14. Cielo rojo


Era increíble pensar que aquel tramo que les tomó semanas y que estuvo poblado de contratiempos y obstáculos, ahora era superado en un abrir y cerrar de ojos.


Había estado lloviendo por días en aquella esquina recóndita del continente, pero finalmente las nubes comenzaban a despejarse. La tierra mojada olía a vida rejuvenecida y era difícil avanzar, pero nada era obstáculo a su determinación. Daniel apartó las últimas ramas de aquel denso follaje y ante él surgió la última casa noble que seguía en pie en lo que había sido el territorio de Casa Prado, visible gracias a las luces brillando a través de las ventanas. Casa González, pequeña y olvidada, único escondite que quedaba al puñado de nobles que sobrevivió. Mas ya ni eso. Todo alrededor del terreno lucía sereno y desprevenido, mas en su interior se reunían los restos de una oligarquía sacudida por la tragedia bien merecida. Aquel último grupo de jóvenes que apenas estaba aprendiendo a impartir órdenes sin recibirlas primero de alguien más experimentado, no menos inocente, era todo lo que se imponía a la libertad de su pueblo.

El comandante sonrió complacido y se relamió. Ese día acababa todo y a la vez empezaba mucho más. Una nueva era, la era de los humanos sería recuperado, su legítima tierra les sería devuelta. Daniel se sabía todos esos discursos de memoria, mas no era por eso un fanático obseso de la rebelión, un seguidor ciego de las prédicas políticas y de la causa mayor. Él se movía impulsado porf su propia ideología, muy cercana a la de la rebelión, pero a eso se le sumaban motivaciones muy, muy personales. No era una bandera ni coros revolucionarios, de alto significado simbólico y aires de santería, lo que lo empujaba hacia aquella restante mansión, sino su sangre, su sufrimiento y el infierno compartido con millones de otros como él

Se volvió hacia sus hombres, tomando aire. Quería atacar ya, pero tenía órdenes expresas de esperar a poco antes del amanecer. Daniel detestaba esperar, pero había recibido ya tantas amonestaciones y sus victorias habían sido ignoradas como si no valieran casi nada por el solo hecho de no haber atacado cuando los otros querían. Daniel no quería esperar más, él ya estaba listo. La humanidad estaba lista, había perseverado ya demasiado.

Se sentó junto con sus soldados tras asegurarse que el escudo aún los mantenía ocultos y recibió gustoso un poco de alcohol y un pedazo de pan relativamente fresco.


Manuel corrió las cortinas, no percibiendo aún ningún movimiento enemigo, por lo que se relajó un poco. Solo un poco. Oía a María y a Catalina murmurar a sus espaldas, la menor más sobresaltada que su hermana heredera. Tiare permanecía sentada junto a su madre, mirando en silencio hacia su hermano. Manuel le sonrió cuando se volteó y su hermana se alzó, acercándose a él.

-Ya deja esa ventana -le pidió-. Carlos nos dirá cuando haya peligro aproximándose.

Manuel no respondió nada, mirando de reojo hacia su hechicero que guardaba la puerta de aquel salón. Carlos y él habían crecido prácticamente juntos, cualquier diría que podía confiar en él. Pero no era del todo así. El rubio no dejaba de ser humano después de todo. Y Manuel no era estúpido y sabía que su hechicero tampoco lo era. Ni estúpido, ni indiferente a los problemas de los que eran realmente los suyos.

-Deberían ir a dormir, necesitan descanso -cambió un tanto el tema, dirigiéndose a los refugiados-. Tienen un viaje largo tras ustedes y solo les quedan pocas horas antes de la mañana.

Catalina asintió lentamente, mirando a sus hermanos, pero Julio frunció el ceño.

-Mucho voy a dormir sabiendo que nuestras familias están en absoluto peligro, aún más cuando no sé ni dónde está mi hermano -gruñó.

El suspiro de María resonó en la estancia. Manuel estaba tan cansado, que le sorprendió el que todavía lograra retener el puñetazo que quiso empotrarle en la cara. Repitió su sugerencia, endureciendo su tono educado, y luego miró a su hermana y a su madre.

-Ustedes también, por favor -murmuró-. No se preocupen, hay tropas que van en camino a proteger este lugar.

