WAKEFIELD
Capítulo Ocho
Estaban arreglando el salón, la silla y la buena condición de su sistema eléctrico, los asientos de los podridos espectadores, y preparando al verdugo adecuadamente.
Scott veía todo con disimulada impaciencia. Se le había llamado para ayudar con los preparativos, mientras Arthur vigilaba al sentenciado asesino.
Eran las cinco y treinta de la tarde, lo que les dejaba con una hora y media exacta para cumplir con su plan.
Se excusó con alguna insignificancia y se dirigió a su oficina –Al menos fue allí a donde dijo que iría-
En realidad fue al teléfono de la planta, para llamar a la compañía que les proveía equipos. Estaba autorizado para realizar dichas decisiones, pues la baja de personal los había llevado a convertirse en oficiales multi-tareas. Ordenó los equipos enfatizando que los requería urgentemente, por lo que la empresa se vio obligada a mandar el pedido cuanto antes.
La orden llegó al cabo de treinta minutos.
Él esperó en la entrada de la prisión para no levantar tanta conmoción. Se encargó personalmente de llevar la gran caja en un carrito de carga, pues no quería que la tarea involucre a más personas de las que necesitaba para su plan.
Subió hasta su pabellón sigilosamente, tratando de no llamar la atención de nadie. Entró a su cubículo con el paquete, aparentando buscar las llaves del estante de almacenamiento. Allí lo esperaban Arthur y Glen, que estaba cubierto con una gorra tan grande que con su sombra le tapaba el rostro, y vestido con otras ropas que no eran el uniforme de Wakefield.
Con ayuda del rubio, vaciaron la gigantesca caja y pusieron toda la mercancía en una más pequeña, en donde cabía de igual manera, luego hicieron que el reo entre en la primera, para después cubrirlo con una manta y hacerle un agujero al cartón, de manera que pudiera respirar.
El mayor salió al pasillo con la caja en la que estaba el ojioliva, y se encaminó hacia el almacén, en donde una vez allí, fingió con cinismo encontrar el equipo incorrecto, tal vez por una equivocación de los proveedores.
Abrió la caja y ojeó su contenido falsamente.
-"Ahh… Parece que se han equivocado. Menudos idiotas"-
La actuación era por si a caso alguien pasaba, aunque no fue realmente necesaria.
Volvió a su despacho, dejó el paquete a un lado y buscó las llaves de la puerta de su auto, supuestamente para conducir hasta la fábrica y cambiar el pedido.
Afuera se encontró 'casualmente' con Ludwig –no había sido así de verdad, debido a que él calculó que estaría allí para esa hora, porque en ese piso le parecía un poco más fresco- Lo saludó de lo más normal, como si nada pasara.
-"Hola, Ludwig"-
-"Buenas tardes. ¿Vas a dejar eso?"- Señaló la caja en el carrito.
-"Sí. Los idiotas de Wendorff's se han equivocado con el pedido otra vez. Voy a ir a devolvérselos hoy mismo y a ponerlos en su lugar. ¿Te parece si me cubres? Arthur ya está vigilando a Llywelyn, así que no debes preocuparte por eso. Sólo echa un ojo a los regulares"-
-"Esta bien…"- Suspiró –"Pero me la debes, Kirkland"-
-"Aye. Te la pagaré otro día"-
Hizo una ligera reverencia y se fue sin más, llevando el bulto consigo. Lo bajó de la misma forma que lo subió, intentando no captar ningún tipo de atención. Mientras tanto, Arthur había logrado sacar la segunda caja, en la cual pusieron los artefactos recién entregados. Se las arregló para salir de Wakefield sin que ninguna cámara lo pillara, caminó hasta el pastizal que se extendía en donde se encontraría con su hermano.
Llegaron casi al mismo tiempo; se pararon frente a un lúgubre árbol y se miraron el uno al otro con alivio.
Ya había caído la noche.
Ese día el sol había salido como nunca, casi había hecho calor, y el cielo aún guardaba ciertos manchones naranjas y violetas con las estrellas, viéndose sencillamente hermoso.
Era un día perfecto. Habían logrado sacar a Glen. Miró su reloj, vio la hora: Seis y quince.
Lo habían salvado con cuarenta y cinco minutos de anticipación. Qué feliz estaba.
Llenó sus pulmones con aire fresco, aspiró los aromas nocturnos y sintió el sabor de la aspiración llevada a cabo. Quiso verlo.
-"¡Saquémoslo!"- Se acercó al cartón después de poner la que sostenía sobre el césped húmedo con el rocío.
Ansiosamente la abrió, perdiendo de vista a Scott que descansaba a un lado, y pensando encontrarse con los ojos verdes que lo volvían loco, enamorándolo hasta que doliese.
… Pero allí no había nada, ni siquiera estaba la manta de cuadros escoceses que usaron para cubrirlo.
-"¿E-Eh?"-
De pronto sintió frio atravesar su espalda, luego intenso y agonizante dolor. No volteó, se quedó allí, inmóvil, sintiendo lo que vino: Percibió que el punzón era aplastado más adentro en su pecho, sintió humedad sobre su piel, camisa y abrigo.
Vino un breve dolor más, él lo entonó con un quejido desprovisto de aliento.
Escupió sangre. No supo por qué.
Cayó hacia adelante, apenas logrando dar la vuelta boca arriba. El artefacto se hundió aún más, la dolencia incrementó. Vio dos orbes verde oliva, brillando con manía y desdén.
Escuchó un gruñido y una risa.
Ya no volvió a sentir nada más.
Una lágrima descendió por la esquina de su ojo derecho y cayó estrepitosamente al suelo.
Su vista se nubló.
Todo quedó oscuro y en infinito silencio.
…
