Lo que llevo por dentro

Capítulo 14

Los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi. Yo escribo sobre ellos por diversión

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Ella extendió sus brazos hasta tocar el rostro del moreno y se acercó lentamente para apenas rozar sus labios. Luego se separó y su expresión fue una de dolor profundo.

Seiya a apenas asimiló lo que ocurrió cuando vio los ojos de la muchacha desbordar en lágrimas.

— ¿Qué...?

— Esa mujer me ha infectado desde que la devoré — escupió con dificultad — Pero no había notado cuanto de ella me había traspasado hasta que tu princesa me tocó… y esos pensamientos no me dejan en paz ¡No se callan!

Seiya retrocedió sentándose en el suelo y con una expresión que difícilmente Minerva podía descifrar.

— Entonces…ella… ¿sigue presente ahí?

— Siento el pecho oprimido. Sus recuerdos se vertieron en mi cabeza y yo… yo siento… ella me ha obligado a sentir… — finalmente lo miró a los ojos y un brillo de intenso dolor se reflejó en los ojos de Minerva diciendo esas palabras con la voz quebrada —… ¡y duele! ¿porqué duele?

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Caminaba con algo de coraje en el cuerpo, su madre lo había regañado y su padre le había dado un sermón de proporciones épicas. El joven príncipe, de facciones dóciles y cándidas, caminaba con bravura en su cuerpo y en su alma. Un alma que añoraba vivir un cuento de hadas como esos que había visto en relatos magistrales y pergaminos melosos de la antigüedad de Kinmoku.

¿Por qué era tan difícil encontrar una doncella que fuera una flor digna de adornar el corazón de un príncipe?

¿Por qué la fatalidad consumía al inocente corazón de un joven tan sólo por alcanzar un buen amor para toda la vida?

¡Oh, por los dioses! Era un joven desdichado, sufría sin lugar a dudas por salir de su prisión casta y vivir con pasión un amor enredado hasta las venas.

Los príncipes también sufren por amor… — le susurró una sutil voz, sonando a pregunta, ante su inestable comportamiento.

¿Quien está ahí? — ya tenía una mano en su espada, listo para encarar al intruso.

Soy la voz de tus deseos, puedo darte todo lo que quieras, a cambio de un pequeño precio

Estaba a punto de desenvainar pero se detuvo al sentir sobre el dorso de su extremidad un suave toque de una entidad traslúcida. Era una mujer que parecía haber venido de las estrellas por el brillo interior que despedía. El muchacho, asombrado por la aparición, quiso preguntar quién era aquella deidad pero la sorpresa no dejo que sus palabras fluyeran.

Mi nombre es Minerva — sonrió la joven caminando, casi como si flotara, a su alrededor.

Minerva —su mente se iluminó con el pronunciar de ese nombre— Acaso… ¿Acaso es aquella diosa que concede los más grandes deseos? — su rostro se contrajo en una mueca de asombro.

La mujer asintió, curiosa por su nuevo experimento, sintiéndose todopoderosa ante el heredero del trono Kinmokiano. Ella le explicó que su suplica había llegado a sus oídos y estaba dispuesta a concederle aquello que tanto deseaba. A cambio de un pequeño precio.

¿Mi alma?

Jugar con el amor es un deseo muy particular ¿sabías? En la magia de los mortales está prohibido, por lo que necesitas pagar con algo igual de grande — Minerva saboreaba el momento con tantas ansías que casi la consumían.

Lo haré, si me das ese amor con el que pueda ver las estrellas y conducir a mi pueblo con sabiduría, así como lo han hecho mis padres. Sin dudarlo, te pagaré con mi propio espíritu — sentenció el príncipe, convencido de que entregarse a ese ser que apenas conocía pero que, por ahora, le estaba entregando el cielo.

