NOTAS DE AUTOR
¡Buenas tardes, señorines!
Espero que el prólogo os haya gustado a los que os habéis tomado la molestia de leerlo. Aquí os dejo al fin con el primer capítulo, narrado aún desde la perspectiva de Sakura.
Hacedme saber qué os parece, yo siempre me tomaré tiempo para responderos, por extensos o elaborados que sean vuestros comentarios. Estoy abierta a todo tipo de críticas (siempre y cuando sean constructivas, claro está)
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Sin más, empieza el juego.
¡A DISFRUTAR!
1. DIECISÉIS AÑOS
–Sakura-chan, ¿estás dormida? ¿Sakura?
Levanté de golpe la cabeza y sentí lo mismo que si estuviera sobre una barca en medio de la tempestad. Miré a mi alrededor sin recordar muy bien dónde me encontraba, pero reconocí casi enseguida los ojos perlados de mi amiga Hinata.
–¿Otra vez has dormido poco?
Me removí con pereza sobre mi asiento, obligándome a erguir la cabeza y parpadear para habituarme a la luz artificial. El centro comercial. Estaba en el centro comercial con Hinata, me obligué a recordar.
–Anoche cubrí a un compañero en el trabajo hasta última hora prácticamente, y esta mañana me he despertado antes de lo que esperaba –respondí con la boca pastosa.
–Sakura-chan, me estás preocupando. Últimamente andas durmiéndote por las esquinas; no es sano para ti –repuso mi amiga con su tierna voz.
Mis ojos se movieron en su dirección y la contemplé unos instantes en silencio. Su rostro blanco y redondo se había contraído ligeramente en una expresión de preocupación, donde aquellos ojos grises violáceos suyos me miraban a la espera de que dijera o hiciera algo que pudiera calmarla.
Con los largos cabellos negros, el flequillo recto y simétrico, las facciones frágiles y diminutas, y aquel vaporoso vestido cruzado por el centro, su imagen me resultaba tan hermosa como inocente, casi como la de una muñequita kokeshi.
Sonreí pausadamente.
–No te preocupes. Tengo pilas de sobra, esto solo ha sido una siestecita –contesté sin más demora.
Las finas cejas de Hinata se destensaron levemente, en un sutil gesto de alivio.
–De todas formas, te lo pido por favor: descansa y tómate algo de tiempo libre cuando lo necesites.
Volví a sonreír.
–Ya me lo tomo. ¿O es que acaso no he venido a acompañarte de compras?
–Compras para mí, Sakura-chan, pero sé que estás tan aburrida que ni siquiera te has levantado de esa silla para mirar algo para ti. Llevamos aquí como una hora y solo yo me he probado cosas.
Solté una breve carcajada y me levanté de un brinco, hundiendo las manos en los bolsillos de mi cazadora de camuflaje.
–Bueno, ya sabes que para mí la ropa no es una prioridad.
–Antes lo era –murmuró tímidamente Hinata.
La descubrí desviando la mirada con vergüenza y supe que se había arrepentido de su comentario. Sin embargo, al contrario de lo que parecía estar pensando ella, a mí no me había molestado lo más mínimo. Hinata no era alguien que dijera las cosas con maldad.
–Ahora me dedico a intercambiar mis antiguos gustos por comida que llevar a casa y ahorros para mi emprendedor futuro como doctora –respondí con satisfacción, inclinándome para buscar la tímida mirada de mi amiga.
Le sonreí una vez más y ella pareció darse por vencida.
Hinata Hyûga era así. Delicada y dulce como un lirio florecido sobre una laguna cristalina; buena e inocente como una niña criada entre praderas. La conocía desde hacía tiempo, pero no había sido hasta Bachillerato que habíamos entablado una verdadera relación de amistad. Durante la Secundaria solo la había conocido de forma superficial; en realidad, nunca me había interesado mucho en ella. Su enorme timidez y ternura la hacían muy atractiva a ojos de los chicos, y supongo que yo le había tenido cierta envidia. Sobre todo, ante el temor de que un chico en concreto pudiera sentirse también atraído por ella.
Sin embargo, Hinata siempre había estado ahí.
Cuando papá falleció, ella y su familia fueron los primeros en acudir al tanatorio. Nos ofrecieron su apoyo emocional y nunca dudamos de que había sido por algo sincero. Los Hyûga no eran una familia de gestos por compromiso; si algo les dolía, lo sentían de verdad. El padre de Hinata, el señor Hiashi, había trabajado durante años con mi padre; sus empresas habían sido aliadas. A pesar de que siempre me pareció un hombre rudo y frívolo, cuando se enteró de la situación económica en la que nos encontrábamos tras nuestra pérdida, movió hilos para procurarnos el mayor bienestar posible. Localizó una humilde casita donde viviéramos de forma cómoda y mucho más asequible que el enorme chalet en el que nos habíamos criado mi hermana y yo, y también recomendó a mi madre a varias empresas del sector de servicios. Gracias a ello, ahora trabajaba de limpiadora en un hotel cinco estrellas. Era mucho más de lo que podíamos haber esperado, principalmente porque mamá no había vuelto a trabajar desde mi nacimiento.