Su madre asintió y tomó la mano de su Tiare.

-Vamos, pichona -pidió bajo y Tiare le lanzó una mirada dudosa a Manuel, acatando al rato.

Los Gómez se pusieron en pie y otro par de adolescentes que también permanecían levantados los imitaron. Murmuraron buenas noches y María le lanzó una mirada demandante a su esposo, quien apenas frunció los labios.

-Anda, ya te alcanzo -le ofreció y la mujer solo suspiró y siguió a sus hermanos.

No obstante, no habían ni alcanzado la puerta, cuando un fuerte ruido les reventó por poco sus agudísimos oídos y la puerta salió volando, igual que los vidrios de los ventanales reventaron y cayó sobre ellos una peligrosa lluvia de cristales. Manuel palideció al sentir de golpe la presencia de cientos de humanos rodeando la casa. Su primer reflejo fue buscar con la mirada a su hermana y tuvo apenas tiempo para esquivar el ataque que provino directamente de la varita de su propio hechicero. Tiare gritó su nombre y en un abrir y cerrar de ojos, Manuel la había tomado en brazos y saltado tras el sofá más próximo, escondite que Julio también había escogido. Los demás alados, aquellos que sobrevivieron la primera explosión, corrieron a cubrirse, desarmados todos, algunos saltando por la ventana con la intención de volar fuera del alcance de los humanos.

Los primeros cohetes los derribaron exitosamente, explotando al tiempo que intentaban hacer lo mismo con la puerta principal, bloqueada desde la llegada de los nobles del norte. Tiare miró asustada a su hermano, quien maldijo entre dientes, sintiendo aún cerca la presencia de Carlos. Una segunda explosión golpeó la casa y el edificio entero retumbó y tembló. Tiare reprimió un gemido aterrado y su hermano la estrechó con más fuerza en sus brazos antes de empujarla de su cuerpo y mirarle a los ojos.

-Espérenme aquí -susurró en un hilo de voz, ignorando el ruego de sus ojos.

Con cuidado se asomó de detrás del mueble, viendo que Carlos se alejaba de la ventana, buscándolo también. Saltó de detrás del mueble y sus alas le dieron el impulso para lanzarse contra el hechicero antes de que este tuviera tiempo de reaccionar y defenderse. La varita cayó de su mano cuando impactaron contra el suelo y rodaron. Manuel fue veloz en inmovilizarlo, si bien un milisegundo de duda antes de matarlo le salvó la vida al humano, quien invocó un escudo. Manuel rugió adolorido cuando aquella luz morada le quemó las manos y el pecho. Carlos buscó a tientas su arma más letal y sin dudar la apuntó contra él, mas el destello nunca llegó, sino que se desvió cuando una sombra marrón moteada lo derribó. Julio ni siquiera pestañeó cuando lo desnucó y hundió sus garras en su pecho.

Manuel no estaba seguro si acaso gritó de horror.

Cuando se volvió a parar, Julio lo miró serio.

-Debemos defender lo que queda -declaró con severidad y miró de reojo a Tiare que salía también del escondite, acercándose desolada al cuerpo de su madre.

Manuel tragó.

-No ganarás nada, debemos huir -susurró.

-Vienen refuerzos -replicó, mas Manuel negó.

-No llegarán a tiempo… si es que llegan -susurró contemplando con ojos tristes al que fue su compañero silencioso durante todos aquellos años.

Julio resopló y le dio la espalda, acercándose a la puerta. Se asomó y salió corriendo. Manuel maldijo mas decidió no correr tras él, ya no era su responsabilidad. Tomó a Tiare en brazos, ignorando los gritos y las protestas de la muchacha, y salió también pero en dirección contraria. Buscaría una salida segura y volarían lo más rápido y alto que podían. Lejos.

