13. En ruinas

Lo primero que volvió a sentir, fue frío. Principalmente en sus brazos, luego en sus dedos, pero eventualmente en todo su cuerpo. A pesar de ello, tardó en despertar. Su mente flotaba en una especie de limbo extraño entre el sueño y la realidad. Poco a poco, volvió a la lucidez, siguiendo aquella diminuta fuente de calor a su lado y la preocupada voz que lo llamaba sin cesar.

-Por fin -suspiró Martín y Miguel apretó una última vez los párpados-. Creí que habías entrado en coma.

Miguel se habría reído de no ser porque aún estaba recuperando sus sentidos.

-¿Dónde estamos? -balbuceó y acto seguido dejó escapar un quejido.

Martín se apresuró a detenerlo en su intención de levantarse, sujetándolo con cuidado pero firmeza.

-Unas ruinas -dijo simplemente, teniendo que hacer algo de fuerza para tenerlo quieto-. Las hallé entrando en las montañas, estamos bien ocultos aquí.

Miguel parpadeó y trató de acostumbrar su ojos a la luz que entraba por entre las rocas y los árboles. Había mucha vegetación como para encontrarse en las montañas, mas supuso que no debieron adentrarse mucho. ¿Cómo iban a hacerlo con él inconsciente y herido y Martín apenas pudiendo mantenerse en pie también? Debía decirlo, era un milagro el estar con vida aún. Miró al mago, quien lo contemplaba preocupado, y le sonrió.

-Eres asombroso -le dijo con franqueza y pudo finalmente reírse cuando percibió cómo las mejillas de Martín se teñían de rosa.

El humano se carraspeó.

-No digas las cosas con tanta sinceridad -murmuró y Miguel alzó ambas cejas.

-¿Por qué?

Martín se rio, apenado.

-La gente tiende a no saber cómo reaccionar. No es normal que te hablen así. Aunque gracias, ya sé que lo soy.

Miguel rodó los ojos. Luego, se encogió de hombros y desvió la mirada para terminar de asimilar el lugar en el que se encontraban. Ciertamente eran ruinas, si bien no estaba del todo seguro de qué clase de edificio había sido aquel. ¿Al pie de la cordillera? No sabía de ningún asentamiento, comuna o casa noble que se encontrara en aquella región y tan cerca a las montañas. Ni siquiera había un pase por aquella zona, al menos no desde hacía ya casi trescientos años luego de aquel terremoto, cuando múltiples pasajes fueron cerrados irremediablemente.

-¿Cuánto tiempo estuve fuera?

-Más de medio día, querido -suspiró Martín mientras sacaba el pequeño baúl que aún traía en el bolsillo y le devolvía su tamaño real.

Lo dejó en el suelo frente a él y comenzó a rebuscar en su interior. Sacó un queso y un pedazo de pan endurecido, junto con el último trozo de salchicha. Miguel se relamió.

-Debí comer más en el último pueblo -se quejó Martín y el alado se rio en respuesta.

-Seguro no podrías haber corrido tan rápido anoche.

-¿Vos decís?

El mago alzó una ceja, mirándolo de lado. Le alcanzó el pan y la salchicha y sacó un vendaje, junto con un trapo. Se levantó para ir por agua, ordenándole no moverse, y se retiró con su botella. Miguel se llevó primero el pan a la boca, sabiendo que Martín se lo había dado debido a que poseía los dientes más duros, y esperó que eso calmara su hambre por el momento. Seguro podría guardar la salchicha un tiempo más. Tal vez unas horas.

(Sabía que no sería el caso)

Esperó a que su mago volviera, aún mirando a su alrededor. El frío se iba perdiendo, pero el clima entero parecía haberse alterado debido a la tormenta que Martín desató. No podía creer que el mago lograra hallar suficiente energía para aquello.

Al rato regresó Martín.

-Te hirieron bien feo -comentó mientras que, con manos y ojos concentrados, sacaba la venda que ya le había puesto cuando se encontraba inconsciente y la reemplazaba por una más limpia.

Miguel se miró la herida desnuda. Ardía, pero no sentía que se sintiera mucho peor que antes, aquel agotamiento ya le era familiar. Tal vez las horas que estuvo dormido (o desmayado) habían ayudado mucho.

-La verdad que sí… Casi no salimos vivos de esa.

-Es verdad, y no solo porque estábamos rodeados.

Miguel lo miró confuso y Martín suspiró nuevamente.

-El hechizo que invoqué… En realidad falló.

-Pero igual nos salvamos…

-Sí, porque tuve suerte de que fallara -la voz de Martín se volvió más grave-. Era un hechizo prohibido, aunque como no logré completarlo...

Miguel lo miró atónito.

-¿¡Qué!? ¡Pudiste haber muerto inmediatamente!

-Lo sé…

-¿¡Pero en qué estabas pensando!?

