El rumor de que había un omega en el campamento se esparció con rapidez entre el ejercito heleno. Muchos aun escuchaban la voz de aquel sacerdote, el como sentencio la ira del dios Apolo por la gran deshonra que se había cometido entre sus filas, mucho peor, entre sus reyes y príncipes. Los murmullos y cuchicheos rodeaban toda la playa, querían justicia, querían saber quien era capaz de desobedecer aquel mandato divino.
Las horas pasaron y se noto gravemente la ausencia del príncipe de Ftia y su compañero de armas, Patroclo; y a pesar que su ausencia no era nada nuevo, ya que muchas veces antes había sucedido, el despliegue de las tropas mirmidonas a lo largo de todo el campamento los alarmaron aún más. Estaban protegiendo algo, claro esta, solo habían logrado atravesar aquella barrera de hombres el itacense y el rey de Esparta.
Al momento en el que salieron llamaron a cada soldado de alto mando y se reunieron en una tienda cercana a la playa, dejando un rastro de olores pesados y llamando la atención de una diosa que siempre vigilaba a la distancia.
Los sonidos y olores en aquella tienda eran mareantes.
Cada rey y príncipe estaban congregados en aquella tienda, a la espera de noticias, haciendo aun mas palpable la ausencia del ejército mirmidon y del aristos achion. Cuando Odiseo entro en aquel espacio cerrado, seguido de Menelao el silencio se hizo casi sepulcral, todos atentos a las próximas palabras que se dejarían escuchar en aquel lugar.
--¿Entonces es cierto?-- La resonante voz de Ayax el menor se abrió paso, provocando un mezcla de olores demasiado fuertes.
--Mi querido compañero, me temo que si-- Contesto Odiseo, tomando asiento es su lugar habitual, sin prestarle mucha atención a las múltiples exclamaciones y jadeos a su alrededor.-- El compañero de armas del príncipe de Ftia es un omega, y el príncipe Aquiles lo a reclamado como suyo.
Las quejas y palabras desconsoladas por lo anterior dicho se vieron interrumpidas por el gesto firme de Menelao, que lucia una mueca furibunda muy diferente a la relajada sonrisa que portaba el príncipe de Itaca.
--Se que esto es una deshonra para todos los aquí presentes, es por ello que los reuní, para decidir el destino de Aquiles y Patroclo.
Las diferentes propuestas se dejaron escuchar, algunas voces eran titubeantes y llenas de pesar, ¿como podían dañar al -ahora sabido- omega que los había curado y tratado con tanta delicadeza cada vez que iban al pabellón de medicina? ¿Como le pagarían de esa forma? Otras se hacían espacio gracias al miedo que trasmitían, no sabían de que seria capaz de hacer el mejor de los griegos si tocaban a su pareja, habían contemplado demasiadas veces el como despedazaba hombres en segundos solo por tener el pensamiento de matar a Patroclo. Y estaban aquellas que expulsaban ira en cada silaba, llenos de envidia y rencor hacia el semidiós.
Finalmente la presencia de una mujer que nadie había notado silencio cada sonido, por muy leve que fuera. Ni el alfa con su oído mas desarrollado hubiera podido notar el silencio que mantenía la playa de un momento a otro.
--No pueden hacer nada-- La voz de la nereida Tetis era segura y contundente,como solo un dios la podía tener.-- El omega le fue prometido desde antes de que naciera.
La sorpresa y alivio se reflejo en demasiados rostros en aquella tienda. Habían escuchado sobre la madre de su mas grande héroe, pero nunca nadie la había visto, y ahora que lo hacían era casi segadora. Tetis estaba parada frente a ellos en todo se esplendor.
--Mi señora Tetis-- Habló Odiseo, dándole una inclinación respetuosa a la ninfa-- Es un honor tenerla aquí.
--Odiseo, tenemos cosas que hablar.--
Los días restantes del celo pasaron como una bruma de deseo y amor. Sabíamos que cuando esto acabara tendríamos muchos problemas, por lo tal decidimos disfrutar hasta el último momento de mi celo, un pacto implícito de amor y deseo. Soñando despiertos y saboreando el futuro que teníamos a nuestro alcance por este momento.
A la mañana del cuarto día de nuestro encierro voluntario ya no quedaba ningún rastro de ello.
Por toda la tienda podía sentir el aroma de nosotros mezclado, era tan nuevo el poder sentir el olor de la madera mezclada con el de el océano. Sabia bien que mi olor era una rareza, la mayoría de los omega tenia olores suaves y ligeros, que al mezclarse con los de su alfa formaban una esencia a casa, a hogar. Nuestros olores eran la personificación de nuestro tiempo en el mar, de los viajes realizados para poder estar juntos, tal y como lo estábamos ahora. Quizá esto fuera un presagio de todo lo que pasaríamos y de lo mucho que nos quedaba por navegar para continuar de esta forma.
