WAKEFIELD

Capítulo Tres

Scott seguía ensimismado con él.

Era algo que no se controlaba ni evitaba; tampoco le apetecía hacerlo.

Le gustaba así, a secas, a la manera más salvaje y con menos explicaciones posibles.

Al igual que su hermano menor, había logrado cierto avance en cuanto a la aproximación que tenía con dicho reo de la prisión, gracias a los abordes y a los comentarios 'sin intención' que terminaban armando pláticas consumas.

-"Así que eres de Gales, Llywellyn. ¿Cómo es allá? Nunca he estado allí"-

Glen estaba sentado al frente de sus manufacturas del día, con el pelirrojo parado a su lado, sin sacarle la vista de encima. Asintió y siguió tallando la madera que requería su trabajo, sin realmente mirar al oficial –"Es bueno. Al menos para mí, pero tal vez ustedes lo encontrarían aburrido"-

-"¿Aburrido? Eso dicen… Y me pregunto, ¿es por eso que quisiste pasarte a Inglaterra para seguir con tus crímenes?"- Rió.

Él era bastante directo, y sabía que eso no le importaba a su acompañante. Si le importaba no lo molestaría tampoco, puesto que no tenía pensado cambiar su forma de ser.

No le importaban ese tipo de detalles, y no vendría a hacerlo por mucho que le gustara el susodicho.

Se sentó a su lado, mientras jugaba con los botones plateados de su uniforme.

-"No realmente. Me mudé primero a Londres porque tenía ganas de conocer la ciudad, luego terminé estancado aquí de alguna manera. Y lo disfruté, es decir, encontré más victimas aquí que en Gales, y mantuve mis manos tibias con la ocupación, además que la necesidad llamaba a gritos"-

-"¡Jah! Tú nunca dejas de sorprenderme"-

-"Tal vez eres fácil de sorprender"-

-"No. Conmigo requiere más trabajo"-

-"Me lo figuro. Tú eres complicado"-

-"¿A que sí? Pienso lo mismo de ti; te doy vueltas, ¡y nada! Nunca dices nada ni con tus expresiones ni con tus gestos"-

No le respondió. Se limitó a seguir con su labor, no estando exactamente interesado en profesar su forma de sentir ni mucho menos exteriorizar su espíritu. Scott entendió eso, y no quiso tocar el tema más, al menos no directamente.

-"A veces creo que nos parecemos"-

-"No lo creo, somos muy distintos"-

-"Tú no me conoces, sólo vez de mi lo que muestro durante mi patrullaje aquí. Puede que tenga razón"-

-"Puede, como puede que no. Y yo me inclino más por eso"-

Él soltó una risa rasposa –"Me muero por saber que hay en esa cabeza entre tus hombros. Quisiera abrirla y ver el interior"- Tomó la quijada de él entre sus dedos pulgar e índice, y lo obligó a prestarle atención sólo a él –"¿Con qué clase de bestia estaré hablando?"- Seseó con sensualidad y autoridad, lamiéndose el labio inferior –"Muero por conocerla"-

El ojioliva lo miró con un desdén homicida y se zafó de su agarre levantándose de golpe –"Ya terminé por hoy. Llévame a mi celda, ya se va a poner el sol"-

Scott dibujó una risita nuevamente e hizo cuanto se le ordenó, sin forzar el momento o parecer demasiado molesto. El único motivo por el que se controlaba era porque quería estrechar sus lazos, hacer la realidad de Glen parte de la suya.

Lo haría, aunque esa persona respondiera a su pasión arrancándole los brazos y punzándolo con sus ásperas espinas; aunque lo despedazara y se alimentara de cada tramo de cordura en él.

El sadismo estaba hecho para compartirse; con suerte se convertiría en un lúdico tema en común, uno que armar con el sueño de dañar anti natura que corría por las venas de ambos.

Así podrían ser uno, por pleno deseo del pelirrojo.


La exquisita efigie del aclamado asesino era toda una cuestión de controversia.

Para unos en el sentido más sublime –y sí, estos eran los dos oficiales Kirkland, que estaban prácticamente embebidos en todo lo concerniente a dicha persona-, y para otros en un sentido más mundano.

