Capítulo 3
Arthur intentó dejarle trabajo extra al ministro Dolder más a menudo, pero la montaña de documentos y asignaciones fueron insuficientes para conseguir que se alejara de Francia. En los días, o noches, donde se quedaba hasta tarde, Francia lo esperaba afuera de edificio y solían encontrarse en un cafetín cercano, para luego salir a otros sitios donde el espionaje de Inglaterra no podía llegar. Aún se resistía a pedirle ayuda a sus amigos mágicos por aprecio de su dignidad. Entonces, procuró que el ministro saliera más tarde cada vez, hasta alcanzar la medianoche. Para asegurarse de que Francia no lo molestara en su horario de trabajo, montaba guardias afuera del despacho del ministro. Aún así, Francia seguía allí como una costra en la piel.
Bajo esta rutina transcurrieron tres semanas, e Inglaterra se estaba hartando de todo el teatro montado para proteger la integridad del ministro. ¿Por qué no entendía que lo ideal era permanecer soltero o buscarse una nueva relación, de más provecho? ¿Y por qué Francia, después de tanto tiempo y con tantos incautos en el mundo, seguía estando con él? Lo conocía lo suficiente como para calcular cuánto era la media de duración de sus relaciones amorosas, hasta llegar a la conclusión de que casi nunca alcanzaba las dos semanas con la misma persona. Si duraba más de un mes, era seguro que Francia lo engañaba con otro. U otros. ¿Eso ocurría? ¿Lo estaba engañando…? Pero si no se alejaba de Londres, ¿significaba que le era infiel en sus narices? Le daba muchísima pena el ministro y no era su problema, pero no dejaría que Francia se saliera con la suya.
—Estás abusando de tu pobre Donald —le dijo el descarado una vez, en plena reunión junto al resto de los europeos.
—Se le llama trabajar por su país, un concepto que no te es familiar, supongo —le repuso Inglaterra y quiso alejarse de él, pero no había nadie que le agradara en la habitación (y que el sentimiento fuera mutuo). Entonces fingió estar muy ocupado revisando su celular, y sin importar si Francia se lo creyó o no, terminó apartándose de él.
La siguiente semana recordó la frase de Francia y se fijó en el ministro. Tenía la piel pálida, como si desde hace tiempo no viera los rayos del sol que las nubes grises de Londres dejaban caer con moderación, unas ojeras enormes y apariencia desaliñada: La ropa vieja, pasada de moda, anticuada para los nuevos tiempos, y el cabello enredado pero corto, sin ninguna forma en especial, empeoraban la imagen. ¿Estaría abusando de verdad del ministro, en su intento por salvarlo…? Le costó reconocer que Francia tenía razón.
—¿Hmm? ¿Ya estás libre? —preguntó Francia tras la línea, al recibir la respuesta repitió entonces que lo iría a buscar y estaría allí dentro de quince minutos.
Era extraño que Donald le llamara para decirle que se había desocupado temprano ese día, si las veces anteriores tuvo que aguantarse hasta la noche para poder estar con él unas pocas horas antes del amanecer, ya que el hombre fue atacado por una pila de trabajo desmesurado que le impedía librarse pronto. ¿Inglaterra le habría hecho caso con respecto a su última observación? Era cierto que Donald necesitaba un merecido descanso, que él se encargaría de proporcionarle.
Llegó cerca del edificio y le mandó un mensaje de texto avisándole que lo esperaría en un café cercano. Allí pidió un café au lait, que tomó lentamente. Estaba atento ante toda persona que entrara al local, esperando que fuera su inglés. Para su desencanto, entró primero Inglaterra, quien lo notó al instante. Cruzaron sus miradas por breves segundos. Francia le sonrió y le iba a avisar que se acercara, sólo que Inglaterra pasó de largo, ignorándolo a propósito.
Francia supuso que estaría en sus días. Le prestó poca atención, ignorando a su vez ese malestar que crecía en él por la actitud injustificada de aquel país malhumorado y violento. La antítesis del caballero que tanto ufanaba ser. Se susurró que no valía la pena echarse a perder el buen ánimo por su culpa. Había actitudes que nunca cambiarían, por más que con él se comportara incluso mejor que con otros. Francia no era de cuidar y hacer favores a nadie sin sacar algo a cambio; ser la excepción a la regla significaba un privilegio que Inglaterra se negaba a apreciar.
