Capítulo I

Un nuevo visitante

"La compañía de un amigo es mejor que la soledad absoluta de una pena pasada."


Miraba el horizonte con tranquilidad, absorbiendo los sonidos que se creaban a su alrededor; el olor salino del mar adormecía sus sentidos enviándolo a una relativa calma, el viento desordenaba sus hebras oscuras logrando que por breves momentos bloqueara su vista. Cerró los ojos provocando que la negrura lo rodeara por completo, podía sentir como la paz se desvanecía de su cuerpo y cómo su mente le presentaba imágenes de un pasado que quería olvidar. El aleteo de las gaviotas y el crepitar de la arena entre sus dedos, lo devolvieron a la realidad.

Yuuri sonrió nostálgico por la vista y sintió un dolor sordo en su corazón. Hoy se cumplía un mes desde que decidió «cambiar» para ser alguien nuevo. Aunque aún le costara dejar algunos hábitos, como observar el mar, deleitarse con los olores marinos, eso al menos lo tranquilizaba. Él no quería cambiar para peor, al contrario, quería ser alguien mejor. Más fuerte, más seguro y recuperar la confianza que no hacía mucho había adquirido.

Sacudió sus manos en un intento de deshacer de los granos de arena que se habían adherido a sus palmas, las piedritas dejaron pequeñas marcas irregulares en su piel. Suspiró con cansancio mientras que de un salto se erguía y continuaba su marcha.

El ardor de sus pulmones al inhalar un poco de aire le llenaba de un dolor placentero. Un buen ejercicio antes de zambullirse de lleno a una larga rutina de patinaje era todo lo que necesitaba en ese momento. Al final, y con ayuda de su mejor amigo, decidió volver a lo que más amaba. Phichit le animaba a seguir patinando para que así volviera a las competencias. Y claro que aceptó.

Desde ese momento Yuuri practicaba distintos saltos, secuencias y agregaba una que otra dificultad. Y con la misma valentía que adquirió después de aquel día, decidió crear sus propios programas y elegir por ende, nueva música. La mayoría se centraba en el dolor de un corazón roto y cómo aquel ser se levantaba a pesar de semejante tristeza.

Su tema principal iba a ser el renacer.

Yuuri iba a ser como el ave fénix. Renacería de entre las cenizas para elevarse por los cielos y desplegar sus alas para mostrar una belleza inigualable. Brillaría cómo él mismo lo sabía hacer. Los sentimientos que transmitía mediante sus presentaciones lo ayudarían dejar aquel mensaje. Porque a pesar de la tormenta, viene la calma. El sol volvería a brillar y un cielo despejado de un hermoso tono azul dejaría ver las blanquecinas nubes de un nuevo día.

Suspiró con cansancio al abrir la puerta del Ice Castle.

—Hola, Yuuri —saludó Yuko con una sonrisa.

—Hola. —Sonrió por mera cortesía.

Caminó a paso lento para recibir en sus manos un par de patines. Despidiéndose con un ademán, se dirigió al camarín para alistarse y dar comienzo a nueva rutina. Después de unos minutos se encontraba de pie frente a la pista de hielo, el aire frío que desprendía la pista le daba una tranquilidad revitalizante y el espejo poco traslucido le mostraba a un nuevo, pero borroso chico.

Yuuri inhaló hondo sintiendo como el aire frío entraba a sus pulmones. Comenzó a deslizarse sobre el hielo para un calentamiento previo antes de lanzarse de lleno en la creación de más pasos para su rutina. A lejos vio a su mejor amiga Yuko. Sus cabellos castaños estaban en un prolijo moño y una sonrisa estaba pintada en sus labios.

Él le dedicó una pequeña sonrisa antes de realizar un toe loop. Desde hacía un tiempo los saltos ya no le dificultaban como antes, aunque aún seguían existiendo algunos fallos en la rotación o en el equilibrio, pero por lo demás, ya no caía después de realizarlos. Al volver al hielo clavó el salto antes de detenerse por completo.

El aire frío que acariciaba sus mejillas, le trajo memorias pasadas.

Se vio a sí mismo junto a Viktor días después del GPF. Los dos patinaban dedicándose cada cierto tiempo una sonrisa que escondían palabras que eran susurradas bajo la luz de la luna. En sus manos brillaban los anillos que los unían en algo más que un simple agradecimiento.

