Algunos reviews me dijeron que siguiera la historia, así que he aquí el capítulo 2! Tardé mucho porque este último mes estuve con los preparativos de mis 18 (:D) y el curso de ingreso para la carrera de actuación (que no quedé pero bueno, el próximo año será, y este empezaré con la carrera de Historia) Como sea, que importa mi vida personal jaja acá está el capítulo :) Gracias por leer y por favor comenten qué tal les pareció!
Helga estaba en su casa mirando la televisión cuando su padre la interrumpió
- Olga, hay una amiga tuya esperándote en la puerta
- Soy Helga, papá… - se quejó la chica mientras se paraba
- ¡Helga, ven rápido! - escuchó la voz de su amiga
- ¿Phoebe? - preguntó extrañada al verla llorando - ¿Qué ocurre?
- Ay, Helga… es A… Arnold
- ¿Arnold? - repitió la rubia empezando a preocuparse - ¿Qué pasa con Arnold?
Phoebe no respondió, sólo lloraba.
- ¡PHOEBE! ¿¡Qué pasa con Arnold? - Helga comenzaba a desesperarse
- Arnold… Arnold murió.
Helga se quedó petrificada unos segundos. Luego empezó a reír.
- ¡Ya Phoebe, muy graciosa! Como si el cabeza de balón fuese a estar muerto… - Phoebe la miró con lágrimas en los ojos - Basta, Phoebe, déjate de estupideces…
- Helga, no estoy bromeando, jamás podría bromear con algo tan grave. Los chicos estaban jugando baseball y la pelota se les fue a la calle; Arnold la fue a buscar y… de pronto lo atropellaron.
…
- ¿Helga?
…
Es algo curioso, la muerte de un ser querido. Es como subir las escaleras a tu cuarto en la oscuridad y pensar que hay un escalón más de los que hay. Tu pie cae al vacío y hay un enfermizo momento de oscura sorpresa.
No, Arnold no podía estar muerto…
Helga salió corriendo a la calle y Phoebe la siguió.
- ¡Helga, espera! ¡No puedo correr tan rápido!
Pero Helga no esperó. No paró de correr. No sabía hacia donde se dirigía; Phoebe no le había dicho en dónde habían estado jugando. Sólo seguía una corazonada.
Y ahí vio un grupo de gente en la calle del parque, entre ellos varios de sus compañeros. Y ambulancias y policías. Helga se abrió paso entre la gente, y entonces lo vio. Arnold estaba tirado en el piso, rodeado de sangre y separado del tumulto de gente por unas cintas que había colocado la policía mientras las ambulancias se acercaban.
- ¡Arnold!
Helga corrió por debajo de la cinta hacia Arnold.
- ¡Jovencita, sal de ahí!
La chica no hizo caso, no le importaba nada, ni siquiera que sus compañeros la estuvieran viendo. Lo único que le importaba era Arnold, su Arnold, que estaba contra el frío cemento, ensangrentado, con los ojos cerrados y pálido como el mármol. Se arrodilló junto a él.
- Arnold… - Le corrió un mechón de pelo rubio que caía sobre los ojos y le limpió la sangre de la cara con su vestido. - Arnold, despierta…
- ¡Helga, vuelve aquí!
- Vamos, Arnoldo… - dijo al mismo tiempo que le brotaban las lágrimas - No puedes estar muerto… No me hagas esto, cabeza de balón… yo… yo te amo, Arnold. ¡Te amo!
Entonces no aguantó más y se largó a llorar encima de su pecho.
Dos policías la levantaron, mientras los paramédicos se llevaban el cuerpo sin vida del chico al que había amado durante dos tercios de su vida.
- No… ¡Arnold! ¡Arnold! ¡Te amo, Arnold!
- ¡Arnold! ¡Arnold!
Arnold abrió los ojos al escuchar que gritaban su nombre
- ¡Te amo, Arnold!
¿Helga?
Prendió una tenue luz y se levantó del sillón para dirigirse a su cama, donde dormía su compañera, a quien juró haberla escuchado decir que lo amaba.
