Disclaimer. Al césar lo que es del césar, o sea, los nombres de los personajes siguen perteneciendo a S. Meyer por Twilight. Pero los personajes de esta historia son hijos de mi imaginación, con la inestimable ayuda de las musas.

Capítulo 3.

PALABRAS

I.P.O.V

Comencé a subir la cuesta hacia el mirador, estaba tan nerviosa que me temblaban las rodillas al andar y tenía encogido el estómago, la boca seca, me sudaban las manos... hasta que le vi.

Estaba sentado en el banco, había subido las piernas y las rodeaba con los brazos. Tenía la cabeza agachada contra sus rodillas, la maldita capucha subida, totalmente inmóvil, me pareció una mala señal. De pronto algo me llamó la atención en su negra silueta, en su mano envolviendo sus nudillos llevaba mi pañuelo. Era lo único que parecía darle un toque de alegría a tan triste figura. Ese detalle derritió mi corazón, parecía una señal que me decía, adelante, te estoy esperando.

Me acerqué tan despacio como pude, no sabía exactamente qué hacer, si hablarle yo o esperar a que él lo hiciera, pero no hizo falta, levantó la cabeza de entre sus piernas y se giró hacia mí. Me crujió el alma, ni siquiera podía sonreírme, tenía una herida enorme en la comisura de sus labios. Esa fue la señal determinante para que corriera hacia él, estaba deseando verle, tocarle y curarle a pesar de mis miedos. Su enigmática belleza y su oscura personalidad, su tristeza y su dolor, tiraban de mí hacia él como un hilo invisible, sus ojos eran como un agujero negro súper masivo, me absorbían de forma voraz, no podía dejar de mirarle.

Me senté a su lado sin saber que hacer, no podía apartar mi atención de su herida, me miró fijamente con una chispa de alegría pero con el miedo y la cautela reflejándose en sus ojos y me dijo:

—Has venido, ahora está todo bien.

—Todo no— le dije. Entonces cogí la maldita capucha y la eché para atrás. Le miré satisfecha . —Ahora sí, odio esa capucha — y sin pensarlo le di un fugaz beso en la mejilla.

Me regaló una sonrisa que me hizo estremecer de los pies a la cabeza. Me quedé mirando mi pañuelo en su mano y me dijo:

—No te lo pienso devolver, es mi talismán contra... — y se quedó callado.

—¿Contra qué? — pregunté aprovechando su momento de sinceridad.

— Más tarde – dijo — primero tus diez minutos de felicidad, tu árbol te espera.

Le miré frustrada, yo... quería hablar ya, tocarle, curarle primero. Me miró con determinación, su gesto no dejaba lugar a dudas, así que me levanté, pero como siempre me dejé llevar por mis impulsos y muerta de miedo ante un posible rechazo extendí mi mano, temblorosa, hacia él y le dije:

— Vale, pero tú conmigo.

La expresión de su cara fue indescriptible, en breves segundos un rosario de sentimientos discurrieron por su machacado rostro: asombro, cautela, tranquilidad, felicidad... Me miró fijamente a los ojos y me dijo lleno de ternura: lo sabía, eres un ángel... Y cogiendo mi mano, se levantó y nos dirigimos hacia el árbol. Su cara resplandecía igual que el sol que, a esa hora, asomaba tímidamente tras los rascacielos. Yo, resplandecía por dentro.

Siempre me sobrecogía ese paisaje pero en ese momento sentí, además, una intensa emoción por poder compartirlo con él, deseaba fervientemente que operara en su vida un efecto idéntico al que tenía sobre mí: tranquilidad y paz interior.

Se quedó mirando al horizonte con los ojos muy abiertos, no parpadeaba, casi no respiraba, pero apretaba mi mano con fuerza. Yo le observaba por el rabillo del ojo. De repente, noté como relajaba la presión sobre mi mano, sin atreverse a mirarme me soltó y cerró los ojos comenzando a respirar profundamente, dejando que el sol y la brisa acariciaran su cara. Aproveché que él quería darme mi espacio para ponerme los auriculares de mi ipod y escuchar una de las canciones que había elegido para ese día. Cuando comenzaron a sonar las primeras notas de "I say a little prayer for you" de Aretha Franklin, comencé a cantar bajito como hacia siempre y cerré los ojos, dejando que el sol y la brisa acariciaran también mi cara. Desde el sábado pasado, todos los días pedía al cielo que le protegiera.

