Siete noches de sodoma.
Capítulo siete: Yurusarenu negai ni yume wo mita, kono me wa ima mo nada.
( Tuve un sueño en el que había esperanza, estos ojos aún siguen viéndolo)
Undying — The gazettE.
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Hinahoho y Drakon no pueden recordar con claridad el momento en que inició todo.
El oriundo de Imuchakk retrocede un par de pasos, agitado y cansado de la pelea que no da tregua ni sosiego. Todos lo hacen lo mejor que pueden, luchan con todas sus fuerzas, aunque estén por caer. Puede verlo uno a uno, cómo derraman sangre en hileras desiguales, chorreando hasta el piso van formando el círculo de la vida, ese que los une y los alimenta a cada uno de ellos. ¿Durante cuántos años había vivido su alma, abatida en la oscuridad? Cuando cierra los ojos y observa un mundo distinto, ya no puede recordarlo. Drakon tampoco lo sabe, y sin embargo sigue luchando. Por que él mismo sabe que esa oscuridad que seduce a hombres, mujeres y niños por igual algún día vendrá de nuevo por él, y no está seguro de si podrá negarse a su petición como aquella vez. Todavía está el recuerdo nítido allí, tatuado a la carne de sus entrañas: Serendine y el Médium. Eran uno solo, el mismo ser que había alimentado por años la valía de su princesa había sido el causante de mucho dolor posterior. Ah, si tan sólo los Antiguos estuvieran aquí, observándoles con un objetivo colectivo por el cuál luchar. Cuán orgullosos se sentirían de sus creaciones hechas a partir del flujo del rukh.
Todos están allí, buscando el aliento por el cuál continúan adelante.
—¡Todos a los refugios! ¡Corran y no dejen a nadie atrás, olviden sus posesiones materiales! —Alíbabá coreaba a Yunan tanto como podía atrayendo a la gente a los refugios subterráneos del palacio. La gente entraba de manera presurosa, ayudándose los unos a los otros en ese momento difícil. Aladdín le había pedido de favor a Alíbabá que cuidara el lugar, mientras él creaba un campo de protección y se encargaba junto a Yunan de verificar que toda la gente entrara a los pasadizos secretos y se resguardara.
—Yunan ¿no deberíamos ayudar a Sinbad si ya terminamos aquí?
Yunan se quedó mirando a Alíbabá por minutos, mientras se aseguraba de proteger las puertas con sellos mágicos, sosteniendo su sombrero con evidente frustración—: Esta pelea no es nuestra, Alíbabá, ni de Aladdín ni de Morgiana…
Pero Alíbabá quedó inconforme con esa respuesta.
El rubio quizá no lo entendería en ese momento, y tal vez no lo vaya a entender mucho tiempo después, cuando esté en silencio contemplando las olas romperse en las costas de Balbadd y todo haya acabado en el mundo ¿Por qué no podía ser su pelea salvar a Kassim? ¿Por qué Alíbabá no pudo llegar a tiempo antes de que el mal se lo arrancara de las manos? Cuando miró el cielo nuboso, oscuro como una larga noche y con un aire denso, asfixiante, no encontró la respuesta a por qué dolía tanto recordarlo ahora. Por qué el tumulto estaba en sus oídos y sus ojos todavía lo veían frente a él: ¿Por qué el destino había hecho que Al-Thamen llevara a cabo sus planes? ¿Por qué nadie ayudó a Judar cuando más lo necesitaba? Si tan sólo Alíbabá hubiese llegado antes, seguramente estaría Kassim allí a su lado, sonriéndole mientras le decía que todo estaría bien y que no debía preocuparse por el magi oscuro.
Judar apoyó sus palmas ensangrentadas en la tierra, tomando fuerzas para pararse de nueva cuenta. El aire no llegaba a sus pulmones de manera óptima, cada tanto tiempo era un poco más difícil avanzar, o mirar a todos lados sin que nubarrones mancharan su vista. Estaba terriblemente cansado por el consumo de magoi y no podía parar. Cuando bajó ligeramente la cabeza para apretar los párpados, una mano tibia le tomó del brazo para levantarlo y Judar observó una de las sonrisas más cálidas de toda su vida: Sinbad se acercó a él y lo levantó de entre la tierra para que continuara peleando. Ahora tienes alguien a quién proteger.
