Es viernes y mientras estoy en el trabajo, jugando con mi cámara en una nueva campaña, alguien
pregunta por mí.
— ¿Señorita White? — es un repartidor, y trae consigo un ramo de rosas rojas. —Esto es para
usted, firme aquí.
Firmo y todos a mi alrededor silban y aplauden, como si supiesen de quién se trata, vaya qué detalle
el que recibo tan temprano. Abro la pequeña tarjeta escondida entre las rosas y la leo.
« 20 Rosas rojas, para la mujer más bella que amaneció entre mis brazos esta mañana. T.G»
¡Me muero! Que detallazo el de mi italiano, quién iba a creer que podía ser así de romántico.
Observo las rosas rojas pero me doy cuenta que no hay 20, sino 19. Sonrío y llamo a mi jefe para
decirle que recibí sus rosas.
—Gracias por las rosas, señor Grandchester, pero me temo que su pedido llegó incompleto.
—No, pequeña. Son 20 rosas. —afirma y me contradice.
—Las conté, y son 19 rosas.
—Pequeña, la rosa número uno eres tú, no lo olvides.
Mi segundo nombre, Rose.
—Me disculpo, señor Grandchester. Es usted un amor.
—Está disculpada, señorita White, vuelva al trabajo.
Corto la llamada y todos a mi alrededor siguen con su cara de poema. Estoy segura que la que tiene
más cara de poema soy yo.
Al terminar el día laboral, preparo mis cosas y al salir del estudio, él me está esperando en la puerta,
con sus manos metidas en el bolsillo, su mirada seria y de póquer ya no me intimida, se ve tan sexy
ahí de pie.
— ¿Necesita algo, señor Grandchester? —Llamarlo de esa manera hace que sonría, y es esa sonrisa la que
me enamora siempre que la veo.
—Sí, señorita White—asiente y se acerca a mí, me toma de la cintura y susurra: —Necesito darle un
beso a mi novia.
¡Calor!
Que intenso ese beso, pero le correspondo de la misma manera, parece una eternidad la que estuve
sin él, soy una exagerada, pero la verdad es que todo lo que tenga que ver con él siempre será
exagerado para mí en el buen sentido.
—Nos vamos— dice ofreciéndome su brazo.
Caminamos por los pasillos, todo el mundo se ha ido así que no me importa ir del brazo de él. Al
llegar a su casa la pequeña Eli llega minutos después, es fin de semana y siempre está en casa con
Terry
Me abraza y me besa, le doy un regalo a escondidas de su padre, una paleta de chocolate, es nuestro
pequeño secreto, y ella asiente y ambas reímos en silencio. No hay palabras para decir lo feliz que me siento en estos momentos, estar al lado de Terry, es lo
mejor que me ha pasado en la vida.
Despierto por un fuerte abrazo, alguien me está ahogando y al abrirlos me llevo una gran sorpresa,
la pequeña Eli está encima de mí, haciéndome cosquillas para que despierte.
— ¡Ayuda! — Grito bromeando.— ¡La chispita está acabando conmigo!
Ella ríe, pero no puedo escuchar su voz, sólo sus jadeos, me parte el corazón que ella no pueda
comunicarse como cualquier otro pequeño de su edad.
Me preparo para desayunar y ella se queda viendo sus caricaturas de la mañana. Al salir de la ducha,
veo que Terry tiene mi teléfono.
— ¿Qué pasa, Terry? — pregunto secando mi cabello.
Su expresión no es muy buena.
—Parece que tu amigo policía no se conforma con tu amistad. —su sarcasmo por las mañanas no es
algo que esté preparada para escuchar.
Le quito el celular de las manos y leo el mensaje que seguramente es un mal entendido.
«Hermosa, te quiero, que tengas un buen día. Anthony»
—Ahora entiendo, quita esa imagen de tu cabeza, entre él y yo no hay nada.
—Parece que él todavía no lo sabe. —No quiero discutir, no tengo la paciencia para sus celos
ridículos.
¡Dame paciencia!
—A ver, Terry, te he dicho que entre Anthony y yo no hay nada, nos conocemos desde hace muchos
años, es normal la confianza que tiene hacia mí.
Resopla y sale furioso de la habitación dando un trancazo detrás.
Lo que me faltaba, un hombre celoso hasta con mi sombra. Ignoro su comportamiento infantil y
termino de vestirme. Necesito más ropa, definitivamente no puedo seguirme quedando en casa de
Terry y usar pantalones de dormir.
Lo veo que está furioso desayunando con la pequeña. Me acerco por detrás y lo abrazo, su respiración de agita. La señora Ponny nos sonríe y continúa haciendo lo suyo.
—Te Amo, Terry, no quiero a nadie más que a ti.
Su respiración se normaliza y toma mis manos y las besa. ¡Por fin! Sabía que no iba a poder soportar
su cara dura todo el fin de semana.