Y su deseo no tardó en hacerse una realidad latente. Encontró al ser más deslumbrante que había conocido y esa persona le correspondía de tal manera que su felicidad fue inmensa. Aquel príncipe conoció el más profundo y arraigado sentimiento, mucho más de lo que hubiera pensado, podría ser el verdadero amor, pues lo vivieron a fondo, en cuerpo y alma. Y duraría para toda la vida.

Pero, nadie decía que la vida debía ser larga…

¿Vienes a reclamarla ahora? — el muchacho se volvió a encontrar con quien le cumplió su deseo, poco después de unir su vida a la de aquella que conquistó su entera humanidad, y que ahora regresaba a pedir su parte del trato.

No hubo acuerdo previo sobre la fecha en que debía pagarme, su majestad — la sonrisa que se formó en el rostro de la deidad se le figuró al chico como aterradora.

P-pero, aún es muy temprano, no he hecho nada por mi reino. Acabo de alcanzar la máxima felicidad y…

Oh, ya veo. Entonces deseas que te dé más tiempo, eso tiene más valor — a la mujer se le había hecho una costumbre jugar con sus presas, casi como un depredador que disfruta el ver acorralada a su víctima.

Sí, tengo muchos planes — el muchacho, aun inocente en su alma, iluminaba sus palabras al hablar de sus sueños — Cuando tenga un heredero será… — en un destello, la luz de sus ojos se apagó. Era demasiado tarde para él y Minerva muy impaciente para esperarlo más.

Le arrebató su alma así, brillante y luminosa, como era la de un ser puro. La devoró, embriagada de su exquisito sabor, justo ahí, frente al cuerpo inerte de quien fuera su primer experimento humano. Gozó de una indescriptible sensación y mientras sentía con excitación al joven imbuirse dentro de sí misma, un murmullo atrajo su atención pero más que el suave sonido de la doncella ahogando un grito mientras perdía las fuerzas de su cuerpo en el umbral de la puerta, fue el movimiento de su alma lo que le llamó más la atención.

La muchacha, perdida en su dolor por ver al amor de su vida muerto frente a sus ojos y con el corazón roto, miraba con horror al ente culpable de quitarle la vida a su príncipe. Se acercó al muchacho y lo abrazó con delicadeza, buscando algún signo de vida en sus facciones inmóviles, susurrando palabras dulces a ver si abría los ojos pero nada ocurría. Acarició su rostro, aun tibio, quebrando toda esperanza de volver a oírle hablar, reír o fantasear. Esto era un absurdo giro que la estaba dejando desvalida para lo que le quedara de vida. Y por eso lloró y siguió llorando, convirtiendo cada gota de felicidad que tuviera en un amargo sentimiento. Jamás volvería a tener a su amor, nunca más.

Ay, pero Minerva no era un ser carente de inteligencia y vio con curiosidad que esa desdichada doncella podría serle tan útil como lo había sido el querido príncipe.

Soy Minerva, guardiana de los deseos y el Mundo de los Sueños — dijo solemne y con voz profunda— Él me ha ofrecido su alma ya que un gran mal atormentaría a este reino.

La muchacha no salía de su asombro mientras la escuchaba.

Deben imitar a su soberano y hacer sacrificios para que yo los proteja de aquel mal que amenaza con destruir su planeta. Ya has visto que el joven príncipe ya lo ha hecho y ¡deben seguir la tradición! — concluyó, desapareciendo justo en el momento que algunas sirvientas llegaban a la habitación y vieron desvanecer a ese ser divino.

Las jóvenes, presas del miedo, hicieron lo que Minerva les dijo e iniciaron un movimiento para adorar a ese ser que los protegería de cualquier mal y que concedía deseos a cambio de sus almas. Fueron tiempos oscuros en los que las personas hacían todo por alcanzar sus máximos objetivos y el reino se vio caer en una decadencia atroz.