Imagino que mi concepto sobre Hinata Hyûga había cambiado después de aquella serie de eventos.
Bueno, todo había cambiado después de todos aquellos eventos.
–¿Estás nerviosa por empezar el nuevo curso, Sakura-chan? Prácticamente coincide con tu cumpleaños –me preguntó mi amiga de ojos perlados mientras nos dirigíamos de vuelta a casa.
El crepúsculo inundaba ya la extensión del cielo, de un color naranja pomelo.
–No mucho. Aunque por mi cumple no me importaría que alguien me regalara una tarta de queso –dejé caer como quien no quiere la cosa.
Hinata soltó una risita suave; sabía muy bien lo mucho que me gustaba cuando cocinaba algo dulce. Sin embargo, percibí una repentina atmósfera de inquietud y la miré con curiosidad.
–Me pregunto si este año caerá en mi clase… –musitó quedamente.
–¿Te refieres a Naruto?
Mi amiga dio un respingo y me devolvió una mirada azorada.
–No es que esté diciendo que sea algo importante para mí. Ante todo, preferiría que estuviéramos tú y yo en la misma clase… Es solo que…
–Tranquila –mostré una sonrisa pacífica, entendiendo enseguida sus sentimientos–, sé que serías la chica más feliz del mundo si Naruto cayera en tu clase también.
–Bueno, sí… es más o menos así.
Me eché a reír. No era más o menos; era así.
–¿Y tú, Sakura-chan? ¿No querrías que él también cayera en nuestra clase?
–Bueno, a mí Naruto me parece bastante pesadito y un poco imbécil, además de un pervertido…, pero hay opciones peores. Al menos es una persona leal.
–No me refería a Naruto…
Sentí una fugaz punzada en el pecho, como si acabara de darme un calambre. Comprendía perfectamente a lo que se refería Hinata.
Recuerdo que por mi mente cruzaron una cantidad desbordante de instantes pasados. Momentos de mi vida embriagados de un cabello negro azabache, casi azulino, y un rostro pálido de rasgos afilados, con una simetría perfecta: la nariz recta, ligeramente redondeada en la punta; los altos pómulos lisos; el mentón igualado; la mandíbula fuerte; los labios marcados, un poco carnosos. Y aquellos ojos rasgados, oscuros, de una profundidad enigmática, contorneados bajo las angulosas cejas poco pobladas.
Recordaba sus manos grandes, de dedos estilizados y uñas anchas.
Recordaba su cuello, desde pequeño ya vigoroso y atractivo; blanco como un pedacito de luna.
Recordaba su olor; el olor del jabón que se desprendía su pelo, entremezclado con un poco de sudor cuando corría en la clase de Educación Física.
Lo recordaba todo de él.
Sobre todo, porque asistía al mismo instituto que yo.
Era imposible olvidarse de la persona que habías querido de pequeña cuando estudiaba en el mismo centro que tú.
Tragué sutilmente saliva y esbocé de inmediato una amplia sonrisa. No dejaría que Hinata viera que su existencia me afectaba. Simplemente no había motivo alguno por el que debiera afectarme.
Ya no estaba enamorada de él.
–No tengo ni idea de a quién te refieres entonces, Hinata-chan –contesté haciéndome la sueca–. Pero, si te soy sincera, a mí no me importa quién o no caiga en nuestra clase. Mientras sea simpático, supongo que lo aceptaré.
Me di cuenta de que mi amiga abría la boca con intención de replicar a mi comentario; sin embargo, se resignó, sin llegar a decir nada. Soltó un suspiro y reemprendimos nuestro camino a casa.
El día de mi cumpleaños, veintiocho de marzo, transcurrió con pocas novedades. Hinata me había hecho la tarta de queso que a mí tanto me gustaba, y además, me había regalado una pulsera con cuentas de colores, que ella también se había comprado. Dijo que era una forma de simbolizar nuestra amistad de forma que, aunque nos tocara en clases separadas, continuaríamos siendo las mismas de siempre entre nosotras.
Habíamos celebrado mi cumpleaños en casa de Tenten, ya que sus padres se encontraban fuera por trabajo y no regresarían hasta muy tarde. Habían venido también Shino Aburame y Kiba Inuzuka con su perrito Akamaru, del que casi nunca se despegaba, y el primo de Hinata, Neji Hyûga, con su compañero de la infancia Rock Lee. El último, una imitador cutre de Bruce Lee, cuyas cejas parecían dos ratas negras agarrándose las manos y sus gigantescos ojos redondos de pestañas densas: dos pelotas de tenis, se había dedicado a tirarme la caña durante toda la celebración. Lo conocía desde el año pasado y, pese a que fuera un amigo fiel y apasionado (a veces demasiado apasionado), su aspecto físico: con aquel peinado de cacerola y el flequillo enmarcando el rostro moreno, simplemente me repelía. No me sentía muy a gusto cuando intentaba ligar conmigo.
Neji era más callado, y a veces incluso me había dado la sensación de que no quería estar allí. Quizás le habían obligado a asistir a mi cumpleaños entre Hinata y Rock Lee, y lo más seguro es que fuera una petición del segundo a la primera para tener la excusa de que él también pudiera asistir.
