Capítulo cuatro: Raw scar can't get back, LIAR, COWARD, BULLSHIT. My heart is disturbed by you.

( Cruda cicatriz no se puede volver, MENTIROSO, COBARDE, MIERDA. Mi corazón está perturbado por ti )

»Deracine — The gazettE.

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Si Hakuryuu pudiera nombrar a sus pesadillas probablemente podría dormir.

Las plazas del palacio de Kou siempre le parecieron frías y hostiles desde que su madre le confesó haber acabado con su familia, el príncipe tardó mucho en darse cuenta que la realidad le golpeaba cada vez con más insistencia la cabeza, muchas veces quiso escapar por la vía fácil y terminar con los problemas que agobiaban a su ensombrecida mente; pero tales nunca los consiguió.

Y luego conoció a Sinbad.

Mientras caminaba entre los pisos de madera y sus pasos resonaban con insistencia bailoteando por las paredes, un quejido llegó a sus oídos y se detuvo. No era un quejido de alguien holgazaneando o uno de sus primos chillando por algo. Escurridizo terminó por entrar en la gran sala de Kouen Ren donde pasaba horas leyendo y escribiendo acerca de la historia y planes de dominación mundial.

K-Kou~en… me... —pero sus labios fueron cubiertos mientras las lágrimas pétreas siguieron escapando de los ojos igual que la sangre de su cuerpo. Hakuryuu se escondió tras los estantes llenos de libros y pergaminos agudizando la vista bajo la escasa iluminación de la gran sala para encontrarse con una escena un tanto retorcida:

El dolor del magi oscuro era palpable hasta para la piel de Hakuryuu… No había un tramo del cuerpo antes con piel nívea que no estuviera ahora cubierto por hematomas y lo que parecían ser raspones hechos por la misma madera del escritorio donde el peli-rojo mantenía atrapado al magi oscuro quien se quejaba cada vez que el otro se movía dentro de él con la fuerza que le caracterizaba.

¿Eran amantes?

Hakuryuu no lo supo sino hasta que vio el resplandor de esa cadena que ahora tenía el magi sobre el cuello que era jalada por una armella sobre el techo, acorralado entre el escritorio y el estante alto del lado izquierdo con las palmas apoyadas a manera de soporte en la mesa y los pantalones abajo, se removía de manera inquieta para liberarse de las manos de Kouen que con las uñas le rasgaba la piel hasta que los hilos de sangre le abandonaban el cuerpo por cada orificio real y recién adquirido gracias a la brutalidad de los actos.

La corrupción fluctuaba con intensidad por la estancia mientras Hakuryuu observaba y callaba por lo que sus ojos atestiguaban ¿Eso era lo que había mencionado a Sinbad, verdad? Ahora se encontraba ligeramente confundido porque no sabía a cuál de los dos individuos presentes le tenía más coraje. Uno maldijo su destino y destruyó a su familia y el otro estaba tan cegado por la dominación mundial que aún no comprendía como seguía siendo símbolo de admiración y respeto.

Cuando bajó la visa por el quejido que lanzó el magi oscuro repasó en su mente cada una de las veces que aunque nunca se atrevió a admitir, el oriundo del norte le ayudó tanto como le fue posible. Hakuryuu aceptó hace mucho que Judar era utilizado por la organización que controlaba su madre pero no era capaz de aceptar al peli-negro de manera abierta por que también creía que había forjado su propio destino a base de la crueldad que experimentó; era un pensamiento infantil, pero después de todo siempre había sido débil y su mente pobre de ideas nutridas.

Aunque luego de observar la sangre escapar por los ojos del oráculo se preguntó si realmente sería él, el malvado en todo ese cuento llamado Al-thamen ¿Gyokuen lo utilizaría de la misma manera, si tuviera oportunidad?

Sí.

La respuesta sería siempre sí.

Eres un asco, pedazo de puta… —el golpe seco de la cabeza de Judar impactarse contra el estante donde se escondía Hakuryuu le hizo saltar en su lugar; el oji-azul se encontró descubierto por el magi cuando éste giró la vista en su dirección pero no dijo nada y con el poco orgullo que le quedaba se levantó para hacerle frente de nuevo a Kouen sin revelar que tenían un espectador.

Hakuryuu lo observó con lástima vomitar sangre dos veces mientras se hincaba en el piso y la espalda se le arqueaba como un gato erizado. Los huesos de la espina dorsal y las costillas se le marcaron sobre el encarnado pero no opuso resistencia cuando Kouen le tomó por los cabellos y volvió a aventarlo contra la mesa donde planeaba sus ataques, un quejido muerto abandonaba los labios curtidos del magi.

Te va a traicionar.

La mirada viperina de Hakuryuu se movió para observar hacia la voz, esa voz que resbaló por sus oídos y que hizo que Kouen soltara una sangrienta carcajada luego de volver a amarrar con saña la cadena del magi sobre la armella del techo. —¿Lo harías, Judar? ¿De verdad traicionarías al imperio Kou?

No hubo respuesta por un par de segundos, sólo hasta que Kouen le jaló del cabello e hizo que le mirara aún por encima de sus propios deseos y Hakuryuu encontró la respuesta a la imagen de sus pesadillas:

Lo haría, no eres a quien necesito.

