Muchas gracias a quien haya seguido esta historia, gracias por leer. Espero que el epílogo le de algo de sentido al final.


Epílogo: El fénix

Llegó de improviso y aún así Martín llevaba muchos años esperándolo. Daniel casi no lo reconoció a no ser por esa inolvidable sonrisa de superioridad que daba siempre antes de cambiarla por una de cariño absoluto. Aparte de eso, la barba, la ropa poco vistosa y hasta algo desalineada y esos ojos serenos lo camuflaban bastante bien en el marco de la puerta que daba a aquella diminuta cabaña. Casi habría dudado que era su primo, pero, como ya se ha dicho, aquella sonrisa era simplemente inconfundibe. Maldita sonrisa, pensó mientras terminaba de caminar hacia él.

Después de la guerra en el sur, esta se había propagado a los demás territorios bajo dominio de nobleza alada, purgando el continente de la presencia de seres de apariencia angelical. Martín y el cuerpo de Miguel nunca fueron encontrados. Se dijo que el cadáver del heredero se deshizo en el fuego de Casa González, mientras que meses después aún surgían uno que otro rumor sobre avistamientos.

Daniel, como toda la maquinaria propagandística de la rebelión, habían visto aquel como el día en que acababa una era y empezaba una nueva. Para los alados, fue una era de persecución que apenas duró tres años hasta que incluso los Extremos Norte Oriental y Occidental, las únicas regiones que albergaron en su momento una convivencia relativamente pacífica de humanos y alados, tuvieran que ceder también. Nuevos reinos y nuevos países se alzaron, nuevos gobiernos, nuevas clases.

Martín estuvo feliz de no presenciar todo aquello, sino de tener una ocupación más pacífica para alegrar sus días en su escondite en el Extremo Norte Occidental. Allí esperó hasta que alguno de sus primos lo encontrara. Dejaba los días pasar casi pasivamente mientras ejercía su papel de educador. A veces miraba al horizonte como si creyera que había llegado el día, para finalmente desviarla y decirse que aún no era el momento. Sabía que lo harían, y en el fondo también sabía que seguramente sería Daniel. Mucha confusión sintió este cuando finalmente se halló frente a aquella pequeña réplica exacta del heredero de Casa Prado.

Martín se rio bajo y lo invitó a pasar.

-No creí que tardarías tanto en rastrearme, primito -musitó mientras buscaba qué servirle de beber.

Daniel, aún miraba con escepticismo al pequeño niño de aproximadamente once años que también tomaba asiento en la mesa. El niño le sonrió.

-Me llamo Miguel -se presentó y Daniel alzó una ceja, mirando luego a Martín.

El rubio se acercó a ellos, alcanzándole un vaso de leche a su primo.

-Migue, ¿podés ir a traer unos huevos? -le pidió al niño y este asintió, saliendo apresuradamente.

Daniel esperó a que sus pasos se oyeran apagarse y luego se cruzó de brazos.

-Bien, explicá eso -demandó y Martín sonrió de lado.

-Maravillas de la raza alada.

-Decime que no es hijo tuyo y de… él.

Martín lo miró escandalizado y luego estalló en carcajadas.

-¿¡Qué!? ¡No, no! Para nada, eso sería fisiológicamente imposible -se rio y se reclinó en la mesa-. Es él.

Daniel necesitó un par de segundos para asimilarlo.

-¿Qué tipo de magia posibilitaría eso?

-Ninguna -respondió Martín-. De hecho aún no termino de comprenderlo tampoco, ni es como si quisiera decirte a vos mucho sobre eso.

-Entendible.

Martín asintió, y cuando Miguel volvió con los huevos, preparó la cena. Se sentaron los tres a comer, Daniel respondiendo las preguntas que su primo le iba lanzando una a una. Hablaba con cierto cansancio que Martín prefirió atribuir al largo viaje que llevaba tras sí y no a otras causas más… burocráticas. Daniel suspiró cuando dejó sus cubiertos sobre el plato y se estiró, y Miguel se rio bajito cuando hizo tronar sus huesos torciendo el cuello.