"The moment I wake up

Before I put on my makeup

I say a little pray for you

While combing my hair now,

And wondering what dress to wear now,

I say a little prayer for you

Forever, and ever, you'll stay in my heart

and I will love you

Forever, and ever, we never will part

Oh, how I love you

Together, forever, that's how it must be

To live without you

Would only meen heartbreak for me...

Desde el momento en que me despierto,
Antes de ponerme el maquillaje,
Rezo una pequeña oración por ti.
Mientras me peino,
Y me pregunto qué vestido ponerme ahora,
Rezo una pequeña oración por ti.
Para siempre jamás, te quedarás en mi corazón
Y yo te amaré.
Para siempre jamás, nunca nos separaremos.
Oh, cómo te amo.
Juntos, para siempre, así es cómo debe ser.
Vivir sin ti
Sólo significaría un corazón roto para mí...

E.P.O.V

Estaba empezando a amanecer cuando llegué al mirador. El silencio del parque era estremecedor, olía a tierra mojada y la hierba y el banco en el cual me sentaba estaban cubiertos de finas gotas de lluvia. Saqué un paquete de pañuelos de papel de mi bolsa de deportes y sequé el banco. Necesitaba sentarme y tranquilizarme de una maldita vez.

La herida de mi boca me dolía condenadamente. Tiritaba de forma descontrolada debido a una explosiva mezcla de frío, nervios y miedo. Había puesto todas mis esperanzas en esta cita, en esta mujer que no conocía de nada, toda mi determinación de hacía unas pocas horas comenzaba a ser aplastada por las circunstancias, la desconfianza y el miedo, otra vez. Me senté en el banco y subí mis rodillas abrazándome a ellas, necesitaba calmarme y entrar en calor, al fin y al cabo si no venía ¿qué podía pasar? Nada que no hubiera ya vivido: soledad, violencia, resentimiento, fracaso, volver a empezar...

Por eso cuando la vi llegar y mirarme con un cierto nerviosismo, dejé de tiritar, ambos estábamos nerviosos pero los dos estábamos allí, eso era, a priori, una buena señal.

Se apresuró hacia el banco, sin apartar la vista de mi cara, su rostro mostraba preocupación, dolor y una gran ternura. Nada más saludarnos, casi me arrancó la capucha, obviamente no le gustaba que la llevara, y me besó en la cara, fugazmente. Sentí como se calentaba mi corazón y en ese momento la hubiera besado hasta asfixiarla aunque me limité a sonreírle, quería ir despacio, estaba claro que yo no era tan impulsivo como ella, además no quería intimidarla, deseaba mantener su rutina de relajación y felicidad. Quería que ella tuviera su tiempo primero, por eso, cuando se quedó mirando mi mano y su pañuelo enrollado en ella, intuí sus intenciones, ella estaba ansiosa por hablar, por curarme, pero debía dejarle su espacio y si luego ella quería, mientras la dejaba ocuparse de mis heridas, podría intentar conocerla y dejar que ella me conociera a mí.

Lo que no me esperaba es que ella me tendiera su mano y me invitara a entrar en su particular burbuja de felicidad semanal. Primeros conocimientos empíricos sobre ella: no tenía problema en dejarse llevar por sus sentimientos y además era mucho más valiente que yo. Su actitud me pilló de sorpresa, por un momento no supe que hacer, pero bastó una mirada a su cara y a su mano para comprender que ella, de momento, me dejaba acercarme a su vida, que no me rechazaba, que yo le importaba y no se molestaba en ocultarlo. Mi adoración por ella en ese momento se multiplicó por mil y rendido ya de forma irreversible a su encanto mi voz expresó lo que veía mi mente, ella era un ángel.