I.

Cuando Ka Koubun encontró a Kougyoku siendo prácticamente negada por su familia algo dentro de él se encendió. Más allá de desear llegar a la cadena más alta del poder político en el imperio Kou, se dijo a sí mismo que el cáncer de las sociedades residía entre las paredes que él concurría y para las que trabajaba. Siempre escuchó a los demás sirvientes y miembros de la corte de Kou hablar de Kougyoku como la hija mezquina, la hija de una ramera que no debió llegar a ese lugar.

El abandono tras uno de los templos del palacio y el desprecio casi misógino que la niña experimentó desde antes que él la conociera lograron que algo se quebrara dentro de él. ¿Por qué maldecían el destino de una pequeña niña que no tenía la culpa de nacer hija de una cortesana? Además ¿Cuál era el problema con ella, en todo caso? Kougyoku nunca tuvo luz como la tuvo el imponente Kouen o Kouha. Quizá vivir entre paredes frías, habitaciones vacías y carentes de amor familiar le endureció el corazón a todos; pero la gente siempre los prefirió y tuvieron luz artificial.

Cuando paseaba por los jardines imperiales Kougyoku siempre dejaba de caminar, observaba al sacerdote jugar con Kouha y Koumei, se escondía tras uno de los pilares rojos con detalles dorados y escondía el rostro tras sus mangas: como nunca tuvo calor, el ver a los demás jugar o correr sonriendo y siendo felices la hacía sentir desplazada; porque creía que no pertenecía a esa familia aunque era hija de la misma sangre y el mismo sol. Ka Koubu no la tuvo fácil, y nunca lo buscó, lo que quiso fue la felicidad de Kougyoku y que aprendiera que si su propia familia la había abandonado, entonces el calor la esperaría en otro lugar alejado del que se suponía era su hogar.

Años pasaron hasta que el oráculo del imperio creció y les trajo poder, mucho, mucho poder y tanto él como Kouen le trajeron sol a Kougyoku.

Ka Koubun jamás podría olvidar toda la dicha que experimentó cuando Judar le dijo que le daría a Kougyoku el poder que necesitaba para convertirse en una guerrera independiente. Jamás olvidaría las lágrimas de genuina felicidad que la chica lanzó aquélla noche cuando fue aceptada por su hermano mayor y por el oráculo del imperio, jamás olvidaría los saltos que ambos dieron sobre la cama de la mencionada y el cabello despeinarse por la euforia. Tampoco olvidaría que eso significaba escalar un peldaño más en su búsqueda de poder.

Por eso la noche cuando Judar salió de la biblioteca privada de Kouen con un hematoma en el ojo y el cuerpo lleno de lamentaciones; los ojos de Kougyoku se cristalizaron y Ka Koubun fue el primero que ofreció la ayuda al magi oscuro. Guiado por las palabras de la peli-rosa preocupada, ambos observaron con extrañeza la cadena plateada que resplandecía sobre el cuello del magi y el caminar que le hacía tambalear de un lado a otro con los pasos que éste daba. Aunque los monstruos estaban tras las paredes, Kougyoku y él llevaron a Judar a la habitación que durante un par de años fue el hogar de Kougyoku y como si estuvieran alimentando a un criminal, le escondieron tras los muebles llenos de polvo e historias que morían por ser contadas.

Ju-Judar-chan… ¿Qué te ha pasado? —la voz temerosa de la princesa hizo que Judar alzara la vista cansada pero no recibió respuesta. Entonces Ka Koubun obedeció a las palabras de la chica para que comenzara a curar las heridas de Judar una a una mientras ella intentaba hablar con él.

Tienes… que salir de aquí.

¿E-eh?

La princesa giró el rostro a Judar quien a duras penas podía mantener el ojo derecho abierto por el oscuro moretón y escuchó sus palabras completamente aterrorizada de que su propia casa fuera la concentración del mal encarnado. Su casa, su propia familia. Se acercó a Judar con las manos temblorosas y las lágrimas escurriendo por sus mejillas escuchando las palabras que despedazaban sus oídos y destazaban su mente; no podía creerlo.

Tú… no eres como ellos, Gyo.

Ka Koubun le escuchó hablar y no pudo estar más de acuerdo con él.

A partir de esa noche la princesa junto a su consejero trazaron un plan que les llevó más de un año, Kougyoku llegó a conocer a Judar tanto, tanto una vez, que creyó de manera ciega en sus palabras y se preguntó si sería ese, el preludio de una guerra inminente.

II.

Cierto día cuando Hakuryuu caminaba por los pasillos del palacio, observó a la octava princesa del imperio hablar con el magi oscuro. La peli-rosa lloraba mientras abrazaba al oráculo quien tenía grilletes y cadenas en las muñecas, tobillos y cuello. Hakuryuu no había visto los grilletes de las manos ni de los pies; de hecho hasta le parecía bastante extraño observar la sangre resbalar por la piel de las zonas que eran atormentadas ¿Era ahora, un esclavo? Cuando colocó su cuchilla en la espalda se encaminó al centro del jardín donde los tres estaban –con facilidad olvidaba el nombre del asistente de la octava princesa–, y sin emitir palabra alguna sólo se quedó allí observando de espaldas a la princesa, al magi de imperio que mantenía los ojos cerrados y el rastro púrpura de los golpes se notaba de manera imperceptible.