Pues desde que se dio a conocer por completo, se acentuaron aún más las especulaciones de si él era el asesino conocido como el Ddraig goch, el que era tan inhumano y tan estrafalariamente psicótico como decían las leyendas levantadas por sus proezas.

Las resoluciones oscilaban alrededor de la verdadera identidad del criminal, de lo honrados que algunos otros verdugos se sentían de estar en su presencia, queriendo presentarle sus más sinceros comedimientos y respetos, y de lo bien parecido que era, asunto que no pasó desapercibido sólo para Arthur y Scott, sino para la penitenciaría en general.

Surgieron grupos que deseaban antagonizar lo dicho, y que creían que aquel tal Glen Llywelyn sólo era un muñeco puesto, lo suficientemente valeroso como para creerse con el derecho de clamar tan afanosa reputación delictiva.

Aquel sentir encontró una forma de tomar medidas al respecto, de manera que durante la hora del almuerzo ya pasadas dos semanas de la llegada del último prisionero, se amotinó una banda de ladronzuelos y gánsteres de segunda que clamaban propinar un ´castigo' al inocente 'charlatán'.

-"Venga, mocoso. ¿Por qué no demuestras que eres el famoso Ddraig goch de Gles?"-

-"¡Sí! ¿O es que acaso tienes algo que esconder, actuando como una niñita obediente todo el tiempo? ¡Pelea como un hombre!"-

El ojioliva no prestó verdadera atención al malintencionado aborde de hombres de tan baja categoría, y procuró terminar el plato del día, pollo con legumbres, bastante asqueroso, pero que valía la pena ser comido. Llevó el vaso con zumo de naranja hasta sus labios, y allí tragó el néctar rancio y fermentado por el calor. Quiso llevar un tenedor lleno de comida hasta la misma cavidad, pero sintió el agarre y luego el jale inoportuno de alguien a quien no le vio la cara.

Estaba sostenido con sus pies en el suelo, parado entre un montón de hombres sin cerebro que querían probar algo para sentirse mejor con su patética existencia. No mostró interés alguno por desenvolver el disgusto que descansaba en su mente, y mucho menos quiso seguir con un actuar tan instintivo y animal. Prefirió volver los ojos, aburrido, suspirando con verdadero estrés entre sus aires.

¿Era todo eso necesario? ¿De qué realmente les servía comprobar su culpabilidad?

No era más que accesorio.

Iba a sentarse otra vez y pasar aquella indigencia mental por alto. Se inclinó para hacerlo, pero nuevamente fue traído a sus pies por detrás.

Antes de poder voltear para ver de quién se trataba, vislumbró un joven de complexión física robusta justo en frente de él. Percibió que un resplandor metálico se desprendió del área de sus manos, bajó la mirada, y vio la navaja de metal con la que lo apuntaba.

La gente empezó a reunirse en un círculo alrededor de los dos, rodeándoles con interés espectador. A la sazón escuchó las voces roncas demandar una contienda que personalmente no incitaba nada en él.

-"¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!"- Sonaron todas las voces en una, a lo que el desafiante hombre se animó a blandir el arma peligrosamente, con ojos llenos de odio.

Cerca a la puerta de entrada se encontraba Scott, abstraído totalmente con la pelea. Arthur estaba al lado de la barra en donde se repartía la comida, sin actuar diferente.

Su deber probablemente era intervenir, tal vez de inmediato.

Se contuvieron, y no por antipatía al trabajo. Querían comprobar, a su manera, la tan hablada crueldad de Glen. Aquel aliciente superaba su sentido del deber, y para ellos estaba bien así.

¿Era posible que aquel quien parecía tocado por los ángeles estuviera en verdad tan fuera de su gracia divina?

Un cruce de visiones, un ademán, un gesto, un acto; cualquiera que les diera indicios de la naturaleza del misterioso muchacho debía pasar por la fase empírica que comprobaría la verdad.

Y no la detendrían ahora.

Ninguno estaba al tanto de si el otro tenía el mismo sentir con respecto a él. Era algo que ignoraban no por la falta de interés en la cuestión, sino por lo determinados que estaban en encontrar sus motivaciones.

Era como si en aquel momento en el que se toparon con la insensible mirada y se perdieron en su verdor amarillento, algún apetito de entendimiento los hubiese engullido, ahogándolos en la obligación de hacer una juiciosa investigación y en la más sincera devoción.

