Parte II/II.

Camino lo más lento que puedo, intentando retrasar el tan esperado momento a pesar de ser todo idea mía. El bullicio del aeropuerto me marea, y la presencia agobiante de mis padres en la espalda no ayuda a mi ansiedad. Noto la boca seca, pero soy incapaz de pedir algo de agua por temor a que mi voz se quiebre como tantas veces ha hecho a lo largo de la semana.

El tiempo ha pasado lento, asfixiante. A cada minuto que pasa, mi pecho más y más se encoge

—¡Vamos, cielo! ¡Deprisa! –presiona mi madre. El peso de sus manos en los hombros parece estar más al nivel psicológico que físico. Desde el principio ella quiso que fuera a descubrir nuevos horizontes, mas yo apenas tengo energías suficientes para todo lo que abarca el irme a otro país, estudiar, trabajar, integrarme de nuevo.

—Cariño, ¿estás segura de que Natsu está de acuerdo con todo esto? Ni siquiera ha venido a despedirse –comenta mi padre con cierto reproche.

Oh, es cierto; mi padre es un hombre despistado. Probablemente habrá relacionado mi continuo llanto, la falta de apetito y ansiedad con el estrés que supone viajar al extranjero durante un tiempo indefinido y no a una ruptura. Al fin y al cabo, mis padres siempre estuvieron seguros de nuestro futuro juntos.

Puedo notar como se sobresalta ante el fuerte codazo en las costillas que le proporciona mi madre.

—¡Jude!

—¿Qué...? ¡Oh! No...

Mi padre me dedica una sonrisa triste, junto con una mirada de disculpa. No le puedo culpar, está muy ocupado.

—¿Estás segura de que es lo que quieres hacer? –cuestiona mi madre.

—Ya hemos hablado sobre esto, mamá.

Se instala un incómodo silencio entre nosotros a medida que avanzamos hasta la puerta de embarque. Apenas quedan unos minutos para que las personas comiencen a abordar el avión.

—¿Sabes por qué las relaciones antes duraban tanto? –su pregunta me desconcierta.

—No, madre –respondo cortante—. ¿Por qué?

—Porque nos enseñaban que todo esfuerzo merece la pena; por lo que cuando algo se rompía, se intentaba arreglar

No puedo decir que su respuesta no me caló hondo, justo en el espacio donde supuestamente descansa el corazón. La miro sin pestañear, tratando de encontrar el doble sentido que sé que contiene. Ella me sonríe, orgullosa. Sé que ha planeado algo, está tensa, casi histérica.

—Pasajeros del vuelo directo a Canadá de las diez y media de la mañana: lamentamos informar de que el viaje comenzará quince minutos más tarde –me saca del estupor la voz de una mujer resonando por toda el área del aeropuerto.

Genial, quince minutos más de tortura mental.

Mi madre mira nerviosa el reloj en su muñeca. Yo me limito a observar la gente que pasa frente a nosotros. Algunos corren con prisa temiendo perder el vuelo, otros pasean tranquilamente haciendo tiempo o visitando las tiendas con desmesurados precios. No puedo evitar el que mi mirada se quede anclada en una pareja sentada en un banco a escasos metros de nosotros. Mis labios se tuercen cuando comprendo que se están besando tiernamente; muero de celos.

Aprieto los puños dentro de los bolsillos de la sudadera negra que llevo puesta, la cual casualmente es de él.

—¡Lucy! –oigo a lo lejos. No me molesto en preguntarme si es hacia mí, hay mil chicas más con el mismo nombre al fin y al cabo.

Mi madre sonríe como Cheshire de un momento a otro. Frunzo el ceño.

—¡Lucky Lucy Heartfilia! –ahora sí que no puedo ignorar el hecho de que ese es mi nombre completo, y giro la cabeza buscando al emisor de esa voz. A lo lejos puedo observar una mota rosa moverse con rapidez entre la gente. Mi estómago se encoge, y mis ojos se humedecen.

—¿Pero qué...? –oigo a mi padre susurrar, casi tan confundido como yo. Mi madre le chista.

—¡Luce! –vuelve a gritar, ahora a unos metros de nosotros, Natsu. Me siento desfallecer. Comienzo a temblar involuntariamente. No le puedo detallar debido a las lágrimas, por lo que decido darle la espalda y cubrir mi rostro con las manos. No quiero sacar conclusiones precipitadas. No quiero ilusionarme como una estúpida. No quiero pasar por lo mismo de nuevo.

—Ya puedes arreglarlo, niño –gruñe mi padre, con un notable enfado.

—Lo haré –proclama. Siento el calor que siempre emana su cuerpo tras el mío, y sus brazos rodearme con delicadeza mientras apoya la cabeza entre mi cuello y hombro. Tiemblo con más fuerza.

—¿Qué quieres? –mi voz sale entrecortada, pero igual de decidida que siempre.

—A ti –responde sin titubear—. No quiero que lo nuestro termine. Te amo, Luce Heartfilia. Quiero pasar lo que me queda de vida contigo. Quiero en unos años vivamos en la misma casa, rodeados de niños gritones y con diferentes tonalidades de pelo. Quiero llevarte al altar en brazos, desentendiéndome de tradiciones. Quiero ver tu sonrisa siempre, por mí. Quiero poder besarte despacio, de todas las formas posibles en todo momento del día –se detiene por unos instantes—. Quiero poder cumplir todas tus fantasías sexuales, y que te quede claro que soy el único que conoce tu punto g, y con el que siempre podrás tener un orgasmo –susurra en mi oído, lejos de las capacidades auditivas de mis padres.

Los vellos se me erizan. Desconozco si es debido a su declaración o por la sensación de plenitud que me invade.

—¿Por qué no fuiste capaz de decir eso el otro día?

—Porque sólo necesité imaginarme sin ti para darme cuenta de que no quiero una vida así. Perdóname por ser un completo imbécil –le tiembla la voz. Con ello me doy la vuelta, encarándolo.

—¿Lissana tiene algo que ver con esto? –me muerdo la lengua en cuanto lo suelto, enrojeciendo por la vergüenza.

—¿Qué? ¡No! –sé que está casi tan sorprendido como yo—. Ella sólo es una buena amiga, además de lesbiana.

Mis ojos se abren más de lo normal. Una parte de mi cabeza ha desconectado totalmente, incapaz de responderle.

—¿Quieres continuar la relación con este idiota? –pregunta por fin. Su boca hace un puchero, es tan consciente como yo de la respuesta. Le miro a los ojos, brillantes y húmedos. Puedo jurar encontrarme en ellos.

Salto sobre él, besándole. No me importan las probables miradas sobre nosotros, ni los comentarios que puedan hacer. Ni siquiera la mirada reprochante que mi padre le está lanzando tanto a Natsu como a mi madre.

—Entonces, ¿están juntos o no? –le escucho preguntar a mi madre.

Natsu separa ligeramente nuestros labios.

—Me han dado una beca de deportes en Canadá. No te vas a escapar de mí.

En ese momento siento que me han devuelto el aliento.

Como la ilusión que siente un niño por Navidad.

Siento que me han devuelto lo que dejé con él.

Que me vuelve a latir frenéticamente el corazón.

Siento haber tardado tantísimo en subir la segunda (y última parte) estaba falta de tiempo e inspiración. Gracias por los comentarios y las ganas de leerme. ¡Feliz Navidad!