A Diana nunca le había gustado Shigansina.

Por sus venas corría la sangre de los Fritz. Se había criado en Stohess, muy al sur, en Sina. El castillo se alzaba sobre verdes praderas y el viento repartía el perfume de las flores por cada rincón. Por el contrario, en aquel yermo que era María, la región septentrional de los Tres Reinos, tan grande que podía abarcar las otras dos, la fortaleza de Shigansina, asentamiento milenario de la casa Jaeger, se erigía entre bosques fríos, llanuras blancas y montañas altas, cuyas cumbres parecían arañar el cielo.

Shigansina era la capital. Vista desde lejos, era una gigantesca mancha gris. Sus muros de granito, trepados por la hiedra, se remontaban a la Edad de Oro, hace más de ocho mil años, cuando Bergen el Titán, el primer Jaeger conocido, puso la primera piedra. La parte que siempre evitaba, y a la que ahora se encaminaba, era el bosque de dioses, una lúgubre arboleda de chopos y robles grandes, viejos, negros y muy juntos, de enormes raíces y tupidas copas. El silencio y los antiguos dioses velaban el lugar. Sabía que su esposo se encontraba ahí; siempre que le quitaba la vida a un hombre, acudía a aquel bosque en busca de paz y tranquilidad.

Diana profesaba la Fe del los Dos. Sus dioses eran el Creador, que representaba el bien, el orden y el día; y el Destructor, patrón del mal, el caos y la noche. El culto consistía en un oratorio, presidido por las estatuas de ambas deidades, en el que los fieles, cogidos de las manos, entonaban cánticos y pedían al Creador que los protegiera de su hermano malévolo. Los Fritz tenían un bosque de dioses, como todas las casas nobles, pero era un lugar cuidado y agradable por el que pasear, leer o relajarse.

Grisha había hecho construir un pequeño oratorio para ella, para que rezara y cantara. Pero los Jaeger adoraban a dioses sin nombre y sin rostro, al igual que los primeros hijos de Ymir; dioses de los pastos, las montañas, los valles, los ríos, los mares, el viento y la nieve.

En mitad del bosque se alzaba el roble más grande y antiguo de todos. A ojos de Diana, era monstruoso. Algunos decían que Bergen el Titán edificó Shigansina a su alrededor. En su corteza había una cara gravada. Junto a él, un pequeño estanque de agua negra. Allí, sentado en una roca, con su espada en el regazo y un trozo de cuero en la mano, estaba su esposo.

—Grisha —lo llamó con suavidad.

—Diana. —Su esposo alzó la vista. La expresión era seria y formal—. ¿Dónde están los chicos?

—Están en el patio con ser Angel —respondió—. Intentan que Falco luche con una espada de metal. No parece muy convencido.

—¿Tiene miedo?

—Un poco —asintió Diana—. No es más que un niño, Grisha.

—Pero no lo será para siempre. Tiene que aprender a luchar, cuanto antes mejor. —Grisha limpió la hoja de Viento Cortante con el cuero. La espada recuperó su brillo pálido, fantasmal—. Si no luchas, mueres.

Aquel era el lema de los Jaeger. Todas las casas nobles tenían un lema. Consignas de gloria y valor, de fuerza y deber, de lealtad y fidelidad. Pero el de aquella familia era como una advertencia, una llamamiento a la batalla.

Diana reflexionaba sobre ello a menudo.

—Ese hombre murió bien —admitió Grisha. Miraba el espadón fijamente—. Estaba asustado, pero afrontó la muerte con valentía. También estaba loco, y no sé si la locura le dio el valor —añadió—. El comandante Smith me ha escrito; dice que la Legión tiene menos de mil hombres. Ya no es sólo por las deserciones. Últimamente hay muchas bajas en las expediciones.

—Debe ser por los salvajes.

—Estoy seguro —afirmó su marido—. Un día habrá que reunir a los vasallos, ir hacia el norte y acabar de una vez con ese Rey-más-allá-del Muro, Kyklo Munsell.

A Diana se le pusieron los pelos de punta.

—¿Ir... más allá del Muro?

—No tenemos nada que temer de los salvajes —dijo Grisha, que había leído el terror en su cara.

—Más allá del Muro hay cosas peores. Todos esos hombres muertos... Debe ser un presagio.

—Los presagios no existen. El destino no nos envía heraldos. —Él sonrió con afecto—. Has escuchado demasiadas historias de la Yaya. Los titanes desaparecieron hace mucho. En opinión del maestre Baden, jamás existieron. Nadie los ha visto. —Enfundó a Viento Cortante en su vaina y se levantó—. Pero bueno, sé que no estás aquí para escucharme hablar de cuentos de miedo. Además, este lugar nunca ha sido de tu agrado. ¿Qué te trae por aquí, mi señora?

