Llamo y no contesta, ni siquiera me tomo la molestia de aparecerme por Advertising, seguramente

estoy despedida así como me sacó de su vida. Lloro y lloro, Annie dice que le dé tiempo que todo se

va a aclarar, pero ya ha pasado una semana y estoy que me muero sin verlo.

Deseo tenerlo cerca para decirle lo mucho que lo amo y lo necesito. Necesito sentir sus besos y sus

brazos por las noches; despierto llorando en la madrugada y no quiero abrir mis ojos, porque sé que

él no estará ahí.

Hago mis maletas, me subo al robot y me dirijo a Long Beach, el cumpleaños de mi sobrina está

cerca y me ha pedido que vaya y celebre con ella.

Mamá y George estarán allá también, todos, menos Terry.

Lloro para mis adentros y subo el volumen a la música, parece que el destino quiere seguir pateando

mi culo con la canción y es Stay With Me de Sam Smith apuñalan lentamente mi corazón.

Cuando llego a casa de mi hermano, la pequeña Samantha sale a recibirme.

—Mi hermosa, venga esos puños— chocamos el puño en el aire.

Saludo a mi hermano cabezón con un fuerte abrazo y beso en la mejilla a mi cuñada.

—Te ves como la mierda—balbuce Albert, mi hermano y su forma directa de decir las cosas, es lo que

más me gusta de él.

—He tenido mejores días. —Evado todo tipo de pregunta.

Sí, con Terry, digo en mi mente. ¡Mierda! Mi mente acabará conmigo, lo extraño demasiado.

Maldigo para mis adentros con sólo recordar cómo pudo desconfiar de mi tan fácil, pero asumo toda

la culpa por ello, me contradigo a mí misma buscando una excusa, pero no la hay, su mirada me hizo

sentir como la mierda y eso es lo que soy, fin de la historia.

—Tenemos una sorpresa para ti—dice mi hermano con una sonrisa de oreja a oreja. —Samantha te

inscribió en una competencia de Surf de la escuela.

—Sí, tía, les he dicho que eres la mejor de todas, el ganador se llevará una copa y una medalla.

Sonrío, pero ojala fuese de felicidad, recuerdo que Terry le dio temor que practicara un deporte

peligroso, según él.

¡Pero él no está aquí!

—De acuerdo, pequeña, hay que ir por esa copa—abrazo a mi sobrina y me la como a besos.

Por la noche estoy en la terraza de la casa, observo las estrellas como la masoquista que soy;

rogando que Terry esté haciendo lo mismo. Me enamoré perdidamente de él, de su ternura y

terquedad, de su heroísmo y arrogancia, cada uno de sus virtudes hacen que también amé sus

defectos, lo amo demasiado, lo amo más que a mi vida, pero lo perdí; por tratar de demostrarme a mí

misma algo que a la larga resultó que pasara lo que siempre temí, que él no confiara en mí.

— ¿Estás bien? —me pregunta Albert, por su voz me doy cuenta que está preocupado, nunca pude

ocultarle algo por mucho tiempo.

— ¿Tú qué crees?

—Primero: Eres terriblemente mala mintiendo. Segundo: Sabes que no estás sola y Tercero: Conozco

un corazón roto.

Ahí viene el llanto. ¡Joder!

Albert me abraza y acaricia mi cabello; puede ser un patán cuando quiere por hermano mayor, pero él

es como mi padre; nunca se rinde hasta que suelte todo lo que me duele.

—Me corto una pierna si es el hombre de tu graduación por el que estás así.

—Pues córtate las dos. — Musito—He sido yo la culpable.

Le explico detalladamente todo lo que ha pasado con Terry, que es mi jefe, al que tanto odiaba y

que ahora estoy locamente enamorada de él. Sollozo y ahora que digo las cosas en voz alta, me doy

cuenta del error que cometí.

—Llámalo—aconseja Albert.

No puedo llamarlo, la verdad es que no sé si darme por vencida, yo en su lugar estaría igual; lo he

llamado todos los días, le he mandado miles de mensajes, extraño a Eli y seguramente ella también me extraña, pero él no responde.

