Capítulo cinco: Karamu kokyuu wa namaatataku, abandon insanity, scatter instinct.

( Nuestras tibias respiraciones se enredan, abandona la locura, dispersa el instinto )

»My devil on the bedThe gazettE.

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Apacible.

Judar llevaba dos días ignorando a Sinbad por completo; no había palabras y tampoco había miradas que se cruzaran por los pasillos. Cuando llegaban a intercambiar palabras porque era enteramente necesario –últimamente Judar hablaba mucho de magia con Yamu y Aladdin–, no era especialmente grosero, sólo seco. La peli-azul al parecer encontraba muchas excusas últimamente para acercarse al magi quien la instruía y de paso hablaba también con Aladdin a cerca de la magia de hielo. Kougyoku se iba esa tarde de Sindria y él parecía ser el único que no entendía la situación. No sabía cuándo era que las cosas se habían torcido tanto como para tener a tres miembros de Kou entre sus paredes; confiaba en uno, el otro era aún un niño, pero no estaba tan seguro ahora de que la carta que representaba Kougyoku estuviera sirviendo como al principio. Había algo diferente en ella: ya no lo miraba con la misma devoción que al principio ni con el amor rebozando en sus ojos magenta, no, eso había dejado de existir.

—Nee~ Judar, ¿Entonces si quiero que la barrera cruce también el estrecho de piedra debo decirle a los rukh que refuercen y expandan?

—Es complicado, la barrera no es tan fácil de mantener, Yamu. Imagina que llegara un ataque al estrecho de piedra y tuvieras que tomar posición de ataque ¿cómo vas a hacer para dividir la fuerza y el magoi? Si quieres que la barrera no consuma tanto debes dejarla en lo elemental, sólo en la isla, no necesitas sobre esforzarte por un estrecho de piedra que no es hogar de nadie.

—El hermano Judar sabe muchas cosas ¿No, señorita Yamu? —la maga asintió enérgica, aunque hizo un puchero luego de descubrir que había sido una pregunta tonta. Es que le emocionaba tanto la magia que, si el magi oscuro le presentaba la oportunidad de hablar con él sin problema alguno a cerca de un tema tan apasionante y hermoso para ella ¿Por qué no aprovecharlo? Aladdin terminó por reír ante el gesto de la mayor de los tres; Judar simplemente sonrió ligeramente cohibido de todo ese calor.

No se sentía bien de estar allí. Del otro lado de la sala observó la mesa donde Sinbad se sentaba a firmar papeles y leer los informes de Ja'far en el reino, los presupuestos y contabilizar que todo estuviera rindiendo. ¿Si Koumei hiciera eso en el imperio, y Kouha y él rieran como lo hacían ahora Yamu y el enano, habría recibido azotes en las piernas por interrumpir a un príncipe necesario para planes siniestros? Quizá por eso era tan renuente de la realidad y se mantenía callado la mayor parte del tiempo, evitaba pasear por el palacio o salir de su habitación si nadie le necesitaba. No terminaba de confiar en Sinbad tanto como para tomarse esas libertades.

Después de todo, él no lo vería realmente como su magi: nunca lo haría.

Judar lo supo hace mucho, quizá desde antes de que se volvieran a topar en la fundación: Sinbad dejó de mirarlo con esos ojos risueños y sonrisa encantadora cuando creció. Nunca quiso hacerlo realmente, siempre le dijeron que, si el milagro que nace en este mundo cada mil años veía y conocía el poder del rukh negro y la depravación, ese milagro lo aceptaría como su magi, y él lo creyó. Su ceño se frunció fuertemente por un espantoso dolor de cabeza electrizándole los circuitos. Le dio una palmada en la cabeza a Aladdin antes de retirarse de allí sin decir nada más, no podía respirar bien ¿Así se sentirían los peces cuando estaban fuera del agua por primera vez? Se le oprimía el pecho y una sensación horrible le sacudía el cuello, como si la cadena se hiciera cada vez más pequeña y le impidiera el libre tránsito de oxígeno.

—¿Yamuhaira ya no te necesita para nada más?

Judar giró la vista escarlata al rey que había dejado los papeles unos segundos moviendo el cuello de un lado a otro, notoriamente fatigado. El pelinegro negó con su cabeza, desviando la vista cuando el rey lo observó de manera fija. —No es bueno interrumpir al rey si está haciendo cosas importantes…

—Vaya, al menos tiene modales. —Ja'far, lanzando la indirecta al par de peli-azules que no dejaban de reír de manera histriónica.

—Uhm… por cierto, si Ja'far leyera primero el informe, decidirías más rápido si firmarlo o no y agilizarías el trabajo.

Eso había visto hacer a los consejeros con Koumei y parecía que lo que podía llevarle horas le tomaba apenas minutos. Sólo se encogió de hombros ligeramente cohibido con la mirada que ambos le dieron, no era una mirada normal, no era el odio de Ja'far ni la misericordia de Sinbad: era una lástima dolorosa a su persona por el aspecto que tenía, salió de allí con el cerebro martilléandole y con las lágrimas a punto de salir de sus ojos. Nunca pertenecería a ese mundo, nunca pertenecería a Kou, nunca pertenecería a ningún lugar donde hubiera rayos de sol y calor humano.

Jamás, jamás lo haría.

—¡Oh, lo siento Judar, no miré por dónde iba! —Judar tampoco supo en qué momento terminó en el piso o peor aún: en qué momento su cuerpo estaba tan debilitado como para caer por un empujón de Alíbabá—. ¿Te encuentras bien? Oye… te están sangrando los tobillos de nuevo… Kougyoku te está buscando ¿Quieres que vayamos a curar eso?

—Quemas temas de conversación muy rápido, niño.

Alíbabá se calló, cohibido de haber hablado tanto, un notable bochorno le cubrió las mejillas y la risilla nerviosa se le combinó con la mucosa haciendo un chistoso ruidito. Se disculpó mientras Judar se levantaba del piso con un saltito y se quitaba con furia las vendas de los tobillos que al final no sirvieron de nada. El oriundo de Balbadd no dijo nada por no incomodarlo, pero la sangre no dejaba de brotar. —Siempre… he detestado ese… brillo asqueroso que Sinbad desprende. —El rubio enarcó una ceja por las palabras ácidas del pelinegro, pero no habló quizá para no interrumpirlo, quizá porque no comprendió sus palabras—. El tipo desprende brillo como si fuera el sol, es como si tú fueras el protagonista de una historia, pero él resplandeciera más que tú.

—Judar… Creo que sería mejor si…

—Sí, ya sé, ya sé, hay que curarme otra vez los tobillos.

Y de esa manera, el oji-escarlata aceptó la oferta del príncipe camino a la habitación que le brindaron.


