WAKEFIELD

Capítulo Nueve

Glen vio como el cuerpo cayó frío al suelo

Permaneció viéndolo con cierta satisfacción: Se sentía bien asesinar después de tanto tiempo reprimido en la horrible y repugnante prisión de alta seguridad.

Arthur se volteó lentamente, sorprendido y moribundo. Había dado justo en el corazón.

La nula capacidad para sostenerse con sus brazos generó que cayera simplemente de espaldas, a lo que el cuchillo asesino se hundió más en su pecho, destrozando su corazón por completo.

Le miró con desconcierto, dolor, cariño…

Con el asqueroso cariño que le había cogido estando allí dentro, incluso llegándole a amar incondicionalmente…

Pero si eso era obvio; si no, ¿cómo habría sido capaz de violar la ley sólo para protegerlo?

Odiaba ese tipo de caridad, le resultaba repugnante, irracional, y estúpida.

No negó que fue su plan desde el principio… Previó que ambos policías podrían enamorarse de él desde la vez que los vio por primera vez. Su carácter, genio y especial habilidad para entender a otros, le permitió realizar que la primera mirada que intercambió con cada uno dejó una fuerte impresión en ellos.

Vislumbró la transición entre la vida y la muerte una vez más: Todo el dolor y el cariño se consumaron en una lágrima que cayó por el lado de su fino rostro, para después morir allí, exánime, si saber por qué moría o si realmente moría tan siquiera.

Era tan bello… Su fría alma se alegraba cada vez que podía ver ese espectáculo. Aunque a su parecer faltaba algo de brutalidad, pero no quería llamar mucho la atención con esta víctima.

Sería inútil, después de todo, apuñalarlo o cortarlo o hacerle algo más, pues ya estaba muerto.

Si el cuerpo no sufría, no era entretenido.

Parte de esa inclinación por el sufrimiento físico era lo que justificaba su disposición a exterminar.

Le fascinaba: Matar a alguien obtuso, que no tuviera propósito en el mundo o que viviera a costa de la felicidad de los demás, era algo que había adoptado como costumbre por varios años.

Ver a la gente deslizarse hasta la demencia, gritando de sufrimiento y por sus vidas, lo hacía sentir como un sádico dios.

Tenía otras razones, no obstante. Cada una envolvía particularmente a su víctima, pero la fórmula general para estimular su voluntad era el sentimiento de repugnancia: El asesinaba gente que le daba asco.

Por repudio, por su estupidez, por su descaro a mostrarse tan imperfectos ante el mundo.

A veces pensaba que la imperfección más cruda era un pecado… Y los pecados se castigan, eso lo sabe todo el mundo.

La imperfección mataba a los genios, como casi lo mató a él.

El orden y la pulcritud eran necesarias, así se lo dictaba su capricho con la perfección.

Lo merecían.

Había pasado por muchas cosas en su pasado, y aunque las dejara a un lado para continuar con su transcurso, siempre le perseguían, amenazando su entereza y creando el especial aborrecimiento hacia la gente de la misma naturaleza pútrida que tuvieron sus castigadores.

Sacudió la cabeza. Prefirió no acordarse, o al menos no ahora, pues aún faltaba otro.

Volteó para ver a Scott, contemplándolo con detenimiento:

Sus ojos se encontraban más abiertos de lo normal, de ellos se desplegaba un resplandor ponzoñoso, tenía una ceja levantada y la otra recta en su sitio, y una psicótica sonrisa se asomaba por sus facciones extasiadas.

La reacción lo sobrecogió. Ese actuar era anormal, no había duda de eso.

Acababa de asesinar a su hermano menor, pero a él no parecía fastidiarle en lo absoluto. Miraba el cuerpo, la herida en el pecho, los ojos salidos, la boca abierta de la que caía un hilo de sangre, todo, como si se tratara de la escena más narcótica.

Cierto agrado colmó su interior. Tal vez esa mutada y trastornada personalidad del pelirrojo era lo que lo había mantenido con vida hasta ese momento, por sobre el cuerpo sin vida de su hermano pequeño.

Dejó de mirar el cadáver y lo vio a los ojos.

Los sintió llenos de efusión y de bizarra alegría. Curveó un poco sus labios, divertido por aquel hombre que patéticamente se había enamorado de él, también.

El escenario era ridículo y nauseabundamente dramático.

…Pero de alguna manera excitante.

