Capítulo uno: The pig that is soaked in the soup of crime, it's the pain of the child who you murdered: hate yourself.

( El cerdo que está empapado en la sopa del crimen, es el dolor del niño al que asesinaste: ódiate )

» The invisible wall — The gazettE.

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—Sin ¿De verdad va a dormir en éstas habitaciones?

Con presurosos pasos Ja'far daba alcance al peli-morado que llevaba a un convaleciente magi oscuro en brazos. Su piel estaba fría y su respiración era muy calmada, tanto que si no se acercaba lo suficiente no la escucharía.

—Bueno, no es un esclavo, cuando le quitemos esa cadena encontraremos lo que pasó ¿Has llamado a las familias para hablar con ellas dentro de tres días?

Ja'far asintió observando a Aladdín junto a Alíbabá y Morgiana decir algunas cosas antes de darles alcance también para seguir al rey quien parecía no darse cuenta de las circunstancias.

Es que llevaba a Judar en brazos a la habitación.

Y no precisamente al ala de los huéspedes.

—Sin… ¿A dónde lo llevas? —la voz casi le salió ahogada cuando el rey cruzó el pasillo hacia el ala de su habitación. ¡NO! Eso tenía que ser una aterradora pesadilla ¿Acaso Sinbad se había vuelto loco?—. Sin… ¡SINBAD!

—Lo voy a llevar a mi habitación Ja'far, quiero cerciorarme de que realmente no representa una amenaza alguna: la cadena absorbe su magoi y lo sella para que no pueda utilizarlo, pero si por la noche sucede algo, prefiero contenerlo antes de que se le ocurra hacer una travesura.

Es la mejor excusa que se le ocurrió.

Aladdín quiso decir algo acerca de eso, pero no lo logró. Sinbad ya estaba hablando con los guardias de su habitación y les pidió de manera amable que esa noche se retiraran de su puesto, él perfectamente era capaz de contener al magi si algo llegaba a salir mal. Ja'far estaba a punto de explotar cuando lo escuchó aunque se quedó en silencio unos segundos. Intentó que los jugos gástricos no hicieran colisión en su estómago o que no le salieran úlceras por el coraje.

—¡Buenas noches a todos, tengan buenos sueños!

Y con ese grito la puerta con incrustaciones de oro se cerró de manera firme.

Una exhalación pesada llenó las paredes de color azul claro con detalles en dorado y la gran cama en el centro de la habitación antes de que Sinbad caminara hacia ella y removiera los velos del dosel circular en el techo, con un brazo sostuvo a Judar contra su cuerpo antes de depositarlo sin gracia alguna sobre los almohadones de plumas y seda.

—Judar…

No hubo respuesta, con calma acercó la mano a uno de los costados del chico y justo cuando iba a tocarle esa misma mano fue apresada en un movimiento rápido entre el mullido colchón y los pesados grilletes. La mirada cansada y furiosa del magi de la creación laceró la carne del rey de los siete mares, recordatorio: no intentar tocar a Judar sin su permiso.

—¿Por qué me trajiste aquí?

—¿Estabas despierto?

—No serías el primero que intenta tocarme mientras duermo.

Algo se quebró dentro de Sinbad.

Se quedó callado unos segundos intentando procesar las palabras de la mejor manera posible para su cabeza antes de mover un poco su brazo, como si le pidiera en silencio que lo dejara libre, podía zafarlo, pero luego de ver los brazos delgados como trozos de pergaminos se preguntó qué tan sencillo sería herir al magi y a su orgullo, sobre todo a su orgullo. Él no era así, respetaba a Judar, respetaba su poder aunque no estuviera de acuerdo con sus ideales; respetaba su inteligencia y la posición que éste tenía como magi. Tanto como respetaba la posición de Aladdín o de Yunan. Los ojos rojos no dejaban de observarle con atención, una atención lastimera y oscura: una que le estaba advirtiendo que cualquiera de los planes que pudiera tener no iban a servir. Tuvo que fruncir el ceño por la mirada que el menor tenía.

—No voy a intentar violentarte.

—¿No?

El tono frío del menor le llegó a alterar mínimamente el pensamiento ¿Puede ser que alguna vez alguien más lo llevara a una habitación para intentar amedrentarlo? La respuesta parecía ser obvia allí donde las pestañas oscuras y los ojos sangre lo observaban con desprecio, como si prefiriera estarse muriendo a resguardado dentro de los muros del palacio. —No… Más bien sólo quiero cerciorarme de que estarás bien esta noche ¿Quieres comer?

