Watashi no Kokoro no Yami

2ª Saga: Juntos.

Encontrando respuestas.

Cerré los ojos y me dispuse a navegar en busca de respuestas, en busca de aquel pirata que no veía desde hacía mucho tiempo atrás.

Llevábamos ya varias horas navegando, ninguno de los dos habló en ningún momento, simplemente no era necesario hablar, el silencio lo decía todo. Yo seguía algo enfadada con Ace por no haberse puesto en contacto con nosotros, pero igualmente quería hacerle saber que estaba encantada de volver a verlo, pero no me salían las palabras.

— ¿No estás contenta de volver a verme?—Soltó él, de repente.

—Por supuesto que sí lo estoy. Solo que… muchas cosas cambiaron desde que te marchaste—. Contesté algo afligida por ocultarle lo sucedido hace tres años. Ninguno de los dos habló más pero Ace se metió en mi barco y se sentó a mi lado, después me besó. Era un beso cálido y suave, era uno de esos besos que nadie más puede darte aparte de tu alma gemela. Era un beso embriagante que me hacía querer más y más, me hacía perder el sentido. Esteba confusa, muy confusa; mi corazón estaba dividido y yo no sabía a qué parte hacerle caso, no sabía cuál de los dos hombres era el indicado para mí. Pronto el beso se tornó apasionado y hambriento, tantas eran las emociones y tan poco satisfactorio era el contacto… Era nuestro primer beso en años y había que recuperar el tiempo perdido. El oxígeno se terminó a los dos minutos de estar besándonos y nos separamos con lentitud. Ace posó su frente sobre la mía y me miró a los ojos. Ace tenía unos profundos ojos grises, de un matiz que no había visto nunca, eran tan expresivos… y ahora se notaban hambrientos.

—¿Aclara esto tus dudas?— Definitivamente no, esto solo me confundía más. No sabía que responder, una parte de mí estaba deseosa de probar sus labios nuevamente y otra me recordaba el por qué de mi salida a la mar.

—Yo… necesito tiempo, Ace. Necesito aclarar las cosas conmigo misma antes de pensar en una relación seria, Portgas—. Aclaré mientras le daba un pequeño golpe en el costado para que mirara hacia atrás—. Llegamos... ¿Pero qué demonios?

Fin Ino's POV.

El pequeño barco propulsado por el fuego del segundo comandante se acercaba con rapidez hacia el barco que se divisaba en el horizonte. Era grande y blanco, con un mascarón en la proa con forma de ballena de un color blanco marfil. Era el más grande de los tres barcos que podían divisarse, no había muchas diferencias con ellos salvo el color de la ballena y el tamaño. El sol brillaba y por su posición podía saberse que era el mediodía, no había ninguna nube en el cielo y la temperatura era algo sofocante pero agradable.

El barco era conocido por todo el mundo –Moby Dick se llamaba- y su sola mención hacía temblar hasta a el más poderoso de los piratas. Pero no era el barco en si lo que causaba tanto temor en los piratas, no, era su tripulación. Y no era para menos, pues muchos de los hombres más poderosos del mundo se hallaban en dicho barco y, su capitán era, nada más y nada menos que Edward Newgate, más conocido como Shirohige. Su tripulación no podía ser más variopinta, pero no por ellos dejaban de ser poderosos. Los dieciséis comandantes eran muy poderosos y corría el rumor de que no había barco alguno en los mares que pudiera hacerle frente a los dieciséis comandantes juntos.

En poco tiempo Ace llegó a su destino, extrañamente, solo. Sus compañeros, amigos y subordinados lo recibieron con gritos de júbilo y alegría por su reciente llegada y por lo que ellos creían como victoria.

—¡Ace-taicho!—Gritaron a coro sus subordinados. Marco y Sacchi se acercaron a él algo confusos pues, supuestamente Ace no vendría solo.

—Bienvenido de nuevo, Ace. ¿Que no era que vendrías acompañado?—Habló Marco, sereno como siempre.

