NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas a todos!
Gracias a que ya tengo escrito unos cuantos capítulos, de momento, puedo actualizar más a menudo.
Aquí os dejo con uno que traerá una pequeña sorpresa en cuanto al narrador. Os aviso de que el lenguaje puede resultar obsceno, pero es que es parte de la personalidad que he desarrollado para él.
Quería hacer un paréntesis, en caso de que Mara, una lectora que me escribió una review, no haya visto mi respuesta todavía en el nuevo capítulo que he subido a Fanfic Es. Lo encontrarás en el primero de los comentarios del mismo.
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Sin más, continúa la historia.
¡A DISFRUTAR!
2. MOLESTIA
–¡Lo has vuelto a lograr, teme!
El idiota de Naruto se tiró sobre mí rodeando mi cuello con su pesado brazo, pese a que conocía mi repulsión a que me tocaran sin mi consentimiento. Le lancé una mirada envenenada.
–No me toques, dobe –solté fríamente.
Sin embargo, el muy capullo me mostró una de sus anchas y fastidiosas sonrisas. Parecía dispuesto a sacarme de mis casillas.
–Tan temprano y ya estás con la mala leche, eh –replicó estúpidamente contento.
Finalmente me soltó y yo cuadré los hombros. Eran solo las nueve de la mañana, ¿cómo cojones podía tener esa energía?
Salí del salón de actos con él pisándome los talones, charlando animadamente sobre algún tema al cual le había perdido el hilo desde antes de que lo empezase. Lo cierto es que no me interesaba lo más mínimo aquello de lo que me hablara Naruto. Le tenía cierto aprecio y, de todas formas, no recordaba ya día en que no lo hubiera tenido pegado a mis talones. Nos conocíamos desde que éramos niños.
Era huérfano; sus padres habían sido famosos actores del panorama nacional, que habían perdido la vida en un accidente de coche. Ahora, su tutor legal era Jiraiya, el famoso productor de cine infantil que había trabajado en la TV Tokyo y que, posteriormente, había levantado su propia empresa, una de las más solicitadas de la actualidad. Tenía una fortuna, así que no debía preocuparme por que aquel bicho pasara hambre.
Supongo que, en el fondo, me compadecía de él, y aunque fuera una tremenda pesadilla la mayoría de las veces, debía admitir que siempre que había necesitado algo, él había estado ahí. Sin pedir nada a cambio.
No comprendía por qué era tan generoso.
Si algo había aprendido era que en la vida no debíamos ser generosos.
Pero la estupidez de Naruto no tenía límites, y yo desde luego no sería quien se los pusiera. Si quería llevarse un varapalo, libre era.
–¿En qué clase te ha tocado, Sasuke? –preguntó cuando nos detuvimos frente al listado de aulas.
–Solo tienes que leerlo –repliqué secamente.
–¡Oh, mierda! No estamos juntos.
Mis oídos y mi paciencia casi gritaron de júbilo al escuchar aquella noticia.
–¡Oh! –exclamó de pronto, como si acabara de ver algo importante.
De repente, su rostro se relajó completamente y compuso una expresión de extrema dulzura, con los ojos muy brillantes, como si hubiera visto las puertas del paraíso.
–¿Qué te pasa, dobe? ¿A qué viene esa cara? –inquirí desconcertado.
–Ella va a estar en mi clase… –dijo casi babeando.
–¿Ella? –repetí.
–Hinata-chan…
Puse los ojos en blanco. Solo un tonto como Naruto podía volverse de esa forma por una chica.
Estaba, lo que se decía, enamorado de una chiquilla con el pelo negro y los ojos más raros que había visto en mi vida; daban incluso miedo. Aunque había que admitir que tenía un par de buenas tetas.
Me pregunté si sería una mosquita muerta de verdad o si, en realidad, escondía a una auténtica guarra en la cama.
Quizás es lo que Naruto espera.
No me entraba en la cabeza que un tío se chiflara tanto por una tía más. A menos que te haga las mamadas más increíbles que puedas imaginar...
Sin embargo, me divertía ver que Naruto se volviera imbécil –más de lo que ya era– cuando escuchaba o leía su nombre en alguna parte. Lentamente, me acerqué a él con una sonrisa burlona.
–¿Por qué no le sueltas de una vez que te tiene loquito? Estás deseando tirártela, ¿eh, dobe?
Aquel rubio de ojos azules chispeantes me devolvió una mirada asesina. Por un momento me imaginé que de su pelo alocado y puntiagudo y su piel broncínea flameaban llamas de furia.
–¡Es mucho más que eso, teme! Estoy enamorado de ella, ¿no lo entiendes? –espetó.
–La verdad es que no.
–Eso es porque tú no tienes corazón.
Torcí la boca con sutileza.