El mago se mordió el labio inferior, encogiéndose de hombros. No lo miró a la cara.

-Solo estaba pensando en sacarte de ahí.

Miguel no supo qué decir. Fue mejor guardar silencio y tomar la mano del humano. Estaba fría y húmeda, pero Martín al menos le sonrió con debilidad.

-Me quedé sin energía -declaró finalmente, apartando su mano-. Este lugar está muy muerto, me tomará tiempo recuperarme.

Miguel apretó los labios.

-¿Cuánto tiempo?

-Unos días. Además vos tenés que recuperarte también. Estás peor que yo, que no se te olvide.

El alado asintió.

-Así que nada de cazar por ahora -añadió Martín para tener aquello claro-. Dejá que yo me ocupe hoy y mañana de darte de comer.

Miguel frunció los labios, no molestándose en ocultar que aquello lo ofendió.

-No soy un niño.

-No, pero un herido -replicó Martín y añadió-: Herido en batalla.

-Ya -Miguel rodó los ojos-. ¿Cuándo dejarás que me pare?

-Mañana.

Miguel suspiró y se volvió a echar, comiéndose el último pedacito de carne que le quedaba. Lo extrañaría, y lo peor era que ya ni estaba tan bueno. Todo mal. Martín recolectó las vendas sucias que había dejado en el suelo húmedo y se volvió a poner de pie, yéndose a tratar de lavarlas aunque fue un poco. Miguel miró al cielo, abrumado.

No tenía idea de dónde se encontraban, pero le llamaba la atención. Sentía aún a su alrededor la atmósfera húmeda de la tormenta y supuso que debió llover por mucho tiempo si aún se percibía tan fuertemente. Oía a Martín moverse cerca, si bien no lo veía. Permaneció quieto, prestando atención a los movimientos del mago. Eran parsimoniosos aunque podía sentir la fuerza que ponía en sobar los vendajes unos con otros en un inocente intento de limpiarles toda la sangre posible. Se preguntó cuánta sangre debió perder en primer lugar como para permanecer tanto tiempo inconsciente. Ciertamente debió ser bastante, no podía negar que se sentía débil y que tenía mucha, mucha sed.

Por más que odiaba admitirlo, Martín tenía razón. Debía descansar.


Comieron raíces y unos pajaritos, sentados junto al fuego que encendieron con mucho esfuerzo y una chispa de Martín. Era pequeño, pero se mantenía con vida y daba calor. Era algo. Además, se tenían a ellos. Miguel ya se sentía mucho mejor, recuperándose más rápido de lo que Martín había tenido en cuenta, si bien la herida en su costado aún no terminaba de sanar ni con la ayuda del mago.

-Debió ser alguna arma hechizada o envenenada.

-¿Es eso posible?

Martín alzó una ceja.

-Puedo hacer llover chispitas de colores, así que envenenar una lanza tampoco debería ser problema.

Miguel frunció el entrecejo y desvió la mirada, volviendo su atención a la última raíz que le quedaba. Martín alzó una ceja.

-¿Qué?

-Nada.

-Decime -masculló el mago y Miguel resopló.

-No quiero.

-Dejate ya de pavadas y decime, Miguel -bufó Martín-. Después de todo este viaje, es lo menos que podés hacer.

-Ya, no me gusta que te pongas de igual con esos rebledes, ¿¡bien!? -espetó Miguel exasperado y Martín echó los ojos hacia arriba.

-Dios…

Por unos minutos, ninguno dijo nada. El fuego chispeaba cuando Martín trataba de avivarlo un poco y la madera crujía débilmente, quebrándose. Poco a poco, iban quedando únicamente las brasas. Miguel las miraba intensamente, como si en ellas pudiera hallar un camino directo a su casa, a la vez que sentía que su calor le quemaba los ojos desde la distancia. Martín suspiró y estiró el brazo, tomando su mano.

-Migue… -el alado no respondió, mas le dejó sujetar su mano-. Sabés que soy un humano.

-Pero no eres como los demás humanos. Eres diferente, distinto. Tú me quieres, y aunque no quieres a los alados, te interesa escucharme cuando te cuento cosas de nosotros…

Martín curvó dulcemente las comisuras de sus labios, atrayéndolo más.

-Vos tampoco sos como los de tu especie. Y aún así decís "nosotros".

Miguel no supo qué replicar ante ello, pero al menos lo miró. Sus ojos estaban algo rojos, mas el mago no supo si simplemente era la luz o el calor ya era demasiado para el alado.

-De verdad no sé qué está mal con nosotros.

Martín torció la boca. Sabía a qué se refería.

Solo iban a sufrir así.

-¿Y si nos escapamos? -susurró Miguel, pero ambos sabían que, aunque viniera de su boca aquella empresa, el noble no sería capaz de abandonar a su familia, no cuando estaba su hermano con ellos.

