Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo V

El repentino sonido que produjeron las copas y el servicio al saltar Kagome abruptamente de su asiento con Lucy en brazos, hizo que las risillas femeninas cesaran y que –por increíble que parezca– Inuyasha pusiera una expresión de total asombro.

–¡¿Cómo se atreve? –le gritó, fulminándolo con la mirada.

Inuyasha arqueó las cejas y su rostro pasó a mostrar confusión.

Descarado, pensó. Le tembló un poco la voz de rabia cuando prosiguió.

–Tomarse semejante atrevimiento… ¡No soy ligera de cascos, ¿sabe?

–Señora –dijo seriamente–, creo que no sé a qué… –Pero lo interrumpió el maullido de un gato que saltó a la silla en donde antes se encontraba sentada Kagome.

Todos desviaron su mirada al animal. Ella lo miró largo y tendido por lo que parecieron horas.

Un gato. Era un gato.

Un Chartreux, para ser más precisos, quien en esos momentos saltó de nuevo hacia el suelo.

Se volvió para mirar a Inuyasha. Él ahora la miraba fijamente y muy serio. Sintió que le taladraba la cabeza con esa mirada.

¿Podría alguien morir de vergüenza?

–Lo… lo si-siento –balbuceó. No se atrevió a volver a mirar al hombre directamente a los ojos.

–¿Podría explicarme qué…? -comenzó a preguntar Inuyasha, pero volvió a ser interrumpido, esta vez por las estrepitosas carcajadas que soltaban su madre y Sango, quienes habían mirado la escena absortas.

–¡Oh, muchacha! –exclamó la señora Izayoi, con lágrimas en los ojos. Cuando al fin pudo parar la miró aún sonriente–. ¿Has pensado, por casualidad, que Inuyasha te tocaba por debajo de la mesa?

Kagome se sintió enrojecer más aún. ¿Podría ser ese un buen momento para que se abriera un agujero a sus pies y ella fuera tragada por la tierra?

Se fijó en que Sango seguía riéndose y que se aferraba el estómago.

Bueno, se dijo, ni que fuera para tanto. No es muy agradable ver con qué ganas se ríen por tus meteduras de pata.

Por otra parte, aún sentía la recriminatoria mirada de su hermano Inuyasha posada en ella.

Kagome dejó a Lucy sentada en la silla.

–¡Pobrecilla! –Dijo Sango al parar por fin, pasándose una mano por los ojos–. Menudo susto el que te has pegado…

–Eres un mal gato, Cirilo –regañó Izayoi al animal–. Andar por ahí hurgueteando por debajo de la mesa y más encima refregarte contra los invitados… –pero una súbita oleada de risa no la dejó continuar.

Aquí vamos de nuevo.

Inuyasha carraspeó.

–Señora Kagome…

La nombrada se volvió hacia él rápidamente.

–¡Lo siento muchísimo! –exclamó agitada.

Inuyasha suspiró con frustración al verse interrumpido por tercera vez.

–Sé que actué muy mal –siguió Kagome atropelladamente–, y que deja mucho que desear el que haya pensado inmediatamente tan mal de usted, pero… –lo miró acusadoramente–, pero usted tenía una sonrisa bastante sospechosa, así que… así que…

Ante ese comentario el señor Taisho adoptó una expresión tan arrogante que Kagome no se sintió capaz de seguir, puesto que tenía la ligera impresión de que sus excusas no la estaban ayudando.

–Discúlpeme, señora, por sonreír ante su hilarante historia… –mencionó con desdén.

–¡Inuyasha! Ella ya se disculpó por pensar mal de ti –le recriminó su madre.

–Solo espero –espetó, como si su madre no hubiese hablado– que el señor Alan Brito Delgado haya sido feliz con Susana Oria –terminó y le dedicó una lenta sonrisa tan jactanciosa y masculina que Kagome sintió las piernas como gelatina.

Aquel hombre era una contradicción de los pies a la cabeza.

–Oh –musitó ella y luego sonrió–. Me alegro de haber despertado su ingenio esta vez y no su hostilidad.

Sango y su madre se miraron pasmadas.

Inuyasha se retiró de la mesa y cogió por el lomo al obeso gato, llevándoselo fuera.

–Nunca me ha gustado este gato –farfulló enojado.

Una vez se hubo ido con el gato, Kagome miró a la señora Izayoi y a Sango algo apenada. Antes de que pudiera decir algo, Izayoi habló.

–Discúlpanos, querida. Debimos haber sacado a Cirilo, pero se nos olvidó.

Kagome sonrió.

–Oh, no se preocupen. La verdad es que soy yo la avergonzada.

La señora Izayoi le guiñó un ojo y se inclinó hacia adelante para hablarle con confidencialidad.

–Puede que mi hijo sea algo quisquilloso, pero en realidad es una persona alegre y con mucho que entregar.

Ella no entendió a qué vino ese comentario, pero dudaba muchísimo de su certeza. La imagen de un Inuyasha riéndose por tonterías era algo que necesitaba de mucha imaginación, pero se reservó sus pensamientos.