No era sólo el aspecto: No eran sólo ese delgado cabello cobrizo y esa piel apiñonada y ese seño y esa nariz perfilada y esa deliciosa boca; no era sólo eso. Tampoco eran sólo sus maneras, su alcurnia al proceder, ni sus refinados gustos, ni su elegante manera de caminar.

No.

Existía una cosa más.

Una que ocultaba su atributo detrás del significado de los fríos iris y de la expresividad nula. Despertaba el desmedido curioseo y hacía el deseo ostentoso, el incontrolable impulso de buscar más allá de lo que presentaba lo sensorial, en lo que es en sí mismo. Sin cuerpo, sin acción, o sin hermosos ojos verde oliva; sólo mente, sólo concepto del entendimiento.

El ideal los empujaba a caminos oscuros, en donde una vez dentro, era imposible ver la luz de la salida.

Entraban al sombrío laberinto, a tientas, sabiendo que una anomalía los esperaba al final del recorrido.

Aún con todo, era un rompecabezas que no se retractarían en armar.

Una vez dado el paso adelante, una vez narcotizado con el brillo reptilesco de los ojos, no se podía dar vuelta atrás.

Miraron dichos orbes, pera dar cuenta del dilema en el que estaban. De ellos brotó una chispa de malestar, pero nada más cambio.

Observaron aquel cuerpo. Estaba sangrando por un corte a lo ancho del torso, obrado por las toscas manos de un simple donnadie con ganas de provocarlo.

Nadie, ni ellos, vio alguna emoción en las facciones del reo n° 63289.

Era casi imaginable.

Encaprichado con arrancarle los escrúpulos, el prisionero con la daga fue a darle un golpe más preciso y letal. Quiso apuñalarlo en el estómago, antes remangando la manga de su uniforme para realizar la tarea con más comodidad y precisión.

En lo que pareció un milisegundo y un brevísimo parpadeo, un simple movimiento de brazo por parte de Glen desplomó al sujeto, quien aterrizó ruidosamente sobre la mesa en la cual minutos atrás él se encontraba almorzando.

A continuación tomó una cuchara del mueble, y con la otra mano apretujó el cuello del tipo, logrando que este abriera la boca: Lentamente insertó el utensilio dentro de la cavidad, haciendo pasar su parte ancha por la garganta con especial cuidado.

La saliva comenzaba a empozarse en su faringe, sus ojos se salían de su lugar por la desesperación en la que estaba. Glen lo miró con desprecio una vez más, y delicadamente giró el cubierto por el mango.

Un balbuceo pavoroso dejó quieto a todo el salón.

El hombre murió en menos de un minuto; la cuchara le había roto la garganta desde dentro.

Todos estaban inmóviles, nadie decía nada. La audiencia se limitaba a observar al asesino invicto, quien tranquilamente retiró su mano, la limpió contra la tela de su pantalón, y se sentó a la mesa para continuar con su merienda.

Y lo hizo, aún con el cadáver que yacía allí, con la boca hecha un desastre, con el fierro sobresalido, y con los ojos desorbitados y desprovistos de vida. Sangraba también, pero ni a eso le prestó atención.

¿Qué clase de monstruo era ese?

No le importaba nada; aparentaba que respirar, comer, caminar, y dormir fueran tan naturales y comunes como asesinar.

Permaneció así durante unos minutos, hasta que los Kirkland decidieron ya era tiempo de cumplir con su posición. Dispersaron a todos, los devolvieron a sus asientos, y por radios llamaron a dos policías más para que se encargaran del cadáver y de la vigilancia de los presos, mientras ellos lo llevaban a la enfermería para curar sus heridas.

Cada uno lo tomó de un brazo y agresivamente lo jalaron a empujones hasta el dispensario. Aunque todo eso era más por imagen, pues de tratarse de pura predisposición, lo habrían llevado como si de un príncipe se tratara.

Apenas llegaron, el doctor a cargo lo atendió con bastante cuidado, sentándolo en una camilla mientras él iba por alcohol, agua oxigenada y gasas. Llamó a una enfermera para que removiera su camisa ensangrentada y salió de la habitación.

Scott y Arthur decidieron quedarse allí como parte del programa de supervisión. Y es que además no confiaban en él, cuando era inminente lo que acababan de ser testigos. ¿Cómo podrían estar seguros de que no tomaría una de las tantas agujas o un bisturí para asesinar por segunda vez en el día?