Pero había una joven que no podría alcanzar su deseo jamás, ya que su corazón estaba tan hecho trizas que apenas podía levantarse cada día para vivir porque sobrevivir sin él no era vida. Cada minuto, cada segundo que respiraba era un mar de desdicha, no importaba que esa deidad llamada Minerva les protegiera, ella estaba en el infierno. El destino le había regalado un amor lleno de felicidad y se lo había arrebatado tan pronto como pudieron vivirlo. Su príncipe no estaba y le dolía hasta la medula.

Fue entonces que Minerva quiso cobrar una nueva víctima.

Te daré a tu príncipe, a cambio…

De mi alma, lo sé — la chica no sabía si hacía lo correcto o no pero su dolor era tan grande y cuando alguien sufre hace cosas impensadas.

Muy bien

Pero quiero algo más… — Minerva le miró contrariada —… promete que te quedarás en el Reino de los sueños y que no harás sufrir a nadie más.

No puedo prometer algo así, además ya pediste tu deseo.

No he pedido nada, tú has ofrecido algo pero no he dicho que quiero eso. No quiero que traigas a mi príncipe — su voz se ahogaba en un sollozo al nombrarle— Yo deseo hacer un pacto secretoque dejes de aparecerte frente a la gente para hacerla sufrir — su petición sonó a una suplica humillante.

La deidad se quedó estática ¿entonces esta chica iba a sacrificar su alma para condenarla a quedarse en su reino? No le convenía, aunque ese espíritu quebrado y oscuro se había vuelto un bocado digno de obtener, más incluso que su difunto príncipe, porque había descubierto que un alma desdichada podría ser un trofeo más valioso que un corazón radiante de felicidad.

Entonces Minerva cedió ante la tentación y dejó de otorgarle deseos a la gente directamente, lo que terminó por corromper su movimiento hasta desintegrarlo y borrando todo registro de ese sórdido grupo. Ahora sólo podría aparecerse en sus sueños. Pero ¿qué más daba? Había devorado el alma más deliciosa que pudo encontrar y ese era un premio más que suficiente para calmar su ambición. Por el momento…


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La mujer se había perdido entre sus recuerdos, por alguna razón ese hombre le hacía volver a rememorarlos para causarle dolor.

Seiya estuvo un tiempo observándola, no había algo parecido al odio en su corazón para ese ser perdido. Más bien sentía una compasión terrible por ella ya que era como una niña sin rumbo.

Minerva vio los ojos con los que su interlocutor la miraba y la miseria volvió a colarse en su mente.

— Deja de verme con esos ojos. Es desagradable — desvió la mirada mientras su apariencia cambiaba. Su cabello creció castaño mientras que sus ojos cambiaban a unos pardos y su piel blanca se impuso ante la anterior tostada. La mujer que la había infectado se apoderó de su cuerpo. Nadie había logrado tener tanta voluntad en su alma como para hacerlo, hasta ahora.

Seiya vio con inusitada sorpresa cómo ese espíritu se transformó en su compañera de años y madre de su hija.

— Ayaka…

— ¡Seiya! — la mujer se abalanzó sobre él, temblando. Susurrando que le perdonara por aquel acto tan vil de encerrarlo en el mundo de los sueños, por haber sido consumida por una ira sin razón verdadera y ser presa del sentimiento que nunca pensó tener en su vida: odio. Unos celos enfermizos que la llevaron a un vil desenlace.

— ¿Eres tú, en verdad? — los ojos azul profundo la examinaron con desconfianza. La mujer asintió lentamente.

— Soy yo, no sé por cuanto… pero debo decirte algo…

La primera que los divisó fue Venus. Vio ambas figuras sentadas en el prado, hablando como si fuera lo más normal del mundo. Le pareció sospechosa la persona que estaba junto a Seiya ahora. Se veía muy tranquila y ella no la reconoció. Se quedó de pie abruptamente por lo que la persona que la seguía choco directamente contra ella.

— ¡Que pasó! — exclamó Seika, mientras acariciaba su nariz lastimada por el golpe.