Judar no contestó. No confiaba en Sinbad. Confiaba en sus propias habilidades hasta que la cadena le hacía creer lo contrario. Ni siquiera se atrevió a negar; Sinbad estaba planeando algo y no era nada bueno. Nada bueno podía salir de los ojos ámbar y ya se lo habían advertido muchas veces. Un dolor punzante le golpeó las sienes cuando la cadena del cuello brilló con su destello plateado y todo se volvió oscuro en su visión ¡No! No en ese momento. Quiso aferrarse al destello de luz que sus ojos percibían pero este se alejaba cada vez más, más, cada vez hasta que lo perdió de vista y todo fue oscuro. Todo y una risa gutural que brotaba entre la oscuridad junto a dos ojos ámbar.


El infierno tenía muchas interpretaciones y nadie mejor que Judar sabía de esto. Durante muchas noches ese mismo infierno se estrechó en su habitación y jaloneó sus sábanas cuando era pequeño, privándolo de cualquier protección contra las sombras horrorosas que serpenteaban en sus pies para atormentarlo.

Cierta noche, cuando Judar era menor, —muy menor, tanto que su rukh aún era blanco—, hubo una pesadilla que recordaba con dolor acuciante. Una donde una mujer de cabello negro y un hombre alto de ojos dorados lo sostenían en brazos y le repetían que lo amaban, que lo cuidarían hasta el último de sus días y que siempre sería su pequeño niño de nombre Judar. Hay ciertas escenas nítidas dentro de su cabeza mientras observa desde lejos a la feliz familia reunida en la modesta casita con apenas dos habitaciones. No es importante la decoración o el escaso espacio, es importante cómo el amor y los rukh rosas parecen emanar de cada rincón. Desde el momento en que el padre llega con un gran filete de pescado fresco hasta la madre que feliz tatarea una tonada mientras observa a su esposo e hijo jugar en el alfombrado.

El dolor se transfigura en lágrimas por sus ojos una y otra vez nublándole la visión hasta que esta comienza a tornarse borrosa y luego un velo rojizo la va cubriendo. Luego todo es oscuridad otra vez.

Oscuridad.

Nosotros hemos asesinado a tus padres.

Y la escena se transforma. Una donde sus padres están tirados sobre un charco de sangre frente a su cuna de mimbre y él llora con desconsuelo por el ruido de la habitación y el olor a quemado. Eres un niño que ha nacido sin suerte, mi pequeño. Escucha la voz dentro de su cabeza, cree que es su madre pero no recuerda su voz para comprobarlo. Recuerda el amor y recuerda el cariño pero no recuerda sus rostros, sus nombres o sus voces y todo es negro otra vez.

Oscuridad.

Sobresaltado termina por erguirse en la cama con un grito ahogado y las lágrimas inundando sus mejillas. No se encuentra más en su pequeño hogar; por el contrario, ésta habitación llena de muebles, vasijas y más cosas inútiles que él no necesitaba. Sus pequeños pies descalzos alcanzaron el suelo de un brinco y se encontró saliendo de la habitación a hurtadillas, intentando no ser descubierto por los monjes que le enseñaban magia, supuestamente debía dormir cierta cantidad de horas para volverse más fuerte de lo que era actualmente. Sus pasos se encontraron guiándole hasta las plazas del centro del imperio donde vivía ahora. A altas horas de la noche no había nadie en esos lugares. Había un prado, en el área este del palacio tras una puerta corrediza que le gustaba visitar. Estaba lleno de flores salvajes de colores bonitos que a veces le hacían estornudar.

Dando grandes pasos terminó por llegar a ese lugar y correr la puerta a un lado para ingresar (¿O quizá salir?) y sorprendido observó una cabellera oscura sentada en el último peldaño. Intentando volver sobre sus pasos fue descubierto por la otra persona. El rukh blanco fluyó por todo el lugar cuando el chico de ojos azules giró el rostro y su sonrisa iluminó cada rincón del lugar.

Su nombre era Hakuyuu Ren, una de las personas a las que debía otorgarle poder.

Acércate, pequeño.