Entonces se dio cuenta de otra cosa: Helga estaba llorando.
- ¿Helga? - Arnold le tocó el hombro, pero no consiguió despertarla - ¡Helga! - la zarandeó suavemente, y entonces Helga despertó.
- ¿Arnold? - él la miró y pensó que se iba a ganar una buena paliza por haber despertado a Helga Pataki y encima verla en tan frágil estado. Pero se equivocó, porque ella rápidamente lo abrazó, poniendo su cabeza en el hueco entre el hombro y el cuello del chico. - ¡Oh Arnold, estás bien!
- Ehm sí… ¿Qué pasó?
Helga se separó y lo miró. De haber sido otro día y otro momento, le habría contestado que no era asunto suyo, lo habría empujado y se habría secado las lágrimas que le corrían por las mejillas. Pero después de haber tenido ese sueño, o mejor dicho esa pesadilla, donde Arnold estaba muerto… Ahora él estaba ahí, frente a ella, y se veía preocupado.
- S-soñé que… - tartamudeó entre las lágrimas, el shock y la vergüenza de confesarle cuál era su más temible pesadilla - … morías
Arnold se quedó tildado unos segundos. Después de todo, nunca es agradable oír que alguien soñó con tu propia muerte.
- Oh… - soltó y al ver a Helga limpiándose las lágrimas algo dentro de él se conmovió y le hizo abrazarla - No te preocupes, fue sólo una pesadilla… - Helga sollozó en sus brazos y él le masajeó la espalda para tranquilizarla - … No llores… estoy bien
Fue ahí, cuando tenía a Helga abrazándolo, temblando y con sus lágrimas mojándole el hombro, que le cayó la ficha. Helga lloraba por él. Lloraba porque había soñado que él moría. Arnold en el fondo sabía que no lo odiaba tanto como decía, después de todo eran algo así como amigos, pero nunca hubiera imaginado que ella lloraría así, sólo por haber soñado que él, Arnoldo, el cabeza de balón, estaba muerto.
De repente tres palabras que había olvidado escucharlas hacía unos minutos volvieron a su mente:
¡Te amo, Arnold!
¿Entonces era verdad? ¿Helga lo amaba?
Decidió que no era el momento para ponerse a reflexionar semejante cosa.
- Helga, va a ser mejor que sigamos durmiendo… - le dijo mientras miraba su reloj que marcaba las 3 am - Estate tranquila, no pasa nada ¿sí? Yo estoy ahí en el sofá - empezó a incorporarse pero Helga lo sujetó del brazo
- ¡No, Arnold, no te vayas! - lo frenó - No quiero dormir… mira si sueño otra vez…
- No te preocupes Helga, no va a pasar. Además, no podemos estar toda la noche sin dormir, hay que descansar.
Helga miró los ojos verdes de Arnold, y debajo de ellos las ojeras que tenía.
- Duerme aquí conmigo - soltó sin pensarlo y Arnold, a pesar de cómo le pesaban los párpados, abrió los ojos de par en par - Así… así sé que estás aquí…
Bajó la mirada triste y Arnold dejó salir un suspiro.
- De acuerdo - cedió recostándose junto a ella, pero sin meterse bajo las sábanas. Después de todo, Arnold era un caballero. Helga le sonrió a modo de "buenas noches" y Arnold le devolvió el gesto antes de apagar la luz.
El chico estaba muy confundido, ese había sido oficialmente el momento más bizarro y extraño de su corta existencia, y todavía no entendía nada. La forma en que Helga había reaccionado ante esa pesadilla y cuando despertó, que no lo quería dejar ir, como si fuese casi una necesidad el tenerlo cerca… Nunca había visto a Helga tan vulnerable y lo más raro de todo es que él era la causa de esa fragilidad. Sin embargo, el cansancio lo venció y en sólo unos segundos quedó profundamente dormido.
