Hetalia no me pertenece, si lo hiciera haria parejas por todos lados ^^

Este fanfic se inspira de la baraja de cartas que pertenece al art book "Arte Stella" que nuestro querido Himaruya-sama hizo para nosotros! :3

Por cualquier cosa dire como van las cartas.

Corazones (Rojos) / Rey: Alemania / Reina: Japón / Jack: Italia

Diamantes: (Amarillos) / Rey: Francia / Reina: Liechtenstein / Jack: Suiza

Trébol: (Verdes) / Rey: Rusia / Reina: Hungría / Jack: Austria

Espadas: (Azul) / Rey: America / Reina: Inglaterra / Jack: China

Jokers: Prusia y Sealand


Capítulo 4. Después de cuatro años

La noche anterior dormir se convirtió en una tarea imposible para Alfred y ahora pagaba las consecuencias. Sus ojos parecían incapaces de quedarse abiertos y se encontraba cabeceando en plena reunión, mientras, sus invitados parecían hacer caso omiso a la conducta del joven rubio. Después de todo: ¿Quién se atrevería a reprender al rey?

La reunión terminó y Alfred estaba encaminado hacia su despacho cuando divisó a su madre caminando en su dirección:

"Alfie, cariño, ¿Has oído de tu amigo 'Arthur'?" Preguntó sin preámbulo alguno la ex – reina.

Algo adentro del rey se activó, como un interruptor, haciendo que todas las piezas cayeran en su lugar. Entrecerró sus ojos, mirando furiosamente a la señora rubia frente a él:

"Tu…" Fue lo único que murmuró el rey antes de sujetar el brazo de la ultima reina y conducirla a una habitación.

"¡Salgan!" Dio la orden a los guardias y mucamas que ahí se encontraban haciendo su respectivo y humilde trabajo de vida.

"¡Tú eres la evitas que Arthur reciba las cartas!" Acusó furiosamente el rey a la mujer que le había dado la vida. Su madre se veía tomada con la guardia baja, estaba sorprendida pero al mismo tiempo preocupada y dolida.

"¿De qué me estás hablando, hijo mío?"

"¡No finjas que no sabes, madre! Tú eres la que insistes en conseguirme una reina con linaje. ¡No conoces a Arthur!" Se acercó más a ella, mientras la antigua reina se vio obligada a dar un paso atrás. Sintió su espalda tocar la pared, estaba atrapada, su propio hijo la estaba acorralando.

"¿Es por eso que intentas sabotear lo nuestr-" Alfred no pudo darse cuenta de lo que había pasado, solo escuchó un ruido seco de piel impactando con piel, seguido por un dolor punzante en su mejilla y la mano de su madre extendida.

Llevó su propia mano a su cara para aliviar el dolor y vio a su madre, intentando mantener la compostura y seriedad; sin embargo parecía abrumada de tristeza y antes que el rey pudiera darse cuenta, claras lágrimas que relucían brillosas se deslizaban por las mejillas rosáceas de su madre, sus labios escarlata comenzaron a estremecerse y su ceño se fruncía. Alfred sintió su cuerpo arder con culpa. Se quedaron de esa manera durante unos minutos hasta que el chico de anteojos encontró su voz nuevamente.

"Madre-"

"¡Te he cuidado desde que eras un bebé, mi bebé!" Lo interrumpió la ex –reina, continuando: "¡Mi única meta en vida ha sido tu felicidad!" Ahora sollozaba más fuerte que antes. "¡Y que ahora piensas que intento 'sabotear' tu relación con alguien que jamás he conocido!" Cubrió su rostro con sus delicadas manos.

"Madre yo-"

"Vete, Alfred"

El rubio no se sentía capaz de seguir hablando, complació a su madre y salió de la habitación. Para su favor, su agenda para el día estaba completamente llena y así podría dejar a su madre enfriarse después del terrible desacuerdo acabado de tener, y claro, sin olvidar lo más importante: el barco de Arthur desembarcaría en la tarde.

Había tenido toda la noche para pensar en la distancia que el barco recorrería, probablemente llegaría en la mañana, pero no podía dejar de cumplir sus tareas como gobernante; normalmente el navío se tardaría una hora para recoger suministros y provisiones y partiría en la tarde; pensó y concluyó que podría encontrarse con Arthur a las cinco de la tarde. Tenía una sola oportunidad, si llegaba un poco más tarde corría el riesgo de no poder alcanzarlo.

Sacó el pequeño reloj de su bolsillo y lo ojeó: doce de la tarde en punto, marcaban las pequeñas manecillas oscuras. Tengo tiempo; pensaba confiado el ojiazul. El jack real de Spades cruzó el adornado marco de la puerta en dirección a él, dio una leve reverencia y sacó un pequeño pergamino de su larga manga y una pluma de de su coleta, era el itinerario de Alfred.