Caminamos de la mano hasta el mirador y una vez allí me sentí profundamente impactado por el paisaje que ante mí se extendía y por la importancia de su gesto, se me hizo un nudo en el estomago y comencé a ser consciente de lo que estaba pasando ¿estaba preparado para ello? ¿Sabía ella lo que se le venía encima? Me di cuenta de que le estaba estrujando la mano y decidí relajarme y soltarla, darle su espacio de felicidad y participar, sin más, en su particular fiesta sensorial.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el resto de los sentidos, respirando profundamente, dejándome llevar por la particular magia del entorno, sintiendo el tibio calor del sol en mi piel, el olor a hierba mojada, el olor del perfume de Isabella, el desagradable sabor a sangre en mi boca y... ella cantando. Tarareaba una melodía en voz bajita, pero pronto conseguí entender una de las estrofas y me quedé sin respiración:

I say a little prayer for you

Forever, and ever, you'll stay in my heart

and I will love you

Forever, and ever, we never will part

Oh, how I love you

Together, forever, that's how it must be

To live without you

Would only meen heartbreak for me...

¿Eso iba por mí o me estaba haciendo un lío yo solo? ¿Estaba pecando de presuntuoso? ¿Me estaba mandando mensajes subliminales o era todo una pura casualidad?

La miré de reojo, ella seguía con sus ojos cerrados, sus facciones relajadas, cantando, ¡qué guapa estaba! Me podría tirar horas mirándola. Cabeceó, relajando su cuello, y comenzó a cantar una canción distinta, desafinaba un poco pero me daba igual, aunque estuviera dando alaridos la miraría con el mismo arrobamiento. Presté atención para ver si adivinaba lo que estaba cantando... me quedé sin respiración de nuevo. Ella tatareaba Somebody to love de Queen.

Till the tears run down from my eyes

Lord

Somebody ohh somebody

Can anybody find me

somebody to love

Everybody find me

somebody to love

Hasta que las lagrimas caigan de mi ojos

Señor

Alguien oh alguien

Puede alguien encontrarme

alguien a quien amar

Todo el mundo encuentra

alguien a quien amar

¿Segunda casualidad del día? No sabía qué pensar, pero me estaba poniendo francamente nervioso.

De repente se volvió y me sonrió por un momento dedicándome un gracioso guiño, inmediatamente giró de nuevo su cara y siguió cantando. Aquellos estaban siendo los diez minutos más desconcertantes de mi vida.

Al poco tiempo dejó de cantar, abrió los ojos, miró por unos instantes el horizonte hizo una profunda respiración y se quitó los cascos. Su tiempo de relajación había terminado.

Cogió un nuevo pañuelo de su mochila mirándome con su cara llena de ilusión y me dijo:

— Apóyate en el árbol, es tu turno.

Me entró la risa floja de puros nervios, parecía un colegial joder. Me apresuré a obedecerle recostándome sobre el tronco, ella se puso delante de mí y procedió a presionar con mucho cuidado mi herida, no sangraba, pero era como si ella quisiera tocarla para que desapareciera inmediatamente de mi cara. Me miró directamente a los ojos y me dijo:

—¿Te duele? – Asentí con la cabeza.

—¿Te hago daño? – esbocé una ligera sonrisa y negué con la cabeza. Ella sonrió. Se quedó mirando fijamente mis labios y de pronto se ruborizó intensamente.

— Ummmm— ronroneé — sigue por favor... lo necesito.

Me dedicó otra de sus maravillosas sonrisas y cerré los ojos para dejarme hacer y no intimidarla. Estuvo varios minutos presionando sobre mis heridas, hasta que de pronto sentí una ligera caricia sobre mi mejilla, abrí los ojos de golpe y vi su mano sobre mi cara y sus ojos brillantes, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Cogiendo su mano besé, como había hecho el sábado anterior, la punta de sus dedos, por supuesto, también me guarde su pañuelo en el bolsillo de la sudadera.

— Gracias, eres un ángel.

Ella se echo a reír.

— ¿Eres un fetichista de los pañuelos o algo así? – me preguntó.

— Ya te lo dije antes, tus pañuelos son mi talismán. Y antes de que ella pudiera preguntarme de nuevo, decidí que había llegado el momento de las palabras.

—¿Has desayunado? —le pregunte. Negó con la cabeza.

— ¿Me dejas que te invite a un café? Aquí abajo, a la entrada del parque, hay un pequeño quiosco que abre muy temprano.

—Claro—, asintió entusiasmada—. Necesito entrar en calor. Y además, necesito que me expliques... —No la dejé terminar.