Julio por su parte bajó por la escalera principal, buscando a los soldados o demás alados escondidos en aquel lugar descubierto. Se detuvo a contemplar a escondidas el panorama y hacerse una idea de cómo luchar. Entre todos los soldados y rebeldes que luchaban en el recibidor, había un humano que parecía orquestar aquella matanza, gritando órdenes a diestra y siniestra, invocando hechizos y muerte como si le costara tan poco. Julio fijó sus ojos y sus pensamientos en él con toda la determinación que le quedaba y saltó desde el segundo piso, desenvolviendo sus alas. Esquivó sin problemas a los humanos armados con armas ordinarias y aterrizó cerca al comandante. Daniel lo miró y sus ojos brillaron, literalmente. Sonrió, susurrando algo para sí antes de lanzar su primer ataque, el cual Julio esquivó con cierta facilidad, notando, sin embargo, que sacar a ese humano de juego no lo sería tanto. Decidió correr hacia él y derribarlo, esquivando otro relámpago letal. Sus garras se hundieron en su torso y en un pestañeo lo había alzado en el aire, lanzándolo por la misma puerta por la que había entrado.

Daniel aterrizó salvado por su escudo de energía, mas las heridas infligidas por Julio sangraban peligrosamente. Presionó una mano sobre su costado, curándose apresuradamente en lo que esperaba que el alado surgiera. Sus ojos escrutaban el campo de batalla que se había armado en un abrir y cerrar de ojos. Alados y humanos, más que nada de los segundos, chocaban y se revolcaban en el barro, empapados hasta los huesos. El ruido del viento era acallado por gritos, el ruido metálico de las armas y, por encima de todo, de las explosiones. "Quémenla hasta los cimientos, así como haremos con esa especie de demonios" habían sido sus instrucciones, palabras que volvieron a resonar en su cabeza cuando una mancha de color marrón lo golpeó. Esquivó a duras penas las garras, pero rodó varios metros, y al levantarse y toser, sangre manchaba sus manos. Entrecerró los ojos, logrando ver más claro y volviéndose más nítida la imagen de su agresor.

Lo recordaba de folletos e imágenes distribuídas entre los rebeldes, pero no pensó que Julio Prado mismo correría tan decididamente hacia sus brazos. Bien, que así sea. Se relamió y sintió sangre invadir sus sentidos. Julio surgió por encima del campo de batalla, batiendo sus alas y esquivando flechas y lanzas. Era veloz y pequeño, eso significaba que carecía de mucha fuerza… para un alado, pero ¿para un humano?

No importaba. Daniel era más poderoso, estaba más decidido y sabía matar con sus propias manos.

La energía del bosque a sus espaldas vibraba en cada fibra de su ser, aquella fuente infinita le era ahora la más grande de las bendiciones. Su distintiva luz azul nació de las palmas de sus manos y lo recubrió hasta los hombros. Julio había vuelto a clavar su mirada en el mago y venía hacia él como una flecha humana, casi tan veloz como un rayo. El escudo de Daniel fue destruido con el primer impacto, ya debilitado tras su aterrizaje en el lodo, pero el mago invocó su siguiente hechizo y un golpe invisible derribó al joven noble. Julio rodó por el pasto y el barro. Le costó incorporarse, un ardor incómodo ralentizaba sus movimientos, y aún más difícil le fue sacudirse el barro que se le pagaba a las alas, haciéndolas pesadas y robándoles agilidad. No obstante, no tuvo tiempo de terminar con eso cuando el mago ya estaba nuevamente sobre él, atacando. Daniel actuó en menos de un segundo, envolviendo al joven príncipe en una poderosa corriente de energía pura. El grito proferido por el alado fue como música para sus oídos, desgarrador y desesperado al ver que no podía liberarse. Era algo nuevo eso la privación de la libertad ilimitada...

Julio se retorció desesperadamente, mas no pudo zafarse a tiempo puesto que Daniel lo lanzó de regreso a la casa, estrellándolo contra un muro y perdiéndolo en una de las habitaciones del tercer piso. Julio gimoteó adolorido, tratando de salir de debajo de los escombro. Sabía que el mago no había terminado con él, que volvería en menos tiempo del que podría contar, que debía ponerse de nuevo de pie y luchar o moriría… Aquella idea casi lo paraliza por completo. Gateó con esfuerzo y al volver a desplomarse, tiró de la pierna que no respondía bien.

-Mierda -jadeó bajo y se trató de arrodillar, sintiendo la muerte de nuevo soplarle en la nuca.

En un abrir y cerrar de ojos, Daniel había aparecido detrás de él. Un pánico helado y paralizador invadió su cuerpo cuando lo oyó reír suavemente a sus espaldas.