-Realmente te estás perdiendo de algo -le comentó finalmente, cuando el niño ya se había ido a acostar.

Martín se rio bajo, negando con la cabeza.

-Ambos sabemos que eso no es así, Daniel -dijo en voz baja, casi en un zumbido lento y melodioso.

-Los alados ya no están, nadie nos oprime -replicó su primo ofendido y resopló, apretando los puños-. Podés hacer tu vida como quieras...

Martín solo alzó una ceja, poco impresionado.

-No, primito. Nadie te oprime a ti -musitó con sorna y se sirvió más vino-. Dale tiempo, ya llegará. Tú eres un héroe de guerra, un libertador, así que probablemente no te toque vivirlo en carne viva. Pero llegará, siempre hay alguien oprimiendo a otro.

Daniel resopló.

-Los humanos hemos sido esclavizados por demasiado tiempo como para cometer el mismo error que los alados.

-Mi querido Daniel, antes de los alados, ¿sabes quién oprimía a los humanos?

El aludido frunció más el ceño, mas no replicó. Martín tomó aquello como un permiso a seguir hablando.

-Eran los mismos humanos -murmuró y se llevó la copa a los labios-. Sin los alados, ¿cuántos años antes de que ustedes comiencen a matarse entre ustedes?

-Y tú, ¿ya no eres uno de nosotros?

Martín sonrió, un tanto cansado.

-No, Daniel. Ya no.

Ninguno dijo más aquella noche. Luego de varias copas más, ambos se fueron a acostar. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Daniel anunció que partía de regreso al sur.

-Pero esperá a que te aliste unas cosas -renegó Martín-. Te espera un viaje largo y me tenés que dar algo de tiempo para escribirle a Sebas.

Daniel rodó los ojos.

-Necesito volver pronto a mis obligaciones.

-Sí, sí. No se desespere, mi general.

Martín soltó una carcajada y Miguel miró curioso la mueca que Daniel hizo. El chico se rio también.

-¿Qué es un general? -quiso saber y Daniel volvió su atención hacia él-. ¿Es otro nombre para primo?

Daniel sonrió apenas, negando con la cabeza.

-Un general es alguien que ha luchado por su gente y por eso merece que lo reconozcan.

Miguel asintió, sin entender del todo.

-¿Qué gente?

-¿En mi caso? Los humanos.

Miguel miró a Martín.

-¿Y quién es mi gente?

Martín le sonrió cálidamente.

-Yo soy tu gente -se apresuró a aclarar y lo despeinó afectivamente.

El chico pareció darse por contento con aquella respuesta y terminó de comerse su pan. Daniel permaneció callado, mirando a Martín iniciar su carta para Sebastián. Este tal vez se habría alegrado más de ver a Martín y viceversa, no obstante con su enfermedad no era posible hacer tremendo viaje, así como dudaba que Martín se dignara a viajar de vuelta al continente principal. Después del desayuno, Martín metió la carta en un sobre y escribió el nombre de su otro primo en él. Con cierto dejo de duda (¿y tal vez culpa?), se lo entregó a Daniel.

Antes de partir, este se detuvo en el marco de la puerta, volviéndose una última vez hacia su pariente.

-Martín -lo llamó y el rubio alzó el mentón, denotando que lo escuchaba-. Si algún día los encuentran, no podré hacer nada por ti.

Martín sonrió débilmente y asintió.

-Lo sé, Dani -le aseguró con tranquilidad-. Confío que hasta entonces el odio se haya olvidado.

Daniel no respondió, sabiendo que era aquello muy utópico. Saludó llevándose la mano estirada a la frente y Miguel, entusiasmado, lo imitó. El pequeño permaneció aún varios minutos admirando anonadado el rastro cobalto intenso que dejó el mago atrás al desaparecer.