—Sí, además una muy buena compañía…—Dijo Sacchi sin descaro alguno.

—¡Idiota!—Exclamó Ace golpeando a Sacchi en la cabeza—. ¡Qué es mi hermana, hombre!—Hubo un silencio sepulcral al Ace gritar aquello.

—¿T-tu hermana es Ino Yamanaka?—Inquirió un impresionado Sacchi—. Entonces tú no heredaste la belleza como ella—. Bromeó.

—Pues, sí. Y, para tu información, no somos hermanos de sangre, tan solo de honor. Como Luffy, nosotros crecimos juntos.

—Wow, entonces… si no es tu hermana de sangre… ¿ya te la has…—Sacchi no pudo continuar su pervertida frase cuando Marco muy oportunamente lo interrumpió, salvándole el pellejo.

—Y… ¿dónde está?

—Pues, es algo curioso… Ella compró una pequeña barca y… se hundió.

—¡¿Y tú la dejaste ahogarse, idiota?—Gritaron todos a coro.

—¡Claro que no! Ella me dijo que se las arreglaba sola pero no sé donde se metió. Antes iba tras de mí…—Ace no pudo continuar hablando pues observó como sus compañeros elevaban la cabeza anonadados y con la boca abierta siguiendo un movimiento. Pronto una sombra apareció imponente en el barco, el cual se meció suavemente ante el peso del ave envuelto en llamas negras y cobalto que se había posado delicadamente en la barandilla.

—¿E-es ella?—Preguntó Sacchi, observando la hermosura de aquella ave. Si la comparaban con la forma fénix del primer comandante se podía ver que la de éste era mucho más pequeña que el ave que tenían ante sus ojos; le cuadruplicaba en tamaño. La hermosa ave comenzó a desaparecer para dejar paso a la mujer más hermosa que aquellos piratas habían visto en su vida. Sus cabellos eran rubios platinos y caían sueltos en cascada por la espalda hasta terminar suavemente un poco más abajo de las caderas. Tenía una tez blanco marfil que brillaba como un diamante bajo la luz del ardiente sol y su rostro irradiaba vitalidad, fuerza y felicidad. Sus ojos eran grandes y expresivos, de un hermoso azul eléctrico hipnotizante, sus ojos eran el mar en los que todo hombre desearía perderse. Tenía unas facciones finas, una nariz firme y unos labios ni muy gruesos ni muy finos. Su figura esbelta y delicada era comparable a la de una diosa, todo estaba en su lugar correspondiente y con las medidas perfectas. Tenía una cintura de avispa que completaba su figura de reloj de arena y unas piernas largas y bien torneadas.

La vista de todos y cada uno de los hombres del barco se encontraba sobre la bella mujer que tenían delante. La gran mayoría la miraba con deseo, otros muchos –los que se atrevían- la miraban de arriba abajo y sin descaro, como era el caso de Sacchi.

—Así que esta es la famosa hermana de Ace… Encantada de conocerte, señorita—. Hablo Sacchi con voz melosa arrodillándose y besándole la mano con delicadeza—. Mi nombre es Sacchi y soy el comandante de la cuarta división.

Ino lo miró extrañada, ningún hombre se había atrevido a aquello nunca e Ino no sabía cómo reaccionar; si amenazarle, gritarle, sentirse alagada, o acosada, o simplemente, si debía cortarle la mano al hombre por cometer semejante estupidez.

—E-encantada… Soy Ino, Ino Yamanaka—. Habló más para los demás que para Sacchi en particular mientras lo miraba incómoda. Ace estaba con la boca abierta, aún sin creérselo. Él hubiera pensado que Sacchi terminaría sin su mano pero Ino incluso… ¿¡Le sonrió!, ¿y además tartamudeó? Ace, no sabía que pensar.

