17. La vida sigue…


Bostezó y se estiró arañando el borde de la cama redonda donde, de alguna forma, habían conseguido apiñarse Dazai, Chuuya y ellos. Hallando un resquicio en el montón de pelaje, se sentó en sus cuartos traseros meciendo la cola. Lamió la pata derecha y la pasó por detrás de su oreja, mimo rápido olvidado al ver que, del ovillo creado por Dazai y Chuuya, emergía un despeinado Akutagawa.

—¿Listo para continuar explorando? —estaba de buen humor. Hacía días que comía bien, que dormía en un lugar calientito y seguro, con mucho espacio para jugar, condiciones que podía alegrarle la vida a cualquiera.

—¿Contigo? —refunfuñó altanero el aludido.

A cualquiera menos a Akutagawa. Él siempre estaba amargado.

—Conmigo o con los cachorros de humano, como prefieras —respondió Atsushi, haciendo lo posible por evitar que las malas pulgas de su compañero obligado se le pegaran.

Tomando su respuesta a insulto, dado su desagrado por los cachorros de humano, Akutagawa bufó. El gesto no le duró mucho, casi enseguida la punta de la cola de Dazai lo reprendió.

—Sin peleas —sentenció en murmullo, colocando una pata encima de Chuuya, gesto protector del sueño ajeno.

Incapaz de llevarle la contraria, Akutagawa amasó la cama y asintió.

Atsushi intentó no reír. El arisco gato se amilanaba a fuerza de la devoción profesada a Dazai, a una sola indicación proveniente del mayor.

—Vamos —lo urgió empujándolo con el hocico para encaminarse a la aventura.

Una vez tocaron las baldosas del suelo, sus sentidos se activaron desatando un torrente de energía que los llevó a dar tumbos. Mininos con una oportunidad de ser felices, de estar a salvo.

Akutagawa y Atsushi fueron rescatados por Ozaki cuando uno fue lanzado a la calle como mercancía indeseada por una veterinaria, al considerar que no sobreviviría lo suficiente para ser puesto a la venta; y el otro al ser arrojado aun canal, dentro de una bolsa de plástico junto con sus hermanos recién nacidos, siendo el único superviviente.

Ozaki los encontró por casualidad, se hizo cargo de ambos manteniéndolos en secreto, evitando la animadversión de los callejeros. Una boca más en las calles significaba menos comida. Por suerte, Dazai y Chuuya los descubrieron cerca de su territorio, una tarde soleada mientras jugaban aventurándose fuera de los arbustos. Por fortuna, supieron lo que tenían que hacer: adoptarlos. Por desgracia, eso implicó un adiós a su salvadora.

Los pequeños se acomodaban en su hogar, enredándose en los pies del fiscal cuando bajaba a hacer el desayuno y trepando en los del maestro cuando servía su comida, disfrutando la guía de Dazai y la protección de Chuuya.

En la pausa entre bocados, los ojos llenos de lágrimas en agradecimiento por tener el estómago lleno y ser capaces de desprenderse del miedo, los mininos recordaban a Ozaki y soñaban despiertos con un mañana amable.


Notas:

Y con esto llegamos al final de Historia de un Gato.

Gracias por haberme acompañado a lo largo de las peripecias de estos mininos, por haberme permitido presentarles, a través de Dazai y Chuuya en versión mininos, a mi Bon y a Dui.

Bon —en especial— y Dui, fueron más que mascotas para mí, y su ausencia me pesa a diario. A pesar de los años que han transcurrido, me descubro de vez en cuando llorando por ellos, anhelando sus locuras. Poder escribir y compartir sus aventuras, aunque sea en algo tan "sencillo", ha sido maravilloso y me ha dado la oportunidad de revivir la alegría de esos días.

Escribiendo estas notas lloro de gratitud hacía mis gatijos por haber entrado a mi vida, de agradecimiento a mi beta por haberme dado la idea, y con ustedes por el cariño que les demostraron en sus comentarios.

Si tienen gatos, perros o lo cualquier otra "mascota", denles un fuerte abrazo. Ámenlos y cuídenlos mucho, por favor, que no sean mascotas, que sean familia, porque esas dulces almas se lo merecen. Ámenlos y denles un abrazo de mi parte, porque lamentablemente yo ya no puedo darles esos abrazos a quienes quisiera, a mis niños.

Los quiero y nos seguimos leyendo.