WAKEFIELD
Capítulo Siete
-"¡Maldición!"-
Gritó, pateó, golpeó. Pero nada parecía poder vaciar el remolino de emociones que estaba en su interior.
Scott Kirkland yacía en el suelo de su casa, de madrugada, con el rostro empapado de sudor y con los puños rojos de tanto golpear la pared.
Su pecho se inflaba y desinflaba con rapidez, estaba agotado con todo ese ejercicio al querer quitarse la furia de encima.
-"Glen Llywelyn procederá a morir en la silla eléctrica el 28 de Junio, vayan preparándolo"- Aquellas palabras resonaban en su cabeza con cruel y doloroso eco.
Dolía mucho.
E igual, ¿qué podía decir en contra de eso? Desde el comienzo supo que sería ejecutado, desde que abrieron la puerta de la maldita celda acolchonada y lo dejaron andar por la prisión porque tenía decidido el futuro de todas maneras, y que de eso no había nada que discutir. . Lo sabía, discernía y entendía todo. Pero no lo concebía.
Menuda estupidez.
Preguntas y preguntas se hicieron paranoicamente en su cabeza. Tales como, ¿qué sería de él si no volviera a verlo?, ¿Wakefield sería lo mismo?, ¿dejaría su oficio?
¿Por qué se sentía así?
¡No tenía sentido!
No podía imaginarse un mundo sin él.
¿Cómo? Era sencillo: El encuentro en la celda 7218 Nunca dejó su cabeza. Mezcló todo lo que sintió ese día con lo que sentía hasta ese punto de la relación, y todo encajó.
Era casi inminente, casi una verdad: Estaba completamente enamorado.
Las miradas, el conversar, las caricias y el sexo…
Ese no era un caso regular, estaba por sobre todo.
¿En verdad podría ser que lo amara?
-Reflexionemos un poco- Se dijo. Inventó atajos y todas las salidas posibles, pero sólo llegaba a un resultado: enamoramiento. Amaba al ojioliva. Más que a todo y más que a nada.
Juntó todas las razones y las puso en un solo concepto, el concepto de él.
Estaban su apariencia, su personalidad distante e indiferente, el misterio que encerraba, aquellos orbes brillando desde la oscuridad, repletos de nada…
Eso era poco, pero no podría decir más. Eran justos motivos para caer hacia alguien.
Si es que no se tomaba en cuenta que gran parte de él pertenecía a un maldito psicópata… De esa forma, la alienación de su carácter salía a flote, pero también peligraba y se denigraba.
Glen lo había tragado, con todo lo que eso conllevaba.
Había consumido su vida entera, y él nunca hizo algo, aun cuando todo transcurría frente a su vista como el calmado flujo del caudal de un sangriento río.
¿Cómo podía estarle pasando algo así?: Enamorado, entregado a ver la flor de ese amor desaparecer con el horror que había erguido. No era justo. No podía terminar.
Ridículo.
Era un policía, un individuo que supuestamente buscaba el bien de la sociedad.
¡Qué torpeza para más fachosa!
Pensó como tal un momento: Glen Llywelyn, asesino de 132 personas, merecía la silla eléctrica. Merecía que se le voltearan las espaldas, merecía el cruel olvido. Sería estúpido –además de inútil- pensar que sería mejor si viviera su vida completa.
Eso le decía el deber; cosa muy distinta le decía la parte emocional de su cerebro.
-"Debe haber una forma… ¡No puede irse así por así!"-
¿Por qué? Porque no lo quería. Porque necesitaba el alimento de esa maldad y de la sarcástica vida de su vacío.
Ya estaba loco, podía estarlo más. Pero esa locura era una dulce, una extática y disfrutable. Lo hacía al tanto de lo que estaba mal en él, de lo feo, lo terrible y lo innombrable de su monstruosa personalidad. Y esa figura se paraba al lado de todo, extendiéndole la mano para que dejara la maldición discurrir.
.. . Iba a liarse con algo más grande que él.
Tenía que impedirlo: Era necesario.
Arthur manejaba su auto por la vía rápida, queriendo llegar pronto a su casa y cocinarse algo de comer.
Aunque realmente no tenía prisa, pues vivía solo y no tenía tanta hambre. Estaba, más bien, ansioso: No podía dejar de pensar en Glen y en su ejecución, que ya tenía fecha lista, y una demasiado próxima: Faltaba poco más de una semana, y él no sabía qué hacer consigo mismo.
Debía estar bien que un criminal con tal historial encontrara el fin ce sus perjudiciales acciones; debía estar bien que muriera y que fuera enterrado muy profundo para que se pudriera y se olvidase, borrado de la faz de la tierra.
Era lo justo y lo correcto, estaba bien.
Y él, más que nadie, debería entenderlo y apoyarlo: Era un policía. Había jurado defender Inglaterra de sus hijos malos y hacer mejor la vida de los ciudadanos honestos …Pero no lo sentía así.
Prefería creer en Glen y lo mucho que le amaba.
Sí, le amaba. Era tonto, burdo y estúpido, no tenía sentido cristiano, menos humano, por tratarse de él.