Descubrí sin apenas sorpresa que Naruto abría mucho los ojos, arrepintiéndose rápidamente de lo que me había soltado por aquella bocaza. Me jodía, y mucho, que se tomara esos aires de autosuficiencia cada vez que hablaba de esa tal Hinata. Como si estar enamorado significara saberlo todo. ¿Que estaba en una nube? No, yo no le bajaría de ella, pero tampoco le ayudaría a mantenerse.
Si quería que una zorra más le hiciera daño con sus ilusiones, no pensaba sacarle del meollo. Y tampoco le aplaudiría si no lo hacía al final.
Pero para mí había siempre más probabilidades de que te infligieran ese daño.
Por eso era mejor no ser generoso con nadie.
–En fin –suspiré, volviendo a echarme el maletín al hombro y dándome la vuelta–, me piro a mi clase.
–Sasuke, lo siento… –escuché la voz de Naruto en un murmullo.
Era un incordio, pero sabía que nada de lo que decía era con mala intención, por muy larga que tuviera la lengua. De espaldas a él y ya alejándome, levanté una mano a modo de despedida. Estaba seguro de que Naruto lo interpretaría como una aceptación de su disculpa.
Nos hablábamos mal constantemente, pero había cosas en las que tanto él como yo preferíamos no insultarnos.
Aún así, era un coñazo y me daba pereza discutir con él; era más sencillo perdonarle.
Me dirigí con pasos despreocupados hacia la que sería mi nueva clase: la 2-1. Suponía que los alumnos con mejores notas del curso estaríamos allí, y que por eso esta vez no nos habían juntado a Naruto y a mí en aquella aula. La media de aquel rubio idiota dejaba mucho que desear como para estudiar siquiera en aquel instituto.
Caminaba tan tranquilo, pensando sin pensar en nada, cuando alguien se abalanzó sobre mi espalda. Mi cólera empezó a emerger desde la zona más profunda de mi vientre, y fruncí tanto el ceño que incluso me dolió.
–Buenos días, Sasuke-kun –susurró en mi oído una voz familiar.
Otra vez ella…
Giré la cabeza y encontré el rostro de Temari a escasos centímetros del mío. Me sonreía de forma juguetona y entornaba sus ojos verde oscuro en una mirada sensual. Se había vuelto a recoger parte de la melena rubia pajiza en dos coletas altas, dejándose el resto caer hasta los hombros, como si intentara camuflar en un aspecto inocente la gran putona que llevaba dentro.
–Hola, Temari –respondí de forma neutral.
–Te he echado mucho de menos estas semanas. ¿Qué has estado haciendo?
–Nada que te incumba.
La rubia se soltó de mi espalda y esbozó una sonrisa perspicaz, mientras yo agradecía en mis adentros que se hubiera separado de mí. Aun cuando Temari me pusiera como una moto cada vez que la veía, con aquel cuerpo tan bien dotado: de talla cien y culo levantado –tanto que era inevitable que cuando llevaba pantalones se le marcara un poco el pubis por detrás–, por alguna razón, aquel día no estaba de humor.
–Ya veo que estás tan frío como siempre –comentó ella, mirándome con sorna.
–¿Quieres ir al grano? ¿Para qué me buscas? No te va eso de poner la voz aguda –corté inmediatamente.
Temari soltó un suspiro de resignación.
–Este fin de semana me quedo sola en casa. Ninguno de mis hermanos estará, así que quisiera tener un poco de compañía, para variar.
–Hablas de follar, ¿no? –resumí.
–No quería que sonara tan obvio, pero sí. ¿Por qué no?
Esbocé una media sonrisa. Ya me empezaba a animar.
–No es mal plan. ¿Todo el fin de semana?
–Todo el fin de semana.
–Está bien. Allí estaré.
Sí, Temari me ponía mucho. Sobre todo, cuando sabía que su hermanito Gaara odiaba que me acercara a ella. Que la casa de aquel enano capullo, que tanta tirria me tenía y tan superior a mí se creía, fuera el lugar donde me la follaría de la noche a la mañana era mejor que un regalo de Navidad para mí.
Más para aumentar mi control sobre lo que me diese la gana hacer.
Más para aumentar mi ego.
Más para aumentar mi poder.
–No vayas a retrasarte demasiado, Sasuke-kun –enfatizó mi nombre con una notoria voz erótica y, acto seguido, se dio la vuelta y se alejó con aires de suficiencia.
Retomé mi camino, sintiendo fervientes deseos de que al fin llegara el fin de semana, y subí las escaleras. Alcancé mi aula tan pronto que una sensación de hastío se cruzó por mis extremidades, y mi rostro volvió a su estado apático e inexpresivo.
Se me daban tan bien los estudios que, de antemano sabía, ni siquiera lo que aprendiera este curso me ayudaría a conocer algo nuevo.
El mundo era tan predecible que me aburría a diario.