Antes que pudiera entender el por qué, inconscientemente se dirigió hacia el policía recostado en el árbol, empuñando su segunda daga y apuntándolo con ella.

Escuchó una carcajada.

Despertó por completo.

Iba a matarlo.

-"Lo lamento, Scott, pero ya no eres necesario"-

Iba dar una estocada firma. Quiso darla.

Su fuerza lo traicionó y sin saber cómo, se halló a sí mismo recostado contra el tronco y con su víctima frente a él, sujetándole ambas manos con fuerza.

Aceptaba que era naturalmente más fuerte que él.

Y tal vez, sólo tal vez, se acercó tan campante a posta, aún sabiendo que terminaría así

-"¿Con qué ya no soy necesario?"- Su aliento acarició su oreja, su voz parecía ronronearle.

¿Qué estaba mal con él?

Lo conocía a él y a su manera de proceder, prácticamente calculaba cada paso que podía dar.

No creía que su perversión fuera innata y propia de él. Era casi imposible que odiara a su hermano desde siempre, y que durante el mismo tiempo sintiera desdén hacia la fragilidad humana.

Si era así, él sería…

Había visto como maltrataba a los otros reos cuando ellos lo desafiaban. Los golpeaba brutalmente hasta que sangraran, a veces con el garrote, o con una vara, provocándoles dolor prolongado y en ocasiones dejándolos casi muertos.

También lo había visto maltratar animales, pájaros, ratas y perros, por el puro placer que parecía estimularle. Había presenciado la ira que le descargaba a Arthur cuando estaba enojado, lo agarraba del cuello de la camisa y lo arrojaba al suelo, allí le pateaba, y cuando este quería defenderse, no dudaba en sacar su revólver y apuntarle sin escrúpulos.

Él nunca le dio razones, pero de haberlo hecho, era más que seguro que también habría tratado de agredirlo, aunque le gustara.

Era tan violento y amaba tanto el sufrimiento. Era extraño, predecible, patético, horroroso y en ocasiones interesante.

Pero aquella bestia era apacible, después de todo, y con sólo un ademán, logró traerlo de cabeza.

Y sí que le sirvió: Al igual que el hombre muerto, él también había sido usado como parte de una estrategia que sólo beneficiaría a Glen, devolviéndole la anhelada libertad.

Sólo para eso habían servido.

-"Ya no".

-"¿Por eso mismo mataste al idiota?"-

Scott se sentía más que a gusto. No tuvo que deshacerse de su hermano al final, fue Glen mismo quien lo eliminó, y casi se sintió ganador.

Arthur terminó consumido por la tinieblas del ojioliva, y él aún quedaba vivo: Llegó al final, mientras que el otro se quedó a un paso de encontrar un destino junto a su amado.

Reconoció, no obstante, que aunque amara profundamente al condenado, no llegó a confiar en él plenamente.Y eso era porque él personificaba un dragón que podía despedazarlo en cualquier momento, y allí era donde lo tenía el inmenso reptil, a punto de masacrarlo…

No quiso dejar que pasara. Apostó por retarlo cínicamente y esperar que suceda lo mejor con él. Si no, era hombre muerto, literalmente.

Pero si no se arriesgaba, ¿cómo podría saberlo?

Sonrió por la respuesta que le dio, vagamente ya se lo había figurado. Ahora quería saber si por lo mismo tuvo que deshacerse de su estúpido hermano.

O lo que fue su estúpido hermano.

-"Sí. Pero hay más"-

-"¿Qué cosa?"-

-"¿En qué sentido es necesario que te lo diga?"-

-"En el sentido que puedo llevarte a ser ejecutado ahora mismo y delatarte. ¿Eso te apetece?"-

-"Qué ridículo"-

-"Oh, sí, ridículo. Vamos, respóndeme, querido"-

Suspiró, sin mostrar ninguna emoción o señal alguna de temor; neutro, frío, inexpresivo.

-"Oí su conversación de hace dos días. ¿Enamorarse así? Me pareció más que patético"-

El pelirrojo soltó una débil risa –"Sabía que pensarías así, y también que ya había puesto un ojo en nosotros dos"-

-"¿Lo hacías?"- El sarcasmo desbordaba la amabilidad en la elección de sus palabras.

-"Sé que me conoces y que nos has estudiado todo este tiempo. Eres consciente de todo"-

-"No tiene sentido sentir apego a algo humano, perfectible y repugnante"-

A Glen ya se le había olvidado que era amar, o mejor dicho, nunca llegó a saberlo.

