—Hola, Candice White, es Ian Johnson, el fotógrafo, no sé si te acuerdas de mí.

—Ian, Ian, lo recuerdo, tienes una galería de arte.

—Sí, oye me alegro saber que estás bien, escuché que después que me fui del restaurante hubo un

accidente.

—Sí, no te imaginas, a qué debo tu llamada.

—Espero no te importe, he intentado localizarte hasta que vi tu anuncio.

Lo había olvidado, hace dos días puse un anuncio en el periódico por consejo de Annie, para conseguir

otro trabajo de fotógrafa.

—Quisiera saber si podemos tomar un café, quisiera proponerte una oferta.

—Es una excelente idea.

Ian Johnson, dueño de una galería de arte en Los Ángeles, California, jamás me imaginé que sería el

dueño nada más y nada menos que de la galería Interlude, he estado admirando esas fotografías desde que

estudiaba en la universidad.

Me reúno con él después del trabajo en una cafetería local cerca de su galería.

—Me alegro volver a verte, Candy.

—Igual, gracias por llamar.

— ¿Cómo estás? —me pregunta, su sonrisa es hermosa, es joven como de mi edad. Otro fotógrafo joven

en el gremio.

Mis ojos se llenan de lágrimas.

—Candy, lo siento mucho, vi las noticias, sé lo que pasó ¿Puedo preguntarte cómo esta él?

—Él no recuerda quién soy, sólo sabe que soy su fotógrafa.

Ni siquiera sé por qué le estoy diciendo esto a un extraño. Lo he visto una vez en mi vida.

—Lo siento mucho, pero no pierdas la fe. Hablemos de trabajo.

—Para eso estoy aquí.

—He visto tu trabajo, y es hermoso, hago exposición de arte una vez al año y quisiera proponerte que

prepares una exposición para este año.

— ¿Estás hablando en serio?

—Por supuesto, tienes talento, varios aficionados al arte vendrán, comprarán tus fotografías, seríaextraordinario para ti esta oportunidad.

Y con una sonrisa nueva en mi rostro.

—Acepto.

—Parece que las pequeñas nacerán después de las fiestas navideñas, tendrás un bonito regalo. —dice la

Dra. Sheribel.

—Así parece, estoy muy feliz por ello.

¿Navidad?

Claro que sí, navidad con mi familia y las gemelas, tengo que estar feliz, yo puedo hacerlo, animo Candy

White, no serás la primera madre soltera, tienes una nueva oportunidad, un gran sueño por cumplir,

siempre he querido hacer una presentación de mis fotografías en una galería de arte importante.

—Voy a renunciar, Archie, está decidido, tengo otra oferta de trabajo, creo que es mejor para todos.

—No puedo retenerte, Candy, pero tienes que hablar con Terry, es el protocolo.

— ¿Estás jodiendome?

—No, así es cómo es, no puedo decirle yo, sería demasiado sospechoso.

—Está bien, iré ahora mismo.

Mierda me tiemblan las piernas, acaricio mi pequeña barriga y me dirijo al despacho de Terry.

—Candy—Dice Julia—Me abraza y suelta una lágrima, ve mi barriga y la toca. —Eres la mujer más fuerte

que he conocido.

Eso me sorprende, después de todo Julia superó lo de Terry.

—Creo que ser fuerte no es la palabra correcta.

—Pasa, te deseo suerte.

Toco la puerta y responde.

Entro y veo la oficina, es la misma, me trae muchos recuerdos, la primera vez que vine aquí él tenía su

estaca metida en el culo todavía, me cargó en sus hombros en un diminuto vestido y estaba celoso, todos

esos recuerdos me están haciendo mucho daño, necesito salir de aquí.

—Señorita White ¿Qué puedo hacer por usted?

Cuando lo escuchaba decir mi nombre, era dulce y arrogante, me gustaba, pero ahora que lo dice, suena

vacío y frío.

—He venido a darme de baja en su compañía, señor Grandchester.

Frunce el entrecejo y toca su cabello. ¿Está enojado?

—Puedo saber el motivo de esa decisión tan precipitada, señorita White.

Por culpa tuya, porque me has borrado de tu memoria y de tu corazón.

—Tengo otra oportunidad de trabajo, siempre he querido trabajar al aire libre.

—Ya veo—Se pone de pie.

Mierda.

Me ve con recelo y no sonríe.

—He notado que te pones nerviosa cuando estoy cerca—Su arrogancia no ha desaparecido.

—Es normal ser intimidada por el jefe, señor. — Quito la mirada de la suya—Solamente quería decirle

eso, con su permiso.

Me doy la vuelta y él me detiene. Toma mi brazo y respira rápido.

¡No lo hagas, por favor! ¡Estás matándome despacio!

—Candy White—sisea— ¿Por qué mi corazón se acelera cuando te veo?

Empiezo a llorar, pero él no me ve.

—Seguramente le pasa con todas las mujeres—intento sonar lo más normal.