Pronto los demás comandantes fueron presentándose uno a uno hasta que solo quedó Marco. Hubo un tenso silencio cuando fue su turno, ni uno ni otro habló, tan solo se escudriñaban como esperando algún movimiento. Ino fue la primera en moverse, dejando a todos con los ojos como platos y la boca contra el suelo… ¿¡ella lo había abrazado!, ¿¡y Marco le correspondía!

—Han pasado muchos años, Marco—. Dijo ella con una sonrisa separándose del comandante—. Me alegra verte de nuevo.

—Sí, realmente fue mucho el tiempo. Encantado de verte de nuevo, Ino—. A muchos de los piratas allí presentes les pareció que las palabras del primer comandante tenían doble sentido, pero lo descartaron rápidamente sabiendo de quien se trataba.

—¿Vo-vosotros ya os conocíais?—Inquirió Ace, asombrado y completamente anonadado.

—Sí, lo conocí hace… ¿Cuántos años ya?, ¿diez?, ¿once? Él me salvó de morir ahogada una vez, curiosamente el día en que mataron a mi padre…—Su voz ya no estaba calma, algunos piratas débiles se desmayaron, otros empezaron a retroceder y los restantes se quedaron petrificados. El tono de voz usado por Ino era demasiado tranquilo hablando de lo que estaba hablando y se notaba su molestia al ver que tenía el Haki activado—. Hay muchas cosas que recuerdo de aquel día pero, la que más recuerdo es la bandera de los piratas que asesinaron a mi padre. Curiosamente es muy parecida a esta… por no decir la misma.

Ahora el Kuroi Me de Ino estaba activado, Ace previendo que Ino intentara matar a alguien puso su mano sobre su hombro, recordándole por que estaban allí.

—Pero los tiempos cambian—continuó—, y la era de mi padre tendría que terminar en algún momento. No me interesa la venganza, tan solo la verdad de aquel ataque absurdo—. Habló dirigiéndose esta vez al colosal hombre que estaba sentado en un trono gigante, observando cada uno de sus movimientos.

—¡Gurararara! Inoichi era un enemigo considerable a eliminar. Lo malo es que tú te llevaste su herencia. Tampoco íbamos a matarte, pero en ese entonces parecías más avispada aún que ahora, supongo que el trauma de ver a tu padre morir influyó mucho en tu carácter, Yamanaka.

—Que… ¡qué no ibais a matarme! ¡Blasfemia! Todavía recuerdo esa noche como si fuera ayer y de no ser por Akagami ahora estaría muerta—. Gritó ella, comenzando a perder los nervios.

—Ese idiota de Akagami… siempre metiendo las narices dónde no le llaman. Solo habrías muerto si no hubieras presentado resistencia desde el principio, pero perseguirte se hacía un juego muy divertido—. Shirohigue estaba tratando de que ella entrara en su juego, de que ella explotara—. Si no hubieras opuesto resistencia te habrías convertido en una cobarde como tu padre.

Edward no pudo seguir hablando pues tenía a una enfurecida Ino a unos centímetros de su rostro.

—¡Cállate, viejo estúpido! ¡MI PADRE NO ES NINGÚN COBARDE!—Ino estaba fuera de sí. Hubo una explosión y todo se llenó de humo rápidamente. Cuando se disipó, todos observaron anonadados la escena que tenían ante sus ojos. Ino había desenfundado una guadaña de unos dos metros y medio con la que había cortado -literalmente- las aguas. El golpe no iba dirigido hacia allí, pero Barbablanca había desviado el ataque con su Bisento. Ino estaba envuelta en llamas y sus ojos ya no eran azules, no, ahora eran del negro más puro y oscuro. Sus ropas empezaban a desgarrarse debido al vacío que empezaba a hacerle cortes a Barbablanca.

Ino reculó hacia atrás de un salto mortal para evitar un ataque de Barbablanca que la habría rebanado en dos de no ser por sus rápidos y efectivos reflejos y calló ágilmente en la proa del barco.

—Venga, Yamanaka.¡ Muéstrame tu verdadero poder!

