Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo I

10 de abril, 1970

El sol se coló por entre los visillos de encaje blanco. Kagome abrió los ojos poco a poco con pereza. Los trinos de las distintas aves la hicieron sonreír. Le encantaba su nuevo hogar. Después de marcharse aquel día de su última discusión con Kouga, hace ya casi un mes, Sam, Lucy y ella habían tomado el primer bus que partía desde la capital hasta el pueblo de Conner, luego de que el director hiciera el traslado a la escuela rural. Agradecía a Dios todos los días, puesto que las cosas se dieron de tal manera, que todo resultó muy rápido. En realidad, la oferta del traslado se la habían hecho hace bastante tiempo, pero obviamente ella no podía aceptar.

Se levantó de la cama y se puso su camisón, feliz. Estaba lejísimos de todo, a miles de kilómetros de la ciudad más grande y atestada del país. Respirando aire fresco. Dándole a sus hijos un ambiente sin tensiones. Aunque el clima era bastante más frío y húmedo en el pueblo, este era mucho más cálido y acogedor.

Tal como lo predijo, su tía la recibió con los brazos abiertos. Era una mujer muy amable, quien vivía con su hija menor Rin, de veintidós años. Puesto que Kagome tenía veinticuatro, las primas se llevaban estupendamente. Pero no podía abusar de la hospitalidad de su tía Kaede y de Rin por demasiado tiempo. Es por eso que le pidió de favor a su prima que le ayudase a buscar una casita pequeña para arrendar mientras veía otra con el tiempo. Su prima la llevó a ver una casa el mismo día en que se lo pidió.

–La suerte está a tu favor, querida prima–. Le dijo con una sonrisa, abrazándola por los hombros. –Esta casa –indicó con su mano hacia el frente, hacia una casa mediana de madera y con tejado inclinado, rodeada de flores y árboles algo descuidados–, está en arriendo hace tres meses. Los dueños, ingenieros por cierto, venían aquí a pasar las vacaciones de Navidad. Pero la están arrendando, ya que se van a vivir a Italia indefinidamente–. La miró con una sonrisa aún más deslumbrante que la anterior y apretó el agarre. –¡Solo es cuestión de que les mandes una carta y se junten a hacer el acuerdo!

Kagome también la abrazó con fuerza.

–Muchísimas gracias, de verdad–. Se giró para admirar el lugar. –Es el sitio más precioso que me habría imaginado para vivir. Bueno, al menos espero poder contar con el dinero y que no haya otro presunto arrendatario.

–Oh, no te preocupes. Nadie la quiere, estoy segura. Nadie se interesa por vivir aquí en Conner. A menos, claro, que sea un médico o, como en tu caso, un maestro nuevo. Está demasiado lejos de todo. Solo quedamos los que nacimos acá; aunque algunos van a la ciudad cercana a estudiar.

Kagome le sonrió y le volvió a echar un vistazo a su, Dios lo quisiera, futuro hogar. Era hermoso, así de simple. Para acceder tenía una reja de pino tallada muy pintoresca que daba paso a un caminito de piedras llanas. El resto de la entrada era pura hierba y flores. Se veía que la casa era de dos plantas, así que no faltaría espacio para ella y los niños.

Miró su reloj de pulsera y se volvió hacia Rin.

–Estoy convencida de que la casa por dentro me dejará aún más fascinada que su fachada. Me comunicaré con los dueños. Mientras tanto, será mejor que nos apresuremos, los niños deben tener hambre y tía Kaede debe estar cansada.

Y así se habían instalado una semana después en la casa de sus sueños. Y es que era un sueño. ¡Al fin la libertad deseada! Nada de vecinos fisgones ni pesados. En Conner, cada casa estaba a unos cuantos kilómetros de la otra. Bueno, eso hacía todo más lento y dificultoso, pero era algo de lo que no se arrepentiría nunca.

