Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, sino que a Rumiko Takahashi.

Capítulo VI

La lluvia caía como una fina pantalla sobre el parabrisas de la camioneta. Dentro de ella estaba oscuro y cálido con las respiraciones de sus pasajeros. Inuyasha inspiró hondo, disfrutando del suave perfume femenino que le llegaba del asiento del copiloto. No era frutal, como los que tanto odiaba. No era demasiado cítrico, pero tampoco demasiado suave. Inspiró de nuevo y en un santiamén ya estaban enfrente del camino de entrada de la casa de la señora Higurashi.

Ella se bajó de la camioneta lentamente, casi al mismo tiempo que él.

Ambos quedaron mirándose de frente, con el capó del vehículo de por medio y sujetando la puerta con una mano.

La señora Higurashi bajó suavemente los párpados, al tiempo que su otra mano se posaba delicadamente a un costado de su cuello.

Gracias –murmuró.

Inuyasha de inmediato bajó la vista hasta sus labios, sonrosados y húmedos debido al agua que los abatía.

No supo cómo, pero al instante la tenía sentada sobre el capó, con él alojado entre sus muslos. Tenía la cara enterrada en su cuello, y aspiró de nuevo ese sutil y sensual aroma.

Señor Taisho… –le susurró, al tiempo que posaba ambas manos por sus hombros. Masajeándolos. Acariciándolos.

Le besó la clavícula con ansiedad.

No quería que hablara. No era necesario.

Era tan suave…

Solo sentir la calidez de su piel, hacía que su ingle se disparara como la de un novato excitado en un burdel.

Su cuerpo comenzó a cubrirse de una película de sudor y él se abrazó más fuerte a ella, disfrutando el placer de besar su pecho y apretar sensualmente su pequeña y frágil cintura.

–Despierta… –susurró quedamente de nuevo.

Por supuesto que lo hizo despertar. Estaba más excitado que nunca, por el amor de dios. Por eso siguió besándola, acercando su boca más allá del cuello, al nacimiento de sus senos.

Vamos, despierta… –insistía al tiempo que le acariciaba el cabello con ambas manos, demandante.

¿Por qué hablaba?

No era necesario. Eran adultos y, aunque no le agradaba, ella tenía un cuerpo capaz de…

–¡Inuyasha, maldición, despierta!

Inuyasha se incorporó de un salto de su cama, asustado.

Y se arrepintió al instante, ya que fue jalado tan fuertemente del cabello al levantarse que le ardieron los ojos. Sango lo había estado despertando hacía rato y, con lo impaciente que era su hermana, le tiraba del cabello para ver si despertaba.

Oh, demonios… ¿Había estado soñando con la maestra Higurashi?

Inuyasha envolvió sus caderas en una toalla, para disimular cierta… rigidez en una especial parte de su anatomía. Aquello era el colmo. ¡Ya no era un chiquillo! ¿Hace cuánto que…?

–Inu, ¿se puede saber qué te has tomado? Has caído como tronco, por dios –espetó Sango–. Vamos a llegar tarde a los corrales y debo recordarte que tenemos dos vacas preñadas que necesitan de nuestra inspección.

Se limitó a bufar mientras iba al baño.

–Oh, por supuesto, querida. Tú tienes derecho a dormir los días que se te dé la gana hasta las doce de la tarde, pero yo no puedo quedarme dormido por media hora.

Cerró la puerta de un portazo. Del otro lado se escuchó entrecortada la acalorada réplica de su hermana.

Debía comenzar a construir un pequeño apartamento para él solo en los alrededores, se dijo.

Se quitó la toalla de golpe y se metió incrédulo bajo el chorro de agua helada para aplacar su excitación.

¿De verdad el objeto de ese sueño tan erótico era la pequeña maestra?

Claro que de pequeña…

OoOOoOoOOoO

Kagome sonrió a su pesar cuando vio la camioneta estacionada enfrente de la escuelita. Durante toda esa semana, el refunfuñón Inuyasha había ido a buscarla y a dejarla diligentemente a todos lados, tal como le pidió su madre.

