturado, gente que dice haberlo visto en Puerto Moreno durante la ocupación. Pero no tenemos tampoco nada seguro…

-¡Entonces no digas aún que está muerto! -exclamó el hijo poniéndose de pie de un salto.

-Tampoco he dicho eso. Siéntate Julio -replicó su progenitor alzando la voz y el menor apretó los puños, obedeciendo a regañadientes.

-Quiero ir a buscarlo.

-Ni hablar. Tú ahora estás casado, tu prioridad…

-Mi prioridad es mi familia y en mi familia está primero Miguel -lo interrumpió Julio casi volviendo a gritar.

-Tu prioridad es tu esposa y, espero, futuros hijos.

Julio rodó los ojos, desviando la mirada.

-Julio -volvió a llamarlo su padre, suavizando esta vez el tono-. Tú y Marían partirán mañana mismo a un lugar más seguro. Como van las cosas, no es ni cuestión de tiempo para que la guerra llegue a nuestra misma puerta.

-Yo también soy un guerrero -murmuró el menor sin mirarlo aún y su padre suspiró.

-Aún eres pequeño…

-Me has casado , ¿para eso sí tengo edad? -resopló, volviendo a cortarle la palabra.

-Tu esposa también necesita protección.

-Ella sabe cuidarse -masculló su hijo.

-No voy a comenzar a discutir ahora contigo. Sobretodo en momentos como este, estás aún más obligado a obedecerme sin chistar -gruñó su padre, poniéndose de pie-. Vuelve con tu mujer, dile que no desempaque.

Julio se paró, mirándolo mal.

-Igual no lo iba a hacer, odia esta casa -le espetó y salió apuradamente, tirando la puerta.

Cuando la puerta cayó en el marco, el ruido que provocó sonó como mínimo diez veces más fuerte de lo que cualquiera de los dos se esperó. Julio pegó un brinco asustado, viendo hacia todos lados cuando el ruido se repitió y al segundo lo alcanzaron gritos de guardias y sirvientes. Nada pasó antes de que su padre hubiera vuelto a abrir la puerta, gritando a los soldados, tomándolo del brazo para arrastrarlo consigo, corriendo pasillo abajo. Estaba por protestar, cuando toda la pared a sus espaldas explotó y se derrumbó como un castillo de arena. Creyó oír más gritos, pero no estaba seguro, aquel pitido sonaba por encima de todo. Un hormigueo extraño le molestaba en los oídos. Temeroso, echó la mirada hacia atrás.

La sangre se le heló en las venas al ver al primer hechicero surgir por encima de los escombros.


Miguel volvió a llevarse las manos al rostro, mirando hacia su comida. Sentía un cosquilleo en los pómulos y debajo de los párpados que le impedía disfrutar debidamente de su almuerzo. Martín le advirtió con la mirada que se comportara, que terminaría llamando la atención con tanto que se removía como una cucaracha inquieta, pero Miguel no estaba de humor para hacerle caso a sus afanes de mamá. Soltó un resoplido y terminó de comer apresuradamente. Cuando salieron de la cantina, encaminándose nuevamente a la salida del pueblo, Martín lo miró de soslayo.

-Ya está perdiendo el efecto -le explicó-. Pero hacé un esfuerzo por no parecer payaso de feria, por Dios.

Miguel rodó los ojos.

-Qué insoportable que estás -renegó y soltó un pesado suspiro.

Martín no dijo nada esta vez, mas apuró el paso al ver la salida del pueblo. Según lo que había dicho Miguel, en aquella región no quedaban muchas más casas de nobles y que la de los Gómez estaba casi igual de lejos que la Prado. Así que ahora se encaminaban a casa, aparentemente. El día estaba cálido, más que los anteriores, y eso lo llenó de cierto optimismo cuando por fin se encontraban de nuevo en la carretera. Miguel silbaba a su lado, las manos en sus bolsillos mientras caminaba mirando al cielo. Parecía un día tranquilo y fue un cruel engaño.

Aún no estaba ni por anochecer cuando a lo lejos divisaron un grupo de hombres movilizándose a caballo. Tarde. Los habían visto también, notó Miguel, murmurando bajo y con mirada preocupada. Eran por lo menos veinte humanos, todos adultos, todos armados.

-No podemos desviarnos ahora entonces -masculló Martín de mal humor.

Un vistazo hacia el lado le indicó que los ojos y los labios de Daniel aún seguían en su lugar. La nariz de Miguel, sin embargo, lo ponía nervioso, al igual que las manchas trigueñas que moteaban su rostro. Tratar de rehacer el hechizo sería también demasiado visible desde la distancia en que se encontraban, pero tal vez lo que quedaba aún sería suficiente. Lo dudaba, pero no les quedaba mucha otra opción.