—¿De verdad, Alíbabá-dono? Cuando lo intenté con Belial no fue tan complicado.

Sentado sobre el pasto como se encontraba, Judar no pudo evitar reír por el evidente bochorno del tercer príncipe de Balbadd por no obtener aún su equipo Djinn. —No pensé que el enano eligiera un rey tan tonto. —y volvió a reír, tomándose esta vez el estómago con una mano por la gracia de sus propias palabras. Alíbabá no cabía de la pena, Hakuryuu sólo negó con la cabeza luego del alboroto. Había sido buena idea que ellos tres hablaran luego de haber despedido a Kougyoku y Ka Koubun. El plan de un año entre el magi y ella seguía en pie, aunque ninguno comentó algo al respecto, sólo aguardarían a que fuera el momento exacto para destapar el plan.

—Sabes que no puedo ayudarte ahora Hakuryuu… Quizás alguien más aquí…

—Judar.

El oji-escarlata giró el cuello como si le hubieran puesto un resorte en dirección a la seria voz que le llamaba. Sinbad estaba solo, en medio de uno de los quioscos de la plaza donde había muchos jardines entre las torres del palacio. Cuando le llamó, Judar lo miró, pero no dijo nada, principalmente porque no sabía lo que quería y no tenía ganas de saber. Sin embargo, algo iluminó su cerebro últimamente apagado por los errores y horrores de su pasado.

Sinbad no dijo nada, pero extrañó la actitud infantil del magi.

—Hakuryuu… él puede ayudarte. —los ojos azules del príncipe de Kou se abrieron grandes y un sonrojo le inundó las mejillas ¡Una batalla con el rey Sinbad! Ni en sus sueños más locos y retorcidos sería capaz de enfrentarse a él… Por eso cuando el magi se levantó del pasto y caminó casi dando brincos en dirección al rey de los siete mares, Hakuryuu deseó que el césped y la tierra se lo tragaran entero. Alíbabá permaneció en silencio, quizás un poco divertido de la nueva situación que se presentó en esos momentos.

—Oye, rey idiota. —Sinbad iba a marearse con los cambios emocionales tan drásticos del pelinegro—. Sucede que queremos probar una habilidad de Belial ¿Qué te parece una pelea para mostrarle también a Alíbabá de lo que se pierde por ser un perezoso?

Sinbad escuchó al rubio refunfuñar, pero no entendió por qué habría de hacerlo, necesitaba hablar con Judar. —No creo que sea… Tengo algo de qué hablar contigo.

—Por favor. —era difícil refutar cuando era la primera vez que Judar le pedía un favor. Decir que se descolocó era poco, casi se iba de bruces al piso luego de darse cuenta de que allí con los poquitísimos centímetros que les diferenciaban; Judar le veía con una sonrisa infantil y el cabello moviéndose de manera suave por la brisa salina del mar que llegaba a los quioscos ¿Por qué le resultaba ridículamente fácil perderse en ese par de rubíes que parecían haber recuperado la vivacidad de días atrás? ¿Por qué tenía una ganas desenfrenadas de enterrar sus dedos en ese cabello oscuro o que Judar volviera a sentarse en sus piernas como la noche de la cosecha?—. Lo haría yo, pero, aunque me duela admitirlo, bajo éstas circunstancias no representaría problema alguno para Hakuryuu… Alíbabá es un gordo perezoso que no tiene su equipo Djinn ¿Podrías hacerlo?

¿Por mí?

¿Era producto de la cadena que Judar fuera tan dócil y dejara ese orgullo infantil a un lado? No es que no le gustara su orgullo, carajo, si le encantaban los alardes del menor. Pero a veces como ahora, le gustaba más cuando Judar se mostraba con ángulos que flaqueaban, cuando se mostraba como ese pequeño monje que él conoció en las plazas de los imperios y no como el muchachito que reía y mostraba excitación por la destrucción de Sindria. Le gustaba de ambas formas, pero la manera dócil era más fácil de abrazar, más fácil de creer que podía confiar en él, y no que sólo estaba esperando el momento en que el mal llegara de nuevo a atacarlos.

—Luego debemos hablar.

—Sí, rey idiota, ya hablaremos.

Ese era el Judar que él conocía.

Quince minutos después de mostrarse renuente a mostrar sus patéticas habilidades hacia Sinbad, Hakuryuu terminó siendo empujado a la arena de pelea entre las torres Carmesí Cáncer y Plateada Escorpio del palacio con varios espectadores. Tanto los generales como sus amigos observaron entretenidos al igual que muchos personajes del pueblo. Intimidado como sabía que estaba, Judar terminó por animarlo en silencio confiado en las habilidades del Djinn que había convocado en la celda especial para Hakuryuu. Sabía que no podría ganarle a Sinbad, pero esto no se trataba de una guerra sino de una mejora de habilidades.

—Sé que ha de estar muy ocupado, señor Sinbad.

—Bueh~ siempre es interesante tener una pelea por entretenimiento. —Como el hombre soberbio que era, Sinbad terminó por invocar su equipo Djinn primero—. Espíritu de la regla y la sumisión; toma mi cuerpo ¡Focalor!—. Más de uno pudo quedarse maravillado por la manera en la que Sinbad desprendía todo su poder frente al aparente enemigo sin problema alguno. Sus generales, sobre todo, estaban un poco expectantes de lo que pudiera pasar a continuación, porque era obvio que su rey tenía un plan; siempre había un plan.

Alíbabá lo sabía de igual manera, pero quizá nadie estudiaba sus movimientos con tanta cautela como lo hacía el propio Judar, él analizaba cada detalle de ese Djinn en particular, ese Djinn que él conocía a la perfección, ese Djinn que era suyo. Relamiéndose los labios con ansiedad, observó paciente la transformación de Hakuryuu en Belial y el poder que los cegó a él y a Alíbabá, con Sinbad guardando su distancia. Incluso lo escuchó soltar un gruñido por la abismal cantidad de energía oscura que parecía desprender. Cómo los huesitos del traje hacían un plop viscoso mientras se acomodaban a la silueta del chico. Cómo los propios ojos de Hakuryuu se transformaban en los de una bestia enjaulada tal como lo hacía Sinbad cuando utilizaba a Focarlor.

Había una razón nociva por la que ambos debían pelear, cada uno con esos Djinn.

Sin poder soportarlo, Judar terminó levitando en el aire para acercarse a Hakuryuu y susurrar un montón de falacias y suciedades del mundo en general, sin embargo, sus ojos rojos no se despegaron ni un segundo del rostro de Sinbad, contándole a Hakuryuu qué era lo que quería ver de ellos dos ese día. Incluso cuando sonrió y sus labios rozaron la oreja de Hakuryuu, no apartó la vista de Sinbad, casi con desafío. El menor sólo asentía a lo que el magi le decía, casi como si fuese mandado por un deber mayor a ellos.