Judar se levantó y levitó al lado de su rey sin decirle nada, evaluando la situación. Incluso cuando Hakuryuu retrocedió hacia ellos, agitado de la misma manera, Judar sólo lo recordó: la noche de la ceremonia, los barcos de Kou arribaron en las costas de Sindria y catapultas de fuego puro llenaron el reino. Los gritos de la gente, la desesperación, el terror. Cuando Sinbad y él se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Judar la pidió a Aladdín que le dijera a los aliados de los reinos cercanos que se retiraran. No querían dar la espalda al rey, pues los acuerdos de la Alianza de los siete mares pedían que, en caso de una guerra, el apoyo de las otras naciones fuera dado sin necesidad de firmar acuerdos o rogar por ayuda. Pero esta batalla tenía qué lidiarla él. Hakuryuu había estrechado su mano entre las suyas y le había dicho que todo estaría bien; que encontrarían la raíz del problema. Parpadeó un par de veces, volviendo al campo de batalla, donde Sinbad también estaba cansado; la pérdida de magoi no estaba siendo repuesta por su propio poder, la cadena resplandecía con su brillo dorado; como una cruel risa del destino que lo apresaba ¿Por qué el mundo había sido tan injusto con él y le había condenado a una vida llena de vejaciones? Negó con la cabeza, con los párpados temblando de la rabia que le causaba.
—Yo los maldije, Sinbad.
Y el marino giró a verlo, luego a Hakuryuu quien también abrió los ojos hasta que le ardieron. Sinbad se enfocó en el magi a un lado de él, temblando, quizá de miedo, quizá de dolor, quizá de impotencia—: Yo maldije alguna vez todo lo que toqué, todo lo que quise y todo lo que repudié. Incluso tú estás maldecido por mi causa.
El mundo.
En el inicio del todo sólo eran los Antiguos, ellos con su afable discurso de una sociedad valiente, viviente de Alma Torán que nunca se pudriría, o eso creían. Es posible que esta afirmación siempre haya sido un mito, se dice Judar a sí mismo, porque si bien recuerda por las mismas palabras de Sinbad hace mucho tiempo, esta sociedad en la que vivimos ahora es la sociedad de la cobardía por excelencia: allí lo tienen ahora. Judar está harto de correr, esconderse y huir. Quiere quedarse con Sinbad hasta el final, no importa que sea veinte metros bajo el suelo pero que sea a su lado. Todo él representa en ese momento la felicidad que Judar tiene, lo poco que le queda en el mundo y lo poco que necesita. Por eso gime con una desesperación desgarradora cuando la cadena brilla en su cuello y él se quiebra todas las uñas intentando arrancarla. Porque quiere alcanzarlo, peleando contra Kouen quiere ir a su lado y conducirlo a la victoria, pero está demasiado lejos. Sinbad resplandece con la luz del camino de la vida, con la sonrisa de su madre y la valentía de su padre y Judar es tragado por un espiral de oscuridad que lo apresa desde los tobillos hasta la cabeza y lo hace ver las atrocidades del mundo. Donde sólo se retuerce del dolor por las heridas externas y por un pasado que lo atormenta por las noches, que no lo deja dormir ni lo deja avanzar, pero tampoco lo quiere de vuelta por que es una maldición incluso para los que son como él.
Lo que el mundo no tiene idea es que es más difícil hacerte el fuerte que hacerte el débil.
Judar es como una herida abierta, palpita, sangra y duele por cada poro. Llora, pinta y canta al son de cada desgracia humana. Hakuryuu está a su lado, lo mira por largos segundo a sus ojos rojos por la transformación, está terriblemente cansado. Pero incluso él avanza, incluso con las tablas de madera chamuscada, incluso con los papeles tapiz del palacio sobre sus hombros, incluso con la oscuridad de su madre venida en el vientre materno, Hakuryuu se aferra con uñas y dientes a buscar la luz; y se esfuerza por no mirar atrás como lo haría hace tiempo. Es por eso que Judar baja la mirada incluso con vergüenza de su propia condición, al hacerlo puede escucharlo.