— Están muy quietos — susurró la mujer ataviada en su uniforme color naranja, apuntando con su mirada hacia donde estaban a quienes buscaba.

Más atrás llegaron Yaten y el Príncipe Pólux, junto a Sailor Moon.

— ¡Esa persona! — exclamó, el chico junto a Yaten — ¿Que no es...?

Ambos miraron a Seika. Quien estaba atónita y no dejaba de ver hacia donde estaban sus padres.

— M-mamá... — murmuró. Iba a salir corriendo pero sintió una presión en su hombro antes de poder moverse.

— No hagas nada apresurado — advirtió Yaten con su usual seriedad en la voz pero Venus pudo haber jurado que un tono paternal acompañó la frase.

Más que un líder hablando a su Sailor se vio como un tío que aconseja a su sobrina y le pareció adorable.

— ¿Qué haremos?

— Nada — sentencio Sailor Moon, que veía con nostalgia la escena — Les daremos tiempo y si algo extraño ocurre actuaremos— todos estuvieron de acuerdo y asintieron.

Luego se sentaron para recuperar el aliento de haber corrido sin rumbo por el castillo. Excepto Seika y Serenity, quienes observaban, a unos pasos de sus compañeros, atentas a las figuras que aún estaban quietas a lo lejos.

— Entonces ¿qué hay de Fighter y tú? — como siempre la curiosidad de Venus le ganaba y se hacía presente en los momentos más inadecuados.

Pólux bajó la mirada y una sonrisa quebrada se asomó en sus labios.

— No hay nada — se apresuró a responder Yaten, con obviedad. Regañándola con la mirada.

— Pero... — el muchacho clavó sus ojos en ella, suplicando que no hablara de más y Venus le regalo una sonrisa —... ya comprendo. Es complicado ¿verdad?

Él asintió mirando a la morena fugazmente. Por supuesto que estaba prohibido que una Sailor guardiana, que había entregado su vida a la protección de Kinmoku, tuviera algún tipo de relación con alguien y menos aún si era el príncipe heredero al trono.

— De hecho, la reina lo castigará tan sólo por estar aquí. Este no es el lugar donde el príncipe debería estar y menos después de haber recibido semejante paliza en el castillo — agregó Yaten severamente.

— ¡Lo sé! — el joven sonó duro también— Aceptaré todo el peso de mi rebeldía y cumpliré cualquier castigo que me impongan. Lo entiendo bien.

Venus se sorprendió de ver la resolución en sus ojos.

— Hay razones para las normas que se imponen. Un claro ejemplo es esta situación en la cual estamos metidos — hablo Yaten con irritación. — No nos incumbe, sin embargo estamos aquí.

— Lo entiendo...

— No romperé ninguna regla. Lo prometo — el príncipe estaba determinado a quedarse — Pero no puedo dejar de sentir... eso que duele, aquí — apunto a su pecho. La rubia sintió el profundo dolor del chico.

Era tan difícil ser parte del mundo sailor y también había personas con otras misiones que sufrían, como ella había sufrido, de la soledad.

— Hay una manera de hacer que deje de doler

— ¿La hay? — dijo el chico, esperanzado. Yaten los miraba.

— Debes entregar tu corazón a otra causa. Si haces eso, el peso del pecho se liberará. Estarás pensando en otras personas y cuando menos lo esperes ese dolor habrá cesado, dando paso a una nostalgia que no te martillará el corazón sino que lo acunará. Al parecer Seika lo resolvió también — susurro eso ultimo acariciando la mejilla del chico y este se sonrojó ligeramente, asintiendo con una sonrisa de agradecimiento.

Yaten la miró sorprendido, nunca había oído hablar a Venus, ni antes a la joven Minako, de esa forma tan seria. Sus palabras se sentían tan profundas y supo que ella había sentido aquello que ahora oprimía al joven príncipe de su planeta.

— ¿Cree que ellos están bien? — Seika se veía nerviosa.

— ¿Lo preguntas por él o por ella? — Serenity se preguntaba lo mismo.