Sinbad lo había sabido desde el inicio: esa sumisión de Judar segundos antes sólo lo habían conducido a eso.

Y aún contra todo pronóstico favorable, Sinbad era todo menos un cobarde, por lo que fue él quien extendió la mano a uno de sus generales para que fungiera como mediador en aquélla batalla. Cuando Sharkkan bajó la mano que había mantenido alzada; Sinbad no esperó dos segundos antes de enviar un fuerte torbellino creado en las palmas de sus manos hacia Hakuryuu. Judar aún no había tocado el piso cuando los huesos de equipo Djinn de Hakuryuu se desprendieron de cuajo de su lugar uno por uno. Los presentes se quedaron mudos de asombro cuando se descubrió que la pelea había acabado patéticamente de aquella manera.

Los ojos de Hakuryuu se abrieron grandemente cuando se encontró levitando desvalido y abandonado.

—¡Hakuryuu!

—¡Belior Zakera! —y la fuerza histriónica con la que el poder golpeó a Sinbad lo hizo padecer estertores como hacía tiempo no lo hacía. El cuerpo se convulsionó en el aire, los generales se pusieron alerta y de la misma manera, Alíbabá lo hizo en el piso, observando a Judar quien sonreía de manera extasiada por observar esa magia tan oscura que se desprendía. Una circunferencia uniforme envolvió a Sinbad de pies a cabeza sin descuidar un centímetro; no hubo gritos ni movimientos previos. Solamente estaban Sinbad y la oscuridad que lo perseguía como una vieja amiga; que lo engullía de manera hambrienta, como si tuviese sed de su carne y de sus entrañas. Como si lo acariciara por última vez y no quisiera que se fuera nunca de su lado.

—Una de las técnicas de Belial… —comenzó a recitar Judar, quien se acercó a Alíbabá, el rubio se tensó en su lugar, como si estuviesen en el campo de batalla—: …es la de la manipulación y reescritura de las memorias de la gente. Con Belial, Hakuryuu tiene acceso a aquellas partes de la mente de Sinbad a donde él no nos deja entrar—. Antes de poder decir algo, Judar ya estaba levitando hasta Hakuryuu quien sostenía su guadaña con ambas manos y el pecho agitado. Judar tocó el arma, y esta serpenteaba violenta en arcadas que buscaban desprenderla de las manos de su portador: —Belial siente gran afinidad a Sinbad, porque ha caído en la depravación.

Antes de que Judar terminara de tocar el arma con las yemas de los dedos, la oscuridad, viscosa, densa y fría le envolvió a él también como un manto protector antes de sellarlo por completo dentro.

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Sinbad huye a través de la desdicha eterna.

Su mente se trata de un tumultuoso nido de recuerdos ensombrecidos por el pasado; y hay veces en las que no puede avanzar como desearía. La idea viene inusitadamente a su cabeza, como una espada que le atraviesa el cráneo y es de repente, la misma oscuridad siniestra la que lo engulle a él y sus ideales. Se trata de una vieja amiga, con la inocencia de un niño y el veneno de un alacrán. El tiempo se queda quieto cuando se encuentra a sí mismo, con los ojos bien abiertos nadando en las aguas misteriosas de azules profundos que desencadenan en algo grande.

Allí, donde Esra, su pobre madre, sigue en la cama mugrienta de la cabaña donde vivían. Donde Badr es llevado a la fuerza a la guerra y él tiene que negar con la cabeza de manera copiosa, porque incluso los fantasmas del pasado le causan demasiado dolor. Todavía observa a su madre sufrir en los últimos momentos: se encuentra sola y el cuerpo huesudo y con piel como hojas de papiro se agitan violentamente por las arcadas de la enfermedad. Hay una señora del pueblo donde ellos vivían, que la cuida y le susurra una de las mentiras más grandes del mundo. Le promete que todo saldrá bien, que volverá a abrir los ojos y volverá a ver a su pequeño hijo Sinbad que salió de casa, que Badr regresará de la guerra de Parthevia y serán una familia como antes.

Mentirosa.

Viene de nuevo el tumulto y el horror, cuando la visión cambia, Sinbad siente que no puede soportar el escozor en su carne cuando levita en esa oscuridad de aguas misteriosas y neblina sombría que lo arrastran. Que no puede soportarlo cuando se encuentra a sí mismo siendo arrastrado a ese lugar incauto del que sacó a Ja'far, con sus manitas tibias va tomando de uno por uno sus instrumentos de tortura, va tomando los cuellos y las carnes hasta que les arranca la vida una tras otra y allí están, sus padres, allí están, los esclavistas.

Allí está, Sinbad tirado a un lado observándolo todo de nuevo.

Incluso aunque cierra los ojos los recuerdos vienen a su cabeza una y otra vez, los calabozos, el dolor en las extremidades, el dolor de la rodilla que aún no sanaba del todo y las pesadillas que le persiguieron por mucho tiempo cuando se encontró a sí mismo inmerso en todas aquellas aventuras que le llevaron a estar donde pisaba hoy día. Se encuentra a sí mismo de nuevo, es un muchachito que está explorando el mundo y su propio poder; que quiere tenerlo todo en sus manos y que esto se evapore para buscarlo de nueva cuenta. Uno al que le ofrecen el mundo en la palma de sus manos y si no tiene cuidado y aprieta demasiado rápido lo único que va a lograr es destrozarlo, carcomerlo trocito por trocito volviéndose mariposas negras que lo toman por el cuello hasta asfixiarle.

—Serás coronado como rey de Sindria.

Entre humores y estertores, Sinbad encuentra allí a su pesadilla más recurrente: está ataviado en el traje militar de Parthevia y el cabello le cae sobre los ojos rebelde y poderoso, como una tormenta que no puedes detener sólo deseando que las nubes se vayan. Barbarossa se mete dentro de su cabeza y le daña los ideales de nueva cuenta; le retuerce las tripas una y otra vez entre sus dedos afilados como aquéllas tantas veces. Como vuelve a observar en aquel momento, peleando de nueva cuenta entre los dos porque saben que lo único que le queda a ambos es el orgullo. Como cuando le jalaba del cabello para que lo observara y Sinbad arremetía con otro golpe.

