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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
I
Lo más sencillo siempre es el principio.
Hablar sobre esa mañana de abril en la que te levantas y con los pies descalzos avanzas por tu departamento hasta el balcón para regar tus plantas, mientras esperas paciente a que el café instantáneo esté listo.
Del gran bostezo que das al mirar el amanecer de Tokio.
Y de la lista mental que enumeras en tu mente con todo lo que hace falta en la lacena.
Contar como al salir de casa casi olvidas las llaves y como te detuviste en una calle para ayudar a una anciana a cruzar de un lado a otro. Enumerar los pasos que diste de la estación a la Universidad, y decir el exacto número de saludos que diste a tus compañeros.
Podría hablar de las veces que alzaste la mano durante tus clases para responder a las preguntas de tus profesores. De lo que pediste para almorzar incluso. Hablaría de lo dulce del jugo de uva que tomaste de la máquina expendedora. Y de las muchas sonrisas que dibujaste durante el día.
Pero eso en realidad no es importante. Eso sólo es una aglomeración de actividades que nos llevan al punto clave, al momento de no retorno, al segundo que quedará marcado en el mapa del tiempo.
¿Alguna vez te has preguntado qué es realmente un segundo?
Un segundo podría ser nada; un suspiro, un instante, un imperceptible movimiento del minutero del reloj. Un segundo pasa sin que te des cuenta.
Un segundo para ti, Makoto Tachibana, lo cambiará todo. Tan solo un instante, un momento que al vivirlo lo dejarás pasar desapercibido, pero que, sin embargo, luego recordarás como el punto de inicio. El punto donde no hay vuelta atrás.
¿Lo lamentas? Tengo la seguridad de que lo haces.
¿Hay forma de cambiarlo? Me temo que no. Me temo que nunca hubo una oportunidad así.
Makoto Tachibana, eres alguien amable. Alguien capaz de dar todo de ti por quienes amas sin importar las consecuencias. ¿Lo merecías entonces? Incluso ahora no creo tener la respuesta. Las personas siempre obtienen lo que se merecen, es lo que he oído, y me cuestiono a menudo el qué habrás hecho tú, Makoto Tachibana, para merecerlo.
Seguramente la amabilidad no es tan buena.
Tal vez debiste ir a casa en lugar de desviar tu camino a esa cafetería que normalmente visitabas los viernes. ¿Qué es lo que te llevó ahí, Makoto? En la tarde de un martes de primavera, entre un montón de personas alrededor de un mostrador lleno de todo tipo de postres. La calurosa primavera cómplice de las perfumadas flores hacían brillar la tarde, y un olor a vainilla impregnaba el aire.
Makoto, ese día, te recuerdo feliz. Recuerdo saber que habías decidido darte un capricho comiendo uno de tus pastelillos favoritos.
Que idiotez la tuya; entrar en la cafetería en un día que no debías. Tomar tu lugar en la fila de ésta historia llena de laberintos sin salida, y alejarte a toda prisa de la felicidad de la fresca brisa de primavera de esa tarde del martes.
Avanzando con tranquilidad entre esas personas que también buscaban lo mismo.
Puedo verlo con claridad, a ti Makoto, con esa camisa de colores brillantes y esos pantalones de mezclilla que resaltaban tus fuertes piernas. Puedo ver tus castaños cabellos desaliñados y tus ojos brillantes en alegría. Puedo ver también a las personas a tu alrededor. Al chico de tu misma clase con quien en realidad no habías hablado mucho, a su novia parada justo a su lado, y al profesor de artes plásticas justo enfrente de ti en espera de poder ordenar un café helado. Sabiendo lo que ahora sabes, resulta extraño para ti no haberte dado cuenta de la figura a tus espaldas que te miraba fijamente, acercándose tímidamente como un amante cauteloso, tocando sutilmente tu mano (creerías que fue un accidente, ignorante del dolor que aquel contacto iba a traer).
Sin embargo no fue ese el momento. El instante que los desquiciaría estaba a algunos minutos más de suceder, su enormidad velada no sólo por la barrera del tiempo sino por el coloso destino que los atraía con fuerza a su tremenda rutina.
¿Qué hacías Makoto? Te distraías monumentalmente recordando cada uno de los proyectos que tendrías ese semestre. Luego miraste el menú pegado en una pared y repetiste los nombres de las bebidas mentalmente. En el momento que pasó –el hecho que marcó el no retorno– la fila apenas había avanzado dos personas y tú estabas a dos más de poner obtener tu postre.