Su voz era tan melódica, era tan armoniosa que parecía capaz de menguar los temblores en el menudo cuerpo del peli-negro. Renuente y escondido tras las puertas corredizas observándole, caminó lento, como si estuviera frente a un animal salvaje que en cualquier momento le tiraría una mordida. Cuando Judar procesó todo de nuevo, estaba sentado en las piernas del chico con bonita sonrisa quien le decía el nombre de las flores silvestres del jardín imperial. Judar lo miró azorado, un tanto desconfiado aún de que aquello fuera una trampa. El toque en el cabello le alertaba, la mano que le sostenía para que no se cayera ¿por qué había hecho aquello? ¿por qué había accedido a los caprichos de mente para acercarse a él sin conocerlo en realidad? Falan los mencionaba y Markkio también, pero en realidad ellos eran completos desconocidos. Conocía los nombres, conocía los rostros y las edades porque sería una falta de respeto no conocer lo básico de sus candidatos a reyes, pero más allá del título honorario en la familia real, no sabía nada de ellos.

Pero había algo curioso en ese chico; su rukh era rosa y blanco. Jamás había visto a tantas mariposillas rosas y blancas jugueteando en el aire entre sí. Cada vez que Judar alzaba la vista podía verlas sobre él, luego cuando Hakuyuu lo miraba, más mariposillas parecían salir del cuerpo del mayor y él se aterraba. Parecía que las mariposillas en cualquier momento les enterrarían vivos de tantas que eran. Era todo tan confuso, no comprendía nada de aquellos chicos a los que tenía que servir.

Tengo un hermano y dos primos que son casi de tu misma edad, apenas un par de años menores ¿los has conocido?

Judar negó con la cabeza, manteniendo los labios rectos al escucharle.

Mi hermano se llama Hakuryuu, es muy parecido a mi y siempre está sonriendo. Mis primos se llaman Kougyoku y Kouha, los dos tienen el cabello rojo ¿o será rosa? Es difícil, siempre que veo a Kouen lo miro pelirrojo y luego todos sus hermanos son peli-rosas.

La risa era también suave y melódica. Judar estaba mareado entre tantos nombres y no era capaz de comprenderlos todos al mismo tiempo. Las caricias en su cabello le estaban pasando la factura; en cualquier momento iba a quedarse dormido si el mayor continuaba acariciando las hebras de su cabeza. Él seguía hablando con el magi quien respondía apenas con monosílabos ininteligibles. Tras un rato, la risa cesó y las caricias a su cabeza también. Judar alzó la vista contrariado y observó a Hakuyuu mirando hacia el frente, hacia la nada. Él miró también y no fue capaz de comprenderlo.

Los imperios tan viejos como estos… Sus paredes, comienzan a cobrar vida.

El magi frunció el ceño y su cabeza se ladeó ¿Ahora qué era lo que Hakuyuu quería decirle?

Llegará un momento en el futuro, Judar. —fue el comienzo, cuando él le separó de sus piernas y le paró frente a él. Lo sostuvo de ambos brazos y le miró fijamente haciendo que el magi de repente se sintiera intimidado—. En el que tendrás qué decidir. Hay cosas malas que se están apoderando de esta casa. La peor de ellas se esconde en un reino muy lejano de aquí y quiere a Hakuryuu y a Kouen ¿Tú los quieres a ellos?

Él, confundido asintió.

Yo los quiero… Los quiero muchísimo a ambos y, si me prometes que tú vas a cuidar a Hakuryuu, yo te prometo que cuidaré a Kouen. Debemos protegerlos de ese mal que se apodera de las paredes de este imperio antes de que sea demasiado tarde. Hay personas que han nacido sin suerte y es posible que el futuro exista confusión dentro de nuestros corazones, pero nunca debemos titubear ¿Lo entiendes? Los niños de aquí han crecido sin amor, son educados y serviciales pero no tienen amor. Puede ser también que cuando llegue el momento en que debas prestarnos poder para protegernos, ellos no te agradezcan por todas las cosas maravillosas que harás por ellos, pero en el fondo te tendrán estima y respeto como si fueras un hermano nuestro ¿Entiendes, Judar? Por ningún motivo los pierdas de vista, por ningún motivo los odies.

Judar asintió, esperanzado de encajar entre ellos.

Mentiroso.