Una, dos, tres veces seguidas lo hacían, los muebles se rompían y a pesar de lo objetos materiales, había algo, sólo una cosa que Barbarossa quería romper: la voluntad de acero de Sinbad. Quería retorcerla entre sus dedos una y otra vez, exprimirla hasta que no quedara nada de ella—: El costo y el valor son dos cosas muy diferentes. —le había dicho aquella vez, y Sinbad no lo entendió justo en ese momento porque la ansiedad le corría por el cuerpo, buscando ganar contra el hombre que quería someterle para entregar algo a cambio. Sinbad no tendría problema en jurar lealtad a un hombre que fuese justo y de buenos principios como el rey de Balbadd, pero Barbarossa no era ni la mitad de lo que era aquél buen hombre, y ni su tiempo ni su valía servirían en aquel lugar porque el peliverde no buscaba aliados ni entendía de razones.

—Crees poder devorarte el mundo de un bocado, Sinbad, pero toda la felicidad que día hoy experimentas se volverá ceniza en tus labios y la persona a la que traiciones será quien venga a quitarte todo lo que poseas hasta que te arrastres al basurero de donde saliste.

Casi, casi, qué cerca estuvo.

Porque esa misma persona que él traicionó, a quien le magreó el cerebro y los ideales, a quien culpó de crímenes que no cometió volvía a estar frente a él. Y el recuerdo se asió a su cuello como una boa constrictora que le impidió seguir respirando con regularidad: Judar se materializó frente a él en la ilusión con las ropas que él le había dado y la cadena que no le había podido quitar. Tenía esa misma sonrisa siniestra que sólo quería verlo despellejado en el piso. Los dedos chiquitos y blancos caminaron mortíferos entre su piel morena hasta que le tomó por el cuello y luego por la frente obligándole a mantener la vista al frente en todo momento. Cuando sus ojos se nublaban por el recuerdo, Judar se le antojaba un niño de niebla que vagaba por los cuatro reinos de la existencia pudriendo todo a su paso. Que donde quiera que pisaba sembraba agobio y lo volvía todo un montículo de falsas ilusiones y falacias humanas.

—Míralos.

No puedes huir.

—Mira a tus amigos…

Tú los asesinaste.

—Mira al rey que destronaste.

Nosotros hemos asesinado a tus padres.

—Mira los calabozos que robaste.

Hakuyuu murió bajo el yugo de un crimen que no cometió.

—Mira todo lo que hiciste cuando continuaste en la guerra de Parthevia.

Los ojos de Sinbad comenzaron a desprender lágrimas, una tras otra, cuando observó allí a Serendine materializada como un espíritu a su lado. Yunan no volvió a aparecer bajo la invasión de Parthevia y Judar permaneció a su lado todo el tiempo que estuvo luchando; se extralimitó a sí mismo aun cuando las extremidades fallaban y era sólo un niño que no le debía cuentas a nadie. Estuvo allí cuando Serendine murió, volviéndose una con el flujo del rukh y el grito que Sinbad profirió aquella noche fue un grito desesperado desde el centro del universo. Fue él quien estuvo a su lado cuando Mystras cayó al piso, cuando los ojos no volvieron a cerrarse y la cabeza rodó por el empedrado sin vida lejos de su cuerpo.

Era la risa de Barbarossa, como estertores, como una erupción estrepitosa la que le trepaba a él por la carne, maldiciéndole y condenándolo a una vida de vejaciones desde el momento de su nacimiento. Luego de salir del útero materno él lo observó esa noche: el firmamento y las estrellas que caían en cascada desde allá arriba, tan brillantes y bonitas que era imposible ignorarlas. Recordaba también las enfermedades y las extremidades que caían al piso, la cabeza, los soldados y los caballos caer.

—Es cierto... —comenzó Judar, apretando el cuello del marino para que siguiera observando a sus soldados caer uno tras otro—. He hecho maldiciones y porquerías con este báculo que cargo.

—Basta.

—¡Llorarías sin consuelo a más no poder!

Pero su risa estridente no hizo más que crisparle los nervios cuando observó que fue el propio Judar quien lanzó un hechizo al puente que los dividía para cortarlo. La estructura fue cediendo, los trozos de piedra y granito cayeron sobre las caballerizas y entre la destrucción, el miedo y la punición; Judar a su corta edad desoyó a sus responsabilidades como magi esa misma noche cuando el grito de Rurumu le perforó el tímpano y giró para observarla atrapada entre dos rocas gigantes. La mujer tenía el cuerpo más grande que él jamás había visto pero sus piernas estaban injuriadas y ella no podía moverse; una parte de su rostro estaba quemada y sus manos estaban completamente lastimadas a lo mismo que el resto de su cuerpo. Judar quiso hacerlo; Judar lloró y luchó contra las piedras con el poco poder que le quedaba y que seguía fluyendo desde el rukh del mundo, pero no parecía ser suficiente.

—Ve-t-

—¡No!

(Ya estoy muerta de todos modos)

El agarre en el cuello de Sinbad se aflojó una vez que Judar comenzó a llorar detrás de él dentro de la ilusión, y luego hubo un golpe que lo hizo mirar hacia atrás; Judar estaba tirado en el piso retorciéndose por el dolor que lo consumía por dentro. Porque Judar antes de ser un magi fue un humano.

Y ahora no es Rurumu quien está presa entre las rocas esa noche; ahora está allí Hakuyuu, y Kouen intenta levantar a sus diez o quince años las maderas que lo mantienen preso dentro de esa cárcel llamada palacio. Allí está Kouen gritando de la misma manera que Judar lo hace ahora.

—En… Ve…

—¡No! ¡Me lo prometiste, Hakuyuu! ¡ME LO PROMETISTE, MALDICIÓN!

Y lo mejor que los humanos sabemos hacer es volvernos tragedia.

Pero luego la visión vuelve a ser la misma. Y Judar le llora al cuerpo de Rurumu laxo en el piso, ella murió sonriendo y le dio a Judar una lección valiosa: lucha por el amor.

Judar no lo entendió esa noche, y no lo entendió diez años después porque Al Thamen lo único que hizo fue robarle todo el amor que le quedaba. Pero era así; era Barbarossa llegando detrás de él con su equipo Djinn y él deseando huir de esas garras que le apresaban. Él, traicionando a consciencia a su candidato a rey. Él, observando a Sinbad luchar con la valía de su cuerpo. Todo era Judar que se desmelena en un huracán de pudrición de color verde como las aguas de Sindria. Porque el verde significa vida aún si es una vida plagada de dolor.

(Tengo un hijo, se llama Kikiriku)

—¡NO!

Judar se ahoga con su misma saliva y el alma se le escapa entre las narices cuando ya no puede soportarlo; cuando la presión es más de la que puede cargar y en la ilusión ocurre lo mismo. Sinbad cierra los ojos con fuerza, negando con su cabeza por lo que viene a continuación:

—¡Ya no eres mi candidato a rey! ¡Que el flujo de rukh y los Antiguos te perdonen!