En cuanto a Helga, le costaba más conciliar el sueño. Tenía la pesadilla todavía en su mente, las emociones a flor de piel, y a un Arnold inanimado recostado junto a ella. Decidió que era estúpido seguir preocupándose; había sido sólo un sueño y Arnold estaba bien. Se giró para contemplar al chico, que estaba iluminado por la tenue luz de la luna que entraba por ese inmenso ventanal que era el techo de su cuarto. Helga sonrió mientras admiraba su hermosura, su tranquilidad. Arnold le transmitía paz.
Era una noche fría y no quería que amaneciera enfermo por su culpa, así que con cuidado de no despertarlo retiró las sábanas de abajo del cuerpo del chico para taparlo a él también. Sin esta barrera que los separara, Helga se acercó lo máximo que pudo y pasó un brazo sobre él, a modo de abrazo. Inspiró profundo el aroma del pelo de Arnold y cerró los ojos, sin tener la más mínima idea de que hacía sólo unos minutos atrás, le había revelado su más grande secreto entre sueños.
La luz del sol despertó a Arnold a eso de las 10 de la mañana. Abrió los ojos despacio y entonces se percató de que había algo alrededor de su cintura: el brazo de Helga. El chico se ruborizó un poco y la miró. Su cara estaba tan sólo a unos centímetros; dormía profundamente con la boca entreabierta y el flequillo alborotado. Se veía tan inocente y tan en paz. Arnold no sabía por qué, pero podría haberse quedado así, acostado, con el sol de la mañana iluminándolo todo, mirando a Helga a su lado abrazándolo y su cara tan cerca por horas; pero había mucho que hacer, así que cuidadosamente sacó el brazo de la chica de encima suyo y salió del cuarto sin hacer ruido.
Helga no había soñado nada esta vez, o al menos no recordó haber soñado nada cuando despertó al sentir que le tocaban el hombro.
- Helga
- Ahora no, Miriam… - contestó medio dormida girando y dándole la espalda a Arnold.
- Helga, soy Arnold - le dijo éste tocándole la espalda
Al oír su nombre, Helga se volteó
- ¿Arnold? Ah, cierto… - masculló frotándose los ojos, que no estaban acostumbrados a despertarse con la plena luz del sol que entraba en el cuarto del chico - Diablos, cabeza de balón, ese techo tuyo me va a dejar ciega…
Volvimos a la normalidad pensó Arnold al oír ese apodo tan familiar
- ¿Qué hora es?
- Las diez y media - respondió Arnold y le extendió una bandeja con comida - Ten, te traje el desayuno. Supuse que sería mejor que lo comieses acá por si te seguía doliendo el pie
¡Arnold me trajo el desayuno a la cama!
- Ah sí, gracias. - Helga se sentó y empezó a comer, cuando notó que Arnold la estaba mirando - ¿Qué?
- Nada - contestó rápido el chico apartando la vista. Luego se paró y comenzó a ordenar un poco su cuarto, mientras Helga lo miraba.
- Oye Arnoldo, voy al baño - anunció mientras se paraba de la cama sosteniéndose de la pared
- Te acompaño
- Preferiría ir sola - contestó rengueando hacia la puerta
- Helga, te ayudo a bajar las escaleras.
La chica puso los ojos en blanco y dejó que Arnold la sostuviera de los hombros mientras bajan esos escalones. Luego él la esperó para ayudarla a subirlos.
- Bonito estéreo, cabeza de balón - comentó Helga y lo prendió. Empezó a sonar el disco Abbey Road de los Beatles - No sabía que te gustaran los Beatles.
- Me encantan - contestó Arnold mientras hacía la cama - ¿A ti te gustan?
- Obviamente. ¿A qué clase de estúpido no le gustan los Beatles?
- Bueno, sobre gustos no hay nada escrito.
Dímelo a mí, me gusta un tonto cabeza de balón
Diez minutos después, Arnold terminó de ordenar y apagó la música.
- ¡Oye! - se quejó Helga, que estaba sentada en el sofá
- Lo siento, pero tengo que estudiar - respondió el chico mientras se sentaba en su escritorio junto a sus libros
- ¿Estudiar? ¿Quién rayos estudia un sábado a la mañana?