Pero tenía la corazonada de que a Tenten le agradaba la presencia de Neji allí.
Reconocía que el primo de Hinata era un chico bastante atractivo. Tenía la piel tan clara como ella y los ojos del mismo color, prácticamente. Llevaba siempre la larga melena castaña suelta, aunque la mayoría del tiempo se cubría la parte superior de la cabeza con una cinta, ocultándole toda la frente; ni idea del porqué. Era alto y esbelto, y de vez en cuando, si se quedaba quieto, parecía estar posando como un modelo. Sin embargo, tenía muy malas pulgas y no recordaba ninguna ocasión en que lo hubiera visto sonreír.
No entendía cómo mi amiga Tenten, con lo guapa y simpática que era, podía siquiera fijarse en él. Ella tenía el cabello un poco más claro que él, siempre recogido en dos moños altos por la influencia de la moda china de su familia (su madre era de Shanghái), los ojos marrones redondeados y avispados y una dulce sonrisa llenando constantemente su cara.
Eran como el día y la noche, aunque, si lo pensaba detenidamente, a nivel estético hacían buena pareja.
Y a fin de cuentas, tenía que entenderla.
A mí también me había gustado un chico frío y arrogante en su momento.
Por otro lado, Kiba y Shino eran nuestros amigos de la infancia, especialmente de Hinata. Como ya he mencionado, ella siempre se había esforzado por ser mi amiga, a pesar de que antes yo pretendiera hacerla a un lado. Pero la presencia de Shino y de Kiba nunca me había molestado; tengo muy buenos recuerdos jugando al escondite con ellos a los ocho años.
Siempre me habían parecido un poco raros, ya que Shino había tenido desde muy pequeño una obsesión incomprensible por los insectos, y Kiba era en ocasiones demasiado salvaje, casi tanto como su precioso perro blanco. Además, el primero, aunque tuviera una mata de pelo rizado y divertido, un poco a lo afro, siempre llevaba unas gafas pequeñas y redondas muy oscuras escondiéndole los ojos; nunca se podía precisar del todo si estaba contento o cabreado. El segundo tenía una mirada aviesa, con unas pupilas pequeñas, casi feroces, y unas marcas alargadas y extrañas en las mejillas. Se dejaba el cabello muy alborotado (creo que ni siquiera se lo peinaba al salir de la ducha), y entre sus colmillos afilados y los piercings de madera con forma de cuernos que le gustaba llevar en las dilataciones de las orejas, parecía haber nacido en una tribu mursi.
Quitando todo aquello, podía estar segura de que eran buenos chicos.
Aquel día se cumplieron dieciséis años de mi vida y lo había celebrado junto a la mayoría de los amigos que, hasta entonces, más me querían. A los trece años, en mi cabeza, contaba con la amistad de personas como Sasuke Uchiha o Ino Yamanaka, sin parame a pensar en que era yo la única que creía que éramos amigos de verdad. Pero lo nuestro había resultado una simple postura de amistad, y cuando realmente les había necesitado, habían desaparecido. O quizás fue que nunca estuvieron ahí.
Había sido muy doloroso darme cuenta de lo sola que estaba.
Sin embargo, ahora, a mis dieciséis, sabía que ya no volvería a estar sola. Y mucho menos permitiría que alguno de mis seres queridos se sintiera como tal. Ni siquiera personas como Neji o Rock Lee, aunque pareciera que solo se me acercaban: uno por interés amoroso y el otro por presión de este.
Después de aquel tranquilo día de cumpleaños, donde comimos y reímos tanto que me dolió la barriga durante toda la noche por una cosa y por la otra, esperé con ilusión al fin de semana para poder ir finalmente al hospital Aiiku. Los sábados y los domingos me pasaba las mañanas allí ejerciendo un voluntariado con niños enfermos y ancianos. Hacía actividades con ellos para estimularlos a seguir adelante, sobre todo, con los niños.
La mayoría padecían enfermedades terminales, como leucemia o huesos de cristal. Les llevaba lápices, rotuladores de colores y fichas para dibujar, me llevaba la antigua guitarra de mi padre y cantaba canciones con ellos, me disfrazaba de payaso y junto a otros compañeros voluntarios representábamos una pequeña obra teatral para ellos, y a veces, les masajeaba y les daba de comer a aquellos que me lo pedían.
Para mí era muy importante que todos estuvieran bien; que se sintiesen con ánimos de continuar con la vida.
Sabía mejor que nadie lo duro que era pensar que todo se había acabado.
Los ancianos, por su parte, me pedían paseos acompañados de mi mano o empujándoles en sus sillitas de ruedas. Les daba de comer más frecuentemente que a los niños y con algunos jugaba a las damas y al ajedrez, o dejaba que me contaran su vida y la de toda su familia.
No podía suministrar medicamentos ni tratar a ninguno de los pacientes, por mucho que ya me hubiera entrenado los últimos veranos en primeros auxilios y en técnicas médicas entre campamentos de verano y el tiempo que había pasado con mi tía Tsunade, pero al menos estaba en contacto con personas que en el futuro podría curar. O incluso salvar.