— Pues vamos— en ese momento me quité mi sudadera y se la puse sobre sus hombros, me miró sorprendida pero, inmediatamente, se envolvió en ella. Comenzamos a descender en silencio, una sonrisa cruzó mi cara cuando me di cuenta que ella metía su nariz por dentro de la sudadera, aspirando mi aroma.

Con ella todo parecía fácil, aparentemente no había dobleces ni intereses ocultos. Ella expresaba lo que sentía en cada momento, con sus gestos o con sus palabras, sin importarle exponerse. Demostraba su interés por mí, era obvio que yo le gustaba y se sentía atraída pero, lógicamente, tenía muchas preguntas y le costaba dominar su curiosidad. Cuando casi estábamos llegando al quiosco me dijo, sin mirarme a los ojos, a bocajarro:

—¿Debo temerte? ¿Me estoy poniendo en peligro por hacer esto?— Sin darme tiempo a contestarle ella meneó su cabeza como avergonzada por la obviedad de su pregunta y dijo para sí misma —¡qué tontería!, como si me lo fueras a decir si fuera verdad, parezco subnormal.

Me quedé parado, aunque parecía encantada de estar conmigo, con mi presencia, ella tenía miedo. Según nos acercábamos el uno al otro surgían las dudas y las vacilaciones, tampoco me extrañaba, al contrario, veía su miedo más lógico que su confianza hacia mí. Intenté tranquilizarla, pero si realmente buscaba una oportunidad no podía mentirle. Ella se paró también, y me miró fijamente, buscando más allá de mis ojos.

— Yo nunca te haría daño de forma consciente —le dije— no estoy loco, no soy un psicópata, ni un violador en serie, a pesar de mi aspecto. Mi vida últimamente ha sido una mierda pero pensar en que podría herirte, dañarte de alguna manera, me pone enfermo. Yo... solamente quiero pedirte que me des la oportunidad de conocernos.

Me sonrió con cierta cautela, sopesando por una vez las palabras que iba a decir.

—¿Sabes? te creo— me dijo—no se porqué pero lo hago, si mi madre me viera me diría "no deberías confiar de buenas a primeras en un extraño", pero paradójicamente de ella he heredado mi notoria empatía hacia los demás seres, me intimidas un poco pero creo que eres una buena persona y a mí... también me gustaría conocerte.

Nos quedamos mirándonos el uno a otro, en mitad del sendero. Sin decirnos nada más. Observándonos. Ahí estaba de nuevo la chica sincera y valiente. Era el momento de pelear por una vida mejor o morir en el intento. Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa.

—¿Amigos entonces?

—Amigos— dijo ella.

Nos sonreímos mutuamente y comenzamos a caminar de nuevo hacia al quiosco lanzándonos furtivas miradas de refilón, ambos sonreíamos nerviosos y felices. Era un buen comienzo.

Cuando llegamos, estaban terminando de montar las mesas en el exterior. El día prometía ser radiante así que nos sentamos fuera. Ella me preguntó si no tenía frío intentando quitarse mi sudadera, no se lo permití, entonces metió sus manos por las mangas y se la puso del todo, subiéndose la cremallera hasta arriba. Me encantó ver como escondía sus puños dentro de las mangas y se las llevaba hasta la boca. Ella hacía con mi sudadera lo que yo hacía con sus pañuelos, suplir con un trozo de tela la necesidad de sentir al otro cerca, muy cerca.

Era un día especial y ella tenía pinta de ser golosa, tal vez pensaba eso porque la veía extremadamente dulce, así que le propuse una taza de chocolate y asintió entusiasmada relamiéndose los labios con anticipación, sip era golosa.

Aprovechando que estaba disfrutando de su primer sorbo de chocolate con cierta glotonería, comencé el bombardeo empezando por lo fácil; como se llamaba con nombres y apellidos, cuantos años tenía, de donde era, a que se dedicaba, si sus padres vivían y si tenia hermanos, por último, dudé al preguntarle donde vivía, no me atrevía a preguntarle directamente si vivía con alguien o mejor dicho, si había alguien en su vida, aunque tenía indicios de su interés por mi, me asustaba lo que pudiera responderme.