-Tú ya no vas a volver a volar -susurró Daniel, tomándolo del cabello.

-¡S-suéltame! -chilló Julio aterrado y acto seguido, el mago materializó una imponente espada en su mano derecha.

Un grito desgarrador llenó la estancia destruida, sobrepasando casi el resto del griterío de la batalla.

Daniel no había pensado que tomaría tanto, pero con dos golpes más logró cortar también la segunda ala moteada del noble, quien sentía que el ardor en su garganta casi aliviaba un poco el dolor indescriptible que estaba desgarrando su cuerpo entero. La sangre corría por su espalda desnuda hasta llegar a los restos de su camisa y de su pantalón, tiñiéndolos de carmesí. Fluía como dos ríos incontenibles en época de lluvias o como una catarata roja.. Daniel admiró con cierta incredulidad su propia crueldad, pero inmediatamente su mente volvió a estar en blanco y actuó automáticamente. Volvió a blandir la espada, alzándola sobre el ser destruido, tirado ahora de espaldas, y la hundió en su su pecho.

Aquello no tomó más esfuerzo que clavar un mondadientes en una aceituna sin semilla.


Miguel se sintió primero algo aturdido al aterrizar junto a Martín en el camino, a pocos metros de salir del bosque. Tocó el suelo húmedo con las manos y tomó aire profundamente, pero ni bien había terminado de recomponerse, su cuerpo se tensó, percibiendo el aroma de humanos, muchos humanos, gritos y sangre.

-N-no… -balbuceó incrédulo y echó a correr, quedándose inmóvil al ver el campo de batalla.

Martín, igual de atónito, no dudó en tomar su mano y volver a invocar una transportación al interior de la mansión. Cuando las paredes de esta se dibujaron a su alrededor, ambos pudieron contemplar la destrucción que había invadido aquel hogar de la nobleza.

-Debo encontrar a mi hermano -balbuceó Miguel, sintiendo que en cualquier momento sufriría un colapso mental, y salió de aquella habitación.

Pasó al corredor principal, lanzando miradas desordenadas por todos lados, sin saber en qué fijarse. El techo del segundo piso había colapsado en aquella ala y Miguel alzó la vista, buscando a Julio con el olfato. Tal vez ha escapado, trató de consolarse, pero el aroma de su hermano era tan fuerte que le costaba muchísimo creerlo. Batió las alas y subió al tercer piso, seguido de cerca por su mago.

-¡Julio! -lo llamó en sus desesperación, rogando oír una respuesta.

Mas esta no llegó. Martin tragó cuando Miguel desapareció en una habitación y apresuró el paso, mas se detuvo en la puerta, recibido por un grito ahogado y una imagen que ni siquiera él había deseado ver. Martín no podía moverse. Miguel había caído de rodillas. Su boca temblaba, todo su cuerpo en realidad. Avanzó un poco más a gatas hasta llegar a él.

-Julito… -volvió a llamarlo con la voz quebrada y sus brazos se extendieron a levantar su cuerpo.

Sus manos temblaron cuando sus dedos trataron de limpiar la sangre de su rostro golpeado, queriendo reconocer aquellas mejillas, aquellos párpados, quella naricita respingona. Un nudo doloroso bloqueó su garganta y le costó ver claro por un segundo. Entre la imagen difusa por las lágrimas, tuvo que ver nuevamente a aquella pequeña criatura que con tanto esfuerzo había roto el cascarón y que con mucho más tuvo que mantenerse en vida. Le fue como si volviera a escuchar el sonido crujiente del huevo quebrarse y unos diminutos deditos romper la membrana que lo envolvía. Creyó volver a oír el primer grito que Julio profirió al nacer y no pudo contener uno él mismo, sintiendo que una filuda daga se empujaba más y más en su pecho, justo debajo de las clavículas y por entre sus costillas.

Martín permaneció parado a sus espaldas, viendo boquiabierto aquella escena. Miguel se inclinó más hacia el cuerpo frío de su hermano, estrechándolo entre sus brazos mientras sollozaba su nombre, llamándolo una y otra vez como una madre primeriza que no entiende la muerte de un cachorro nacido así, esperando que en cualquier momento vaya a ponerse de pie, le sonría y le diga que está todo bien.