Con todo eso, le quería, le deseaba, le interesaba a sobremanera. Y más por lo que habían compartido días atrás, por toda esa pasión y todo ese júbilo junto que le explotaba el hígado de sólo acordarse, que le hacía sudar las manos y que la vista se le nublase.
No quería que eso acabara, no tan rápido, al menos. Le aterraba la idea y lo dejaba atónito. Tenía miedo de no volver a ver aquellos distantes ojos jamás.
¿Qué haría si él se iba?
No podría volver a trabajar en esa prisión, ¡volvería a ser un infierno! Su vida quedaría despojada de lo único en que pensaba, cada día, noche y hasta en el sueño.
Todo sería un desastre sin él. Arthur sería un desastre sin él.
…
Quiso pensar que si se le daba una oportunidad, si él estaba a su lado, podría cambiar su rumbo.
Era más que supuesto: Tanta clase y tan finos gustos, tan calmado proceder… Todas esas cosas eran propias de una persona refinada y culta, y Glen era una, por lo que con cierta ayuda podría encaminársele.
Y él quería ser ese apoyo. Quería ser libre para amarlo.
-"Maldita sea"- Gruñó entre los dientes.
¿Por qué la vida tenía que ser tan dura?
… ¿Por qué tuvo que enamorarse de Glen?
Estaba mal.
Pero desafortunadamente habían otras cosas igual de malas, y que merecían el mismo nivel de aflicción y preocupación.
Sí.
Como por ejemplo, el hecho que Scott estuviera interesado, también. El desgraciado siempre miraba al galés, le hablaba y tomaba cada pequeña oportunidad para estar con él. Era demasiado obvio.
Seguro le había conmovido su belleza, y por lo mismo, era más que probable que sintiera el lascivo deseo ardiendo en sus entrañas cada vez que lo veía. Él era así, Arthur lo conocía mejor que nadie. Lo que más le rabiaba era que tuviera la insolencia de tocarlo, en el rostro, observándolo, sonriéndole… Era asqueroso.
Pero allí no acababa el asunto. Glen también le hablaba, a veces le miraba, aún con su calmada y flemática actitud.
¡El muy asqueroso seguro le había metido intrigas al cerebro!
Tenía que terminar con eso que su hermano se traía entre manos si quería la completa atención de él. Y también tenía que buscar una manera de que su lapidación no se lleve a cabo.
-"¿Qué puedo hacer?"-
Entonces, una luz lo iluminó: ¿Qué tal si, por una vez en su vida, convencía a su hermano mayor para formar una alianza? No dudaba que él querría ayudar al asesino, pues además de gustarle, estaba enfermizamente obsesionado con su pasado criminal, excitándose con cada horroroso crimen por lo que ellos mismos contenían.
Ambos estaban interesados en él. Podrían encontrar respaldo el uno en el otro para consumar su cometido.
Así se peleaba la guerra, ¿no? Te alías con el enemigo para obtener lo que quieres, y luego puedes aprovechar en despedazarlo.
Una alianza con Scott no parecía, bajo tales circunstancias, una tan mala idea.
Lo evaluó mucho tiempo, durante el camino, la llegada a casa, la cena y lo previo al dormitar.
Era el plan ideal.
Dio un paso al lado, luego regresó por el camino, volvió a avanzar, regresó, y avanzó.
Caminaba a lo largo de la oficina de su hermano, esperando a que éste llegara para empezar su turno.
Empezaban a la misma hora, a las 5 de la mañana, pero eran obligados a llegar una hora antes para alistar todo lo que necesitarían o escribir los reportes. Él, como siempre, había llegado cinco para las cuatro, justo al tiempo indicado, como debería ser según los estatutos de lo correcto y admirable.
Eran ahora las cuatro y cuarenta y dos, y el pelirrojo no daba señales de vida. Arthur comenzaba a impacientarse, maldiciéndolo por ser tan irresponsable y no tomar su cargo en serio. Justo cuando iba a arrojar el gigantesco reloj de la habitación por la ventana, escuchó los pesados pasos sobre el suelo de concreto.
Los reconoció al instante.
A los pocos segundos, una figura alta y adormecida se asomó por el umbral del cuarto, sobándose los ojos de los que colgaban semicírculos negros que contrastaban con la piel pálida.
-"¡A estas horas llegas! ¡Eres un maldito asno, Llegando tarde al trabajo con el que pagas tu comida, imbécil!"- Los nervios lo tenían irritado, tal vez demasiado.
El otro se despertó completamente por la sorpresa, y luego de arquear las cejas hacia arriba, las frunció con molestia. –"¿Qué mierda haces aquí, idiota? ¿Estás tan mal que no puedes ni darte cuenta que esta no es tu renegada oficina?"-
El rubio se calmó, no queriendo discutir antes de hacerle la petición que podría salvar a Glen con suerte. Tragó una bocanada de aire y cerró los ojos, nublando su mente. Cuando estuvo en paz, le respondió por fin –"Sé que no es mi cuarto. La verdad es que te esperaba para hablar contigo"-
-"¿Hablar? ¡Jah! como si eso fuera posible con un engreído como tú"- Jaló la silla frente a su escritorio para poder sentarse y poner los zapatos sobre el mismo, y luego sacó un cigarro de su cajón y lo prendió para fumarlo. –"¿Qué quieres?"-
-"Seamos razonables ahora, Scott. Lo que vengo a decirte es muy serio"- Puso un tono circunspecto, tratando de convencer al mayor de que se trataba de algo de suma importancia.
