Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo II

12 de abril, 1970

Hacía un calor insoportable aquel día en Conner, y Kagome suponía que en el resto del país era casi lo mismo. A pesar de que estaban en primavera, la llegada del verano era cada vez más patente. Sin embargo, ella había elegido muy desacertadamente un recatado vestido veraniego color verde sin mangas, el cual le llegaba hasta las rodillas. Un vestido elegido con acierto para el calor, sí. Pero no para los mosquitos que la seguían con insistencia y deleite mientras se dirigía a la escuela. Era terriblemente alérgica. Sus brazos quedarían horriblemente rojos e inflamados, pensó. Tuvo el molesto presentimiento de que aquel sería un muy mal día.

En realidad, ya lo era. Había recibido una enorme mala noticia cuando fue esa misma mañana a dejar a Sam y a Lucy donde la tía Kaede. Esta le informó –no sin cierta tristeza– que ese fin de semana se iría del pueblo por unos meses. Como consecuencia, obviamente, no podía cuidar a los niños. Kagome sintió que se le caía el alma a los pies. El hijo mayor de su tía, Akito, había sufrido un terrible accidente laboral, resultando incapaz de caminar y moverse con normalidad por un buen tiempo, por lo que ella debía ir a cuidarlo.

Kagome solo se limitó a sonreír con comprensión y a transmitirle a su tía la pena que le daba el accidente de Akito. Ahora ella no sabía qué iba a hacer. En la ciudad, a Kouga no le gustaba que deje a los pequeños con su madre, aduciendo que desde el momento en que se habían casado, él no les pediría favores a sus padres. Por lo tanto, ella dejaba a sus hijos en la guardería hasta el mediodía, cuando salía de la escuela. En el pueblo, no había guarderías. Los niños recién entraban a la escuela a los seis o siete años. Ella no tenía más familia que su tía Kaede y sus primos. Sus padres fallecieron la noche posterior a su graduación del Instituto de Maestros cuando ella tenía veinte años, un par de meses antes de quedar embarazada de Sam y casarse con Kouga.

Era como para echarse a llorar.

Apresuró el paso y agitó los brazos a su alrededor, tratando de espantar a los mosquitos al mismo tiempo que esquivaba los charcos de barro del camino. La noche pasada había caído una repentina lluvia primaveral. Rodeó la esquina en la que estaba emplazada la escuela y se fijó que, justo en la entrada, había un increíble semental negro, amarrado a la cerca. Era un ejemplar enorme, alto y hermoso, con su pelaje brillante y bien cepillado. Quizás, se dijo, era del director o alguien más.

Se acercó a la entrada y ya estaba pasando al caballo a la vez que miraba el suelo para no pisar el lodo cuando, sin previo aviso, chocó con algo tan duro, que casi se cae. Casi. Pegó un gritito sin disimulo y se agarró con tanta fuerza a lo que sea con que había chocado para evitar la caída, que el objeto de su colisión fue a dar al suelo… Con ella encima.

–¡¿Podría fijarse por dónde camina?

Kagome levantó la mirada y soltó una risilla nerviosa. Unos ojos ámbar le devolvieron en respuesta una mirada afilada. Se fijó en que el hombre tenía los finos labios crispados, como si tratase de contener la perorata que deseaba soltarle.

–¡Lo siento muchísimo! –exclamó–. Supongo que el caballo lo ocultó de mi vista y estaba tan concentrada en evitar pisar los charcos… que yo… y usted…

Un carraspeo, bastante fuerte en su opinión, interrumpió sus explicaciones.

–Supongo, señora, que eso lo podemos discutir sin que esté usted encima mío… –le dijo con una voz tan varonil y ronca que Kagome tuvo que sopesar sus palabras un momento.

Lo quedó mirando boquiabierta. Y esa no era solo una expresión para denotar su asombro. Sintió cómo se sonrojaba por completo.

–¡Oh! –exclamó de nuevo. Se revolvió incómoda y, como pudo, se levantó de encima.

Miró horrorizada cómo él se levantaba rápidamente y chorreaba lodo por toda la parte de atrás. ¡Dios! ¡Qué bochorno!

Kagome soltó una pequeña carcajada para suavizar la tensión.

–¡Vaya! Parece ser que ha quedado todo embarrado…

El hombre, que hasta ese momento estaba tratando inútilmente de limpiarse con el pañuelo a cuadros que llevaba en su cuello, volvió a dirigirle la mirada, con el entrecejo fruncido a más no poder.

–No me diga –espetó, y siguió limpiándose.

Kagome lo observó con detenimiento, con las manos a la espalda, nerviosa mientras esperaba poder disculparse de nuevo con más decoro. Su alto cuerpo estaba cubierto con una camisa, antes blanca, arremangada en las mangas y unos tejanos ajustados, los cuales lucían igual de sucios. Calculó que debía medir, como mínimo, un metro ochenta (*) de alto. Se fijó también en que llevaba puestas unas botas de montar negras. ¿Era él el dueño del caballo? Suponía que sí.

Era muy guapo. Y ofrecía una estampa muy viril con el ala de su sombrero tapándole los ojos.