Había pasado su vida solo, desde muy joven, y su forma de ser no ayudó para que tal deformación no se llevara a cabo. No comprendía cómo funcionaba, no estaba en él, no amaba. Posiblemente alguna vez encontró gusto por alguien o algo, pero sólo eran sentimientos insuficientes, carentes de emoción, y demasiado débiles para ser algo sustancial.

Lo encaró severamente. Él llevaba un gesto jocoso y extático, como si se divirtiera con la situación.

-"Ya veo. Entonces me usaste y te causo repugnancia. ¿Querrás matarme por eso? Vamos a ello, entonces. No me importa"- La curva de su boca se agrandó en una mueca insólita y delirante. Condujo la mano con el cuchillo gracias al agarre, la dirigió hacia su pecho y allí apretó la afilada punta, descendiendo en línea recta hasta llegar a la mitad de su estómago.

El corte pasó la tela, impactando directamente con la piel. La sangre brotó de la herida en grandes proporciones, manchando la camisa, el abrigo, y derramando algunas gotas al piso. Ni siquiera pareció que le doliera la cisura, no mostraba nada que no fuera la demente sonrisa que tenía en la cara.

¿Por qué? ¿Sólo por mostrarle algo?

¿Qué sería aquello? ¿Que le gustaban las liquides tanto como a él?

No… Nadie podría gustar de eso tanto como él.

Mucho menos el policía, que había sido tan débil al enamorarse o perder los estribos.

¿Qué había de glorioso en ese amor que los dos Kirkland sintieron?

No era placer, no era la compañía de por vida. En él había afecto y admiración, cosas que no existían en su psiquis. Pese a eso, admitía que en ocasiones sintió delicia con alguna cosa, acción, o detalle.

Scott tenía… eso.

Ese sadismo, la capacidad de sentir la adrenalina al ver el sufrir ajeno, la frialdad para ver morir a su relativo, la maldad para soltar una carcajada.

El valor de amar a alguien tan sucio como él.

Probablemente eso era… especial. Tal vez tenía validez, todo como un conjunto de cualidades en un mismo hombre interesante.

-"¿Esto es lo que te agrada no? La sangre"-

-"Te equivocas. Es más que eso. Rebasa incluso la importancia que tiene el capítulo final de una vida"-

-"¿Por qué tanto odio a una vida? ¿Por qué no dejarla ir en paz y ya?"-

Era evidente que lo estaba probando, sabía lo que quería escuchar.

Él sintió deseos de complacerlo, pues, además, la respuesta privilegiada se acercaba a sus creencias y motivaciones.

-"Porque no es nada"-

Fue testigo del estremecimiento del sujeto, su gesto travieso, y la lengua que paso seductoramente por su labio inferior.

-"Eso es todo, Scott"-

Deseó librarse del enganche, pugnando entre los puños que mantenía sus muñecas impotentes. Fracasó.

Recibió algo inesperado; otro beso.

Un beso rudo y violento. Siguió su trazo desde sus labios hasta su cuello, dejando marcas rosa de mariposa a lo largo del camino que tomaron.

Siempre odio esa rudeza y esos modales y esas maneras de actuar. Tenía que rescatar muchas cosas en Arthur, cosas que el otro no tenía y que precisamente lo hacían muy bueno en algunos aspectos.

Él siempre trataba de ser un caballero. Uno delicado, atento, distinguido, elegante, y con clase. Era de esas personas que admiraban el buen porte y las buenas costumbres, las del gusto fino y el perfil levantado, de los que no se mezclaban con la gente así nada más. Siempre quiso saber las razones que tuvo para entrar al bajo mundo de los criminales y las cárceles, pero aunque estudió y llegó a la naturaleza del carácter, nunca lo supo, aunque supiera los efectos, la poca familiaridad, el disgusto y el asco, el nulo sentimiento de pertenencia que el rubio tuvo con ese lugar.

Y eso le interesó parcialmente. Le prestó mucha atención, y hasta llegó a querer colaborarle con las pequeñas conversaciones que despertaron falsas esperanzas y deseos de más.

Hasta disfruto esos días…

Nunca dejó de sentir rechazo por emociones tan mundanas como el amor o el afecto, pero la variedad de la que lo proveían esos dos hermanos era única hasta ese momento.