— Me cuesta un poco asimilar esto... se supone que ambos ya no estaban. Yo, no sé ni siquiera lo que hago aquí — La chica agachó la mirada. Luego sintió que tomaron su mano.

— Querida, hay muchas cosas que no entendemos. Pero creo que si estamos en este sitio es por alguna razón.

— Sólo hay que averiguar por qué — sonrió la chica.

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— Seiya, ya no temo hablarte con sinceridad. Quiero liberarte y que puedas ir a ese lugar en el cual debías estar.

— Dices al lugar del cual me despojaste — Seiya nunca había hablado con tal amargura en su ser. Y se odiaba por reprochárselo pero no veía otro modo de dejar salir todo eso que tenía atrapado, eso que llevaba por dentro desde hace mucho.

La mujer asintió, notoriamente avergonzada.

— Lo sé, soy la peor persona del mundo y merezco todo lo que me está pasando… todo este dolor... — llevó las manos a su rostro. Poco a poco perdía el control de su ser, Minerva comenzaba a recuperar su cuerpo y estaba furiosa — …lo merezco pero intentaré remediarlo. Lo prometo.

— ¿Estás bien? — Seiya la sostuvo pero la mujer se soltó de sus brazos y caminó hacia atrás.

— ¡Seiya, escucha! Deben pedirle un deseo, así es la única manera. U-un mortal… debe pedirle un deseo y ponerle una condición para atraparla… de… de otro modo… no volverán a contenerla.

— ¿Un deseo? ¡Un deseo! Pero ¿cómo?

— Recuerda… recuerda las leyendas de Kinmoku… Taiki las sabe. Te las contó en algún momento… sé que lo recordarás a tiem…po

— ¡Ayaka!

La contextura de la chica comenzó a cambiar y poco a poco su rostro fue mutando. Pero antes de cambiar completamente abrazó el rostro de Seiya entre sus manos y le sonrió.

— ¡Perdóname! Por favor, Seiya di que me perdonas… dímelo o no podré descansar... — y se abrazó a su amado para darle un último adiós, sollozando brutalmente, sabiendo que no merecía su perdón. Lo sabía y aún así fue capaz de rogarlo. Ayaka se esfumó llena de remordimientos que la acompañarían para siempre.

Quienes los vigilaban desde la distancia notaron que algo cambio en ellos.

— Algo pasa… — Seika se apresuró a correr. Los demás la siguieron a prisa.

Seiya sostuvo el abrazo, quería decirle que la perdonaba realmente lo quería pero fue incapaz de hacerlo. Presionó ese abrazo hasta que dejó de sentir la presencia de su esposa, se separó para mirar el burlón rostro de Minerva hacer una mueca y luego se levantó de ese lugar.

La mujer dejó salir una carcajada, extasiada por el espectáculo. Se notaba que disfrutaba cada momento.

— ¿Otra vez ella? — Sailor Moon se quedó a un lado de Seiya.

— ¡Aléjate de aquí! — amenazó Seika, interponiéndose entre ellos para ahuyentar a Minerva.

La mujer sólo los miraba con una expresión burlona pero con claros signos de agotamiento, algo que no había sentido jamás y que comenzaba a preocuparla.

Entre tanto Venus pensó más rápido y atrapo a Minerva con su cadena. Ya no tendría escapatoria de ellos.

— Ahora, necesitamos que te devuelvas a tu mundo y nos dejes en paz — exclamó la rubia amenazante, demandando la paz de sus amigos.

— Primero quiero mi premio. Seiya me debe una semilla estelar y la pienso cobrar con creces.

— Siempre he tenido deudas pendientes ¿no? — sonrió. Su rostro estaba cansado, tenía batallas mortales y espirituales encima, y todo lo que deseaba ahora era descansar, al fin.

— Seiya ¿no pensarás darle lo que pide o sí? — Sailor Moon apretó su mano, con angustia. El poco tiempo que habían logrado estar juntos se desvanecería si le concedían a Minerva lo que quería.