—Son dos cabezas duras, ambos tienen el orgullo bien arraigado.

—Es mi culpa, Albert—niego con la cabeza y limpio mis lágrimas. —Él no se merecía que le ocultara

algo así.

Omití el pasado de Terry, estoy segura que mi hermano no lo entendería, es demasiado

sobreprotector y seguramente me aconsejaría que me alejase de él.

—Estoy seguro que te ama, te buscará. A veces los hombres somos demasiado testarudos.

Ruego porque así sea, estoy en un capítulo de mi vida que no estoy segura si voy a poder vivir

plenamente lejos de él y de Eli, se han convertido en mi vida como lo es mi familia.

Esa noche apenas puedo dormir, tomo el móvil y le mando un mensaje a Terry, si no quiere hablar

conmigo lo acepto, pero sé que leerá mis mensajes.

«Lo amo, señor Grandchester. Lo siento mucho y los extraño.

Pd: ¿Te quedas conmigo?»

Dos horas después y no responde, entierro mi cabeza en la almohada y lloro a más no poder, siento

que lo perdí.

Lo amo y lo perdí.

Despierto con un nudo en mi garganta, había dejado de llorar desde que mis días comenzaban en

brazos de Terry, él había sanado esa parte de mí. Jamás me había sentido tan rechazada, está bien,

me equivoqué; pero el castigo me está matando, quiero verlo, quiero que me diga a la cara si ya no

me ama y prometo ser yo la que lo enamoré esta vez.

La fiesta de cumpleaños de la pequeña Samantha es hoy, mi madre y George están por llegar en

cualquier momento, mi madre no sabe aún lo que ha pasado con Terry, espero no se me note la

cara de depresión, pero mis ojos me delatan.

Veo a mi sobrina compartir con sus amigos, es una niña adorable, que sacará canas verdes a mi

hermano como lo hice yo, todos dicen que somos iguales, dos chispitas iguales; a pesar de que es dos

años mayor que Eli, cuando veo a Samantha correr la recuerdo cuando chocó conmigo aquella mañana. Su mirada azul me recordó la mirada de Terry, aunque jamás me imaginé que era hija

suya. Maldigo en voz alta. Tengo que sonreír, tengo que hacerlo por Samantha, es su día, no quiero

andar llorando, ya he llorado demasiado, pero cuando se trata de Terry, nunca es suficiente.

Ni el amor ni el dolor.

—Estoy segura que él también piensa en ti—dice mi madre atrás. —Te he observado, no puedes

mentir, hija, tu mirada te delata.

Ahí viene el llanto de nuevo, pero con más intensidad; no puedo soportarlo, es demasiado.

—Calma, hija, él tendrá el poder de repararlo.

Sin decir nada a mi madre, sin decirle un porqué, ella lo sabe; he fallado, pero estoy arrepentida de

mi error y lo estoy pagando caro, su ausencia sólo hace que me sienta peor. Pero no pienso buscarlo

más, he doblegado mi orgullo por él y ni siquiera se da cuenta.

La fiesta terminó y mi llanto calmó. Mañana será un mejor día, tengo que dar lo mejor de mí en la

competencia del Surf; le he prometido a Samantha que ganaré esa copa por ella y así lo haré.

Cierro mis ojos y pienso en mi pequeña, es fin de semana y seguro esta con su padre; leyendo los

mismos cuentos y viendo los dibujos animados antes de dormir.

Los extraño demasiado.

—Buenos días, tía—saluda la pequeña Samantha, llevando consigo su traje de baño.

—Buenos días, chispita—bebo mi taza de café, necesito estar despierta— ¿Lista para ganar?

— ¡Sí!

Su sonrisa lo es todo y con eso basta para que deje a un lado mis problemas y sea la misma de

siempre, por lo menos quiero engañarme a mí misma este día. Todo sea por ver a mi familia feliz y

que sepan que estoy bien, que sigo siendo la misma Candy White, la rebelde y mal educada que

escucha la ópera y compite en el Surf.

La competencia estará reñida, hombres y mujeres competiremos el día de hoy pero será dividido entre hombres y mujeres. Al final sólo uno será ganador, la copa será para el adulto y la medalla para

el niño al que representa. Tengo que ir a por ellas como dé lugar así sea acabar con mis pequeños

brazos, pero tengo que ganarlo por Samantha.