-Miguel, ya… -susurró Martín bajo, acercándose un paso y queriendo agacharse con él, mas sus movimientos cesaron de golpe y se quedó congelado en su posición al ver una figura surgir del otro lado de la habitación.

Daniel parecía igual de sorprendido, pero sus ojos seguían brillando, igual que sus manos. No parecía estar del todo presente. Parecía él, pero no.

-Martín -susurró y su primo se irguió-. No pensé que te encontraría aquí… Me dijeron que no estabas en Casa Prado cuando la atacaron, que estabas perdido con…

No pudo ni terminar la frase porque un rugido bestial lo interrumpió junto con un feroz golpe en su estómago. Su cuerpo salió despedido como un roca escupida de la honda, retenido solamente por la pared.

Miguel podía oler bien y la sangre en sus brazos y ropa no lo engañaba. No había dudado ni un segundo.

-Tú… lo mataste -gruñó y sus ojos se afilaron, sus garras y colmillos relumbraban como si tuvieran vida propia, si bien Miguel mismo no sabía de dónde sacaba tal fuerza física.

Martín palideció al ver como el alado se lanzaba nuevamente contra Daniel. Este no tardó en reaccionar y defenderse, buscando atacar también. Martín quiso hacer algo, detener a ambos, pero su cuerpo entero parecía haber caído bajo un embrujo, no se movía. Miguel, en cambio, era rápido como un rayo y sus golpes caían sobre Daniel como granito pesado. El comandante invocaba escudo tras escudo, contraatacando con la misma ferocidad. Martín se estremeció al ver como un relámpago azul golpeó a Miguel en pleno rostro.

-¡BASTA! -gritó con todas sus fuerzas, creyendo que se desgarraría los pulmones.

Miguel lo miró descolocado, como si acabara de despertar de golpe, gimoteando adolorido y trastabillando. Daniel, por su parte, resopló, poniéndose de pie con esfuerzo.

-Ese mocoso… solo era una bestia… como tú -jadeó, agotado pero aún dispuesto a seguir, antes de mirar de soslayo a Martín-. Como todos… ¿¡De qué lado se supone que estás!? ¿¡Te fuiste apenas dos meses y ya traincionaste a tu gente!?

Miguel volvió a rugir furibundo, viendo todo bañado en un rojo sangre, sin atinar a pensar. sus fuerzas, sin embargo, no le daban para un ataque igual de veloz que los anteriores. Daniel tembló, la determinación no le servía cuando carecía de fuerzas. Apretó los puños y gritó un hechizo, necesitando hasta la última reserva de energía ahora que Miguel le impedía restaurarse debido a la velocidad de sus arremetidas anteriores. La casa tembló cuando el aura cobalto se volvió más densa a su alrededor y el alado voló hacia él con las garras extendidas.

De golpe, una luz celeste pareció congelar todo dentro de aquella habitación casi demolida. Miguel creyó estar flotando durante unos pocos segundos antes de que una poderosa energía lo expulsó hacia atrás. Rodó en la dirección opuesta a Daniel, deteniéndose a dos metros del cuerpo de Julio, mientras que el mago volvía a chocar contra un muro, resquebrajándolo más. Martín maldijo cuando a sus oídos llegaron pisadas y rumores de voces. Daniel sonrió cansado.

-Refuerzos -susurró débilmente, jamás dejando de invocar su energía mágica.

-Basta, Daniel -rogó su primo con la voz quebrada-. No quiero pelear contigo…

-Pues vas a tener que si te interpones a mi meta. Y él -señaló a Miguel-. Es el objetivo de hoy.

Y sin decir nada más, disparó su último conjuro ofensivo. Martín abrió los ojos aterrado.

-¡Miguel! -gritó, mas el hechizo llegó al alado antes que su voz.