El mismo lamento de los Djinn de su imperio que escuchó aquella vez, están atrapados.
Sálvanos.
Magi.
¿Por qué no trajiste a la vida sino ibas a protegernos del mal?
¿Por qué dejaste que lastimaran a nuestros amos?
Judar se levanta y levita, sus ojos se desorbitan una y otra vez, buscándolos: Hakuryuu está luchando contra Kouha y escucha la agitación de Leraje, su voz es la más aguda entre todas y llora; si el magi cierra los ojos y se concentra puede escucharla afligida dentro del contenedor de Kouha. Es así el sentimiento posterior, con los Djinn de cada uno de los integrantes de la familia, hasta que es capaz de observar a Kouen de nueva cuenta, es demasiado rápido que apenas puede distinguirlo. Tiene qué concentrar toda su fuerza y magoi en hacer un campo alrededor de él para llegar a ellos tan rápido como le sea posible. Incluso contra todo pronóstico favorable, incluso contra todo dolor de las extremidades y la sangre saliendo de su sistema, se dice que perder ahora no es una opción, una celebración ecuménica en su honor no es lo que él está buscando ni lo que desea; había sacrificado gran parte de su vida para llegar a donde estaba, y esta vez quería aferrarse con todas sus fuerzas; que fueran tantas que la oscuridad se perdiera.
—Sin…
Es apenas un susurro, porque la cadena comienza a brillar y tiene qué detenerse a medio camino para observarlos. Judar se apoya en el borg, de rodillas y manos, abre la boca para tomar grandes bocanadas de aire y la sangre aparece en sus labios y ojos, maldición, se siente tan cansado que podría tirarse a morir en ese momento. Pero cuando lo observa, cuando se talla los ojos y entre la sangre observa a Sinbad y Kouen, es apenas un pequeño llamado, lo puede sentir. En el inicio de los tiempos sólo estaba Judar y sus ganas de aplastar el mundo. Vendría años después un foráneo a su templo y le prometería adoración; adoración que no le fue concedida incluso cuando le fue prometida. Sus ojos cansados intentan enfocar entre la oscuridad que los envuelve, porque esta atrae a Sinbad como una vieja amiga y acaricia su cuerpo con devoción.
¡Judar, ayúdame con Hakuren!
Judar aprieta los ojos, es un recuerdo tumultuoso que a veces no lo deja dormir por las noches. Viene y trepa por su cama para juzgarlo por todo lo malo que ha hecho en la vida; le roba el aire y le jala el cabello hasta que Judar chilla por la desdicha de no poder descansar mas que un parpadeo. Pero la voz continúa allí, cuando se aferra a la oscuridad puede escucharlo desde el fondo del rukh del mundo.
¡Destrúyelo!
Judar niega con la cabeza, buscando la otra voz que quiere aferrarse a él.
¿No recuerdas la manera en la que Tess murió?
Judar se toma el cabello, es imposible aferrarse a la voz, en el vientre materno su suerte fue echada. Los besos de su madre eran mitad frío y mitad infierno, Judar nunca se puso a contar cuántos eran pues nunca creyó que llegarían los últimos tan rápido.
¡Voy a volverte carbón como a tu hi— ¡Es Hakuyuu, Hakuyuu es la clave!
Sus ojos se abren con desmesura, porque incluso después de muertos, son los fantasmas del pasado los que más dolor causaban. Se abrazó a sí mismo dentro de su borg, con la cadena brillando dorada, refulgente y es que Judar es hombre pero hombre, tampoco tanto. Llora, ríe, sangra como cualquier mortal. Hay sangre en el piso y cadáveres de muertas esperanzas danzando hacia su destino final. Se van evaporando unos con otros pues al final del camino todos somos el mismo ser: mariposillas blancas y negras que danzamos de un lado a otro en el inmenso flujo de los Antiguos que, ah, ojalá no nos guarden en gloria por que sí que hemos pecado en vida.