-¿Y si corremos? -susurró Miguel, mirando fijamente al frente-. Las montañas están aquí no más, podríamos alcanzarlas…

-¿Y si no son ofensivos? -replicó Martín, pero Miguel negó con la cabeza.

-Martín, vienen armados y a caballo, y no traen uniforme. Solo pueden ser una cosa.

Martín maldijo entre dientes cuando en eso unos cuantos hombres aporrearon a sus caballos comenzaron a adelantarse. Miguel sintió el pánico crecer en su estómago como un brea pesada y venenosa, pero Martín mantuvo el rostro sereno.

-Buenas -saludó cuando el primero los alcanzó.

-Buenas -respondió este de vuelta, tocándose el sombrero apenas con las yemas de los dedos-. ¿De viaje?

-Eso mismo. Vamos al norte.

-Eso noto. ¿A unirse a las tropas delanteras?

Miguel se tensó al oír aquello, viendo como el resto de los guerrilleros se acercaba peligrosamente.

-¿Ustedes van con las tropas principales? -evitó Martín la pregunta y el sujeto asintió.

-Íbamos de reconocimiento en el norte, solo somos un pequeño escuadrón como ven -les hizo saber.

-Debieron tener éxito, por lo que veo.

El jinete apenas tensó la mandíbula, pero Miguel ya tenía toda su atención focalizada en él.

-Pues, la verdad… No hemos llegado tan al norte, no hallamos a las tropas donde se suponía que nos esperarían. Es muy molesto esto, tienen un comandante impredecible…

-Eso no está bien -opinó Martín-. Un líder debe ser de fiar.

-También tiene su lado bueno, supongo. Uno de los comandantes que está ocupando el sur es aún peor, nadie puede adelantársele un solo paso, sumado a que es implacable… Un arma mortífera, ese mago.

Martín sintió algo en su interior hincharse con cierto orgullo al oír tales halagos a alguien de su rama, mas aquello poco le duró, pues por el rabillo del ojo pudo ver cómo Miguel se removía. El alado sintió sudor frío en la nuca cuando comenzaron a pasarlos los primeros, encerrándolos con miradas atentas y curiosas, vivas y despiertas, y Martín tampoco estaba muy conforme con aquella situación.

-Bueno, entonces les deseamos mucha suerte -apuró Martín logrando contener la careta de calma, si bien Miguel notaba que tenía prisa por deshacerse de ellos-. Nosotros seguimos al nor...

-Esperen… -comenzó a decir uno de los jinetes, cuando fue interrumpido.

-¡ES EL HEREDERO! -vociferó un primero, hallando inmediatamente un eco de bramidos y vociferos.

Martín no tuvo ni tiempo de pensar cuando una lanza rozó su mejilla. Oyó el alarido de Miguel y el mundo tembló dentro de él de manera estremecedora. No lo pensó cuando materializó una espada en su mano y se lanzó a defender al alado, casi siendo devorado por los guerreros que se lanzaron a atacarlos. Vio de reojo como Miguel se arrancaba la lanza del muslo y trataba de defenderse con ella hasta apoderarse de otra espada.

-Miguel -jadeó agitadamente, estirando el brazo para alcanzarlo y unirlo bruscamente a su cuerpo-. Sujetate bien.

-¿¡Qué!? -chilló el noble aterrado, la expresión sombría de Martín no le agradaba, pero antes de que pudiera seguir protestando, sintió un tirón en su vientre bajo y una especie de canal que corría de él a Martín-. ¡No, Martín! ¡No te queda energía!

Su grito no detuvo al mago. Sus miembros se sintieron pesados al poco rato, mas no por eso dejó de blandir la espada. Un hombre se lanzó sobre él sin cubrirse, decidido a derribarlo, logrando partir la espada con dos fuertes machetazos. Las piernas del alado comenzaron a flaquear y un quejido escapó a su boca cuando sintió el primer trueno sobre su cabeza. Los ojos de Martín brillaban furiosamente y pronto se les unieron sus manos. Otro trueno resonó y el relámpago golpeó un árbol cercano. Los gritos fueron acallados por la tormenta, mas aquello no detenía sus ataques. Martín maldijo y la luz se intensificó. Miguel pesaba en sus brazos y sentía que sus propias fuerzas amenazaban con abandonarlo pronto. Bloqueó los siguientes ataques con un débil campo de fuerza mientras trataba de simultáneamente concentrarse en la tormenta. Un gigante se irguió sin aviso ante él, alzando un mazo y estrellándolo con todas sus fuerzas contra el quebradizo escudo de Martín.

El estruendo fue ensordecedor.

El rayo pegó en medio de la batalla y los cielos comenzaron a llorar mientras el débil mago arrastraba a Miguel fuera del espontáneo campo de batalla, amparado por un delicado manto de invisibilidad.