Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo III

Lo primero que pensó Inuyasha al ver a la mujer de esa mañana parada frente suyo con expresión sorprendida, fue que él tenía razón: aquel no era, definitivamente, un buen día.

Esa mañana había querido ir rápidamente a hacer una visita a la escuela pública, para después irse a toda prisa a casa para buscar su camioneta e ir a la ciudad a firmar un contrato de ventas.

Sin embargo, nada más saliendo de su casa le avisaron que el encargado del cobertizo del ganado había amanecido enfermo. Lo cual, sin duda, había sido un problema, puesto que justo una de las vacas había escapado del corral y arruinado por completo la futura cosecha de papas y repollos. Cuando por fin verificó que todo estaba en orden, fue en su caballo hasta la escuela; solo para presenciar que los arreglos a los patios del establecimiento no se habían efectuado. Él había dado los recursos y quería cambios ya, le espetó al director.

Y, nada más saliendo de esa desagradable charla, aparece la muchacha que va y lo tira al suelo dejándolo lleno de lodo en el proceso. Demás estaba decir que esa fue la gota que derramó el vaso… y que hizo que desplegara todo lo bruto y hosco de campo que tenía. Se había comportado como un verdadero pelafustán, reconoció. No había podido quitar de su mente el recuerdo de ese enervante episodio.

¡Pero si ella había tenido la culpa! O bueno, los dos.

Entonces, había llegado de vuelta a su casa para ducharse y ponerse otra muda de ropa, montarse en la camioneta y partir atrasadísimo a la reunión con el comprador de caballos.

Los caminos embarrados por la torrencial lluvia, le explicó.

Para rematar, llegó de la ciudad cansado y con un dolor palpitante en las sienes, solo para escuchar nuevamente hasta el cansancio a su madre y a su hermana menor, Sango, hablar de la divertida y simpática nueva vecina que llegó al pueblo. Si se había llevado tan bien con Sango, no tenía ni el más ínfimo deseo de conocer a la dichosa nueva vecina. Su hermana era demasiado chillona, entusiasta y fiestera. Por su culpa, cuando ella estaba en plena adolescencia, él tenía que hacer de carabina casi todos los días. Oh, porque ni hablar de que molesten a Sesshomaru para tales menesteres. No, él no quebrantaba su tranquilidad ni aunque estallara la guerra ahí mismo, en su habitación llena de sus sagrados libros.

Fue así que, mientras miraba la lluvia caer por la ventana cerca de la chimenea, escuchó peligrosamente su nombre salir de los labios de su madre.

-¡Sango, debemos invitar a tan encantadora muchacha a cenar! El fin de semana pasado no he podido ir a verla, ya que estaba con estos malditos achaques, pero sería una descortesía no ir a verla. Me imagino que los Kimura ya han ido a visitarla, aunque creo que están de viaje… ¡Nosotros no podemos ser menos! –exclamó Izayoi.

Miró hacia el rincón en el que estaba sentado su hijo bebiéndose un café.

–Inuyasha –le dijo–, tienes que ir inmediatamente a la ex casa de los Tanaka e invitar a nuestra nueva vecina a cenar este viernes a las ocho.

Inuyasha miró a su madre con una mezcla de sorpresa e impaciencia.

–¿Estás loca, madre? ¡Está lloviendo!

–No vengas con tonterías –le recriminó–. Te conozco perfectamente como para saber que una simple lluviecita de primavera no obstaculizaría tus quehaceres. Hay que ser educados. ¡No podemos ir Sango y yo solas!

Se quedó mirando a su hijo con esa mirada vulnerable que tienen las madres, de esas que te hacen pensar que ellas te dieron la vida y que pronto no estarán allí para ti, y que después te arrepentirás y llorarás… ¡Por todos los santos! Aunque nunca lo reconocería abiertamente, él amaba a su madre.

Se levantó de mala gana y fue hasta el corredor para ponerse las botas, su abrigo y el impermeable. Aunque no hacía tanto frío, corría ya un viento helado a esas horas.

Solo esperaba que la tal Kagome, la nueva maestra, no fuera una mujer que maltratara a los niños como el antiguo profesor. Si había una cosa que le reventaba a Inuyasha eran los tipos maltr…

–¡Deprisa, Inuyasha! –escuchó a su madre.

–Feh… madres… –refunfuñó.

Salió y fue al garaje a buscar su camioneta doble cabina.

–¡Sé amable! –escuchó que Sango le gritaba.

¿Qué era él? ¿Un ogro? Cuando podía, en ciertas ocasiones, muy de vez en cuando, podía ser muy amable.

Una vez, su madre le había dicho que se había convertido en un hombre demasiado ermitaño y poco sociable. Quizá tenía razón, pero a él no le gustaba otro lugar que Conner. Allí había nacido y allí se quedaría. Él había aprendido la lección.

Así que allí estaba.

Se debió haber imaginado que era ella, se dijo. Después de todo, ¿qué haría una desconocida visitando la escuela?

–¿Ha venido a disculparse? –escuchó que le preguntaba.

Tenía los brazos cruzados sobre su pecho. Vio que llevaba un vestido amarillo muy claro, con mangas largas y cuello alto. Sus ojos, los cuales en esos momentos lo estaban taladrando, eran de un marrón cálido y oscuro, haciendo un contraste muy bonito con su nívea piel. Se fijó en que el cabello lo llevaba suelto, no amarrado en un moño francés, como en la mañana. Era de un azabache exótico, proclamando por sí solo libertad. Era, tuvo que reconocer a regañadientes, bastante guapa. Aunque le recordaba un poco a cierta persona. Persona que no le caía mejor que la que tenía enfrente.