–¡Lo sabía, Sasuke-kun! ¡Estamos en la misma clase!
Una chica de larguísima melena rubio platino, la cual se recogía en una coleta bien alta, dejándose el flequillo largo caer a un lado, apareció de pronto frente a mí. No me llevó más de un par de segundos reconocerla.
–Hola, Ino –saludé con sequedad.
Los ojos celestes de la rubia parecieron centellear de emoción.
–Como se esperaba de Sasuke Uchiha, el mejor estudiante de todo el Instituto Konohagakure tenía que caer en la primera clase de segundo. Me siento afortunada de estar contigo –continuó alegremente.
Solté un resoplido por lo bajo y sorteé a Ino para sentarme. Aquella chica me llevaba persiguiendo desde Primaria, y suponía que se había matado en los exámenes finales para conseguir una media que le permitiera caer en aquella clase conmigo. No era mala estudiante, pero ni por asomo era tan excelente sin mucho esfuerzo.
Encontré mi asiento en la última fila, y chasqueé la lengua al ver que no era el de la ventana, sino justo el que había al lado. Si iba a aguantar horas de clases soporíferas, al menos me hubiera gustado tener la ventana cerca para entretenerme mirando el paisaje. Encima, el aula 2-1 tenía vistas a las pistas deportivas, y no había ni un solo edificio gigante que tapara el horizonte.
Pensé en cambiar mi asiento con quien tuviera el de la ventana.
Me senté con pesadez, colgué el maletín de una de las asas de mi pupitre, y me dejé caer perezosamente sobre la superficie de la mesa, posando la cabeza en la palma de una mano. Ino no tardó ni un minuto en acercarse a mí. Apoyó medio trasero (tenía buenas posaderas) en mi mesa y me miró desde arriba. ¿Sería ella mi compañera de pupitre?
–Antes me he encontrado con Naruto. Le he preguntado si os apetece que vayamos al karaoke después, ¿qué me dices? –me propuso animadamente.
–En realidad, me da igual. Si no tengo nada mejor que hacer, iré –respondí con indiferencia.
La rubia hinchó un poco los mofletes en un gesto infantil de enfado y desvió la mirada hacia otro lado; sin embargo, no se movió de allí. La miré de refilón y observé detenidamente su melena. Era tan clara que los rayos de sol que la iluminaban le otorgaban un aspecto cautivador, como si cada fibra de su cabello albino fuera un hilo dorado. Quizás fuera lo único que podía encontrar de atractivo en Ino.
Era guapa, y tenía un cuerpo bastante aceptable, pero jamás se me había pasado por la cabeza acostarme con ella. Además de ser una gritona demasiado insoportable a veces, estaba el hecho de que pertenecía a una parte de mi vida complicada. Y todas las personas que había conocido en ella prefería que permanecieran a mi lado de forma justa.
Si alguna vez querían separarse de mí, era mejor que no fuera por un daño que les había causado yo.
Conocía muy bien los sentimientos de aquella chica, y también conocía muy bien los míos. No podía corresponderla. No sentía absolutamente nada similar a lo que sentía ella, y tirármela sin la misma idea que tendría ella mientras lo estuviéramos haciendo, supondría herirla. Y mucho. Enamorarme no era una opción en mi vida, por mucho que ella se empeñara en esperarme.
Tenía la sensación de haber herido a muchas chicas, pero no me gustaría herir a las que habían estado presentes desde mi pasado.
Al menos algo bueno quería conservar de él.
Suspiré y dejé la mirada perdida en el panorama de la clase: casi todos mis compañeros habían entrado ya, y charlaban alegremente de pie o reunidos en pupitres. Entre las primeras filas detecté a Karin, una chica con el pelo rojizo y gafas que también andaba detrás de mí, y Suigetsu, un plasta con cara de tiburón y melenita plateada que siempre estaba incordiando a la primera. Les había tocado pupitre con pupitre, para desgracia de Karin, que me miraba anhelante desde lejos.
–Ino, ¿tú dónde te sientas? –pregunté.
La interpelada pegó un respingo y me miró súbitamente, con sus ojos azules abiertos de par en par por la emoción de haberme dirigido a ella.
–En la tercera fila, Sasuke-kun. ¿Por qué?
Experimenté una honda sensación de hastío al escuchar su respuesta. Si era una chica –y si especialmente se trataba de Ino– el compañero de pupitre que se sentaría junto a la ventana, sería más fácil intercambiar los sitios. Ahora mis posibilidades peligraban; los tíos solían ser difíciles de convencer.
–¡Sakura-chan! –exclamó de repente alguien.
Moví los ojos en la dirección de la voz que había resonado en medio de las charlas tranquilas del aula. En ese momento identifiqué de pie, frente a un pupitre, a un tipo gordo y grande con el cabello castaño y desgreñado, que miraba hacia la puerta de la clase. Se estaba zapando una bolsa de patatas fritas y sus mejillas rollizas parecían inflarse mucho más cada vez que se llenaba la boca de comida.