-Deberías dormir -opinó Martín bajo, cerrando el tema.

Miguel no opuso resistencia y se recostó.

-Échate conmigo -pidió en voz baja y Martín lo miró de lado.

Le tomó unos segundos reaccionar, pero finalmente se apegó y se acostó junto al alado. Miguel le sonrió débilmente y pasó un brazo por encima de su cintura.


La herida aún dolía, pero aquello no le impedía moverse por los alrededores. Supusieron que aquel lugar debió ser un pequeño pueblo debido a la extensión que tenían los murillos de piedras. Todo se veía sumamente frágil y a Miguel le sorprendía que aún existieran ciertas secciones donde casas o cuartos aún se mantenían en pie. La arquitectura misma no le decía mucho, no lo suficiente como para ponerle una fecha o un nombre. Martín por su parte, se limitada a rebuscar en las esquinas, a tocar paredes y árboles, y a suspirar.

Había vuelto a llover en la mañana (fue lo que los despertó) y ahora todo estaba de nuevo húmedo. El olor a petricor invadía sus fosas nasales y todos sus sentidos. Le gustaba ese olor, junto con la frescura y la sensación a vida y lucidez que le daba aquel entorno. Sin escuchar a Martín, se dispuso a rastrear a algún animalito, aunque fuese una ardilla. Estaba decidido a comer mejor esa noche. Al día siguiente seguirían su camino y era debido no hacerlo con el estómago aquejado. En el caso ideal, hallaría un conejo. Uno adulto. Sí, eso sería lindo. Sonrió ante la idea y estaba tan sumido en sus fantasías que no prestó atención al camino resbaladizo y por ello no es de extrañar que terminara resbalándose con el barro. Profesando un chillido digno de una banshee. Su cuerpo entero salió volando como un cometa, aterrizando de espaldas y deslizándose varios metros hasta chocar contra un murillo.

Martín pegó un brinco asustado ni bien oyó el alarido y echó a correr en su búsqueda, hallándolo estampado contra la pared y el suelo, gimoteando adolorido.

-Por la puta, Miguel, tené más cuidado -resopló y se acercó para ayudarle a pararse, no contando con que el suelo de verdad que estaba húmedo, resbalando por igual-. ¡AHH!

-¡MARTÍN, NO! -gritó Miguel aterrado, tratando de esquivarlo.

Martín trató de sostenerse del muro o de las piedras, mas sus manos resbalaban y en un intento desesperado, invocó un escudo para proteger a Miguel. El alado volvió a gritar asustado cuando vio la tenue luz celeste y aún más fuerte cuando una explosión reventó a su lado, echándolos a volar a ambos nuevamente.

Martín sintió un duro golpe en la cabeza y tosió, creyendo por poco no poder respirar bien. Durante segundos vio borroso y en sus oídos sonaba un pitido penetrante y doloroso.

-¿M-Miguel? -balbuceó desorientado, tratando de ponerse de pie.

-Cuidado -jadeó la voz de su amante a su lado y sus brazos lo rodearon-. No te pares tan rápido.

Al parecer no se había golpeado tan fuerte como él. Miguel lo sostuvo y luego lo cargó llevándolo a un lugar más seco y estable. Buscó su botella y le trajo agua, enjuagando su cabello para poder ver si se había hecho alguna herida visible. Martín solo se dejó hacer, sintiendo aún cómo todo daba vueltas a su alrededor. Miguel volvió una segunda vez con agua y le dio de beber.

-Tincho, mírame -pidió e inspeccionó sus ojos-. ¿Tienes náuseas? ¿Quieres vomitar?

El humano negó con la cabeza, preguntándose apenas cómo era que su noblecillo siquiera sabía qué hacer en una situación así. "Son seres que vuelan muy alto" le recordó una voz interna.

-¿Qué fue eso? -farfulló el alado, claramente más asustado que él.

-Pareció… alguna reacción… o choque…

-¿Perdón? ¿Para principiantes?

Martín se sobó al frente, gruñendo.

-Como cuando… chocan dos hechizos… o campos de fuerza... -trató de explicarse, pero la cabeza le dolía demasiado fuerte.

Miguel lo observó preocupado.

-¿Martín?

-¿Qué?

-Nada… descansa -susurró y lo acomodó, acariciando con cuidado su frente.

Martín sonrió débilmente.

-No voy a morirme, ya hemos sobrevivido cosas peores.

-Cállate -renegó el noble-. ¡Cállate, que encima venías a putearme a mí!

Martín suspiró. En eso tenía razón.

-¿Pero quién se sacó la mierda en primer lugar?

Miguel enrojeció y apartó la vista. El mago se rio entre dientes.

-Ya, tampoco es para tanto -musitó divertido y tomó su mano.

Miguel la acarició con semblante pensativo.