Siempre… he creído que ustedes son… diferentes a los demás. —la voz de Judar fue tan baja que Hakuryuu dudó haberlo escuchado realmente—. Ustedes logran ver más allá… de lo que la gente desea, son buenos niños…

Judar tenía problemas para estar respirando y cuando Kougyoku se dio cuenta con un respingo observó a Hakuryuu sentarse a su lado. El oji-escarlata alzó los párpados cansados para observarlos con una sonrisa casi forzada por el dolor. —Hakuryuu… Déjame brindarte el poder para que… seas un guerrero independiente.

El peli-negro apretó los puños, zafando el pasto de la tierra con fuerza, sin embargo, fue la mano curtida del magi, con sangre seca producto de los grilletes, la que le hizo desistir de su tarea con el césped. —No tienes qué confiar en mi como lo haces en Hakuei... o ese rey idiota al que tanto idolatras.

Kougyoku alzó la vista con la vista nublada al entender que se refería a Sinbad.

El pasto es como el cabello del mundo… ¿Te gustaría que te arrancaran el cabello? —la pregunta fue al aire por que Judar cerró los ojos de manera cansina y con mucho dolor alzó el brazo hasta que descubrió la zona de la nuca baja y ladeó el cuello dejando que ambos observaran un trozo de la carne de la cabeza sin cabello, nada, como si lo hubieran arrancado de raíz.

¿Quién te ha hecho eso?

Tu madre.

Judar siempre careció de tacto para hablar, por eso no le importó que Hakuryuu se sintiera mal o que Kougyoku siguiera con los ojos llorosos por las palabras que emitía. —Quiero que sepan… que siempre he creído en ustedes. —de nuevo volvió aquélla voz calma y los quejidos cuando inhalaba el aire. Ambos observaron la cadena plateada brillar y las cejas crisparse hasta que prácticamente se volvieron una—. Me duele… Mañana… mañana debo…

Pero era imposible seguir con las palabras a medida que todo dentro de él se desplomó y pareció volverse una piedra que le impedía mantenerse erguido. Abrió los ojos con las venas inflamadas, se veían más rojos de lo habitual y les dio la sonrisa más sincera que ambos vieron alguna vez tras esos palacios y templos que parecían haberles dado la espalda. —Mañana… odio… estas marcas…

Judar de talló un ojo y la sangre comenzó a brotar como si fueran lágrimas. Tanto el príncipe como la peli-rosa abrieron sus ojos y Ka Koubun se preguntó si el magi podría resistirlo mucho más que eso. Maquíllalos…

Y volvió a cerrar los ojos pero no encontró la respuesta que estaba buscando, entonces con la voz cansada otra vez volvió a hablar:

Maquíllalos… como… con esos… —los dedos de Judar se movieron de manera descuidada apuntando a algo entre los bolsos del vestido de Kougyoku y Hakuryuu lo sostuvo por uno de los costados con los huesos casi saliendo de la carne cuando éste se tambaleó a un lado. Sin cuidado alguno Judar retiró los hilos de sangre que le cayeron sobre las mejillas y los grilletes sólo lograron que la piel de su mejilla también se raspara un poco. Kougyoku tomó un poco temerosa una cajita de plata que Ka Koubun le había regalado. Dentro de ella había un líquido muy parecido al vino pero de color púrpura.

Con los dedos temblorosos, se acercó a los párpados del magi oscuro y primero con el que había sangrado, dejó en suaves trazos el maquillaje hecho de flores y algunos pigmentos de las plantas de la región. Una sonrisa nerviosa se asomó en sus labios temblorosos cuando recordó la primera vez que había hecho aquello con Judar, eran unos niños y ellos no entendían que los hombres no usaban eso, sin embargo con el paso de los años, continuaron haciéndolo porque Judar parecía esconder las heridas de su alma tras los pigmentos púrpuras. Cada trazo dolía más que el anterior pero Judar le prohibió parar hasta que acabara con el trabajo.

III.

Buscar sosiego en la niñez de Judar se volvió una tarea más grande que en la de Ja'far cuando Sinbad lo conoció. Constantemente el sacerdote lo veía tras las murallas como si se estuviera escondiendo y a él le agradaba, no sabía por qué pero esa inocencia le parecía tan graciosa que era difícil ignorarlo. Sería la diferencia de años, o la despierta curiosidad del pequeño monje. Un día cuando se encontraron en una de las plazas de los palacios que Sinbad frecuentaba como el nómada que era, encontró a Judar observándolo de nueva cuenta con ese interés papable, el estómago le revoloteó con una emoción aplastante, siempre fue soberbio aunque se engañara a sí mismo. —Oye.

Sin embargo fue el pequeño sacerdote quien inició la plática ésta vez, y eso por supuesto más allá de engrandecerle el ego, hizo que el mismo revoloteo de su estómago se intensificara. —¿Qué pasa, pequeño? —hasta le sonrió, feliz de obtener esa atención. No sabía de dónde provenía o qué era lo que hacía, lo había visto una vez antes, con el cabello menos despeinado rodeado de gigantescos libros y escribiendo sin descanso con una mujer observándolo para que no fuera a distraerse.