Lo conocía bien; se llamaba Chôji Akimichi.
Era un estudiante becario del instituto, al igual que el chico sentado delante de él, junto al pupitre. También lo conocía: Shikamaru Nara, un idiota perezoso con cara de aburrido y cejas depiladas, que siempre llevaba la media melena oscura recogida en una coleta alta, muy estirada.
Eran amigos de Naruto y de Ino, así que se juntaban con nosotros de vez en cuando, aunque yo no terminaba de tragar a Shikamaru.
Tenía gracia que dos mediocres de clase media hubieran caído en la clase de los estudiantes más aplicados del instituto. Aunque tenía sentido. Para poder seguir estudiando en el Konohagakure debían tener muy buenas notas si querían conservar sus becas.
–¿Cómo estás, Sakura-chan? –prosiguió hablando a voces el gordo.
Y en ese preciso instante, apareció una nueva figura junto a ellos. Mis ojos la observaron con extrañeza.
Era una chica, eso quedaba claro, pese a que su falda apenas se le despegaba un par de centímetros por encima de las rodillas; llevaba el lazo rojo tan bien cerrado en el cuello que hasta parecía asfixiarla. En aquel momento, no hubiera sabido decir con claridad si era guapa o fea. Tenía una piel muy blanca, rosácea en los codos y en la punta de los dedos, y aunque no pudiera comprobarlo desde lejos, intuía que tenía pecas. Su rostro, si la contemplaba con detenimiento, era bonito: ovalado, de rasgos menudos. Pero había algo en ella que no encajaba.
No lo sabía… Quizás fuera su gran frente, sobre la que caía algún que otro mechón del flequillo. O quizás fuera su cuerpo: delgado y poca cosa; tal y como llevaba el uniforme, era imposible precisar si tenía un pecho o un culo dignos de mirar.
No, el problema no estaba ahí.
El problema era su pelo. Llevaba una media melena cortada a la altura de la nuca, antes de tocar los hombros. Y era rosa. Rosa pastel. Un rosa pastel tan perfecto que costaba creer que fuera teñido. Porque debía ser teñido, ¿no? ¿Quién tenía el pelo rosa natural? Incluso sus cejas estrechas y perfiladas –al menos conservaba un mínimo de femineidad al depilárselas– eran del mismo color. Y no sabía decir si le quedaba como a una cantante de música punk o como a una friki.
Me vinieron dos preguntas a la mente, una más absurda que la otra.
La primera: ¿cómo tendría los pelos del chocho? Me daba tanto curiosidad como algo de inquietud. Había visto pelo púbico de color pelirrojo, ¿el rosa quedaría igual?
La segunda pregunta: ¿de qué me sonaba aquella extravagante chica? Tenía la extraña sensación de que ya la había visto antes, en alguna parte.
Tal vez por los pasillos. No hay muchas chicas con ese color de pelo por aquí.
Me encogí de hombros.
Sería otra zorrilla más con pinta de santurrona, como la mayoría de las que se hacían las modositas.
–¿Me estás escuchando, Sasuke-kun? –escuché entonces la voz de Ino.
Me di cuenta de que había estado un rato llamándome, pero la miré sin arrepentimiento. No me gustaba que insistieran en llamar mi atención cuando estaba pendiente de otras cosas.
–No te he escuchado –admití.
–¿Mirabas a Sakura?
–¿A Sakura?
Devolví la mirada a la muchacha del cabello rosa que charlaba animadamente con aquel par de paletos. Si lo pensaba detenidamente, su pelo parecía un puñado infinito de pétalos de cerezo. ¿Sería aquella la razón por la que la habían llamado así?
–No sé quién es –dije con voz neutral.
–¿No te acuerdas de Sakura? –Ino se mostró claramente estupefacta.
Negué con la cabeza cómodamente reposada desde abajo, sin demasiado interés en que me explicara qué relación podría haber tenido yo con aquella pelo-chicle. Y pareció entenderlo.
–Es igual, olvídalo –dijo, y volvió a mirar hacia donde se encontraba la aludida.
Mis ojos siguieron el mismo camino. Vi entonces que aquella extraña chica se despedía de Chôji y de Shikamaru, y acto seguido, echó a andar en nuestra dirección. Se dio cuenta de que tanto Ino como yo la estábamos mirando, y me pareció percibir un ligero rubor en sus mejillas. Sin embargo, desvió la mirada, haciéndose la loca, y continuó con su camino.
¿De qué puedo conocerla? ¿Me la he follado en algún momento? Imposible, es una mojigata, y me habría acordado de habérsela metido a una pelo-rosa…
Mi sorpresa llegó cuando pasó a nuestro lado –ignorándome con demasiada obstinación– y se sentó en el pupitre que había permanecido vacío a mi lado, junto a la ventana.