Esperaba realmente salvar vidas.
Quería investigar con más profundidad el cáncer.
Y algún día, soñaba, nadie sufriría la pérdida que yo sufrí con mi padre.
–Hoy has vuelto más tarde, ¿no, Sakura? –inquirió mamá el domingo, mientras preparábamos la mesa para comer.
Había regresado hacía solo un cuarto de hora del hospital y me había dispuesto inmediatamente a ayudar en la cocina.
–El señor Kuichi no me dejaba marcharme hasta que no termináramos la partida de damas –repuse.
–¿Y quién ganó?
–Yo otra vez.
Me senté en un extremo de la mesa junto a Hana. Le eché una rápida ojeada y me fijé en que se había recogido parte de su melena rubia rojiza a un lado de la cabeza, con un coletero lila que le otorgaba un aspecto inocente. Pensé en lo mucho que a mí me había gustado a su edad decorarme un poco el pelo con gomillas, diademas y cintas como a ella, aunque nunca me habían quedado igual de bien.
Hana era mil veces más guapa de lo que había sido yo nunca… y más normal.
No tenía mi color de pelo, tan extraño a ojos de todos: de un rosa pastel, más oscuro hacia la raíz y más claro en las puntas. Ahora que tenía dieciséis años, disimulaba fingiendo que era teñido, pero había sido mi gran tormento de pequeña, puesto que había motivado la burla tanto de niños como de adultos. «La pelo chicle» o «Bubú» les gustaba llamarme: lo segundo por aquel personaje gordo y fofo de Dragon Ball. De niña, además de tener el pelo rosáceo como ahora, estaba rellenita.
Por otra parte, mi hermana y yo también teníamos un color de ojos distinto: ella los tenía de un azul celeste; yo, verdes y brillantes, de un tono parecido al jade. También mis ojos habían sido duramente criticados en mi niñez; los niños decían a menudo que les daba miedo por el contraste que hacían con mi piel blanca, rosada por las pecas. Y mi frente era el remate de todo mi aspecto físico. Había podido resolver la gordura que me había caracterizado de niña –y creo que incluso estaba más delgada de lo que había pretendido–, pero el acusado tamaño de mi frente despejada permanecía tal y como había sido siempre. Obviamente, mi hermana tenía un tamaño de frente completamente diferente: pequeña y redondeada. Envidiaba lo bien que le quedaba ponerse una coleta muy estirada.
Papá siempre había dicho de mí que yo era su princesa, y mi hermana su duquesita. Imagino que era el culpable de que me volviera tan mimada cuando me hice un poco más mayor. Tal vez le preocupaba tanto el efecto que provocarían las burlas en mi futuro, que prefirió convertirme en una niña consentida a una acomplejada y triste. Sin embargo, creo que nunca contó con la posibilidad de que pudiera enamorarme de alguien que me hiciera sentir menos de lo que era, y por el que había sentido unas ganas locas de cambiar mi aspecto físico para atraer su atención.
Inconscientemente, mientras mamá colocaba los platos con comida –arroz con curry– sobre la mesa, me llevé una mano a los cabellos que me caían hasta la nuca. Recordé lo largos que eran hacía unos años, cuando los dejé crecer hasta la espalda pensando que Sasuke Uchiha se fijaría así en mí. Había oído un rumor sobre lo mucho que le gustaban las chicas con el pelo largo, así que me puse manos a la obra y lo cuidé durante años hasta que creció. ¡Qué ridícula!, pensé. Al menos algo bueno había sacado de ello: había aprendido que esconder mi frente era peor que enseñarla sin miedo.
No recuerdo quién me había dicho que era tan bonita que no debía ocultarla…
–Mañana empezáis las clases, ¿verdad? –dijo mamá, despertándome de mi ensimismamiento.
La vi soplando una cucharada de arroz con curry y, acto seguido, metérsela en la boca.
–Sí, así es –carraspeé–. Segundo de Bachillerato yo, y Hana el último de Secundaria, ¿cierto?
–Exacto, hermanita –otra de las cosas que olvidaba mencionar era que mi hermana tenía la voz más dulce que pudieras imaginar, casi angelical–. Pronto yo también empezaré a trabajar como tú.
–No hace falta que hagas eso, Hana –repliqué–. Mamá y yo podemos encargarnos de todo.
–Eso es. Además, tomémonoslo con calma. Ninguna de las dos debéis echaros tanta responsabilidad a la espalda.
Engullí una cucharada de arroz lentamente, y miré a mamá con detenimiento. A nuestro alrededor, todo cuanto podíamos comer entonces era un plato de arroz con curry; por la noche sería sopa de miso o algo por el estilo. Solo nos permitíamos comprar carne dos veces al mes como máximo, y pescado quizás unas dos veces más gracias a que el pescadero, al cual nuestro padre ayudó mucho a levantar su negocio, nos hacía siempre un descuento considerable.
