WAKEFIELD
Capítulo Seis
7 de Junio de 1926.
Estaban casi a tres semanas de la ejecución de prisionero n° 63289.
Arthur se encontraba ligeramente nervioso, y la precipitación del clima matinal no ayudaba en nada.
Vio a través de la ventana: Afuera llovía a cántaros, no había nadie en la calle, ni en el parque de esparcimiento, mucho menos en los quehaceres de la intemperie.
Con Glen dentro de Wakefield, el trabajo se había hecho mucho más pesado. Nunca podía pasar desapercibido, ni ignorársele por aunque fuese un segundo.
Se apresuró así en tomar el último sorbo de su té Darjeeling para ir a recogerlo del comedor y acompañarlo a su aseo interdiario. Agarró el abrigo de corte largo del perchero en su estación, y salió a paso ligero, abriéndose camino hacia el primer piso.
Intercambió unas cuantas palabras de amargura con Scott, que se encontraba especialmente malhumorado ese día. No le prestó importancia porque sabía que era un idiota, así lo ignoró. Localizó al prisionero en cuestión y se le acercó para ponerle las esposas y dirigirlo hasta las duchas.
Durante el camino hablaron un poco acerca de temas triviales y superficialidades. Le dolió que fuera así, puesto que lo que realmente ansiaba era estrechar lazos y conocerlo mejor.
Estaba empezando a darse por vencido. Tal vez no era para él, ¡Tal vez ni le interesaba!
Él era tan introvertido con sus emociones, que no le era fácil mantener sus ilusiones en pie.
Se acercaba y se alejaba al mismo tiempo. Pensaba haber descubierto algo interesante que lo hacía sentir como si lo conociese mejor, pero luego aparecía otra cosa que le probaba exactamente lo contrario.
¿Y si estaba perdiendo el tiempo? O aún peor, ¿si todo era una trampa para asesinarlo? Eso ya era demasiado paranóico.
¡No sabía nada de nada!
El carácter de tan extraño personaje lo dejaba en la duda absoluta, y apenas era capaz de dar inocentes tanteos en busca de una resolución. Estaba perdido.
Llegaron al destino asignado, con cierta incomodidad en el ambiente que los rodeaba. Sobó la parte de atrás de su cuello y estiró los párpados -"Ya puedes entrar a las duchas. Yo te esperaré aquí afuera"-
Se sentó en una banca del preámbulo hacia la cámara de aseo, en donde los presos dejaban su ropa y se cambiaban al salir.
Glen buscó un cesto para dejar las suyas y lo jaló con él hasta la misma banca, se sentó, y comenzó a desvestirse.
El rubio sintió que sus mejillas enrojecieron, y le miró boquiabierto –"¿Te vas a desvestir aquí?"-
-"¿No es este el lugar para hacerlo?"-
-"P-Pues sí, pero…"-
-"Entonces está bien"-
Se quitó la camisa, los zapatos, las medias, y el pantalón, dejando su ropa interior para el final. El de al lado tragó saliva y lo observó paralizado, no sabiendo qué hacer o en dónde meterse. Vio cómo se puso de pie y exhibió su cuerpo plenamente desnudo sin preocupación. Permaneció viéndole, lerdo, ojeando su composición de arriba abajo.
Oh Dios…
El ojioliva lo miró con una ceja levantada inquisitivamente, a lo que él sólo desvió la mirada, acalorado y rosado, con la saliva casi escapándosele de la boca.
Glen…
Caminó hasta la ducha despreocupadamente.
Arthur aprovechó para mirarlo de nuevo, con más cuidado.
Tenía que…
¡No! No podía pensar eso. Él no era un pervertido.
O tal vez sí…
Cuando perdió de vista a aquella persona y escuchó el sonido del agua deslizándose y golpeando el suelo, siguió el rastro hasta llegar a aquel aseo. Se escondió tras una puerta y desde allí lo observó tanto y como quiso.
Ansió abochornado.
Esa parte de él cambiaba ante la vista por segunda vez.
Vio todo, absolutamente todo de él, y no podía gustarle más.
Cerró los párpados de golpe, no pudiendo evitar las ganas que tenía de tocar ese pecho, esos brazos, y ese ideal miembro.
Unas gotitas de líquido cayeron en su rostro y le hicieron bajar de vuelta a la realidad. Su preciado Glen estaba delante de él, mirándolo con severidad.
-"¿Qué haces?"-
-"E-Eh y-yo…"- Agachó el porte, apenado, más avergonzado de lo que nunca había estado en su vida. –"¡D-Disculpa! Mejor me voy…"-
Él pegó una mano en la pared para no dejarlo ir, demandando una respuesta apropiada -"Dímelo"-
Estaba tan apegado a él, que casi podía sentir el calor que su piel emanaba. Estaba allí, se veía tan apuesto y tan bien, y a él sólo le daban ganas de hacer una cosa…
No sobrellevó la presión en su mente y se le abalanzó para besarlo, enroscando los brazos alrededor de su cuello. Presionó sus cuerpos, juntos, tratando de grabar cada detalle en el suyo todavía cubierto.
Se vio forzado a alejarse cuando no sintió ninguna réplica por parte de él.
-"A-Ah-"-
Más avergonzado aún, se dispuso a escapar, pero una delicada mano que se posó en su mejilla lo inmovilizó al momento; unos cálidos labios sobre los suyos lo desarmaron y confundieron hasta que las rodillas le temblaron y el pulso se le volvió irregular.