Sonreí en mis adentros.
Estupendo. Es una chica y será pan comido cambiarle el sitio.
Quise abrir la boca para dirigirme a ella, pero guardé silencio al ver que tocaba con un dedo el hombro del chico que se sentaba en el pupitre de enfrente. Él se dio la vuelta.
–¡Shino-kun! ¡No sabía que tú también estabas en esta clase! –dijo la joven del pelo rosa con alborozo.
El aludido, cuyas pequeñas gafas redondas me inquietaron ligeramente, pareció reconocerla.
–He sido el octavo entre los diez mejores estudiantes, pero ya veo que tú has vuelto a colocarte en las primeras posiciones, como siempre –¿El octavo entre diez? Menudo perdedor.
–Sí, bueno, siempre se puede mejorar.
–Ahora que hemos caído en la misma clase, te pediré que me avises cada vez que encuentres un insecto. Estoy investigando una especie autóctona –¿De qué coño hablan? Menudo tío raro; digno de ser amigo de una pelo-chicle.
De repente, delante del pupitre de aquel tipo extraño con gafas de sol y pelo encrespado, se sentó uno de los tíos a los que menos aguantaba del instituto. Al parecer, Neji Hyûga, el primo de la chica por la que Naruto estaba perdiendo la cabeza, iba a ser mi insufrible compañero de clase durante los próximos meses.
–¡Neji-kun! ¡Tú también! –saltó la muchacha de la media melena rosada. ¿Es amigo suyo?
Aquel repelente melenitas de ojos escalofriantes se giró un poco para mirar a la chica que había pronunciado su nombre. Ella le saludó alegremente, y como era de esperarse, él frunció el ceño; no obstante, me sorprendió que no se volviera ni la ignorara. Pese a su habitual mal genio, parecía tolerar a la peli-rosa.
Puse los ojos en blanco.
Mi compañerita friki tiene amigos aún más frikis que ella, vaya pasada…
Al no querer retrasar más mi voluntad, erguí la postura y me incliné un poco desde el borde de mi pupitre, en ademán de dirigirme a ella.
–Sakura-san, ¿cierto? –dije sin demasiados miramientos.
Noté la postura envarada de Ino a mi lado, pero me limité a ignorarla.
La aludida tardó un poco en responder. Por un momento me pareció que se ponía tensa, pero su cuerpo se relajó antes de lo esperado. No me miró y yo apenas fui capaz de observar su expresión facial; no estaba seguro siquiera de que me hubiera escuchado.
–¿Uchiha-san?
El modo en que empleó mi nombre me dio mala espina. Todas las chicas solían llamarme «Sasuke-kun» de forma cariñosa. Al menos todas las que iban detrás de mí, que eran la mayoría. Aún así, proseguí.
–Verás, me gustaría mucho cambiar mi asiento por el tuyo. Te ha tocado junto a la ventana y ese es mi sitio favorito. ¿Te pones tú en el mío?
En ese preciso instante, aquella tal Sakura volteó la cabeza. Fue extraño, pero mi garganta sintió el impulso de contener la respiración por un segundo.
Era guapa. Bastante guapa. Pero era algo imposible de apreciar entre aquel pelo tan llamativo y la forma tan anticuada que tenía de vestir. Tenía unos ojos almendrados: grandes y profundos, de un intenso verde jade, y unas pestañas tupidas y largas, que se había acentuado con un poco de máscara. Como había imaginado, había pecas repartidas de un modo gracioso entre su minúscula nariz y las mejillas redondeadas. Tenía boquita de piñón, en una perfecta forma de corazón, y se había echado algo de brillo sobre ella.
Sin embargo, su inesperado atractivo quedó eclipsado por la ardiente mirada que me dedicó. Hubiera jurado entonces que nunca había conocido a una mujer mostrando tal determinación a través de sus pupilas.
–No, Uchiha-san –contestó a mi petición.
Alcancé a oír la exclamación ahogada de Ino junto a mí, como un reflejo de lo que mi propio cerebro acababa de experimentar. ¿Había entendido bien? ¿Me estaba diciendo que no?
–Perdona, no te entiendo –repuse desconcertado.
–No sé qué no entiendes. He dicho que no a cambiar mi sitio por el tuyo. A mí también me gusta tener un asiento al lado de la ventana. Y ni siquiera me lo has pedido por favor –sus palabras fueron tajantes, como losetas de mármol cayendo sobre mi cabeza.
Mis ojos se abrieron sutilmente. Fui consciente, inmediatamente, de que tanto Neji Hyûga como aquel tipo que ella había llamado Shino me estaban mirando. Más bien, toda la clase me miraba. Y a Sakura también.
Especialmente las chicas.
