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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
III
Vinieron los días siguientes. Y el accidente en la cafetería pronto se convirtió en nada más que una coincidencia efímera sin demasiada importancia. Lo olvidarías en algunos meses, o quizá lo recordarías alguna tarde de primavera como una anécdota simple de relatar.
Te habías llenado de distracciones con tu familia de visita y habías pasado el tiempo leyendo los libros de la Universidad. Incluso habías olvidado a Haruka, el chico extraño a quien le habías prometido "una próxima vez".
Era sencillo y nada parecía haber cambiado.
Y a pesar de que una mañana recibiste un mensaje con un afectuoso «Buenos días» de un número que desconocías no le tomaste más importancia de la que merecía.
Concluiste que había sido un número equivocado.
Pero ¿de verdad lo era? Por alguna inexplicable razón sentiste incomodidad, una aprensión inexplicable comenzó a florecer y decidiste asociar todo eso con los montones de tareas que tenías para ese día.
Ignoraste el temor que surgió en ti cuando saliste de casa y caminaste a la Universidad, y sustituiste tu preocupación por falsas sonrisas.
Cuando ese mismo día un nuevo mensaje llegó, no te tomaste la molestia de leerlo. Decidiste que te quedarías más tarde de lo usual en la biblioteca, aprovechando el día libre en tu trabajo. Pasaste dos horas y media trabajando en un resumen sin descanso. Pero mientras tus dedos se movían veloces sobre las teclas de tu portátil había cierto desasosiego a tu alrededor, una sensación física que no conseguías determinar con exactitud.
Hay ciertos errores a lo largo de sus vidas que ningún humano puede corregir. Tu mayor virtud, Makoto, era también tu mayor defecto. La amabilidad con la que solías expresarte sería el desencadenante de muchos de los acontecimientos siguientes.
No lo sabías. No había manera de que lo supieras.
Dejaste de escribir y sacudiste la cabeza. Estabas cansado. Llevabas tres días sin poder dormir bien y era quizá eso lo que te tenía así.
Acabaste tu resumen, lo corregiste e imprimiste. Luego diste una vuelta más alrededor de los estantes de la biblioteca buscando algo que pudiera ayudar en tu investigación sobre Darwin. Pasaste las siguientes horas consultando algunos de los contemporáneos menos conocidos de Darwin. A tu alrededor en las mesas de estudio había algunos alumnos, cada uno sumergido en su propio mundo.
Después de un tiempo decidiste que lo mejor era sentarse en la mesa más cercana, fue justo ese momento en el que escuchaste el crujido del entarimado cuando alguien, oculto del otro lado de la estantería daba unos pasos, se detenía y volvía a caminar. Al pensarlo bien te diste cuenta que esa sensación y extraños sonidos se habían instalado en tu mente desde hace media hora.
Te preguntaste si sería correcto pedirle a la persona del otro lado que se estuviera quieta, o sugerirle que tomará lo que necesitaba y fuese a sentarse. Pero al final decidiste no hacerlo. Tomaste tu lugar y entonces la persona del otro lado se movió –cuatro pasos pausados, chirriantes–, y luego hubo paz.
Intentaste enfocarte en la lectura, pretendiendo ignorar los movimientos y sonidos que ocurrían a tu alrededor. Pero la inquietud no se detuvo, siguió creciendo cada minutos más y no te dejó continuar. Al final desististe y cerraste el libro, en un movimiento fugaz, fuiste capaz de ver el destello de un zapato deportivo negro con agujetas blancas tras la estantería y luego escuchaste el sonido de pasos alejándose a toda prisa.
Primero hubo pánico.
Luego intranquilidad.
Y mientras recogías tus cosas intentaste hacerte creer que tal vez estabas exagerando, dándole más importancia de la que debías a esas sensaciones desagradables que decidiste nombrar como "la crisis antes de los exámenes".
Cuando una mano fría se posó sobre tu hombro tuviste que ahogar un grito. Frente a ti los ojos castaños de uno de tus compañeros, el chico que se sentaba justo a tu lado, mirándote fijamente, preocupado. No podías culparlo, la angustia seguro que se reflejaba en tu rostro.
—¿Sucede algo malo? — él te preguntó.
Lo miraste fijamente durante algunos segundos ¿Sería correcto preocuparlo? Concluiste que no. No tenía importancia al final. Eran solo cosas tuyas, no valía la pena preocupar a alguien más a causa de un par de mensajes que habían sido destinados no para ti.
Sonreíste.
—Nada importante.
—Los exámenes te tienen preocupado ¿es eso? — él palmeó tu espalda, sonriente —. Igual que a todos.
Alargaste tu sonrisa. Sí, como a todos. Era solo eso.
Un asentimiento y un «hasta mañana» después volviste a casa. En medio de la oscuridad de tu departamento te preguntaste por qué nunca antes habías notado lo solitario que se sentía. Tu familia hace poco se había marchado y creer que era a causa de su compañía y ahora su ausencia, no fue tan malo.
Las luces se encendieron. Cinco minutos después el teléfono sonó. Causando un escalofrío que subió desde la punta de los dedos de tus pies hasta cada uno de tus cabellos.
Respondiste, vacilando.
—¿Makoto? — preguntó. No respondiste. Contuviste el aire, la voz se te hizo familiar. Continuó —: Sólo quería que supieras que entiendo tus sentimientos. Yo siento lo mismo. Te quiero.
Colgaste.
Al día siguiente cuando el mismo compañero del día anterior preguntó por las ojeras en tus ojos, cometiste tu segundo error.
—Nada. Todo está bien.
El primero fue tu amabilidad.
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Respuesta a emilia: Muchas gracias! Y no te preocupes, tu español ha sido bueno ;) Un saludo.
Muchas gracias a las personas que se han detenido a leer ésta historia también. Nos vemos pronto.