Una corta separación que lo dejó sin aliento, y una mirada de comprensión de los ojos que le encantaban, fueron suficientes para que anunciara su pedido.
El indebido pedido.
-"¡M-Maldición! T-Tómame ahora, Glen, por favor…"- Gruñó entre dientes.
El susodicho bajó la vista y vio el volumen en su entrepierna, entendiendo lo que debía hacer: Le cortó el aire con otro beso, mientras acariciaba su cuello y él le atrapaba la cintura entre los brazos que sólo lo querían más cerca.
Lo guió despacio hasta la ducha en donde había estado bañándose, y una vez allí, cerró la puerta del limitado cubículo para que nadie los vea.
Se apresuró con las caricias, que sabía eran algo que él disfrutaba. Lo podía decir por la forma en la que lo acariciaba y se frotaba contra él, demandando afecto. Explotó el saber hasta que el más pequeño pronunciara leves sonidos de complacencia y animación.
Los mismos llegaron a ponerlo más duro y a prepararlo. Fue allí cuando se deshizo de la vestimenta de Arthur, ya mojada por el agua de la ducha que no se molestaron en cerrar.
-"G-Glen"- Se agitó entre jadeos, rozando su pecho. Él lo envolvió con más apetencia, jugó con su lengua y lamió sus labios, atormentándolo a sobremanera.
El otro tomó su hombría y la friccionó con avidez, un poco de cariño, y eso no lo llegó a entender. Escuchó un moderado gemido de Glen y siguió con su tarea, buscando darle más placer y finalmente ofrecerle su cuerpo.
…
De pronto ya estaban en el suelo, sobre sus losetas empapadas. El ojioliva semi-echado y con la espalda recostada en la pared; Arthur reclinado sobre él, besando su cuello apasionadamente, con las manos aún atareadas. Las caricias que le daba en el cabello con una mano y en la cintura, bajando por su cadera, con la otra, lo hacían desearlo al borde del delirio.
-"¿Estás listo? Ahhh…"- Pronunció al oído del inglés. El aire que tocó su piel ocasionó un gemido breve y un estremecimiento tenue.
-"Sí…"-
Glen tomó sus caderas y lo sentó sobre su erección, haciéndolo descender lentamente y con sumo cuidado.
-"Argh"- Arthur soltó un bufido placentero, más audible que el sonido anterior, una vez que lo tuvo dentro de él completamente.
Las sensaciones, gustos, percepciones; el agua que nunca dejó de caer, el roce bucal que nunca se extinguió: Todo eso creó un momento más que preciso para que el vaivén comenzara con lentitud, cuidando la integridad del deslumbrado joven. Mientras los jadeos y el ritmo cardiaco aumentaban, así lo hacía la fuerza de las estocadas, cuyos golpes dejaron sus marcas en el trasero del rubio y en la pelvis del galés.
Nada los detenía, era como si el tiempo se hubiese detenido fuera de la esfera de ese instante, su
Instante.
No podía estar más dichoso: Tener a Glen invadiéndolo era algo que no se imaginó, pero que no desecharía. Era perfecto, al igual que él. Cada golpe era ideal, hecho a su medida.
Era magnífico.
-"¡G-Glen! ¡Mmmf!"-
No contuvo los sonidos lúbricos que pensó reprimir en su garganta, pues los movimientos de él no lo dejaban, siendo demasiado sublimes como para no despertar tales gemidos y exponerlo con tal crueldad.
Dios, le gustaba tanto…Sólo esperaba que él se sintiera de la misma manera.
Recordó que quería ser parte de él.
… Y lo estaba siendo ahora, de alguna manera. Casi lo lograba.
Finalmente…
Se besaron más, él le susurraba cosas a su oído, del tipo de cosas que hacen que se sacuda el interior y se ericen los vellos de los brazos. Así, las embestidas subieron hasta su máxima intensidad, ya por última vez.
Suspiró con prolongación y Arthur gimió con su última gota de placer. Ambos se corrieron al mismo tiempo.
Su sudor y sus fluidos fueron llevados por el rocío. Los dos permanecieron inertes por unos minutos, jadeando hasta recomponerse.
El inglés rompió el silencio luego de posar sus labios sobre los otros con enternecedora delicadeza.
-"Quiero ayudarte"-
Quería ayudarlo, sí, era algo decidido. El horror persistía, el miedo nunca lo dejaba solo, pero más podía su interés y el gusto indescifrable que sentía por la naturaleza fascinante de sus ojos.
Debía tener las cosas mal… Arthur Kirkland era un hombre despojado de sus luces y su cordura.
Todo por esas iris verde oliva…
-"¿A qué te refieres, Arthur?"-
-"Me refiero a que… Quiero que seas tú, Glen, no un asesino al que se le vaya a sacrificar. No podría creer que te limites a eso… ¡Digo! Siendo tú…!"-
Se sonrojó de nuevo, miró a otro lado con el entrecejo fruncido –"… tan maravilloso"- Musitó pausadamente.
Glen le miró nada más, no dijo nada. Tampoco era como si él lo quisiera, o lo esperara, le era suficiente con haber pasado la mañana así, con su compañía, con su calor…
Glen…
Ojalá pudiese leerlo, sin que la oscuridad a su alrededor lo devore a dolorosos mordiscos.
-Ahora soy parte de él, no permitiré que eso cambie-