Y es terriblemente injusto.
—¡Sinbad! —la voz sale como un estertor a lo largo de su garganta, es un llamado cálido, se siente cómodo en su pecho y le abraza cada pedacito del cuerpo hasta que lo vuelve algo más íntimo y aterrador. Algo que le desgarrará cuando las respuestas comienzan a llegar a su cabeza, cuando se da cuenta de que esta vez realmente tiene qué tomar una decisión y no está seguro de que la que quiere, sea la correcta. Sinbad lo mira, y la sonrisa también refulge en sus labios, a pesar de las heridas y el cansancio. Tras el pecho que sube y baja agitado, se encuentra ese cariño incierto que nació tiempo atrás entre las alfombras y el incienso de los imperios. Cuando el magi lo mira, sabe lo que está pensando, Sinbad se aferra a la luz y a la vida aún cuando su alma está corrompida y sus venas son las calles de Sindria y estas están por colapsar. El marino se acerca a él tras haber mandado a Kouen muy lejos con la magia de Baal, respira agitado y mentirá si no acepta que se está apoyando en el magi para sostener su cuerpo cansado. Judar lo observa una y otra vez con una dulzura infinita que de solo pensarla le dan escalofríos por el cuerpo. —Tengo una idea. —admite el magi, y se acerca al rey para susurrar a su oído. El marino busca en todos los rincones mientras respira, sólo asiente a las palabras de Judar y se antepone al impacto de Kouen que venía directo hacia ellos. Judar observa al emperador, quizá con tristeza, quizá con odio desmedido. Kouen le dirige la mirada por segundos y el desprecio a él le golpea como un ejército entero.
—¿Creíste que volviéndote su magi ibas a conseguir olvido?
El dolor vino de manera inusitada.
Judar detuvo sus manos y estas temblaron, incluso aunque el magoi fluía dentro de su cuerpo y este era succionado de Sinbad, esas palabras sólo habían logrado que se desconcentrara. Judar levantó la vista, porque sí, era un ser de oscuridad y perdió su vida por un imperio que lo despreció también por un destino que él no pidió. Por las noches lo visitaba, le hacía señas con la piel y volvía a caer como su presa. Judar se retuerce entre rencores y mira al cielo buscando a mamá y a papá.
¿O tendrá que mirar hacia abajo?
—Jud- —le quejido lo sacó de su cavilación y giró para mirar a Sinbad quien perdía brillo en los ojos. La voz de las demás personas, los gritos, el choque de las magias, el choque de los cuerpos y todo lo demás pasó a segundo plano. Porque allí donde ellos se encontraban y Sinbad lo miró con una devoción infinita, allí Judar se sintió asqueado.
Se sintió sucio.
Allí fue que escarmentó realmente lo que era estar maldito; el agarre de Sinbad a su espada se debilitaba y las corrientes de rukh fluían a su cuerpo. La sonrisa que le dio quizá fue el regalo más maravilloso que pudo haber obtenido en mucho tiempo. La magia de Sinbad se debilitó casi por completo, dejándole apenas con su transformación, pero respirando agitando. En el momento en que Judar estuvo listo, alzó los brazos y entonces…
Entonces pasó.
Uno a uno, cada par de ojos venidos indistintamente de los presentes se giró al lugar de la batalla mayor. El aullido perforó el tímpano de todos cuando de su boca y de sus ojos brotó tanta sangre que era imposible de contener. Sinbad lo tomó en sus manos, con los ojos desorbitados, lo adoró en sus manos toscas olvidando su propia magia, como si él fuera precioso, como si él fuera magia. Judar alzó la cabeza un segundo olvidando la herida en su pecho; la espada se ensartó con un corte perfecto y sin mediar en nada que no fuera perforar sus órganos vitales.