Entró a la pieza contigua a la suya y se quedó parada mirando a sus pequeñines. Decidió dejarlos dormir. Eran las ocho de la mañana, día sábado, y ella no tenía que ir a la escuela. Fue a la gran cocina y prendió la cocina a leña, frotándose las manos. Iba a despertar a los niños con un desayuno exquisito, se bañarían y arreglarían y luego irían de excursión por la zona. Su tía le había comentado que en el pueblo los vecinos acostumbraban a darles la bienvenida a los nuevos vecinos yendo de visita a sus casas con algún refrigerio o presente. Y con mayor emoción ahora, había agregado, ya que no llegaban vecinos nuevos desde hace mucho.

Por ella estaba bien. Siempre era de ayuda tener conocidos, y más ahora. Aunque lo que más le preocupaba en un principio ya estaba resuelto. Su tía se había ofrecido para cuidar a Sam y Lucy, porque se sentía muy sola sin Rin, quien trabajaba en la posada. Su prima estaba haciendo de camarera, ya que estaba ahorrando para comprar una pequeña cabaña cerca del lago, para instalar un restaurante. Kagome le ofreció entonces pagarle a su tía por ese gran favor que le hacía y, a pesar de que Kaede no quería aceptar el dinero, Kagome insistió. No sabía el enorme peso de encima que le estaba quitando con su preciada ayuda, le había dicho. Deje ayudarla yo a usted también.

Luego del desayuno, se quedaron unos momentos junto al fuego jugando al corro de la patata. Kagome bañó a los niños con agua tibia y se dio una helada ducha rápida. Tardaría un poco en acostumbrarse al agua tan gélida del lugar. Salieron tomados de la mano y emprendieron el rumbo sendero arriba, enfilado por raulíes y pinos verdes, con una fragancia deliciosa a bosque.

Se llevó el cochecito y varios juguetes en deferencia a Lucy y a Sam, y fueron todo el camino cantando y riendo hasta llegar a un gran prado salpicado de las flores más coloridas que había visto nunca. Había una gran arboleda para que uno siguiera derecho hasta quedar justo enfrente de la casona de campo más imponente y hermosa que ella hubiera visto jamás. Aunque fue precisamente eso lo que pensó anteriormente de su propia casa. Se quedó largo rato con los niños admirando el lugar. Sam acariciaba un lindo perrito de casa que había llegado hasta ellos nada más verlos y Lucy jugaba entretenida con su pelota de género de varios colores. Kagome se fijó en que, mucho más allá de la casa, había muchas vacas y caballos, con gente montándolos y laborando. Se llevó una mano por encima de los ojos para protegerlos del sol y vio que precisamente un jinete, ajeno a los de labor, paseaba por el extenso y verde prado. El perrito corrió hacia él.

Retomaron el camino con más energía después de la parada. Estaba casi segura de que ya estaban cerca de donde pasaba el río de Conner. Quería mostrárselo a los niños y, quizás, incluso se animarían a mojarse los pies mientras comían la merienda. En eso estaba pensando cuando sintió los cascos de un caballo detrás de ella. Enseguida guió a los niños a la orilla del sendero y volteó para ver de quién se trataba. Era una mujer. Vislumbró una cara muy bonita de ojos marrones y expresivos bajo un sombrero de ala ancha. Se notaba que tenía el cabello marrón oscuro, recogido en una coleta.

–¡Hola! –exclamó. –¿No nos conocemos, cierto? –le preguntó esbozando una sonrisa.

–No, soy nueva aquí. Estos son mis hijos Sam y Lucy. Yo me llamo Kagome Higurashi, mucho gusto –saludó.

La mujer se apeó con gran agilidad del caballo. ¡Qué deleite!, pensó Kagome. Aunque sabía montar, nunca tuvo su propia montura.

–El gusto es mío, desde luego. –Le extendió la mano y Kagome se la estrechó. Luego la muchacha se inclinó y acarició la cabeza de los niños. –Mi nombre es Sango Taisho y soy tu vecina. Vivó allí–. Hizo un gesto e indicó la casona a sus espaldas.