Mamá pretendía hacer normalmente como que no vivíamos en una situación precaria, y a veces tenía que ser yo la que tomara las decisiones más maduras. Ella era demasiado buena y demasiado optimista con todo y con todos. Pero trabajaba muchas horas y, aunque lo que cobraba era mejor que nada, no era suficiente como para pagar todas las deudas y mantener nuestros gastos diarios a la vez. Y Hana era demasiado joven para echar una mano, además de que yo no permitiría que mi hermana dejara de centrarse solo en sus estudios y en su juventud.
Las dos tenían que ser las más felices.
Había pasado demasiado tiempo de mi vida despreocupándome y confiándome por todo, y sabía que había causado más problemas de los que me habían contado. Sospechaba que parte de las deudas que teníamos que afrontar ahora eran el coste de todo lo que yo me había dedicado a pedir y exigir de pequeña: que si el mejor peluquero para tratarme el pelo, que si la mejor ropa de la ciudad, que si clases de ballet en la mejor escuela para aparentar ser más refinada…
De manera que si yo tenía que trabajar el doble para liquidar esas deudas, lo haría. Costara lo que costase.
–Oye, hermanita –saltó la voz de Hana de repente.
–Dime.
–¿Tú conoces a Sasuke-senpai?
La pregunta me sentó como un jarro de agua fría. Casi me atraganté al ingerir mi trozo de arroz con curry.
–Sí –me limité a responder.
Hana esperó unos segundos, pero al ver que yo no añadía nada más, se decidió a proseguir.
–¿Estaba en tu clase el año pasado?
–No.
–Dicen que es el chico más popular del instituto…, es muy guapo, ¿no crees?
–¿Ah, sí? –intenté sonar lo más indiferente posible, con la esperanza de que cambiara de tema.
–¿Sabes si tiene novia?
–Ni idea, no lo conozco.
–¿Sasuke-kun no era ese niño tan mono del que hablabas mucho en casa de pequeña, Sakura? –intervino mi madre.
Tierra, mátame directamente, ni siquiera hace falta que me tragues…
–No lo recuerdo, mamá –contesté un poco cortante, mientras me comía otra cucharada de arroz.
–¿Estás segura? Era el más guapo de entre todos tus amigos, y puede que sea el niño más guapo que he visto. ¿Cómo es que ya no te juntas con él?
Porque es un miserable engreído y no vale la pena como persona.
–No lo sé, mamá. La gente crece y cada uno sigue por su camino.
–¿Eras amiga de Sasuke-senpai? –inquirió mi hermana con notoria sorpresa.
Miré a Hana y descubrí que sus grandes ojos celestes brillaban con apabullante ilusión.
–Más o menos… –confesé.
–¿Y ya no lo sois? ¿Por qué? ¿Qué pasó? –insistió ella.
Desvié la mirada, incómoda ante su emoción, y tardé un poco en responder.
–Se… echó novia y se alejó del grupo –mentí.
Sasuke Uchiha nunca había tenido novia. Sabía que había habido muchos rumores de que había estado con muchas chicas, y en cierta ocasión lo había pillado besando a alguna, pero se desconocía si había tenido una relación más seria. Y conociéndole, yo estaba segura de que no.
A aquel ricachón arrogante solo le importaba el dinero y tener un buen culo frente a sus narices.
Todo lo que estuviera relacionado con el poder llamaba a Sasuke Uchiha.
–Pero ahora no tiene novia, ¿verdad, hermanita? –continuó Hana.
Me molestaba percibir aquella nota esperanzadora en su voz, pero también se me daba fatal mentir. No podría convencerla de la presencia de una novia en su vida por segunda vez.
–No lo sé. La verdad es que no me interesa su vida –me limité a responder.
–Siempre tan fría, hermanita –se quejó Hana, inflando los mofletes en una infantil mueca de enfado–. Así nunca tendrás novio.
–No quiero ningún novio que pueda distraerme.
–¡Sakura! –alzó la voz mi madre. Su tono me inquietó y la miré extrañada; sus ojos castaños estaban muy abiertos y me miraban con cierta severidad–. Una mujer tiene que pensar, no solo en su futuro, sino también en su vida amorosa.
–¿Y un hombre no? –solté enarcando una ceja.
–Un hombre también. Pero es de agradecer encontrar a alguien que te apoye y no te haga sentir sola.
–No me siento sola.
–Eso dices, pero yo creo que no es verdad.
Alcé las cejas y entorné los ojos con incredulidad.
–Mamá, no me interesa tener ninguna relación ahora. No es necesario, soy muy joven.
–Pero tampoco deberías cerrarte a que ocurra.
–No me cierro, simplemente no tengo tiempo para que ocurra.
–Eso es lo mismo que cerrarse –murmuró Hana a mi lado.
Puse los ojos en blanco y decidí no añadir más nada para sentenciar aquel debate sobre mi nula vida amorosa. Cuando terminamos de comer, me levanté y me dispuse a lavar todos los platos.
¿Cómo iba a ponerme a pensar en una pareja cuando no nos podíamos permitir ni un mísero lavavajillas?
Y finalmente llegó el uno de abril, el inicio del nuevo curso.