Sin voltearse a mirarlo otra vez, Inglaterra salió del café sosteniendo una bolsa donde seguramente contendría la cena. Cedió al impulso de mandarle un mensaje de texto: Te atrapé! ;) Procura no hacer nada loco como la otra vez. Estaré ocupado y no te voy a poder cuidar. Besos, cejón. Dejó el celular en su bolsillo y volvió a estar atento a la puerta.
Inglaterra no entendía cuánto significaba para él. Lo quería, aunque no supiera la magnitud del sentimiento que lo había sometido durante tanto tiempo. Por más que había intentado dejar de desearlo, lo seguía queriendo como si las guerras entre ellos nunca hubieran existido. Como si el primer encuentro no hubiera estado marcado por el desprecio y luego el resentimiento tiñera a sus corazones de oscuras intenciones. Pero no, de nada valió sus intentos. Nada fue definitivo.
Fue entonces cuando llegó Donald Dolder. Con un gesto, Francia le indicó dónde se encontraba. Se sentaron y estuvieron hablando largo rato, hasta que Dolder decidió que se hacía tarde y sería mejor trasladarse a su apartamento para mayor comodidad.
Nada es más fácil que olvidarlo en presencia de otros. Francia buscaba desesperadamente un nuevo amor que descubrir, vivir y dejar morir. Uno tras otro, hombres y mujeres bellos, que le distrajeran del sentimiento no correspondido. Hazme olvidar, decía sin palabras a cada "te amo", "te deseo" "te adoro" soltado a sus amantes. Suplicaba sin éxito hazme olvidarlo.
En el apartamento se entretuvieron con toda la elegancia y perversión característica de los ingleses. Francia había aprendido mucho sobre el sexo a lo largo de los siglos, y sus mejores maestros residieron en el país de sus penumbras. Al acostarse en la cama, a Francia le pareció ver unas luces extrañas en la ventaba. Sonrió ante la asociación natural que había hecho.
—Tenemos compañía —le dijo a Donald como una revelación.
—¿Estás viendo cosas o es ahora cuando me presentas a tus amigos imaginarios? —Francia le señaló la ventana, donde todavía podía ver las luces, tan intensas como antes. Casi podía escuchar un leve campaneo. El idioma de las hadas, ¡cuántas veces Inglaterra intentó explicárselo!
—Veo a los tuyos. Mira, hay hadas en tu ventana y no le das la bienvenida.
Él siempre había podido ver hadas, en su niñez con mayor nitidez que ahora. Había perdido la chispa que lo unía con aquel mundo enigmático. Sólo seguía apreciando leves sombras de lo que son gracias a que se forzaba a creer. Y creía en honor a Inglaterra.
Dolder rió la broma, pero para Francia era un asunto serio. Se levantó de la cama cuando observó que a las primeras luces se le unían otras. Parecían danzar. Prestó atención a la melodía que andaba sonando en el reproductor de Dolder. Era una canción de amor, lenta y perfecta para bailar con tu pareja. Francia no la bailaba porque su pareja lo rechazaría con toda seguridad.
—¿Qué te ha llamado tanto de la ventana, en verdad? —preguntó Dolder, ya curioso ante su comportamiento.
—Ya te lo dije, las hadas. ¿Es que acaso no puedes verlas?
Era imposible para un inglés no verlas. Era como si un italiano odiara el arte. Estaba implícito en su carácter. La magia era fundamental en ellos; ellos eran magia. Magia y brujería y magnetismo negro.
—Las hadas no existen, así que dudo poder ver algo —repuso Dolder, abrazándolo por detrás.
Francia se tensó y lo olvidó por un momento. Hubo un brillo que se apagó de pronto, el resto de las luces se agitaron convulsionadas en la pena repentina. Al mismo tiempo la melodía terminó y dio paso a una canción igual de romántica, pero triste, inmensamente triste. Hablaba de las penas de un amor, porque era un amor imposible.
—Francis, ¿ocurre algo? Estás llorando —dijo Dolder.
Francia se apresuró a limpiarse el rostro y adoptar la mejor de sus mentiras. Estaba bien, se dijo, pronto estaría bien. Llorar por hadas, llorar por un amor perdido, estaba bien cuando estuviera solo, no con su inglés. El inglés que no creía en las hadas.
Entonces sonó el celular. Era una llamada que no se había dado cuenta de cuánto la deseaba hasta que la tuvo presente. Se disculpó con Dolder y salió de la habitación para atenderla.