— ¡Seiya! — Yaten se manifestó por primera vez y sólo recibió una palmada en el hombro más una sonrisa.

La despedida siempre sería difícil, y por un momento volvió a ser el chico de 17 años que dejó la Tierra un atardecer precioso que sólo quería expresarle a su amada lo que sentía. Dio un paso y frente a Sailor Moon, tomó sus enguantadas manos. Le miró a los ojos y susurró lo que tantas veces deseó en sus sueños.

— Te amo, bombón…

Serenity, con lágrimas en los ojos, entendió que sería la última vez que podría verle. A ese hombre que le tuvo el más dulce y sincero amor, quien nunca le faltó el respeto y siempre la consideró como su más grande amor, a pesar de todo. Ella sólo se acercó y depositó un tierno beso en sus labios antes de estrecharle.

— Ay, que ternura… — la sonrisa sarcástica de la diosa era irritante para Venus.

— ¡Silencio! Más te vale no volver a hablar o te haré polvo.

— Siempre los corazones enamorados son más apasionados ¿verdad, príncipe?

Pólux enrojeció, mirando a un lado y Minerva sintió la presión de las cadenas en su cuerpo. Sólo siguió sonriendo mientras volvía su mirada a su tan preciada presa, había trabajado mucho en conseguir el corazón de Seiya y ahora por fin lo tendría de forma voluntaria, tal como lo quería.

De pronto, el cristal de Sailor Moon comenzó a brillar, su corazón estaba dolido y se expresaba en cada latido que destellaba de su pecho. Seiya presionó aun mas ese abrazo, ya que por fin tenia a la chica de sus sueños con él y tenía que despedirse. No hubo mas palabras, sólo una intensa mirada y un beso final en el que demostraron todo lo que sentían el uno por el otro. Todos sintieron esa cálida energía y les trajo de pronto una paz que inundó el interior de todos los presentes.

Todos excepto una.

Minerva no iba a dejar pasar esta oportunidad única en la vida, era el único Cristal de Plata, aprovechó que todos estaban pendientes de la princesa de la Luna y como pudo, logró concentrarse para que su cuerpo se desvaneciera de las cadenas de Venus, quien notó al instante la tensión en sus armas.

— ¡Se escapó!

— ¡Bombón, cuidado!

Pero Minerva no iba por Sailor Moon.

Yaten y Seiya a penas pudieron asimilar lo que estaba pasando cuando un cuerpo ya había sido atravesado por uno de los hermosos cristales que antes les habían dado la bienvenida al mundo de los sueños. Tarde se dieron cuenta que Seika se había interpuesto entre ellos para salvarlo: a él. Pólux vio horrorizado como el espíritu de la divinidad se abalanzó sobre él y la chica no dudo un instante en interponerse entre ellos.

No lo podía creer

Nadie pudo

— ¡No! — la sostuvo suavemente para recibir su cuerpo que comenzaba a decaer— ¿Por qué? ¿Por qué? ¡No! ¡NO!

— Mi…misión… como… Sailor es… proteger… al príncipe…— se dejó caer en los brazos de Pólux, quien no podía creer lo que estaba ocurriendo.

— No hables ¡No hables!

— Pero…mi misión… como persona es… proteger a… quien amo… — una diminuta sonrisa se posó en sus labios.

Seiya y Yaten corrieron con ella

— Príncipe, que angustia — intervino Minerva con astucia — ¿No quieres pedir que tu amada se salve...? — Seiya atravesó el cuerpo de Minerva con la espada que Yaten siempre cargaba con él. No lo pensó.

La criatura se volvió a regenerar con facilidad pero él ya estaba junto a su hija de nuevo.

Pólux la miró, desesperado, no sabía qué podía hacer para salvarla. Tenía la respuesta ahí, a su lado y sólo tendría que condenar el futuro de Kinmoku para salvar a la mujer que amaba, la duda era demasiada.

