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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
IV
Continuaste sonriendo tres semanas después, incluso si los mensajes no se detenían y las llamadas se volvían frecuentes. Ahora, al borde del pánico, solo podías calmarte creyendo que todo eso era una broma; de quién y por qué, sin embargo era algo a lo que aún no tenías respuesta.
Suspiraste por tercera vez en el día. El celular vibró en tu bolsillo.
Contuviste el aliento.
Decía que te amaba. Y una mueca de incredibilidad se apoderó de tu rostro.
Alguien tocó tu hombro y ya no era una sorpresa ver a tu compañero de clases titubeante en preocupación.
—¿Estás bien?
No. No lo estabas. Hace tres semanas que no lo estabas. Estabas nervioso, a un pie de distancia de entrar en completo pánico. Pero continuaste forzándote a creer que era una broma.
—¿Qué estás mirando? — te percataste entonces de que no habías respondido a su cuestionamiento anterior y de que ahora él tenía entre sus manos tu celular, pero a diferencia de los primeros días ésta vez dejaste que él leyera el mensaje y que indagara entre los demás leyéndolos también.
—¿Desde cuándo…? — él te entregó el aparato, en su rostro una mueca de horror e inquietud.
—Casi un mes.
Ahora era él quien parecía contener el aliento. Su ceño fruncido sólo te mostró lo molesto que estaba y era entendible. Tú mejor que nadie sabía que eso ya no estaba bien incluso si seguía siendo una broma.
—¿Hay algo más?
Titubeaste y te forzaste a formar una sonrisa para restarle importancia. —Probablemente es una broma — aseguraste —. Son mensajes un poco extraños y algunas llamadas.
—¿Llamadas?
—¡Sí! B-bueno, no es tan así, quiero decir, siempre llaman pero no hay nada más que silencio de fondo.
—¿Por qué no has dicho nada? — el preguntó, pero incluso él fue consciente que era tonto hacerlo. ¿Cómo ir por la vida diciendo que posiblemente hay alguien acosándote, sin una prueba clara más allá de tontos mensajes?
—Seguramente no es nada — repetiste en voz alta, para que de esa forma pudieras creerlo también.
—Tienes que decirle a la policía — de pronto él susurró, como si quisiera mantener esa charla en el anonimato —. Tal vez parezca tonto y no sea un caso al que le tomen importancia, pero debes de mantener un registro.
Forzaste una nueva sonrisa. Agradecido por la amabilidad y preocupación. Dijiste que lo harías, y él se ofreció a acompañarte, sin embargo no sería hasta más tarde cuando pudieran hacerlo.
Al término de las clases ambos pactaron verse a las cinco de la tarde en la biblioteca de la escuela. Él se despidió de ti mientras montaba su bicicleta con una sonrisa y un movimiento de su mano. Gritó «hasta más tarde», y no supiste por qué pero de pronto tuviste el impulso de detenerlo.
Makoto, debiste ser egoísta. En la vida no viene mal serlo en ocasiones. Debiste decirle que se quedará contigo el resto del día, y los días siguientes. Tal vez si ambos caminaban juntos a casa ese día no habría nada de lo que arrepentirse en el futuro.
A las cinco de la tarde en la biblioteca, esperaste durante más de dos horas.
Al volver a casa el mismo miedo irracional se apoderó de ti. No era demasiado noche aún, pero definitivamente la oscuridad ya cubría las calles. Al doblar en una esquina antes de llegar a la seguridad de tu departamento escuchaste detrás de ti, igual que aquel día en la biblioteca, caprichosos pasos acercándose. Alguien te estaba siguiendo.
El sistema nervioso primitivo, denominado simpático, es algo maravilloso, compartido con las demás especies que deben la continuación de su existencia a ser veloces en el giro, rápidas e implacable en la batalla, o feroces en la huida. Terminaciones ocultas en lo más hondo del músculo cardiaco segregan noradrenalina y el corazón se pone a bombear aceleradamente. El súbito estímulo del corazón se produce en el mismo momento que la percepción de la amenaza.
Tú corazón dio un primer y aterrador sobresalto incluso antes de que dieras la vuelta dispuesto a defenderte. Pero al mirar detenidamente a tus espaldas y en los lugares cercanos no hubo nada ni nadie.
Aceleraste el paso y contaste los minutos que te tomó entrar a la seguridad de tu departamento. No encendiste la luz, preferiste fingir que no había nadie, que aún no volvías.
El celular vibró en tu bolsillo. Mensaje tras mensaje, seguidos por un intervalo de dos minutos, comenzó tu desesperación. Apagaste el celular.
A continuación persistentes llamadas en el teléfono de tu casa. Cuando la contestadora pareció querer grabar algo, no hubo nada más que silencio.
Miraste el celular sobre tu cama. Lo encendiste.
Notificaciones de 32 llamadas perdidas. 52 nuevos mensajes. Y solo tres de ellos eran de tu compañero de clase.
«Makoto, ayúdame»
La contestadora volvió a girar.
—Makoto — te estremeció, la misma voz —. Soy Haruka.
Esa fue la primera vez que escuchaste su nombre.
No sería la última.
Respuesta Anakashi: ¡Hola! Bienvenida, y muchas gracias a ti por darme un poco de tu tiempo al leer ésta historia.
Nos vemos pronto!