¿Te gusta el traje que usan los sacerdotes? —los ojos escarlata le escudriñaron completo y esperaron por una respuesta afirmativa. Sin embargo Sinbad emitió una mueca y un suspiro un poco contrariado por la pregunta, rascó su nuca un par de segundos para luego encogerse de hombros—. Me gustan más los trajes de las bailarinas~

¿Te gusta el cabello largo?

Sinbad volvió a encogerse de hombros con una sonrisa mientras le palmeaba la cabeza: —Un amigo mío tiene una gran trenza, de verdad, es enorme… Se ve bien con ella y es el mejor magi.

Y cuando Sinbad se fue no se pudo buscar sosiego en la niñez de Judar. Porque los monstruos volvieron a esconderle tras las murallas y la niñez pura, inocente y feliz ya no entraba en el mundo de Judar. Ese Judar que cambió el viejo traje de sacerdote por un traje de pantalón de bailarina y el top del torso. El que dejó crecer su cabello y cuando Kougyoku le pintó los párpados se sintió feliz. Los monstruos le hablaron de la depravación y maldecir su destino, le dijeron que si mostraba su cuerpo mientras lo tocaban por todos lados sería mejor, y que si se dejaba crecer el cabello y lo trenzaba hasta que llegara a sus pies, siempre ganaría. Y Judar lo creyó:

Porque ya estaba oscuro y rebalsando de pecados.

Porque Sinbad jamás volvió a voltear a verlo con esos cariñosos con los que veía a todos, a todos menos a él.

Porque cada pincelada que Kougyoku dio por sus párpados cuando le maquillaba era una nueva puñalada a su corazón, ese corazón que le hacía malgastar esfuerzo como por inercia.

Y cada pincelada nueva cuando recordaba a Sinbad y su cabello púrpura era una herida que había intentado infructuosamente sanar, sin dejar cicatrices.


—Te dije que mantuvieras tu distancia.

—Lo sé.

Sinbad movió la cabeza de un lado a otro intentado descontracturar su cuello por las horas pasadas sentado frente al escritorio firmando papeletas y decretos del reino: impuestos, ofertas de exportaciones e importaciones, era tan cansado que de repente su mente volaba lejos cuando de chico soñaba con cambiar el mundo con sus propias manos y llevar la responsabilidad de un mundo mejor. Ya se lo había dicho el rey de Balbadd hacía algunos años: Los primero años no será tan fácil como crees pero estoy seguro que serás un gran rey.

Él, quería creerlo.

—¿Lo sabes, Sinbad? ¿Entonces por qué…

—¿Qué es lo que realmente te preocupa, Yunan?

Cuando el rubio bajó de la ventana donde lo observaba, Ja'far guardó silencio de repente casi orgulloso de que fuera el magi quien regañara a su rey, si hasta tenía ganas de decirle "rey idiota" aunque luego debiera lavarse la boca con ácido por aquéllas palabras.

—Me preocupan las cantidades exorbitantes de magoi que esa cadena le hace perder y el que lo dejes estar aquí sólo por que sí. No sabes si es una trampa del imperio Kou, te dije que debías tomar todas las precauciones necesarias para no enfrentarte a ellos.

—Ya lo sé.

Justo cuando Yunan iba a volver a hablar, con las orejas y mejillas rojas por la pasividad de Sinbad, Ja'far habló sentado en la mesa revisando los informes. —Le dije que era inútil hablar con él, Yunan-san, tiene la mentalidad de un niño de cinco años y el interés de un bebé.

Sinbad hizo una mueca de disconformidad por las palabras del albino y a Yunan le pareció un puchero, fue tan gracioso que no pudo evitar reír. —No veo cuál es el problema de tenerlo aquí, con esa cadena no es amenaza alguna y eso nos da ventaja sobre el imperio Kou si fuera una trampa.

No los culpaba de creer aquello, ya lo habían vivido en el pasado y no se podía confiar mucho en Judar, pero ésta vez estaba seguro que todo estaba bien, y que no había ninguna trampa, él lo sabía. Lo supo en el momento en que Judar entró en el barco, cuando destruyó al monstruo y comenzó a vomitar sangre. Volvió su atención a los papales que debía firmar y el aburrimiento le consumió de nueva cuenta ¿Estaría bien en éstos momentos? Últimamente Judar dormía mucho más de la cuenta y las venas de su cuerpo estaban inflamadas, intentaron quitar la cadena pero sólo lograron que el menor comenzara a convulsionarse por el dolor que le provocó. Curaron un poco las heridas de los tobillos y las muñecas pero la piel y la carne aún no cubrían por completo el músculo y encarnado róseo; en el tobillo izquierdo incluso se veía un poco el hueso por el tiempo que los trajo puestos. —Entonces… ¿Qué vas a hacer si es una trampa del imperio Kou, Sinbad? ¿Te vas a enfrentar a ellos?

—No veo por qué habríamos de enfrentarnos…

—Si hasta se besaron la noche de Mahrajan.