"Su Majestad, tiene exactamente una hora para almorzar-aru, luego tendrá que ir directamente a su reunión con el Sr. Longhorn, el jefe de la granja de ganado bovinos y el principal proveedor de-"

"Yao, Yao, para. Sé quién es Longhorn y además no almorzaré hoy; adelanta la reunión, quiero estar libre en la tarde."

"¿No almorzará?" Preguntó el mayor sorprendido y entretenido. "¿Se siente bien rey Alfred? Si es que usted es el verdadero rey y no un usurpador" dijo las últimas palabras con una ligera risa.

Alfred rio en forma de burla imitando la de Yao "Muy gracioso" Dijo en tono sarcástico. "Solo llama a Longhorn, Yao." Con eso se retiro a su despacho.

A sus espaldas el jack rio calladamente cubriendo su boca con su manga.


Alfred sacó por tercera vez su pequeño reloj desde que había empezado la reunión: dos y media de la tarde. Solo habían pasado dos minutos desde la última vez que había visto la hora; esperaba que el viejo hombre frente a él no se sintiera insultado ante la clara desesperación del rey en salir de ahí, aunque en el fondo al rubio le importaba poco.

"De acuerdo a mis notas, la población de los animales creció en un quince por ciento, dejando a su paso ganancia de más del treinta por cierto." Dijo el hombre terminando de describir unas graficas pintadas sobre un papel.

"Genial, genial, esas son buenas noticias ¿no?" Dijo el rey, alegre, esta reunión había terminado mucho antes de lo que él esperaba. "Supongo que esto es todo, nos veremos en tres meses ¿Verdad?"

"Pero Su Magnificencia, esto fue, meramente los primeros seis reportes de los veinte que tenía preparado para esta reunión"

Alfred sintió su cara palidecer; ¡Diablos! Debía terminar antes que Arthur llegara. Volvió a sacar su pequeño reloj; tenía tiempo. Pero debía ser rápido. Este iba a ser un día muy largo.


No recordaba los sucesos que lo habían llevado a esto, solo podía sentir sus palmas heladas y sus pies cansados. Todo a su alrededor estaba destruido y hombres, mujeres, niños y ancianos corrían mientras gritaban a todo pulmón, desesperados por encontrar refugio. Sin embargo, no podía oír los alaridos atormentados de las personas corriendo, pues la sangre que rugía en sus orejas y sus jadeos cansados por tanto correr eran demasiado fuertes. Nunca antes había experimentado estos sentimientos tan intensificados. No sabía cual o quién era la amenaza, solo sabía que tenía miedo.

No podía correr más, sus piernas no podían dar más, se rindieron y él cayó sobre sus rodillas, sus esperanzas de sobrevivir, de lograrlo, lo habían abandonado. Dedicó un momento para mirar a su alrededor, no podía distinguir donde se encontraba, ni en que reino, todo era gris; la tierra tenía señales de una vez haber sido revestida por fina grama, ahora lo que quedaban eran agujeros y peñascos grandes y pequeños: Parecía un campo de batalla, a lo lejos podía oír ruidos apagados como los rechinidos de un caballo y rugidos de dragones; seguido del espantoso y característico sonido del fuego carcomiendo todo a su paso. Al parecer esta guerra había terminado y había dejado a su paso destrucción. No sabía cuanta distancia había recorrido o si era el sentimiento de aflicción el que le impedía recuperar su aliento.

Inhalaba.

Exhalaba.

Inhalaba.

Exhalaba.

De pronto el sonido de los cascos del caballo se detuvieron justo detrás de él. Tenía la esperanza, la ilusión que la ayuda había venido. Dirigió su cabeza hacía su nuevo acompañante pero fue detenido por una mano en su cabellera. La persona jaló fuertemente levantando al caído hombre provocándole un agudo dolor. Sus piernas seguían sin responder así que sumisamente se dejó guiar por aquella presencia; no pudo ver su rostro solo oyó una fuerte y dulce voz, como la de un demonio: "Será mi placer quebrarte, Alfred"


Se despertó violentamente e instintivamente adoptó una posición de defensa, empujó la silla en la que había estado sentado causando un gran estruendo; que le ayudó a orientarse y a darse cuenta de sus alrededores notó a un hombre de corta estatura y avanzada edad en el suelo arrodillado y pidiendo perdón:

"Su Alteza, ¡Cuanto lo siento! Lo único que quería hacer era despertarlo, por favor no me castigue, ¡Tengo una esposa e hijos!" Rogó el Sr. Longhorn a los pies del rubio. Alfred sintió su cara arder de vergüenza, vaya ejemplo de rey que daba. Se aclaró la garganta y le respondió al hombre.