Miguel volvió a ser golpeado por la luz oscura de Daniel, profiriendo un grito de dolor puro, creyendo que efectivamente un cuchillo se hundía en su vientre. Cañonazos y explosiones amortiguaron su grito y la mansión tembló asustada, rindiéndose el techo encima de Martín. El mago, en el último segundo, logró transportarse junto a Miguel ante la mirada incrédula de Daniel. Ignorando los gritos de Miguel, lo tomó en brazos, alejándolo de Julio, y los borró de aquella habitación. No obstante, su energía estaba igual de comprometida tras detener a dos fieras en plena batalla, y el salto solo llegó hasta el primer piso de la mansión.

-¡Déjame volver! -gruñó Miguel, tratando de dar golpeas a su alrededor, pero Martín resopló.

-Estás sangrando demasiado -rezongó y presionó sus manos sobre su vientre, invocando la energía del bosque desde lo lejos.

Miguel tosió y se oyeron gritos de soldados. "¡Búsquenlos! ¡No pueden estar lejos!" se oyó una potente voz de algún capitán y Martín maldijo entre dientes. Volvió a cargar a Miguel y como pudo lo arrastró más al fondo de la casa hasta llegar a la cocina. Se escondieron en el almacén y Miguel suspiró adolorido.

-Basta -pidió esta vez él, gimoteando cuando Martín comenzó a curarlo de nuevo.

El mago le lanzó una mirada incrédula y enojada, y el alado trató de acallar otro ataque de tos.

-No tiene caso -susurró-. Fue una ataque letal…

-No, aún estás respirando -resopló Martín, la mirada otra vez fija en su luz clara-. Como si te fuera a dejar morir así sin más, ¿qué me creés?

Miguel torció una sonrisa.

-Martín… No tiene nada de malo si muero.

Por un instante, todo pareció cesar. La batalla afuera de la cocina, el conjuro de Martín, su respiración. El rubio lo miraba incrédulo.

-¿Qué? ¿¡Cómo que no!? -exclamó dolido-. ¿Decís que no me importás? ¿Que si te morís voy a salir de acá cantando y sonriendo?

Miguel tragó y al rato volvió a toser, escupiendo sangre.

-Dios… No, no es eso… -masculló y se calló al sentir pisadas cercas-. Tengo que decirte algo...

Martín maldijo bajo y lo envolvió en sus brazos, apegándolo a su pecho. Miguel cerró los ojos, cansado, y esperó unos segundos más antes de comenzar a susurrarles unas pocas palabras. Martín permaneció en silencio, escuchando.

-...

-¡El segundo piso está vacío!

-¡Quiero a todo el mundo en el primer piso!

-¡Más allá hay otra puerta, inspeccionen allí!

-¿Revisaron en la cocina?

Martín tomó aire y se puso de pie, buscando algo con qué envolverlo. El lugar se sentía triste, abandonado y solitario a pesar de los gritos que llegaban cada vez de más cerca. Miró alrededor de la cocina, y aunque sus manos temblaron, chasqueó los dedos. El fuego prendió como un fénix renaciendo, cubriendo inmediatamente la entrada a la estancia, y otro chasquido más lo propagó como un plaga por toda la mansión. Más gritos. Antes de que el fuego se tragara también toda la cocina, Martín buscó otra salida. Casi tropezó al cruzar el umbral de aquella pequeña puerta de servicio, sintiendo que el fuego lo perseguía y lo buscaba en una abrazo engañosamente cálido. Podía oír aún los gritos proferidos a sus espaldas, gritos de agonía y de inclemencia sangrienta. Presionó con fuerza y a la vez cuidado aquel pequeño bulto envuelto en trapos de limpieza mientras corría ciegamente al bosque, y al alcanzarlo no se detuvo, sino que corrió y corrió hasta que (¿Minutos? ¿Horas?) sus piernas se rindieron y cayó al suelo. Se arrastró hasta un árbol y buscó algo de protección bajo sus ramas, si bien estas casi no tenían hojas. Lejos de la última batalla, de los gritos, la muerte y de la gran hoguera en que la mansión se había convertido, corría un frío polar, pero aún así apartó con cuidado algunos de los trapos que envolvían el huevo que brillaba pacíficamente, despidiendo una cálida luz rosada.

Martín sintió un nudo en la garganta. El cielo estaba teñido de rojo con la sangre derramada en aquella fatídica noche. Un rumor de muerte flotaba en el aire, llegando hasta él.

Finalmente, la raza de los alados abandonó el mundo por la puerta trasera.