WAKEFIELD

Capítulo Cuatro

El doctor atendió el corte, lo limpió, esterilizó, y vendó.

Estando listo todo eso, Glen volvió a su celda sin realmente hacer algo significativo. Se mantuvo callado y tranquilo, como de costumbre, y tampoco mostró algún signo de afectación.

Los policías tampoco quisieron hacer algo al respecto, puesto que se encontraban algo aturdidos por la acción del día.

Él sí les daba mucho en qué pensar… Era sencillamente fascinante.

Y así se mantuvieron templados por el resto del día, perdidos en su entendimiento, desconociendo todo lo demás.

Ninguno sabía de las intenciones del otro hermano, por lo que se mantenían lineales con su objetivo.

No era necesario mencionar que el problema nacería si se enterasen. Allí el asunto explotaría, muy seguramente, y no tendrían motivo más fuerte por el cual discrepar.

A lo largo de toda su vida, ellos se la habían pasado discutiendo y peleando, antagonizándose por la simple gana de no dejar ganar al otro en nada. Su relación adquiría matices más oscuros por el carácter macabro de Scott, y por los constantes cambios de humor de Arthur y sus actitudes imperativas e impositoras.

Al encontrarse tan obsesionados con el ojioliva como lo estaban, y antes sintiendo tanta aprehensión para con él, no podían dejar pasar sentimientos de tal categoría.

¡Qué bueno que ninguno aún estaba enterado!

Debido a eso pudieron avanzar en su trato con Glen calmadamente, sin forzar la relación. Durante las siguientes semanas, abordaron, conversaron, y hasta incluso lograron sacarle diminutas sonrisas en ocasiones.

No había malos tratos, no recriminaciones, ni apuros. Sólo charlaban con un tipo que con el tiempo podría ser una especie de amigo. Aunque no era lo que buscaban en un principio, además del temor que existían con la aproximación.

Querían acercarse, sí, querían ser uno, sí. No obstante, no se atrevían a exponerse por completo.

Porque existía un espacio para el miedo.

Un miedo profundo, casi instintivo, completamente natural. Un miedo por instinto de conservación.

Sabían por qué, conocían la paradoja.

Era como si estuvieran acercándose al matadero: Estando a un paso de ser arrasados por un dragón –para hacer gala de su justo sobrenombre-; un ser hipnotizante y fantástico, asombroso y seductor por definición.

Pero su origen bestial lo hacía una criatura dispuesta a despedazar cualquier cosa que se le acercara demasiado.

O de la que supiera demasiado.

Una vez en frente y expuestos, ¿Quién podría salvarlos?

¿Si lo primero que la bestia absorbió fue su voluntad?