"No te preocupes, Longhorn mi buen hombre, pasado es pasado, ahora" Juntó sus manos para hacer énfasis "Sigamos con las estadísticas"

"Pero Mi rey Alfred, ya terminamos por hoy"

"¿En serio?" Preguntó Alfred incrédulo, se volvió a aclarar la garganta "Quiero decir, excelente. Nos veremos en la próxima reunión, asegúrate de hablar con Yao de la siguiente fecha."

El hombre con corto cabello blanco asintió a las palabras de su rey.

"Te puedes retirar" Dio la orden el rey de Spades y el hombre de mayor edad obedeció.

"Demonios, ¿Cuánto tiempo me dormí?" Sacó su reloj de bolsillo y vio la hora: cuatro cuarenta. Alfred sintió su sangre y su alma dejar su cuerpo. ¡¿Pasó tanto tiempo? El joven de anteojos corrió rápidamente hacia la entrada y se encontró con un guardia:

"¡Dime!, ¡¿Has sabido de un barco pesquero en el reino que vino desde Icedrop este día!" Preguntó al atemorizado portero.

"S-Si, mi rey, tiene programada su salida dentro de diez minutos"

Alfred no perdió más tiempo y empezó a correr, ir por un corcel a los establos solamente lo atrasaría más, desafortunadamente el puerto naval y el palacio de Spades habían sido construidos en los extremos del reino, para la mala suerte del joven rey.

Empezó a correr.


Había esperado suficiente tiempo, y Alfred nunca apareció, pensaba amargamente Arthur Kirkland. El rubio de cejas grandes había ido a visitar su antiguo hogar; luego la plaza, para comprar artículos necesarios para su partida; fue al claro que visitaban de niños con Alfred, y en ningún lugar alcanzó a ver al otro rubio.

'Sabía que tenía razón, ya dejé de importarle' pensaba con tono de resentimiento 'Pero no es como si me importara.' Arthur sabía que esto era mentira, pero se mataría si se dejaba saber lo mucho que a él le importaba Alfred.

Ya era hora de regresar, les habían dado todo un día para saludar a sus familias y amigos; el barco estaba a punto de partir. Sujetó un gran saco áspero y deslustrado, donde estaban todas sus pertenencias, y lo colocó sobre su hombro; encaminándose hacia su navío.


Todavía le era imposible ver el barco y perdía tiempo, no pensaba en parar; veía todo su alrededor borroso por la velocidad. Los habitantes del reino veían la extraña escena con curiosidad, su rey corriendo sin ningún tipo de escolta. Sacó su reloj sin reducir la velocidad, -esto dificultó la tarea- hasta que pudo ver la hora: cuatro cincuenta y cinco. No lo lograría.

No quería darse por vencido, no hasta ver el barco lejos de su alcance; navegando hacia el horizonte. Cerró su ojos y se concentró en la fuerza de sus piernas al correr; escuchando solamente sus pisadas fuertes en el adobe y los murmullos suaves de la gente a su alrededor. Hasta que todo se quedo en silencio.

Algo andaba mal, disminuyó su velocidad hasta que solo caminaba; abrió los ojos y se congeló con lo que vio: Todo a su alrededor parecía normal, niños corriendo y jugando, compradores regateando precios en tiendas, y viejos amigos caminando y compartiendo risas; lo extraño era la velocidad con lo que lo hacían. Todo era lento, pausado, el cabello de los pequeños jugando, flotaba ondulándose con el viento a una velocidad muy baja, no podía oír las voces o las risas: No podría ser… Se cuestionaba el rey. Sacó su reloj: las manecillas de los segundos tardaban en moverse.

Todo parecía surreal, y Alfred se sentía calmado como si todo fuera un sueño; la luz del sol brillante era diferente; etérea y casi olvidaba la prisa que llevaba. No podía percibir el viento en su piel o los diferentes sonidos de hojas moverse o pequeñas varitas quebrarse a sus pies; sin embargo: no hacían falta.

"Las habilidades del rey de Spades; ¡Las he logrado utilizar!" Gritó para sí mismo, pues las personas a su alrededor no parecían poder verlo. "¡Arthur allá voy!"

Regresó a su carrera con el tiempo, esta vez con una pequeña ventaja de su parte.


A Arthur se la hacía tarde, había sido todo un día en vano, derrotado, subía la tabla de madera inclinada que le llevaba al barco; saludaba a sus muchos amigos y compañeros que había conocido en Icedrop, eran muy buenas personas, lo entendían. Comenzó a oír a las personas tras él empezar a murmurar al unísono; subiendo el volumen con los pasos de los segundos. Arthur los ignoró, de cualquier manera sería su último día en el Reino de Spades.