-Oye -murmuró y Martín alzó un poco la mirada-. ¿No deberíamos, no sé, fijarnos en qué hay ahí que explotó así de la nada?

Martín frunció el ceño y asintió.

-Debe haber algo ahí, pero puede ser peligroso. Mejor espera a que… ¡Miguel!

El alado no había esperado a terminar de escuchar lo que Martín tuviese que decir, sino que se volvió a acercar al lugar en el que aterrizó. Martín volvió a gritar su nombre, mas hizo caso omiso. Con cuidado se asomó, viendo que, donde antes había suelo y pared, se hallaba ahora un enorme hueco.

-¡Tincho! -gritó y se asomó más-. ¿Qué fue lo que hiciste exactamente?

Martín rodó los ojos, respondiendo que solamente había invocado un escudo.

-¿Seguro que no fue una bomba? -quiso saber el menor, tratando de discernir qué se hallaba dentro de aquella cueva subterránea que había quedado descubierta-. ¡Voy a entrar!

-¿¡Qué!? ¡Miguel, no! ¡Vuelve! -exclamó el mago nervioso y trató de ponerse en pie.

-¡No, tú quédate ahí y yo ya regreso! -ordenó Miguel y, acto seguido, saltó dentro del hueco.

-¡Miguel!

Martín se sostuvo de una roca cercana, esperando oír una respuesta. Volvió a gritar su nombre, pero Miguel no respondió, absorto en asimilar la estancia que lo rodeaba. Oscuros estantes, casi negros, se enlistaban uno junto a otro como soldados, altos y firmes. Sus flancos estaban llenos de lomos encuerados, apenas distinguiéndose colores, y en el centro de la estancia se hallaban tres grandes mesas. El hueco, resultando mucho más profundo de lo que había calculado, guardaba en su interior lo que parecía una biblioteca inmensa, con filas de filas de libreros llenos de tomos ennegrecidos por el tiempo. A donde sea que dirigiese los ojos, Miguel hallaba libros.

-Mierda… -es lo único que logró exhalar, cuando un grito lo sacó de aquel embrujamiento.

-¡Miguel!

Alzó la mirada hacia el hueco en el, ahora sabía, techo.

-¡Martín! -exclamó y sonrió-. ¿Cómo estás?

-¿¡Que cómo estoy!? -resopló el aludido-. ¡Esperá no más que baje y te saque la mierda!

Miguel solo se rio y se colocó bajo el hueco.

-¡Salta! Yo te atrapo -le aseguró al humano y le estiró los brazos, viéndolo dudar-. Vamos, apura que se me cansan los brazos.

-Ya cállate -gruñó Martín y se dejó caer.

Aterrizó en brazos de Miguel con un quejido y el alado lo apretó contra su pecho.

-¿Cómo está la cabeza?

-Preguntame otra cosa o te voy a partir la tuya -masculló el mago, mas calló inmediatamente al comenzar a mirar a su alrededor-. ¿Qué…?

-Asombroso, ¿no?

-Increíble… literalmente -susurró Martín y con ayuda de Miguel se acercó a uno de los estantes-. ¿Qué es este lugar?

-Ehh… ¿Una biblioteca? -contestó Miguel con tono de obviedad y Martín rodó los ojos.

-Gracias, no lo había notado -afirmó con sarcasmo y se irguió-. ¿Hace cuánto que este lugar no ha sido habitado? ¿Siglos? Es casi imposible que se haya mantenido en tan perfecto estado...

Miguel se encogió de hombros.

-Pero estaba cerrado, ¿no? -arguyó-. Y ese campo de fuerza que dijiste… ¿no podría haber estando protegiendo el lugar?

-Aun así -murmuró Martín, acercándose con dificultad a una de las pilas de libros que se hallaba en las mesas, y pasó el dedo por la tapa del último-. No hay ni polvo…

Aquel no debió ser un escudo cualquiera, sino que, en su momento, una barrera sumamente poderosa que protegería aquella estancia no solo de cualquier intromisión, sino también de la deterioración por más de… ¿cuántos años y años? El paso del tiempo debió debilitar el hechizo, posibilitando que algo tan débil como un sencillo escudo personal pudiera romperlo, pero inicialmente debió ser invocado por uno o hasta dos magos o hechiceros muy poderosos. Aquel pensamiento daba pie a otro: ¿qué había en aquella biblioteca que era tan esencial proteger? ¿Acaso secretos ultra importantes de la nobleza? ¿O conocimientos que justamente estos no debían alcanzar?

Martín echó una mirada fugaz por encima de su hombro, hallando a Miguel husmeando en uno de los estantes, antes de volverse otra vez a su propia pila de libros e inspeccionar los títulos de los dorsos. Estaban en gran parte escritos en una variedad sumamente arcaica de su lengua, pero con cierto esfuerzo podía leer la mayor parte. No obstante, más de un título le resultaba confuso e incluso se halló con códigos y alfabetos que le resultaban totalmente alienígenas.