La torre Morada Leo pareció partirse en seis partes irregulares cuando Ja'far emitió aquéllas palabras con la misma destreza que un criminal. El rostro de Sinbad se volvió azul y la tinta con la que estaba escribiendo se salió de la hoja hasta llegar al escritorio por lo incómodo de la situación, incluso creyó haber escuchado a Yunan quebrar su varita-báculo luego de escucharlo.

Nadie los había visto.

No había suficiente iluminación.

¡Ja'far no tenía pruebas para decir que habían sido ellos!

—¡QUÉEEEEEEEEEEE!

El albino le echó otro montón de papeles en el escritorio y tomó los rollos de pergamino de la mesa saliendo de allí con su porte elegante mientras Yunan observaba a Sinbad con el rostro tan azul como el cielo, un sudor frío le recorrió la espalda al marino: iba a ser una larga tarde.


Cuando Judar despertó el sol estaba en un punto alto y la campana fue tocada para dar la hora al reino, confirmó que era tarde pero no le importó. No recordaba cuándo era la última vez que pudo dormir tanto y en una cama tan mullida. Su cama en Kou no era así de esponjosa y tampoco podía durar tanto tiempo sobre ella. A veces se preguntaba si era un magi de la creación o un sirviente que debía hacer todo lo que le decían. Se desperezó pero el dolor de su cuello no se menguó ni un ápice.

Comenzaba a creer que no podrían quitarle aquélla cadena y que su muerte sería ridícula: encadenado.

No es que le importara realmente, luego de obtenerla se había resignado al hecho de que su vida sería miserable por haber maldecido su destino, no la manera simbólica en la que su rukh se volvió negro, no, lo había maldecido al haber declarado una guerra interna con la que al final no podría lidiar. Cuando se levantó de la cama dejó que el cabello se extendiera sobre parte del colchón y parte del suelo tan largo como era; un poco pesado para la cabeza cansada pero al menos ya no sentía esa opresión y suciedad como cuando los de Al-thamen la acariciaban siempre alegando que era la fuente de su poder.

Él quería ganar, claro que lo quería, pero quería ganar bajo su propia jurisdicción y bajo sus propios ideales, no siendo manejado ni oprimido o ultrajado: ya no más.

—¡Rey Sinbad! ¡Barcos del imperio Kou están llegando a las costas!

—¡Que refuercen la barrera por cualquier ataque y que los generales tomen sus puestos de ataque!

O quizá perdería la batalla antes de tiempo.

El ardor que abrasó a su cuerpo fue nuevo, no conocía esa extraña sensación que le embargó cuando escuchó la voz de Sinbad dar órdenes fuertes y claras de mantenerse al ataque por cualquier duda. Estaban allí por su culpa, estaban tomando los puestos de batalla por su culpa. En su mente renegó cuando fue incapaz de sostenerse por sus propios medios durante un gran rato. Miró por la ventana con gesto cansado las velas rojas del imperio con los emblemas en negro y algo dentro de él hizo explosión, esto no iba a ser una guerra solamente.

Como pudo, dio un pequeño salto alisándose la túnica crema y salió levitando por la ventana del piso más alto en dirección a donde el enano, el rubio y Morgiana se aglomeraron sobre el camino del palacio que conectaba con la costa y eras capaz de observar los barcos y las flotas completas llegar. Incluso creyó ver al viejo de la gran falla pero toda su atención se concentró entonces en el resplandor de la barrera de Yamraiha y una gran ola azotar ésta antes de que los barcos anclaran cerca de ella, él conocía ese ataque.

Con la vista nublada cayendo cada vez más creyó observar a lo lejos un rostro conocido pero tuvo que concentrar la poca fuerza que le quedaba en intentar llegar a la orilla donde todos estaban observando. Sinbad estaba con los brazos cruzados y sus generales estaban dispersos por el aire pero no le hizo caso a ninguno aun si pasó por debajo de ellos, fue cuando lo sintió.

Esa presencia...

—¡Sinbad!

Y todo pasó en una fracción de segundo; nadie lo vio venir excepto Judar quien volvió a extralimitarse hasta que su cuerpo no dio más y se puso frente a Sinbad para protegerle con su borg ante el ataque de Hakuryuu. El aliento se le fue a todos los presentes, no hubo palabras y las respiraciones parecieron esfumarse de la tierra porque nadie supo de dónde salió Hakuryuu y en qué momento iba a destazar a Sinbad. Yunan observó de lejos preocupado el destello plateado de la cadena del magi oscuro y en su mente barajeó las ideas, su cuerpo ya estaba en el límite, podía saberlo por el flujo de rukh alrededor de Judar, no le quedaba mucho magoi, llegaría pronto el momento.

Por eso le sorprendió aún más cuando se dio cuenta de lo que hizo con Sinbad y el ataque de ese príncipe del imperio Kou, cuando el cuerpo cayó otra vez sobre un charco de sangre y el equipo Djinn de Hakuryuu se deshizo completamente asustado de ver al magi así, allí Yunan encontró la respuesta.

—¡Judar-chan!