Me imaginé enseguida los pensamientos que se les estarían cruzando por la mente.
¿En serio que esa pelo-chicle acaba de decirle que no a Sasuke-kun?
¿Cómo se atreve?
Nadie le dice que no a Sasuke-kun.
Yo mismo estaba impregnado de aquellos pensamientos, claro que sin el tono lastimero. Encima, me estaba reclamando que se lo pidiera por favor. ¿Desde cuándo las chicas se habían vuelto tan desafiantes?
Supuse que era una mera forma de llamar mi atención.
Me aclaré la garganta, y vi que ella abría su mochila para sacar los libros.
–Disculpa, Sakura-san, pero me gustaría cambiar mi asiento por el tuyo. El de la ventana siempre ha sido mío –recalqué con voz contundente.
–¿Sí? Pues ahora estás en otra clase, igual que yo. Y te ha tocado lo que te ha tocado, así que siento mucho si no te gusta –hizo una breve pausa y volvió a mirarme–. Por cierto, preferiría que me llamaras por mi apellido: Haruno. No te he concedido ni el permiso ni la confianza para que te dirijas a mí por mi nombre. Y te recomendaría que probaras con otra persona para que te cambie el sitio.
Estaba alucinando. No me podía creer que tuviera el descaro de hablarme de un modo tan altivo.
Estupefacto, la observé unos segundos más mientras se recolocaba en el asiento y abría un cuaderno para escribir su nombre y su apellido. Pretendía pasar de mí por completo.
Menuda imbécil más repelente.
–¿Cómo tienes la desvergüenza de hablarle así a Sasuke-kun, Sakura? –soltó de pronto Ino.
La miré, sin mucha intención de impedirle iniciar una pelea o lo que quisiera.
–Hace poco estabas loquita por Sasuke-kun, pero ya veo cuánto vale tu amor.
Volteé rápidamente los ojos hacia la aludida y descubrí que había dejado de escribir. Había tensado de nuevo la postura, igual que cuando me había dirigido a ella por primera vez.
Así que solo es una enamorada más, que estará frustrada porque no le he hecho ni caso.
Como yo, la clase entera permaneció expectante a su reacción. Y segundos después, la chica del pelo rosa volvió lentamente la cabeza hacia nosotros. Sus ojos esmeralda contenían una vez más aquel intenso brillo de decisión.
–Ino, te equivocas. De eso hace más tiempo del que te imaginas…, y mucho más aún –calló un instante y su mirada se centró en mí–. Por mucho que te disguste, no voy a ceder. Lo siento.
Tuve la ligera sensación de que sus palabras albergaban un doble sentido.
No añadió nada más, y la muchacha peli-rosa volvió a mirar su cuaderno y escribió (según imaginé) la fecha de aquel día. Ino se mantuvo en silencio (algo trastocada a mi parecer), y yo sencillamente me encogí de hombros.
Miré hacia los asientos que daban a la ventana en las siguientes filas, y chasqueé la lengua con pesadez. Quienes los ocupaban eran todos chicos, y entre ellos estaban el capullo de Neji y el otro rarito de las gafas redondas y el pelo afro, los cuales no retiraron su hostigadora mirada de mí hasta un rato después.
Suspiré con hastío.
Mi nuevo curso empezaba con una pelo-chicle gilipollas y sus guardaespaldas rabiosos, que no me darían ni de coña mi anhelado asiento junto a la ventana.
El profesor entró poco después. Se llamaba Kakashi y llevaba el abundante pelo gris de una manera puntiaguda, junto a un estrafalario parche sobre el ojo izquierdo; sin embargo, mi humor no me permitió tomarme tiempo para burlarme internamente de él.
Aquella había sido la primera vez que se negaban a obedecerme.
Cuando sonó la campana que anunciaba el final de aquel puñetero día de clases, me apresuré en recoger todas mis cosas y meterlas en el maletín. Quería salir directo del aula, pero Naruto apareció en la puerta dispuesto a dar por culo, como siempre.
–¡Tardas mucho, teme! –me gritó, apoyado de forma desgarbada en el marco.
–Cállate, dobe, ya voy –repliqué, cabreado, al tiempo que metía rápido el estuche en el maletín.
La discusión de aquella mañana me había exaltado tanto que cualquier cosa que me dijeran parecía sacarme de quicio.
Salí lanzado hacia donde estaba el rubio, pero cuando pasaba junto a él, al muy tonto no se le ocurrió otra cosa que retrasarme aún más.
–¡Sakura-chan! –exclamó.
¿Otra vez? ¿Incluso este idiota conoce a esa niñata?
Los ojos azules de Naruto se abrieron con tanta ilusión que me sorprendió. ¿Qué tipo de relación tenía con aquella chica? ¿Desde cuándo tenía tanta confianza con alguien como ella? No recordaba haberles visto juntos en mi vida.