Sus pensamientos llegaron a un alto y sus manos se helaron cuando oyó una ya muy familiar voz llamar su nombre:

"¡Arthur!"


Estaba frente al barco, cerró sus ojos y se concentró en regresar todo a la normalidad; los abrió y las personas a su alrededor se sorprendieron, dándose cuenta que su rey estaba, sin guardias entre ellos.

Vio a las personas embarcando, listas para partir; hasta que localizó una cabellera rubia despeinada, tan familiar como las palmas de sus manos; gritó su nombre:

"¡Arthur!"

Dicha cabellera se dio la vuelta, respondiendo al nombre:

Y por primera vez en cuatro años, sus ojos se volvieron a encontrar.


Arthur bajó rápidamente para encontrar a su viejo amigo:

"Hey"

"Hey para ti también" respondió el de anteojos.

Alfred sintió su corazón hundirse al ver el aspecto del otro rubio, estaba mucho más delgado de lo que recordaba, rodeando sus ojos verdes se encontraban círculos oscuros, señalando la falta de descanso en el cuerpo de Arthur; su cabello estaba espeso, lleno de agua salada y sudor; sus ropas rotas y húmedas; y en sus manos sostenía un pescado, el más grande que el rubio rojizo había visto. Aún así, en los ojos del rey, Arthur nunca se había visto más hermoso.

"¡Estás enorme!" Exclamó el más bajo. "No es justo, yo soy el mayor" terminó con un tono humorístico.

"Sí, bueno, talvez el frío en Icedrop te ha encogido" dijo Alfred burlándose del de cejas grandes.

"Sigues siendo igual de tonto" Insultó Arthur golpeando el brazo del chico de anteojos de forma juguetona.

"Y ¿Qué diablos es eso?" Señaló, impresionado del animal marino en mano de Arthur.

"¿Esta pequeñez? Un regalo de mi parte" respondió con orgullo.

Alfred estiró su mano para tomar dicho presente, cuando Arthur lo alejó de su agarre.

"¿Qué? ¡Arthur!" reaccionó, quejoso ante la broma del rubio claro, él otro respondió riéndose.

"Oh, no" Se burló Arthur de Alfred, "Este regalo es para las personas que llegan temprano" Acentuó la última palabra con un suave empujón de su dedo en la mejilla del más alto. "¿Y qué me dices de esta ropa? ¿Porqué tan formal?" Empezó a analizar al de rubio oscuro. "¡Ahora usas anteojos!, Por poco y no te reconozco."

Alfred rió nerviosamente, la hora de decir la verdad se acercaba muy rápido, Arthur continuó deduciendo a su amigo de la infancia.

"¿Usas una corona? ¿No me digas que te volviste un actor de teatro?" Empezó a reírse.

Es ahora o nunca.

Fue interrumpido por el capitán del barco pesquero, ya era hora de partir; Alfred solicitó un poco más de tiempo. El capitán accedió cuando vio de quien se trataba; El de cejas grandes solo vio extrañado a su amigo.

"Arthur," Interrumpió los pensamientos del otro: "Debo confesarte algo"


No ocultó nada: empezó desde el día en que se conocieron, cómo él se había escabullido de sus padres y había encontrado aquel niño llorando. Cómo había tratado de detener a su padre el día del injusto juicio de su hermano. El pequeño relicario que le había entregado el día de su partida; de hecho pertenecía a su madre y contenía mucho valor sentimental como monetario. También como su padre había muerto y debía ascender al trono. Las cartas que confesaban todo, y que no habían llegado a Arthur: Terminó cuando no había más que contarle a Arthur, cuando toda la verdad había sido expuesta y no quedaba más que la respuesta del joven de ojos esmeralda.

La expresión de Arthur era indescifrable.

Había una última cosa que faltaba:

"Arthur," El de ojos azules tomó coraje y se acercó a la persona que le había robado su corazón, se hincó ante Arthur, (acción seguida por miles de jadeos sorprendidos y murmullos de las personas presentes, Alfred se maldijo por haber elegido un lugar tan público) le tomó sus dos manos, lo vio a los ojos y recitó las palabras más importantes de toda su vida: "¿Quieres casarte conmigo?"

Sintió su corazón latir anormalmente fuerte y la sangre rugiendo por sus oídos, mantuvo el aliento esperando por la respuesta del otro rubio:

La respuesta nunca llegó, solo un húmedo y doloroso golpe en la cara de Alfred, y en la mano extendida de Arthur, su arma: el pescado.