Kougyoku trastabilló una vez que el equipo Djinn se deshizo y pudo caminar en dirección al magi con el vestido siendo pisado por sus pasos presurosos ¡Estaba vivo! ¡Judar estaba vivo! Escuchó tras ella la voz de Ka Koubun pedirle que tuviera más cuidado al caminar pero ella desoyó al mundo cuando junto a Hakuryuu se acercaron al inválido magi que se quedó en su lugar sin fuerza alguna para moverse. Sinbad contuvo el aliento unos segundos cuando Judar no reaccionó y la sangre siguió brotando.

No fue hasta que el peli-negro abrió los ojos que los presentes parecieron volver a respirar, Aladdin estaba casi a punto de tirarse a llorar por la escena, Judar estaba cada vez peor y se sentía impotente de no poder cumplir lo que le había dicho cuando hurgó en su mente. Kougyoku y Hakuryuu se hincaron enfrente de Judar y la princesa le sostuvo la cabeza cuando le vio abrir los ojos. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y Judar recordó cuando la conoció: era una niña muy sensible. Hakuryuu lo era también, ambos solían preocuparse más por los demás que por sí mismos, pero Hakuryuu lloraba menos por que algún cerdo sin reeducar en la corte de Kou le dijo un día que los hombres no lloraban.

Manada de idiotas, algún día bailaría sobre la tumba de todos aquéllos que menospreciaron a ese par de niños…

—Lo… conseguiste. —cuando habló, la sangre brotó y le bañó los dientes y los labios, manchó incluso el vestido de Kougyoku pero ninguno de los presentes se preocupó por la tela, sino por la sangre saliendo cada vez más.

—Aladdin-kun… ya no le queda mucho tiempo.

Aladdin negó con los ojos llorosos a las palabras del hermano Yunan y negó el hecho en su mente, se negaba a aceptarlo.

Cuando Hakuryuu asintió ante las palabras de Judar, éste le dio una sonrisa sincera a ambos príncipes y terminó por toser hasta que volvió a brotar sangre. —Me… alegra que hayas aceptado… la ayuda… —y cerró los ojos exhausto luego de pensar que finalmente Hakuryuu tenía sol, finalmente era un guerrero independiente con la fuerza de un gran tifón y violento como un fuego ardiente.

Sus niños…


La oficina de Sinbad pareció derretirse ante las insistentes miradas de todos. Nadie habló cuando se reunieron en aquélla sala. Aladdin balanceó los pies un poco temeroso al lado de Alíbabá y Yunan jugó con el cabello de Morgiana unos segundos antes de que Sinbad finalmente se dignara a abrir la boca:

—Judar estaba siendo utilizado por Kouen Ren.

Todos guardaron silencio, aunque Ja'far frunció el ceño en duda.

—¿No es un poco sospechoso? —la mirada de Sinbad le alentó a que continuara—. Yo no dudo que Al-thamen utilice a Judar, ¿pero que un rey humano utilice a un magi, no te suena ridículo?

—Yo no lo creo, Ja'far-san.

Todos giraron a ver al peli-azul, quien mantenía el ceño terriblemente fruncido ante la acusación implícita del albino: —Sé que ustedes odian a Judar por errores del pasado y lo entiendo. Pero… —Aladdin dudó unos segundos antes de hablar, no estaba seguro de revelar lo que Mor-san y él habían visto en el interior de la mente del magi oscuro—. Pero Mor-san y yo lo sabemos, lo hemos visto dentro de él, verdaderamente está siendo utilizado por Kouen-san.

Yunan tomó asiento a un lado de Sinbad, escuchado al peli-azul con la misma atención que los demás.

—Se… se trata de un recuerdo horrible. El pasado de Judar es horrible y su presente no es mejor… cuando era niño asesinaron a sus padres frente a él y luego a su pueblo completo, eran de una planicies donde había pueblos muy pobres y siempre estuvo enfermo. Al-tamen lo cuidaba cuando se enfermaba y le decían que pronto lo llevarían a un palacio muy grande. —guardó silencio unos segundos, mordiéndose el labio un poco temeroso de decir lo siguiente—. No escogió su modo de vivir como lo hemos hecho nosotros aquí… Nunca tuvo el cariño de una madre como el tío Sinbad o la ayuda de un amigo como Alíbabá. Lo mantenían estudiando de magia encerrado bajo bibliotecas enormes, no lo dejaban salir a jugar con los demás príncipes sólo porque sí y luego cuando se hizo fuerte… luego…

Morgiana bajó la cabeza apretando los puños sobre las rodillas y Yunan lo notó. —Luego lo hicieron caer en la depravación ¿No, Aladdin-kun?

Aladdin asintió a las palabras de Yunan.

—Luego de eso cuando era grande… le dijeron que si mostraba su cuerpo sería un gran magi, y que si dejaba crecer su cabello y hacía una trenza que llegara hasta sus pies, siempre ganaría… y cuando lo hizo no ganó, nunca pudo ganar el cariño o la aceptación de Kouen o del tío Sinbad y… y luego Al-thamen y esa mujer llamada Gyokuen comenzaron a decirle que ellos habían asesinado a sus padres, y que él no pertenecía a Kou, que no pertenecía al mundo y que sólo estaba allí para cumplir una misión como magi de la creación.