-Miguel -llamó al alado y este se volvió hacia él, acercándose.

-¿Sí?

-Acá hay muchos libros de hechizos y conjuros -señaló el rubio-. Creo… creo que puedo hallar nuestra solución aquí.

-Solo has visto una pila -opinó Miguel-. ¿Qué si no hay ni siquiera tantos libros de magia?

Martín rodó los ojos.

-¿Por qué no mirás a tu alrededor? Debe haber acá miles de libros y no es poco probable que una gran parte, si es que no todos, sean sobre hechicería. Esta biblioteca es como la de tu casa…

-La mía parece más grande -replicó Miguel y Martín, no aguantando más, le asestó un golpe en la cabeza-. ¡Ay!

-Mejor buscá una manera de salir de acá para ir por nuestras cosas -masculló el mago y sin perder más saliva, se dispuso a iluminar mejor aquel lugar.

Miguel frunció el ceño, mas eligió no insistir. Se aproximó de vuelta al hueco en el techo, mirando hacia arriba. Lo separaban unos cuatro o cinco metros de la abertura, pero si aquella era una biblioteca, debía tener también una salida un tanto más convencional, ¿no? Miró a su alrededor, buscando una puerta de cualquier tipo.

Halló una al fondo de la habitación. Era grande y de apariencia pesada, pero a la vez se había conservado igual de bien que todo el resto de la habitación. Se acercó a ella y, haciendo uso de enorme fuerza, la abrió. Ante él se extendió lo que parecía un agujero negro, infinito. Se mordió el labio y tomó aire, dándose ánimo antes de entrar a aquella oscuridad desconocida. Ojalá no hubiera algún monstruo escondido en ella.

Mientras tanto, Martín había terminado con unos cuantos estantes y se había sentado en una mesa, rodeado por altas torres de libros escogidos. Muchos libros eran manuales muy específicos para prácticas concretas o categorías de rituales o conjuros, apoyados además con hechos científicos o históricos. Más de una vez, Martín se quedó perdido, leyendo sobre un tema totalmente ajeno con lo que buscaba, enfrascado en una lectura hambrienta y atenta. Luego de un rato notaba que se había vuelto a desviar de su búsqueda y, a regañadientes, la retomaba.

Parecía haber encontrado lo que le interesaba cuando Miguel depositó su baúl en la mesa con una sonrisa triunfante. Alzó la mirada y luego las cejas.

-¿Hallaste algo ya? -interrogó el alado con cierta impaciencia y Martín suspiró, echándose hacia atrás, sobándose los ojos.

-Tenés que darme algo de tiempo, oye… hay mucho material en este lugar. Pero creo estar cerca.

Le sonrió para no desanimar al chico y darle mas credibilidad a sus palabras.

Miguel asintió, no queriendo renegar. Esperaría.


La comida era poca, pero al menos ahora Martín no lo miraba con odio cuando lo veía escurrirse entre los árboles. Incluso sin sus alas, Miguel tenía suficiente instinto, fuerza y habilidad para arreglárselas. No era que hubiera mucho que cazar allí, pero al menos comían, se defendía el alado siempre que Martín le recriminaba que otra vez traía dos palomitas que aún goteaban sangre.

-¿Qué acaso eso no es canibalismo? -le cuestionó en una ocasión, apenas alzando la mirada de su libro de turno mientras el alado trataba de preparar la cena.

La mirada ofendida de Miguel no tenía precio.

-¿Tengo cara de paloma? -resopló.

Martín solo se rió entre dientes y volvió a la lectura. Más tarde, mientras comían, Miguel parecía extrañamente sumido en sus pensamientos, y el humano no le habría dado importancia hasta que el silencio se rompió de golpe.

-¿Crees que nos maten a todos?

El mago alzó la mirada y por un rato, no supo qué decir.

-¿Matarlos?

-Los rebeldes… ¿No crees que… que vamos a terminar todos presos como en Puerto Moreno?

-No -dijo Martín algo seco, sin saber qué otra cosa decir-. No, no creo.

-¿Por qué?

-Porque ustedes son los alados. Ustedes son poderosos, tienen ejércitos acá y más allá de las fronteras.

-Pero… somos pocos alados a comparación de los humanos, extremadamente pocos si lo piensas -señaló Miguel-. Es verdad que éramos menos, aparentemente, cuando invadieron el continente y ganaron la guerra. En eso está todo nuestro orgullo y gracias a eso se ha mantenido a raya a los humanos después de todo. Pero esos son historias. A veces no sé bien qué es verdad y qué no, y estoy seguro que así le va a los humanos también...