–Oh, es una casa muy hermosa –comentó–. Estábamos paseando camino al río y no pude evitar quedarme viendo maravillada el sitio. Es fabuloso.

–Gracias. Yo también salí de paseo, pero luego me dirigía justamente a tu casa, a hacerte una visita. Fue entonces cuando los vi. ¿Te parece si caminamos juntas al río?

–Por supuesto.

Sango tomó las riendas de su caballo y lo instó a caminar despacio. Le dio una palmada en el cuello y lo acarició.

–Por cierto –dijo-, este es Black; pero me gusta llamarlo Blackie. Y el cachorro que estaba con ustedes se llama Mike.

Sam alzó la mirada hacia Sango y le sonrió.

–Pero su caballo es marrón –adujo el niño. Sango soltó una carcajada.

–Le estoy enseñando algo de inglés –se excusó Kagome. –A pesar de que solo tiene cuatro años, es muy inteligente.

–Mucho –alabó la mujer. –Eres muy listo. Mis hermanos me dijeron lo mismo, pero a mí no me importó. Siempre he querido llamar así a mi caballo y… además, me gusta la reacción de la gente.

Kagome la miró con simpatía. Llegaron al río y merendaron la comida que ella había dispuesto en una canasta. También comieron algo de la tarta de cerezas que Sango llevaba para su visita.

–¿Eres la nueva maestra, verdad? –Más que una pregunta, era una afirmación. –Eso es genial, porque el profesor que había antes era un señor viejo, feo y estirado que no les hacía ni pizca de gracia a los niños.

Kagome se rió con ganas.

–Es cierto –estuvo de acuerdo–. Siempre he pensado que el mejor método de enseñar es agregar un poco de diversión a las lecciones. Considero que no se saca nada manteniendo la distancia con los alumnos o corregirlos con la varilla para sentirnos superiores a ellos. Es justamente lo contrario. ¿Qué hay más bello que compartir el conocimiento?

Hablaron largo y tendido mientras los niños jugaban con sus trencitos de juguete. Conversaron de cómo era el sistema allí en el campo y de las abismales diferencias que tenía con la ciudad. Sango le contó que tenía dos hermanos mayores: uno en la capital, quien ejercía de cirujano, y el otro era quien se encargaba de la granja. Kagome pensó que era una manera muy modesta para llamar a todo ese terreno. Le dijo también, que ella era la veterinaria y trabajaba allí. Le habló de su madre y de su fallecido padre, un hombre de renombre en el rubro de los caballos.

Lucy se quedó dormida en su coche y pudo ver que Sam estaba cansado, por lo que recogieron todo y su nueva amiga se ofreció para acompañarla hasta su casa, llevando a Sam con ella.

Sango se despidió con un abrazo y una sonrisa. Le había caído muy bien. Era una mujer muy inteligente y con un sentido del humor muy refrescante. Tenía una nueva amiga; era un buen comienzo. Al parecer, todos allí eran muy amables y alegres, pensó mientras iba a la cocina a preparar la cena, luego de acostar a los niños.


Holaaa!

Muchísimas gracias por sus amables comentarios y alertas. Me hicieron muy feliz =) Además, pude ver algunos fics de ustedes también, así que me estaré pasando para saludarlas *o* Y para las que quieren que se le dé su merecido a Kouga, no tendrán que esperar mucho muajaja

Bueno, contarles que en el segundo capi va a aparecer nuestro Inu! Jejeje Me hubiese encantado que apareciera en el capítulo primero, pero los sucesos van así. Y… eso: cualquier sugerencia, duda o comentarios, espero sus reviews.

Un besote y muchos, muchos saludos!

P.D.: Para las que son de Chile, no sé si habrán visto la conexión que hay en el nombre del Pueblo Conner. Me daría mucha risa si lo descubriesen.