WAKEFIELD

Capítulo Cinco

Cada intercambio de miradas.

Cada paso al caminar.

Cada movimiento de manos.

Cada toque que le aplicaba sin su consentimiento a la fuerza.

Cada gesto, mueca, conversación o comentario.

Cada cosa que Glen hacía no lograba más que enloquecerlo, ponerlo al borde de un abismo tentadoramente adornado con el placer pasional.

Bien y aún no quería delatarse enteramente, pero no podía evitar la enfermiza inclinación que tenía por tomar cada parte de aquella criatura.

A veces pensaba que ya no importaba si lo devoraba. Tenía que hacerlo, de otra forma se volvería loco.

Scott lo siguió a todos lados, como si fuera un perro hambriento tras un suculento trozo de filete.

Era tan malditamente adictivo.

Detestaba el hecho que en ocasiones debía darle paso a Arthur para que se encargara y él se vaya con los otros, pero al final, se trataba de un trabajo de turnos y esas eran órdenes superiores.

Pero ese día tuvo suerte.

Su hermano tuvo que ir a supervisar el trabajo de los reos en las plantaciones de las afueras de Wakefield, y él pudo aprovechar eso para ofrecerse como voluntario y cuidar de la conducta del prisionero n° 63289.

Lo sacó de las plantaciones rápidamente, y de inmediato lo llevó a su celda privada.

-"Pasa"- Dijo al abrirle la puerta. Glen hizo cuanto fue dicho y luego escuchó la puerta de metal ser cerrada. Volteó al segundo y se sorprendió al ver que el pelirrojo estaba también dentro, cuando siempre lo vigilaba desde fuera, como debía ser.

Fue a decir algo, pero no pudo. De un momento a otro estuvo acorralado entre la fría pared grisácea y el alto policía, que lo miraba con una sonrisa plantada en los labios y con ojos desafiantes.

-"¿Q-Qu-?"- Y ya no dijo nada más. Los labios de él absorbieron los suyos violentamente.

Un beso.

Sintió la suavidad, la textura, la humedad, el caliente contacto. Su boca lo enajenaba, no servía quererse proteger. De alguna manera u otra terminaría completamente demente.

El ojioliva no le respondió al instante, pero terminó haciéndolo eventualmente. Correspondió el beso con más parsimonia y menos voracidad, como tratando de complacerlo nada más.

A Scott no le gustó nada aquello, pues quería que él también lo disfrutara; quería oírlo gemir su nombre entre palabras cortadas y quejidos lascivos. Era toda una meta.

Mordió su labio y así tuvo acceso a su boca, en donde penetró con su lengua sin pensarlo dos veces. Exploró cada espacio, se dio el gusto y el tiempo de discernir su sabor acompañado de la sangre que no terminaba de fluir fuera de la laceración.

Escuchó un breve suspiro y sonrió. Estaba comenzando a gustarle, ahora no había vuelta atrás.

Colocó una mano sobre su cadera y la otra sobre su cuello. La poquísima luz que entraba a la habitación se proyectaba directamente hacia su rostro y garganta, dándole un brillo dorado casi irresistible.

Bajó su cabeza hasta dicha parte y esparció agresivos besos, la recorrió de arriba abajo con su emprendida lengua y mordió cuantas veces quiso, con fuerza, dejando heridas por cicatrizar y marcas de las que bebió el fluido rojizo que excitaba más y más su poca entereza.

Las manos de Glen apretaban firmemente la camisa sobre el pecho de Scott, suprimiendo gritos agridulces de dolencia y placer. Las ágiles manos del pelirrojo se hicieron lugar por debajo del camisón, con el propósito de apreciar bajo su palpitar el tronco magullado que había avivado innumerables fantasías.

Ambos suspiraron por el toque. Scott se encontró frotando su creciente hombría contra las caderas de él, queriendo que sintiera e interpretara todo lo que era capaz de despertar en el orgulloso oficial con cabello de fuego.

Exhaló el aire pesadamente otra vez. No era tonto; entendió que a él le maravillaba tomar el control de la situación, y por eso se dejó hacer a la voluntad ajena, sacrificando la suya a la íntegra merced de él.

Apretó más la tela de la camisa.

Se estaba comenzando a excitar…

El otro sintió la temperatura del prisionero en aumento, y con esa convicción terminó de quitarle el uniforme de reo, brevemente rompiendo el toque de labios para pasar la prenda fuera de su cabeza y brazos.

Toda esa belleza lo embriagaba, extasiándolo al punto de encantarse con algo estrictamente prohibido, con esa pasión que viajaba a través de su estómago, pecho y manos impacientes por descubrir todo en esa fisionomía carnalmente apetecible.

No lo resistió y elevó su espigado cuerpo aún contra la pared, suspendiéndolo en el aire con la presión que ejercía en frente de él, ayudado por las piernas que se le subieron hasta las caderas. Así Glen pudo sentir la erección pulsando y dilatándose cerca a la suya propia, a lo que de nuevo se sumergieron en un afanoso danzar de labios, agresivo, hambriento, definido por la necesidad más humana del momento.