Las lágrimas brotaban de sus ojos como la pus de una llaga, el cuerpo se arqueó hasta que se irguió sudoroso sobre las sábanas de la cama. La garganta la tenía seca de tantos jadeos que había proferido mientras dormía ¿cuánto tiempo había pasado? Intentó acostumbrar la vista a la oscuridad que engullía la habitación salvo por el ventanal del lado izquierdo con vista a la isla. De no ser por aquélla abertura en las paredes, todo sería penumbra. Jadeante miró a todos lados como un gato enjaulado esperando para el momento en que tuviera que atacar. Algunos cabellos azabache le taparon la visión por unos segundos; tarde fue cuando se dio cuenta de que la trenza que normalmente utilizaba se había deshecho por completo. ¿Cuánto magoi había perdido que ni siquiera podía mantener su peinado?

—¿Te duele menos la cabeza sin ese pesado peinado? —asustado escuchó la voz sobria resbalar indistintamente por las paredes hasta dar con el portador. Frente al ventanal sentado en los azulejos en una pose descuidada, había girado a mirarle con el cabello cayéndole en cascada por los hombros, la mirada enigmática no mostraba rastro alguno de preocupación por él, era falso, era todo la necesidad de parecer el santo de la historia. Renuente, Judar se movió entre la suave tela que le apresaba, berreando entre sus labios sin fuerza alguna; fue cuando intentó levantarse de la cómoda posición que un mareo abrasador le atenazó el cuerpo y lo hizo casi irse de bruces al piso—. No creo que debas esforzarte de esa manera. —le recordó el rey y creador de la SSA, bajando la pierna en su descuidada pose para caminar y llegar a su lado. Judar había mantenido la cabeza gacha, regulando la respiración y un par de dedos enjoyados hicieron que alzara con delicadeza el mentón.

Le observó allí tan alto como era siendo él el que estuviera sentado sobre el futón. El tacto de los dedos cambió por los nudillos y el frío metal de los anillos que le erizó la mejilla. Viajó trazando un camino sinuoso por los contornos de la piel hasta el hueso de la mandíbula y finalmente terminó pasándole los rebeldes rizos tras la oreja. Tan agotado como se encontraba, el magi no se movió un ápice, consumido por un impulso casi suicida, entrecerró los ojos con derecho de goce tras la sencilla caricia. El rey retiró su mano como si el contacto le hubiera quemado, antes de fruncir el ceño de manera estoica, quedándose allí como una estatua de terracota.

Sinbad lo sabía. Judar era como tocar terciopelo; engañosamente suave al tacto.

Esa docilidad que le presentaba no podía traer nada bueno; el rey no era estúpido. Podría ser descuidado y deseducado para pasarla bien a los lugares donde iba, pero no se le escapa nada nunca. Y allí donde Judar lo observaba entre su gravedad lacónica y el letargo, él se dio cuenta de que ocultaba más cosas que los siete mares juntos. Incluso se dio cuenta cuando el menor se removió con inquietud en la cama susurrando cosas a los dioses del sueño que parecían no querer ceder ni darle tregua; pero Judar era obstinado, y su orgullo era tan grande y espeso como su cabello; podía casi palparse condensado a su alrededor como una neblina que los envolvía a todos apenas el magi hablaba.

A Judar la garganta se le secó una vez más, pero fue incapaz de pedir algo, menos a ese sujeto frente a él, se negaba rotundamente a rogarle por algo. Ofuscado se removió en su lugar y simplemente volvió a su lugar en la cama, desenmarañando las hebras negras que caían en cascada por su espalda. Odiaba el cabello suelto porque apenas lo tocaba, ya se había enredado completo. No lo observó, de hecho no observó otra cosa en la habitación que no fueran sus propias rodillas. El sueño no tenía piedad de su mente y cuerpo cansados, la sangre se había cuajado bajo los grilletes y no pudo importarle menos morir de una infección: si dejaba de respirar estaría agradecido.

Sinbad hizo un ruido casi animal, como si graznara y resuelto se metió en la cama a su lado, girándose para darle la espalda. Judar no comentó nada, pero Sinbad sintió cuando el peso del chico cayó sobre el colchón sin gracia ni elegancia, con los labios entreabiertos y las manos sosteniendo parte de los largos cabellos. Otro tanto se le acumuló en las mejillas cubriendo parcialmente su rostro. Tras girarse un poco en su lugar, el rey le retiró de nuevo el suave cabello del rostro, mientras lo observaba con la tenue luz que se colaba entre la celosía del ventanal. Incapaz de continuar de ese modo, ofuscado se giró tras peinarle y apretó sus ojos con fuerza. De ninguna manera iba a caer preso de las tentaciones que le laceraban la carne.