- Pues yo - contestó casualmente y abrió su libro de Historia - Así tengo el resto del fin de semana libre. Y te recomendaría que hicieras lo mismo, la prueba es el lunes.
- ¿Hay prueba el lunes? - exclamó Helga
- Sí, Helga, de la Revolución Francesa.
- ¡Maldición, lo había olvidado!
- Tranquila, podemos estudiar juntos.
Arnold se sentó junto a Helga con el libro en la mano. Leyeron juntos y él le iba explicando varias cosas que ya le habían quedado de la clase. Arnold era muy bueno en Historia, le gustaba mucho; el creía que era muy importante conocer el pasado para construir un mejor futuro. Además, siempre era interesante escuchar al profesor hablar sobre distintas épocas y hechos importantes, como cuando su abuelo le contaba esas anécdotas de cuando era joven… No que fuesen ciertas, la mayor parte eran inventadas, pero bueno…
A Helga en cambio, le aburría soberanamente. ¿A quién diablos le importaba quién era Napoleón Bonaparte o Luis XVI? Esas cosas ya habían pasado, por algo se llamaba Historia; lo importante era el presente, y en ese momento lo único a lo que le prestaba atención era a lo absurdamente lindo que se veía Arnold hablando de Historia.
- Arnold, ya está la comida - anunció su abuelo desde la puerta - ¿Están estudiando? ¿Quién rayos estudia un sábado a la mañana?
- Yo, abuelo, enseguida vamos. - contestó Arnold y miró su reloj - Vaya, ya es mediodía… qué rápido pasa el tiempo cuando uno se divierte, eh? - le comentó a Helga con una sonrisa
- Arnold - le espetó Helga con cara de pocos amigos - eres un nerd.
El chico puso los ojos en blanco y se levantó.
- Vamos.
La ayudó a bajar las escaleras y fueron al comedor, donde ya estaban sentados los inquilinos y el abuelo de Arnold.
- ¿Cómo está tu pie, niña? - preguntó Phil
- Mejor, gracias - respondió Helga mientras se sentaba junto a Arnold.
- No sabía que tenías novia, Arnold - comentó el señor Hyunh
Helga casi se cae de la silla y Arnold se atragantó con un poco de pan. Empezó a toser y Ernie le dio una palmada tan fuerte en la espalda que casi lo manda al otro mundo. Arnold tomó un vaso entero de agua sin parar, y al apoyarlo en la mesa respondió:
- Helga no es mi novia.
- Por supuesto que no. No aguantaría ni dos minutos con él de novio - acotó la chica
- Bueno pues tú tampoco eres un jardín de rosas, sabes?
- ¡Los que se pelean se aman! - canturreó Oskar
- En ese caso yo te amaría a ti, Kokoshka - respondió Phil
- El banquete… - anunció la abuela de Arnold que entraba de la cocina con un disfraz de vikinga - esta servido.
A decir verdad la comida no era muy rica para Helga, pero se la tragó igual y disfrutó el momento de estar comiendo con la familia de su amor.
- Muchachita - le dijo Phil a Helga cuando ya habían terminado de comer - llamé a un médico para que te venga a ver, debe estar por venir en cualquier momento
- ¿Un médico? - exclamó Helga - Oh no, gracias
- Vamos Helga, así te curas rápido de tu pie - agregó Arnold
El timbre sonó
- Debe ser él - el anciano se fue a atender la puerta
- Vamos a la sala - le dijo Arnold a Helga y allí se encontraron al médico.
Helga se sentó en el sillón y el hombre le miró el pie. La hizo caminar y le preguntó lo que le había pasado y dónde le dolía.
- Es sólo un esguince leve - informó el médico y sacó unos remedios de su maletín. Arnold los agarró - Que se lo tome hoy a la tarde, y si le sigue doliendo uno a la noche. Le va a aliviar el dolor. Pero es más importante todavía que hoy y mañana haga reposo. Puede caminar pero renguea, y es mejor que al menos estos dos días se quede en su casa. Así que ya sabes jovencita, nada de juegos ni correr ni nada de eso que hacen ustedes los niños.
- Entendido doc - contestó Helga con aburrimiento.
