Capítulo 2

Inglaterra se despertó temprano, con un dolor de cabeza comparable a los golpes de las antiguas campanadas de las iglesias para indicar la hora. Después de unos instantes ocupado en despedirse de su somnolencia, el frío recuerdo de su aventura nocturna casi le detuvo el corazón. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo mientras intentaba convencerse que lo que parecían recuerdos no era más que un mal sueño demasiado real. Lo que se desplegaba en su cabeza era una serie de fragmentos pocos conectados entre sí al principio (bares y calles de Londres, distintos rostros difusos con alientos hediondos y el alcohol contenido en la botella aferrada a su mano y luego llevada hacia sus labios, el líquido bajando por su garganta dejando atrás su inhibición) que luego adquirían un hilo conductor bajo la figura que se había encargado de llevarlo a casa.

La prueba estaba a su lado, dormida profundamente. Inglaterra quiso echarlo a patadas, pero eso sería precipitar el encuentro con los hechos, sin que quisiera encontrarse con ellos tan pronto. O alguna vez. Prefería olvidarlo, tal cual hacía con otros errores idénticos tanto en su ejecución como en su desenlace, porque así también echaba bajo la fosa el desagradable saber de unos sucesos que se resistían a morir dentro del cementerio de su conciencia. Anoche había cometido un desliz, uno que de vez en cuando, cuando la casualidad los juntaba en el mismo espacio a la misma hora, sin ser planeado por ninguno de los dos, volvía a llevarse a cabo como si fuera la primera vez. Sólo que no lo era. Ni la segunda, ni la tercera, sino una hilera de veces tan larga que Inglaterra ya había perdido la cuenta, que se extendía hasta más de un siglo.

Supo arreglárselas actuando como juez en los primeros encuentros, acusando al otro (cuyo nombre pronunciaba con una maldición por delante) de engaño, de manipulación y hasta de violación. También pasaba a condenar al criminal con una estocada con su espada o un tiro de su revólver, no fuera a pensar que sus amenazas eran puras palabras soltadas al aire sin ninguna intención de ser cumplidas. Luego fue más difícil, porque Francia había aprendido que era mejor para su bienestar físico evitar cualquier contacto más allá del de la diplomacia de las palabras. Entonces, comenzó a huir apenas divisaba cualquier intento de Inglaterra de ser infiel a sus principios. Sólo que no tenía éxito siempre y la prueba estaba allí.

A su defensa, Inglaterra esgrimía que nunca había estado sobrio en ninguno de esos malditos encuentros. El despertar era el mismo, con dolor de cabeza y en ocasiones en su culo. Hoy no era una de esas ocasiones.

Se tapó la cara con la sábana, fingiéndose dormido. Notó cómo el otro comenzaba a desperezarse, con lo que esmeró su actuación. Inglaterra pensó que intentaría alguna nueva invasión a su espacio personal, pero lo cierto fue que Francia se bajó de la cama y se metió al baño, sin tocarle ni un centímetro. Se vistió apresuradamente y salió de la habitación, e Inglaterra pensó que tenía intenciones de marcharse de una vez, sólo que no escuchó la puerta de salida. Seguía allí, quien sabe con qué propósito.

No, lo sabía. Generalmente era tan atento que le hacía el desayuno, pero era pura apariencia, sólo quería vanagloriarse de ser mejor cocinero que él y lograr exquisiteces con los mismos ingredientes con que Inglaterra hubiera preparado un platillo que nadie, aparte de él, se querría comer.

—¿Inglaterra? —preguntó Francia, apareciendo por el umbral—. Cuando quieras dignarte a dejar de hacerte el dormido —Inglaterra se sobresaltó y quiso gritarle que no fingía, pero aquello hubiera sido darle la razón— baja, te he hecho el desayuno. Yo ya he comido, espero que no lo consideres de mala educación —añadió con falso tono afectado—, pero me moría de hambre.

Luego se calló y la habitación se quedó en silencio. Inglaterra pensó que se había ido por fin, pero cuando abrió los ojos y miró, lo encontró allí, sentado en la cama mirándole como si fuera poca cosa. Inglaterra detestaba aquella mirada, quiso golpearlo y exigirle que dejara de considerarse muy por encima de él, que no tenía motivos, que más bien debería ser al revés.

—¿Qué? —le apestó.

—Creo que deberíamos hablar… —comenzó Francis, con lentitud, como si no se hubiera decidido por las palabras a utilizar.

—¿Te parece que tengo ganas de soportarte? Suficiente tengo con no haberte lanzado por la ventana. Pero no lo hago en consideración a ti, sino a mi ciudad. Es terrible que se boten así los desperdicios.

—Anoche me arruinaste una cita muy importante con una persona de mi interés, por no decir que mis zapatos quedaron en un estado lamentable.

Inglaterra recordó haberlos vomitados. Y luego el beso desagradable.

—No doy indemnizaciones por cosas de poca monta. Ya, lárgate, seguro tienes más personas a las que molestar por hoy, ve a amargar a otro.

Para decir esto, tuvo que retirar la sábana de su cabeza y reincorporarse en la cama, mirándole furibundo. Aún así, se sentía un poco desprotegido, porque se encontraba desnudo y sucio y desarreglado y, en cambio, Francis volvía a estar tan impecable como siempre, incluso aunque llevara la misma ropa de ayer y se le notara un moretón en la frente. Se preguntó cómo se lo habría hecho, él no se acordaba haberlo golpeado pero bien podía haberlo pasado por alto, no sería la primera vez. Además, lo miraba serio, y era una expresión inusual en él.