—Aladdin-kun…

Alíbabá le pasó un brazo por los hombros cuando le observó tiritar con insistencia luego de decir aquéllas palabras, Aladdin alzó el rostro, y sus ojos se aguaron pero sólo observó a una persona en la sala: —Ultrajaron su cuerpo, comenzaron a tocarlo y le encadenaron a salas frías y húmedas, sus piernas fueron atadas con espinas y le pusieron la cadena mientras… mientras… ¡Lo violaban! Introducían dentro de él la varita que siempre utiliza y luego uno a uno los miembros de la organización lo violaron hasta que comenzó a sangrar y sus piernas fueron masacradas por las espinas. Lo dejaban allí adentro y no les importaba si las heridas de infectaban…

El silencio cortó el aire por unos segundos en los que Morgiana cerró los ojos hasta que sus palabras serenas llenaron el lugar: —Luego de eso Kouen comenzó a participar en aquéllos horribles actos… No sabemos cómo es que lo comenzó a hacer pero lo estaba disfrutando, sé que suena irreal y tampoco creo que Judar sea tan buena persona como Yunan o Aladdin-kun… Pero… —apretó los puños otra vez y Masrur le puso una mano sobre el hombro—. Pero no es justo que haya sufrido tanto, no es justo que le esclavicen por un pasado y un destino que no pidió… era un niño cuando comenzaron a hacer eso con ély era incapaz de pedir algo distinto a lo que conocía por que no sabía que eso estaba mal.

—Bueno… ya lo veía venir.

Apacible, Sinbad giró la vista a vista a Yunan. Quizá nadie lo notó, pero bajo los labios los dientes se trabaron tanto que casi sintió que se quebrarían en cualquier momento. Él conocía esa historia de la trenza y mostrar el cuerpo.

—La manera más rápida de hacer que alguien caiga en la depravación es mediante el odio. Si le contaban esas cosas de asesinar a su familia y sobre su pueblo o condición, el niño al no tener el calor de una madre o una figura paterna a la cuál preguntarle por qué vivía rodeado de monjes con trajes oscuros que le tocaban… Comenzaría a sentir rencor si veía a los demás niños del imperio Kou ser felices con sus padres. —pensó un momento en las siguientes palabras, luego de escuchar el relato de Aladdin—. Sobre el ultraje y la violación, es una manera de mantener amedrentada a una persona, fomentaron el odio en su corazón hasta que éste se expandió y finalmente terminaron por hacer que maldijera su destino, es algo fácil de notar: maldijo su destino por la vida tan horrible que llevó. No lo hizo con real intención, es sólo que como deseaba ganar para tener calor y aceptación optó por la vía fácil que Al-thamen le proporcionó para que cayera.

—¿Cómo… cómo pueden hacer eso?

Todos giraron a ver a Alíbabá, quien con la voz entrecortada, gritoneó.

—¡¿Cómo pueden permitir que eso siga pasando?!

Todo era culpa de Al-thamen…

El sufrimiento de Judar, el de Hakuryuu y la muerte de Kassim. No entendía cómo es que todos podían quedarse de brazos cruzados observando cómo las desgracias y los monstruos salían a la superficie sin hacer nada, le costaba mucho trabajo quedarse callado y aguantar las cosas. Si nadie quería pelear por Judar o por el mundo él lo haría. —Esto no se trata de una guerra por el dominio de un territorio o por un laberinto, se trata de una guerra a nivel ideales en la que todos estamos involucrados. Aunque quien sufra sea Judar, nosotros no podemos permitir que Al-thamen siga haciendo ese tipo de cosas. Quizá Judar no es una buena persona ahora, quizá tampoco lo sea si deja de ser controlado por esa organización ¿Pero quién lo sabe? ¿Quién puede saberlo cuando toda su vida no ha conocido más que la miseria? ¡Si una persona vive entre la miseria un día no podrá contenerse y explotará! ¡Si no los detenemos Kassim morirá de…

Y luego Alíbabá se calló por que las palabras fluyeron fuera de su boca y cuando se escuchó a sí mismo fue como un grito de horror desde el centro del mundo. Él lo supo también, él vivió también bajo las sombras, las sobras de comida y miseria junto a Kassim y Mariam, cómo se lamentó cuando éste murió… Siempre, siempre lamentaría haber perdido a su familia por un error que no debía existir en el mundo.

—Alíbabá-kun tiene razón, si ustedes no quieren pelear por Judar no lo hagan: peleen por destruir a Al-thamen.


Sinbad caminó por los pasillos del palacio con pasos tan fuertes como si quisiera desquebrajar las baldosas del suelo. El odio dentro de su cuerpo fluía llenando su sistema cada vez que recordaba las palabras de Aladdin y Yunan a cerca del pasado tan hostil de Judar. El rey sabía que el oji-escarlata había sido manipulado ¿pero hasta qué grado? En su mente todavía recordaba al Judar pequeño que vestía con túnicas largas y con cabello corto, si él hubiera sabido de la maldad y la corrupción que experimentaría un par de años más tarde, le habría salvado de haber tenido la oportunidad como lo hizo con Ja'far ¿Cuántas desgracias se habría evitado de haber hecho aquello?