–Cuéntanos de tu tía –habló de nuevo Izayoi–. Me dijiste que se iba mañana por la mañana a la ciudad. Quisiera despedirme…

.

OoOOoOoOOoO

Inuyasha tiró sin compasión alguna al gato fuera de la casa, en el patio. Después de todo, se dijo, no se haría daño.

Se apoyó en uno de los pilares de la entrada a la casa y quedó mirando a la oscuridad de la noche.

Tenía unas ganas terribles de echarse a reír. Sin embargo, se las guardó por consideración. Sería demasiado para la abochornada señora Kagome escuchar más encima sus carcajadas.

Pensar que él le acariciaba por debajo de la mesa… ¡menuda idea!

Sonrió un poco. Parecía un poco tarde para advertir a la señora de que no se cruzara en su camino.

Inclinó la cabeza hacia atrás y miró el cielo nublado, sin rastro alguno de luna. Pronto comenzaría a llover.

Entró a la casa y se sentó de nuevo a la mesa, pendiente de la conversación que mantenía su madre con la invitada. Sango estaba sentada frente a la chimenea, jugando con Sam y Lucy.

Miró con disimulo a la señora Kagome. Cuando hablaba, hacía gestos con las manos y nunca quitaba la sonrisa de su rostro.

Era la clase de mujer que atraía de inmediato la atención, ya sea por su gran carisma o su vivaz conversación.

Era la clase de mujer que sonreía sin preocupaciones, sin pasado que la persiga. Una mujer sencilla.

Una mujer que, sin duda, atrae a los hombres como moscas a la miel.

Él lo sabía, porque la había visto el día jueves salir de la escuela hablando muy animadamente con un alelado director Hojo y un embelesado profesor Akitoki. ¿Cómo no iba a ver que un profesor y el director de la escuela estaban locos por ella?

A él no le gustaba ese tipo de mujeres. Las que eran el centro de atención solo acarreaban problema tras problema. Él lo sabía muy bien, puesto que se había enamorado de una mujer como la señora Higurashi, hace ya bastante tiempo.

Bastaba con solo verlas y ya te tenían como un idiota baboso y enamorado, arrastrándote a sus pequeños pies.

A dios gracias que él ya era inmune a ese tipo de encantos.

Abruptamente pensó en el presunto marido que ella debía tener. ¿Había estado casada, cierto? ¿Qué la habría orillado a divorciarse? O, quizás, el marido había querido divorciarse de ella. Al parecer, era bastante discreta con respecto a ello, ya que su hermana había mencionado que solo sabía que era divorciada y vivía sola con sus pequeños hijos.

¿Se habría trasladado al campo para mitigar el escándalo, quizás? Eso, claro, podría ser una posibilidad si es que el divorcio era reciente.

Diablos, me estoy convirtiendo en un entrometido, se regañó.

¿Qué demonios le importaba a él la situación marital de una completa desconocida?

Pero pese a todo, no le caía mal. Incluso admiraba que le hubiese gritado por pensar que se había propasado, si bien no era ese el caso.

–Inuyasha –insistió por segunda vez Izayoi, haciéndolo salir de su ensimismamiento–, ¿me estás escuchando?

–Sí –mintió.

–¿No te parece bien?

–Por supuesto que me parece bien –dijo, sin tener ni la menor idea.

–¿Ves que no es molestia, Kagome? Yo cuidaré a los niños mientras trabajas. Me quedo sola todo el santo día, mientras Sango e Inuyasha laboran en la granja. Me hará bien la compañía de estos agradables angelitos.

Inuyasha dio un respingo por dentro.

–Inuyasha te irá a buscar a la escuela y te traerá a la casa para que almorcemos todos. No es bueno que estés solita, cariño.

¿Era una broma, cierto?

–Oh, pero eso es demasiado, no quiero molestar al señor Inuyasha… –replicó la señora Higurashi.

Su madre lo fulminó con la mirada.

–Inuyasha no se molesta, cariño. Es más, a él le encanta ayudar. ¿Me equivoco?

¡Por todos los cielos, él ya tenía treintaitrés años, su madre no podía usar ese tono!

–¿No dejarás que se venga a pie desde la escuela hasta nuestra casa, no?

–Por supuesto que no, madre.

La señora Kagome lo miró apenada. Él se limitó a mirarla cortés.

Volvió a dar otro respingo interior.

Un momento.

¡ ¿Su madre estaba haciendo de celestina? !

La sola idea era absurda.


Holaaa!

Dios, después de tantos abucheos y zamarreos para Inuyasha por descarado, libidinoso, pervertido, gemelo de Miroku, etc…. he traído la actualización.

Quisiera darles las gracias, como siempre, a todas las lectoras que me han dejado sus comentarios y alertas. Son maravillosas, así de simple. Solo les pido que me sigan dando su apoyo. Y, como regalo, les adelantaré que de ahora en adelante Inu y Kag comenzarán a romper el hielo. Aunque, si se fijan, ya comenzaron. Jejeje *O*

Actualizaré muy pronto, lo prometo.

Mientras, cuídense muchísimo y les mando un beso enorme.