—Lo sé, pero no me gusta la forma en que te escribe y no quiero imaginar lo que hace cuando te ve.
¡Alto! Su imaginación acabará con él.
—Tranquilo, prometo que hablaré con él para dejarle todo claro.
Omito en decirle que fue él el que mencionó su pasado, no vale la pena que se lo diga, eso lo
enfurecería más.
Nos tomamos la tarde libre y vemos películas mientras la pequeña duerme la siesta. Al terminar la
tarde me voy a mi apartamento por un poco de ropa, me costó un mundo que Terry no me
acompañase pero no estoy acostumbrada a que alguien ande pegado a mí todo el tiempo, es tierno, lo
sé, pero necesito espacio sino mi genio acabará con él.
Regreso en menos de una hora y Terry está con la pequeña Eli, vaya par de holgazanes.
—Salgamos, no podemos quedarnos a ponernos ancianos como tú.
Los dos sonríen, y levantan sus traseros del mueble y se van a preparar. Sigo a Terry a la
habitación para terminar de prepararme, ya en casa me he puesto ropa digna de salir y en el camino
se me ocurrió que sería mejor que esta noche saliéramos a cenar fuera.
Veo a Terry pensativo mientras se dirige al baño y lo detengo.
— ¿Qué pasa?
Niega con la cabeza, pero le obligo que me diga lo que le pasa, su mirada es de frustración.
—Eli nunca ha salido en familia.
Eso hace que se me parta el corazón y también me sorprende que se refiera a mí como su familia.
—Cariño, eso es bueno, tienes que estar feliz, seguro ella lo estará.
Sonríe y me da un beso.
Me voy a la habitación de la pequeña a ayudarle a vestirse, mientras estoy ayudándole con su ropa,
ella toca mi rostro de una manera tierna.
— ¿Pasa algo, chispita? ¿Te lastimé? — pregunto viendo sus tiernos ojos azules.
Estos días que he convivido con la pequeña he aprendido algunas señas para poder comunicarme con
ella.
Corre hacia su pequeño escritorio y escribe en un papel.
«¿Eres mi nueva mamá?»
Me dan ganas de llorar.
—Seré lo que quieras que sea pequeña. — le indico con voz suave y besando su mejilla.
Ella vuelve a escribir y me sonríe.
«Quiero que seas mi nueva mamá»
Sonrío y asiento, me abraza fuerte, tan fuerte que me ha hecho caer al suelo, y me llena de pequeños
besitos por todo el rostro.
¡Vaya felicidad! Me siento la mujer más afortunada, a mis veintitantos años ya soy madre.
¡Sí! Me ha sacado una sonrisa de un millón. Guardo los papeles en mi bolso, es algo que siempre
llevaré conmigo.
El restaurante es un sueño, todo es hermoso y la pequeña Eli sostiene mi mano muy emocionada, su
sonrisa lo es todo para mí en estos momentos. Entre risas y bromas me doy cuenta que fue una buena
idea salir en familia como dice Terry, la pequeña Eli no ha dejado de sonreír, sus hermosos ojos
azules como los de su padre brillan de felicidad.
No faltaba más decir que todas las mujeres se impresionan y empiezan arreglar su cabello al ver a mi
Terry entrar, son como abejas que quieren picar la miel.
La mesera se acerca pero su mirada va directo a la de Terry, parece que está en el efecto cara dura.
— ¿Listos para ordenar? —pregunta nerviosa.
Yo sonrío para mis adentros al ver a Terry que no ha levantado la cara del menú y tiene el
entrecejo fruncido.
—Quisiera una ensalada, por favor—La mujer se le cae la baba al ver a Terry. Y él por fin levanta
la mirada y le sonríe, falta poco para que la mesera se desmaye.
—Ensalada—mi voz suena fuerte y Terry sonríe, sabe el efecto que causa en las mujeres.
Maldito arrogante.
—Ensalada, listo ¿Para la niña? —La nena le hace señal de lo que quiere y Terry contesta por ella:
—Una hamburguesa, por favor.
—Listo, y…—suspira— ¿Usted señor?
—Umm. No me decido, ¿tú qué dices, nena? — me ve con esos ojos azules, está coqueteando
conmigo a propósito.
—No lo sé, una estaca quizás—ríe a carcajadas y la mesera parece estar confundida.
—Tomaré lo mismo que ella, gracias—le devuelve el menú y ella tiembla. Joder, que no me diga que
esto será así siempre. Tendré que tenerlo amarrado en la cabecera de la cama.
Lo fulmino con la mirada. —Eres un arrogante, ¿Por qué no me sorprendo? —sonríe y me acaricia
la rodilla.
—Sólo soy tuyo, recuérdalo. —me susurra al oído.
¡Calor!