Ella me dijo que se llamaba Isabella Swan, tenía 27 años (tres más que yo), su madre había muerto hacía dos y ella la echaba terriblemente de menos porque estaban muy unidas. Su padre vivía en una pequeña y tranquila población de donde era originario, lejos del bullicio de la ciudad, le gustaba el campo y allí vivía retirado con su perros, sus tierras y sus manías, allí también vivía su hermana mayor, a la que adoraba, pero no la veía todo lo que le gustaría aunque lo suplía hablando con ella casi a diario, además tenía dos sobrinos a los que quería con locura. Su familia no era rica aunque gozaba de estabilidad económica, con ayuda de una beca había estudiado arquitectura paisajística en una buena universidad (ahora entendía porque le gustaba tanto el mirador del parque) y trabajaba para una importante empresa de arquitectura y obras publicas desde hacía dos años, le encantaba su trabajo, había trabajado muy duro por conseguirlo. También me confesó, agachando su cabeza y casi con lágrimas en los ojos, que la habían contratado al día siguiente de enterrar a su madre y ella pensaba —no te rías ni me tomes por friky— me dijo, que era lo primero que había hecho su madre por ella desde el sitio donde quiera que estuviese, sabía que nunca la iba a dejar sola porque siempre había sido la luz que iluminaba el camino de su vida, que ella era lo que era y como era gracias a los consejos e influencia de su madre.

Me quedé impresionado, comenzaba a intuir porque ella era un ser tan especial y luminoso, era la prolongación de la humanidad y la bonhomía de su madre, era la segunda vez que la nombraba esa mañana y ambas veces con absoluta adoración. Digna hija de digna madre.

Continuó hablando y me dijo que vivía al otro lado del parque en un pequeño ático con una gran terraza —soy mujer de espacios abiertos, necesito horizontes limpios de barreras arquitectónicas, sol y vegetación, tal vez sea deformación profesional— dijo guiñándome un ojo.

Si antes me gustaba ahora, según iba conociendo su travesía personal, mi admiración y gusto por ella eran clamorosos, era apasionada a la hora de hablar de su trabajo, su familia, sus cosas, no entendía de esconder sus sentimientos, era clara y diáfana. Era, como suponía, esencialmente buena y compasiva. Tenía una vida bien construida, se había trazado un camino y allí estaba, en la meta, en el sitio más alto del podium. A priori ambos habíamos planificado con exactitud y minuciosidad nuestro proyecto de futuro, ambos habíamos peleado por ello, con esfuerzo, sacrificio y tesón: una beca, una buena universidad, una vida ordenada y tranquila encaminada al estudio y la formación profesional y personal, ambos habíamos contado con el apoyo y cariño de nuestra familia... pero ella lo había conseguido y yo no, porque en un momento determinado yo me había salido del camino.

El sabor amargo del fracaso me golpeó con furia. Rose se reía en mi cara desde el fondo de la taza de chocolate. Era como si me dijera "¡Grandísimo idiota! nunca te libraras de mí, yo fui lo mas importante de tu vida, arriesgaste todo por mí y perdiste, ni siquiera has conseguido mantenerme a tu lado, y mírate... ¿serás capaz de acabar tu carrera? Eres un perdedor."

Empecé a ponerme nervioso. ¡No! ¡Ahora no! No podía defraudar a Isabella. Aquí estábamos, ella me miraba como nadie me había mirado en mi vida, ella era el ideal de mujer que había soñado tantas veces como mi compañera, mi amante y mi amiga... hasta enredarme con Rose. Envidiaba a Isabella, pero la admiraba todavía más. Tenía un aura especial, era como tocar a Dios.

Me estaba poniendo enfermo y eso no podía ocurrir en nuestra primera "cita". Me zumbaban los oídos y empezaba a sudar copiosamente aunque estaba helado de frío.

Apreté los ojos con fuerza y me dije, más bien me chillé a mí mismo, pelea, pelea, pelea por ella, ella lo vale, ella sí vale la pena...

—¿Edward? ¿Estás bien? Por Dios, estás blanco... ¿qué te pasa?

La voz de Isabella me llegaba como en sordina.

Apreté los puños y haciendo un esfuerzo titánico abrí los ojos y la miré. El milagro de su beldad y su empatía le pegaron una guantazo en todos los morros al recuerdo de Rose y rescató , en ese preciso momento, mi alma de la miseria.