Su poder se volvió un caleidoscopio de fuerza que lo envolvió todo a su paso, y con esa desesperación acumulada en sus carnes y entrañas, Judar destruyó todo a su paso sin quererlo realmente. La tierra se volvió árida en ese segundo que el poder lo consumió; el rukh se fusionó hasta crear una fuerza devastadora que los dejó a casi todos muertos.

(Kikiriku y tú no merecen este destino)

(Pero estamos dañados de todos modos)

—Seguiremos aun cuando nuestros camaradas hayan caído.

Judar los observó allí: estaban los contenedores lastimados y a Sinbad y Barbarossa observando el panorama. Un estremecimiento voraz le consumió el cuerpo a Judar cuando se dio cuenta de lo que su poder podía crear, o destruir. La explosión de sus poderes vino acompañada ya fuera como cobro o maldición por su grandeza, por las miles de personas involucradas en el lugar.

—Tú me has traicionado.

Judar los observó a los dos; Judar buscó consuelo en los ojos de Sinbad para la atroz manera en la que Barbarossa lo veía, porque era cierto y él lo había traicionado yendo a librar una batalla que no le correspondía y donde el ganador no se quedaría más que con la sangre manchándole las manos. Pero no encontró ese consuelo ni ese cariño, y el peso de sus actos cayó sobre sus hombros como mil toneladas de piedra. Todos sus sentidos se aplastaron y la garganta se le secó cuando siguió con la mirada, el recorrido que hacía Sinbad con sus ojos:

Los soldados estaban muertos; todos estaban muertos.

—Tú… Tú… asesinaste a ambos pueblos…

—¡NO!

—Te enseñaré el camino para que vuelvas a las cenizas que tanto buscas…

La mirada que esa noche le dio Sinbad nunca pudo borrarla de su mente ni de su cuerpo: todo él se había vuelto un error.

Nosotros asesinamos a tus padres.

—No…

Nosotros nos llevamos todo lo que tenías.

—No…

(¡Judar! ¿Por qué nos traicionaste?)

—No… No lo hice… No lo…

(¡Judar! ¡Ayúdame con Hakuren!)

—Kou-

—Quedas exiliado de Sindria. Me niego a ser tu candidato a rey.

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Alíbabá enarcó las cejas con curiosidad cuando la esfera oscura que la guadaña de Hakuryuu sostenía se fue quebrando. Cuando esta se fragmentó en mil pedazos, abrió los ojos tanto como pudo al darse cuenta de que Sinbad venía cayendo sobre una de sus torres y Judar le lanzaba ataques de manera copiosa: miles de hielos filosos apuntaron al marino y este los esquivó con habilidad, pero no pudo evitar el golpe contra las estructuras edificadas detrás de él.

—¡TÚ LO SABÍAS!

—¡Judar!

Los generales adoptaron sus posiciones de batalla y tanto Hakuryuu como Alíbabá corrieron con el equipo Djinn puesto hacia ellos; si había una pelea, tenían que conocer la verdad de ambos bandos puesto sería difícil coincidir en ideales. Judar atacaba a diestra y siniestra a Sinbad quien esquivaba los golpes y no se defendía; Alíbabá no lo comprendió en ese momento. Pero Hakuryuu quien también observó la visión en ese momento, supo que Sinbad lo sabía también: se lo merecía.

Todo el dolor y todo el terror que los golpes de Judar le podía provocar, cada uno de ellos: sus lágrimas, su sufrimiento, su agobio y todo lo podrido que estaba el hueco que le dejaron los años por corazón, todos fueron su culpa. Por eso Judar lo odió un tanto más cuando no lo vio atacarle; Judar lo odiaba porque no podía herirlo. Sus fuerzas eran equiparables y luego de mucho tiempo las palabras de Rurumu cobraron sentido dentro de su cabeza como si fueran una granada que acababa de explotar. Mientras Judar sólo buscaba herir para curar sus propias heridas, Sinbad hacía recuento de los daños y seguía adelante. El rey era paz, el magi era destrucción. Todo en ellos colisionaba con la misma intensidad que el choque de mil magias extremas juntas.

—¡YO TE QUERÍA!

Los golpes de magia cesaron y Sinbad se descubrió el rostro sólo para recibir el puñetazo limpio de Judar directo a su nariz y labio superior. Luego lo pateó en las costillas. Una y otra vez lo golpeó con las lágrimas surcando su rostro: cuando Aladdín llegó junto a Yunan y se quedaron todos a un lado de Hakuryuu ya era demasiado tarde.

Sinbad no respondió a ninguno de los golpes con violencia. Judar era como pólvora y Sinbad, aunque fuese un cerillo sin encender, sólo lograba consumirlo en algo más mortífero y Judar lo odiaba con creces. Odiaba el calor de la rabia desprendiéndose de su cuerpo sin parar, lo odiaba allí como su fuera vulnerable. No podía controlarlo y este sólo acudía a él como el vómito del mundo o la suciedad bajo las alcantarillas del pueblo: sólo buscaba consumirlo en algo más mortífero que lo erradicara de este mundo.

Mas el suplicio más grande es el hecho de estar vivo.

—¡Tú supiste todo el tiempo que yo no traicioné tu acuerdo! ¡Tú sabías que yo no había matado a Mystras ni mandé el espíritu de Serendine con el rukh! ¡TÚ SUPISTE TODO EL TIEMPO QUE YO NO MATÉ A RURUMU Y ME CULPASTE! —el último golpe dolió como mil yagas a todos los presentes. El aliento se contuvo en toda la isla. Era Judar el único que se seguía moviendo porque lo único que quería hacer en ese momento era azotar la cabeza de Sinbad en el piso: tomarlo por los cabellos y golpearlo una y otra y otra y otra vez hasta que los globos oculares se le salieran del orbe y los dientes se le desprendieran como las perlas de un collar.

—¡TÚ ME EXILIASTE A UNA VIDA DE MISERIA Y DOLOR!

—¡PERO SIGUES VIVO!

Y Judar paró sus golpes cuando Sinbad lo sometió contra el piso. Su cabeza golpeó contra el concreto y Sinbad respiró de manera agitada con las pupilas dilatadas por el dolor de su cuerpo y la adrenalina de la batalla—: ¡De haberte dejado con nosotros, Barbarossa te habría matado apenas te viera! ¡Alguno de mis generales te habría torturado hasta la muerte!

Los presentes bajaron la cabeza, y Alíbabá se mordió los labios, en completa frustración.