Se acerca y huele mi cabello, suelta mi mano y salgo corriendo de su despacho, dejándolo de pie,

confuso y mi corazón destrozado con él.

Salgo a caminar por el parque, tomando fotografías para la presentación, recuerdo cuando caminé de la

mano con Terry y Eli, fue una tarde hermosa, éramos como una pequeña familia. Alicia le ha dicho a

Eli que estoy de viaje, casi no ha podido ver a Terry porque seguramente ella le hablaría de mí.

Maldigo para mis adentros.

¿La vida no podía ser más injusta?

Un peligroso pasado no era suficiente, también tenía que pasarme esto, perderlo de esta manera, de una

forma lenta y dolorosa. No volveré a verlo, es lo mejor, nunca sabrá que va a ser padre, pero mis hijas

sabrán de él, todas las noches les hablo de él. Les digo que es un hombre hermoso de ojos azules, con un

corazón noble y sincero, que tiene la sonrisa del millón y que canta precioso.

Veo las fotografías, tengo todo lo que necesito, son perfectas, la presentación es en una semana, mi madre

y mi hermano vendrán, he invitado también a Archie y Andy.

—Te ves hermosa, Candy, has hecho un gran trabajo—dice Ian, empieza a llegar la gente a la galería, estoy

nerviosa, espero sea todo un éxito y no defraudar a nadie.

—Gracias, y gracias por la oportunidad.

Le presento a mi madre y el resto de mi familia, siento un nudo en mi garganta, pero todo estará bien, al

fondo escucho la ópera, las viejas melodías que escuchaba con mi padre y con Terry.

La gente sonríe y admira cada pieza, recibo muchos elogios y felicitaciones por ellos, me hace sonreír,

pienso en mi padre y sé que él me está viendo, he logrado un sueño más, y él estaría orgulloso de mí.

Voy caminando admirando cada fotografía, blanco y negro.

Paisaje lleno de árboles, el pequeño lago de Calabasas, Samantha jugando en el fondo.

La sonrisa de Eli en blanco y negro.

Más paisajes y edificios.

El viejo ferrocarril del sur.

Todas en blanco y negro, pero hay una foto en especial, la más grande de todas que está en el centro de

toda la galería, es la única a color, me estremezco al verla, la observo, fue la última fotografía que tomé

con la vieja Canon que mi padre me regaló.

La última fotografía de un domingo en el parque, la rosa roja, color sangre al fondo, pero no era ese mi

objetivo, mentí.

Eran sus ojos, su mirada azul, mi cielo.

Debajo de ella hay un mensaje:

LO QUE MAS ME GUSTA DE TI

—Es una interesante fotografía, señorita White. —una voz me sorprende, su voz.

Doy la vuelta y él está detrás de mí, su mirada se encuentra con la mía, viste de traje negro y sin corbata,

mi adonis se ve hermoso, y lo peor es que no puedo decírselo.

—Gracias. —arrastro la palabra.

—Se ve hermosa esta noche—Me sonríe, por primera vez desde que despertó me sonríe de verdad.

No digo nada, no puedo decir nada. Él ha venido a ver mi exposición.

¿Por qué?

Intento alejarme, pero nuevamente me toma del brazo suavemente, me detiene y levanto la mirada.

Sí, lo que más me gusta de él son sus ojos y nunca se lo dije.

—Le gusta escapar—murmura, ve mis labios y yo veo los de él.

— ¿Quién eres? — siento la desesperación en su voz.

Empiezan arder mis ojos, quisiera decirle que soy yo, la que lo trajo a la vida de nuevo, y él es el que ha

salvado mi vida siempre.

—Nadie.

Niega con la cabeza, toma con sus manos mi rostro, puedo sentir su aliento caliente, su aroma, el aroma

de mi cielo.

— ¿Estás mintiendo? —musita

Asiento con la cabeza y una lágrima cae.

—Yo sé quién eres—susurra en mis labios.

—Eres mi vida.

Me besa con fuerza, puedo sentir mis lágrimas en sus mejillas, me abraza y lo abrazo con desesperación.

—Pequeña, te extrañé.

Lloro, sollozo, pero de felicidad, lo abrazo y él me besa toda la cara.

Se pone de rodillas y besa mi vientre abultado.

—Soñaba con ustedes todos los días, he regresado. — le habla a mi vientre.

— ¿Eres tú? —Lloro— ¿No estoy soñando?

—Entonces, por favor no despertemos nunca.

Vuelve a besarme. Me ve a los ojos y limpia mis lágrimas, yo limpio las suyas, Dios mío esto es real, él

ha regresado a mí, ha regresado.

Mira la fotografía de nuevo.

—Siempre lo supe, por eso siempre te decía que me miraras a los ojos cuando hacíamos el amor.

Me sonrojo.

—Te amo, nena, perdóname por haberme ido.

—También te amo y te perdono.

Me sonríe, y ahí está de nuevo ese brillo en sus ojos, su mirada azul, mi cielo y nuevamente me encuentro

en el cielo de Terry Grandcheste.