— Lo siento— dije— solo dame un minuto. No he dormido esta noche, solo estoy un poco cansado.

—¿Por qué no me lo has dicho?— dijo confundida—, yo pensaba... — e hizo el ademán de levantarse.

—¡No! No te vayas, por favor. Prefiero hablar contigo a dormir, estar contigo me relaja más que ocho horas de sueño, ya tendré tiempo de descansar.

—¿De verdad? Yo no me siento cómoda pensando que no has dormido mientras estás aquí conmigo...

—Estar contigo es ahora mismo todo lo que necesito para encontrarme bien. Sigue hablándome de ti.

— De eso nada — me contestó— ahora es tu turno.

— Solo una pregunta más— le dije un tanto turbado, no me atrevía a mirarla a la cara pero me obligué a ello, necesitaba ver su expresión cuando me contestara— ¿hay una persona especial en la vida de Isabella Swan?

Se quedó mirándome muy seria y sin vacilar dijo.

—No, no la hay.

Mi corazón pegó un salto y no pude controlar que mi maltrecha boca se curvara hacia arriba en forma de sonrisa canalla.

Habíamos terminado nuestro desayuno hacía un rato pero se estaba francamente bien allí, con ella, así que pedí dos botellas de agua dispuesto a someterme a su interrogatorio.

Comenzó también por lo más fácil, le dije que tenia 24 años, que estaba estudiando ingeniería industrial, también con una beca, que en poco tiempo volvería a mis prácticas en una importante empresa de automoción, le hablé de mi barrio, mi infancia y mis padres y sus esfuerzos por darme una buena educación, le conté que no tenía hermanos pero nunca me había sentido mimado o sobreprotegido, mis padres ni siquiera habían tenido tiempo para ello. Le hablé de mi pasión por el kick boxing, de mis combates (legales) y de Jake, mi entrenador... De pronto me di cuenta como su cara se relajaba, ahora estaba atando cabos entre mi historia y mis heridas... aunque los nudos no eran de fiar, pero ya habría tiempo más adelante para explicarle la historia completa.

De repente soltó una carcajada y haciendo gala de su sinceridad y su incontinencia emocional me soltó: —¿No debes de ser muy bueno, no? dado el estado en que está siempre tu cara— y se quedó tan a gusto. La miré incrédulo, y se me escapó también una risa pero inmediatamente me golpeó mi propia realidad, sabía que todavía no podía hablarle de mis combates ilegales, no era el momento y aun no estaba preparado.

A pesar de ello no pude contenerme y le dije —no me subestimes, si no fuera tan bueno a estas alturas no tendría cara— nada más soltar las palabras me di cuenta de su alcance e intenté quitarle hierro al asunto guiñándole un ojo.

Pero ella se dio cuenta que la broma no había subido a mis ojos y me soltó —¿lo estás diciendo en serio, verdad? No se trata de una broma — su semblante había cambiado.

La miré fijamente y la conteste con honestidad: —No, efectivamente no es una broma, pero todavía no estoy preparado para hablarte de ello.

Me miró comprensivamente y me dijo: no te preocupes, nos estamos conociendo, todo a su tiempo, prefiero esperar a que no me cuentes la verdad— y cogiendo mi mano me dio un fuerte apretón para soltarla inmediatamente. Joder, la adoraba.

Seguimos hablando, le fui contestando a todo y cuando le confirmé que vivía solo en un apartamento me dijo sin titubear —pero eso no significa que no tengas novia ¿no? — claramente, no se andaba con rodeos aunque evidenciaba un cierto nerviosismo al hacerme la pregunta.

Mi estomago se contrajo con fuerza, aquí venía la segunda parte. Le contesté con un rotundo — no, no tengo—. Y siguió con su incontinencia verbal — es difícil de creer que un chico tan guapo como tú, no tenga una mujer a su alrededor.

Me lo puso a tiro: —pues entonces ya somos dos, lo mismo te digo.

Nos miramos, intensamente. Una preciosa sonrisa adornó su cara. Y por el momento ahí se quedó el tema de nuestras relaciones.

