Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo IV

16 de abril, 1970

Kagome se sentó en el sofá y tiró la cabeza hacia atrás, suspirando. Esa tarde había pasado por la carretera un bus de encomiendas, que además hacía las veces de correo. Su tía le había comentado que, como todo era muy lejano viviendo allí, era difícil comunicarse a menos que se contara con un vehículo o un caballo, lo cual salía demasiado caro para la gente del pueblo. Era por eso que a veces pasaba un bus con encomiendas para el pueblo y la gente de la ciudad aprovechaba además de enviar cartas a la gente de Conner y viceversa.

Agradecía a la señora Michiyo –una vecina que la visitó tres días atrás con una tarta de moras de las que tanto se jactaban allí–, quien fue corriendo a avisarle que el bus había llegado como cada mes con las buenas nuevas.

Kagome no estaba segura de que ella pudiese tener alguna carta, mucho menos una encomienda, pero podía ser que su abogado y amigo Miroku le tuviese noticias del trámite del divorcio y la pensión por los niños.

Y así resultó ser. Miroku le informaba por la carta que la demanda ya estaba en curso, pero que, como él veía las cosas, no creía que Kouga estuviera dispuesto a dar siquiera una moneda por sus hijos.

"Es un animal, señorita Kagome. Estoy seguro de que él va a apelar a tu traslado al pueblo de Conner como un completo abandono a tu hogar y matrimonio. Espero visitarte pronto (…)"

Kagome sonrió. No importaba si el papeleo duraba siglos. Tampoco importaba que Kouga no le diera dinero. Solo importaba que se mantuviera alejado de ellos. Aunque, a decir verdad, ella lo veía un poco difícil.

Se levantó de un salto y sonrió mucho más animada a los niños que jugaban en la sala.

–¡Bien, muchachitos! Hoy tenemos una cena con nuestra amiga Sango y su familia, por lo que debemos arreglarnos. Ya son las cuatro.

Luego de bañar y vestir a los niños, les preparó la leche. Decidió que ella se alistaría cuando ellos estuviesen durmiendo una pequeña siesta. Cuando se durmieron, se dio una refrescante ducha y comenzó a vestirse.

Nunca fue vanidosa, pero siempre se preocupaba de que el aspecto de sus hijos y de ella fuera impecable. Su salario de maestra podía ser modesto, pero no por eso se dejarían estar.

Antes de partir, se miró al espejo y pensó que no estaba mal. Había elegido una falda lila que le llegaba un dedo sobre las rodillas, una blusa blanca y sandalias con plataforma y puntera abierta, las cuales también eran blancas y muy cómodas para caminar. Se recogió el cabello en una coleta alta y se pintó los labios de un suave tono rosa.

Salieron de la casa con sus abrigos a las siete en punto y se pusieron camino a la casa de los Taisho. Aún no oscurecía, por lo que el trayecto fue muy ameno.

Fue justo antes de abrir la rejita de entrada que vio a Sango saludándolos desde la puerta de la casa y la pequeña Lucy, nada más vislumbrarla, se quiso bajar del coche. Kagome le devolvió el saludo a Sango y entró con Lucy caminando delante de ellos, Sam tomado de su mano derecha y con la otra mano llevando el coche.

Había visto poco esa semana a Sango, excepto el día miércoles en la feria artesanal Las tres Lunas. Allí se habían saludado muy efusivamente e intercambiado unas cuantas palabras. Sango le mencionó la cena en su casa y Kagome tuvo que afirmarle varias veces que sí iba a ir.

–¡Por fin! –exclamó Sango. Abrazó a Kagome y después a los niños. –Pasen. Mamá está ansiosa por conocerte, Kagome.

Por una de las puertas que se disponían a lo largo del pasillo salió una mujer muy guapa, a pesar de que se notaba que tenía más de cincuenta años. Kagome la reconoció enseguida como la mamá de Sango, puesto que se parecían bastante. La señora tenía unos lindos ojos marrones y el cabello oscuro, aparentemente sin canas.

–¡Querida Kagome! –Le saludó con un beso en la mejilla–. Soy Izayoi, es un placer conocerte al fin. ¿Sabías que mi hija me ha hablado mucho de ti? –le preguntó con una sonrisa.

–El placer es mío, señora. No sabe lo agradecida que estoy por su invitación.

–Si no es nada… –pero se detuvo para mirar a los pequeños–. ¡Y aquí están el pequeño Sam y Lucy! –exclamó, dándoles un abrazo a cada uno.

–Vamos a la sala –invitó Sango–. Mamá adora a los niños y estoy segura de que se ha emocionado tanto que se olvidó de que podemos conversar sentadas.

Todas rieron a la vez.

Pasaron a una sala muy bonita, acogedora y cálida, debido al fuego que crepitaba en una hermosa chimenea de piedra. Frente a esta, en ejes diagonales para que quedara espacio para la alfombra, había un sofá familiar de color burdeos y un sillón orejero a juego.

Él estaba en cuclillas frente al fuego, con el atizador en la mano y su largo y extraño cabello plateado derramándose sobre su ancha espalda.

El señor Inuyasha Taisho, claro.

–Inuyasha –le llamó la señora Izayoi–. Han llegado nuestros invitados.

El mencionado se puso de pie y volteó con una pequeña sonrisa cordial en su rostro. Inclinó la cabeza a modo de saludo, como Kagome notó que solía hacer.