—¿¡Y a ti qué te importaba!? ¡Dijiste que yo había matado a tu gente! ¡TÚ NUNCA QUISISTE SER MI CANDIDATO A REY DESDE EL INICIO! —eran esas palabras venosas de Judar las que más le dolían a él, más que los golpes en las costillas, más que la herida de la rodilla que nunca había sanado; más que el dolor que experimentó cuando su rukh se partió a la mitad y todo se volvió oscuro para un hemisferio de su cabeza—: ¡Me mentiste! ¡Dijiste que si me dejaba crecer el cabello, sería el mejor magi!—. La lucha de ideales se hizo presente cuando todos los espectadores miraron al marino, y luego al pelinegro por igual. —Dijiste que, si cambiaba mi ropa de monje, por la ropa de las bailarinas, sería el mejor. Y ni siquiera tú lo creíste, tú heriste y abusaste de los demás por conveniencia contando a todos tus mentiras… Pero por los Antiguos… a mí cómo me hipnotizaban.

—Yo no…

—¡Basta, Sinbad! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre no es como la tuya, y aunque quisiera verte como amigo, no logro ya verte más que c…

—¡YO TAMBIÉN TE QUERÍA!

El giro de su cuerpo fue inesperado. Sinbad lo tumbó debajo de él, observándolo de frente mientras los generales y contenedores se sumían en un silencio sepulcral. Podían sentir el ronroneo de la tierra, cómo todo temblaba bajo sus pies puesto si alguno de los dos lanzaba las palabras incorrectas, todo volvería a ser como aquella noche. El peso de dos hombres con magias titánicas sólo lograrían la destrucción de Sindria como reino.

Ellos dos arrastraban un sinfín de sinsabores desde que el mundo era mundo: —Yo también te quería. Quería tu inteligencia y tus habilidades como magi. Quería ser tu único candidato a rey y mostrarte mi filosofía de vida para crear ambos un lugar mejor para todos…. Judar, tu espíritu es noble, pero ahora tu alma es perversa y tu corazón se volvió muy cruel por una vida que no merecías.

Él le soltó de su agarre, y Judar se removió como un gato asustado debajo de su cuerpo.

—¡Me quitaste lo único que me quedaba! ¡Me volviste un forastero en tierras inhóspitas e hiciste creer que mi nombre estaba maldito! ¿De qué sirve tener un corazón amable si vives en un mundo donde todos mentirían por salvarse ellos primero?

Sinbad lo miró con los ojos bien abiertos, lo libró de la prisión que suponía su cuerpo y lo dejó levantarse; sentía el corazón agitado y las gotas de sudor le perlaban el cuerpo: una pelea física era por mucho menos agotadora que una batalla por un pasado que no había logrado borrarse de sus cabezas. No dijo nada en ese momento, por que Judar lo silenció, quizá para siempre—: Precisamente por que tú perdiste a tus padres bajo causas injustas, era por lo que debías entenderme. Siempre fuiste soberbio y tuviste más pelotas que cerebro. ¡Si la gente que te apoya, y tu pueblo muere, es sólo por tu soberbia y tus ganas de tragarte el mundo! ¡Si vives atormentado por esos recuerdos es sólo porque D…!

—Yo no consiento de ninguna manera lo que Al-Thamen provocó en tu vida; y estoy plenamente consciente de que, en parte, es gracias a mi causa que tuviste que vivir lleno de tormentos y terrores que no merecías. —comenzó por allí. Judar se levantó y negó copiosamente con la cabeza, Sinbad se acercó con sigilo a él a medida que este se alejaba cada vez más. La oscuridad densa y viscosa que desprendía Focalor a través del cuerpo de Sinbad le hacía sentir constipado. Como sino pudiese respirar bien. Los presentes se pusieron en línea de defensa, cuando observaron a Judar alzar el báculo, y la tierra vibrar debajo de ellos—: Por más que lo analizo no puedo darte nada a cambio para aliviar el dolor que has experimentado todos estos años en cuerpo y mente.

—Basta…

—Sé que un lo siento de mi parte no logrará que se mengüe el dolor de tu corazón o cada una de las heridas que tienes ahora, ni siquiera he logrado quitarte la cadena… Mis disculpas nunca serán suficientes para todo lo provoqué en tu vida; y sé que soy el menos indicado de los presentes para pedirte mucho más de lo que ya me has dado con anterioridad. Zepar, Focalor, acuerdos trasatlánticos… Sepan cuántos cómo he querido yo todos estos regalos…

—¡NO SIGAS!

Judar se encontró atrapado entre un mar de gente que lo apresaba a una jaula de oro y joyas preciosas; estaba allí con el corazón desbocado y pendiendo de un hilo cuando lo observó. El temblor comenzó a surcar su cuerpo a medida que Sinbad lo miraba cada vez más cerca, como si quisiera devorarlo o casi tanto como si quisiera herirlo. Los ojos se le cristalizaron hasta que comenzó a llorar de manera copiosa y Sinbad se hincó en el piso frente a él. Se encontraba a sus pies, con la cabeza gacha y las manos juntas en señal de veneración hacia su persona y habilidades como magi. —Quiero pedir tu consentimiento para volverte mi magi, para volverme tu candidato a rey… y volvernos amantes.


Los espirales de incienso se movían armoniosos al ritmo del aire sobre las cúpulas de la torre Blanco Aries. El granito y mármol blanco contrastaba con la piedra azul de las decoraciones y las cenefas de oro a los lados de las escaleras hacia la sala principal del trono. Todo el mundo en el reino tenía una tarea importante que realizar: las mujeres hilaban entre todas, los trajes ceremoniales, los hombres cargaban los ornamentos pesados y las vasijas para los contenedores. Luego estaban quienes hacían todo esto posible, ayudando de vez en cuando y dando a la gente la capacitación para que se llevara a cabo. Los generales del reino estaban todos desperdigados por las calles, llevando y trayendo junto a los demás ciudadanos. Su rey finalmente consolidaría la empresa que había creado durante años y su reino finalmente sería bendecido por un alma que estaba más allá de su propio entendimiento.

Ja'far entró a la sala de juntas, donde Judar esperaba, hecho un ovillo en una esquina del lugar. Ja'far lo encontró allí y se plantó frente a él con los brazos metidos dentro de su túnica. —Tu traje ya está listo.

Judar sólo asintió, agarrándose el cabello con las manos como si quisiera arrancárselo y los ojos desorbitados.

—Sabes… —escuchó a Ja'far comenzar—: Somos personas que nacemos sin suerte. Ya sea porque estamos destinados a encontrarnos a nosotros mismos durante el trayecto o simplemente porque dentro de un tiempo, moriremos de una manera propia.

Judar alzó la cabeza, observándolo.

—¿Nunca creíste que llegaría este día, verdad?