—Sinbad… tengo un plan. —Judar lo acercó a sus labios y el marino aguardó, respiró tan rápido como podía por la adrenalina del momento que cuando sus rostros estuvieron cerquita él pudo olisquear su cabello, estaba sucio por la batalla, pero aún así persistía el aroma a jazmín. Maldición, incluso cuando giró a mirar al magi su piel parecía hecha de papiros y sentía que si lo tomaba en sus brazos este iba a desvanecerse—: Si- si sobrecargo… la cadena, es posible que- —. Sinbad apenas fue capaz de entenderle entre monosílabos y palabras dichas con temor—: Ne-cesito tu magia…—. Sinbad lo observó por segundos y su mirada buscó de la misma manera a su ejército, buscó a sus camaradas y rogaba porque todos siguieran vivos, cansados y hastiados de la batalla, pero con sus extremidades en orden y con ganas de continuar hasta el final. Sólo le dio un asentimiento al magi captando el mensaje que él intentaba darle con esfuerzo; quizá no era lo mejor en ese momento, pero las opciones se estaban agotando también y ya no había qué más hacer para detener la invasión. Incluso cuando miró hacia abajo allí estaban Yunan y Aladdin creando barreras para detener al ejército. Sólo le quedaba confiar en el magi.
—Hazlo.
Y la sensación no fue más alentadora.
La magia corrió fuera de su cuerpo, era como la pérdida de algo importante, un brazo o una pierna… Peleaba contra Kouen la debilidad lo agitaba, era como un espiral dentro de él, se mareaba por segundos y olvidaba enfocar. Su cuerpo estaba lacio, incluso aunque podía mantenerse levitando, de repente las fuerzas iban bajando de manera gradual y tenía qué tomar bocanadas más grandes de aire para no perder el objetivo de vista.
—Jud-
Buscó al magi con la mirada quien lucía concentrado en lo que hacía, y el destello de la cadena le alarmó incluso entre su letargo por que lucía como que en cualquier momento lo iba a asesinar allí en sus ojos y lo vio alzando sus delgados bracitos.
Y entonces pasó.
Todo fue tan rápido que Sinbad apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El estertor que salió de sus labios fue como el rugido de la tierra misma. La sangre de repente le cayó en las manos y la cara y se asustó de su propia condición, incluso si en ese momento caía, incluso si en ese momento le sometían a la peor tortura de los antiguos él no volvería a sentir ese dolor tan intenso nunca en su vida.
—JUDAR.
El grito perforó el tímpano de todos los presentes cuando el magi le sonrió con los labios llenos de la sangre se sus entrañas, con los ojos entrecerrados, sin moverse más que para dejar caer los brazos cada uno a los lados de su cuerpo. Intentó sacar la espada del centro de su pecho y las lágrimas comenzaron a abandonar sus ojos una y otra vez hasta que no fue consciente del tumulto de terrores que se aglomeraban a sus costados. —Esta… era…
—¡¿Esta era qué?! —la rabia comenzó a mermar sus sentidos como un virus que se expandió por cada una de sus células sin tregua alguna. De repente estaba allí el marino con los ojos desorbitados observándolo casi caer. ¿¡Esa era su idea para salvar al reino?! Sinbad maldijo a los antiguos y se maldijo a sí mismo cuando con todas sus fuerzas se dispuso a sacar el arma de Kouen del pecho del magi, pero el cuerpo cayó laxo con los ojos cerrados y fueron las manos ajenas, del pelirrojo, las que lo sostuvieron para evitar el impacto como si fuera precioso. Los ojos de Kouen observaron el cuerpo menudo perder color y calor en sus manos y al marino intentando por todos los medios, desesperado, tenerlo entre ellas. Los gritos del peli-morado no se hicieron esperar y sus generales dejaron a un lado la batalla para ir a su lado, dispuestos a ayudar a su rey en caso de que quisiera reclamar el cuerpo.
—Esto era lo que Judar planeó.