—¡Cállate, maldita sea!—Algo despertaba en el interior de la chica. Su pelo empezaba a tornarse negro y la oscuridad ascendía girando sobre su cuerpo la guadaña ahora era de un negro brillante y había aumentado considerablemente de tamaño. Ino parecía luchar contra ese poder, pero era evidente que no podría mantener el control durante mucho tiempo.

—¡Deja fluir ese poder, Ino!, ¿es que eres una cobarde como la hiena de tu padre?—Eso fue la gota que colmó el vaso.

—¡Cierra la maldita boca!—Y, con ese grito, Ino cayó presa de un poder inimaginable. Ino estaba inconsciente pero algo se había adueñado de su cuerpo. Ahora sus ropas eran completamente negras, al igual que su pelo, que flotaba levemente en el aire. En su rostro había una sonrisa orgullosa, cínica y superior y sus ojos denotaban la maldad más infinita e imparable. Todos, incluidos el primer y el segundo comandante tuvieron que esforzarse en no ceder ante la impresionante fuerza del Haki de aquella presencia.

—Hasta que por fin apareces… Kurayami.

—¿Tienes algún problema, viejo? ¿Deseas que termine con tu sucia y despreciable vida en este mismo instante?—Preguntó con una voz tranquila y autosuficiente, como si lo que estuviera diciendo y a quien estaba amenazando fuera lo más normal del mundo. Whitebeard la miró expectante durante unos segundos cargados de tensión, después, atacó. Su Bisento rasgo el aire y se produjo una explosión. El cuerpo de Ino estaba allí como si tal cosa, no se había movido ni un centímetro.

—Tan impresionante como la última vez—. Barbablanca meditó algo durante unos momentos y luego continuó—. Ahora márchate, ya he comprobado lo que tenía que comprobar.

—¿Te crees que es tan fácil, vie…—no siguió hablando pues una cachetada resonó en el ambiente y el cuerpo de Ino volvió a la normalidad. Nadie había movido un pelo, Ino recuperó el conocimiento y se pegó a sí misma para recuperar el control sobre su cuerpo—. Si eso… arf… era lo que… arf, arf… querías en un principio… arf… sólo tenías que haberlo… arf… pedido—Habló con dificultad una Ino ahora consciente. Sus ropas estaban algo desgarradas y sus ojos volvían a ser azules, su pelo ya no era negro, sino rubio y la guadaña había desaparecido, dejando tres pequeños bastones de metal en su lugar. Al final, el cuerpo de Ino acabó cediendo y ella perdió la consciencia mientras caía.

—Llevadla a la enfermería—. Dijo únicamente Barbablanca antes de ir a sentarse a su trono. Ace y Marco pronto corrieron a ayudarla, seguidos de un preocupado Haruta y un conmocionado Sacchi. Ace la cogió en brazos y la llevó a la enfermería preocupado. Nunca había visto un despliegue de fuerza tal por parte de Ino y había muchas cosas que estaba deseoso de preguntarle.

Por su parte Marco los acompañaba algo más sabio en el tema, pues sabía porque Padre había actuado de esa manera y quien era esa presencia oscura. Justamente por eso la habían llamado, contar con alguien de ese poder que es capaz de sobrevivir a un enfrentamiento directo de Barbablanca… no había muchas personas en el mundo que pudieran hacerlo.

Entraron en la enfermería de golpe, sorprendiendo a las enfermeras que estaban allí al traer a una chica inconsciente en los brazos. Ace la depositó con suavidad en una camilla y esperó a que las enfermeras la revisaran por completo fuera de la habitación.

—¿La habías visto alguna vez así?—Preguntó Marco, de repente.

—¿Eh?—Ace estaba en su mundo—, no. La verdad nunca… ella nunca… ella nunca se puso así en los diez años desde que la conozco. Esto es bastante nuevo para mí. ¿Quién es…

—…Kurayami? Es una presencia que pasa de portador a portador de la Shi Shi no Mi. Es poderosa, capaz de batir a Barbablanca con pensarlo, eso ni lo dudes. No le sería necesario ni mover un dedo para acabar con todos los Yonkou de una.