Scott no entendía cómo era todo eso posible. Su apático objeto de codicia le estaba correspondiendo; y nada le hacía más feliz, pero a la vez nada encajaba.

¿Qué era de ese horroroso dragón que calaba en su subconsciente y lo delirar por ser uno?

¿Aún estaba allí? Sí. Lo sentía latir en esos feroces e irónicamente calmados ojos; bajo esa aterciopelada piel casi sufría el dolor que le daban sus escamas puntiagudas.

Pareciera como si él tuviera el control, pero no se engañaba, era una farsa. Él era el tonto que no se contenía y obedecía lo despertado por quien tenía en frente como desarmado títere, uno demasiado destrozado como para evitar volverse loco con cada suspirar que oía se escapaba de sus preciosos labios color melón.

Qué estúpido era. Ya no era dueño de sí mismo, ya nunca podría tomar el mando.

Tampoco resistió quitarle los pantalones y los zapatos, clavar los dientes y las uñas a lo largo de todo el torso para dejar sus propias cicatrices, las de Scott Kirkland, que también sería parte de la vida de aquella tétrica leyenda. No quiso no besarlo, mucho menos quiso reprimir las ganas que tenía de masajear ese perfecto miembro erguido, ni de morder el lóbulo de su oreja para sacarle más sangre y hacerlo vocear agitado.

-"Ahora vas a ser mío, Glen. Sólo mío"-

Deslizó el cierre de su pantalón de vestir negro, dando paso a que la erección saliera casi inmediatamente, liberándose del prendimiento en la que la tenía su ropa.

-"¿Has hecho esto antes?"- Preguntó antes de proceder, para saber si necesitaría preparación o no.

-"S-Sí"- Glen asintió levemente con la cabeza, luego cerró los ojos, presionando los párpados con pujanza -"Ahhh…"-

Sintió que se invadió su interior de un solo golpe, preciso y decidido. Él gimió por el calor que lo envolvió en un segundo, con la sensación enfatizada por ser el ojioliva con quien se encontraba.

Comenzó a moverse torpemente, aumentando el ritmo de vaivén con cada embestida que daba dentro de él. Los gimoteos no hacían más que impulsar la necesidad por tal acción, el roce y la fricción eran más que plácidas y suculentas, y todo lo empujaba a un límite en donde encontraría el éxtasis más puro.

Sus palmas empezaron a sudar y a temblar ligeramente. Tomó una de las manos del criminal con otra suya, impregnando más y más su esencia en él.

Nunca se había sentido así.

El carácter ilícito de ese encuentro fortuito incitaba más la efusión y el deseo de exprimir el efímero momento hasta que llegase a su punto crítico.

Eso, precisamente, haría: Disfrutar del encuentro al máximo.

Por eso, y cansado de aquella posición, echó a Glen a la cama, en donde pudo observarlo con más detalle.

Con una expresión descaradamente morbosa, lamió la comisura de su boca, antes de saltar al mueble con el propósito de atacar aquel cuerpo.

Sus mejillas rosadas, el sudor cayendo por su frente y sienes, los hematomas y heridas recién hechos, aún bombeando un poco de líquido vital, el excelente físico…

Ninguna palabra le hacía justicia a semejante vista.

Aquellos orbes lo abordaron con intensidad, esperando el próximo movimiento. Scott obedeció el implícito imperativo y volvió a besarlo, agarrando sus caderas para tener mejor acceso a su entrada.

Repitió lo de la vez anterior, entrando y saliendo cuantas veces pudo. Besó todo el abdomen, lamió la cortadura de días atrás hasta que esta se abriera y a él se le escapara otro gemido acompañado de agonía.

Quería marcar sus cuerpos entre las sábanas, para que así él siempre recordara…

-"¿A-Así te g-gustaa?"-

Él respondió con jadeos interminables, justo cuando los asaltos agarraron su cima más potente y poderosa, dejando a ambos casi sin respiración.

-"¡S-Scott!"-

Fue cuestión de minutos hasta que Scott se viniera dentro de él, y casi al instante, él lo acompañó en alcanzar el orgasmo, exhausto hasta los huesos.

A pesar de ello, el beso no perdió el ímpetu sino hasta que el oficial escuchara ser llamado por el pasillo. Chasqueó la lengua frustrado, Glen lo miró con curiosidad y un poco de inocencia en su cara. Le suministró un último beso en los labios y se acicaló como pudo.

Salió y dejó la celda en un completo silencio, con todos esos olores que indicaban una sola cosa: Que Glen era ahora suyo.

Él yació allí en el colchón, como emblema de lo que acababa de acontecerse.

Tuvo la satisfacción de conocer aquel cuerpo y de sellarlo violentamente.

Nada lo sacó de ese paraíso de sensaciones; a partir de ese encuentro sus emociones se elevaron, casi se enamoraba por la apariencia, la percepción y el acto.

¿Enamorarse?

No lo creyó, no quiso.

Pero él… Él era demasiado tentador, el único que había generado tan divino goce.

¿Acaso amaba a Glen Llywelyn?