Llevó al tocador a la nena, y al regresar a nuestra mesa, observo que Terry está hablando con una
mujer. Me acerco con cautela y Eli corre de nuevo a su silla, al acercarme veo que Terry aparta
las garras de ella sobre su pecho. ¿De qué me perdí?
Fulmino con la mirada a Terry y veo que la rubia coquetea sin sosiego ¡Mierda! Le quiero
arrancar cada pelo de su cabeza, seguro son falsos como toda ella.
¿Qué pasa con las rubias hoy en día?
— ¿Y ésta… hermosa niña? —pregunta con sarcasmo, refiriéndose a Eli e ignorándome por
completo a mí.
¿Cómo es que no conoce a Eli?
—Katherine, ella es mi hija, Eli.
— ¿Tu hija? —chilla. Seguro no lo veía venir.
— ¿Tienes una hija con… ésta? —La mato, si no fuese porque Eli está presente juro por todo lo alto
que le caigo a golpes.
—Ella es Candice White, trabaja para mí y es mi novia— ¡Toma dos! Esquelética de pacotilla. —Y no,
ella no es la madre de Eli.
Eso dolió, no puedo creer que lo haya dicho, sé que no lo soy, cómo puede decir algo así, hace unas
horas se refirió a nosotros como una familia.
Ella extiende la mano para saludarme, pero la dejo ignorada y la extermino con la mirada, veo a la
pequeña Eli que está jugando con su muñeca, espero que no haya escuchado a su padre.
A la rubia no le hace gracia mi actitud hacia ella.
—Tu novia— gruñe, me mira de arriba abajo y continúa con su veneno—Todas las que hemos
trabajado para ti, hemos tenido el título alguna vez. ¡No lo dijo! ¡Será hija de puta desteñida de mierda!
—Y ahora sé cómo conseguiste tú el trabajo. —suelto y no le hace gracia, sus ojos se abren como
platos y antes de que diga algo, tomo a la pequeña de la mano y los dejo hablando solos.
Minutos después él llega al auto y lo fulmino con la mirada, me excluyo a ir con él en el asiento del
pasajero. Acompaño a la pequeña en la parte de atrás, no quiero tenerlo cerca, todavía sus palabras
rebotan en mi mente, fue tan fría su manera de decirlo delante de Eli.
Al llegar a casa, acompaño a la nena a su habitación, le pongo el pijama y le ayudo a cepillarse sus
dientes, su mirada es triste, y una lágrima cae en mi mejilla y ella me abraza.
—Tranquila chispita, me ha caído mal la comida.
Ella niega con la cabeza, lo sabe; escuchó a su padre.
Al acostarla en la cama ella toma su libreta y escribe:
«¿Papi no quieres que seas mi mamá?»
Mi corazón se parte en mil pedazos al leer su pequeña letra y ver su rostro como ha abandonado la
felicidad que hace unas horas brillaba en ella.
—Cariño, seré lo que tú quieras que sea, no importa lo que digan los demás ¿Bueno? —ella siente, y
escucho los pasos de Terry que se acerca detrás de mí, le da un beso de buenas noches a Eli, y yo
salgo de la habitación. Ni piense que me quedaré con él esta noche.
Recojo la pequeña maleta que aún no he desempacado y Terry entra. Por su expresión está
enfadado. Faltaba más, la que tiene el derecho de estar enfadada soy yo.
— ¿Qué haces? —pregunta con autoridad.
—Primero: No levantes la voz, Eli está durmiendo. Segundo: No estoy en mi casa. Y Tercero: Vete a
la mierda Terry junto con tu amiga la rubia.
Mis ojos están a punto de explotar, quiero llorar; en estos momentos siento que lo odio con todas mis
fuerzas.
—Pequeña…
—Pequeña nada, Terry—chillo—puedo soportar todo de ti, pero la forma en cómo dijiste que no
era la madre de Eli me dolió, bien, sé que no soy la madre, pero hace unas horas dijiste que éramos
una familia, y vaya me la creí. Pero cuando tú ves unas tetas grandes parece que lo olvidas.
Su expresión se suaviza, pero no me ve a la cara.
—Lo siento, no pensé que…
— ¡Calla, Terry! La próxima vez cuando le digas a alguien que no soy la madre de Eli, cerciórate que ella no esté presente.
Saco los papeles que Eli escribió diciendo que quería que fuese su madre, y se los doy en la mano,
seguro entenderá ahora mi reacción.
Salgo del apartamento y bajo con toda prisa, tomo un taxi y sin mirar atrás me voy directo a mi casa.
Me duele haberme ido de su casa, pero no por él, sino por Eli, la pequeña le gusta despertarme cada
mañana para que le prepare el desayuno. Lloro como una cría, me he enamorado de la pequeña, es
todo lo contrario al gruñón de su padre.