—¿A qué te refieres?

—A que no Ino, sino Kurayami controla la vida y la muerte y, si ella lo desea, puede matar hasta al más poderoso de los piratas con tan solo pensarlo. Esa es la verdadera esencia de la Shi Shi no Mi. Controlar tanto la vida como la muerte. —Explicó Marco.

—Entonces… Kurayami puede tanto matar como resucitar a la gente, ¿verdad?

—Inoichi nunca resucitó a nadie, por lo que sabemos. Así que no es seguro eso de que pueda resucitar a la gente. Porque eso implica ganarle al tiempo, ganarle al destino y a la vida. Y no creo que pueda ser capaz de hacer eso sin algún sacrificio.

—Ahora lo recuerdo…—susurró Ace.

—¿Cómo?

—Que ahora lo recuerdo. Ella hizo algo parecido… Mierda, Sabo.

—¿Sabo?, ¿Quién es Sabo?

—Nadie Marco, no es nadie—. Los dos piratas se giraron bruscamente al reconocer a la dueña de aquella voz.

—¡Ino!, ¡estás despierta!

—Claro, baka. Felicidades, te has ganado el premio a la inteligencia—. Dijo ella con evidente sarcasmo en la voz.

—¿Cómo te encuentras, Ino?

—Supongo que bien, algo cansada pero bien. Ace, ¿puedes traerme mi bolsa?

—Sí, supongo que sí—. Dicho esto el segundo comandante salió de la estancia. Hubo un tenso silencio hasta que Marco se acercó hasta donde estaba Ino y se sentó en la cama. Después, la abrazó. Marco sabía que la sonrisa de Ino era falsa, que las palabras de Barbablanca en realidad le hicieron mucho daño.

—Debes saber que él no lo hizo para herirte, no había otra manera de que perdieras el control.

—Lo sé, pero… Todavía tengo una pregunta, ¿por qué, Marco?, ¿por qué me salvaste aquel día?

—Porque aún no era el momento. Podía sentir el poder que poseías, Ino. Aunque la segunda vez tuviera unas ganas incontrolables de llevarte con nosotros aún no era el momento—. Reveló Marco, acercando su rostro al de Ino.

—M-marco… ¿qué estás…—de pronto la puerta se abrió violentamente. Obligando a los dos jóvenes a separarse rápidamente. El segundo comandante metió medio cuerpo adentro sin mirar la escena que tenía delante. Su cabeza pasaba por el umbral de la puerta y parecía estar muy enfadado.

—¡Que no, Sacchi!, ¡no te dejaré verla ahora, pesado!—Dicho esto cerró la puerta tras e sí y soltó un suspira cansado—. Pero que plasta, kami-sama. Aquí tienes tu bolsa, Ino—. Habló lanzándosela a la cama.

—Gracias, Ace. Ahora fuera de la habitación los dos.

—¿Por qué?—Preguntó, Ace algo molesto mientras Marco se levantaba y caminaba hacia la puerta con una sonrisa.

—Porque, querido Ace, no es correcto que un hombre esté en la misma habitación donde hay una mujer cambiándose—. Habló él con una risita mientras salía por la puerta.

—Oh…

—Venga, fuera—. Los dos hombres se fueron cerrando la puerta tras de sí y dejándole un poco de intimidad a la joven para cambiarse con tranquilidad.