—Cuando… comencé mi formación como monje, Falan leyó mi rukh. Dijo que viviría en un reino próspero, pero no encontraría las respuestas. Que vendría alguien mucho más joven y agradable que yo a quitarme todo lo que había formado. —se encontró a sí mismo hablando con el albino, casi como si se agradaran—: Me dijo que toda la alegría y gozo que experimentara se volvería ceniza en mis labios y no quedaría nada de mí. Me mintieron hasta mirándome a los ojos, es por eso que ahora no creo en más que acciones: sólo creo en lo que me demuestren.

Ja'far asintió, saliendo de la sala, dubitativo.

—No lo traiciones.

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Los hombres y las mujeres del reino se reunieron todos juntos y en filas bajo la escalinata que daba hacia el trono. Las dos hileras de gente se partían a la mitad y custodiaban una alfombra de terciopelo rojo que cubría también las escaleras y terminaba en un círculo bajo el trono. La gente expectante se mantenía callada en sus lugares con pergaminos en las manos. Había rezos escritos en cada uno de ellos; a falta de tiempo para memorizarlos, todos estaban leyéndolos antes de la ceremonia.

Los grandes barcos de las naciones unidas a la Alianza de los siete mares habían llegado un par de horas antes al reino y sus invitados, los grandes señores de los otros extremos del mundo estaban en la fila frontal con sus trajes más elegantes. El último barco arribó, en él venía Scheherazade junto a Mu, ella ataviada en un traje ceremonial que nadie había visto y Mu con el traje del ejército de gala y presentación.

Aladdín, Yunan y Scheherazade se posicionaron en la parte del frente al trono, mientras todos los presentes observaban expectantes. Pocos eran quienes había observado alguna vez una ceremonia magi-rey. —Sepan quiénes estamos hoy reunidos aquí para celebrar el renacimiento de una nación próspera, que será bendecida por los antiguos.

Era la magi rubia quien hablaba, con voz firme a los presentes en aquel lugar. Judar apareció tras los ventanales y las antorchas que daban paso al palacio: el conjunto era una túnica de la seda más fina y ornamentos de oro y piedras preciosas que fueron seleccionados de manera minuciosa por las mujeres dispuestas al vestir del rey. Fueron talladas y pulidas y la seda fue purificada al menos dos veces antes de ponerla sobre él. Los zapatos eran finos de igual manera y muy cómodos para caminar. Su cabello estaba recogido en un laborioso peinado con bisutería en las puntas, las joyas tenían pinturas hechas a mano y la diadema al inicio de su frente tenía espirales y gotas de oro que caían por su piel, era recogido en un moño alto y este dejaba caer rizos escondidos tras la bisutería. Había una serpiente también de oro e incrustaciones de diamantes y zafiros que lo envolvía todo, se partía por el inicio de la cabeza formando dos extremidades que envolvían la cabeza y luego bajaba a un lado de su cabeza, hacia el cuello y descansaba en su clavícula derecha.

Su maquillaje era también de las más hermosas y coloridas flores del bosque en la isla. Masrur y los trabajadores del bosque las habían seleccionado con extremo cuidado y se las dieron a quien creó el maquillaje. Las pulseras y joyas de los pies, así como los brazaletes pesaban para él, que no estaba acostumbrado a nada más allá de sus ropas de día. Incluso el pesado dije que colgaba debajo de sus pectorales, con el abdomen descubierto y las cuentas que le delineaban desde el torso hasta el ombligo y cuello se volvían un martirio mientras caminaba hasta el trono. Se sentó tal como se lo habían indicado y tembló de puro nerviosismo cuando observó a toda la gente inclinándose como una reverencia a su persona.

La primera línea de personajes eran los generales, quienes estaban todos con un traje similar al que utilizaban todos los días, puesto de manera propia y un objeto natal del lugar del que fueron exiliados para vivir con su rey. La segunda línea de personajes era la de los grandes señores de las otras regiones que eran sus aliados, con su armería frente a ellos, con el sello de su equipo Djinn al frente.

—Estamos hoy aquí para celebrar la unión de Magi-Rey. Los Antiguos nos tienen en su gloria hoy día.

Benditos seamos nosotros.

—El flujo del rukh es quien encamina nuestras almas más allá de un plano terrenal, es quien guía la voluntad de nuestras vidas. Nacemos a partir del rukh, y volvemos a la tierra de donde nacimos hechos cenizas y energía que alimenta la vida del mundo.

Que la misericordia de los Antiguos esté siempre con nosotros, pues una sola palabra bastará para sanarnos.

—Que pase el rey.

La gente giró en su lugar para observar a Sinbad desde el inicio del alfombrado tras las hileras de personas. Tenía la armadura de un guerrero: el pantalón era del color de la sangre y la camisa junto al fajín eran de color negro. No tenía mangas y se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Sobre los brazos tenía unas coderas de oro con rubíes incrustados y un par de garras sobre el codo unidos por una fina cadena, las mangas eran negras también al igual que el fajín y abombadas. Utilizaba un cinturón con un círculo en el medio que tenía una piedra incrustrada al centro, probablemente una turmalina. Los adornos del cinturón caían por el inicio de las piernas y los muslos, pesados y que resonaban apenas daba un paso. Mientras subía las escaleras, la parte trasera del traje era un par de guadañas sin filo y un chaleco protector de puro metal, el pantalón abombado también terminaba en sus rodillas y daba paso a un par de botas con las insignias propias de su reino.

Llegó justo al termino de la escalera, presentándose frente a los tres magis. Se inclinó en reverencia y cada uno de ellos dibujó una línea recta en su rostro con tinta negra. Su cabello estaba suelto, echado hacia atrás de manera que no le estorbara en la cara. Luego, Yunan y Aladdín se retiraron a los lados y Scheherazade fue quien le guio justo al frente de Judar quien esperaba sentado en el trono. El aire se le fue con la bocanada que lanzó; no sabía cómo debía moverse o si debía decir algo. Cuando Scheherazade dio la instrucción; Masrur trajo el cántaro donde se llevaría a cabo el ritual. La magi rubia le pidió a Sinbad que se hincara frente al pelinegro, se dieron una última mirada antes de que Sinbad quedara con la cabeza gacha. Extendió las palmas hacia arriba, como si fuera a recibir algo. —Que pasen los contenedores.

La primera fila, con sus generales, fueron subiendo uno por uno la escalinata. Por orden metieron el ornamento típico de su región en el cántaro con brebajes y pociones antiguas. Las aguas dentro de él se agitaron y luego la magi dio un asentimiento. Tomaron una pinza, y sacaron piedras negras, del tamaño de un coco, con superficie plana, la roca estaba caliente y una fue colocada en las palmas de Sinbad. No hubo ninguna queja, a pesar del sonido que hizo la carne quemándose. Una fue colocada en su rodilla derecha, otra en la izquierda. Sobre sus hombros, y tres más a lo largo de su espina dorsal.