Me levanté y le dije — ¿te apetece dar un paseo por el parque?, hace un día precioso— de nuevo asintió entusiasmada. Nos levantamos y nos encaminamos hacia la parte donde estaban los estanques y los parterres de flores, paseamos mientras hablábamos de libros, de música, de cine, de su trabajo, de mi proyecto de fin de carrera, de nuestros gustos... entusiasmados y ensimismados por un pronto conocimiento de ambos.

Estaba eufórico pero a la vez exhausto, demasiadas emociones, la pelea, la tensión, el daño físico, el miedo, la incertidumbre... así que cuando llegamos al otro extremo del parque decidí quemar mi último cartucho del día, no quería forzar más las cosas por el momento. Le pregunté: —¿tienes planes para mañana? — su mirada se iluminó como una bombilla aunque con un cierto destello de cautela.

—¿Qué tienes pensado? — me dijo.

—¿Te apetece que vayamos al cine por la tarde?

—Claro— me dijo con entusiasmo —tú me invitas al cine y después yo te invito a cenar algo.

— Hecho— le dije. Que fácil y suave discurría todo con ella, sus expresiones eran el reflejo de sus sentimientos y emociones.

Quedamos en vernos al día siguiente en la puerta de unos conocidos cines a las cinco de la tarde. Al parecer, ambos estábamos ansiosos por vernos de nuevo. Cuando me iba a despedir de ella me preguntó con una cierta cautela —¿mañana me hablarás del misterio de los pañuelos?— y agachó la cabeza como avergonzada por su pregunta.

Con un dedo levanté su barbilla y mirándola fijamente a los ojos, mientras intentaba trasmitirle tranquilidad, le dije —puedes preguntarme todo lo quieras, nos estamos conociendo ¿recuerdas? aunque hay cosas que todavía no se si seré capaz de contarte, pero te prometo que lo intentaré, me cuesta confiar en los demás.

Levantó su mano y la dirigió a mi mejilla, acunándola —¿Te han hecho mucho daño, verdad?— me dijo.

La miré a los ojos, mientras intentaba memorizar la sensación del contacto de su piel contra la mía.

—Sí— contesté en voz apenas audible. Ella me seguía acariciando.

—Lo siento, lo siento mucho, se te ve tan herido... aunque todo se cura, con esperanza, cariño y tiempo, ya lo verás, pero tienes que creer en ello.

Le sonreí agradecido y conmovido por sus palabras, cogí su muñeca y besé la palma de su mano, con adoración y respeto.

Cuando la solté la expresión de su cara era maravillosa, era un bálsamo para mi maltrecha confianza en los seres humanos.

Cogí su cara entre mis manos y le di un beso suave y delicado en la punta de su nariz.

— Eres un ángel ¿lo sabes?— le dije. Sus ojos brillaron emocionados.

— Mi valiente luchador— me contestó ella, retirando un mechón de pelo de mi frente. Y dándome un delicado beso en la herida sobre la comisura de mis labios, me dijo —hasta mañana.

Se dio la vuelta y la vi alejarse, esta vez el que se quedó clavado al suelo del parque era yo. Rocé mi herida con los dedos y sentí que mi corazón estallaba de felicidad.

Cuando llegue a mi apartamento me sentía como si estuviera flotando en una nube. Un cúmulo de sensaciones y sentimientos me envolvían con fuerza.

El recuerdo de su boca sobre mi piel, me producía auténticos escalofríos que bajaban por mi espina dorsal; el recuerdo de sus palabras y su cariño hacia mi, la expresión de sus ojos, la ternura con la que envolvía mi cara con su mano me hacia sentirme especial y querido, y esa nueva sensación en mi era demoledora. Isabella se había convertido en una necesidad vital, su contacto era para mi como el aire que necesitaba para respirar, esa necesidad se filtraba por mi piel, mis músculos y mis huesos hasta llegar a lo mas profundo de mi ser, y desde allí irradiaba su efecto a todas las células de mi cuerpo.

Nunca había deseado y necesitado el contacto y los besos de alguien como deseaba los de Isabella, era absolutamente diferente a lo que sentía con Rose.