Corrió como un perrito hasta ella, con una sonrisa tan ancha que parecía no haber otra cosa en su cara.
–¡Cuánto tiempo! Te he visto en las listas de los diez mejores estudiantes del instituto. Como imaginaba de Sakura-chan, tan trabajadora e inteligente como siempre.
Observé la reacción de la peli-rosa, y descubrí que esbozaba una amplia sonrisa de amabilidad. Todo lo contrario a lo que me había mostrado a mí.
–Bueno, he quedado la segunda esta vez, pero espero mejorar a la próxima.
No lo hizo, pero me imaginé por un momento que me dedicaba otra vez su honda mirada de desafío.
¿La segunda? ¿Y pretende superarme en los próximos exámenes? La lleva clara…
–No sé cómo voy a ser capaz de llegar algún día a las primeras clases, si entre tú y el teme me quitáis siempre la oportunidad –bromeó Naruto, como un tonto.
Chasqueé la lengua, molesto. ¿Cuánto tiempo más pensaba hacerme esperar para hablar con aquella segundona? Decidí ignorarles, y di media vuelta y salí finalmente del aula.
Ni siquiera me giré cuando Naruto apareció corriendo tras de mí, segundos después.
–Espera, teme, ¿por qué te has ido sin mí?
–No iba a esperar a que terminaras de hablar con esa bicho raro –dije ásperamente.
–¿Bicho raro? ¿Sakura-chan? Pero si es lo de lo mejorcito que puede existir en este instituto.
–¿Esa no era Hinata?
–Hinata-chan es simplemente perfecta, y Sakura-chan es una máquina.
–Es decir, que te gustan las dos.
–Sakura-chan siempre me ha atraído, pero de quien estoy realmente enamorado es de Hinata-chan, no me malinterpretes.
–No lo hago. Entiendo que a la peli-rosa te la querrías follar de vez en cuando, y a Hinata todos los días.
–¿Siempre estás pensando en lo mismo? –la voz del idiota rubio sonaba verdaderamente ofendida.
Me detuve para mirarle a la cara. Su expresión denotaba una profunda indignación.
–¿Y qué esperas? Ya te he dicho que no voy a alentarte en tu deseo de querer a una guarra que solo te usará para quererse más a sí misma.
–Sasuke, no todas las mujeres son guarras y crueles…
Enarqué una ceja. Desde el año pasado había notado que mi amigo se había emblandecido, pero no esperaba que también se hubiera vuelto tan ingenuo.
Fruncí el ceño y desvié la mirada, irritado. Llevaban tocándome las pelotas con sentimentalismos durante todo el día, y ya no aguantaba una más.
–Haz lo que quieras. Allí tienes a la pelo-chicle –dije, señalando a lo lejos a la aludida, que salía de clase–, y Hinata no debe andar muy lejos. Hazte un trío con ellas, a ver si puedes. Hoy me largo a casa solo.
Naruto frunció el ceño aún más que yo.
–Muy bien. Nos vemos mañana –casi escupió.
Le vi dar media vuelta y llamar a Sakura desde la distancia.
Ni siquiera parecía haberle afectado cómo me había hablado.
Naruto y yo discutíamos a menudo, sí, pero jamás por una chica. Jamás.
Llegar a casa, después de un día tan largo y desagradable, se había convertido tanto en un alivio como en una amenaza para hacer estallar mi autocontrol. Cerré la puerta tras de mí con cuidado, en un intento de evitar encontrarme con la persona que menos deseaba ver en esos momentos.
–¿Ya has vuelto, Sasuke? –preguntó una voz desde la cocina.
Puse los ojos en blanco. Hoy todos mis deseos parecían estar respondiendo en mi contra.
No contesté y me quité los zapatos para dejarlos en el genkan. A continuación, me aflojé tranquilamente la corbata del uniforme; sin embargo, al dar media vuelta me sobresalté. Itachi me miraba desde la mitad del pasillo, con los brazos cruzados.
¿Y ahora qué quiere?
–Se supone que cuando uno pregunta, el otro tiene que responder –dijo en tono reprobatorio.
–No hay ninguna obligación en ello, y de todos modos, la respuesta era obvia. Nadie más tiene la llave de este piso –repuse.
Eludí la figura de mi hermano mayor y caminé directo a mi habitación.
–Sasuke, tengo una noticia que darte: ya me han contratado en un centro –lo oí decir a mis espaldas.
Pero decidí no preguntarle por los detalles. No quería estar en presencia de nada ni de nadie más que pudiera exasperarme.
Como se puede ver, no aguantaba a mi hermano Itachi. O peor que no aguantarlo, sentía un profundo y duradero rechazo hacia él. Sin embargo, el año pasado había vuelto de Estados Unidos para terminar su carrera universitaria en Japón, y tan pronto como le fue posible, me había obligado a vivir con él. Aunque supongo que nuestro padre tampoco había opuesto mucha resistencia en darle mi tutela.