Martín no pudo negar que sí, era una idea impresionante. Actualmente debían gobernar alrededor de unas diez familias nobles en todo el continente, de las cuales tres ostentaban el poder absoluto sobre los tres únicos países que existían actualmente. Era muchísimo poder, si uno se detenía a meditarlo bien.

Literalmente había ido a parar a la élite de la élite y no sabía ahora cómo sentirse al respecto.

-Pudieron ganar la guerra una vez, lo van a hacer de nuevo -lo calmó cuando recordó que tenía que dar una respuesta.

Miguel no dijo nada, no comentó el que finalmente se hubiera mencionado la palabra guerra. Miró su comida y se preguntó cuánto más volvería a comer antes de morir a manos de rebeldes.


-Miguel -lo llamó Martín, volviendo a surgir por entre sus libros.

Traía uno bajo el brazo y se veía cansado. El alado, ocupado con un libro de leyendas de su cultura oriunda, lo miró curioso.

-¿Hallaste algo? -preguntó y Martín asintió-. ¿Y bien?

-Necesito tu ayuda -murmuró- para dos rituales.

-¿Dos?

Miguel alzó una ceja, jurando que los ojos del mago se habían oscurecido.

-Sí, uno para restaurar tu sello y otro para romper el mío.

Miguel lo miró dudoso.

-¿Perdón?

-Entendiste bien lo que dije.

-¿Romper tu sello? -resopló Miguel-. Ni siquiera sabes dónde está. ¿Y para qué quieres romperlo? ¿Y yo que voy a hacer en un ritual si no soy un hechicero?

Martín dejó escapar un suspiro exasperado.

-Voy a hacer que no estás comportándote como un idiota y simplemente pasar a explicarte de qué va el segundo ritual.

Se acercó a Miguel y se sentó a su lado. El alado cerró su libro y negó con la cabeza.

-Primero déjame ir a cazar algo y de ahí hablamos con el estómago lleno. Lo necesitaré.

Martín apenas asintió y lo dejó ir. Se levantó tras unos segundos también, disponiéndose a hacer fuego debajo del hueco del techo.

Miguel cazó un zorro. La carne era del total disgusto de Martín, pero estaba tan hambriento que se la comió sin chistar. Miguel parecía absorto en devorar su ración.

-Oye… -lo llamó cuando iba terminando-. Sobre tu sello, quiero hacer eso después de quitar el mío.

-¿Por qué? -Miguel frunció el ceño-. ¿No confías en mí?

-No, no es eso.

-¿Entonces?

-Creo… creo que he descubierto un efecto más de mi sello.

-¿Y ese sería?

-Mi habilidad para absorber energía no es la que debería ser.

Miguel lo miró sorprendido, extrañado y confundido a la vez.

-¿Te debilita?

-Por así decirlo.

-Entiendo -murmuró Miguel bajo.

-Pienso que cuando un mago, o hechicero, utiliza hechizos más poderosos seguidamente, aunque sean permitidos, su capacidad de recuperación es ralentizada.

-Suena como una buena estrategia -murmura Miguel bajo-. Por algo casi solo tenemos soldados blancos.

-Sí, eso siempre me llamó la atención.

Miguel no dijo nada más, pensativo. La verdad no creía que Martín fuera a traicionarlo. Esperaba que no lo hiciera.

-Dime qué debo hacer.

Martín sonrió aliviado.


El ritual se llevaría a cabo a la mañana siguiente. Según Martín, estarían descansados y las energías serían ideales. Miguel seguía bastante confundido sobre su rol en aquel juego. Había aprendido de su abuela múltiples "trucos" que rayaban en lo mágico, pero que no servían más que para neutralizar a un hechicero en caso de enfrentamiento. ¿Pero realizar un ritual?

Martín lo despertó al amanecer y el noble se levantó restregándose los ojos y renegando un tanto malhumorado. Desayunaron restos del zorro y luego Martín se dedicó a preparar el ritual, no sin un tanto de nerviosismo. Miguel lo observaba sentado desde cierta distancia. El rubio armó un círculo de piedras, mirando a cada tanto el libro abierto que descansaba en el centro. Esparció algunas hierbas que habían recolectado el día anterior y luego se desvistió. Miguel se mordió el labio, resignándose a imitarlo.

-Mi abuela decía que el poder de un mago depende de su concentración y que hay ciertos puntos vitales para anular sus habilidades...

-Tu abuela sabía lo que hacía. Anularemos un hechizo, es por eso que puedes ayudarme -explicó Martín, pidiéndole que se acercara.

Miguel asintió, calmándose un poco con sus palabras. Martín tomó sus manos y entrelazó sus dedos.

-Tranquilo -susurró y besó la comisura de sus labios y luego la punta de su nariz-. Confío en vos.

Miguel tragó, pero volvió a asentir. El mago soltó una de sus manos y se agachó rápidamente, recogiendo un cristal celeste que había traído consigo en su baúl. Lo colocó en la mano libre de Miguel y la cerró, envolviendo su puño con el suyo.