–Buenas noches, señora Higurashi.

Oh, exclamó para sí. Así que vamos a hacer como que no ha habido ningún tipo de hostilidad entre nosotros. Me parece bien.

–Buenas noches, señor Taisho.

–¿Por qué tanta rigidez? –Preguntó Izayoi con humor. –Dios, ¡ni que estuviésemos en el siglo diecinueve! –Se volvió hacia Kagome y le indicó el sofá–. Querida, estoy segura de que no te importará que todos te llamemos por tu nombre, ¿cierto?

–No, en absoluto.

–¿Ves, Inu? –preguntó Sango a su hermano. Inuyasha se limitó a mirarla indolentemente.

La señora Izayoi les ofreció jugo de duraznos a los niños y le sirvió una copita de licor de frambuesa a Kagome antes de ir a cenar. Era una señora muy agradable y con el mismo tipo de humor que Sango. Supuso que Inuyasha se debía parecer más a su padre. De forma distraída se preguntó cómo sería el hermano mayor. ¿Igual de arisco que Inuyasha, quizás?

–Pasemos a la mesa –la señora Izayoi interrumpió sus pensamientos.

Bueno, pensó, si la sala de estar era bonita, el comedor sin duda alguna era hermoso. Una mesa larga y de brillante caoba atraía inmediatamente la atención de la estancia y la rodeaban ocho sillas del mismo tono, con tapizado rojo italiano. Colores cálidos y elegantes, se dijo. El suelo era de madera oscura y estaba pulcramente encerado. Kagome se fijó en que había otra chimenea de piedra en el comedor y que una hermosa araña de cristal se alzaba por encima de la mesa.

Se sentaron los seis de tal manera que Kagome quedó sentada enfrente de Inuyasha y al lado de Sam. A Lucy la sentó en su regazo. Ambos niños habían estado bastante callados desde que llegaron, pero enseguida se animaron por los comentarios risueños que la señora Izayoi y Sango hacía para incluirlos en la conversación.

–Kagome –le dijo luego Izayoi–, ¿arriendas solo la casa o todo el terreno de los Tanaka?

–Oh, no podría –rió Kagome–. Solo arriendo la casa, y tengo entendido que los Tanaka arriendan los terrenos de siembra a otras personas. Lo favorable es que la casa está en una esquina de todo el sector y no en medio, por lo que no me topo con gente extraña.

–Eso es bueno –comentó Sango con un mohín, balanceando su tenedor–. Nada peor que estar sin privacidad.

Su madre rodó los ojos.

–Dime, querida, ¿qué te pareció la escuela? –quiso saber de nuevo la señora Izayoi.

–Los alumnos estaban un poco atrasados con las materias, pero ya se irán agilizando las cosas. Son niños muy inteligentes y dulces. En estructura, sin embargo, encuentro la escuela bastante deficiente. Sobre todo los patios. Los niños deberían tener un sitio adecuado y seguro para jugar, no uno con todo el asfalto hecho pedazos y tierra por todas partes. Aunque es cierto que sí hay unas cuantas plantas y árboles.

Por alguna extraña razón, madre y hermana miraron a Inuyasha al mismo tiempo. Este simplemente les devolvió una mirada seria y se llevó la copa de vino a los labios.

–Sin duda –dijo Sango, mirándola de nuevo–, es muy peligroso que algún niño se caiga por tropezar con los escombros.

–Déjame saber, Kagome: ¿por qué Sam y Lucy? –prosiguió Izayoi, cambiando de tema.

Kagome sonrió avergonzada.

–La verdad es que leo mucho –adujo–. Mi príncipe azul se llamaba Sam y mi heroína favorita Lucy.

–¡Que encantador! –exclamó.

–¿Te gustan los nombres occidentales, Kagome? –preguntó Sango.

–Mucho. Aunque, una vez, leí un libro sobre un caballero español que…

Kagome paró abruptamente al sentir un roce suave en su pierna. Debía ser su imaginación, se convenció. Carraspeó un poco.

–Ehm… que incluso viajó al infierno, todo para rescatar al amor de su vida que se llamaba Susana Oria. Él se llamaba…

Sintió un roce más insistente que el anterior en su tobillo. Subía y luego bajaba, subía y bajaba. Miró escandalizada a Inuyasha, este le devolvió la mirada insolentemente, con una sonrisilla ufana pintada en los labios. ¿Sería posible… o eran sus medias las que le producían algún extraño tipo de alergia?

Dejando de sentir el roce, observó a Inuyasha llevarse un jugoso trozo de bistec a la boca.

Izayoi y Sango la observaban sonrientes, esperando a que continuara.

–Él se llamaba Alan Brito Delgado

Sango e Izayoi se echaron a reír.

En menos de dos segundos, Kagome sintió un nuevo roce en sus piernas.

Abrió los ojos como platos.

Inuyasha se lamió los labios.


Holaaa!

Jajaja ¡Dios, pobre Kagome!

¡Chicas y chicos de mi corazón! ¡Gracias por sus reviews, favoritos y alertas! También gracias a todas las personas que aún leen este enrevesado fic. ¡Son tan lindos! Muchisimas gracias nuevamente.

Bueno, espero que el próximo capítulo esté mejor que este, porque nuestra parejilla pasa de un problema a otro. Jejeje

Un enorme abrazo para ustedes y espero estar pronto con la actua, porque ya la tengo listita.

Besos.