El médico se despidió y se fue.
- Bueno muchachos, voy a buscar el auto al estúpido taller - anunció Phil - en un rato vuelvo y nos vamos.
- De acuerdo, abuelo.
Phil se fue y Helga y Arnold quedaron solos en la sala.
- Fantástico, dos días de reposo - dijo Helga al aire con sarcasmo
- Vamos Helga, podría haber sido peor - respondió el chico sentándose a su lado
- Sorpréndeme, Arnoldo ¿qué podría ser peor que un fin de semana entero encerrada en mi casa?
- Bueno podrías haberte roto el pie, quebrado un hueso, te podrían haber tenido que enyesar y estar días en cama… es sólo un esguince leve.
- ¿Siempre viéndole el lado positivo a todo tú, cabeza de balón? - espetó Helga de malhumor - Pues tu positividad no evitará que me muera del aburrimiento.
- Capaz que sí - contestó él - Digo, podría hacerte compañía
La rubia se sorprendió ante la propuesta, pero lo disimuló
- Oh Arnoldo, no necesitas hacer tu obra caritativa del día conmigo eh.
- No es caridad. Podríamos ver una película, escuchar música, pedir algo para comer… sería divertido.
Helga lo pensó. Arnold y ella, solos en su casa, sin Miriam ni Bob molestando o sus abuelos interrumpiendo…
- De acuerdo - contestó como quien no quiere la cosa - pero más te vale no aburrirme.
- Descuida - entonces sonó una bocina en la calle - Ese debe ser mi abuelo, vamos - los dos se levantaron y fueron hacia la puerta - ¡Adiós abuela!
- ¡Adiós Arnold, y adiós Helena de Troya!
- Eh, adiós
Los chicos salieron y se subieron al Packard verde.
- Abuelo, ¿está bien si hoy me quedo unas horas a hacerle compañía a Helga?
- Seguro, Arnold, pero no vuelvas tarde.
- No ehm… ¿Helga quieres que alquilemos una película?
- Suena bien.
El abuelo manejó hasta el videoclub y Arnold abrió la puerta del auto.
- Dime que quieres alquilar así no subes las escaleras del local - le dijo a Helga
¿Decir una película romántica sería un poco obvio, no?
- Cualquiera de terror.
- ¿Estás segura? No te darán pesadillas después…
Helga lo fulminó con la mirada y Arnold de pronto entendió por qué. No había sido su intención referirse a lo pasado a la noche. Se ruborizó y salió del auto.
- Una extraña relación tienen tú y mi nieto, eh?
Helga levantó fugazmente la vista hacia el espejo retrovisor desde donde la miraba Phil.
- ¿Qué quiere decir con eso?
- Ya sabes… ese amor-odio entre ustedes…
La chica se puso colorada
- No sé a qué se refiere.
- El color en tus mejillas no me dice lo mismo…
Arnold entró al auto y Helga le lanzó una mirada asesina al viejo.
- ¿Qué alquilaste, Arnold? - preguntó Phil como si nada
- La Llamada - contestó el chico mostrando el DVD
- ¿Estás bromeando, Arnoldo? Te he dicho una de terror.
- ¡Pero si es de terror!
- Por favor, hay callos de los pies de mi padre que dan más miedo
- ¿Acaso la viste?
- No, pero sé de qué trata. Ves un video, suena tu teléfono, te dicen que morirás en 7 días y te matan. Nada nuevo.
- Oh vamos Helga, dale una oportunidad. El hombre de la tienda me dijo que era buena. Y compré para hacer palomitas de maíz.
Helga sonrió al oír que había palomitas.
- Bueno muchachos - dijo Phil cuando paró en la puerta de Helga - que se diviertan.
- Gracias, adiós - se despidió Helga
- Y Arnold, a las 12 estate en casa
- De acuerdo abuelo, adiós
Arnold cerró la puerta del auto y el abuelo se fue.
- Bueno, cabeza de balón - dijo Helga mientras caminaban hacia la entrada de su casa - Más te vale divertirme.
Puso las llaves en la cerradura y abrió la puerta.