Me terminé de colocar correctamente el lazo sobre el cuello de la camisa del uniforme. Hacía algo de calor, pero prefería no abrirme ningún botón más y dejarme la falda solo unos centímetros por encima de la rodilla. Me negaba a sufrir situaciones embarazosas si el viento se abría paso entre mis piernas y mostraba zonas que no quería que nadie viera.
Me eché la mochila al hombro y bajé hasta el genkan para calzarme los zapatos. Hana me esperaba allí.
–¿No piensas arreglarte un poco más? –inquirió al ver mi vestimenta.
–Así estoy bien –sonreí ampliamente, con idea de eludir el tema.
Ella, evidentemente, se había subido la falda mucho más allá de las rodillas y se había maquillado un poco los ojos y pintado los labios. Sin embargo, su pelo no estaba en las condiciones más adorables que, suponía, había querido, y me imaginé enseguida lo que me pediría a continuación.
–Oye, hermanita…
–Dime.
–¿Al menos a mí, puedes arreglarme un poco el pelo?
Rodé los ojos y sacudí la cabeza sonriendo.
–No tienes remedio. Ven, anda.
No era una experta, pero desde pequeña me había gustado hacer toda la clase de peinados. Me gustaba darle una forma distinta al cabello, sobre todo, cuando era muy largo; sin embargo, nunca lo había practicado en mí misma. Ni siquiera cuando me había dejado el pelo crecer me gustaba acicalarlo demasiado. Supongo que mi antiguo rechazo a mi melena rosada, producto de las múltiples humillaciones que sufrió, tenía algo que ver.
Cogí unas horquillas que me ofreció Hana (como imaginé, lo había tenido todo planeado) y la giré para tener su cabello frente a mí. No tardé más de unos pocos minutos en hacerle un semirecogido con un moño, dejándole graciosamente unos mechones ondulados hacia afuera.
–Listo –avisé.
Mi hermana se dio la vuelta, y de pronto, me tendió algo alargado y brillante. Su cara reflejaba determinación y cierta exigencia, algo que no me había esperado después de arreglarle el pelo.
–¿Qué es eso? –inquirí.
–Un pintalabios de gloss –sus finas cejas se unieron como si estuviera enfadada; parecía que no podía negarme.
Suspiré con pesadez.
–¿Para qué tengo que usar esto?
–Póntelo, y máscara de pestañas también, si no quieres que me enfade.
Hana podía llegar a ser muy testaruda a veces.
–Hana…
–Lo haré a la fuerza –amenazó.
Sí, muy testaruda. E intimidante.
Volví a resoplar.
–No sé cómo se pone eso.
–No te preocupes, yo lo haré –su angelical rostro cambió a una sonrisa escalofriante.
Durante todo el camino hacia el instituto, estuve pensando que nunca debí dejar que Hana utilizara aquellas porquerías sobre mis ojos y mis labios. Cierto era que no había sido más que la máscara de pestañas y el pintalabios, pero solo con eso ya me sentía la persona más extraña que fuera a pisar el instituto. No obstante, no le permití que toqueteara el largo de mi falda ni la cantidad de botones que tenía abrochados.
Eso era ya pasarse.
Encontré a Hinata cerca de la puerta de entrada y me reuní inmediatamente con ella, intentando ignorar las miraditas furtivas que salieron a mi paso. Voy a matar a Hana cuando volvamos a casa.
–Sakura-chan, ¡buenos días! –me saludó.
–¡Buenos días!
Como si acabara de pasar un cometa delante de mi cara, me miró sorprendida.
–Sakura-chan…, estás muy guapa.
Me sonrojé al instante.
–Sí, bueno… Hana no me ha dejado hasta que lo ha conseguido –repuse desviando la mirada.
–¡Ohayô gozaimasu! –exclamó una voz conocida de pronto.
Hinata y yo nos volvimos y descubrimos a Rock Lee acercándose animadamente hacia nosotras. Neji le acompañaba serio y en silencio, como siempre.
Lee se detuvo y me miró con los ojos muy abiertos; parecieron hacerse mucho más grandes de lo que ya eran.
–Sakura-chan, tu belleza irradia con tal fuerza esta mañana que no puedo despegar mi mirada de ti –dijo con voz teatrera.
Hinata se echó a reír dulcemente, y yo puse los ojos en blanco.
–No exageres.
–¡Pero si solo digo la verdad! Díselo tú, Neji –insistió aquel tipejo con pelo cacerola.
El aludido miró unos instantes a su amigo con cierta irritación, y después me devolvió la mirada. Se mantuvo apenas unos segundos en silencio, escrutándome, y entonces, inesperadamente, dijo:
–Estás bien.
Mis cejas se alzaron con incredulidad, y me imaginé que Hinata había compuesto la misma expresión que yo. Estás bien. Jamás en la vida habíamos escuchado a Neji pronunciar unas palabras tan positivas sobre el aspecto físico de una persona. Jamás en la vida le habíamos escuchado dedicar ninguna palabra positiva, directamente, y menos a mí.
–Gracias –musité, aún anonadada.
El chico de los ojos perlados no añadió nada más. De pronto, frunció el ceño y echó a andar apresuradamente hacia el interior del instituto. Nunca entendía la actitud de Neji.
