--Despierta-- Unos pequeños besos en mi cuello interrumpieron mi sueño, sentía unos brazos acariciando mi cadera suavemente así como el calor que irradiaba su cuerpo pegado al mío. Sentía un pequeño malestar en el cuello, sabía muy bien que el dolor era normal después de la mordida pero era demasiado incomodo, mas de lo que hubiera imaginado que dolería. Pero el dolor era insignificante a lado de la felicidad que sentía en ese momento, por fin era parte de Aquiles, ese pequeño malestar que ni siquiera sabia que tenia desapareció por completo, dando paso a una alegría tan inmensa, que opacaba todo tipo de dolor.-- Despierta, Patroclo.

Pa-tro-clo. Nunca había dicho mi nombre como los demás, como si quisiera escupirla, siempre con suavidad y con amor, mi Aquiles siempre fue la única persona que tenía en este mundo, lo único que importaba. Y ahora éramos uno, él era mío, por fin era mío.

--Callate Aquiles, quiero dormir-- Contesté moviendo mi cuerpo para que quedara recostado boca abajo y con una sonrisa en mi rostro incapaz de ocultar. De inmediato sentí su cuerpo encima mio, repartiendo más besos y lametones en la marca aún abierta que tenía.

--Patroclo despierta-- Susurró en mi oreja, enviando una oleada de calor por todo mi cuerpo-- Vamos, tienes que levantarte a comer antes de que tu celo vuelva.

Un quejido bajo salió de mi garganta en protesta cuando Aquiles bajó de mi, dándome vuelta de nuevo y besando suavemente mis labios. Sentía su hermosos cabello rubio cayendo alrededor de mi cara, y provocándome una risa suave.

--Está bien, está bien-- Murmuró abriendo mis ojos para verlo. Lo amaba, lo amaba demasiado, tanto que sentía que me asfixiaba con todo lo que me gustaría decirle-- Baja de mi, quieres que coma algo pero no me dejas mover.

Con un movimiento tan elegante y rápido como solo su divinidad podía hacerlo bajo de mi, cargándome al momento hacia la zona en la que comíamos y dejándome sentado en su regazo frente de diferentes frutos, bebidas, queso y algún guiso para que nos alimentáramos. Una carcajada se escapó de mis labios al ver tanta comida frente a nosotros, era más de la que ambos comeríamos y mi alfa lo sabia.

--Eso es-- Hablo mientras se estiraba sin bajarme de su regazo por uno de los quesos que estaban cerca y ofreciéndomelo de su mano para que comiera, sabia que estaria muy protector después de la mordida, sería un milagro que se apartara de mí en los siguientes días-- Así está mejor. Mi omega sentado en mis piernas mientras lo alimento como debe de ser.

Quite el queso de su mano y lo inicie a comer ignorado el ligero gesto de decepción que tenía en la cara. No me había percatado que tenía tanta hambre hasta que di el primer mordisco al queso, terminándolo tan rápido que se me hacia sorprendente. Agarre el racimo de uvas más cercano y me apresure a comerlo, solo que procurando tener más calma al ingerirlo, no quería a un alfa alterado durante mi celo.

-- Tu también tienes que comer, mi alfa-- Dije, moviéndome en su regazo para poder estar sentado frente de él y ofrecerle un par de uvas. GRacias al lazo me daba cuenta de estos pequeños detalles, cuando él tenía hambre, la felicidad inigualable que sentía y el amor que profesaba hacia a mi. Ere el omega más afortunado que pudo existir, tenia a Aquiles y es lo único que importaba.

La pequeña carpa estaba llena de nuestros aromas, una mezcla tan sublime y hermosa. Se respiraba la felicidad, el amor y el anhelo que nos teníamos, junto con los restos del olor de mi celo.

La comida fue muy divertida, el pelida de vez en vez me daba comida en la boca, así como yo a él, comentamos entre risas los chismes del campamento, además todo aquello que no habíamos hecho antes, como las pequeñas mordidas hacia mi cuello o las veces que yo lo cubría de mi aroma. Nuestra vida iba a ser así de ahora en adelante. Una vida larga y tranquila con mi amor, con el Aristos Achion.

--¿Dónde está Aquiles?

La voz potente que es escuchó en aquel prado despertó a Briseida, que rápidamente se enderezó y vio al alfa que tenía frente a ella, la barba y la gran cicatriz a un lado de su pierna. Sin lugar a dudas aquel alfa era Odiseo, el favorito de Atenea.

--Él pidió que no fuera molestado.-- Contestó la omega si un ápice de duda o miedo frente al imponente alfa.