Las miradas que compartían transmitían sus deseos más anhelados, aquellos orbes zafiros lo miraban como si fuera lo más hermoso que hubieran visto. Y ahora eran los mismos que le causaban dolor al recordarlos. Cómo extrañaba los abrazos sorpresivos que le daba, las suaves caricias que le proporcionaba a sus manos antes de comenzar el entrenamiento, pero por sobre todo la calidez de sus labios sobre los suyos.

A pesar de las dos veces que se besaron, cada beso llenó su corazón de gozo y una calidez que aún le seguía sorprendiendo.

La primera vez fue después de terminar su programa «Yuri on ice» y ver como todo el mundo lo ovacionaba. Ésa vez fue la primera ocasión en dónde sintió su corazón saltarse un latido, bueno, quizás no la primera vez. Pero sí el primer beso que tuvo de Viktor Nikiforov. Duró algunos segundos aunque para Yuuri fue toda una eternidad.

El brillo de sus ojos y la sonrisa encantadora que adornaba su rostro le dio el indicio de que no era algo planeado. Las palabras que le dedicó lograron sacarle una tierna risa. Desde ese momento su relación se volvió más estrecha, ya no era tan solo la de un entrenador y su pupilo, sino de algo más.

La segunda vez fue cuando ganó el Grand Prix Final. Aunque ese beso fue a luz de las velas y con la melodía nocturna que les proporcionaba la ciudad. Esa noche bailaron, conversaron y se besaron. Los cálidos labios de Viktor acariciaron los suyos en una lenta caricia, sus manos habían tomado su rostro a la vez que sus pulgares dejaban delicados rastros de dulzura en sus mejillas.

Fue un beso tierno y lleno de sentimientos.

Yuuri pensó que al fin iba a ser feliz, pero que cruel pueden llegar a ser las personas y la vida misma.

Sacudió su cabeza en un intento de disipar los recuerdos amargos que llegaban en tropel a su mente. Quería llorar aunque solo sea para librar un poco su pena, pero logró soltar una amarga risa antes de escuchar un grito que lo llenó de felicidad y confusión.

—¡Yuuri!

A la distancia vio un chico que venía corriendo hacia él. Rió por lo bajo para acercarse a la salida de la pista. La tez morena de su nuevo visitante y la tierna sonrisa que le dedicaba llenó de calma su corazón. No mitigó por completo su oculta tristeza, pero al menos aquel chico lo libraría un poco de su carga.

—Phichit —susurró cuando lo abrazó.

La calidez que le proporcionó el cuerpo ajeno le hizo sonreír. Llevaba un buen tiempo patinando así que agradeció el abrazo que le dio su amigo. Dedicándole una última sonrisa, salió de la pista dirigiéndose hacia los camerinos con Phichit siguiéndole los pasos.

—¿Por qué no me avisaste de que venías? —Yuuri preguntó confuso.

El tailandés rió nervioso pero sacudió su cabeza antes de responder.

—Era una sorpresa, mi querido Yuuri —contestó risueño.

—¡Phichit!

El susodicho rió por el entusiasmo y se acercó hacia el japonés.

—Yuuri, has mejorado muchísimo —murmuró el moreno antes de abrazar de nuevo a su amigo.

La calidez del abrazo enfundó un pequeño calor al corazón de Yuuri, quien ahora se aferraba al tailandés. Cómo extrañaba a su amigo.

Phichit tan solo sonrió ladino antes de que un flash cegara al pelinegro. Una que otra palabra susurrada y un par de maldiciones, los dos chicos se acercaron a Yuko quien venía hacia ellos. La chica los miraba con ojos curiosos, pero se podía apreciar el atisbo de felicidad.

—¡Hola! —Yuko saludó con un efusivo abrazo al moreno.

Después de aquella rutina y de la llegada de su amigo, se dirigieron hacia la plaza del pueblo. Los dos conversaban de temas triviales, reían por tonterías mientras comían un helado. Yuuri sentía una paz al tener a Phichit junto a él, la agradable compañía le sentaría bien.

A lo lejos vio grandes árboles que le dan un entorno colorido y natural a la plaza, el sol de a poco se escondía, el frescor de la tarde se hacía presente al igual que las inminentes preguntas que realizaría su amigo. Se sentaron en un agradable silencio aunque éste se vio interrumpido por la pregunta que todos querían realizarle, pero nadie se atrevió hacerlo.

