WAKEFIELD
Capítulo Dos
Los segundos, minutos, horas y días pasaron ahogados entre los deseos de saber más de Glen.
Cada uno tuvo acceso a su expediente, y la situación se hizo más quimérica.
De nuevo, sencillamente no encajaba: Para ese día sabían ya un poco de él; conocían su ética de trabajo en las plantaciones y en los talleres de manufacturas –que era bastante disciplinada y responsable-, sus aficiones -que eran los libros de viajes y misterio, el ajedrez, y la música clásica de antaño-, y sus rutinas –que nunca llamaban la atención por su monotonía y extrema serenidad- Todo con un marco de respeto y finura raramente encontrada incluso fuera de las paredes de la penal.
¿Cómo era que alguien tan refinado podía hacer sido el autor de leyendas tan atroces y horripilantes, que tocaban el borde de la sanidad mental y el desorden psicológico de un verdadero psicópata?
Nunca se lo habrían creído de no ser porque ellos estaban justo en el ojo de la tormenta, observando cada movimiento desde la primera fila de su vida actual.
…
Conforme y el tiempo pasó, lograron acercarse a él poco a poco.
Ambos tenían que cerciorarse de que estuviera tranquilo y vigilarlo hasta que su turno terminara, y de eso aprovecharon cada instante posible.
Para no descuidar la supervisión de los otros reos de los cuales eran encargados, acordaron turnarse con su cuidado.
Así, una tarde, cuando Scott se encontraba supervisando el aseo de los prisioneros y él ya había sido llevado a su celda, Arthur aprovechó en iniciar una conversación que había estado ansiando desde la primera vez que lo vio.
-"A-Así que tu nombre es Glen, ¿no es así? Yo soy Arthur Kirkland"-
-"Sí. Preferiría que me llamara así antes de llamarme Reo n° 63289, señor Kirkland"- Ironizó.
El rubio bosquejó una pequeña sonrisa y lo volteó cuidadosamente para sacarle las esposas, único término por el que podía salir de la celda. –"Está bien, te llamaré así. Supongo que querrías ser llamado por tu nombre, ya que después de todo falta poco para que…"-
Parpadeó sorprendido por la estupidez que estaba a punto de decirle. ¿Cómo había sido tan tonto como para traer el asunto de su ejecución a flote, justo cuando se proponía a entablar algún tipo de relación?
Menudo lento que a veces era.
-"¡Lo siento! No quería-"- Estaba avergonzado, se le notaba, no sabía dónde meter su cara llena de rubor y humillación.
-"No te preocupes. Lo sé, y no me importa"- Le respondió sin mostrar ningún tipo de turbación o temor, con el mismo rostro de aburrimiento y la misma expresión que no mostraba nada en lo absoluto. Se sobó las muñecas una vez que se liberó del peso de sus aprehensoras, mirando hacia la puerta de su 'habitación' –"¿No va a abrir la puerta?"-
-"¡Ah! ¡S-Sí!"- Todavía perdido en sus cavilaciones, revolvió entre los bolsillos de su largo saco negro y sacó la llave de la celda 7218. La desplegó con un clic metálico que rechinó en el eco de la penumbra. –"Pase, Glen"-
-"Gracias"- Ingresó y acto seguido se sentó en su básica cama, sacó un libro de debajo de la almohadilla y luego de abrirlo le echó una ojeada al oficial, quien lo veía desde afuera del limitado espacio que cortaba su libertad. –"Ustedes realmente nunca dejarán de observar cada movimiento que haga, ¿o me equivoco?"-
-"No… Es una orden que se nos ha impuesto"-
-"Está bien"-
La estancia se quedó en un silencio incómodo por unos minutos, pero el otro, aún determinado a entablar una conversación adecuada, logró soltar un tema de discusión.
-"¿Tienes familia?"-
-"No una que conozca. Yo los maté a todos"-
Eso fue más directo de lo que él se espero, pero no se afligió demasiado. El tipo era muy impredecible como para ponerle límites a sus reacciones, y aquello tuvo que sobrellevarlo.