-"Bueno, ¡ya! Dime con qué idiotez vienes ahora, hermanito"-
-"Es con respecto a la ejecución de Glen Llywelyn. Sabes que falta poco para eso, ¿no? Ayer nos lo informaron"-
-"Sí"- Desvió la mirada pensativo, mordiendo su labio con preocupación. Eso no pasó por alto ante la vista de Arthur, quien así comprobó que era ya más que irrebatible que a su hermano le gustara el ojioliva. –"¿Qué hay con eso?"-
-"Sé que sonará descabellado, pero quisiera que me ayudes a evitar dicho suceso. Verás… He notado que estás interesado en él, no me atrevo a decir en qué sentido, pero la verdad es que yo también le aprecio, y que termine así…"-
Scott lo miró con asco –"¡Sabía que tenía razón! Bueno, es que era evidente, con la cara que ponías cuando lo veías"- Frunció el ceño y lo ojeó de arriba abajo –"¿Qué te hace pensar que querría ayudarte?"-
-"No tanto a mí, sino a él. Debes hacerlo"-
-"Cierra la puerta"-
Él le hizo caso y fue a cerrarla con seguro. Cuando volteó para encarar al mayor, se encontró con su puño, el cual lo golpeó de tal forma que hizo que le tambalearan las piernas. Antes que pudiera recobrar la entera consciencia, fue halado con la tela de su túnica –"¿Quién te crees para decirme lo que tengo que hacer? Y sobre todo, ¿quién te crees para interponerte entre él y yo? Puedo destrozar tus patéticos sentimientos cuando se me pegue la gana"-
Éste lo empujó con fuerza y se lo sacó de encima, con el rostro rojo por el porrazo y los ojos llenos de ira. –"¿Patéticos? ¿Además de bruto eres ciego? Lo que yo tengo con él no es el mero y bestial deseo morboso que tú debes sentir, cretino. ¡No me vengas a joder ahora!"- Y con eso le propinó un rápido pero poderoso golpe en el estómago, que lo redujo en un instante.
Se recobró y mandó otro puño hacia su mandíbula, haciendo que volase hasta la puerta otra vez. Se le acercó y le arrinconó, susurrándole con veneno –"¿Estas enamorado de Glen, imbécil?"- Su mirada destapó cierto temor en él, pero no quiso mostrarla, así que sólo se mantuvo en silencio, buscando una respuesta ingeniosa para evitar el embarazoso tema.
Perdió la paciencia –"¡Respóndeme! ¿O quieres que te mate aquí y ahora?"- De pronto tuvo un revólver en la mano, apuntándole directamente a los sesos.
Tragó saliva y supo que no le quedaba más que decírselo. ¿Por qué tuvo que dejar su arma en la oficina?
Maldición.
-"S-Sí"-
Bajó el arma y la guardó en el estuche incrustado en su correa. Retrocedió unos pasos masajeándose en entrecejo, intentando relajarse.
Era cierto lo que pensó: Arthur tenía algo con quien él amaba, y ciertamente no estaba dispuesto a compartir. Sin embargo, lo que le propuso su hermano era de verse con detenimiento.
Sus ojeras y su cansancio eran producto de la larguísima charla que tuvo consigo mismo durante la noche anterior y la madrugada, concentrado en sus sentimientos, en la paranoia que sentía por el contexto, y buscando alguna forma de rescatar al disputado objeto de deseo.
Ya tenía un plan, pero aún con eso necesitaba la ayuda de alguien.
Y si él se lo proponía, ¡bueno! Era para no ver morir a Glen.
No podría, ya era consciente de eso.
-"¿Qué dices? ¿Aceptas?"-
Lo consideró un poco más. No halló más nada.
-"Vale… Pero no creas que te has librado. Una vez que él sea libre, te mataré"-
El rubio sonrió sarcásticamente –"Bien por mí. Tu amenaza me da una escusa para acabar contigo primero"-
-"¡Jah! Bien, pero lo haremos a mi manera, sabandija. Tengo un plan. Siéntate en el maldito sillón y préstame atención"-
…
Así, discutieron el plan entre insultos, golpes, patadas, sarcasmo y brutalidades. Lo acordaron prácticamente todo, desde la fecha en que lo harían, hasta las ubicaciones que cada uno tendría a la hora precisa.
Tocadas las seis fueron a rondar el pabellón rojo, y más tarde, cuando salieron de su turno, conversaron el caso más a fondo. Con eso se sintieron un poco más tranquilos, o al menos recobraron el sueño.
Glen saldría antes de que se consumara la condena. Nada lo impediría.