Y la voz atrajo la consciencia de todos los presentes de nuevo. Hakuryuu y Alíbabá se acercaron con sus posesiones al lugar de los hechos y cuando Kouen lo acunó con la cabeza escondida en el cuello del mago, entonces Sinbad supo que no podía soportarlo más antes de lanzar ataques, aunque perdiera la vida en ello. Reclamaría a Judar como suyo incluso si tenía qué oponerse al mundo entero para conseguirlo. Y sin embargo, el tintinar de la cadena fue lo que hizo que todos giraran su atención al emperador de Kou. El destello fue tan grande que los cegó por momentos. Pero incluso Kouen en su ignorancia y ceguera fue capaz de alzar la mirada para encontrarse con el origen de su terror y pesadillas nocturnas. Sobre el firmamento nuboso, encontró allí la imagen de Hakuyuu sosteniendo a Judar en sus manos mientras le besaba las mejillas y le decía que todo estaba bien, que nadie más lo volvería a herir.
Devuélvemelo.
Su mente repetía, una y otra vez, venían a la cabeza del emperador las elucubraciones de aquella noche cuando le dolía más verlo, como si fueran sus piernas, y no las de Hakuyuu las que se estuvieran quemando. Por que luego de diez, quince, veinte años Kouen aún no logra conciliar el sueño en las noches y aún llora en silencio por lo ocurrido. Y podrían pasar centurias sin que fuera capaz de pronunciar su nombre siquiera sin sentir que era veneno corrosivo que pretendía matarlo.
Ya puedes descansar, Kouen.
Pero había alguien más que se negaba.
—¡La vida de Judar no es sólo suya!
Ah, Sinbad lo recuerda. Ese emperador pacifista que detestaba, pero cómo aprendió de él. No, no lo dejaría, él no abandonaría lo único que le dio felicidad, aunque fuese por tiempo escaso. Y cuando su mano derecha avanzó sin tregua ni razón para arrancar el cuerpo del magi de las garras del emperador pelirrojo, fue cuando el destelló de la cadena se volvió tan fuerte que irrumpió en el cielo, como un mandato divino, las nubes se disiparon y la luz cegó a todo pueblo y ejércitos que eran capaces de observarlo. Lentamente el cuerpo comenzó a fundirse con esta misma energía y la tierra comenzó a vibrar debajo de ellos. Sinbad se aferraría con uñas y dientes de ser necesario a ese cuerpo aunque la luz le quemara el brazo. Kouen se negó a soltarlo mientras sólo podía repetirse a sí mismo que Hakuyuu lo prometió (¡No! Se lo prometió— ya estoy muerto de todos modos)
Cuando fue imposible resistirlo más el cuerpo se perdió en el flujo de rukh y las carnes de emperador y marino se quemaron hasta que la sangre comenzó a secarse por la intensidad y los gritos de horror fueron tan fuertes que la tierra volvió a estremecerse. Pero el terror no terminó allí y prontamente ese flujo de rukh creó una explosión que sacudió todo a su paso. Y no hubo mar, ríos ni bosques o suelo que fueran capaces de soportar el estruendo. Para cuando la gente quiso darse cuenta, todo había sido arrasado ya por la memoria herida del rukh del magi quien como última voluntad cumplió su deseo; destruir todo aquello que una vez odió.
Hubo una vez donde la regeneración celular ya no volvió a funcionar y Ja'far perdió casi todo.
—Sinbad, necesito que firmes esto.
Hubo un tiempo donde Sinbad fue terriblemente infeliz.