El impacto fue tan fuerte que Alfred cayó al suelo de golpe.

"¡¿Qué demonios fue eso?" Exclamó Alfred poniéndose de pie "¡Soy tu rey! ¡Te puedo colgar por lo que hiciste!"

"¡No eres mi rey!" Contraatacó Arthur, sus ojos volviéndose blancos por la ira "¡Han pasado como diez años desde que me conociste y hasta ahora se te ocurre decirme esto!"

"No me oíste, te dije que te mande cartas, solo que no las recibiste" Hizo una pequeña mueca con su labio para verse como 'cachorrito lastimado'.

"¡Apuesto que eso es mentira, idiota! ¡Te mataré!" Empezó a correr a gran velocidad hacia el otro.

Al ver a su amigo precipitarse hacia él con una expresión poco amigable, empezó a correr para alejarse.

"¡Vuelve aquí Alfred!" Gritó Arthur persiguiéndolo.

Los habitantes de Spades no sabían si intervenir, la escena parecía más graciosa que amenazante.

"¡Estás loco!"

"¡Augh!" Oyó a Arthur luchar, Alfred se dio la vuelta encarando al de ojos verdes solo para encontrarse a Yao apresando al otro rubio con sus manos.

"¡Suéltame, inútil! ¿¡Quien te crees que eres!" forcejeaba el más bajo.

"Soy Wang Yao, el jefe de la guardia real-aru" Movió su mano e hizo a Arthur gritar en dolor "El responsable de la seguridad del rey"

Alfred suspiró, las cosas se estaban saliendo de control.

"Yao, deja ir a Arthur, no me está haciendo daño"

El jack obedeció y soltó al rubio, Arthur se incorporó y vio de muerte al hombre de cabello oscuro.

Al joven rey le partía el corazón hacer lo siguiente, sin embargo no había otra salida. Se dio la vuelta y empezó a caminar:

"Arthur, olvida este encuentro y la pregunta que te hice. Eres libre de hacer tu vida en cualquier otra parte" No tenía el valor de encarar a su amigo.

Oyó una queda voz decir:

"Estúpido" Era Arthur: "Nunca rechacé tu proposición"

¿Qué?

Alfred se dio la vuelta, el rubio más bajo veía todo menos sus ojos azules.

"¿Arthur?" Se acercó al otro, cauteloso. "¿Eso quiere decir…?" No quería terminar la pregunta.

Desde el bolsillo de su gastado par de pantalones, sacó un pequeño objeto, el de gafas se acercó a ver el artilugio y se sorprendió al ver un pequeño relicario: el reloj había dejado de funcionar hace ya mucho tiempo, y el pequeño vidrio esta rayado, estaba húmedo y en su superficie asemejándose a una Spade tenía una abolladura. Después de tantos años, Arthur aun lo conservaba.

"Si, Alfred idiota, mecasarécontigo" dijo rápidamente, sus mejillas rojas por la vergüenza de decirlo.

El rey de anteojos abrazó a Arthur fuertemente, había pasado tanto tiempo, tantos años que quería hacer esto; no parecía real.

El rubio más claro colocó sus manos en el pecho del más alto, alejándolo; el de anteojos lo vio confundido. Arthur sujetó las mejillas del otro y trajo sus labios a los de Alfred, besándolo con tanta ternura y cariño que creía haber perdido en la tierra helada de Icedrop.

El más joven de los dos rodeó con sus brazos la espalda baja del rubio claro, atrayendo al de cejas grandes hacia él.

Yao se sorprendió por toda la escena, pero estaba seguro que Alfred sería verdaderamente feliz, ya no solo aparentaría. Todo el pueblo los vio: su rey y su apunto-de-ser reina; al fin Spades estaría completo.


Las preparaciones de Arthur debían empezar temprano, por esa razón al día siguiente el 'entrenamiento' dio comienzo. Fue despertado por Yao, quién le llevo a conocer todo el palacio, acabaron para hora del almuerzo con el rubio no recordando ni la mitad de habitaciones en el inmenso castillo. Luego, sus 'lecciones de modales' empezaron. Toda reina debía comportarse como era debido y Arthur no era la excepción. Desafortunadamente para el rubio, quien era la encargada de las lecciones era su futura suegra y no parecía muy feliz desde la llegada del otro.

"¡Siéntate derecho!" regaño la mujer.

"Los siento" musitó Arthur entre dientes.

"¡Levanta el mentón!" exigió, golpeándolo con una pequeña varilla un poco más fuerte de lo que era necesario.

"¡Codos abajo!" El rubio rápidamente bajó sus dos brazos de la mesa, después de ser golpeados.