No quisieron arriesgarse.

Lo vigilaron unos minutos, hasta que la enfermera asignada tomó la basta del uniforme de Wakefield y cuidadosamente lo deslizó hacia arriba, haciéndole levantar los brazos para sacársela completamente.

Las tres personas allí presentes pudieron ver su torso totalmente desnudo: Era delgado en general; su pecho era ligeramente muscular, su abdomen era largo, bien definido y bien esculpido, y aquella piel…

La mujer se sonrojó y prefirió ir a ayudar al doctor con los preparativos, mientras que los oficiales se quedaron allí, atónitos. El rubio sintió un ardor que le encendió la cara a un rojo carmesí, al tiempo que el mismo bajaba a otras partes de su cuerpo.

El mayor lo miró con un poco más de descaro, sintiendo a la vez, una especie de calor en todo su organismo.

Pronto ambos descubrieron que tenían una erección.

Arthur enrojeció aún más, sentándose en un asiento de al lado y cruzando las piernas para poder cubrir el bulto que se levantaba por dentro de sus pantalones negros.

El pelirrojo sólo se recostó en la pared y curveó su espalda, esperando que el pliegue de la tela cubriera aquello que estaba en crecimiento.

Pero algo los sacó de esas preocupaciones: Ojearon de nuevo el torso descubierto, y notaron la bizarra vista que tenían de él.

Era horroroso.

La piel estaba llena de cicatrices, de todas formas y tamaños, de contexturas y acabados distintos entre sí. De momento les pareció que el trazo de las marcas formaba una figura, pero luego tacharon dicha idea. La manera en la que parecían estar hechas y la falta de presentación visual de las mismas, les hizo considerar que debieron haber sido hechas bajo condiciones de tortura y castigo físico impuesto. Posiblemente alguien tuvo arremetidas en su contra en edades más jóvenes, pues nada les llevaba a pensar que él mismo pudiera haberse infligido tales heridas.

Su forma de ser tan calmada no permitiría que se origine en él un giro esquizofrénico o masoquista, pues aquellas cosas nacían de la desesperación y el terror absoluto, lo que contradiría su naturaleza.

Era evidente que no debió llevar una vida normal, mucho menos una serena o sencilla.

Ignoraban las vicisitudes o los factores que lo empujaron al averno, pero el rápido estudio les indicaba que, sin duda, un criminal se hace a la deriva en la que cae su vida.

No nace así, se le hace así.

Y no concebían lo que debió haber pasado aquel precioso príncipe para tornarse en el pecaminoso criminal que ahora era.

El más joven quiso ayudarlo, curar el vacío que lo hacía matar y cometer tan feos delitos. Ambicionó rescatar lo puro de la esencia que aún desconocía; esperando que aquello aún existiese en su espíritu.

-Quiero ser parte de Glen-

La realización lo sacudió con un escalofrío.

¿Qué le pasaba? ¡Si se trataba de alguien sumamente peligroso! ¡Un homicida que podría degollarlo y no prestarle importancia!

¿En qué se fundaba tan singular y horroroso deseo?

Lo mismo se preguntaba Scott, aunque para él ya no era algo infundado.

Era más que obvia la atracción que se interponía. La imagen de Glen era ya una constante, y no sólo en su vida dentro de la prisión.

Cuando caminaba, llegaba a su casa, se dormía, se levantaba, ¡siempre estaba el allí, en su mente!

Sentía la indiferencia de sus ojos oliva siguiéndolo a todas partes.

Nada de eso lo abandonaba, y él entendía por qué: Encontraba el hosco individuo adictivo por lo que hasta eso momento conocía.

Estaba a mil por hora por lo que había presenciado en el comedor; se sentía complacido. No esperó otra cosa de él, sin embargo, no se lo esperó así de repente.

Una sorpresa tras otra… Cada una bañada con la extinción de frágiles vidas. Cómo le encantaba.

-Quiero ser parte de Glen-

La realización lo sacudió con un intenso bochorno.

No abrigaba horror; el sufrimiento le causaba placer. Su actuar le causaba placer.

Y nunca detendría tan exquisito regocijo; no. Sería parte de él

Los tres serían parte de él.