Ino se levantó con dificultad de la cama y comenzó a quitarse las ropas rasgadas para cambiarlas por unas nuevas. Su atuendo era sencillo, consistía en unos shorts vaqueros bastante cortos que no dejaban mucho a la imaginación pero sin dejar de ser decentes la parte de arriba de un bikini negro y plateado que se ataba con cintas alrededor de su cuello y espalda y una chaqueta negra que le llegaba hasta los codos. Llevaba también unas botas hasta un poco más abajo de las rodillas y unas medias negras hasta la mitad del muslo. Se recogió su frondoso pelo en una coleta que ya no era como las que llevaba de adolescente, a sus dieciocho años tenía el pelo muy largo y con mucho volumen. Un mechón de pelo rubio caía a un lado del ojo izquierdo donde ella conservaba una cicatriz a lo largo de éste. No se maquilló, pero al dirigirse al espejo de la habitación para observarse sus facciones se endurecieron y su mirada se congeló, ante ella se alzaba el reflejo de Kurayami, aquella -según Ino- fulana que nunca la dejaba en paz y que luchaba por obtener el control de su cuerpo y mente. Una sonrisa de autosuficiencia se dibujó en su rostro e Ino no aguantó más. Le pegó un puñetazo al espejo y lo lanzo al otro extremo de la estancia mientras se partía en mil pedazos, pero allí aún estaba reflejada Kurayami, Ino sentía que no iba a poder controlarse mucho más.

Marco y Ace iban de camino a la enfermería para ir a ver cómo le iba a la hermana del segundo cuando un grito y un golpe resonaron en el aire.

—¡Déjame en paz!—Marco y Ace intercambiaron miradas y empezaron a correr a la enfermería.

—Maldito Sacchi, como se haya atrevido a hacerle algo…—amenazaba Ace. Lo peor fue que se encontraron con Sacchi saliendo tranquilamente de su camarote.

—¡Mierda!—Gritó Ace exasperado, tenía que ser otro miembro de la tripulación o tal vez…

Los dos comandantes llegaron a la enfermería en menos de lo que canta un gallo y abrieron la puerta con brusquedad. En una esquina de la estancia Ino estaba hecha un ovillo mientras murmuraba algo y se escuchaba el sonido de algo romperse, parecido al cristal. Sí, cristal, había miles de cristales esparcidos a su alrededor y la mayoría estaban rotos o pulverizados. Ino sostenía uno del tamaño del ojo humano y lo miraba con insistencia, para después romperlo en sus manos que, por cierto, estaban cortadas y llenas de sangre.

—¡Ino!, ¡¿qué demonios ha pasado aquí?—Exclamó Ace llegando junto con Marco en dos zancadas hasta donde se encontraba la chica.

—Esa maldita ha vuelto. La voy a matar, la voy a matar—. Repetía ella, como absorta en el reflejo de otro cristal que había recogido del suelo. Marco se arrodilló a su lado y observó el reflejo, un ojo negro de apariencia peligroso observaba atentamente a Ino, luego mostraba una sonrisa orgullo con dientes blancos y después volvía a aquel ojo. El cristal se quebró entre sus manos pero esta vez no lo soltó sino que, como por arte de magia, lo hizo desaparecer, lo borró del mapa junto con los demás cristales que estaban regados por el suelo.

La chica cerró los ojos y con cuidado se levantó, luego volvió a abrirlos y se dirigió al lavatorio ahora sin espejo en el que mirarse y se lavó las heridas. Los dos hombres la miraban en silencio, sin saber exactamente qué decir. Ino se dirigió al botiquín y se limpió un poco las heridas de ambas manos y luego las vendó con algo de dificultad. De su bolso cogió un par de guantes de cuero negro sin dedos y se los colocó, no sin hacer una mueca de dolor. Mientras seguía hurgando en su bolsa unas llamas negras rodearon sus brazos y descendieron hasta sus manos, curándolas al instante.

De la bolsa también sacó un cinturón que se colocó en la pierna con tres huecos donde metió los bastones de metal. Levantó la cabeza y miró a los dos hombres y se encaminó a la puerta.

—Lo siento…—dijo en un susurro—. ¿Pensáis quedaron ahí parados o me enseñaréis el barco? —Añadió con una sonrisa mientras los esperaba fuera de la enfermería. Ace y Marco tardaron en reaccionar pero con un asentimiento de cabeza salieron detrás de la chica dispuestos a enseñarle el barco.