Al igual que Scott, él tuvo ese algo que lo hizo enamorarse de él, después de todo. Tuvo la misma inclinación por el pecado y el horror, aún a entera consciencia propia y sabiendas.

Era especial. Era extravagancia pura.

Eso era lo que Arthur tenía.

Igual de interesante e igual de válido. También tenía sus deleites.

Allegados a la clase y a la discusión inteligente antes que al sadismo distintivo de los dos hombres que se encontraban bajo el gran árbol. Casi a un romance implícito que nunca existió, en vez de a un interés común adornado con pasión.

Eran dos cosas tan diferentes… Y él estuvo envuelto en todo, desde el inicio y el impacto de una mirada y una impresión casi aniquiladora. Había sido inevitable caer en eso, tan inevitable como había sido necesario.

No podía quejarse.

Sin embargo, no había vuelta atrás; no había forma de dejarlos vivir.

Sintió presión sobre la piel sensible en su garganta. Una voz penetró el aire caliente.

-"¿Cómo fue que llegaste aquí? Nosotros te dejamos-"-

-"Escape cuando hablabas con Ludwig. Los esperé aquí, para sorprenderlos"-

-"Pero no me sorprendiste a mi"-

-"Contigo tengo otros planes"-

Scott le miró, divertido y curioso. Seguro querría meter las narices en su plan, de una manera en la que no fuese la víctima, pero no podría evitarlo. Antes que pudiera pensar otra cosa, se escuchó una voz vociferando desde el gran edificio de Wakefield.

Reconocieron lo que decían y por qué lo decían: Ya habían descubierto la huída del asesino que tanto tardaron en capturar.

Eran más de las 7, y era natural que lo hubieran hecho. Era muy probable que también hubiesen notado la ausencia de los dos policías a cargo, lo que ponía al pelirrojo en un apuro.

-"Debes irte. Corre por el pastizal hacia las afueras, yo te cubriré"-

Glen asintió y recibió otro beso imprevisto, aunque fue uno bastante breve. La fuerza que lo oprimía se evaporó en un segundo y él fue libre, aunque despojado por su cuchillo por algo que entendió apenas miro los ojos del otro. Ojeó el cadáver del que una vez fue el vehemente amante Arthur Kirkland, por última vez, y echó a correr por entre la maleza, sin mirar atrás y a paso decidido. Su fuerza física se consumió prácticamente en eso, al tiempo que con más impulso desaparecía entre las plantas y la oscuridad de la noche lúgubre y bañada con sangre.

El policía le miró durante su trayectoria, sonriendo más, al borde de no aguantar el deseo que tenía de seguirlo y acabar su vida con la trágica decisión.

Tuvo que aguantar, no obstante, porque aún quedaban cosas que debía solucionar por el bien de su adorado.

Reclinó su espalda contra el árbol y la deslizó lentamente, hasta que sus piernas tocaran el suelo y lograra sentarse completamente. Fingió un dolor en la superficial herida de su abdomen, esperó a que llegara el oficial que estaría buscando al ojioliva.

Él llegó justo al momento en que éste desaparecía entre las hojillas amarillentas y verdosas del otoño, apenas dejando su rastro entre los pastos y el ambiente nocturno. Logró verlo de alguna forma, y quiso ir a perseguirlo, pero Scott llamó su atención para que no hiciera lo que se propuso.

-"Hey, por aquí"-

El hombre volteó y se sorprendió al verlo herido, sobre todo al ver el cuerpo sin vida del menor.

-"¡K-Kirkland! ¿Qué pasó?"-

-"Llywelyn mató a Arthur, quise detenerlo, pero fue rápido. Además de que me hirió…"-

Él se acercó a los restos, atónito y temeroso, pálido del súbito y escalofriante hallazgo. Se inclinó de cuclillas hacia él, dándole la espalda al otro.

Muy mal error.

Era muy bien sabido que un paso en falso podría costarte la vida. Lástima que ese tipo no lo hubiera visto con anticipación.

No escuchó los pasos que se le acercaron por detrás, tampoco el afilado cuchillo que fue empuñado y levantado para golpear con fuerza su yugular y así hacer que chorree su líquido vital a cántaros.

Hendió el pescuezo de un extremo a otro transversalmente, con el incisivo filo de la cuchilla de Glen. Se oyó el sonido asfixiante de la sorpresa y la muerte involuntaria, junto con la resistencia a caer en el estado de perfecta e irrebatible inercia.