Él no era así, se repitió como mantra mientras los dientes le chasqueaban unos contra otros por la presión ejercida bajo los labios. Odiaba esos rastros de debilidad que se formaban en su cuerpo cuando la noche y el firmamento se extendían sobre él. El vientre del palacio rugió con voces de ultratumba susurrándole depravaciones al oído cuando los dedos enjoyados recorrían el cabello suelto. Las hebras se perdían funestas en la oscuridad de la habitación contrastando con la seda rojiza de las sábanas; el olor era el mismo: durazno. Y gozosamente sonrió de manera perezosa allí observándolo.

Quieres su vida.

Quieres el olor.

Qui-

Yluegoquieresdestrozarlohastaqueloshuesosselehaganpolvo.

Sacudiendo la cabeza como si le hubiesen dado una descarga eléctrica, retiró la mano de su mejilla descuidadamente. La cabeza cayó pesada sobre los almohadones con una exhalación pesada salida desde lo profundo de su ser. Sinbad admiró el rostro definido y las hebras azabache que le envolvían como un manto de plumas. Judar se desmelenaba en un huracán de alas de cuervo añejo y ojos de botones de sangre sin un traje digno de portarlos. Descuidado el magi dejaba que el suyo circunvalara por su piel de cal removiéndose sin un punto fijo por destapar o cubrir. Las piernas largas se fueron desnudando por sí solas junto a los huesos de la cadera por los movimientos en sueños del menor. Allí donde Sinbad había perdido el sueño por completo, la mirada viperina como la del cazador se dedicó a inspeccionar con recelo la piel pulcra. Apoyándose en su codo sobre el colchón, se acercó a él para observar los pies pequeños y delgados junto a la pantorrilla descubierta y, así mismo, descubrir un par de pesadillas en la piel.

Las estrías plateadas corrían y venían sin tregua ni paz sobre la piel mallugadas de esas piernas delgadas. Era capaz de verlas incluso con la escasa iluminación de las antorchas tras el ventanal. La carne mallugada tembló bajo su tacto y los ojos viajaron veloces al rostro que sólo frunció el ceño. Las yemas tocaron con nervio y morbo acuciante la piel de leche y las irregularidades que poseían como banderas de un territorio sin conquistar. Contuvo el aliento por una incisión grande en la carne que le partía la pantorrilla en dos desde la parte trasera de la rodilla hasta el talón. Los dedos acariciaron con un terror cósmico lo grande de la herida ahora lacerada e inocente que descansaba junto a sus hijas en las piernas del magi de la creación. Judar era el dolor encarnado, era la raíz viva de la melancolía y el rey como hombre necesitado de paz, aún en contra de su propia valía (o raciocino) se acercó, estrecho y despreocupado a las piernas. Con el ceño fruncido por el dolor como si las heridas estuvieran en su corazón y no en la piel que no le pertenecía, recargó su mejilla caliente en la piel fría de la pantorrilla desnuda. Giró unos milímetros, y fue bajando, lento, suave como el maullido de una cría de gato hasta que los labios se encontraron con el corazón del pie.

Los labios trazaron una senda caliente de besos que se regaron por la carne olvidada que se estremecía por el contacto; Judar no se despertó, probablemente estaba ardiendo en fiebre o su cuerpo no asimilaba la pérdida de magoi que había tenido. Él quiso quedarse en esa posición toda la noche; pegando los labios a su tobillo y piernas de carretera. Exhalando con fuerza se obligó a cerrar los ojos y su mente tras ese descubrimiento. No sabía si estaba preparado para ver la otra pierna o sus muslos. Cuando el magi le dio la vuelta en sueños le escuchó susurrar nombres venidos indistintamente del pecado que poseía por labios antes de él echarse como un costal de papas sobre el colchón sin gracia.

Había sido demasiado para él; y el Dios, aunque omnisciente, ocasionalmente necesitaba sus momentos de descanso en la inconsciencia viajando sin vuelta.

Kouen

Hakuyuu

(y quieres gritar

Luego el cariño y el sosiego.

Hakuryuu

Sinbad.

en sus ojos apagados hay un eterno castigo).

Y Sinbad no pudo volver a cerrar los ojos esa noche.