–Uhm… –carraspeó un poco–. Señora Higurashi, supongo –logró decir, algo incómodo. La miró más fijamente. Dudaba muchísimo que tuviera siquiera la edad de él. Se notaba que estaba más cerca de los veinte que de los treinta.

–La misma –le dijo. Luego, para su sorpresa, comenzó a reírse.

–¿Le ocurre algo? –quiso saber.

–No soy dada a dejarme llevar por el rencor, ¿sabe? –lo miró con ojos risueños y le tendió la mano. –Pídame disculpas y yo se las aceptaré. El que haya venido hasta aquí, aún con lluvia, solo para disculparse me parece un gesto de lo más…

–¿Disculparme? –la interrumpió, arqueando las cejas.

Ella frunció el ceño y luego lo miró confundida. Bajó la mano.

–¿No es eso lo que ha venido a hacer?

Inuyasha se dijo que él no tenía por qué disculparse. Después de todo, la mujer había hecho que llegara tarde a una reunión importante y esa era una de las tantas cosas que lo irritaban. Sería mejor que la señora Higurashi bajara de su pedestal.

–Señora, vengo expresamente de parte de mi madre y mi hermana, para invitarla a cenar a nuestra casa este viernes a las ocho, con sus hijos –le dijo. Notó por su rostro que ella estaba aún más confundida.

–¿Quién demonios es usted? –volvió a lanzarle otra pregunta.

Se dijo que debía ser maduro. Él también había tenido la culpa. Además, desde otro punto de vista, era una situación tan insignificante que apenas merecía la pena alargarlo. Con recelo, le extendió la mano.

–Soy Inuyasha Taisho, su vecino y hermano de Sango. Sé que usted la ha conocido. Pues bien, nuestra madre quiere conocerla.

La mujer abrió los ojos como platos.

–¡¿El hermano de Sango? –Inuyasha asintió. Le estrechó la mano brevemente. –Me llamo Kagome Higurashi y… –se lo quedó mirando unos momentos–, eso ya lo sabe… Será un placer para mí y mis niños cenar con ustedes.

La miró por unos momentos sin saber qué era lo que debía hacer a continuación. ¿Debería disculparse? Sería lo más sensato. Luego de eso, se podría quitar de su conciencia a la nueva vecina y seguir con sus cosas rutinariamente.

Carraspeó de nuevo y se sacó el sombrero húmedo.

–Señora Higurashi, quisiera disculparme por lo de hoy. No… no había tenido un buen despertar que digamos, por lo que mi humor era de perros, así que lo… lo lamento mucho –le dijo con tirantez.

Kagome le obsequió una sonrisa deslumbrante.

–No se preocupe, disculpas aceptadas. Y llámeme Kagome. ¿Puedo llamarle por su nombre, señor Taisho?

–Claro –afirmó sin titubeos.

–Eh… ¿desea pasar a tomar un café? Está helado fuera.

Inuyasha pensó que hasta allí llegaba su sociabilidad.

–No, gracias. Tengo que llegar a cenar –se excusó.

Ella le sonrió de nuevo.

–Bien, nos vemos entonces y gracias nuevamente.

Inuyasha se colocó de nuevo el sombrero y se llevó una mano al ala de este, inclinando la cabeza a modo de saludo.

–Buenas noches –se despidió.

–Buenas noches.

A paso firme, se dirigió a su vehículo y partió de vuelta a la casa. Decidió que no volvería a pensar en la nueva maestra. Tenía la ligera impresión de que podría resultar aún más afectado que ese día si se le acercaba mucho.

OoOOoOoOOoO

Kagome se quedó parada en la puerta hasta que el vehículo desapareció en la oscuridad del sendero.

Era el hermano de Sango. Era el dueño de toda la gran casona y sus alrededores, que tanto le habían deslumbrado. ¡Y ella se había dado de bruces con él y dejado lleno de barro!

Bueno, se dijo, ¿qué más daba? No se sentiría más culpable. Además, él se había disculpado. Con bastante tirantez, pero, en aras de la cortesía, era aceptable.

Había escuchado que había hermanos que eran la antítesis el uno del otro. Ciertamente, ella lo acababa de comprobar. Ella vio a Sango e inmediatamente vislumbró carisma, alegría y amabilidad. No así en su hermano. ¡Sin duda que no! Se notaba a leguas que era bastante serio y gruñón.

Estaba siendo demasiado mala con el pobre hombre, se regañó. Ella no era dada a dedicar pensamientos tan antagónicos a los desconocidos.

Pero lo cierto era que, mientras preparaba la cena, Inuyasha Taisho no le caía mejor que cuando chocó con él esa misma mañana. Demasiado arrogante y estirado para su propio bien.


¡Hola a todos de nuevo!

He de confesar que me da un poquito de risa Inuyasha. Pero eso no viene al caso.

Me gustaría actualizar más rápido, ¡pero el trabajo no me deja! Además, se vienen los estudios y puaj…. Sé que los capis son cortísimos.

En fin, estoy muy contenta porque haya personas a las que les guste lo que escribo. Muchísimas gracias a todas las que lo leen y a las que lo hacen saber. Me hacen reír sus comentarios y me inspiran muchísimo. Lo digo en serio, sus comentarios, alertas y oh, ¡el que varias personas agregaran a favoritos! (nunca me lo esperé) me hacen muy feliz.

Que estén muy, muy bien. Les mando un beso, y nos veremos pronto.