—Dime, cejón.
—¡Serás imbécil! —le apestó la voz alcoholizada de Inglaterra—, no, más que eso, ¿realmente creías que yo, un caballero en toda regla, iba a hacerle caso al estúpido mensaje de una zorra facilona como tú? —Francia esperó a que Inglaterra dejara de insultarle. Y lo hizo después de dos minutos donde dejó claro que su nombre le generaba el mismo respecto que un canal de aguas negras—… porque lo que planeas es infiltrarte dentro del gobierno británico acostándote con todo mi personal…
—¡Por dios, mon petit crétin! Detén las conspiraciones, que no llego a tanto. ¿Por qué has bebido? No, más bien, ¿por qué me llamas? ¿Estás bien? —y quiso morderse la lengua ante lo último, pero fue imposible. Necesitaba saberlo.
—Porque me he quedado sin dinero, imbécil. Estoy varado y sin una luca y no me queda más que llamar a la primera escoria disponible. ¡Eres tú, maldita zorra! Deja a mi subordinado y ven a buscarme ahora mismo.
Había motivos para no hacerle caso. El tono autoritario, el trato, los insultos. Nada le impulsaba a aceptar y preguntarle la dirección. Pero ¿acaso no era un imbécil? Se negaba a dejarlo solo, borracho, en medio de la noche y a sabiendas que cometía las peores estupideces en ese estado.
—¿Dónde estás, Inglaterra?
Francia se despidió de Dolder argumentando que había surgido una emergencia familiar. Salió del apartamento a paso veloz, apurado por llegar a su destino antes que la escasa parte cuerda que todavía le quedaba a Inglaterra terminara por esfumarse.
Llegó a una plaza pequeña, fría y atestada de vagabundos. Pensó que esta vez se había lucido: encima tenía que sortear entre aquellas gentes o, temiéndolo, fijarse en cada uno para ver si reconocía una figura familiar. Desencajaba en ese lado de la ciudad, con sus ropas brillantes y caras y que nadie de allí podría costearse al menos que vendiera droga. ¡Dios mío! ¿Y si Inglaterra había comprado drogas? Cuando lo hacía se volvía aún más intratable.
Buscó con mayor desespero, pero sus ojos sólo veían harapos y caras sucias. Entonces alguien le sujetó por el brazo, firme y con poco tacto. Pensó en que sería él, por lo que se volteó esperanzado. Su esperanza murió al ver que tenía a un hombre un poco mejor vestido que las personas que le rodeaban, pero más malicioso y armado, sin rastro alguno de humanidad.
—Te doy lo que quieras —le repuso Francis, entendiendo la situación cuando el arma le apuntó al estómago.
—El reloj, los zapatos y el dinero, para empezar.
Francis se quitó el reloj lamentándolo mucho. Se lo había regalado Mónaco la última vez que se vieron. Solían hacerse regalos a menudo, ella, Seychelles y él. Luego le dio los zapatos y sacó su billetera para entregarle el efectivo. Sólo que al ladrón le pareció llamativa y le pidió la billetera en su totalidad. ¿Y qué le quedaba?
Luego tuvo que esperar a que el hombre se asegurara que ya no tuviera nada de valor, viéndose obligado a ser manoseado como si un policía estuviera inspeccionándolo. Sentía muchas emociones en su interior, entre el miedo y las náuseas, quería vomitar del asco y la impotencia. Nunca había sido fuerte, nunca se habría atrevido a hacerle frente a alguien armado estando desprotegido.
Cuando el ladrón se mostró satisfecho, se marchó. Francia evitó mirar el suelo, de esa forma sería menos doloroso caminar con los pies descalzos. Estaba helado, pero él podría soportarlo. Pensó en llamarlo. Al revisar en su bolsillo se percató que el ladrón también se había llevado el celular. Y no quedaba nada más que seguir adelante. Fue entonces cuando vio una silueta que podría reconocer en cualquier parte. Estaba al otro lado de la plaza, cerca a una parada del metro. Se apresuró, casi echando a correr.
—¡Inglaterra! —exclamó, y éste volteó a verlo.
El olor era terrible, pero menos que su apariencia. No mucha gente había tenido la ocasión de ver cómo la caballerosa y recta nación inglesa acababa convirtiéndose en un desparpajo.
—Te tardaste, rana —dijo, casi escupiéndolo.