El dolor era palpable en la piel de Sinbad. Scheherazade se acercó a Judar y le pidió que se levantara para que recitara sus palabras:

—Yo sostendré tu corona por el bien de los Antiguos.

Así comenzó, cuando le quitaron la camisa y el fajín a Sinbad frente a él, había cierto placer infausto cuando se encontró observando a los ocho generales cada uno con un puñal en la mano. Acercándose, cada uno clavó el puñal en la piel de la espalda del marino y este siseó por el dolor aunado a las quemaduras.

—A partir de este momento, nunca desobedeceré tus órdenes… Y juro nunca desertar de mi posición ante tu trono. —los generales seguían apuñalando la piel, hasta que en el lenguaje de Alma Torán, toda la gente del pueblo pudo observar la línea curvada y sangrante de letras que se formaban irregulares en la piel, Judar se removió con inquietud, queriendo terminar con aquello lo más rápido posible porque la sangre no dejaba de manar—: Acepta mi protección y la promesa de los cielos. Tú sostendrás la esperanza de tu pueblo, y yo sostendré el peso del reino.

—Acepto.

Dichas aquellas palabras, las aguas volvieron a agitarse dentro del cántaro. Los generales fueron quitando las piedras, uno por uno hasta que todas estuvieron dentro del pozo. Judar caminó hasta la vasija, el barro se mojaba constantemente por el chapoteo dentro de ella y Sinbad se levantó también, como sino tuviera las palmas de las manos injuriadas o no le doliera la espalda. Acercándose ambos al cántaro, Scheherazade le ofreció un puñal de oro al magi.

—Sangre del magi.

Judar acercó la daga a la palma de su mano e hizo una incisión desde su dedo corazón hasta las venas de la muñeca.

—Sangre del rey, donada por el magi.

Judar se acercó a Sinbad. Dejó que la sangre que manaba de las letras en su espalda se mezclara con la propia, hasta que esta se fue vaciando en el cántaro.

—Por último, sangre de los que juran lealtad.

Los generales rodearon el cántaro e hicieron el mismo procedimiento que ellos dos, cortaron la palma de su mano y las sangres se vaciaron infectas de promesas por cumplir. El cántaro desprendió una luz que era mitad blanca y mitad negra. Se quebró a su paso, y cuando el destelló paró, sólo se encontró un cáliz de oro pequeño con un líquido viscoso dentro.

Scheherazade lo tomó en sus manos y lo ofreció a Sinbad. El peli-morado lo tomó en su mano y caminó tras Judar quien se sentó de nuevo en el trono. El marino dejó olvidado por unos segundos el cáliz y prosiguió con el ritual. Judar apretó los labios en una línea recta cuando Sinbad le quitó un zapato y luego el otro. Descubrió que sus uñas también estaban pintadas y la piel tenía inscripciones en la lengua muerta. Sinbad besó la planta de un pie, y luego la otra. Hincado frente a él con la cabeza gacha, sus manos fueron trepando a consciencia por las piernas blancas.

Los sentidos se le diluyeron cuando encontró con las yemas de sus dedos las injurias de la piel, esas estrías plateadas en sus pantorillas y tobillos que le habían robado el sueño. Entre susurros fue recitando las palabras en aquella lengua, con Judar intentando no moverse. Sabía que Sinbad sentía la piel temblar bajo su tacto. Las mejillas se le sonrojaron cuando se encontró a sí mismo con las piernas descubiertas, y al marino besándole las palmas de las manos.

Cuando llegó justo frente a él, se irguió y con sus dedos, bajó el mentón del magi para abrirle los labios. Tomó el cáliz de nuevo en su mano, y fue vertiendo, poco a poco, la sangre dentro de la boca de Judar. En el momento en que sus ojos y los del magi se encontraron como sino se hubiesen visto en mucho tiempo, algo hizo click dentro de los dos.

La sangre resbaló por la comisura de los labios mientras sus cuerpos temblaban de excitación. Estaban allí, y el flujo del rukh hacía que el calor de sus cuerpos emanara como brasas al fuego. Sinbad lo miró tragar la sustancia viscosa y los oídos se le tronaron por un segundo, observando los músculos del cuello trabajar. Judar sacó la lengua sin dejar de observarlo para que la sangre entrara completamente en su sistema, esta goteó por la punta del músculo y las comisuras de sus labios.

—Tú volverás a estas aguas como una persona libre. Si aceptas esto, el reino será también tuyo.

Judar tragó de manera sonora, y asintió a las palabras de Sinbad.

—Acepto.

Un destello en el cielo se filtró por todo el reino. Cuando la gente miró hacia arriba, el flujo del rukh se agitó entre el firmamento y las estrellas de esa noche. Sinbad recibió su corona, y Judar recibió su báculo, ahora ambos formalmente hecho magi y rey. Sinbad tomó a Judar por la cintura y lo alzó en sus brazos hasta besarlo completamente. Judar se entregó en cuerpo y alma al marino ese día.

De lo único que fue consciente esa vez, fue que por una fracción de segundo en los brazos de Sinbad sentía todo su cuerpo diluir, como si fuera una droga que transitaba por su cuerpo y lo dejaba laxo. Los besos de Sinbad volvían lava su piel y sus músculos se contraían, luego se relajaban y todo se volvía un mar turbio de placer dentro de su cuerpo. Justo hasta ese momento, cuando ambos llegaron al clímax, Judar fue consciente de su posición, de las palabras de Rurumu y lo que representaba su cuerpo para el otro: la respuesta estaba del lado izquierdo, muy cerca del centro. Tardó muchos años en entenderlo. Cuando Sinbad lo tomó aquélla noche en la plaza principal y lo convirtió en su amante con aquél anillo, cuando ambos se unieron luego de escapar del tumulto de la gente y la algarabía por la bendición del pueblo, cuando Judar gritó el nombre de Sinbad hasta que las cuerdas vocales se le desgarraron y hasta que se encontró desnudo siendo protegido y amado por él; fue cuando Morgiana observó extrañada el cielo y el destello sobre este.

Antes de que los invitados pudiesen darse cuenta, justo en el momento en que Judar cayó dormido en la cama del rey y la cadena se evaporó con un destello plateado… el mar se agitó inclemente debajo de ellos y la tierra se partió en dos. Las explosiones surcaron el cielo y antes de que alguien pudiese defenderse el destello fue tan fuerte y con tanta magnitud, que todo comenzó a incendiarse y sólo fueron los gritos de horror los que llenaron la isla.

Luego de eso, todo fue oscuridad.

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Continuará…

Hasta creen que les iba a dar final feliz, lol