¿Cómo pudo haberlo previsto? Nadie sabe el flujo del destino, nadie sabe cómo acabarán las cosas y Sinbad se lamentó esa noche cuando sintió la sangre hervir por sus arterias al recordar las violaciones que mencionó Aladdin y los azotes. ¿Cómo podían ultrajar el cuerpo de Judar de aquélla manera? ¿A qué costo habían hecho que cayera en la depravación? Era doloroso el simple hecho de pensarlo, un suspiro muy grande escapó de sus labios cuando se encontró sobre el pasillo que conducía a las habitaciones. No quería ni siquiera llegar a pensar en la profanación del cuerpo, en el dolor que habría experimentado, la soledad...

De verdad, rey idiota… Me pone nervioso que me mires así.

¿Por qué?

Judar se encogió de hombros sumido en una especie de trance del que no salió, las luces de los fuegos pirotécnicos, el barullo de la gente hablando, riendo y cantando, la música, el calor que desprendía el cuerpo de Sinbad y el fuerte brazo que se asió a su cintura ahora cubierta por la túnica color oscuro. No fue capaz de darse cuenta de lo que había hecho hasta que la realidad le golpeó en la cabeza y se dio cuenta de que Sinbad le había estado sosteniendo entre sus piernas por un rato.

¿Por qué había hecho eso?

Apresurado se bajó de sus piernas y se acomodó el cabello tras la oreja, ahora que estaba suelto, le dificultaba a veces la visión. Sabía que Sinbad le estaba observando extrañado por el repentino cambio en la atmósfera ¿Dónde había aprendido a hacer aquello? Kougyoku no lo besaba de esa manera, lo besaba en la mejilla y le decía que lo quería. Bueno él quería a Sinbad ¿No? Quería su fuerza y el poder que desprendía. El rey no diría nada esa noche pero extrañó el calor que Judar desprendió cuando se sentó sobre su regazo y creyó que lo perdería por su imprudencia; quizá habían ido demasiado rápido, tanto que asustó al menor.

Yo…

Escucharlo titubear era nuevo, pero le gustaba estar descubriendo nuevas facetas de Judar además de las infantiles y las que sólo deseaban guerra, destrucción, masacres y odio. Le gustaba observarlo con las mejillas calientes por el sonrojo o ver en ese muchachito de 17 años al pequeño Judar que conoció bajo la plaza y que le preguntó sobre los trajes de las bailarinas y las trenzas largas. Le dio una sonrisa sincera al chico, sólo por no incomodarlo más y luego éste sólo frunció el ceño y caminó en dirección a la torre Morada Leo.

Desde esa noche ellos no se topaban más hasta esa tarde en las costas donde detuvo el ataque de Hakuryuu, Judar lo estaba evitando, y vaya que le sorprendió. Aunque Sinbad guardó silencio, cuando pasó por la habitación del oráculo y éste tenía la puerta entreabierta.

—Me alegra que lo hayas conseguido Hakuryuu…

—Fue muy difícil, pero he estado perfeccionando mis técnicas.

Kougyoku le acarició el cabello a Judar una vez que terminó de retirar toda la sangre de su rostro con un paño húmedo y Sinbad esperó a que siguieran hablando. —Judar… ¿Por qué tienes el cabello suelto?

Él la miró con sorpresa y luego sonrió: —Una vez un mentiroso me dio que si me trenzaba el cabello y dejaba que ésta cayera hasta llegar a mis pies, sería el mejor magi del mundo y yo le creí. —Alzó ambas cejas dos veces en dirección a Hakuryuu: era una seña secreta, Judar sabía que Sinbad estaba fuera de la habitación aunque el príncipe tampoco dijo nada—. También me dijo que los trajes de bailarinas eran más lindos que los de los sacerdotes y le creí. Pero él nunca lo creyó.

—¿No es muy tonto creer eso, Judar?

—Lo es Hakuryuu… Por eso me alegra que ahora seas fuerte, no confíes en nadie que no sea en ti mismo y en tus propias habilidades o en las personas en las que has depositado tu confianza, como Hakuei.

—Pero Judar-chan… ¡Tú eres el mejor magi del mundo!

Aunque la cadena plateada brilló, Judar no le prestó atención y dejó que Kougyoku le mostrara la cajita de plata donde guardaba los colores con los que le pintaba los ojos, cerró los ojos antes de que la chica se lo pidiera y dejó que ella hiciera y deshiciera de sus párpados lo que quisiera mientras Hakuryuu le contaba con emoción como había conseguido a su Djinn. Las puñaladas en su corazón por la tinta sobre sus párpados le recordaron el cabello morado pero si quería ganar bajo su propia jurisdicción, entonces haría que las pinceladas fueran rojas.

—No es bueno espiar a las personas ¿Sabe?

Ka Koubun le dio el susto de su vida a Sinbad cuando llegó a su lado con una charola, bocadillos y agua para los inquilinos de la habitación que él espiaba de manera ridícula. Lo observó con desdén y luego le dio una sonrisa confiada recordando que era la rata arrastrada que había dicho que se había acostado con la princesa y se dio la vuelta, en dirección a su propia habitación con la sangre fundiéndose como lava dentro de su cuerpo:

Después de todo, tal parecía que era un sucio mentiroso.