Diana suspiró. Había hecho lo posible por suavizar el golpe, pero se decidió a contárselo de una vez.

—Hemos recibido noticias de Mitras, mi señor. Tristes noticias. —Diana lo agarró de las manos—. Lo siento, amor mío. Eren kruger ha muerto.

Vio la mirada de su esposo ensombrecerse. En su juventud, Grisha fue pupilo de Eren Kruger en la Guarida del Búho. Se convirtió en un segundo padre para él y para su otro aprendiz, Rod Reiss. Durante la Gran Rebelión, cuando la poderosa y ya inexistente casa Ackerman, soberana de Rose, intentó derrocar a la dinastía Reiss, el señor de la Guarida del Búho no dudó en defender a aquel al que había jurado proteger. El bando de los Ackerman resultó vencido. El rey y el primero en la línea de sucesión, el príncipe Uri, murieron en el conflicto, convirtiéndose Rod en el monarca de los Tres Reinos, otorgándole a Eren el cargo de mano del rey. Habían pasado casi dieciocho años desde aquello.

—Eren... —susurró Grisha—. Los dioses lo guarden en su gloria.

—La carta decía que su muerte fue rápida. No se pudo hacer nada por él.

—¿Y su mujer y su hijo?

—Lady Kruger y el pequeño Rod están bien —respondió Diana—. Están en la Guarida del Búho.

—Ese lugar es tan solitario —comentó su esposo—. Deberían haberse quedado en Mitras. El recuerdo de Eren estará en cada salón, en cada piedra. La Guarida siempre fue su hogar.

—La carta traía otras noticias. —Diana intentó que el mal trago se le pasara—. Querido, el rey está de camino hacia Shigansina. Viene a buscarte.

Grisha tardó unos segundos en asimilar lo que le había dicho.

—¿Rod viene hacia aquí?

Diana asintió, y el velo de tristeza que le cubría el semblante se desgarró. Sus ojos marrones brillaron. A ella le gustaría haber compartido su alegría, pero había escuchado las habladurías sobre los titanes, sobre la fatalidad de las tierras al otro lado del Muro, sobre el infierno que era el corazón del invierno y en el que podría convertirse Paradise de ser ciertos los rumores. Aun así, forzó una sonrisa para aquel hombre al que se había unido en matrimonio y que no creía en los presagios.

—¿Cuántos años han pasado? ¡Ese Rod...! —comentó Grisha—. ¡Podía habernos avisado mucho antes! ¿Dice la carta cuántas personas vienen?

—Entre los jinetes libres y los caballeros, cada uno con su escudero, calculo que serán unos doscientos. Vienen sus majestades y los niños, por supuesto. Y también los hermanos de la reina.

Grisha torció la boca. No soportaba a la familia de la reina. Los Tyburn del Martillo, a su juicio, eran una de las casas más fuertes y excelentes guardianes de Rose en la actualidad, sí, pero también una panda de ratas oportunistas. En la Gran Rebelión de los Ackerman, se habían unido al bando de los Reiss muy tarde, cuando la victoria estaba casi asegurada.

—Si por el placer de tener aquí a Rod tengo que lidiar con una plaga de Tyburns, qué le vamos a hacer.

—Ten cuidado con lo que dices, Grisha —advirtió Diana. Aunque sabía de sobra que su señor esposo era lo más prudente que había en los Tres Reinos—. La Tyburn es nuestra reina.

—Lo sé, mi señora —dijo Grisha—. Tengo ganas de ver a sus hijos. ¿Qué edades tienen ya?

—Los mayores ya son bastante grandes. El príncipe Ulklin tiene diecisiete; dicen que es la viva imagen de su padre cuando era joven. La princesa Frieda está por cumplir los dieciséis. Dirk tiene catorce. Abel y Florian aún son unas niñas.

—Cómo pasa el tiempo. —Grisha rió—. Menudo séquito. Medio reino lo sigue. ¿Cómo vamos a dar de comer a tanta gente? Hay que organizar un gran banquete con troveros. —Le apretó las manos—. Y Rod querrá ir de caza, seguro. Mandaré a Ian con una guardia de honor para que los escolten hasta Shigansina —añadió—. Cuando lo vea, le daré una patada en su real culo.

Me gustaría saber el nombre de la hermana de Willy Tyburn