Cuando el marino giró su vista a los papeles, enseguida vino a él la idea del desasosiego y la pérdida de cariño. La ansiedad por desapego emocional lo consumió hasta el punto en que Sindria no volvió a prosperar. La magia del reino se había ido, ya no había luz más allá del horizonte ni había vida, paz o guerra por la cuál festejar. La reconstrucción tardó cerca de cinco años sin magia, pues era comenzar con los cimientos echados y la poca valía que le quedaba a pueblo y rey por igual. No se volvió a nombrar el evento durante tanto tiempo, que la nueva generación de niños nunca conoció al objeto de admiración que era Sinbad para el resto del mundo, quizá. Esta generación nació sin conocer las grandes aventuras del hombre que les dio un hogar digno y nombre que estaban orgullosos de entonar. El peli-morado pasaba ahora las horas sentado en la escalera de mármol que daba a las torres del palacio y sólo se quedaba mirando el estrecho de piedra o la barrera que alguien más había tenido que forjar por ellos. De repente los recuerdos tumultuosos lo invadían y le traían un amargo sabor de boca. El sol no volvió a salir en Sindria y las aguas se volvieron tóxicas para la vida marina, la tierra se volvió infértil y los hombres dejaron de trabajar. Había ignorado por demasiado tiempo este hecho que sin quererlo él, a sí mismo se hizo daño. —Esto se ve terrible. —tenía qué cerrar los ojos por que incluso después de tantos años, de los surcos en su rostro o de las pronunciadas ojeras, él seguía escuchándolo—: ¿Por qué lo dejaste morir, rey estúpido?
—¡Basta!
Cuando Sinbad se dio la cuenta su alma volvió a rugir. Sus pasos se volvieron torpes y lentos, como si estuviera temeroso, sus ojos cansados y mirada perdida de repente volvió a la vitalidad cuando las yemas de sus dedos lo tocaron y esta no era una ilusión, cuando se encontró genuinamente tocando la piel con la que había soñado, la que había deseado y a la que le había llorado luego de que no volviera a su lado. Estaba allí, y Sinbad era el hombre más dichoso de la tierra, tanto que gritó hasta que la garganta le ardió, una y otra vez hasta que su pecho dejó de sentirse pesado por que maldición el mundo no tenía idea de cuán grande, gigante y pesado se sentía en ese momento. Cuando los generales corrieron hacia Sinbad por los gritos, el primero en detenerse fue Ja'far y detuvo a todos los demás que se sorprendieron tanto que sus corazones dolieron. Estaba allí Sinbad gritando hincado en el piso como muestra de respeto a Judar quien le tocaba la cabeza para que se levantara. Judar giró la cabeza hasta Ja'far y se acercó a él, el albino lo observó por unos segundos antes de agachar la cabeza; esta vez los ojos de Judar eran de un intenso color dorado, ya no eran de ese rojo de los infiernos de los hombres en la tierra. Las manos del magi se pusieron en el pecho del albino y un calor agradable se extendió por su cuerpo hasta que sus extremidades y cada célula marchita volvieron a funcionar, le devolvió aquello que perdió por su causa y esta vez sin expiración. Los miembros de Ja'far se movieron con libertad y su pecho encontró paz.
Fue como un llamado de algo mayor que ellos, recuerda Judar de aquella vez. Se hincó a un lado de su rey y susurró las palabras más tiernas que Sinbad escuchó alguna vez.
—¿Qué se supone que significa eso? —Judar los levantó a ambos, y entonces su báculo se alzó de la misma manera y justo al centro de Sindria los destellos de rukh de todos los colores que él conocía revolotearon; los generales y la gente del pueblo se hincaron en respeto hacia el magi, Sinbad lo besó en los labios tan fuerte y tan necesitado que Judar pensó, no estaría mal cederle su vida a ese hombre para que lo sostuviera en brazos por la eternidad. Cuando se separaron, incluso con el flujo de rukh, Judar le repitió una y otra vez que lo amaba, con una voz que hechizaba a Sinbad y lo hacía confiar ciegamente en él.
Sinbad se hincó también frente a Judar. El peli-negro agitó el báculo en el aire, los suelos volvieron a ser fértiles, la pudrición del mar desapareció y el escudo de magia volvió a estar sobre sus cabezas. Las casas, edificaciones y mercados volvieron a la normalidad y cada animal, insecto y planta que él una vez conoció, volvieron al lugar que pertenecían.
Y así lo hizo él también.
—Ese es mi nombre real, y este es mi hogar.
Sinbad pensó que así se sentía el paraíso.
Este fanfic se comenzó en el 2014, sufrió suicidios, alteraciones y borrones inesperados.
Hoy está terminado, los capítulos se editarán por aquello de errores que haya tenido,
pero espero que lo hayan disfrutado como yo al escribirlo, gracias.
