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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
II
Lo primero que notaste fue que su pálido rostro enmarcaba una dolorosa pregunta. Parecía triste, como un perro que acababa de ser regañado.
En el momento que los claros ojos azules de ese desconocido atraparon los tuyos lo primero que pensaste fue que el chico podría encontrarse aún impresionado por el anterior accidente, después de todo, habría sido él a quien la infortuna le hubiera tocado si tú no lo hubieses ayudado. Así que le sonreíste con suavidad, intentando transmitirle seguridad, hasta te pareció correcto posar una de tus manos sobre su hombro. En tus pensamientos una sola idea se deslizó. «Ésta persona está conmocionada. Necesita tranquilizarse»
Si hubieras sabido lo que aquella mirada realmente significaba, y cómo el chico frente a ti iba a mal interpretar tus acciones y construir entorno a ellas todo un universo mental, no te habrías mostrado tan agradable.
Asentiste en su dirección manifestándole simpatía, sin hacer demasiado caso al persistente Nagisa.
En la mirada apenada e interrogativa de Haruka hubo un primer brillo de aquello que ignorabas por completo.
Entonces Makoto, con un tono tranquilo, profundo, tranquilizador, preguntaste:
–¿Estás bien?
E interpretaste la mínima dilatación de los ojos del chico como su regresó al mundo después de la conmoción.
–Estoy bien – él apenas murmuró y desvió su mirada.
Te pareció correcto ofrecer un poco más de amabilidad, le diste la opción de ordenar juntos. Era una sugerencia, sólo eso, pero salió más como una petición, como si fuese algo que necesitarás de él. El chico se te quedó mirando, sin decir nada. Y todo, cada gesto, cada palabra que decías Makoto, estaba siendo almacenado, recogido y apilado por Haruka sin que lo supieras, como maderos que le mantendrían cálido en el largo invierno de su obsesión.
Un gesto extra que decidiste agregar fue pagar el pedido del chico al no ver la disposición de éste por hacerlo. Luego te despediste, y saliste junto a Nagisa rumbo a tu siguiente destino.
¿Podrías ser más considerado, Makoto? ¿Cómo podrías saberlo? ¿Cómo saber que un conjunto de acciones y sonrisas te llevarían a un camino cuesta abajo, rocoso, marcado de obsesiones y sufrimientos? ¿Porqué no hubo alguien que te lo advirtiera? Pero me cuestiono, Makoto, incluso si hubiese podido advertirte, ¿lo habrías evitado?
No, la respuesta es no. Estaba marcado en sus vidas conocerse. De una u otra forma. Ese día o el año siguiente.
Apenas unos metros avanzados, sentiste a tus espaldas la mirada insistente de alguien. Diste media vuelta y te encontraste con los azules ojos de Haruka, avanzando en esa misma dirección. Creíste tontamente que él debió de haberte seguido para devolver el pago por su pedido. Sostuviste su mirada, lo viste fijamente como si fuese la primera vez. El chico entonces se detuvo, Nagisa preguntó si necesitaba algo, pero incluso en ese momento su interés parecía centrarse en su totalidad en ti. Parecía querer decir algo. Te percataste entonces que su estatura era menor que la tuya, era delgado y parecía en forma. Tenía un aspecto sereno, incluso parecía inalcanzable, pero su voz monótona, tenue y vacilante deshacía el efecto.
–¿Te encuentras bien? – preguntaste al notar la falta de acciones y palabras de la persona frente a ustedes.
Haruka asintió, avanzó unos pasos, bajó la vista y luego volvió a mirarte. Sus ojos azules destellaron. Una emoción intangible le llenó y nadie pudo imaginarse hasta qué punto.
La situación después de algunos minutos se volvió incomoda.
–¡Vamos, Mako-chan! – ni Makoto, ni Nagisa, ni las personas que pasaron por su lado en ese instante, fueron capaces de notar lo que yo sí noté. La forma en que el cuerpo de Haruka se puso rígido ante el acercamiento de Nagisa hacia a ti y su insistencia en seguir avanzando jalando tu mano.
–Lo siento – te excusaste – tengo que hacer algunas compras. – y pretendiste despedirte.
–¿Es algo que podamos hacer juntos? – tengo la seguridad de que incluso Nagisa, quien solía ser espontaneo y demasiado persistente, encontró sorpresiva la afirmación disfrazada de pregunta que el chico te dio por respuesta.
Sin saber cómo negarte a la petición que un extraño ofrecía, te mostraste titubeante, casi avergonzado. Te excusaste diciendo que te tomaría demasiado tiempo y que seguramente él tendría cosas más importantes que hacer que acompañarte. Y entonces decidiste alejarte, escuchando un suave jadeo que pudo ser desesperado. Verdaderamente él parecía no querer dejar que te marcharás. Quería convencerte a toda costa pero sin abandonar su actitud calmada. De modo que, sonriendo a través del muro de la incomodidad, agregaste:
–Quizá la próxima vez.
Por supuesto no creíste que habría una próxima vez. Para ti aquel encuentro sería el primero y el único, y aquellas palabras no podrían expresar nada más allá que amabilidad.
Con el tiempo te lamentarías.
¿Por qué no habrías vuelto a casa directamente? ¿Por qué habrías de creer que ser amable era algo malo? ¿Y qué si te gustaba sonreír al hablar? ¿Desde cuándo sonreír para alguien significaba serle incondicional?
Tenías planes, de verdad que los tenías. Querías conocer a alguien y enamorarte. Caminar por las calles tomados de las manos, enviarse mensajes a mitad de la noche y verse los fines de semana para pasar algo de tiempo juntos.
A cambio conociste a Haruka.