Aquel alfa desprendía un olor muy fuerte, tenía una mirada muy determinada y perspicaz, también portaba una sonrisa muy fácil, de la cual la troyana desconfiaba.

--Muy bien-- Murmuró el itacense-- Entonces puedo hablar con su compañero de armas, Patroclo.

Briseida se tenso al escuchar el nombre de su amado, estaba intentando controlar sus hormonas y no dejar salir el olor del pánico que crecía en ella al darse cuenta que no había estado vigilando como debería. Mentiría si era necesario, lo haría por él.

--Se encuentra indispuesto, mi señor. Pero, si es muy necesario puedo llamarlo.

La sonrisa del griego no se hizo esperar mientras escuchaba lo que decía la omega notando levemente su agitación.

--No, no es necesario-- Inclinó la cabeza en dirección a la pequeña morena con disposición a irse cuando la dirección del viento cambio, trayendo consigo el aroma de un omega, un omega en celo.

La cara de la cautiva de guerra palideció en cuanto vio la aún más amplia sonrisa que profirió el príncipe al oler lo que provenía de la pequeña tienda a sus espaldas. Odiseo inició su marcha para irse justo como si no hubiera dado cuenta de aquel efluvio, cuando hablo claro y sin titubeos, asustando a un mas a la morena.

--Me harias un gran favor si le entregas felicitaciones de mi parte a el príncipe Aquiles y a Patroclo, junto con mis deseos de que pasen un maravilloso celo juntos y que sean bendecidos con un cachorro.

La últimas palabras desestabilizaron a la cautiva, dejando un sentimiento de pesar en ella. Le había fallado, le habíafallado a la únicapersona que la necesitaba,la persona que amaba.

--Dioses-- La voz de Patroclo salió casi en un grito cuando introduje dos de mis dedos en él.

El calor y la necesidad del celo había vuelto nada más termino de comer. La tienda estaba llena del olor de sus feromonas, las mías y de nuestro deseo. El lecho donde ya hacíamos estaba lleno de los fluidos del omega, haciendo que mi excitación incrementara a cada respiración que pasaba.

Moví con intensidad los dedos dentro de mi omega, provocando en él una retahíla de gemidos y frases incongruentes. El celo del moreno provocaba que mis instintos más salvajes salieran a flote, el deseo de anudar en él era insoportable; todo lo que el lazo me mostraba, el deseo que tenía Patroclo de ser anudado era casi cegador, nunca pensé que el estar enlazado fuera así, tan lleno, tan pacífico, tan correcto; podía sentir todo el amor que profesaba el mirmidon hacia mí, también estaba seguro que él podía sentir cada latido de mi corazón, como latía solo para él.

Lentamente retire mis dedos de su interior provocando que un quejido saliera de su boca, mi mano se encontraba llena de su deseo, era tan palpable su necesidad que cada respirar era una nueva oleada de placer, un premio tan perfecto que me hacía preguntarme el porque yo había sido bendecido con él. Sus manos se dirigieron a mi espalda, dando pequeños golpes para llamar mi atención, y al mirarlo el aliento quedó atascado en mi garganta. Tenia sus mejillas llenas de color, su frente y demas cuerpo mostraba una ligera capa de sudor, sus ojos llamearon con necesidad atrayendome a ellos. Acerque mis labios a los suyos en un beso tan lleno de amor y pasion que sentia que en cualquier momento mi corazón se rompería.

--Aquiles-- Su voz salió entrecortada y con un deje de súplica, jadeante por todo lo pasado-- Por favor Aquiles, continua, no pares.

Sus caderas se mecieron contra mi, incitando a estar en él, provocando que prefiriera un débil gruñido al sentir su humedad. Mierda.

Guíe nuevamente mis a manos a su intimidad, acariciando con lentitud entre sus piernas. El suave restregar de su cuerpo contra el mío me excitaba demasiado, pero el miedo de lastimarlo, de hacer algo mal e incluso insultarlo de alguna manera frenaba todos mis instintos más bestiales.

Primero estaba él y todo lo que importaba ahora era mi omega. ¿Cómo podía ser capaz de dejarme llevar si sabía que con mis simples manos podría destrozarlo como a muchos hombres más había destrozado? Yo había nacido para la guerra no para amar con suavidad y ternura como mi omega se merecía. No, no podía hacerle algo así a mi Patroclo.

--Shh-- Susurré en su oído cuando soltó otro bajo quejido-- Estoy aquí, amor. --Moví con rapidez mis dedos una vez más en su húmeda cavidad, estirandolo y acariciándolo, dándole todo el placer que necesitaba.