Sin embargo, si las miradas mataran… Ella probablemente ya estaría muerta encima del capó.

¿Y por qué ahí? Ni ella lo sabía. Lo único que sabía era que esa tarde en que él la esperaba fuera de la camioneta, él miraba con malhumor sucesivamente al capó y luego a ella.

–Buenas tardes –saludó.

–Buenas, suba –murmuró.

Kagome se subió obedientemente al vehículo y se abrochó el cinturón. Trató de ser amable.

–¿Ha tenido una jornada agradable?

Él se limitó a mirarla furtivamente, al tiempo que echaba a andar el motor. Ella pudo observar sus manos, morenas y de largos dedos, acariciando el volante con firmeza.

–Supongo que todo como siempre –le escuchó responder.

No agregó nada más. No estaba muy comunicativo ese día. Aunque, bueno, no era como si esa semana le hubiera conversado mucho. Sin embargo, aquél día su hostilidad era más palpable. ¿Aún recordaría con enfado el papelón de su primera cena en la casa Taisho? Solo recordar aquel episodio hacía que se ruborizara de la cabeza a los pies. Decidió intentar de nuevo.

–Debe ser hermoso trabajar con aquellos majestuosos animales –comentó, refiriéndose a los caballos.

Inuyasha viró en un recodo.

–Ajá.

Kagome lo miró, incrédula.

–¿Ajá? ¡ ¿Yo intento establecer un tema de conversación, como un ser gregario, perteneciente a la civilización, y usted solo me responde con un mísero "Ajá" ? ! –le espetó, enfurruñada.

–¿Dónde cree que estamos? ¿En una baile o cena inglesa? –adujo con brusquedad.

–¡Al menos podría seguir el hilo de la conversación que he iniciado!

–Ah –suspiró él, mirándola de reojo–. Ahora sucede que soy una especie de gato que está obligado a seguir un hilo… de conversación.

–¡Es usted un bruto de los pies a la cabeza! –exclamó Kagome, boquiabierta por su grosería.

–Mire, señora –empezó el hombre–. El hecho de que seamos vecinos no me impedirá ser sincero con usted. Creo que debió pensárselo bien unos segundos antes de venir aquí.

–¿A qué se refiere?

Él se volvió a mirarla y sus labios dibujaron una sonrisa sardónica, a la vez que lanzaban un discursillo arrastrando las palabras.

–Me refiero al hecho de que no me gusta hacer vida social y no tengo por qué ser amable con quien creo que está perdiendo el tiempo aquí en el campo. Se nota que usted está acostumbrada a la ciudad, con sus chismes por aquí y con sus sonrisitas por allá. Pero aquí, en el campo, se viene a trabajar, no a hacer vida social, ¿sabe?

Ella solo pudo mirarlo confundida. ¿Ahora qué bicho le había picado?

–¿Quién se cree que es usted para hablarme así, Inuyasha? Le agradezco, desde luego, su amabilidad al traerme, pero me siento muy capaz de afrontar el rústico vivir de aquí.

Inuyasha solo bufó.

–Es usted una flor de invernadero. Todos están alelados con usted por la simple razón de que tiene sus maneras de ciudad y todo eso, pero ¿cómo afrontará la intensa nieve en invierno? ¿Cómo hará para llevar a sus niños enfermos al médico que está a kilómetros de su casa? Con esos zapatos de tacón, dudo que llegue siquiera al patio delantero.

Aunque estaba a punto de explotar de furia, Kagome luchó contra las ganas de golpearle la cara con uno de sus zapatos de tacón. Decidió optar por la diplomacia.

–Gracias por su observación, señor. Pero, como podrá ver, soy bastante grandecita como para que usted se preocupe por mí.

Inuyasha estaba ilógicamente molesto con la maestra. Ese sueño… ¡Por Jesús, ese sueño lo anduvo trayendo en volandas toda la jornada! Él no era un muchacho como para andar despistado por causa de un mero sueño húmedo.