Rose y yo siempre nos habíamos besado y tocado con urgencia, como si necesitáramos satisfacer rápidamente nuestros instintos mas primarios, era un deseo carnal y voraz, pero nuestra relación era defectuosa. Compartíamos deseo, juventud, ganas de vivir y risas, pero faltaba la conexión emocional; Rose nunca expresaba sentimientos, solo expresaba deseos, tal vez porque carecía de la capacidad para amar a los demás, nunca se entregaría a nadie en cuerpo y alma, solo en cuerpo y, exclusivamente, para obtener la mas amplia satisfacción de su placer y sus necesidades. A lo largo de este último año había tenido tiempo para reflexionar y darme cuenta de que nuestra relación nunca habría tenido futuro, porque la vida de Rose se regia por un sistema egocéntrico en el cual no tenia cabida otro termino que no fuera el "yo".

Con Isabella, habían bastado unas pocas horas para sentirme conectado emocionalmente con ella y esa sensación me abrumaba. Deseaba amarla y que ella me amara, de forma reciproca, completándonos el uno al otro, entregándonos mutuamente nuestros afectos y nuestros cuerpos, alimentando nuestro amor y nuestro deseo día a día, cubriendo nuestras insuficiencias y necesidades, protegiéndonos y cuidando el uno del otro, uniendo nuestros seres en el sentido mas amplio del termino. Necesitaba que la ecuación tu + yo diera como resultado un nosotros, y con Isabella veía posible conseguirlo. Lo que deseaba de ella no solo era sexo, era mas, muchísimo mas que eso, aunque también necesitara desesperadamente su cuerpo. La forma en que nos mirábamos, en que nos leíamos, la necesidad de tocarnos, de hablar, de comunicarnos y conocernos, la ansiedad por llegar el uno al otro, por volvernos a ver...era como si nos costara separarnos. Debía luchar porque esa comunión tan especial no fuera solo el fantasma del ardor de una incipiciente relación, necesitaba que esa comunión fuera una constante a través del tiempo en nuestra relación.

Eso era lo que deseaba ofrecerla y eso era lo que esperaba conseguir de ella.

Cuando me quise dar cuenta era mediodía. Comí algo y tras una ducha reparadora me acosté, estaba físicamente y emocionalmente exhausto. A los pocos segundos, caía en el sueño de los justos.

El domingo amaneció espléndido. Salí a correr, necesita acudir a mi cita tranquilo y relajado, pero la expectación ante las conversaciones pendientes y las ansias por verla de nuevo me apretaban el estomago y la garganta. Esperaba lo mejor de nuestra nueva cita, pero la vida me había enseñado que no siempre uno obtiene lo que espera y que, a veces, poner las expectativas muy altas entraña el riesgo de una caída desde una altura considerable. ¿Y si se había arrepentido? en frió las cosas se veían de otra manera, podía haber reflexionado sobre nuestro encuentro y ... Mi escepticismo sobre la bondad de las relaciones humanas seguía haciendo mella en mi, así que, por mi bien, decidí apartar los sentimientos negativos y encarar mi cita con Isabella con optimismo.

Llegué con un cuarto de hora de anticipación y, para mi sorpresa, ella ya estaba allí. En cuanto me vio, una enorme sonrisa iluminó su cara. Me quite mis gafas de sol, me la estaba comiendo con los ojos y quería que ella participara del festín. Nos acercamos el uno al otro, nerviosos, la excitación hacía arder mi piel, su cara también estaba colorada. Nos quedamos mirándonos fijamente. Sin pensármelo dos veces puse mis labios sobre los suyos, por un escaso segundo. En ese momento sobraba cualquier palabra.

FIN DEL TERCER CAPITULO

Este capítulo esta especialmente dedicado a mi querida Charo (Gala) , porque ella es una mujer generosa y valiente, otro ángel lleno de luz.

Las fotos y canciones de este capitulo las podéis ver y escuchar en mi blog

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AGRADECIMIENTOS:

Mi infinito agradecimiento a mis esforzadas amigas La Rosa de Rosas y Ele GL por su impagable labor de beta y pre-reader , respectivamente.

A mi socia y amiga, por hacer de nuestro callejón un espacio único.

También mi mas absoluto agradecimiento a todas vosotras, esas que os habéis tomado la molestia de leerme habiéndome honrado con vuestro interés, comentarios, reviews y alertas. Las que me habéis apoyado con vuestro cariño y vuestras palabras: personas conocidas o desconocidas.

Y a todas MIS AMIGAS, las que siempre estáis ahí.

Vuestros comentarios son la savia de esta historia.