Rock Lee no tuvo tiempo de hablar, cuando vimos aproximarse a Kiba, a Shino y a Tenten.
–¡Buenos días a todos! –saludó alegremente el chico de las marcas en las mejillas.
–Al fin vamos a empezar segundo. ¿No es alucinante cómo pasa de rápido el tiempo? –dijo la chica de los moños. Guardó silencio un momento, como si hubiera detectado algo extraño, y me miró detenidamente–. Sakura, ¿te has hecho algo en el pelo?
Me llevé una mano a la melena. Me la había recortado un poco antes de empezar el nuevo curso, pero había sido demasiado sutil como para que alguien pudiera notarlo.
–¡Ah, te has maquillado! –observó Tenten.
–¡Pues no te queda nada mal, Sakura! –intervino Kiba con una ancha sonrisa.
–Algunas marcas de cosméticos asesinan insectos para obtener recursos de ellos, como el veneno de las abejas. ¿Qué marca has utilizado tú? –preguntó Shino secamente, de repente.
Me sentí súbitamente culpable ante su comentario, aunque los demás le miraron con extrañeza.
–¡Ni se te ocurra insinuar que mi Sakura-chan es una asesina! –saltó Lee levantando el puño con indignación hacia el chico de las gafas.
–Cálmate, Lee –me apresuré; luego, me volví hacia Shino–. Lo siento mucho, pero no tengo ni idea de cuál es esta marca, y la verdad que no me he pintado por voluntad propia. Mi hermana quería que me arreglara.
–En ese caso, arréglate más a menudo, Sakura –dijo Tenten–. Te queda genial.
Me sonrojé hasta las orejas.
No quise añadir nada más para cerrar de una vez el tema de mi aspecto inesperado, y caminé junto a los demás hasta la enorme sala de actos del instituto. Aquel año esperaba haber conseguido, por fin, quedar la primera entre los diez alumnos sobresalientes por sus notas académicas del centro. Me senté entre Hinata y Kiba en una de las primeras filas de la sala. No éramos los que habían llegado más temprano, precisamente, de manera que Lee y los demás tuvieron que buscar asientos un poco más lejos, allá donde se había colocado Neji.
Se iba a celebrar la Ceremonia de Apertura del curso, a lo cual era obligatorio asistir. Allí se encontraba todo el instituto: alumnos tanto de Secundaria como de Bachillerato y toda la plantilla de profesores. Me ponía muy nerviosa la perspectiva de que pudieran sacarme en medio de todas aquellas personas para anunciarme como la mejor estudiante del curso.
Inconscientemente, recuerdo que, a medida que iban sucediéndose los minutos y la directora del instituto soltaba una verborrea interminable dándonos la bienvenida al nuevo curso, retorcí tanto el papel con el programa del acto que casi adoptó la forma de una estaca rugosa.
–Sakura-chan, ¿todo bien? –preguntó tiernamente Hinata, poniendo una mano sobre la mía.
Dirigí los ojos hacia su dulce rostro inquieto.
–Sí, no te preocupes. Solo estoy deseando que anuncien de una vez quién es el estudiante con la mejor media académica hasta ahora –respondí.
Transcurrieron unos minutos más hasta que, finalmente, la directora pasó a presentar la cara del mejor de entre los mejores alumnos del instituto. Sentí en ese momento que mi corazón se aceleraba impaciente.
El Instituto Konohagakure era un centro privado muy prestigioso, al que solo acudían estudiantes de mucho dinero o aquellos cuyas calificaciones fueran excepcionales, habiendo recibido una recomendación previa. Esta había sido otra de las cosas que debíamos agradecer al señor Hiashi Hyûga: ante mis deseos de entrar en este instituto, él me había recomendado personalmente para cursar el Bachillerato. Además de ello, parte de mi aceptación también se debía al hecho de haber cursado mis años de Primaria y Secundaria en otros centros similares a él. Me habían otorgado la condición de una beca con la que podía mantenerme allí, por lo que había luchado arduamente por conseguir una media académica muy alta.
Con mi hermana había sucedido algo parecido, aunque ella resistía a duras penas en la media necesaria para la beca. No sé cómo, siempre conseguía que se la concedieran.
Pero yo había elegido aquel instituto porque sabía que era donde más probabilidades había de obtener una buena recomendación para la Universidad médica de Tokio.
Mi gran sueño.
–Muy bien, alumnos, finalmente voy a anunciar al estudiante que ha obtenido la mejor puntuación en los últimos exámenes del Instituto Konohagakure, antes del inicio de este curso –dijo la directora, arrancándome de mis pensamientos.
No fui consciente en ese momento, pero mi cuerpo se inclinó ligeramente hacia adelante por la tensión. Supongo que cuando haces eso crees que escucharás con seguridad de no confundir palabras, o tal vez que tendrás más posibilidades de ser escogido.
–Y el estudiante con las calificaciones más altas de nuestro centro es… –mi corazón se aceleró aún más–: el señorito Sasuke Uchiha. Espero que se mantenga como hasta ahora. Uchiha-san, por favor, suba aquí arriba.