Suena el silbato y los primeros competidores hacen fuerza en sus brazos para hundirse bajo el agua.

Reman hacia la primera ola y rompen en dirección a ella, tratan de mantener la tabla estable pero

sólo uno lo logra, cae. ¡Mierda! Eso debió doler.

Dos horas después me toca entrar, sólo una mujer lleva la delantera, parece que sabe lo que hace, los

hombres no lo están logrando, no han podido atrapar ninguna ola, ojala sea mi día de suerte.

Remo con fuerza, la chica morena a mi par rema a la misma velocidad, viene pero se detiene, le llevo

ventaja, agarro mi tabla firme y recojo las piernas y me pongo en cuclillas, suelto poco a poco la

tabla y mantengo el equilibro ¡Bien! ¡He cogido la primera ola del día!

Hago fuerza con mi pierna mientras inclino peso a mi cuerpo para dirigir la ola. La mejor sensación,

escucho aplausos a lo lejos, eso me emociona.

He sido la primera en coger la primera ola, todos aplauden y yo salgo del mar, necesito aire; he

estado sin forma por mucho tiempo pero lo he conseguido.

Una hora después y dos sacudidas han noqueado a dos hombres y una mujer, hacen que me sienta

nerviosa; llevo la ventaja pero hay un empate entre la chica morena y yo. La siguiente entrada será la

final, sólo tengo que coger una ola que me dé tres puntos más y podré ser la campeona de mi sobrina.

Suena el silbato y entro a toda velocidad, esta vez con más fuerzas en mis brazos para poder alcanzar

la ola; la morena se adelanta pero cae. Demasiado pronto.

Se aproxima otra ola, el viento azota fuerte, parece ser la ola que necesito, me sumerjo bajo la ola

con la tabla, la dirijo hacia la superficie y respiro hondo, remo con más fuerza y me acerco a la

orilla, mantengo la tabla recta bajo mi cuerpo y remo hasta donde la tabla me lleva. Me agarro firme

nuevamente y me pongo de cuclillas, respiro hondo la adrenalina está al tope, la gente grita y se

escucha la multitud. Suelto lentamente las manos y hago equilibrio. ¡De nuevo lo he logrado!

Grito en victoria. ¡He ganado la competencia!

Las personas aplauden, una multitud de personas se acercan a mí, tanto que asustan. Busco el pequeño

rostro de mi sobrina y se lanza en mis brazos.

— ¡Ganamos! —chilla, está tan emocionada que se le han soltado un par de lágrimas.

Albert, mi madre y mi cuñada tiene una sonrisa que llega a sus orejas, que rica sensación.

Hacen entrega de la copa y la medalla para mi sobrina, la gente ríe cuando nos llaman, parece que

estuviesen viendo doble pero una en versión miniatura.

Después de varios aplausos y fotografías que tomé con mi sobrina y familia, me dirijo a los vestidores; tengo la sangre acelerada y estoy más que agotada.

De pronto siento que me falta el aire, hace mucho calor aquí y el bullicio me perturba, empiezo a

sudar helado. ¡Dios! ¿Qué me está pasando? Oleadas de pensamientos vienen a mi mente:

30 de noviembre del 2009 a las 10:30 p.m. recibo la llamada de mi hermano que me informaba que

mi padre ha muerto, salgo corriendo de mi apartamento, descalza y por la calle oscura. Un callejón

sin salida y un hombre que desconozco, su rostro se acerca, está oscuro no puedo moverme, saca una

navaja y dice: —Si te mueves, te mato. Mi cuerpo empieza a temblar, grito pero nadie me escucha, el

hombre se incorpora encima de mí amenazándome con una navaja, grito y lloro, le ruego que no me

haga daño pero él me golpea una y otra vez, en la cara, en el estómago y arranca mi ropa interior.