— No... — ella tomó su rostro como pudo — ...no lo hagas... o jamás... te lo perdonaré.

— Pero... es la única forma

— ¡No...!

— Guarda tus energías, por favor...

La joven no le quitaba los ojos de encima y a medida que su vida se agotaba pudo alzar la mano para acariciar por última vez su rostro. El príncipe se acercó, abrazándola, para darle un último beso con el que despedía a su amada.

Sailor Moon activó su cristal para poder salvarle pero fue en vano.

— Te amo, Seika ¡Siempre lo haré! — la vio hacer un tierno amago de sonrisa.

— Y yo a ti... — se quedó viéndole, pronto su respiración se volvió mas lenta y sus azules ojos, se posaron en los homónimos de su padre sólo para despedirse y cerrarse.

La enguantada mano oscura cayó al suelo sin más, con el último respiro de la chica.

Seiya a penas pudo mirarle cuando, en dos pasos ya tenia a Minerva destrozada con la espada, esperó a que se regenerara y una vez mas la embistió una y otra vez. Serenity se debatía entre detenerlo o ayudarle. No era su naturaleza pero toda esa situación tan bien armada, le causaba tanta frustración. Ver el dolor de todos ellos, pero en especial a Seiya, que no sabía qué hacer con su corazón tan destrozado. Tomó sus manos con suavidad, le quitó la espada y presionó contra él su pequeña figura, sus sollozos fueron casi el único sonido que se escuchó en unos momentos

Yaten llevó una mano al rostro, a penas perceptibles fueron unos hilos brillantes que se dejaron ver entre sus dedos. Venus fue con él sin saber bien si querría tenerle cerca, salvo que eso era lo único que necesitaba por el momento.

Pólux seguía sin pensamientos en la mente, lo único que deseaba era borrar ese dolor tan grande que estaba sintiendo en ese momento. Pero no podía pedirle a Minerva que hiciera algo, ya tenían claro que lo que saliera de sus labios, salvaría a unos y condenaría a otros tantos.

— Te la daré... — su voz quebrada, a penas se escuchó entre murmullos. Pero Minerva pudo oirlo con claridad

— ¿Cómo dices, príncipe? — ella apareció frente a él.

— Te daré mi alma, lo haré de forma voluntaria, sin remordimiento alguno.

— ¡Cierra la boca, mocoso! — Yaten corrió junto a él casi para golpearlo. La mujer lo lanzó lejos apenas sintió el peligro inminente.

— ¿Porqué? ¿Porqué lo harás? — Minerva estaba extasiada

— Será un pacto secreto — el joven lo dijo lapidariamente. Minerva abrió mucho los ojos, no creyó que alguien viviente pudiera tener esa información en la actualidad.

Un pacto secreto era un deseo que no se pronunciaba, que se mantenía en secreto del mundo y podía ser cualquier cosa, lo malo de aquello es que nadie sabría en qué consistía y por supuesto, ninguno de ellos podría tener en cuenta lo que pasaría a continuación.

— Su majestad ¡no lo haga!

— ¡Tómala, ahora!

Y sin más el cuerpo de Pólux brilló y levitó sólo para volver a caer, dejando a todos atónitos otra vez. En un silencio que se sintió en el alma.

Sólo se escuchó una profunda y tétrica risa que paralizó a los presentes.

Se venía algo muy oscuro por delante

...

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Continuará...


Notas de la autora

Sé que me querrán asesinar pero tenía muchas posibles continuaciones para este punto y me quedé con este camino.

Confieso que debatí conmigo misma acerca del rumbo de la historia y al final concluimos que este rumbo sería el más adecuado para el final que tenemos pensado.

Lamento la ausencia pero como he dicho, terminaré mis pendientes antes de comenzar con cualquier otro proyecto (que tengo varios en el horno)

Gracias por leer

Gracias por seguir

Saludos