"Lo siento…" murmuró nuevamente, empezando a cansarse, no había aprendido de etiqueta en toda su infancia, ¿Cómo se suponía que lo perfeccionara en un par de días? Sin embargo Arthur lo lograría, lo haría por Alfred.

Un nuevo golpe en su espalda dejó su mente en blanco.

"¡Ouch!" dijo, quejándose del nuevo dolor infligido mientras intentaba palpar el lugar de la nueva injuria, desafortunadamente no alcanzaba con sus manos.

"¡Debes prestar atención a todo tu alrededor! No puedes ignorar a las personas, tus invitados; ¡Serás la reina de Spades, por los dioses!"

"Lo siento" se forzó a decir por tercera vez el de cejas grandes, sabía que enojarse con su suegra definitivamente no era una decisión sabia, solo tenía que resistir un poco más.

Sintió un nuevo golpe en su brazo izquierdo, seguido por:

"¡Que acabo de decir acerca de tener tu cabeza en las nubes!"

Antes que pudiera 'disculparse' nuevamente, oyó una risa familiar viniendo del marco de la puerta.

"Madre, espero que estés siendo suave con Arthur" Dijo el rey de Spades entre risas mientras iba a saludar a su prometido con un beso en la frente del otro. "Aunque conociéndote, Arthur, estoy seguro que lo lograrás en un momento"

"Sabía que me considerabas el más inteligente de los dos" respondió el rubio más bajo con orgullo.

"¿De qué hablas? lo digo porque eres horriblemente terco"

Al oír a Alfred mofándose, Arthur rápidamente se incorporó, levantando su puño, preparado para golpear al más joven; hasta que sintió un nuevo golpe en la parte trasera de sus piernas.

"¡No puedes abandonar a un invitado, no importa lo que pase! Y en este momento yo soy tu invitada." Dijo mientras veía, nada entretenida, al rubio claro. Dicho rubio volvió a tomar asiento.

Alfred no podía evitar dejar salir ruidos ahogados de su garganta, conteniendo la risa al ver a su novio siendo reprendido por su madre. Y por unos segundos Arthur vio que era el niño de diez años que había conocido hace mucho tiempo el que se estaba burlando de él, el chico de anteojos no había cambiado para nada, aunque en estos momentos el de cejas grandes solo quería golpear a su futuro esposo.

"Honestamente," suspiró la mujer de cabellos rubios "tu educación es más corta que tu temperamento, aparentemente"

Arthur se quedo en silencio, desconcertado.

"Creo que he encontrado algo que sobrepasa mis habilidades."

"Madre" empezó el rey, seriamente "Te encargué solamente que prepararas a Arthur antes de su coronación, ahórrate tus comentarios"

"Es mi estudiante, creo que merezco el derecho de poder identificar sus fallas para mejorarlas ¿no?"

"Sé un poco más gentil con él, ¿Es mucho pedir?"

"No bromees Alfred, ambos sabemos que esto no es más que tú intentando vengarte de mí, solo los dioses saben por qué" Respondió la ex reina amargamente.

"¡'Esto' es la persona que amo madre! ¡Y debes dejar de faltarle el respeto a tu reina!"

"Oigan, sigo aquí y puedo escuchar a ambos" intervino Arthur, sintiéndose un poco ofendido pero sin saber que decir, ninguno de los Jones le prestó atención.

"¡No es mi reina, no es nada más que una rata codiciosa que aceptó casarse contigo para quedarse con todo el reino!"

Arthur se quedó sin palabras. Alfred fue el siguiente que habló:

"¿Es eso lo que realmente piensas, eh? No tienes la menor idea de mi conexión con Arthur, ni por lo que hemos pasado, madre; pero quien soy para cambiar tu percepción. Tienes razón, Arthur no será tu reina pero ni yo seré tu rey tampoco"

La madre del rubio rojizo lo vio, confundida.

"Quedas desterrada de la tierra de Spades"

"¿Qué? No puedes hacer eso, ¡Soy tu madre!"

"Y yo tu rey, si insultas a Arthur me insultas a mí, somos uno ahora; dile a Yao que empaque tus cosas, partes ahora"

"¡Alfred Jones como te atreves!"

"Nunca estuviste de acuerdo conmigo y Arthur, ¡Por esa razón te lo oculté desde que era tan solo un niño! Y si seguirás maltratando a mi futuro esposo por todo lo que queda de tu vida, entonces no tienes nada que hacer aquí" Dijo lo último en un susurro pero dejando oír toda su ira. "Ahora vete de mi presencia" Alfred se dio la vuelta, saliendo de la habitación.

"Alfred" Llamó Arthur, fue lo primero que había dicho en lo que sentía habían sido horas.

El más alto dirigió su atención al de cejas grandes, esperando a que hablara.