—Te pagaré los putos zapatos, pero no llores de la emoción —concedió Inglaterra, pensando que aquello sí lo haría feliz y que, satisfecho, se iría.

Sólo que Francis se obstinaba con seguir allí, ¿ahora qué ocurría?

—Me costaron mil euros.

—¿Qué?

—Mil euros.

—¿Y planeas que yo te pague eso?

Francis pareció decidir que era el momento para levantarse e irse, justo en la pregunta crucial. Inglaterra lo maldijo entre dientes, pensando en cómo librarse de una deuda ridícula. Mientras comía el desayuno ya frío, demasiado perezoso para calentarlo, buscó una solución.


Esa tarde tuvo reunión con el ministro Dolder por aproximadamente una hora. Éste evitaba mirarlo a la cara, como apenado por un hecho imaginario. Inglaterra no entendía la actitud del ministro, pero le estaba exasperando. Odiaba sentirse como si desconociera asuntos que le concernían a él, y creía que éste era el caso. Cuando sutilmente dejó caer en la habitación que sería mejor sincerarse que andar con malas actuaciones, Francia entró atropelladamente cargando un ramo de rosas rojas.

El inglés e Inglaterra se levantaron de sus respectivas sillas, perplejos ante la intromisión. Francia se sonrojó de mentira, reconoció, aunque su ministro le había creído. Se preguntó para qué le traía flores.

Désolé, mis queridos señores, no sabía que estabas ocupado con alguien más —observó Francia—. Me perdonas esta desfachatez, cher?

—Vete de aquí, y no me refiero de la habitación. Hablo de que te vayas por fin a tu país, ¿no tienes trabajo o algo por allá? —gruñó Inglaterra, y Francia le dirigió una mirada fulminante antes de salir. Observó que el muy idiota dejó caer una rosa al suelo.

—¿Lo conoce, señor? —preguntó el señor Dolder.

—Sí, pero es tan insignificante que es un detalle minúsculo. Siento la interrupción.

—No, no se disculpe. Él no me ha molestado en lo absoluto, al contrario. Aunque me sorprende que usted lo conozca, siendo aquel individuo tan… misterioso, por decirlo de alguna forma.

Inglaterra lo miró suspicaz.

—Pregunto lo mismo, ¿lo conoce, señor?

—No tanto como desearía. Es investigador especializado en cultura medieval y ahora está haciendo una investigación sobre… ¿facsímiles?

Inglaterra rodó los ojos ante la mentira, aunque era una profesión interesante y en donde Francia tendría bastante que decir en el caso de ser interrogado por cualquier curioso, pero claro, no porque fuera un estudioso sino por haberlo vivido. Lo que le desagradó fue lo captado entre líneas, lo callado por su ministro y lo hablado por sus gestos al expresarse. Inglaterra reconoció que la araña estaba tejiendo su hilo alrededor del hombre. Inglaterra se quedaría al margen, esperando que el propio ministro se diera cuenta del error que cometía al relacionarse con un ser tan degradante como el falso investigador francés.

—Suena interesante. Entonces, ¿ha venido a visitarlo a usted? —preguntó. El ministro asintió—. Qué pena, porque usted tiene trabajo extra que no puede ser prolongado por más tiempo.

—Pero no tengo nada, señor, y no se me ha avisado de…

—Le estoy avisando —interrumpió—, y el trabajo le será traído apenas vaya a asignárselo. Le recomiendo que cancele todas sus citas de hoy.

Inglaterra se marchó antes de ver el rostro contrariado del señor Dolder. Recogió la rosa olvidada antes de salir. Afuera se encontró con Francia parloteando con el secretario del ministro. Le pasó de largo, apresurándose a escoger qué clase de trabajo extra tendría, antes que Francia pudiera actuar otra vez.

Le estaba haciendo un favor al señor Dolder, que se lo agradecería en un futuro. Relacionarse "amorosamente" con Francia era una pérdida de tiempo que no traía nada beneficioso para nadie. Inglaterra lo había observado con la serie de amantes que Francia tuvo desde que descubrió que ser virtuoso en la corte francesa era el equivalente a abrirle las piernas a todo quien quisiera asomarse para echar un vistazo y disfrutarlo un poco.

Cuando llegó a su despacho se apresuró con el trabajo extra, que en realidad era una pila de documentos que descansaban en su escritorio a la espera de ser revisados. Se los mandó a llevar con su secretaria. Luego, acomodado en su asiento, miró por la ventana que daba hacia la calle con atención. A los minutos salió Francia del edificio con el ramo en manos, provocando en Inglaterra una sonrisa de satisfacción.

Desvió su atención hacia la rosa puesta en su escritorio. Pensó en cuánto tardaría en marchitarse, en lo efímero de su vida una vez entregada como artificio de las malas artes del amor.


Notas: Al parecer actualizo esta historia cada vez que quiero hacer publi de eventos FrUK. La próxima actu es en diciembre (Ok, no).

Para las interesadas, ¡se acerca el aniversario de la Entente Cordiale! Donde el Francia e Inglaterra dejan la guerra para hacer el amor. Por eso en la comunidad de LJ se está organizando un evento para celebrarlo como se merecen. Aquí el link a las reglas: http: / / fruk-me-bastard. livejournal. com/ 52315. html y aquí para las inscripciones: http: / / fruk-me-bastard. livejournal. com/ 52667. html

Espero se animen. ¡Nos vemos!