-Solo dejá que mueva tu mano y cuando sientas que el cristal vibra… Ese es el punto que debemos anular -indicó Martín y cerró los ojos.

Miguel cerró los suyos. Temía en el fondo que aquello pudiera tener efectos nefastos para su amante, que pudiera incluso acabar con su vida a pesar de que el humano había insistido en que su participación en el ritual anularía la trasgresión contra el sello. No había entendido del todo ni estaba tan convencido, pero había asentido y accedido a ayudar. De tener éxito, solo podría ser positivo… ¿no?

Martín inhaló profundamente y susurró varias palabras desconocidas para el noble, una por segundo como un reloj que contaba el paso del tiempo. El cristal se sentía caliente en su puño y la mano de Martín comenzó a jalarlo sobre su cuerpo. No lo veía, pero estaba seguro de que el cristal brillaba ligeramente. A Martín, por su parte, le costaba mantener la concentración. Rara vez se veía en la necesidad de ejecutar un ritual tan físico, aquellas eran cosas de hechiceros, pero para un conjuro tan poderoso y sintiéndose tan débil, hacía falta de toda ayuda que pudiera alcanzar. Pasaron varios segundos antes de que comenzara a sentir el calor del cristal hasta su propia mano. Debía estar cerca.

Miguel soltó un respingo cuando comenzó a sentir las vibraciones del cristal y Martín, si bien quería abrir los ojos y mirarlo, se contuvo y solo le dio un apretón a su mano. Empujó el cristal más sobre su piel, justo encima de su muslo derecho, y Miguel pareció captar que aquella era su señal. Tomó una gran bocanada de aire y se concentró más allá del cristal, sino en ese punto que latía debajo de las capas de piel y carne de Martín, ahí donde podía ahora claramente sentir una anomalía. Tal como le había enseñado su abuela. Pudo reconocer la energía mágica de un hechicero.

Y la rompió. Su cerebro sintió un pequeño estremecimiento, su cuerpo se tensó y una chispa eléctrica rozó su palma. Martín soltó un quejido antes de desplomarse.


Cuando volvió en sí, estaba oscuro. Miguel lo había recostado, aún dentro del círculo de piedras, y lo había tapado. Bajo su cabeza tenía el libro envuelto en su casaca. Suspiró.

-¿Miguel? -dijo con la voz aún temblorosa y oyó pasos apurados.

El alado apareció a su lado y le sonrió.

-Al menos estás vivo -fue su veredicto y Martín rodó los ojos, sonriendo.

-Si me desmayé debería haber ido todo bien.

Miguel se encogió de hombros.

-A mí no me pregun… ¡Woo! -chilló de golpe y se alejó de un brinco.

Martín contemplaba anonadado los sellos de fuego que, con un chasquido, invocó sobre su piel a la vez que su alrededor se iluminaba por completo. Sonrió.

-Perfecto -susurró bajo y su compañero resopló.

-Ya, sí, perfecto. A la próxima avisa que harás algo tan bizarro.

Martín solo le dedicó una sonrisa burlona.

-Qué gruñón que andás. ¿No te entusiasma la magia?

-Quiero mis alas -fue todo lo que dio Miguel de sí y Martín asintió.

Comprendía eso, ahora mejor que nunca. Se puso de pie, pudiendo sentir como literalmente la energía fluía por su cuerpo, potente, rica y sin restricción alguna. Brutal. Aquel libro debería haberle advertido que aquello pasaría, era abrumador. Se sentía más vivo que nunca, el cansancio que había estando pesando sobre él los últimos días estaba desaparecido como, válgalo, por arte de magia. Se sacudió la tierra y las hojas de la ropa, mirando a Miguel.

El alado se mordió el labio inferior, impaciente.

-Pero al menos quita a esa cara -pidió Martin divertido y se acercó a él, rodéandolo para hallar su espalda.

Vestía nuevamente su camisa con la espalda descubierta, por lo que podía apreciar su sello en plenitud. No se veía tan pulcro, debió haber sido hecho con prisa y con mucha resistencia por parte del noble.

-Aquí vamos -susurró y presionó sus palmas sobre el sello.

Miguel se estremeció, sintiendo como una pesada cadena le era arrancada. Un tirón más y sus alas se estiraron, se empujaron fuera de su prisión con fuerza y prisa. Martín apenas pudo saltar a un lado para no ser golpeado por los enormes miembros plumosos de Miguel, quien inmediatamente salió disparado verticalmente hacia el cielo.

Martín miró hacia arriba y Miguel se achicaba más y más. Batía las alas con fuerza, como si necesitara llenarlas nuevamente de vida con cada movimiento. El mago permaneció mudo, admirando las blancas plumas de su amante cuando este volvió a descender como un ángel sobre la tierra.