"¿Qué diablos haces?" reclamó el de ojos verdes poniéndose serio.

"¿Estarías de acuerdo en vivir toda tu vida bajo insultos y faltas de respeto? Sólo intento protegerte; esa clase de opiniones empezarán a correr y-"

Arthur lo cortó, diciendo:

"Lo sé pero ¿Castigas a una persona con destierro por un simple desacuerdo? ¿Una pequeña falta?" Se acercó a Alfred "No le encuentras el parecido a otra situación"

Alfred comprendió exactamente a qué se refería su prometido. Recordando el error que había cometido su difunto padre. Tenía razón, debía dejar de actuar por sus impulsos. Sujetó fuertemente la mano del otro rubio:

"No quise decir eso" se dirigió a su madre "Puedes quedarte madre, pero agradécele a Arthur que me hizo entrar en razón, sigue con las clases de etiqueta" Y con eso salió de la habitación hacia su despacho.

Arthur quedamente volvió a tomar la silla en el comedor para reanudar las lecciones, se aclaró la garganta sintiéndose un poco avergonzado por lo que acababa de hacer. La ex reina lo vio y empezó nuevamente la lección donde la había dejado; siempre lo golpeaba cuando se equivocaba, pero de vez en cuando, dejaba salir una sonrisa.

Y desde ese momento, la madre de Alfred supo que probablemente Arthur era la única persona en el mundo que podía parar y controlar al hiperactivo y enérgico de su hijo, Alfred estaba en muy buenas manos.


El rey de anteojos yacía en su cama, no podía dormir; habían pasado demasiadas cosas los últimos días. Desde la llegada de su amigo Alfred tenía su cabeza colmada de problemas. ¿Podría Arthur acostumbrarse a la vida en el castillo? ¿A la vida de una reina? Estaba seguro que su madre no sería la única persona que tuviera esa clase de preguntas en su mente. A Alfred no podría importarle menos esa forma de pensar, no eran más que voces mudas a sus oídos ¿Pero que había del otro rubio? ¿Le afectarían? De todas formas, no le había dejado a Arthur muchas opciones, después de todo; la proposición se llevó a cabo en medio de todos los habitantes del reino. Casi era obligación que el otro hubiera aceptado. Estaba empezando a pensar que había cometido un gran error.

Oyó un toque en la puerta.

"Necesito descansar, lo que sea puede esperar hasta mañana." Respondió un poco molesto.

Golpearon nuevamente la puerta, esta vez más fuerte.

"Lo digo en serio, vete" Se le estaba acabando la paciencia.

Esta vez oyó la puerta abrirse; la tranquilidad de Alfred se colmó.

"¡Fue una orden!" Se levantó, sentándose en su cama, vio de quien se trataba: Arthur.

"¿Arthur? ¿Estás perdido? ¿Buscas el baño o algo?" preguntó empezando a preocuparse.

"No bromees" dijo, riéndose burlonamente; "He pasado todas las noches, desde que llegué, buscando tu cuarto" Las comisuras de sus labios se retorcieron formando una depredadora sonrisa, causando que Alfred tragara saliva. "Se me hizo imposible, en este endemoniadamente gigante castillo" Llegó al pie de la cama real y lentamente la escaló "Pero te encontré~" terminó canturreando.

"¿A-arthur?" Tartamudeó Alfred, sus mejillas rojas por la repentina actuación del otro, había guardado sus anteojos en la cómoda, listo para dormir;

'Se ve tan joven e inocente' pensó el de cejas grandes relamiendo sus labios.

"Seré tu esposo pronto ¿no?" Preguntó Arthur no esperando por alguna respuesta. "Satisface mis necesidades" Susurró al oído del más joven y lo besó.

No se parecía a los pocos besos que había compartido con Alfred, este era más profundo, más hambriento, más demandante. Prometía seguridad y posesión; fidelidad y deseo. Tuvieron que separarse, para poder respirar.

Arthur se sentó en el regazo del otro rubio, Alfred levantó su mirada y se encontró con los ojos que había estado esperando por cuatro años. Levantó sus rodillas para darle soporte a la espalda del otro, recostándose sobre la cabecera caoba de la cama. Arthur desabotonó la blusa del más alto, acariciándole el pecho. Alfred notó que el rubio claro solo estaba usando una camisa grande y ropa interior oscura. Sintió su sangre tomar otra dirección completamente diferente.

El de cejas grandes descartó la ofensiva pieza de ropa que vestía el otro, arrojándola al suelo empezando a besar el prístino y claro cuello de su pareja, lamiendo tentativamente sus clavículas. En un abrir y cerrar de ojos, Arthur solo se encontraba vestido con unos calzoncillos; nuevamente el de cejas grandes reclamó los labios abusados de su amado y dejó sus manos explorar.