—Vine lo más pronto posible, y no has dado la dirección bien.
—Claro que sí. Que te hayas metido mal es otra cosa. ¿Qué tienes en la cara?
—¿De qué hablas? Yo no soy el que tiene aspecto de borracho.
—No hablo de eso, sino tus… ¡bah! ¿Y el dinero?
—No tengo. Me han robado antes de encontrarte.
—Ni modo que fuera después —Inglaterra le tomó del brazo, reparando en sus pies desnudos—. Entonces te has dejado robar, te has quedado limpio y justo cuando necesitaba el dinero, ¿no?
Francia estaba comenzando a desesperarse. Pensó en golpearle aquella cara que lo miraba ceñudo, sin disimular la molestia creciente.
—¿Quién te ha robado?
—Un hombre. No sé. No me acuerdo de su cara. No pensé mucho entonces, ¿sabes? Estaba asustado.
—Cobarde. Marica. Vamos a buscarlo y exigirle que te devuelva el dinero —ideó Inglaterra.
—No. Nos vamos. Me quiero ir de aquí.
—No hasta que ese cabrón te haya devuelto tus cosas.
—Sólo quieres pelear con alguien y meternos en problemas. Conozco lo que quieres. Entonces vendrá la policía y te llevará y yo tendré que pasar una noche en la comisaría mientras arreglo todo para sacarte de allí. Nunca más.
—Ese cabrón te ha robado…
Esta vez fue Francia quien le tomó del brazo y le instó a caminar. Pensó que se le opondría, pero para su sorpresa Inglaterra lo siguió, deshaciéndose del agarre con cierta brusquedad, sólo para reconsiderarlo segundos después y ser él quien le tomara del brazo.
—Hueles horrible —le susurró Francia.
—Son tus pies —repuso Inglaterra e, inseguro, agregó—. Si quieres llorar, llora.
—¿Por qué habría de llorar?
—Es lo que sueles hacer.
—Sólo espero que tu casa no esté muy lejos. No aguanto los pies.
Inglaterra abrió la boca, pero se arrepintió y siguió adelante. Ya era de madrugada cuando llegaron a la casa en cuestión. Francia dio un suspiro de alivio cuando estuvieron adentro, se dejó caer en el sofá y se miró los pies maltratados, adoloridos y un poco sangrantes. Como Inglaterra había previsto, se echó a llorar. Éste lo ignoró, mientras buscaba un tobo ovalado y un poco hondo y lo llenaba con agua tibia. Al acabar, dejó el recipiente frente a los pies de Francia.
—Igual no sé para qué me tomo la molestia, si dentro de unas horas te vas a curar. Mételos allí.
Francia estaba sorprendido. Y miraba el agua con la boca abierta. Inglaterra se azoró, detestando esa muestra de incredulidad.
—¿Quieres algo de tomar?
—No. Y tú tampoco. Hoy estás mejor que otras veces.
—Estoy en mi casa, hago lo que quiero —dijo mientras iba a buscar una botella de ron.
Francia se fue mejorando, sí, pero al alivio de sus pies le acompañó la angustia de un Inglaterra más bebido y batallador. Exclamaba que debieron ir a buscar el ladrón, darle una golpiza, recuperar sus pertenencias y quedarse con lo que se encontraran. Francia temía que en serio decidiera embarcarse en una empresa de justicia en semejante estado. Lejos de sentirse halagado, se alarmaba de lo que pudiera ocurrir.
Pero no pasó. Inglaterra se calló de pronto y se le quedó mirando. Ambos se mantuvieron la mirada fijamente, hasta que Inglaterra se levantó y se puso a su lado. Frente a frente, Francia podía respirar todo el alcohol que había tomado. Inglaterra se relamió los labios, con el vaso lleno de ron en su mano.
Y luego Francia dejó de pensar. Inglaterra bebió un sorbo, mantuvo el líquido en la boca, le besó y Francia se encontró bebiendo para su pesar. Alargó el beso mientras Inglaterra olvidaba que sostenía el vaso, derramando el contenido en el piso.
Le pareció importar poco, cuando se posicionó arriba de Francia y sonrió como quien gana un premio. Había algo en esa sonrisa conquistadora que a Francia le hacía perder la cabeza. Le correspondió.
Notas: Muchísimas gracias por sus comentarios :)
Venezolanismo (que la autora reconoce):
*Sin una luca quiere decir: andar limpio, sin dinero.