¡Pero si el solo hecho de haber tenido ese sueño era apabullante e inmaduro! ¿Cómo se le ocurría a esa mujer meterse en sus sueños, así sin más? Se había advertido con creces que no quería problemas.

Pero sabía que la pobre no tenía culpa alguna en el asunto. Era él el problema. ¿Qué le estaba pasando? Vamos, que él se tenía que sentir sexualmente atraído por una completa recién llegada. El colmo era que ella se mostraba mucho más disciplinada y madura que él. Eso lo enojó aún más. Estaba quedando como un idiota.

Pero cómo no flaquear, si ella, tan bonita, se subía con tanta gracia a su camioneta e intentaba charlar con él… mientras que él como un maldito pervertido había soñado hasta la mañana misma con ella.

Debía; no, ¡necesitaba!, guardar las distancias.

–Oh, yo no me preocupo por usted ni mucho menos. Es solo que creo que ya tenemos suficiente trabajo como para que tengamos más encima que velar por la maestra del pueblo. Creo que un maestro, un varón, ya me entiende, hubiese estado mucho mejor –replicó.

Pero ella no contestó. Miró de reojo cómo, abruptamente, se llevaba una mano a los ojos y se los restregaba.

La miró con horror, y enseguida una punzada de culpabilidad se instaló en su pecho.

Oh, dios, ¡la había hecho llorar! A fin de cuentas es una dama, se dijo.

–No, no haga eso –dijo, cortante. No por un insecto desconocido de un pueblucho lejano que la hace enfadar.

–¿Qué no haga qué? –gimoteó bajito la maestra, restregándose más fuerte un ojo.

Ya fue suficiente, se amonestó Inuyasha, parando el automóvil. Se giró en su asiento y la miró fijamente. Tenía los ojos llorosos y el izquierdo estaba peculiarmente más rojo que el derecho.

–Señora, me he pasado de la raya, disculpe…

–¡Maldición, este maldito mosquito me ha irritado mi ojo! –gritó Kagome.

Inuyasha se sorprendió.

–¿No llora usted? –preguntó. Ella soltó una risita, sin dejar de molestarse el ojo irritado.

No llora usted, dice –se rio amablemente–. Me encanta cómo habla la gente de aquí.

Él no prestó atención al comentario. Le tomó el rostro con ambas manos y la miró a los ojos. Ella los abrió como platos.

–Déjeme ver –le pidió. Observó atentamente su iris marrón y apartó una salada gotita del lagrimal –. El endiablado mosquillo se ha marchado hace mucho, pero estoy seguro que la molestia le sigue –comentó.

Se miraron fijamente. Bueno, Inuyasha quería redimirse un poco. Así que lenta y suavemente comenzó a soplarle el ojo. Ella enseguida se removió, pero continuó pegada a su rostro, dejándole hacer. Él bajó de repente la mirada a sus labios, tan sonrosados como los recordaba en su sueño, pero mojados furtivamente por su lengua, no por la lluvia. Recorrió con la mirada su níveo cuello, que tan perfectamente había recreado su mente por la mañana.

Suspiró fuertemente.

Y cometió el error de subir la mirada a sus ojos…


PERDÓN

Así de simple, chicas y chicos. Sé que me desaparecí un año completo, pero ¡dios, qué año! Decidí aparecerme ahora, ya que estoy feliz de haber finalizado con éxito ciertos trámites que tenían el suelo de mi habitación lleno de pelos. Sí, estresada a más no poder. Me han pasado tantas cosas este año, tantos asuntos y problemas que ni se imaginan y estoy segura que este se viene lleno de cambios, cambios y más cambios. Por eso trabajaré libre de preocupaciones en este fic, para terminar los capis que quedan y poder actualizar semanalmente. Ahora estoy de vacaciones, totalmente renovada :D

Quisiera saber qué tal les ha aparecido, no sé, creo que a mi me gusto el sueñito de Inu. Aunque es cortito, pero ya se ve que Inu esta confundido ju ju

Las quiero mucho, recuérdenlo. Gracias a todas las chicas que me enviaron sus reviews preguntándome si estaba bien. Gracias de corazón ^.^