Ahora, hasta que no cumpliera dieciocho años, no podría separarme de él.
Por otro lado, tenía suerte de que al menos conserváramos la renta familiar. Mi padre, Fugaku Uchiha, era concejal del Ministerio de Defensa, el cual conservaba una estrecha y legendaria relación con nuestros antepasados. La fortuna de los Uchiha recaía aún sobre mí y mi hermano, y aunque este último había decidido empezar a trabajar en algo distinto, en poco tiempo se había asegurado el dinero que le pertenecía como miembro de nuestra familia (gracias, en parte, a que mi abuelo le había apoyado). Y en mi caso, aun cuando ya viviera de suficientes lujos junto a Itachi, en mi cuenta bancaria seguía recibiendo dinero de mi progenitor.
Supongo que lo hacía porque se sentía culpable, al igual que el hecho de pagarme la matrícula del instituto.
Le había permitido a mi hermano llevarme a vivir con él; sabía que había sido la mejor decisión para calmar sus problemas psicológicos. Y lo mismo había sucedido cuando habíamos buscado un apartamento donde vivir; prácticamente nos lo había regalado nuestro padre. El apellido Uchiha gozaba de un gran renombre en Tokio, y pese a que no tenía ni idea de cómo sería en su trabajo, Itachi se estaba forrando de lo lindo con él.
Por fortuna, todo aquello también me influía a mí.
A pesar del rencor que le tenía, si toleraba medianamente a mi hermano era porque compartir el mismo techo no había alterado mi nivel de vida y, por lo menos, no recibía palizas suyas cada vez que le venía en gana.
Por más que me avergonzara admitirlo, aquello era lo que peor había llevado de los últimos años: las palizas.
Suspiré largamente, pensando en lo mucho que odiaba al cabrón de Itachi por haber venido a buscarme tan tarde.
Me acerqué a un gran espejo que había colgado en la pared de mi dormitorio, tan grande que casi tocaba el suelo. Me quité la camisa del uniforme delante de él y observé con detenimiento mi pecho y mi espalda desnudos. Aunque me había costado la vida encontrar a alguien que me lo hiciera sin el permiso de mi padre (es decir, de forma ilegal), tenía un tatuaje enorme sobre la piel. Arrancaba desde la zona más alta de mi trapecio, con el dibujo de tres comillas reunidas en un círculo, como un mordisco, y se extendía por el resto del omóplato, cruzando por mi hombro y deslizándose hasta la parte superior del pectoral, con trazos similares a llamas negras y símbolos tribales. El boceto de las tres comillas lo había seleccionado al azar de Internet –aunque más tarde descubrí que pertenecía a un símbolo de la nigromancia–, y el resto se me había ocurrido sobre la marcha. La idea del tatuaje era que ocultara la hilera de cicatrices y marcas que me había dejado mi padre entre paliza y paliza desde mi infancia; por alguna razón, siempre me había atacado más fuerte por la izquierda.
Sin embargo, el problema era la gigantesca cicatriz que me atravesaba en diagonal la espina dorsal.
Aquella había sido la consecuencia de utilizar una correa de cuero conmigo.
Tenía once años cuando lo hizo, y recuerdo que me pegó fuerte tantas veces seguidas que tuve que esperar dos semanas para recuperarme. Los azotes y mis gritos habían resonado por el jardín, y sé que mi padre tuvo que sobornar a los criados para que no dijeran nada en absoluto; no se fiaba solo del acuerdo de fidelidad bajo el que les había contratado.
Ni siquiera me acuerdo de por qué me había pegado aquella vez.
Solté un resoplido y dejé la camisa sobre la silla del escritorio. En ese preciso instante, sonaron unos golpecitos en la puerta.
–Sasuke –se escuchó la voz de mi hermano desde el otro lado–, el abuelo me ha dicho que te reúnas con él en el dôjo en una hora.
Rodé los ojos.
Ni aun cuando fuera el primer día de clase, aquel viejo obseso de la disciplina pensaba dejarme en paz.
Estaba cansado de las exigencias de mi abuelo Madara. Pretendía convertirme en el próximo líder de la Agencia Nacional de Inteligencia y Seguridad de Japón, y desde pequeño me había entrenado duramente en su gimnasio. Me había especializado en jiujitsu y kárate, y en alguna que otra técnica de nunjutsu y kendo, y había ganado algunos premios nacionales a los que él me había llevado contra mi voluntad.
Pero ya era hora de que fuera yo quien decidiera si quería continuar con aquello o no.
Sentí los pies de mi hermano deslizándose por la madera del suelo, en ademán de alejarse.
–Itachi –alcé la voz para que me escuchara; al percibir que se detenía, continué–: dame el teléfono inalámbrico.