—¿Cómo te encuentras, Yuuri? —Phichit le preguntó en voz baja.

Se tensó ante la pregunta, pero se rindió.

—No lo sé...

Él no sabía ni cómo se sentía, era un cúmulo de emociones y sensaciones que le provocaban una desazón desagradable. Pasar de llorar todas las noches a quedarse pensar en ellas, fue un gran cambio. Ya no le quedaban lágrimas, ya no sentía el escozor ni el apretado nudo que se formaba en su garganta. Estaba en una fase de aceptación, él ya tenía asumido lo que había perdido.

A pesar del tiempo que había pasado, aún le seguía doliendo lo qué pasó. Era un dolor sordo que se quedaría en su corazón. Apretó sus manos formando un puño con ellas, aunque no duró por mucho tiempo. Sintió un brazo posarse sobre sus hombros y como éste lo atraía hacia el pecho del moreno. Y término por hacer lo que evitó todo ese tiempo.

Se derrumbó.

Adentro suyo aún quedaban vestigios del antiguo Yuuri y quizás, eso le alegraba. Las personas no cambiaban por completo, siempre quedaba algo de lo que eran. Él lo sabía, aceptaba ese hecho sin quejarse. Si habría un cambio tendría que ser para bien y no para mal.

Las lágrimas caían en una lenta procesión, no había sollozos y su cuerpo ni siquiera se estremecía por los llantos. Yuuri lloraba en silencio. Los recuerdos danzaban por su mente haciéndolo sentir miserable, las palabras quedaron atoradas en su garganta y las promesas bullían queriéndose hacer presente en forma de doloras frases.

—Estoy entre un bien y un mal —musitó, su voz tenía un ligero temblor—. No sabría decirte cómo me siento, pero pudo decir que estoy mejor que hace un mes.

Le sonrió antes de secarse las mejillas con el dorso de sus manos, y con delicadeza se restregó los ojos. Phichit lo miró con alivio, pero en su mirada también vio furia y pena, aunque éstas desaparecieron con la misma rapidez con que se hicieron presente.

—Tranquilo, pronto volverás a sentirte como si nada de esto hubiera pasado —Phichit habló con dulzura—. Vamos, que con lo que te vi hacer, dejarás a todos con la boca abierta. ¡Katsuki Yuuri la leyenda viviente de Japón!

El grito entusiasta le sacó un par de risas llorosas. Y así el moreno lo hizo reír hasta que volvieron a la posada. Vio a su madre sonriéndole con cariño y a su padre mirándole con alegría. Después de verlo triste por varios días, rondando como un ser sin vida, podía imaginarse el alivio que sentían sus padres al verlo reír como si nada. Se sintió culpable por preocuparlos.

Así que les dedicó una suave sonrisa antes de volver su mirada al tailandés, quien por cierto, aún seguía con movimientos elocuentes contándole una historia sobre sus hámsteres.

Esa noche cenaron, conversaron y se dieron un baño en las aguas termales. Yuuri se sentía en un estado de embriaguez aunque no por beber alcohol, más bien por la calma que sentía. El calor de las aguas y el ligero viento hacían estremecer su cuerpo. Le encantaba bañarse y relajarse en ese lugar.

—¿A dónde dormirás? —le preguntó curioso.

—Oh, tu madre me asignó la habitación de...

Silencio fue lo que hubo. Y él se dio cuenta porqué. Asintió de acuerdo dedicándole una pequeña sonrisa de boca cerrada para tranquilizarlo. No podía vivir toda su vida martirizándose por algo qué no pudo ser.

Unas horas después se hallaba en su cama mirando el techo. La luz de la luna incidía en su rostro y unos cuantos halos iluminaban su habitación. Las estrellas titilaban en el manto nocturno, el susurro del viento lo adormecía. Sus ojos se cerraban por el cansancio, se dio la vuelta para cerrar la cortina de su ventana y dormir hasta el día siguiente. Esperaba cumplir ese hecho esta noche.

El calor de las mantas, la voz suave que le cantaba en sus memorias y el ulular de un búho hicieron su trabajo. Cayó dormido y esa noche no tuvo sueños.


N/A: Bieeen, espero que les haya gustado. Intentaré actualizar otro capítulo más tarde, pero no prometo nada.

Espero su opinión, crítica, etc…

Cuídense, nos vemos n.n