--N-no es cierto-- Jadeo en respuesta, estremeciéndose por el contacto de mis dedos dentro de el--Te necesito a ti, todo tú, no solo tus manos.

Detuve el movimiento de mis dedos al escucharlo, viendo fijamente a su ruborizada cara en la que se leía todo lo que sentía, no necesitaba el lazo para saber que lo dañaba con mis acciones.

--No puedo.

Mis palabras fueron recibidas como un fuerte golpe, el aroma de deseo que exudaba su cuerpo fue suplantado por un dolor y rechazo que picaba en mi nariz, hacia que mis ojos se aguaran y que un dolor inmenso se clavara en mi cuerpo: El olor de la tristeza de mi omega.

Su ligero sollozo resonó por toda la tienda, las lágrimas hicieron acto de presencia en sus ojos, dejando un camino que enmarcaba su rostro. El lazo me asfixiaba, mostrándome cada sentimiento negativo y de rechazo que provoque en el médico.

--¿Es por qué soy un hombre, un omega hombre? ¿O es por que no quieres hacer esto conmigo?

Su débil murmullo quebró cada parte de mi ser. Mis acciones lo había herido más de lo que pude haberlo hecho con mis manos.

--¡No!--Exclame, retirando las lágrimas de sus mejillas con rapidez-- Puedo herirte, puedo dañarte demasiado si no me controlo. No es porque seas un hombre, no es que no te desee, es por mi. Tengo miedo a hacerte daño.

Moví una de mis manos para con ella entrelazar la suya en un fuerte amarre. Necesitaba que comprendiera esto.

--No lo harás-- Contestó-- Nunca serías capaz de dañarme, lo se.

Rodeó mis caderas con sus piernas en un fuerte agarre, atrayéndome hacia él. Mi alfa gruño ante la cercanía, soltando feromonas al sentirlo tan cerca. En un ágil movimiento de parte del castaño se posicionó por encima de mi, sus piernas a cada lado de mis caderas y sus manos acariciando suavemente mi cabello antes de inclinarse y darme uno de sus dulces besos. Convenciéndome con caricias y besos, persuadiendome en cada respiración que él daba contra mis labios.

No me resistiría más, era imposible resistirme a sus feromonas, a él. Su celo me llamaba tanto que incluso en plena batalla pude sentirlo, la necesidad de estar cerca de él y reconfortarlo en cualquier cosa que él necesitase. A base de besos el me convenció que no era la máquina asesina que había hecho de mi. Lo que estaba destinado a ser.

Me incline ligeramente hacia delante para recibir sus labios, quedando frente a frente, con nuestras suaves jadeos golpeando en la cara del otro. Poco a poco lo fui recostando bajo de mi, mordisqueando su rosada boca en cada oportunidad que tenía.

Mis manos se dirigieron a aquel lugar en el que estaba dispuesto a adentrarme, otorgandole más placer. El suave balanceo de sus caderas me mostraba cuanto le gustaba esto. Separe sus piernas con sumo cuidado, acomodandome entre ellas. Cuando retire mis manos de el y rodee su cuerpo con ellas mire fijamente su rostro, buscando alguna señal de duda o de miedo, pero en ella no había nada más que amor y deseo.

--Te amo-- Susurro suavemente mientras sonreía.

--También te amo.

El resto de palabras fueron expresadas en un beso, sus manos rodeando mis caderas y acercándome imposiblemente más cerca de el. Con tranquilidad y cautela me posicione en su entrada, provocando que un gemido resonara en su garganta, tomando aquel sonido como incentivo para adentrarme en él.

El grito que profirió me tenso, haciendo que me quedara estático en mi posición. Dioses, estaba tan apretado y húmedo.

--¿Estas bien?-- Pregunte con los dientes apretados, conteniendome me empujarme aún más adentro.

--Lo estoy, continua Aquiles-- Respondió con un suave sollozo, apoyando su rostro en el espacio de mi cuello.

Suspire profundamente al terminar de ingresar en él. Por fin estaba completo, estaba en mi hogar. Los leves empujes y embestidas que siguieron a ello se quedaron plasmados para siempre en mi memoria, cada gemido en aumento de volumen que profería el mirmidon era un deleite para mi. Sus uñas se clavaron en mi espalda cuando llego a la cima del climax, apretandose tan fuerte a mi alrededor que mi nudo se desató en su interior, con un sin fin de emociones no dichas entre los dos, pero expresadas con besos y caricias. Lo amaba, no había más respuesta a todo lo que sentía, lo que solo el me hacia sentir. El era el mi regalo de los dioses, no la divinidad con la que había nacido. Patroclo era lo mejor que me paso.