–Para la próxima –lo escuchó decir– debería ir con más cuidado, señora. ¡No es para nada agradable presentarse tarde en una reunión y, más aún, todo sucio de lodo!

El desdén en su voz y en su mirada era notable. Igual que su enfado.

Kagome posó sus manos en la cintura y arqueó una ceja. ¿Quién se creía?

–¡Ya le he pedido disculpas, señor!–replicó con énfasis.

Lo oyó dar un bufido y murmurar algo sobre gente descuidada sin nada que hacer antes de que pasara por su lado para subirse al caballo. No se dignó siquiera a mirarla o a aceptar sus sinceras disculpas.

Ella miró hacia arriba, donde el arrogante tipo estaba montado en el caballo.

–¡Es usted un maleducado! –le gritó.

Pero dudaba mucho que la hubiese escuchado. Porque la dejó allí, tosiendo por la tierra que levantó su caballo al partir a galope tendido. ¡Ese hombre era el faraón de la mala educación, sin duda!

Sin poder creer el breve, pero irritable, encontronazo que había pasado hace tan solo unos instantes, se limpió las manos con su pañuelo de lino y entró con grandes zancadas a la escuela pasándose las manos por el pelo, alborotado por la caída.

Tenía razón: aquel día no prometía nada bueno.

Y ni siquiera eran las ocho de la mañana, pensó con ironía.

El clima en Conner varió un poco por la tarde. Empezó a correr un viento fresco muy agradable, el cual mitigaba el calor que reinó durante la jornada. Kagome suspiró satisfecha por la lección de aquel día. Había sacado a los niños al patio trasero de la escuela, que estaba bastante apartado de las demás aulas. Allí, les sentó a la sombra y comenzó a explicarles de manera muy dinámica cómo sumar y restar, utilizando flores, piedrecillas y árboles. Los alumnos habían estado encantados y se pasaron toda la clase entusiasmados sumando sus juguetes y otras chucherías, compitiendo por una barrita de chocolate que la profesora Kagome les obsequiaba si hacían la operación bien.

Regresó a su casa con Sam y Lucy después de almorzar con la tía Kaede y Rin. Decidió que ese día dedicaría algo de tiempo a arreglar el jardín de la casa, por lo que luego de dejar durmiendo la siesta a los niños, salió fuera a trabajar.

Eran ya las cinco de la tarde cuando comenzó a caer una fina lluvia. Predijo que aquella noche sería igual de lluviosa que la anterior. Entró a la casa, se quitó los guantes de jardinería y fue a la cocina a prepararles la leche a sus hijos.

Los despertó y los llevó a su habitación, acostándose en medio de los dos, mientras tomaban la leche. Lucy en la mamadera y Sam en su tacita de ositos.

–Mami –le dijo Sam–, ¿nos puedes contar un cuento?

–¿Cuál cuento quieres, cariño?

Antes de que Sam pudiera decirle su opción, saltó Lucy.

–¡El del Ochito gotón! –pidió.

Sam hizo una mueca.

–Hoy me toca a mí elegirlo, Lucy.

–¡El del Ochito gotón hace reír!

–Además, el del Osito glotón lo contó ayer –le explicó Sam a su hermanita.

–A mí me guta… –adujo Lucy con un tierno mohín.

Sam abrió la boca para replicar.

–Está bien, está bien –interrumpió Kagome, con una tierna sonrisa. –Lucy, Sam tiene razón, el del Osito glotón se los conté ayer. ¿Qué les parece si luego de contarles el cuento que elija Sam, les cuento el del osito? –les preguntó.

–¡Bien! –expresaron su acuerdo al unísono.

–Mami –llamó Sam–, ¿nos puedes contar una historia en la que aparezcan soldados? Pero que no sea el Soldadito de plomo –pidió.

–Bien, les contaré la historia de un niño muy pequeño que no tenía hogar y se tuvo que volver soldado…

Kagome despertó con el ruido de unos golpes en la puerta. Se asustó un poco. Ladeó su muñeca hacia la ventana con las cortinas aún corridas y miró su reloj de pulsera. Eran las siete y media. ¡Aún no preparaba la cena! Los golpes persistieron. Se zafó de los bracitos de sus hijos y se puso las pantuflas. Buscó a tientas la lamparilla a gas de queroseno, la prendió y fue a la sala, prendiendo las otras dos. Enseguida, la estancia quedó completamente iluminada.

¿Quién podría ser a esa hora?

Se acicaló un poco y fue hasta la puerta para abrirla. Cuando lo hizo, la persona que esperaba tras ella la dejó con una expresión confundida y… boquiabierta.


(*) 1.8 metros son aproximadamente seis pies de alto.


Ta ta ta tan Jejeje Hola! Espero sinceramente que todas estén súper híper bien. Oh, y también espero que el encuentro de la parejita les haya gustado.

¡Muchas gracias por sus alertas y comentarios! Ojalá me sigan leyendo y no se desaparezcan =)

Las quiero un montón y gracias por el apoyo.

¡Un besote!.