Me golpea una vez más para que deje de gritar, me abre las piernas causándome una gran herida en

una de ellas con la navaja. Me dice que no grite una vez más y se lanza dentro de mí, haciéndome

sentir rota por dentro; de pronto cierro los ojos, no sé cuántas horas han pasado pero estoy tirada en

el suelo. Él besa su navaja y me apuñala una vez, no me muevo, luego me apuñala otra vez y no me

muevo. Pero todavía lo escucho, sus pasos se alejan de mí. Cierro mis ojos y todo oscurece.

Me falta el aire, quiero gritar y pedir ayuda, me causa claustrofobia el cubículo donde estoy. Lloro

sin razón alguna, lo sé, estoy entrando en pánico sin razón alguna. Imágenes vuelan en mi cabeza

como una película vieja con mucho ruido.

Mi teléfono suena y me tiemblan las manos no puedo contestar, no logro ver quién llama, todo es

borroso a mi alrededor y sólo siento miedo. Olvido mi nombre, olvido el lugar en el que estoy,

cubro mis oídos con las palmas de mi mano y me balanceo. Mi teléfono sigue sonando, yo puedo, sé

que puedo contestar y pedir ayuda.

Lo levanto y lo coloco en mi oído, quién quiera que sea que me ayude; o moriré del pánico.

— ¿Candy? —llama alguien al teléfono. Pero estoy inerte, no puedo moverme, no otra vez, por favor,

no otra vez.

No puedo hablar, quiero gritar y me doy cuenta que grito pero no escucho nada. No puedo escuchar

mi propia voz. Lanzo el teléfono, nadie me escucha, intento una vez más tratar de abrir mi boca y

gritar por ayuda.

— ¡Ayuda! —grito con todas mis fuerzas pero no escucho mi propia voz, nadie puede escucharme, o

es lo que creo.

Intento ponerme de pie y salir del cubículo, todo da vueltas, coloco mis manos enfrente y veo doble,

arrastro mis pies hasta la puerta y salgo corriendo como puedo, descalza y sin poder ver, sólo siento

calor y que el aire no llega a mis pulmones.

Estoy mareada, me falta el aire. Hay demasiado calor, veo un hombre que se acerca corriendo hacia

mí, no puedo distinguirlo quién es, pero corre más rápido que mí, estira su mano y por

desesperación extiendo la mía, cuando toco su mano siento una electricidad por todo mi cuerpo y me

toma con sus brazos fuertes. ¿Qué me pasa? creo que estoy soñando, sí, debe ser una pesadilla y en mis sueños he llamado a

Terry para que venga a mi rescate. Pero sé que él no vendrá.

—Respira. —musita alguien, escucho la voz de mi madre, la voz de mi hermano, muchas manos

alrededor de mí y tiemblo, cierro y abro los ojos; todo mi cuerpo se estremece.

—Mírame. —una voz desesperada, quiero moverme pero no puedo, intento respirar y moverme para

poder tocar su rostro pero todo el peso de mi cuerpo me derrota.

Me toma entre sus brazos y corre no sé a dónde, sólo escucho voces; no entiendo lo que dicen—

Estarás bien, mírame.

Escucho el rechinamiento de llantas sobre el pavimento, parece que estoy en un auto por el crujido

del motor, pero sigo sin moverme, mi cuerpo vibra, intento moverme pero me he dado por vencida.

El auto se detiene, sigo en brazos de alguien. Puedo distinguir que estamos en la casa de Albert. Intento

responder y hacer reaccionar mi cuerpo, aclarar mi visión para saber qué está pasando.

Estoy teniendo un ataque de pánico.

—Mírame— no puedo mantener mis ojos abiertos, me duelen y mi respiración se agita cada vez más.

—Respira conmigo. — Esa voz hace que reaccione por un momento y veo a mi madre llorar.

— ¡Hija! ¡Dios, no otra vez!

¿Otra vez qué?

—Tranquila, mamá— susurra Albert—Ya lo ha logrado otras veces.

¿Otras veces? ¿Cuántas veces ha sucedido?

—Mírame, respira conmigo. —puedo sentir como su pecho se contrae pero no funciona. No puedo

ver, sé que los tengo abiertos porque me arden. Aprieto mi mandíbula y no puedo mover mis manos.

Voy a cerrar los ojos, no puedo más.