2. La decisión era clara...
—Ese gato no entrará a la casa —sentenció, arbitrario, Ango, respecto al felino y a la mirada suplicante de los niños, que como es de imaginarse, arremetieron con mil quejas provenientes de una aplastante y sencilla lógica infantil, dándole una pelea digna de serie de abogados.
Lamentablemente los pequeños tenían las de perder, y el fallo se mantuvo inamovible.
Su arma secreta, Oda, dio un paso al frente con valor, y retrocedió intimidado por el líder de la casa que llevaba su apellido.
El gato, al que llamaron Dazai, en honor a una marca de vendas y por el efecto que ofrecían sus manchas blancas; se estiró en una avalancha de ternura dirigida a Ango, pretendiendo revocar su decreto al son de: "soy demasiado tierno para que te niegues".
El corazón del fiscal cedió un centímetro y se paró firme tres, sin importarle esos ojos que lo desafiaban blandiendo un hechizo de dulzura desenfrenada.
Dazai bostezó, retirándose a los matorrales del patio, en donde había establecido su guarida provisional. Hay guerras que se ganan a pequeñas luchas y retiradas, y en ese punto de la acalorada discusión, era hora de hacer una retirada estratégica.
—¿Por qué no puede quedarse dentro? —cuestionó Shinji, no a modo de insistencia directa, sino apelando a las pruebas, más lógico que el resto, más parecido a Ango, quien desvió la mirada acomodándose las gafas, evitando su encanto.
—Porque puede tener pulgas y no está desparasitado.
—¡Papá puede comprarle un collar anti-pulgas y llevarlo a que le piquen las pompis! —resolvió triunfal Sakura, tirando de la manga de la gabardina del profesor.
—Claro, y a mí me cargan el paquete —se quejó Oda, sonriendo trémulo, rogando por clemencia ante el aura asesina de su esposo, que advertía: "apóyalos y duermes con el gato".
Vencidos, niños y padre, se fueron a la escuela rezongando a murmullos.
A dos semanas de la tormenta, en su día libre, a Ango le apetecía disfrutar de la calma de su hogar. Dejó la casa limpia y la comida lista, y se sentó en la sala, libro en manos. Un tomo delgado, un clásico literario de autor anónimo: "Repudiados".
Bebiendo sorbos de té para pasarse las letras de esa literatura de aura pesimista y decolorada, indudablemente magnifica, tardó en notar cierto ruido.
Se levantó del sillón, se giró, y vio hacia la ventana de la sala. Una sombra pegada a mitad de vista le hizo dar unrespingón.
Sus ojos regularon la luz y definieron la figura que se había montado en los arbustos —sembrados en los parterres debajo de la ventana—, saltado al alfeizar y encajando las uñitas en la malla, que permitía el paso del viento y no de los mosquitos de la temporada de lluvias.
Dazai, ¡el condenado gato!, trepaba por el mosquitero.
De la sorpresa pasó a la furia y después a la preocupación, cuando el minino, desesperado, maulló al no encontrar la forma de bajar sin caer descuidada y peligrosamente.
El fiscal, que era duro, mas no de piedra, corrió a socorrer al pobre y al sostener su diminuto y cálido cuerpo, devolviéndolo al suelo, lo supo: el gato conseguiría entrar en la casa.
Notas:
Mi gato negro (Bon) empezó lo que después sería considerada una "tradición familiar" entre los gatos que hemos tenido, y los que aún tenemos: trepar el mosquitero de la puerta. ¡Tienen complejo de Spider-Man!
Al inicio eso nos daba cada susto, porque en las madrugadas trepaban y era un sonido de película de terror. Aún es un sonido de película de terror, pero al menos ya nos acostumbramos.