Miguel sonreía de oreja a oreja.

-Vamos a casa -pidió en un hilo de voz.

Martín sonrió de vuelta, si bien quiso responder que él ya estaba en casa. Hace ya un buen tiempo.


Era increíble las distancias que era Miguel capaz de dejar atrás con apenas un par de aleteos. Tomó únicamente dos horas el llegar nuevamente al territorio central de la familia más poderosa del sur, el frío viento de la noche impulsándolos aún más. Miguel parecía haber alcanzado el séptimo cielo.

Su expresión de felicidad, sin embargo, duró poco cuando Casa Prado apareció en su alcance visual. El alado se detuvo de golpe en pleno aire y Martín se aferró más a él, viendo bajo sus pies el escenario posterior a una batalla sangrienta, el terreno en igual estado que la casa que hallaron días antes. Multiplicado por diez.

Miguel necesitó apenas un segundo más para lanzarse en picada. Martín gritó a todo pulmón, aún no acostumbrándose al vértigo, mucho menos si estaba prácticamente cayendo libremente. Las alas de Miguel se estiraron a pocos metros recién y aterrizaron de manera brusca. Definitivamente Miguel había ejecutado mejores aterrizajes, mas imaginó que aquello le importaba poco ahora. Lo bajó con poco cuidado y, sin esperar, echó a correr al interior de la mansión lacerada. Martín no dudó en seguirlo a paso rápido.

-¡Amo Miguel! -un soldado de aparente rango elevado se acercó ni bien lo vio entrar por el balcón de ventanales destruidos-. ¡Está con vida!

-Mi familia -exigió Miguel sin miramientos y el soldado tragó, asintiendo.

-Sígame, por favor -susurró.

Martín se puso a la altura del noble, mirándolo de reojo. Los guiaron a una de las pocas habitaciones que aún permanecían más o menos intactas. En la cama (Martín asumió que aquella era la habitación de la abuela), descansaba el señor de la casa. Miguel acudió a su lado a paso ágil, tomando su mano entre temblores.

-P-padre… -balbuceó, sintiendo un nudo en la garganta.

El hombre, ojos rotos y cansados, rostro achacado, lo miró con alivio.

-Mi Miguel…

El aludido lo miró con desconsuelo, no queriendo que lo más cercano que hallase a una sonrisa en su padre fuera en un momento así.

-¿Qué sucedió? ¿Rebeldes?

-Rebeldes -su progenitor asintió-. Atacaron cuando oscureció, totalmente de improvisto. Eran muchos, un ejército completo, y apenas pudimos defendernos…

Miró a su hijo y luego reparó en el rubio que se encontraba parado detrás de él. Soltó un suspiro, no teniendo las energías ni las ganas ya de preguntar qué le había sucedido. Solo:

-Me alegro que no hayas estado aquí -dijo el hombre con voz quebrada y Miguel tragó-. No lo habrías sobrevivido si salías a luchar. Ya fue muy difícil impedir que Julio se lanzara de cabeza a la batalla… Dios mío, ¿qué hice yo para recibir hijos tan testarudos?

-Julio -Miguel tembló temeroso-. Él…

-Él y su esposa pudieron huir -lo tranquilizó-. Mejor dicho, los hicimos huir. Van al sur, a Casa González, junto con más jóvenes que se encontraban aquí reunidos para tu cumpleaños. Tu abuela sin embargo…

Hubo un minuto de silencio, ambos entendían bien. La guerra había oficialmente estallado.

-Tuvieron que retirarse eventualmente -prosiguió su padre-. Pero no fue una victoria… Ahora, tú deberías ir también al sur.

-¿Y qué sucederá contigo y la casa? -preguntó Miguel con angustia-. Los rebeldes volverán y…

-Aquí ya no quedará nada -lo interrumpió el señor Prado-. Ni yo, ni nada de valor… Al menos para nosotros, no. Nuestras riquezas siempre fueron un beneficio secundario y una comodidad bonita, pero nuestro gran tesoro no es más que la supervivencia de nuestra raza… Recuerda eso, la supervivencia es todo. Por eso tú…

Un ataque de tos lo sobrecogió, sacudiendo su ya frágil cuerpo. Su hechicero, a quien Miguel hasta ese momento no había tomado en cuenta, corrió a atenderlo. Luego de varios minutos, llamó alarmado a refuerzos. Enfermeros y sirvientes corrieron a la habitación y entre gritos algo histéricos y empujones, trataron de controlar el ataque de la cabeza de familia.

Veinte minutos después, el alma de su padre los había abandonado. Martín tomó su mano y lo atrajo a su cuerpo, abrazándolo.

-Vamos al sur -susurró-. Puedo llevarte en cuestión de segundos.

Miguel no respondió de inmediato, pero tras varios minutos de silencio sepulcral, asintió:

-Llévame.