La futura reina de Spades palpó la entrepierna de Alfred, ocasionando un gemido del más joven; El instinto más primitivo de Arthur le indicó que necesitaba volver a oír esos sonidos provenientes de su pareja. Abrió sus piernas, y las colocó a los lados del de ojos cielo, trayendo la ingle de Alfred con la suya, Arthur empezó a jadear al sentir la deliciosa y nueva fricción.

"Arthur" gimió el más alto de los dos, mientras sintió al otro rubio volver a atacar su sensible cuello, recorrió su recamara con su mirada, su mundo le daba vueltas.

Inesperadamente, oyó a alguien aclarar su garganta; como si hubiera sido por arte de magia Alfred divisó a Yao de pie en medio del cuarto. Arrojó a Arthur al lado de la cama mientras buscaba refugio en una frazada:

"¡¿Yao, que diablos haces aquí?" Dijo, con una voz más fina de lo que pretendía. "¿¡Y hace cuanto tiempo que estas ahí!" Lo señaló con su dedo. Arthur no terminaba de descifrar que era lo que había pasado.

"Necesito llevarme a Arthur-aru" Respondió el jack tranquilamente, como si de una diligencia corriente se tratara.

Dicho rubio realizó qué fue lo que acababa de pasar, estaba furioso.

"¡¿Qué? ¿Porqué?" Reclamó, empezando a hacer un berrinche.

"Lo siento, mi rey, pero ha sido tradición en el Kingdom of Spades, desde su fundación que los futuros esposados de la realeza no pueden tener relaciones pre-maritales-aru" Explicó el sirviente.

"¡Porquerías!" Exclamó el más bajo.

"Reglas son reglas" Acentuó la última palabra como una amenaza.

"Creo que tiene razón Arthur." Opinó el rey.

El de cejas prominentes hizo un sonido de disgusto.

"¿¡No me digas que tú también?"

Yao caminó hacia el lado de la cama en que se encontraba Arthur, tomándole del brazo, "Le enseñaré el camino a su cuarto-aru"

El rubio claro reclamó su brazo, no estaba nada feliz, y seguía teniendo necesidades.

"Parece que te pagan por ser una molestia" le dijo a Yao.

"No me pagan-aru, desde mi adolescencia juré lealtad a la corona" respondió serenamente el de cabello oscuro.

"¿Ah, sí? Entonces te despido" manifestó el rubio con cabellos rebeldes.

"No posee la autoridad de hacer eso, mi futura reina; el rey es el único que puede relevarme de mis servicios-aru."

"¿Lo oíste Alfred? Despídelo" Declaró triunfalmente a su prometido, una orden más que una petición.

"No será una buena idea, Arthur" Dijo, riendo. "Te veré mañana, descansa bien"

"Me será imposible dormir con esto" mencionó la futura reina con pesadez. Antes que Yao pudiera intervenir, levantó la olvidada camisa de Alfred del suelo y la trajo a su pecho.

"Arthur, te equivocaste, esa es mi ropa" anunció el de ojos cobalto confundido.

"Créeme, necesitaré esto para poder dormir" explicó.

Yao vio a su rey, entendiendo las palabras de su futuro esposo; Alfred meramente vio al suelo, sintiendo su cara entibiarse.

El jack real se aclaró la garganta y salió de la habitación después de Arthur.

Alfred se quedó en su cama, medio desnudo y medio caliente; un solo pensamiento rondaba su mente: Arthur estará completamente bien.

FIN


¡Gracias por acompañarme hasta el final, espero que les haya gustado mi pequeña historia! Ojala que la disfruten leyéndola como yo disfruté escribiéndola. Creo que es obvio cual fue mi parte favorita *guiño guiño*

Pero no todo termina aquí, todavía faltan algunas interrogantes sin contestar: ¿Quien envió las cartas? ¿Qué hay de su boda? ¿Qué pasó con Peter? No se preocupen todas serán contestadas en mi otra historia "Juego de Cartas" Aquí el link:

http:/ff .net/ s/75206 22/ 1/J ue go_de_C ar t as

Una pequeña cosa aparte: Arthur siendo OOC, en hetalia no hay país más caballeroso y con buenos modales que Inglaterra, lo sé; pero en esta historia (Alternative Universe) Arthur creció como un pueblerino más, mientras que Alfred iba a ser un rey. Espero que se haya entendido.

Además quería recalcar al 'Embajador Erótico' de Arthur que muchas Fans no dejan salir a relucir, por eso lo vemos algo desesperado al final. C:

¡Los reviews alegran mi día! Y me inspiran a escribir más.