En este punto es obvio, estoy retardando información. Me entretengo en los momentos previos porque pienso que entonces eran posible todo tipo de consecuencias, que quizá pudo haber sido distinto; la convergencia de quince personas en un espacio cuadrado de ocho o nueve metros por lado ofrece en realidad todo tipo de posibilidades, parecido a un juego de billar donde la situación de partida, el impulso y dirección definen la trayectoria consiguiente. Pienso en las posiciones, en el par de pasos que les separaban y en sus acciones, porque, en lo que se refiere a los hechos, tardíos o próximos, tenía la claridad de que sucederían, de una forma u otra, era inevitable.
Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que no pudo ser de otra forma. Tenía que ser así. Nadie más que solo tú, Makoto. Ambos, el chico a tus espaldas y tú corriendo como los segundos en el reloj de pared hacia una catástrofe.
Aquel día Makoto, estaba destinado a ser memorable.
Habías recibido la llamada de tus padres antes de salir de casa, mientras tomabas el vergonzoso desayuno que mucho trabajo te dio cocinar. Ellos dijeron que te visitarían pronto, tus hermanos, Ran y Ren, habían conseguido algunos días libres y tu padre podía permitirse tomar un descanso del trabajo también. Tu familia siempre fue importante para ti, les extrañabas, por supuesto que te alegró saberlo. De ese modo habías pasado tu tiempo libre durante las clases transcribiendo tu lista de compras de tu mente a una hoja, no olvidando agregar que debías comprar un pequeño regalo para tus hermanos. Irías después de comprar la despensa, lo prometiste.
Pero, antes de eso, y como premio por haber terminado con éxito las tareas de ese día: pastelillos. Después te preguntarías porque habías tenido la necesidad de ellos. Más tarde descubrirías que fue a causa del desayuno mal preparado y la necesidad de comer algo delicioso y dulce para olvidarlo.
Un mesero pasó a un lado de la fila y durante el mismo segundo un hombre se levantó bruscamente de su mesa provocando que el desastre ocurriera. Cualquiera pudo haber pensado que en un día caluroso de primavera a nadie se le ocurriría pedir café caliente, pero las personas en la mesa siete eran la excepción. Lo primero, fue un grito, marcando el inició y, por supuesto, el final. En ese momento se cerró un capítulo, más bien, toda una etapa de la vida de Makoto Tachibana. De haberlo sabido, y si el tiempo hubiese corrido más lento, te habrías permitido llorar y sentir pena. Llevabas toda tu vida viviendo una vida tranquila. Tenías maravillosos planes para tu futuro; vivías en un pequeño departamento en el centro de Tokio, tenías un trabajo de medio tiempo, e invertías tu tiempo libre en tus estudios o alguna actividad que amaras hacer, ibas a graduarte, laborar en aquello en lo que deseabas, conocer a alguien, enamorarte, formar una familia. Sin nada que amenazase tu libre e íntima existencia.
Algunos de tus planes, sin embargo, no se cumplirían.
El mesero por supuesto fue incapaz de balancear la charola y mientras ésta tambaleó en sus manos te dio a ti, amable Makoto, el tiempo suficiente para dar un paso atrás y tomar contigo al chico a tu lado que parecía haberse quedado inmóvil. El líquido había terminado por manchar el suelo de madera, y el hombre que había ocasionado todo el problema no cabía en disculpas. Hubo cuchicheos. Y fue poco el tiempo que pasó antes de que el gerente del lugar asomara su nariz en el asunto.
No fuiste consciente de la persona que habías tomado a tu lado ni siquiera cuando le soltaste. Te quedaste de pie en tu lugar escuchando con incomodidad el intercambio de palabras entre esos hombres.
Una mujer llamó desde la caja pidiendo que continuaran avanzando, fue el turno del hombre frente a ti. El accidente anterior comenzaba a disiparse y el mismo mesero de antes fue el encargado de limpiar el lugar y llevar de nueva cuenta la orden perdida. El olor a vainilla fue reemplazado por jengibre y miel.
A continuación vino tu turno. La puerta de la cafetería fue abierta y como un torbellino impredecible una persona de menor estatura que tú se abalanzó contra tus costillas, repitiendo incontables veces tu nombre y pidiendo que junto a tu orden ordenaras algo para él también.
Era Nagisa, un chico de primer año a quien tenías la fortuna de conocer y poder llamar amigo. Es aquí donde debió de ser el final de la historia y no un principio provocado por tu propia elección. Con medio cuerpo girando en dirección a Nagisa, lo viste. La persona a tus espaldas, de quien más tarde te enterarías se llamaba Haruka. Haruka Nanase.
Nagisa seguía enganchado a tu brazo, insistente. Mientras tú, como en sueños, en primera y tercera persona a la vez, actuaste y te viste actuar. Miles de ideas invadiendo tu mente, y una respuesta cálida y emocional propia de ti se instaló en tus acciones.
Haruka te miraba fijamente.