-"Entiendo"-
-"Supongo que es parte de la cortesía universal que le pregunte lo mismo. ¿Usted tiene?"-
-"Pues sí, aunque no esté orgulloso de ella. El otro policía que cuida esta planta es mi hermano mayor, y familia más cercana"-
-"Lo sabía"-
-"¿Cómo así? ¿Él te lo dijo?"-
-"Saqué mis propias conclusiones"-
-"Oh… Debes ser muy buen observador"-
-"Lo soy"-
No supo que más decirle. Era tan cortante, tan preciso, que una conversación parecía estar fuera de sus posibilidades.
-"No tengo problemas en conversar si eso es lo que quiere"-
¿Había leído su mente? No… O tal vez, realmente era my bueno.
Ahora ya no le olía extraño que se hayan tardado seis años en encontrarlo
-"¡Bueno! Sí, es que sabes, ¡uno se siente muy sólo aquí!"-
-"Creo que no está en posición de quejarse"-
El policía rió nerviosamente –"Lo sé, lo siento. Puede tratarme de tú, no me importa"-
-"Esta bien. Y dime, Arthur, ¿cuánto tiempo llevas trabajando en Wakefield?"-
-"Tres años. Y para ser honesto, siempre lo he odiado"- Rió –"Tú al menos pareces ser alguien adecuado para conversar, en el sentido que este lugar esta mayormente lleno de cabezas huecas"- Sintió sus mejillas calentarse un poco, pero el sonrojo le pasó desapercibido al ojioliva.
-"Supongo que seré inusual aquí"-
-"Sí que lo eres. A veces me pregunto… No sé, a veces te vez tan cuerdo, no me lo tomes a mal, pero no puedo imaginarte como asesino. Es… Raro. Me gustaría saber cuáles son tus motivos. ¡E-Está bien si no los quieres decir!"-
Sentía que estaba siendo impertinente, pero lo dicho estaba dicho. Juzgando la personalidad de él, tal vez sería capaz de contestarle, lo que alimentaba su curiosidad por tan extravagante carácter.
-"¿Mis motivos? Los tengo, pero no creo que alguien como tú los entienda. Me limitaré a decir que asesiné a todos ellos porque no me parecían necesarios en este mundo, es todo"-
El cinismo de sus palabras dejaba un eslabón suelto a la afirmación de su sano juicio. No tener remordimiento ni emociones era propio de alguien que estaba mal de la cabeza; y eso hubiera pensado si no estuviera informado lo bastante bien. Lo fabuloso de sus exámenes eran los resultados, que lo perfilaban como alguien enteramente cuerdo e inteligente, casi como un genio, tan brillante y talentoso como lo podría ser alguien casi perfecto.
Entonces pensó, desconcertado, que el que estaba fuera de sus casillas debía ser él.
Sentir tanto anhelo por hacerse cercano a una persona que había causado tanto perjuicio, admirarse por lo extraordinario e impredecible de su talante sin nunca dejar de temer por su vida, horrorizado e infectado por la clandestina inclinación allegada a una atracción que cuando lo veía no controlaba ni entendía.
Era mucha aquella afinidad, tanta que lo corroía por dentro.
…
Esa tarde conversó con él hasta que se puso el sol y los otros prisioneros volvieron acompañados de su hermano.
Aún con el hablar, no pensó que se acercaba lo suficiente, y el temor de nunca conocer la naturaleza de Glen lo invadió de repente. Quería entenderlo más que a nada; era sabido que había en él más que respetable apariencia y vocabulario refinado.
Se desvivía por dicho objetivo, y por única vez en su vida, se propuso a sacar la esencia de aquel hombre y así poder leerla como si fuese un libro. No sólo porque le atraía a sobremanera, si no porque también quería entender de qué se trataba tanto sentimiento en su interior.
Esperaba que no se tratara de amor.
Eso lo metería en grandes aprietos.