Mi pecho se congeló al instante.
Mis ojos siguieron la dirección en la que todos habían posado su mirada, y en ese preciso instante lo vi. Iba vestido con el uniforme del instituto como todo el mundo, pero en él quedaba como si se lo hubiera puesto un modelo de pasarela. Su pelo negro alquitrán continuaba tan rebelde y estiloso como siempre: sus cabellos seguían incontrolables por la zona trasera y el flequillo largo le caía a ambos lados de su fina cara, con apenas unos mechones sobre la frente.
Era un chico incapaz de olvidar. Lo tenía todo: dinero, físico, chicas… y ahora también, el reconocimiento a las mejores notas del instituto.
Reconocimiento por el que llevaba mucho tiempo luchando para que fuera mío.
Y una vez más, Sasuke Uchiha me había vencido.
En un abrir y cerrar de ojos, la ficha con el programa de los actos de la Ceremonia de Apertura se abrió en docenas de trocitos sobre mi regazo.
–Lo siento mucho, Sakura-chan –me susurró Hinata al ver que había hecho pedazos el papel.
Detecté también la mirada preocupada de Kiba a mi otro lado, pero no quise responder nada. Me sentía… frustrada. Muy frustrada. ¿Cuánto debía esforzarme para lograr superar al maravilloso Sasuke?
Había elegido el Instituto Konohagakure por la recomendación a la Universidad médica de Tokio, pero jamás imaginé que en él también entraría Uchiha.
No coincidíamos en el mismo sitio desde Primaria, donde le había conocido. Y a pesar de todo lo que había rogado a mis padres por entrar en el mismo instituto donde él había cursado Secundaria, fue el único deseo que no me concedieron.
Ahora que odiaba encontrarme con él, se cumplía.
Parecía que la vida se reía de mí.
Y encima, el susodicho me robaba el puesto que había querido alcanzar desde el primer instante en que había pisado aquel centro, hacía un año. Y desde hacía un año me puteaba sacando mejor media que yo.
Me inquieté. Esperaba al menos haber quedado la segunda.
En realidad, no era importante llegar al primer puesto entre los mejores diez estudiantes para mantener la beca; sin embargo, últimamente, desde que sabía que era Sasuke Uchiha el que lo protagonizaba, mi desesperación por alcanzarlo me consumía.
Inspiré hondo y destensé las manos que habían estado agazapando la falda hasta ese momento.
–Estoy bien –aseguré en voz alta.
Pero ni Hinata ni Kiba apartaron las miradas de preocupación.
–Bien, Uchiha-san –continuó la directora del Instituto Konohagakure–, ¿sería tan amable de pronunciar unas palabras para este nuevo curso?
Encima me toca escucharle hablar, como si su voz no enloqueciera lo suficiente a las flipadas de mi alrededor…
Sasuke se colocó en silencio frente al micrófono por el que había estado dando su largo discurso la directora. Se aclaró ligeramente la garganta con un gesto (tenía que reconocer) muy varonil, y escuché algunos suspiros maravillados detrás de mí.
–Simplemente quiero decir… –hizo una breve pausa, que me dejó bastante confusa, y de repente se acercó al micro de una manera casi sensual– que espero que todos salgáis, entréis, os divirtáis y viváis mucho la vida durante este curso.
Volví a retorcerme la falda, intentando contener dificultosamente el oleaje de rabia que me estaba alterando los nervios. ¿Y le dejan decir eso delante de todo el mundo? Nada inteligente ni motivador para todos, sino un «vive la vida». Si hubiera añadido «brother» le pegaba más. Valiente gilipollas…
–Un buen consejo, Uchiha-san –¿Un buen consejo? ¿Dónde tiene la cabeza esta directora, por favor?–. No solo hay que estudiar en exceso durante el curso, sino que también merecemos un poco de descanso, ¿verdad? Ya puede volver a su asiento, Uchiha-san.
Contemplé a Sasuke bajando las escaleras con el hervor de la cólera atacándome las manos. Detecté que alzaba la mirada un poco por encima de las pestañas cuando pasó delante de un grupo de chicas, del modo misterioso y cautivador que él sabía hacer, y me pareció casi escuchar las babas de las chavalas derramándose en el suelo.
Era increíble.
Sasuke Uchiha había vuelto a ganarme.
Y lo peor de todo era que ni siquiera sabía valorar el puesto que le habían otorgado.
Ya tenía lo suyo que alguien que lo tenía todo consiguiera, además, ser el mejor estudiante del instituto, pero que después de todo no lo valorara era, directamente, el colmo de los colmos.
Era en esos instantes cuando me daba cuenta de que el mundo era injusto, cuando alguien tan asquerosamente perfecto como Sasuke Uchiha lograba algo de gran estima sin quererlo, mientras personas como yo nos partíamos los cuernos por pretender alcanzar dicho objetivo, luchar por un sueño y llegar a fin de mes.
Pero no me rendiría.
Me había ganado con quince años, pero a mis dieciséis esa historia se acabaría.
Sasuke Uchiha dejaría de ser el mejor, porque aquí estaba yo.