Estire mi cuerpo buscando inconscientemente el calor de Aquiles, tensandome al darme cuenta que no estaba, aun peor, no había ningún rastro de su calor entre las diversas pieles.
Rápidamente me levante del camastro dispuesto a buscarlo, pero justo antes de dar cualquier paso mis piernas flaquearon.Maldición. Tenia el cuerpo adolorido, mis caderas mantenían una pulsación constante muy incomoda, incluso el intentar sentarme dolía.
Sentía en mi interior un gimoteo constante, alarmandome por completo ¿Que mierda era eso?Mi olor rápidamente se volvió pesado, reflejando todo el miedo que sentía. No sabia nada de lo que sucedía conmigo y eso me aterraba.
Escuche que la entrada de la tienda era abierta por lo que fije mi atención a ello, sintiendo como mis ojos se aguaron al ver al mejor de los griegos caminando hacia a mi.
--Omega...-- Su suave arrullo fue suficiente para que cayera en un llanto descontrolado. Tenia mucho miedo, no solo eran los quejidos que resonaban en mi cabeza, eran los olores nuevos que percibía. El creciente pánico en el pelida y en mi, muchos aromas que llegaban ligeramente de la entrada de la tienda, incluso la piel de Aquiles emanaba un ligero aroma a flores muy familiar. --Hey, Patroclo, respira.
Los brazos firmes del ojiazul me acunaron entre ellos, reconfortandome, pero aún así no podía tranquilizarme. Todos los cambios que estaba pasando me abrumaban de sobre manera, por más que hubiera estudiado sobre esto con el centauro nunca estaría preparado para vivirlo en carne propia.
—A-aquiles, te fuiste –Reclame sollozando, era tan asqueroso sentirme tan dependiente de él. Los quejidos internos se iban controlando a mayor contacto con el pelida, y eso me aterraba más – ¡Cállate de una buena vez!
El rubio dió un pequeño brinco al escuchar mi voz tan firme y fuerte.—¿Me lo dices a mí, Patroclo?
Su pregunta y su tono desconcertado silencio por fin aquellos sonidos, brindándome un momento de tranquilidad del que no gozaba desde lo que se sentía mucho tiempo.
—Por fin— Suspiré mientras me acurrucaba aún más en el pelida y lo impregnaba de mi aroma, era molesto que oliera a alguien más.-- No lo dije hacia a ti, escucho un molesto lloriqueo desde que desperté.
La risa de Aquiles resonó por cada rincón de la tienda, era tan melodiosa, como cada cosa que el tenia y hacia, era perfecta.
--Mi omega, ese es tuomega pidiendo por mi.
--Oh...-- El alivio me recorrió por un momento había creído que había perdido la razón.-- ¿Como lidian con ello?
--No lidiascon ello-- Murmuró, levantándose conmigo en sus brazos y llevándome al lugar donde comíamos-- Solo lo aceptas, tu lobo quiere lo mejor para ti.
Iba a preguntarle más cosas, sobre todo el cómo soportar los olores, pero una gran melena negra impactó contra mis brazos en el instante en que mis pies tocaron el suelo.
--¡Patroclo!-- La suave voz de Briseida y su relajante aroma a flores llegaron a mis sentidos, dándome la bienvenida a lo que sería mi vida de ahora en adelante-- ¿Estas bien? ¿Te trato bien Aquiles? Te juro por todos los dioses que solo lo deje pasar porque sabía que era lo mejor para ti, pero si te hizo algo...
Un gruñido se dejó escuchar por parte del rubio, tenía que detener a la morena antes de que Aquiles fuera a por su garganta.
--Tranquila, estoy bien-- Tranquilize, abrazándola fuerte, estaba tan agradecido de tener a una amiga como ella.
--Omega, es suficiente, suéltalo.
La potente - y celosa- voz de Aquiles interrumpió el momento, apartándome de su lado para rodearme con sus brazos y soltar una pequeña carga de feromonas para quitar de mi el suave olor de ella sobre mi. Su gesto era tan territorial, posesivo y todo lo que él intentaba no ser conmigo que me descoloque un poco. Esto era nuevo y no podía decir que no me gustaba.
La comida fue tranquila, con pequeñas peleas entre la castaña y el pelida que yo detenía antes de que fueran a más. Incluso algunas veces me encontraba riendo al ver lo territorial que era Aquiles o incluso yo, ya que al sentir el aroma de Briseida en mi alfa no dude en subirme a su regazo y llenarlo de mis feromonas.
Estábamos aun sentados cuando sentí el cuerpo del pelida tensandose y falto un poco de tiempo para que yo pudiera escuchar aquello que lo tenso. Era como escuchar a una tormenta acercándose, las gotas cayendo con potencia y sin contemplación: Era un gran pelotón que venia hacia aquí.