Aquella era la primera vez que mataba.

Sí, se había pasado toda la vida siendo así, malo, cruel, violento y sin piedad para con los cuerpos de otros, pero nunca había llegado a tanto. Aunque no podía decir que no lo hubiera querido.

Su educación y la vida que quisieron darle no se lo permitió, a pesar de sentir tanta complacencia con los crímenes violentos y sangrientos que rara vez se llevaban a cabo en el tranquilo vecindario en donde creció.

Tal vez por eso se convirtió en policía, para así estar más cerca de esas cosas que llamaban tanto su curiosidad. Arrastró a su hermano a eso, pero no le importó truncar sus sueños y aspiraciones. Él quería que fuese así, y la vida le trajo más que el deleite de la observación cercana y personalmente rigurosa.

Le trajo a Glen, el elemento detonante de la maldad que se sumía en su interior y que se mostraba con pequeños esbozos que rara vez presentaban un problema serio.

Este hombre les había cambiado sus vidas: A él en ese sentido, más que ningún otro, además de enseñarle lo que la apasionada obsesión era capaz de hacer. En el caso de su molesto hermanito, las cosas fueron para él más duras.

El cuidadoso examen le hizo saber que a él le costó trabajo aceptar la admiración e inclinación que tenía por ese vil verdugo. Su moral y condición no lo dejaron abrigar la emoción con plena libertad, sólo hasta que se moldeó a sí mismo lo suficientemente duro como para aceptar tales cuestiones.

Él lo quiso mucho. Se embarró en la tragedia y no hizo nada para salir de ella. Lo que nunca supo fue la verdadera trascendencia de sus sentimientos, la calidez y la esperanza con la que pensó alguna vez podría ser algo más para el ojioliva. Deseó eso mucho tiempo, fue un ideal noble y una condena que le llevaría una vida soportar.

No era mucho para él, tampoco era poco. No era insignificante porque se enamoró hasta el tuétano, y eso lo enfermó y lo llevó a su ocaso.

Merecido o no, fue su destino. Al menos nunca fue olvidado por aquel ser tan hostil y tan silencioso a la vez, fue adherido a los matices de violencia y a las razones de una mente brillante que no hizo resplandecer su lucidez en otra cosa que no fuera causar daño y dolor.

Pero qué importaba… Una entidad consumida podría ser apayasada por lo que amó incondicionalmente, aunque le fuera perjudicial, y seguir estando contento por poder aportar algo al objeto de ese oscuro amor.

¿Qué más pudo pedir? Pudo pedir mucho más, pero no menos.

Ninguno tuvo la intención de esperar otra cosa, más que su fin, pero todavía con eso se sintieron satisfechos de ser parte del camino de alguien que robó su naturaleza y la transformó en algo igual de macabro y sombrío, en algo grotesco que parecía tan hermoso irónicamente.

El sentido de auto conservación fue nulo, no había forma de reivindicarse.

Las piernas comenzaron a moverse torpemente con el reflejo de caminar acelerado. Dejó la daga clavada en el cuerpo y éste cayó al lado del de su par. Corrió por el césped crecido y las ramas caídas, siguiendo el paso de quien se había ido.

Iba tras un destino marcado; no lo sabía.

Pensó que estando a su lado las cosas estarían bien. Vio todos los colores y sintió los aromas del ambiente, se acercó al destino de escape cuanto pudo, sólo para encontrarlo y ahogarse más con lo que seguía sin comprender por completo.

Siempre se dice que el hombre quiere saber más, incluso lo que no pude conocer y lo que nunca sale a su encuentro. La esencia, lo que está dentro y lo que es en sí, cuestiones metafísicas que enloquecen más a los desatinados y que despiertan inquietudes que hacen que el sentido común se pierda en los lóbregos espacios de la razón humana.

Lo que no se entiende es lo más apetitoso, lo que se ve y se escucha y se siente despierta las pasiones carnales.

Todo era tan complejo como simple. Complejo por las telarañas que se armaron y que cobraron sacrificios; simple en el sentido que sencillamente no se podía evitar ir tras él.

Marchó tras sus pasos y se perdió en donde ya nada se veía ni se sabía. Se perdió en se impulso, de momento, por correr tras alguien que le aterraba y le gustaba, y que nunca dejó de alimentar el odio y la masacre.

Todo por unos ojos verde oliva